manga, Tránsitos

Tránsito XIII: Viaje al fin del mundo

Inauguramos los Tránsitos de este 2018 con lo que era en realidad una Petición Estival que no se llegó a publicar. Como la temática encaja a la perfección en la sección dedicada a Halloween, he podido reubicar la entrada bien. Lo primero de todo, mis disculpas a Arrowhead por la demora. Aquí está, por fin, el articulillo que solicitó este verano dedicado al ero-guro. Sin embargo, como tengo costumbre, voy a hacer un poco de trampa (sorrynotsorry).

El universo del ero-guro es fascinante, y no pienso alargarme demasiado escribiendo sobre él cuando ya hay publicado en España un estupendo libro de Jesús Palacios que le da un buen repaso: Eroguro, horror y erotismo en la cultura popular japonesa (2018). Como no podía ser de otra forma, ha sido Satori la editorial que ha publicado esta joyita. La labor que está haciendo por acercar la cultura japonesa al público hispanohablante es maravillosa, ojalá fuera millonaria para poder comprarme todas las obras que editan. Ains. Por eso, en vez de disertar sobre este movimiento artístico y soltar un rollo macabeo que no os va interesar (como el 99% de las cosas que escribo), simplemente haré la reseña de un manga incrustado en el género. No un manga cualquiera, por supuesto. No obstante, para los despistados, unas pequeñas notas introductorias nunca van a venir mal.

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Toshio Saeki

Esta maravillosa ilustración pertenece a uno de mis artistas favoritos de ero guro nansensu, Toshio Saeki (1945, Miyazaki). Es considerado el “padrino del erotismo japonés”, aunque su estilo va más allá de la concupiscencia para adentrarse en los territorios de lo grotesco y terrorífico. Su carrera no empezó a despegar hasta principios de los años 70, y como mi también adorado mangaka Suehiro Maruo, renovó el legado de una corriente que en realidad había nacido unas cuantas décadas más atrás.

El wasei-eigo ero guro nansensu designa un fenómeno cultural  que apareció en Japón durante la era Taishô, entre los años 20 y 30. Se puede traducir como “erótico-grotesco-sin sentido”, y describe de manera bastante certera su naturaleza. Durante este periodo entre guerras, el ambiente entre ciertos sectores de la burguesía era muy proclive a la búsqueda de nuevos horizontes a través de lo depravado, un sentido del humor retorcido y el amor hacia lo irracional. Podrían encontrarse similitudes con la atmósfera que se vivía en Alemania durante la República de Weimar (a la mente me viene, a bote pronto, la película Alraune [1928], basada en la inquietante novela de Hanns Heinz Ewers), que también rendía culto a cierto decadentismo nihilista.

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Alraune o mandrágora, basada en una antigua leyenda alemana, cuenta la historia de cómo un científico loco insemina con el esperma de un hombre ahorcado a una prostituta. Esta alumbra una enigmática criatura que destruye a todo hombre que se enamora de ella.

Sin embargo, a pesar de compartir inquietudes estilísticas, el zócalo era bien distinto en Japón. La era Taishô fue un momento de inesperada liberación, de una fertilidad cultural asombrosa. Políticamente fue un periodo cambiante, donde Japón fue afianzando su  cada vez más fuerte posición en Asia y en el mundo, hasta el punto de provocar bastante resquemor. La rápida industrialización y reestructuración de las ciudades cambió la mentalidad de muchos ciudadanos, que tomaron innumerables iniciativas civiles buscando mayores libertades y derechos. En general, una época de prosperidad en la que los nuevos estratos sociales acomodados se dejaron permear por la influencia de Occidente, la adaptaron a su propia indiosincrasia, y convirtieron su afán consumista en una nueva herramienta de rebeldía frente a la tradición. Mediante el capitalismo, estos nuevos modernos se enfrentaron con su xenofilia rampante al estado, a las instituciones religiosas y al ejército. Los tres pilares de ese Japón atávico que ambicionaba fortalecer una identidad nacional basada en valores netamente nipones.

El ero guro nansensu encarnaba muy bien ese espíritu iconoclasta y provocador de la época, que sería devorado con el triunfo del nacionalismo recalcitrante de la era Shôwa. En los años 40 ya no quedaba rastro de él; sin embargo, tras la caída del Imperio en la II Guerra Mundial, volvió a resurgir con inusitada energía. Como su misma esencia subversiva y poliforme, el ero-guro fue, y es, un movimiento multidisciplinar: literatura, cine, artes plásticas, manga. Desde Edogawa Ranpo pasando por Jun’ichirô Tanizaki; de Takashi Miike a Hiroshi Harada; de Shintarô Kago a Takato Yamamoto. Mucho de Occidente hay en sus obras, pero tampoco hay que olvidar que sin el shunga o el muzan-e el ero-guro no habría sido posible.

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“El asesinato de Kasamori Osen” (1867) de Tsukioka Yoshitoshi, perteneciente a su “Eimei nijûhasshûku” o “28 famosos asesinatos con poema“.

El ero-guro, como era de esperar, ha ido evolucionando con el paso del tiempo y, a pesar de ser  una corriente que solo podría haber nacido en Japón, ha traspasado sus fronteras. Dejó de ser hace mucho tiempo una réplica política y social para tomar diferentes derroteros ideológicos, incluso feministas, como es el caso de la talentosa artista mexicana Delirium Candidum (aquí puedes visitar su instagram y disfrutar de su obra). El oscuro surrealismo del ero-guro y su perverso sentido del humor todavía continúan perturbando, siguen siendo una forma de oxigenar la cabeza a través de la sorpresa, y en estos momentos que vivimos de neocensura y neopuritanismo a mansalva, se aprecian mucho más. ¡Viva lo monstruoso, lo deforme, el dolor y el placer sin fin, la sangre a borbotones y la carcajada que brota del terror!

Y tras esta somera introducción, nos zambullimos directos en la reseña de un manga que hacía ya un tiempo que tenía en mente. Sus autores, los hermanos Nishioka, me parecen unos de los mangaka más originales que trabajan el ero-guro; aunque encasillarlos en el género sería limitarlos bastante. A pesar de que pueden incluirse dentro de él, ellos van un poquito más allá. Escribí una entrada dedicada a su Kami no Kodomo hace unos años, un Tránsito como este además, por lo que ya tocaba volver a hablar de la pareja. El cuento macabro que nos dedican hoy se llama Kono Sekai no Owari e no Tabi (2002) o Viaje al fin del mundo.

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Satoru y Chiaki Nishioka son poetas. Hacen del espanto y lo inmundo bonitos versos. También filosofía, una rara virtud. En este Viaje al fin del Mundo su modus operandi no varía, y durante sus 12 episodios la belleza y el horror recogen margaritas juntos de la mano como dos buenos amigos. No es una obra para todos los públicos, y requiere de cierta apertura de mente, porque no se trata, como indica el título, de un viaje cualquiera.

Narrado en primera persona, es la historia del despertar de un hombre anónimo y su consiguiente aventura iniciática. Un periplo que lo conducirá a parajes exóticos poblados de personajes despojados de su humanidad. Un día por la mañana, al levantarse, lo asalta la sensación de ser consciente. Y no es solo una impresión, ese clic en su percepción le provoca una desconexión inmediata con la realidad que lo rodea.

Intenté atarme los cordones de los zapatos, y me di cuenta de que ya no sabía cómo hacerlo más. Mis emociones y los cordones de mis zapatos se habían enredado.

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El ancla que lo mantenía sujeto a la ilusión de esa realidad se ha soltado, y su odisea por selvas, desiertos y barcos piratas le mostrará que su existencia es un eterno retorno, un bucle sin fin. Alcanzar la lucidez que le permite percatarse del infierno de la monotonía en el que está sumido, no impedirá que esa colosal nada que es la rutina continúe engullendo cuerpos y mentes, incluso castigue con ferocidad a los que se rebelen. Tiene mucho de Kafka este Viaje al Fin del Mundo, desde luego. La esfera de la normalidad y sus mezquindades, que mantiene al resto anestesiados, no perdona a los disidentes jamás.

Y siguiendo la senda del escritor checo, el protagonista toma rumbo hacia un mundo extraño donde tendrá que desnudarse para sobrevivir, doblegarse para poder seguir su camino.  Un camino lleno de sobresaltos y situaciones incongruentes, donde la crueldad y el absurdo campan a sus anchas. Porque lo que se abre ante sus ojos es el vasto territorio del inconsciente, que de una atmósfera onírica de gran placidez puede mutar a pesadilla con presteza. No deja de ser un viaje de autoconocimiento también, en el que el protagonista deberá lidiar con su cisma mental y emocional. A solas.

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Porque si hay algo que caracteriza a este manga, es la gran soledad que emana. La inmensidad de sus espacios frente al sujeto, su elegante geometría del vacío y el silencio de sus diálogos internos, describen con nitidez que se trata de una andanza solitaria e íntima. Los demás siempre aparecen, de una manera u otra, deshumanizados; y la misantropía se enseñorea de las viñetas sin ningún atisbo de vergüenza. Su gran riqueza simbólica y gusto por los detalles neuróticos convierten este Kono Sekai no Owari e no Tabi en una obra  que debería desmenuzarse poco a poco, ya que posee distintos niveles de lectura. Por eso quizás los hermanos Nishioka han dosificado su relato de una forma muy concreta.

Viaje al fin del Mundo está organizado en 12 episodios cortos. Muy breves, como latigazos, y de una simplicidad aterradora. Son como pequeñas parábolas donde la muerte, el sexo, la tortura o el canibalismo se abren paso con la naturalidad del mundo de los sueños. Esta estructura marca un ritmo casi telegráfico en el manga, acorde además a unos textos lacónicos repletos de lirismo. Resumiendo, se trata de un tebeo existencialista que se adueña de los recursos del surrealismo para vomitar una inquietante crítica social. Busca remover en su asiento al lector, burlándose de sus principios morales y proponiendo dilemas bastante incómodos. Por diversión, para hacer reflexionar también.

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El arte de los Nishioka es extraordinario, soy muy fan de su estilo. Delicado, infantil, liviano y, sin embargo, de aristas venenosas. Resulta fascinante esa mezcla de ingenuidad que recuerda a Chagall con la ferocidad de un cubismo incipiente, y la metafísica de Carrà en su arquitectura. Una maravilla sin la cual Viaje al fin del Mundo perdería muchos enteros, es algo así de rotundo. Y no a causa de que la historia resulte mediocre, más bien porque sin este tipo de dibujo, sin sus pormenores obsesivos y sin su tímida brutalidad, el manga quedaría sin alma.

Kono Sekai no Owari e no Tabi es un ejemplo de la magnífica evolución que ha tenido el ero-guro, su gran versatilidad actual y valentía. Cierto que hay artistas mucho más célebres e igual de interesantes como Shintarô Kago o Junji Itô, a los que adoro también; pero los hermanos Nishioka creo que necesitan un poquito más de difusión entre la otaquería, y merecen tanto reconocimiento como los citados, a pesar de no ser tan comerciales. Esos tintes góticos que evocan las excentricidades de Edward Gorey ¡resultan deliciosos! ¡Ñam, ñam! Viaje al fin del Mundo es una lectura perfecta para este Halloween, camaradas otacos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

series de imagen real

Maniac: odisea en las circunvoluciones de la mente

Antes de reubicar las Peticiones Estivales, que debido a mi flagrante descuido no llegaron a publicarse mientras me encontraba de vacaciones, he querido aprovechar la oportunidad para escribir una entrada dedicada a una de las series de imagen real que más me han divertido este 2018. Casi nunca tengo la ocasión de hacerlo, porque SOnC es un blog dedicado a la cultura general japonesa, y tampoco es que sea yo muy fan de los live-action; pero con Maniac (2018) he atisbado el resquicio que me ha permitido apurar la coyuntura.

Esta producción de Netflix tiene a los mandos a Cary Fukunaga, un señor que en Japón sería considerado hafu (para más información sobre los hafu entrada aquí), presume de referencias continuas a la cultura popular y tecnología niponas de los años 80, y varios personajes de nacionalidad japonesa entre el elenco también. Así que, sin dudarlo un solo segundo, me he avalanzado como una loba demente al editor de texto para volcar mis impresiones sobre esta serie. No me alargaré en exceso, porque se trata también de un producto que pierde su lustre si se le brindan demasiadas explicaciones. Es una obra muy particular.

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Que Cary Fukunaga me encanta es un hecho irrefutable. Lo descubrí con su etérea adaptación de Jane Eyre (2011), y de inmediato percibí su delicado gusto por los detalles y su especial mirada hacia la belleza decandente. Suave en sus maneras, casi espectral, pero incisivo y preciso como un bisturí. Muy elegante el tipo. Luego vino la primera temporada de True Detective (2014) y me enamoré. No he vuelto a perderle la pista; y aunque se ha dedicado más a labores de producción y guion (It, The Alienist), en cuanto supe que iba a hacerse cargo de una especie de remake del  Maniac (2014) noruego, me emocioné bastante.

Y aquí estamos. Maniac es, resumiendo, la historia de Annie y Owen, dos adultos de vida complicada que arrastran problemas psiquiátricos graves. Narra cómo se presentan voluntarios a un procedimiento experimental farmacológico, que aspira a erradicar el psicoanálisis (y otras terapias de diván) mediante una nueva medicación y la realidad virtual que generará en las mentes de los pacientes un superordenador. Los doctores que supervisan y dirigen este proyecto de financiación japonesa, también son perseguidos por sus propios demonios, faltaría más. Y hasta la supercomputadora GRTA, que ha desarrollado una conciencia plena (sentimientos incluidos), sufre su particular infierno. Esto último provocará serios problemas.

Maniac consta de 10 capítulos de duración variable, que oscilan entre la media hora y los 40 minutos. Es una serie que Fukunaga ya ha anunciado que no tendrá continuación, por lo que se queda así, como una gema rara y preciosa, solitaria y, de momento, huérfana. Solo puede reclamar cierto parentesco con ella Legion (2017) o el film Inception (2010), pero por ahora no existe ninguna obra occidental con la que se pueda vincular. Es única en su especie. Quizá por ese motivo, porque es diferente de los productos televisivos que estamos acostumbrados a consumir, muchos espectadores no han reaccionado de manera favorable hacia ella, ha provocado confusiones y obtenido una injusta fama de difícil de entender. Y esto último al menos es completamente falaz. Es una serie a la que es muy sencillo pillar la comba, engancha con rapidez y sabe retener la atención. Complejidad no es siempre sinónimo de ininteligibilidad, camaradas otacos.

He remarcado con negrita la palabra “occidental” porque, como una parte de la otaquería ya se habrá percatado, Maniac tiene un referente obvio muy fácil de identificar: Paprika. Tengo claro que para alguien que no sea consumidor de anime habitual Maniac puede llegar a avasallar un pelín, hacerse incluso sobrecogedora. Pero los otacos estamos más curtidos en este tipo de menesteres, así que existen más probabilidades de que su exuberancia visual y excentricidades varias las digiramos sin problemas. Y nos entusiasmen incluso. Me resultaría muy complicado de creer que Fukunaga no hubiera leído la novela de Yasutaka Tsutsui (1993); y todavía más inverosímil que no hubiera visto el alucinante largometraje del siempre añorado Satoshi Kon. Porque las semejanzas son meridianas; su influencia, cristalina. Blanco y en botella… Y que se le rinda en cierta forma homenaje a estos dos monstruos de la literatura y animación japonesas siempre hace saltar una lagrimita de satisfacción.

Cary Fukunaga y Patrick Sommerville (que también trabajó en mi admiradísima y querida The Leftovers) han creado un intrincado tapiz que esconde diferentes patrones a distintos niveles. Como la realidad misma. Han creado una serie de espíritu coral, donde casi todos los personajes que aparecen tienen algo interesante que aportar. Me ha parecido un acercamiento inteligente y asequible a lo que es la vida de cualquier persona, con una dimensión interior tan rica y trascendental como la exterior, esa que ofrecemos y vemos de los demás. Y en su historia han unido ambas esferas haciéndola una, porque en verdad es como funciona la existencia humana. Y para alcanzar el interior de la mente, ese lugar íntimo al que nadie tiene acceso, nada mejor que una combinación de drogas alucinógenas y la mediación de una Inteligencia Artificial.

Por un lado, tenemos la potente dimensión dramática de la vida consciente, que ya por sí sola daría para una serie íntegra, y que es la que propone las cuestiones principales de la obra. Y, por otro lado, el espacio infinito y multiforme de la psique y el inconsciente, que dispone la resolución de los dilemas de esta vida consciente.  Es en este lugar, feudo de la imaginación y los más profundos terrores, donde borbotea como un magma toda la experiencia vital de los dos protagonistas. Las emociones y sentimientos reprimidos del plano consciente bucean con plena libertad en él, y son clave, como podréis imaginar, para la conclusión.

Hay muchas cosas que pueden salir rematadamente mal en la ecuación de esa terapia experimental, y todas a causa de la propia naturaleza humana; sin embargo, también esa misma naturaleza es la que puede, con su cualidad impredecible, acabar salvando el día. No pasa desapercibida la sucinta crítica a la industria farmacéutica, la búsqueda disparatada de panaceas, y la impotencia de la ciencia ante la irracionalidad del ser humano. La terapia representada en la serie es muy simple, y consiste en enfrentar al paciente a sus propios miedos, y darle la oportunidad de que él mismo los supere en el campo de batalla de su cabeza. Tanto si se trata de una esquizofrenia paranoide como si es un proceso de duelo, el procedimiento es el mismo; y conlleva sus riesgos. De esta forma se nos presenta una realidad líquida de fronteras imprecisas y subjetivas, donde la trascendencia del objeto es capital tanto en vigilia como durante el sueño.

Y es lo que Maniac nos ofrece casi desde el principio, un aparente caos dirigido por un orden con guante de terciopelo. Nada ha sido dejado al azar por Fukunaga, y esa es la grandeza de Maniac; una grandeza que pasa desapercibida y puede ser confundida con presunción. El director se toma las cosas con calma, y procura que la serie evolucione dejando incluso pequeñas pistas desperdigadas para el espectador. Sin embargo, su desarrollo no da tregua, los giros argumentales son de vértigo y hacen de Maniac toda una experiencia. Divertida, irreverente, atemporal y ecléctica. Esta obra tiene todo lo positivo y negativo que la heterodoxia puede ofrecer.

Lo bueno de sumergirse de forma literal en el universo de la mente humana es que los recursos son prácticamente inagotables. Fantasía, ciencia-ficción, dramas cotidianos, surrealismo… La variedad de registros además de la serie es impresionante, en un capítulo se puede estar presenciando un drama cómico al estilo de los hermanos Coen, en otro una sitcom absurda televisiva para aterrizar luego en una peli de acción y espionaje. ¿Qué es Maniac, entonces? Pues todo eso y más; pero básicamente es una comedia negra que juguetea con gran cantidad de géneros porque además se lo puede permitir con largura. Distintos escenarios en diferentes  espacios temporales irán desfilando al servicio de la recuperación de los sujetos para nuestro gozo y deleite.

Con una potente estética retrofuturista ochentera, que evoca el inmenso poder tecnológico y económico del que gozaba Japón en esa década, Maniac no es solo nostalgia. La escenografía y la dirección artística son prodigiosas, de una riqueza en los detalles apabullante, y sirven de manera espléndida a los juegos de símbolos (El Quijote, un cubo de Rubik) y pequeñas ironías que Fukunaga nos invita a saborear. ¡Imaginación al poder! No le importa tampoco caricaturizar incluso a ese Japón ultramoderno que desde Occidente se observaba con una mezcla de pánico, admiración y extrañeza; como si fuera una civilización alienígena infinitamente superior.

Un despliegue de esta envergadura exige unas interpretaciones a la altura, y el elenco de actores es, sencillamente, magnífico. La lógica dificultad que entraña representar los numerosos matices y cambios en la personalidad de los papeles principales es solventada con gran talento. Emma Stone está que se come la cámara, enorme; la sutileza de Jonah Hill tampoco se queda atrás. Sus emociones se van deshojando con una naturalidad pulcra, llegando hasta el mismísimo agujero negro de sus traumas. Por no hablar de la hilarante actuación de Justin Theroux (sí, otra vez The Leftovers), y la mágica frialdad que emana la doctora Fujita, gracias a la estupenda actuación de Sonoya Mizuno. Gabriel Byrne y Sally Field están majestuosos también en sus roles de progenitores hijos de la gran puta, adorables. Todos estos personajes, a su manera, resultan un auténtico desafío que los artistas consiguen dominar a la perfección.

Poco más tengo que añadir, ya que tampoco quiero alargarme demasiado con esta reseña, considero contraproducente hacer un análisis exhaustivo de Maniac. A pesar de que es un producto que se desvía un poco de lo habitual, resulta accesible y muy, muy entretenido. Hacía ya un tiempo que no me reía tan a gusto con una serie de imagen real, desde Quacks (2017) concretamente; y creo que tocaba un poquito de humor a estas alturas. No soy muy amante de las comedias, pero Maniac se ha convertido, sin duda, en una de mis favoritas. Por su lucidez, heterogeneidad y rareza. Desde mi perspectiva, es una de las producciones televisivas más fascinantes de lo que va de año, y una experiencia que los otacos avezados no deberían dejar pasar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, largometraje, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: Yojimbo

Seguimos desgranando las Peticiones Estivales, ya muy cerquita de que lleguen mis vacaciones (¡bien!), y con mi amado otoño a la vuelta de la esquina. Los calores van mitigando su intensidad y por las noches es posible incluso domir algo. Aunque hoy hemos tenido 36 rotundos grados, han sido completamente soportables.

La presente reseña ha sido sugerencia de Ange, que hace unas semanitas cumplió 8 años en el mundo blogueril, ¡felicidades! Toda una veterana con su indispensable El libro de Ange, que os invito a que lo visitéis si no lo conocéis todavía. Ange es una de las personas más alegres y optimistas de mi círculo otaco, siempre animando y apoyando a los demás de forma desinteresada. ¡Muchas gracias por estar siempre ahí, eres un solete!

Y la petición que ha realizado a SOnC son palabras mayores, Ange no se ha ido por las ramas: el clasicazo cinematográfico Yojimbo (1961), de Akira Kurosawa.

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No es la primera vez que cometo el sacrilegio de escribir sobre el cine de Kurosawa, también creo que de Yojimbo se ha disertado muchísimo. No podía ser de otra forma, es una obra maestra. Y a pesar de que no voy a aportar nada que no se haya dicho ya, este film merece su pequeño espacio en SOnC. No es mi cinta favorita del director, sin embargo es una de sus películas más aclamadas y célebres. Gracias a ella cambiaron muchas cosas, el western como género no volvió a ser el mismo, así como las películas sobre mafiosos. Su influencia y halo se extienden por el cine de todo el planeta, se trata de uno de esos imprescindibles al que no queda otro remedio más que reverenciar.

Yojimbo o yôjinbô significa en japonés “guardaespaldas”, y es la ocupación del protagonista del film. O más bien deberíamos decir su no-ocupación, porque a pesar de que son requeridos sus servicios como tal, no llega a trabajar de ello con integridad. En ningún momento. Fue la vigésima película de Akira Kurosawa, la segunda con su propia productora, ya que el resbalón comercial (que no artístico) de la estupenda La fortaleza escondida (1958), animó al director a desligarse un poco de Toho, e invertir su propio dinero en sus películas. Este hecho cambió muchas cosas, como podréis imaginar.

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Sugino-sensei instruyendo a Mifune en el set de “Yojimbo” bajo la atenta mirada de Kurosawa.

Comenzó a prestar más atención a las obras de productoras competidoras como Toei, a la que tenía una tirria bastante considerable, y parece que su profunda antipatía hacia esta compañía lo llevó a concebir la bilogía de Yojimbo (1961) y Sanjuro (1962). Una respuesta al yakuza-eiga y ninkyô-eiga (cine de mafiosos) que los estudios en Kioto de Toei producían como longanizas. Kurosawa no compartía esa idea romántica del mafioso o forajido de corte tradicional que Toei trabajaba, estaba un poquitín más cerca quizás de lo que Nikkatsu Corporation produciría a lo largo de los 60; por lo que el director decidió crear su propia versión del género, mofándose del ideario del género, y logrando así engendrar un hermoso y decisivo film en el que el western clásico, el chanbara y el cine de gánsteres se estrecharon la mano con pompa y alegría.

El argumento es sencillo en extremo, cuenta la historia de un rônin (Toshirô Mifune) que, dejándose llevar por el puro azar, llega a un pueblo desolado donde la ley no existe, y sus habitantes viven aterrorizados, escondidos dentro de sus hogares. La causa es la guerra abierta entre dos clanes rivales yakuza por el dominio del territorio, y nuestro protagonista decidirá sacar partido a la situación ofreciendo sus servicios como espadachín. Pero el rônin, al igual que los dos bandos enfrentados, no jugará limpio.

El guerrero a sueldo se presenta a sí mismo como Kuwabatake Sanjurô, que es como no decir nada, pues se trata de un nombre escogido al albur mientras mira por encima de una ventana un campo de moras (kuwabatake es mora y sanjurô es su edad, 30 años). Sanjurô no vende barata su pericia como yojinbô o guardaespaldas, y habiendo demostrado gran habilidad en una reyerta, los dos jefes yakuza lucharán por tener su katana de su lado. Sin embargo, el rônin sin nombre aprovechará la situación para jugar a dos bandas, como si se tratara de un tablero de ajedrez, maximizar así su beneficio económico y, de paso, verlos con placer cómo se destruyen mutuamente. Su plan parece encarrilado hasta que llega a la ciudad Unosuke (Nakadai Tatsuya), hermano de uno de los oyabun, armado con una pistola y más sagacidad de la que a Sanjurô le gustaría.

Así queda esbozada la narración de Kurosawa, donde quedan reflejados muchos de los temas habituales de los westerns: el héroe solitario, de alma torturada, que debe tomarse la justicia por su mano ante la ausencia de esta; gente indefensa y a la merced de villanos, necesitada de protección y, uno de los más importantes: la batalla entre modernidad y tradición. Yojimbo tiene lugar en un momento impreciso después de la Restauración Meiji (1868), durante el cual Japón se abrió de nuevo al mundo y tuvo que dejar atrás el viejo sistema feudal y sus satélites. Un cambio de vastas proporciones en el que todavía los japoneses andan un poquillo enredados.

Yojimbo tuvo un éxito inmediato en Occidente, de hecho es la película de Kurosawa más conocida y celebrada por estos lares. Quizá porque toca notas muy familiares para nosotros, es una obra que hiede a Hollywood; no en vano, al señor Pantano Negro se le considera el director japonés más occidental de todos. Por esa basculación hacia la cultura dominante extranjera se le criticó muchísimo en su país.  Pero en este film no solo brota la admiración de Kurosawa hacia John Ford, el escritor de hard-boiled Dashiell Hammett o Federico Fellini. Yojimbo tiene mucho de nipón también a pesar de que sus detractores solo vieran sombras gaijin en él; la influencia de las convenciones del teatro kabuki son incuestionables y manifiestas, por ejemplo.

El mismo protagonista, Sanjurô, es una creación que se rastrea en el cine japonés. Cierto que puede recordar bastante a Humphrey Bogart por esa moralidad dudosa, egoísmo recalcitrante y pasado enigmático; sin embargo, ya en el cine mudo de las islas podemos encontrar anti-héroes protagonizando historias que despojan de todo tipo de idealización la figura del guerrero. Una muestra clara sería la visionaria Orochi (1925) de Buntarô Futagawa (reseña aquí), película que os recomendé el año pasado ya con mucho, mucho, pero que mucho fervor.

Sanjurô es un mercenario (y muy bueno, por cierto), y como tal actúa. Se encuentra en un campo de batalla donde ambas facciones son maliciosas, traicioneras y ruines; por lo que se adaptará al entorno no solo para sobrevivir, sino para pasarlo bien un ratejo. No es un samurái, no se debe ya al bushidô; es un hombre de su tiempo, un individuo aclimatado a las circunstancias de una nueva era. Por eso, con calma y sobriedad, hará gala de una fría inteligencia al servicio exclusivo de sí mismo. Nadie sabe cuáles son sus verdaderos propósitos. Mifune y su genial interpretación originaron el que ya es un arquetipo por derecho propio: el ¿héroe? sin nombre. Sanjurô será siempre recordado por su parquedad insolente, su belicoso espasmo en la espalda, rascarse la barbilla mientras cavila y el lento masticar de un palillo en su boca. Un rônin de espíritu travieso y poco de fiar.

Unosuke, antagonista absoluto de Sanjurô, se encuentra totalmente a la altura de tremendo protagonista; un guerrero peligroso y tan viajado como él que se las hará pasar putas de verdad. El resto de personajes en la película destacan por ser unas maravillosas caricaturas, personajes pulp esperpénticos que dotan a la cinta de un aroma casi surrealista. Sus presencias son esenciales en el film. Porque Yojimbo tiene mucho de comedia negra, es una obra plena de sarcasmos, una parodia, como antes comentábamos, de las ninkyô-eiga realizada con un sentido del humor perverso. Y gusto exquisito. Aunque, por supuesto, Yojimbo se convirtió en algo mucho, mucho más grande de lo que todos esperaban.

Yojimbo es la obra más accesible de Kurosawa, con un guion ingenioso y emocionante, de ritmo agradable y ejecución impecable. Todo lo bueno del lenguaje de Kurosawa está en Yojimbo, pero en formato masticable. Como director de fotografía trabajó el incomparable Kazuo Miyagawa, que ya había colaborado con Kurosawa en Rashomon (1950), y que en Yojimbo brilló de manera espectacular. La sencillez de la historia aúna fuerzas con una puesta en escena asimismo austera y polvorienta, donde los planos panorámicos y de ángulo ultra-preciso intensifican el vacío y soledad que rodean a Sanjurô.

¿Y qué decir de la banda sonora? No encontramos en ella nada de la esperada música tradicional japonesa, sino unas composiciones que beben del jazz, con arreglos de aire oriental pero ritmos latinos frenéticos. Y dosificada con meticulosa atención a lo largo de la película, otorgando protagonismo a los silencios, a los diálogos. No hay duda de que Masaru Satô volvió a hacer historia con este trabajo.

No se puede terminar una reseña dedicada a Yojimbo sin nombrar su plagio más famoso y que se ha ganado, además, un lugar por méritos propios dentro de la historia del cine. Me estoy refiriendo a la insigne y egregia Por un puñado de dólares (1964) del también insigne y egregio maestro del spaghetti western Sergio Leone. Porque sí, es un plagio como la copa de un pino de Yojimbo. Rodada en España, fue una película que costó producir 200.000 $ y por la que recibió Clint Eastwood, siendo este su primer papel protagonista, 15.000 $. Recaudó luego en total casi 15 millones de dólares, de los cuales la mayoría fueron al bolsillo de Kurosawa. En realidad el director japonés ganó más dinero a través de la demanda que interpuso que con la película. Cosas de la vida.

Los productores de Por un puñado de dólares no habían logrado hacerse con los derechos de Yojimbo, pero esta nimia circunstancia no los amilanó. Decidieron continuar con el proyecto variando algunas cosillas de la obra original y prau. ¡Alegría! Lógicamente, esto no sirvió absolutamente de nada, porque Leone además se permitió el lujo de realizar un calco casi perfecto de Yojimbo. Kurosawa, bastante enfurecido, los demandó y fueron a juicio. Todo este asunto, como era de esperar, incrementó la popularidad de ambas películas, y no impidió que Sergio Leone prosiguiese dirigiendo dos secuelas más, Por un puñado de dólares más (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), que son a día de hoy componentes de una trilogía indispensable y clásica dentro del género.

Yojimbo fue un antes y un después en el chanbara y el western. Ha influido de manera notable incluso en franquicias como Star Wars o tebeos como Usagi Yojimbo. Forma parte ya de la cultura popular de Occidente, lo que no pueden decir muchas obras niponas. Y aunque esto no suponga ser una virtud per se, sí nos habla de su enorme trascendencia, de las barreras culturales llenas de prejuicios que ha tenido que superar. Yojimbo es una película sobria y muy, muy divertida; de visión obligatoria para todo aquel que se considere amante del cine. Un film con un objetivo simple y puro: entretener. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

MUAHAHAHA, paja mental

¡4º aniversario de Sin Orden ni Concierto!

Si hace cuatro años alguien me hubiera dicho que iba a mantener durante tanto tiempo un blog dedicado a Japón y su cultura popular, desde luego no le habría creído. Pero aquí estamos. La primera sorprendida soy yo. En los anteriores aniversarios comenté algo similar, pero es que es verdad. ¡Sin Orden ni Concierto cumple 4 añitos! ¡Pero qué locura es esta, por Luzbel!

Y para conmemorar que continúa siendo una de las bitácoras animescas más ignoradas del planeta, y que tiene 17 seguidores menos que el año pasado, ¡vamos a tirar la casa por la ventana! ¡Hay que celebrarlo por todo lo alto! Y estrenamos así nuevo dominio:

https://sinordeniconcierto.com

También le hemos renovado el vestuario un poco, que hacía un tiempecito que llevaba el mismo traje. Para dar la bienvenida al nuevo año con algo de frescura, y tal. Por supuesto, no podía faltar mi cutre engendro realizado con Paint, un clásico con el que os torturo de vez en cuando y que, en esta ocasión tan especial, no podía faltar para vuestro espanto y vergüenza ajena. En el fondo sé que os gustan un poquito, venga, reconocedlo. Y yo me lo paso tan bien creando estas deformidades… ains.

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Muchas gracias a todos los lectores y compañeros blogueros que os dejáis caer por aquí. De verdad de la buena. No sois muchos, siempre lo comento, pero sois los únicos responsables de que Sin Orden ni Concierto prosiga su andadura. Es así de simple. No sé cuánto durará el experimento, pero deseo que os siga haciendo tan feliz como me lo hace a mí. Un beso enorme para todos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: Paradise Kiss

¡Ay, el verano! El calor me vuelve lenta y holgazana, además de que ando casi todo el día aturdida. Y luego me ocurren accidentes sangrientos en la cocina… pero esa ya sería otra historia. Las Peticiones Estivales prosiguen su itinerario, y hoy tenemos la sugerencia de Faelyan, que desde Buenos Aires conduce el genial blog Vorágine de Palabras. ¡Muchas gracias por tu inspiración, maja! La obra que nos concierne es el anime Paradise Kiss (2005), una obra muy querida por la mayoría del público y que fue bastante popular en su momento.

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Paradise Kiss está basada en el manga original de Ai Yazawa del mismo nombre y consta de 12 capítulos que la siempre fantabulosa Madhouse tuvo a bien realizar.  Tengo que reconocer que a esta mangaka la tengo un poco olvidada, y tampoco es que haya leído demasiados tebeos suyos. Tiene un estilo muy reconocible al que no le acabo de coger el puntillo, pero esto no me ha impedido disfrutar del cómic que, desde mi punto de vista, es lo mejor de su carrera hasta ahora: Nana (2000). Tristemente, se encuentra en hiato indefinido. Deseo de todo corazón que la autora se recobre pronto de su enfermedad, no ya solo para que le brinde un desenlace a Nana, sino para que pueda continuar con su vida sin sufrimientos en plenitud. ¡Mucha fuerza, Yazawa-sensei!

Si la adaptación al anime de Nana (2006) me encantó también, sobre Paradise Kiss ya no puedo decir lo mismo. Me costó además conectar con el propio manga, ya que el tema que trata y el mundo que lo rodea, el de la moda, me resultan pesados y aburridos. Pero me lo terminé, hace milenios de eso, y reconozco que es un buen trabajo aunque no encaje con mis preferencias personales. Sin embargo, el anime, que también vi hace muchos, muchos años y he vuelto a revisionar para la ocasión, no considero que se encuentre a su misma altura. Ni en broma. Y es una pena. Paradise Kiss, por cierto, en realidad es una secuela de un manga y anime anteriores, Gokinjo Monogatari (1995), del que no tardaré en escribir si todo va bien.

Yukari Hayasaka es una estudiante en el último curso de instituto. Se encuentra en un momento trascendental de su vida, pues debe escoger cuál va a ser su labor como adulto, cuál va a ser su posición en la sociedad. En Japón esto es algo importantísimo, y la presión a la que se ven sometidos los jóvenes de su edad es bastante enérgica. Ella nunca se ha considerado a sí misma una estudiante brillante, pero se esfuerza con ahínco en sacar las mejores notas para contentar a su madre, una mujer estricta y seria que solo desea el mejor futuro para su hija.

Yukari, que no ha conocido en su corta existencia nada más que el trabajo duro del aprendizaje y las responsabilidades de una vida convencional, no se imagina que pueda existir algo más hasta que tropieza con el atelier “Paradise Kiss”. En él trabajan cuatro zagales de su edad, pero muy distintos a ella; creando con sus propias manos atavíos de gran imaginación y riqueza estilística. El cerebro del taller de moda es el arrogante George Koizumi, y todos están convencidos de que Yukari es la modelo perfecta para las creaciones de “Paradise Kiss”.

Y a partir de aquí empieza la batalla de Yukari, la dicotomía entre dos universos opuestos que convergen en ella. Dos mundos que parecen incompatibles en esos momentos, y que obligarán a nuestra protagonista a elegir. Escoger, decidir, madurar. ¿Qué es lo que quiere hacer esta chica con su vida? La pasión de la juventud y su irreflexión candorosa la conducirán a un nuevo planeta lleno de glamour, libertad y nuevas emociones. Un lugar donde puede sentirse ella misma, y que, a su vez, no le exige nada más que ser ella misma. Pero este nuevo mundo se halla dentro de uno más grande: el real, lo mismo que su pequeña esfera de existencia escolar, y es algo que no debe de perder jamás de vista. Paradise Kiss no deja de ser una obra sobre el paso de la infancia a la adultez.

Y esta transición Yukari no la hace sola. Está rodeada de maravillosos personajes que en el anime son cristalizados de manera bastante tosca. Reducidos a su esencia más mínima, haciendo de algunos de ellos incluso caricaturas enojosas. No pretendo escribir un Manga vs. Anime, pero viendo la serie es inevitable que acuda a la cabeza el tebeo, porque existe un diferencia notable. Aun así, si no tuviéramos en cuenta el cómic, el anime deja que desear en ese aspecto. Y es una lástima, porque se olisquea claramente que detrás de ese elenco hay mucha más cera de la que arde.

Comenzando por los miembros del atelier, Miwako Sakurada queda reducida a una genki girl sin muchas neuronas y voz estridente (dios, es insoportable), que de vez en cuando deja brillar su corazoncito de oro. Está terriblemente infantilizada. Su novio, Arashi Nagase, queda plasmado como un punkie gandul al que le entusiasma quejarse. Mi personaje preferido, Isabella Yamamoto, una mujer trasgénero de personalidad fascinante, queda simplificada a mera figura maternal. Finalmente, George Koizumi continúa siendo un presuntuoso y snob, no más insufrible que en el tebeo, aunque sí mucho más plano. ¿Y Yukari Hayasaka? Pues nuestra pequeña Yukari es la que mejor parada sale de todos, no en vano es la protagonista, aunque tampoco podamos decir que sea un portento de personaje.

Yukari sufre la esperada evolución en este tipo de obras: de la niña sumida en una vida gris, marcada por el deber, siguiendo la senda transitada por la mayoría y haciendo lo que se espera de ella, al excitante descubrimiento de que el mundo es… muy grande. Y que dejarse llevar, tomar una actitud pasiva, no la benefician para nada como persona. La vida es dura. El resto de secundarios, como el encantador Toku-chan o la vibrante Mikako Kôda (¡me encanta esa mujer!), son un acompañamiento fantástico, me habría gustado que hubieran profundizado un poquillo más, y que las relaciones interpersonales no hubieran resultado tan deshilachadas, pero 12 capítulos tampoco pueden dar más de sí. Y la propia estructura de los episodios, como pequeños telegramas enlazados y guiados ocasionalmente por un diálogo interior, no contribuye a ello demasiado.

Uno de los puntos importantes de la serie es la relación amorosa que surge entre Yukari y George. Y aunque intentan dotarla de un aire realista, la relación entre ellos no termina de cuajar, no es creíble. Sin más. Es una pareja que realmente no se comunica, y su romance es conducido de manera insulsa, sin emoción. La colegiala sin experiencia junto al guapo (y rico, of course) malote que la manipula. Sus tácticas de seducción y control son muy obvias, y hacen al personaje todavía más odioso si cabe. El idilio evoluciona porque Yukari crece como persona, y al hacerlo, el futuro de este se encuentra sentenciado. No puede ser de otra forma. Yukari y George no funcionan, no pude empatizar con ellos en ningún instante. A pesar de que la presencia de George Koizumi es considerable durante el proceso de madurez de Yukari, su aportación es únicamente la de obligarla a ser sincera.

Esta falta de verosimilitud no es aislada, se encuentra dipersa por todo el anime. La historia de unos niños bien con una noción poco realista de la vida y que viven en una burbuja ajena al común mortal. Mayordomos, cochazos, mansiones exhuberantes, institutos maravillosos y exclusivos, y mucha gente cool. ¿De verdad esto es un josei? No sé yo…

Uno de los dilemas que brotan conforme se visiona Paradise Kiss es si estamos frente a un shôjo o un josei, porque comparte características de ambas demografías. Está catalogado como josei, pero yo personalmente lo considero un híbrido de shôjo-josei que a ratos juega a ser serio y formal. ¿Incluir escenas y diálogos sobre drogas y sexo, o presumir de un final materialista lo convierte en josei? Yo diría que hace falta un poquito más. Y es que no abundan los josei puros, la industria y los autores continúan ofreciendo todavía de manera mayoritaria el mismo tipo de producto a niñas, adolescentes y mujeres, con enfoques infantiles, fuertemente idealizados y centrados en las mismas temáticas y contenidos: romance, belleza, moda, vida cotidiana. Y es algo que me asusta bastante de manera personal, lo dependiente que es la mujer japonesa de su imagen, la importancia obsesiva por parecer jóvenes y bellas. Es una obligación para lograr su máxima aspiración: marido. Y eso se plasma en ambas demografías. ¿Hay excepciones? Sí, por supuesto. Pero Paradise Kiss no es una de ellas. Y es que el debate de las demografías en el manganime japonés daría para deliberar mucho. Pero hoy no toca.

Paradise Kiss recoge muchos elementos del shôjo clásico de los 60 y 70, y los introduce en su historia con naturalidad: entorno embellecido de reminiscencias occidentales, ambiente escolar de élite, tragedias familiares sin resolver, casualidades y enredos sentimentales visibles, protagonista ingenua y pasiva que solo tiene su belleza como talento, flores, estrellitas y pétalos al viento, comedia ligera y absurda, etc. Mucha horteradita entrañable que siempre se hace querer. Aunque también rinde homenaje a clásicos del josei, como el Pink (1989) de Kyôko Okazaki en algunos guiños como el del cocodrilo; o elige mostrar facetas menos amables en las relaciones entre padres e hijos.

Pero, ¿tiene algo de bueno esta serie? Porque le estoy propinando una zurra antológica. Pues sí, tiene unas cuantas cosas buenas. La primera y principal, su apartado técnico y artístico. Es una verdadera gozada. Tiene una animación estupenda, unos diseños de personajes alucinantes, recursos visuales imaginativos, ¡y qué colorido! Las ambientaciones tokiotas son maravillosas, todo está realizado con sumo gusto y cuidado, y la riqueza de detalles abruma. Por no hablar de las referencias a la cultura popular que aparecen (Godzilla, The cat in the hat, Marilyn Monroe, Humphrey Bogart, etc) y que hacen mucho más jugoso su visionado. Hasta el opening y ending son bastante más que potables (Franz Ferdinand, ouhyeah!).

Resumiendo, y siendo consciente de que es una unpopular opinion como la Gran Esfinge de Guiza, Paradise Kiss es un anime sin un clímax real y con un enorme potencial desperdiciado. No es mala obra, pero se asienta en una tierra de nadie donde queda a la merced de sus excelencias visuales y artísticas, que son numerosas y deslumbrantes, pero que no son suficientes para hacer de ella una adaptación digna. Es vacua, instrascendente, superficial, vaga. Y con el paso del tiempo, se olvida con facilidad. Se ve, distrae pero no emociona. Una lástima, pero ya sabemos que un bonito envoltorio no lo es todo. Puede, de hecho, esconder una decepción. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: Umimachi Diary

¡Más, más Peticiones Estivales! No me canso de repetirlo pero, ¡este año me tenéis muy contenta! Han sido bastantes vuestras sugerencias y muy variadas, ¡os lo agradezco un montón! Así que, ¡proseguimos! Esta vez con la proposición de Jane, que junto a Umibe llevan el prodigioso blog El Destino de la Flor de Cerezo. Cierto que se encuentran en una especie de estado de hibernación desde hace unos mesecillos, pero sus contenidos ahí los tenéis y os prometo que merecen la penita de verdad.

La petición de Jane es la mar de interesante, se trata de la obra Umimachi Diary, un manga creado por Akimi Yoshida, que esta temporada de verano está siendo un poco más conocida entre la otaquería por ser la artífice de Banana Fish. Un tebeo que, por cierto, os recomiendo (ya caerá por aquí, ya); y su adaptación animada me parece de lo mejorcito del estío. Por ahora. Regresando a Umimachi Diary o Diario de un pueblo junto al mar (2006-2018), se trata de un cómic que ha finalizado hace nada, el 28 de junio de este mismo año. Fue publicado por Flowers y, si no me equivoco, consta de 8 tankôbon a la espera de que recopilen los últimos capítulos para cerrar la serie con 9 totales.

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Como podréis imaginar, no he tenido la oportunidad de leerlo completo; pero algo he podido ojear ya que nuestros vecinos franceses (benditos sean), lo están publicando bajo el nombre de Kamakura Diary a través de Kana. Sería maravilloso que alguien en España se animara también a traerlo (¿Tomodomo?, ¿Milky Way? ¿Ponent Mon? ¡Quién sea!), porque es oro puro. Akimi Yoshida es una mangaka curtida en los menesteres del shôjo y el josei, con tres Shôgakukan bajo el brazo por Kisshô Tennyo (1983), Yasha (1996) y Umimachi Diary (2006); y varias nominaciones a los premios Tezuka y Taishô. De hecho, El diario de un pueblo junto al mar ganó el Excellence Prize del Japan Media Arts Festival en 2007 y el Taishô en 2013. Yoshida-sensei no es una cualquiera, y sus trabajos siempre se han caracterizado por otorgar a las demografías femeninas un enfoque distinto. Creo que es algo que muchos están descubriendo gracias al anime de Banana Fish. Y eso es estupendo.

Umimachi Diary es un manga muy querido en las islas, ha tenido hasta su adaptación al teatro. Pero sobre todo es conocido por su versión cinematográfica, Our little sister (2015), dirigida por Hirozaku Kore’eda. Fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en Cannes y, aunque no ganó ningún garladón del festival, sí tuvo bastante repercusión en Occidente, con excelentes críticas en los medios especializados además. Se llevó el Premio del Público en el Festival de San Sebastián, y recibió varios en su casa por parte de la Academia de Japón.

¿Sobre qué escribir? ¿Del manga o de la película? Dado que todavía no puedo hacer una reseña completa del cómic como se merecería y del film sí, pues hoy toca cine. No es por falta de ganas, y podría hacer una pequeña review sobre lo que he leído (2 volúmenes por ahora), pero prefiero reservarme y finalizarlo. Quizás con la insensata esperanza de que alguna editorial lo publique (¡por favor, por favor!) en estos lares; y si no, tirar, como ya es costumbre, de la France. Por otro lado, soy de la opinión de que los géneros y demografías considerados (ejem) femeninos (josei, shôjo, romance, etc), no son tales, sino que pertenecen a todos. Igual que los catalogados masculinos, que ya de serie se consideran universales y nadie dice ni pío. Umimachi Diary lo puede leer cualquier mozo, que os aseguro que no perderá su hombría; y tiene el indudable potencial de hacer disfrutar a cualquier ser humano, a no ser que se deje abrasar por los prejuicios. En ese aspecto, Akimi Yoshida ha hecho siempre un trabajo excelente, derribando cuando ha tenido ocasión convencionalismos.

Umimachi Diary es un drama costumbrista que nos introduce en la vida de cuatro hermanas en Kamakura. Esta ciudad, situada al sur de Tokio, es conocida por su potente tradición religiosa e histórica, un lugar con gran afluencia de turistas por su localización privilegiada junto al mar. En el manga la población tiene una fuerte presencia que en el film se diluye bastante, así como también la personalidad de las chicas y otros personajes se pierde un poco. Reconozco que es muy difícil realizar una adaptación completamente exacta a la obra original, son dos medios diferentes con dos lenguajes distintos; por no hablar de que no se busca una mera traslación, sino que el nuevo vástago tenga su propia esencia y valía. Pero… pero. Echo de menos el sentido del humor de Yoshida, las reverendas borracheras de Yoshino, la dulce insensatez de Chika y su pelo afro, esa malicia inofensiva del cotilleo entre hermanas, los hilarantes diálogos internos, etc. Sin embargo, you can’t always get what you want. Y, ¡qué diablos!, la película Our little sister, ya os adelanto, también es muy requetebonita.

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Las hermanas Kôda, Sachi, Yoshino y Chika, acaban de entererarse de que su padre ha muerto. En los últimos 14 años no han sabido gran cosa de él, pues dejó a su madre para irse con otra mujer. A su vez, su madre, incapaz de asimilar lo sucedido, huyó también dejando a sus tres hijas con la abuela, que las crió en su vieja casa. Fallecida esta, continuaron viviendo en ella. Sachi, la mayor, trabaja de enfermera en el hospital, Yoshino en una oficina bancaria, y Chika en una tienda de deportes. Las tres tienen formas de ser muy distintas, y se han ido adaptando a sus circunstancias familiares como han podido. Sachi es la que más recuerda a su padre y el antiguo hogar, con un lógico resentimiento hacia sus progenitores, pero ha sabido siempre mantener bajo un estricto control sus emociones.

Sachi, en un principio, se escuda en que tiene turno de noche para no acudir al funeral, en Yamagata, donde su padre había rehecho su vida regentando un ryokan. Ahí, en el agreste Tôhoku, se había casado por tercera vez, al fallecer su segunda esposa, y había disfrutado del aprecio y estima de los que le conocían. Para cierta sorpresa de las Kôda, era considerado una persona buena y amable con todos. De él había cuidado durante su enfermedad su hija Suzu, de 14 años, retoño de la esposa número dos. Las Kôda no pueden evitar sentir cierta curiosidad por conocer a su media hermana, apenas una adolescente, y se sorprenden de su consideración y entereza. Sachi, que acude al final, se ve reflejada inmediatamente en ella: una cría a la que han arrebatado la niñez,  ha tenido que aprender a madurar de forma muy dolorosa y que se ha quedado sola en el mundo. Así que, en contra de su manera de actuar, se deja llevar por un impulso y la invita a vivir con ellas en su hogar de Kamakura.

Este es el punto de partida de un slice of life sereno y emotivo, pero maravillosamente falto de sentimentalismo. Y es que la ausencia de melodrama, en una historia como esta plena de sinuosidades que rozan lo rocambolesco, es milagrosa. Las hermanas Kôda llevan a la hija de la persona que les arrebató a su padre a vivir con ellas. Su medio hermana, una chica inocente sin otra familia que ellas. Y Suzu es muy consciente de la situación, no es ninguna tonta, sabe que su presencia revive antiguos agravios. Our little sister plantea un laberinto emocional donde todas tienen asignaturas pendientes de una manera u otra, un dédalo en el que se desliza la culpabilidad.

Kore’eda es todo un experto en lidiar con los sentimientos humanos con sutilidad y delicadeza, y eso es lo que nos muestra en Umimachi Diary: el universo femenino japonés, rico, generoso y lleno de contradicciones. Es inevitable evocar Las hermanas Makioka (1936) de Junichirô Tanizaki o el clásico occidental Mujercitas (1868) de Louisa May Alcott conforme vamos viendo la película; así como, por mucho que le moleste al director, la sombra de Yasujirô Ozu en la forma que tiene de crear poesía. Sin azúcar ni artificios, con hermosa simplicidad y ternura. Un shôshimin-eiga honesto de lo que es ser mujer en Japón en la actualidad, y no es para nada fácil.

Our little sister es un drama familiar realista que plasma lo cerrada y encorsetada que es la sociedad japonesa. El pudor a la hora de expresar los sentimientos hace que se enquisten, ulceren profundamente por dentro. No es casualidad que no sea casi hasta el final de la película que ninguna se atreva a hablar de forma abierta y franca de su padre. Una comunicación franca y honesta siempre es necesaria entre personas que se quieren, desahogarse también es indispensable para poder continuar adelante con la vida. Cada hermana es retratada de manera individual, con una profundidad psicológica acorde a la importancia de su personaje, por supuesto, pero todas colman con sus pensamientos y emociones la vieja casa en la que viven. Una casa rebosante de recuerdos y sentimientos entretejidos con ligereza, pero fuertes e impetuosos a la vez. La relación entre ellas es natural, fluida, casi mágica.

Es significativa la continua presencia de la muerte. La película comienza y acaba con un funeral, y las alusiones a ella no son pocas. Las personas vamos, venimos y, al final, desaparecemos. Como todo en el mundo. Es la futilidad de la existencia. Sin embargo, los japoneses han sabido hallar en esa impermanencia la más exquisita de las bellezas. Umimachi Diary rezuma de mono no aware, impregnando con su dulce melancolía la cadencia del film. La conmoción ante lo efímero de la vida es la que conduce, en cierta forma, a estas hermanas hacia la purificación del perdón. El perdón para sus padres, el perdón para ellas mismas.

Our little sister trabaja a distintos niveles, su complejidad es admirable a la hora de cristalizar el desconcierto y los matices de las emociones humanas. La terrible dependencia de la mujer japonesa hacia el hombre, la necesidad imperiosa de tener un interés amoroso y/o casarse. Todo esto en una sociedad que responsabiliza únicamente a la mujer del fracaso de las relaciones sentimentales o el matrimonio, ellas solas cargan con la culpa completa. Su obligación es servir a su pareja o marido, hacerles sentir bien; si las abandonan, es porque no están cumpliendo con su papel. Por eso la madre de las hermanas Kôda es acusada de que su marido se fuera con otra. Su padre es considerado, recordemos, un buen hombre; aunque en realidad fuera un cobarde que se preocupara más de los demás que de su propia familia, y cuya debilidad de carácter lo hacía incapaz de asumir sus errores. Y es precisamente cuando las cuatro hermanas son conscientes de todo esto, que logran liberarse y conseguir cierta paz. Sentirse personas plenas y autosuficientes sin la necesidad perentoria de una presencia masculina. Ellas mismas se bastan, ellas mismas conforman un núcleo familiar perfecto. Llegar a una conclusión así en la sociedad nipona no es cualquier cosa, ojito.

Diario de una ciudad junto al mar es un recorrido por las vidas de cuatro mujeres, los lugares que habitan, sus gustos, sus experiencias, sus heridas. Los deliciosos tentempiés que prepara la dueña de la cantina La Gaviota; la paciente elaboración casera de licor de ciruela; la inmediata camaradería entre las Kôda y Yuzu; las recetas gastronómicas de la familia y sus degustaciones; la primera pedicura de Sachi con esmalte rojo; etc. La película está repleta de detalles muy humanos y creíbles, pero siempre con una mirada amable y bondadosa. Todo en ella invoca un lirismo elegante que mediante planos medios y largos otorga una silenciosa intimidad de voyeur. Para los diálogos, planos cortos en interior de gran intensidad.

Se trata de una obra que va desarrollándose con calma, adaptándose a la evolución psicológica de los personajes. Cada hermana ocupa el espacio de un cliché: la mayor, responsable y seria, motor incuestionable de los cambios; la mediana, rebelde y con mala suerte con los hombres; la tercera, desenfadada y candorosa; la pequeña, tímida y buena deportista. Desde luego, Umimachi Diary no va dirigida a un público impaciente, y la ausencia de un clímax destacado marchita un poquito su desenlace. No obstante, el trabajo de las actrices es en verdad memorable, y a pesar de que no sea la película más original de Kore’eda, resulta un film estupendo que debería remitir al espectador de forma inmediata al manga.

Our little sister es una bonita película que hará las delicias de los amantes del costumbrismo clásico japonés, con muchas reminiscencias budistas (tiene lugar en Kamakura, no obstante), y un aspecto visual impecable, transparente y de gran pureza. Su guion, que parece exhala cierto aroma culebronesco, no puede resultar más engañoso en ese aspecto, pues oculta temáticas más hondas de lo que cabría esperar. En resumen, un film agradable y bien confeccionado, aunque no alcance la excelencia (ni falta que hace). Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones estivales: Kenpû Denki Berserk

¡Continuamos con las Peticiones Estivales! Esta vez con una que el año pasado olvidé criminalmente, pero Leticia Olguin (facebook) tuvo a bien recordarme tremendo despiste. Y, por fin, la tenemos aquí. ¡Gracias por tu paciencia, Leticia!

Su proposición era, nada más y nada menos, que Berserk. Se trata de una de las obras más importantes del género de fantasía, concretamente dark fantasy, del universo manganime. Berserk son palabras mayores. Y un trabajo que abarca desde el año 1989 hasta la actualidad. Un seinen que ha marcado a varias generaciones de lectores y que, por supuesto, ha hecho historia. El responsable de tamaña proeza es, como muchos ya sabréis, Kentarô Miura. Todo lo que pueda escribir sobre la trascendencia de este trabajo es poco, además que ya se ha disertado por activa y por pasiva respecto a él. Lo que pueda añadir seguro que alguien lo ha expresado ya, con mejores palabras y en más profundidad. Por no decir que las creaciones que conforman el mundo de Berserk son unas poquitas, así que me encontraba en un dilema: ¿por dónde empezar con semejante bestia parda?

Bueno, el principio no suele ser mala opción: Berserk es una palabra que proviene del antiguo nórdico, uno de sus posibles significados es “vestido con piel de oso”. El inglés lo tomó prestado para designar la locura y el frenesí que padecían algunos guerreros escandinavos cuando combatían. Una demencia que los hacía terroríficos y prácticamente invencibles. Ellos eran los berserks o berserkers. Y un berserk es lo que vamos a encontrar en esta obra, Guts. Un guerrero indomable y brutal.

El manga, que es el trabajo que con más entusiasmo os recomiendo, transita un camino largo y tortuoso, al menos para los lectores. Con desesperantes hiatos, en los que prefiero no entrar porque puedo soltar espumarajos hasta el Día del Juicio, pero que forman ya parte de la tradición otaca. Este pasado marzo Young Animal anunció que volvía de nuevo a pausarse, por cierto. A veces pienso que la criatura le ha salido demasiado grande a Miura, que acabará devorándolo. No sé si será capaz de brindarle el final que merece, pero esto ya son elucubraciones. A día de hoy van 355 capítulos y 39 tankôbon.

El tebeo de Berserk es carne de la sección Galería de los Corazones Rotos, por lo que decidí aparcarlo para hacerle una entrada como merece, llena de amor, resentimiento y angustia. Así que para esta petición estival me quedaban por elegir dos series televisivas, Kenpû Denki Berserk (1997) Berserk (2016-2017); y la saga de tres películas (2012-2013). ¿Con cuál quedarme? Pues me he dejado llevar por la nostalgia y hacerle reseña a la primera adaptación animada de Berserk, que por ahora, al menos desde mi punto de vista, es la mejor con diferencia. También creo que es una manera estupenda de introducirse en su intrincado cosmos. Si Kenpû Denki Berserk os llega a gustar, no dudéis entonces en lanzaros de cabeza a su mundo de violencia, oscuridad y fantasía de la más refinada calidad. ¡A por el manga!

Kenpû Denki Berserk adapta el llamado arco de la Edad de Oro del manga, que comienza en el tankôbon tercero y finaliza en el decimocuarto. Se trata de un enorme racconto en el que se asientan los cimientos de toda la historia, es el meollo, el corazón de Berserk. Es ese pasado que vuelve siempre para atormentar. Kenpû Denki Berserk consta de 25 capítulos en total, realizados por los veteranos estudios OLM y dirigidos por Naohito Takahashi, que salvo por esta serie no se ha distinguido por gran cosa, y Kazuya Tsurumaki.

La serie parte en un momento del presente donde Guts, protagonista de Berserk, está luchando contra uno de los Apóstoles, que gobierna toda una región. Tras dejar la ciudad en llamas durante la batalla y destruir a su enemigo, recuerda. Recuerda cuando era joven y se ganaba el sustento de la única forma que sabía: matando. Un muchacho solitario, un mercenario que tuvo la fortuna de toparse con la Banda del Halcón, que le cambiaría la vida. Liderada por Griffith, Guts mordió el polvo en un duelo contra él, y acabó uniéndose a ella un poco a regañadientes. A partir de ahí, se vio inmerso en la Guerra de los Cien Años entre Midland y el Imperio Chuder, donde la Banda del Halcón combatía a favor de Midland.

Guts no es un guerrero cualquiera, y eso Griffith lo supo ver desde el principio. Se puede decir que sufrió un flechazo. No obstante, el líder de la Banda del Halcón tenía muy claros los objetivos, y su gran inteligencia le permitió ascender de forma meteórica en el ejército del país, granjeándose el aprecio del rey (y la princesa Charlotte) y el odio de la nobleza, que consideraba inconcebible que un plebeyo de baja estirpe llegara tan alto, incluso amenazando sus privilegios. Griffith es un guerrero temible y un estratega despiadado, cuyo único punto débil era Guts.

Este es el contexto, resumido a grandes rasgos, en el que se desenvuelve Kenpû Denki Berserk. Un anime de corte indudablemente épico, con mucha sangre, violencia extrema, intrigas cortesanas, batallas sin fin y tragedias amplificadas. A los neófitos quizá os pueda recordar un poco a la saga de Canción de hielo y fuego, con la diferencia de que Berserk es mil veces más cruento.  Pero como sucede en la obra de George R. R. Martin, lo que mueve realmente la historia son los personajes. Un elenco maravilloso que tira p’atrás.

Griffith es, sin duda, el personaje más fascinante de Kenpû Denki Berserk. Su carisma es extraordinario, tiene un matiz hipnótico. Su capacidad de liderazgo es indiscutible, su voluntad de hierro y grandes sueños lo hacen muy, muy atractivo. Pero no queda solo ahí. Su aspecto andrógino y modales impecables le otorgan un aire casi sobrenatural y distante, inalcanzable en su perfección. Es el caballero inmaculado, valiente, lúcido, de riguroso autocontrol. Una luz a la que siguen sin titubear todos los miembros de la Banda del Halcón, y que deslumbra a sus enemigos.

Sin embargo, Griffith es humano. Muy humano. Y todo su resplandor genera una sombra igual de profunda. Como la de un arcángel caído. Su ambición es desmedida e insaciable, y ante ella sacrifica todo, incluso su carne y sangre. Es manipulador, para él las personas no son mas que meros utensilios en su travesía hacia el poder, y no tiene piedad con los que interfieren en sus planes. Es un depredador nato, aunque no suele ser cruel sin necesidad. Griffith es un enigma.

Siempre me han llamado mucho la atención este tipo de personajes que juegan con la ambigüedad sexual, que además no son demasiado habituales en los seinen, sino en los shôjo. Griffith tiene mucho de las otokoyaku del Takarazuka Revue, recuerda a las protagonistas de Claudine…! (reseña aquí) o Versailles no Bara (reseña aquí) de Riyoko Ikeda; a mi queridísima Utena también. Pero Griffith, a pesar de su aspecto andrógino, no es trans. Es un hombre. Fin.

Guts, por otro lado, podríamos considerarlo su opuesto. Y esta pareja, en torno a la cual gira Kenpô Denki Berserk, tiene una inspiración muy clara en el binomio del Devilman de Gô Nagai. Guts es el protagonista definitivo de los seinen hipermusculados, con su colosal espada de reminiscencias fálicas, el antihéroe por excelencia. Con una vida cruel desde niño, solo ha tenido tiempo para luchar y matar. Nunca ha querido depender de nadie, y tampoco ha tenido una meta vital. Por eso alquila su única (y considerable) pericia al mejor postor, por eso hace suyo el sueño de Griffith. Y en la Banda del Halcón empieza a conocer  lo que es tener una familia. No obstante, Guts no es ningún zopenco, y a pesar de ser una persona honesta y sin dobleces, valora su libertad personal por encima de todas las cosas. Su aparente sumisión a Griffith no puede ser eterna.

Y llegamos por fin a Casca, la protagonista femenina de Kenpû Denki Berserk. En una obra que representa un mundo tan profundamente patriarcal, la figura femenina no podía tener excesivo espacio. Y en el caso de Kenpû Denki Berserk (el manga es distinto) no es de otra forma. Lo femenino siempre se plasma como el agente débil, demasiado emotivo, sexualizado y/o con el obligatorio interés romántico. Casca posee estas características, pero rompe también algunos moldes. Desde mi perspectiva, es el personaje más próximo, más natural. Una mujer en un mundo de hombres abriéndose paso para hacerse valer (y lo hace bien); aunque siempre se encuentre supeditada a Griffith o Guts, cuya relación sí que se encuentra en términos de igualdad. Ya se sabe, las mujeres somos esclavas de nuestras emociones (ejem). Pero esto no es una crítica en realidad, estamos hablando de un anime de hace veinte años y, como a menudo comento, juzgar las obras del pasado desde el punto de vista del presente no es ni justo ni inteligente. Casca es un gran personaje, una fantástica guerrera y capaz de acaudillar, si es necesario, a la Banda del Halcón. Todos la respetan y consideran su hermana de armas. Porque es así, no obstante. Su evolución psicológica es magnífica.

¿Hay más personajes femeninos? Pues está la princesa Charlotte, que hace el papel habitual de adolescente mimada y enamorada; y su madrastra, la reina, que como toda madrastra que se precie, es malvada y conspiradora. Pero poco más. Kenpû Denki Berserk es un seinen muy a la antigua en ese aspecto, con una pobreza de personajes femeninos elocuente. Sin embargo, el resto de la galería de personajes es excepcional: Pippin, Judeau, Rickert… Amo mucho a Judeau, es mi personaje favorito (tengo debilidad por los secundarios). Están todos esbozados con sumo cariño y cuidado, son de verdad entrañables. Los villanos, sin embargo, tienen mucho de caricatura y son bastante menos profundos. Corkus es un personaje que va a piñón fijo, por no hablar del ridículo Adon Coborlwitz (que no falte el apunte cómico), el maquiavélico ministro Foss o el furibundo y suspicaz hermano del rey, Julius. Aunque también es cierto que en el manga están infinitamente mejor trabajados.

La serie en general se desarrolla a buen ritmo, aunque admito que los primeros episodios, si se es algo impaciente, pueden hacerse tediosos. Kenpû Denki Berserk es un anime de los que empiezan a desplegar sus virtudes más adelante. Desde el capítulo uno hasta, más o menos, el siete u ocho, Berserk no ofrece nada de especial: una historia predecible que cuenta las andanzas de un jovenzuelo de pasado traumático, y que se une a una banda de mercenarios capitaneada por un hermoso joven de gran talento. Con peleas y surtidores de hemoglobina por doquier. Pero, lentamente, van introduciéndose notas discordantes que tuercen la armonía, creando una atmósfera sombría que empapa los acontecimientos, los personajes, la historia. Y lo que parecía una cosa, de repente es otra. Y ya te encuentras totalmente enganchada. Lo malo llega al final… y no puedo decir más.

Cierto que a ratos, sobre todo durante las batallas, brotan detalles de una ingenuidad y simpleza sonrojantes; pero, por otro lado, la escala de grises es sorprendente, teniendo en cuenta además que estamos hablando de una obra de fantasía épica, en las que se acostumbra a polarizar de forma contudente. Kenpû Denki Berserk es, esencialmente, una obra de acción. De acción y sangre, aunque sin casquería. Esto no impide que se traten asuntos peliagudos, y que se planteen dilemas morales de gran profundidad. Siempre con un tono desesperanzado, porque no deja de ser una obra plena de tinieblas, pero que ofrece la ocasión de reflexionar. La cosmogonía que se perfila, imbuida de H.P. Lovecraft, es de corte filosófico y esencia cruel: el hombre ni siquiera tiene control sobre su propia voluntad.

Pero no hace falta comerse la cabeza tampoco demasiado, porque Kenpû Denki Berserk resulta ser, en el fondo, una historia de amor. El amor entre Guts y Griffith, venenoso e intenso. Y como en toda historia de amor que se jacte de serlo, el triángulo amoroso brota inevitable. El amor de Griffith hacia Guts es fiero, obsesivo; el de Guts hacia Griffith, respetuoso y lleno de admiración; el de Casca hacia Griffith todo devoción; el de Guts hacia Casca ineludible y comprensivo; el de Casca hacia Guts realista y tierno. Y no hay que olvidar que es el desamor el que precipita las circunstancias hacia un desenlace de dolor y ruina. Más allá de las intrigas políticas, las ambiciones y las masacres de las batallas, se encuentra el amor. Tan simple como eso. Y tan complicado. Porque los sentimientos y relaciones interpersonales son los que engendran un arabesco de emociones que van aumentando en complejidad hasta desencadenar una serie de acontecimientos que nos conducirán al Guts del presente. Un Guts solitario y de espíritu nihilista, corroído por un deseo implacable de destrucción y venganza.

¿Qué me queda por contar? Ah, sí, la animación es bastante buena, incluso para la época. Tira mucho de movimiento de cámara con plano fijo, sobre todo en escenas donde la violencia y la acción son las estrellas; y hace guiños continuos al mundillo del manga, lo que es un bonito detalle. Su arte es minucioso y de fondos cuidados, con la maravillosa textura de la animación cel. Por cierto, hubo mucha gente que se quejó de la música, y siendo personalmente muy quisquillosa con ese tema, no he hallado motivo de queja. El opening de PENPALS suena a banda alternativa de los 90, ni más ni menos. Con un toque noise y a Mudhoney que no me desagrada para nada; la banda sonora en general, compuesta por Susumu Hirasawa, también recuerda a la world music del momento, en concreto a los franceses Deep Forest.

Kenpû Denki Berserk es un pedazo de clásico, pero no surgió de la nada, como hemos podido ir leyendo. Las influencias son variadas, desde Guin Saga de Kaoru Kurimoto (reseña de su anime aquí) pasando por Conan el Bárbaro (el comienzo, leches, es casi idéntico), Robocop (la vieja, ojito) o Hokuto no Ken (¡díos míooooo!). Entre otras muchas obras. Kentarô Miura siempre ha sido un ávido consumidor de cultura popular, era lógico que apareciera su influjo.

Me ha costado bastante hacer esta reseña porque el mundo de Berserk es tan amplio que resulta muy, muy difícil intentar plasmarlo con un mínimo de justicia. Y coherencia. Los que lo conozcáis ya lo sabéis de sobra; los que no, solo invitaros a que lo hagáis, que este conato desmañado mío no os eche para atrás. Es una obra que merece muchísimo la pena, sobre todo si os gusta la fantasía. Y si el anime logra conquistaros, que sepáis que el tebeo es un millón de veces mejor. A pesar de que Miura-sensei se lo esté tomando con taaaaaaaaaaaanta calma. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Peticiones estivales

Peticiones estivales: El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge

¡Ya están aquí las Peticiones Estivales de este 2018! La verdad es que estoy bastante contenta porque ha habido más participación que en las ediciones pasadas, así que, ¡muchísimas gracias a todos los que habéis realizado alguna sugerencia para SOnC! Me habéis ofrecido mucha variedad de trabajo, y eso es realmente estimulante.

Vamos a inaugurarlas con una petición de @morganmorag que, con mucho tino además, solicitó algo de gekiga. Y es que hace bastante que no escribo sobre algún autor del género. Imperdonable. Por lo que hoy vamos a tener la reseña de todo un clásico: Munô no Hito (1985) o El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge (1937, Tokio). Fue publicado en España no hace mucho por Gallo Nero, y es una adquisición que os recomiendo sin pestañear. La misma editorial también ha tenido el exquisito gusto (y fortuna) de sacar adelante La mujer de al lado, un volumen de varias historias cortas muy digno también. Os prometo que no es nada fácil encontrar material fuera de Japón de Tsuge, es un hombre bastante peculiar, y hasta no hace mucho las obras publicadas en Occidente de este maestro del manga eran contadas con los dedos de una mano en inglés y francés (cómo no). Ahora podemos añadir dos más. En español. Y ya.

Este señor al que vemos posando rodeado de cámaras fotográficas con pintas de un ser humano normal es el autor protagonista de hoy. Aparecen también su hijo y esposa, la actriz e ilustradora Maki Fujiwara. Podría haberme inclinado por Yoshihiro Tatsumi (del que ya escribí un poco aquí), Osamu Tezuka, Sanpei Shirato o Shigeru Mizuki, nombres habituales relacionados con el género, y que suelen acudir a la mente del lector de tebeos avezado. Sin embargo, he preferido alejarme un poco de lo obvio, y acudir a los márgenes del manga. No por eso menos trascendentales e interesantes. Yoshiharu Tsuge fue, y es porque continúa vivo a pesar de vivir alejado del mundo del cómic, uno de los mangaka más importantes e influyentes de la historieta de Japón. Aunque su nombre no suene tanto como el de otros (gracias a Gallo Nero eso está cambiando por estos lares), su importancia es capital en el desarrollo y evolución del gekiga, que Tsuge además llegó a rebasar.

Pero antes de entrar en harina con El hombre sin talento, resulta imperativo detenerse un mínimo en la biografía de este hombre. Su obra, una de las más originales del manga nipón, está vinculada de manera insondable a sus circunstancias vitales. No se entiende la una sin la otra.

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Tsuge, en 2015, comentando en una cafetería algunos originales de su clásico “Chiko” (1966) Fuente: http://d.hatena.ne.jp/shimizumasashi/comment/20111019/1319027589

Unos tebeos tan singulares como los suyos no podían proceder de una vida común tampoco. Muy a su pesar, Tsuge tuvo una infancia difícil marcada por un entorno de familia disfuncional, la pobreza extrema y la II Guerra Mundial. Psicológicamente, Tsuge sufrió durante toda su vida adulta las consecuencias de una niñez y adolescencia muy, muy penosas.

Su padre falleció, dejando a su madre con varias bocas que alimentar, por lo que nada más acabar la educación primaria, Yoshiharu Tsuge se vio obligado a trabajar en fábricas. Tenía dos hermanos y dos hermanas más, siendo él el mayor (su hermano Tadao Tsuge, del que seguro que escribiré en el futuro, también se dedicó al mundo del cómic). Se crió en un Tokio devorado por la guerra y su posterior recesión. Con 14 años intentó fugarse como polizón en un carguero de bandera estadounidense; con 16 ya estaba dibujando, a los 20 intentó suicidarse.  Siempre fue una persona extremedamente tímida, por lo que el negocio del manga le permitía no tener que relacionarse casi con gente y, a la vez, ganar dinero con modestia. Se estrenó en el mercado del kashi-hon, muy popular entre las clases humildes en los años 50, y donde solía dibujar chanbara para el público joven. A pesar de que eran tebeos sencillos, con la influencia inevitable de Osamu Tezuka, no dudó en inocularles tinieblas, cosa que llamó la atención de los profesionales del gremio. Sin embargo, la miseria no lo abandonaba, y se vio forzado a vender su propia sangre para subsistir. A los 18 años creó su primer gekiga; y en 1967, Shirato Sanpei lo invitó a publicar su material en la fundamental revista Garo, que se convirtió en uno de sus medios de expresión. En sus páginas se explayó con tranquilidad y osadía, rompiendo las reglas establecidas del manga, innovando y creando nuevos géneros incluso. Sus tentáculos creativos llegaron hasta el mundo del cine, la música y la literatura, que leyeron asombrados (y ávidos) todas sus invenciones y novedades.

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El que se apoya en la puerta es Mizuki, con su inconfundible sonrisa; el de en medio sin gafas y chaqueta blanca, Tsuge.

Pero la mente de Tsuge, influida quizás por la neurosis padecida por su padre y multitud de traumas más, no le permitió llevar una carrera artística constante y uniforme. En 1966 sufrió una profunda depresión que lo condujo a abandonar sus propias creaciones, y para ganarse la vida trabajó como ayudante de Shigeru Mizuki. Aprendió muchísimo de él, su estilo se pulió y absorbió muchas de sus características. Pero Tsuge se recuperó, y continuó adquiriendo una reputación bastante especial. Su obra, completamente insólita para la época, junto a su talante inusual, le hicieron ganarse los adjetivos de ishoku (único, original) y kisai (genio), que aunque triunfaba entre la crítica especializada, el público general encontraba inaccesible. Podríamos considerar a Yoshiharu Tsuge el primer mangaka excéntrico de la historia de Japón.

Tsuge dibujó básicamente gekiga, tebeos avant-garde como crónicas oníricas, y narraciones autobiográficas. También historias sobre sus viajes por el Japón menos conocido, a ese Japón recóndito al que no se presta(ba) atención. En total, publicó unas 150 obras, hasta que a finales de los 80 decidió retirarse definitivamente del mundo del manga, por el que sentía ya una profunda repugnancia. A pesar de que la depresión interrumpió  su carrera profesional en varias ocasiones, su adiós en 1987 fue definitivo. No ha regresado ni tiene intenciones. Es posible que ese odio que desarrolló hacia la industria editorial comenzara ya en los 70, cuando el modelo de negocio cambió. La libertad creativa se supeditó a la productividad, algo totalmente incompatible con la manera de ser y hacer de Tsuge.

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Munô no Hito o El hombre sin talento

Y así llegamos hasta el tebeo protagonista de hoy, El hombre sin talento (1985). Tsuge nunca fue un autor optimista, de hecho todo ese entusiasmo renovador que muchos artistas de la posguerra cultivaron, y que vio renovadas sus energías en el boom de los 80, no impregnó en absoluto su espíritu atormentado. Esa década fue además una etapa dura para él, estuvo ingresado varias veces en instituciones psiquiátricas, y perdió la visión de su ojo izquierdo. Se encontraba extenuado, y este manga  recoge muy bien ese sentir vital, que no obstante lo acompañó desde niño, y que fue ahondando sus raíces a lo largo de los años. Se trata de un cómic enclavado en el watakushi-manga, género que él mismo inició con Chiko, el gorrión de Java (1966). El watakushi-manga es una especie de traslación al medio del tebeo del género literario watakushi-shôsetsu o “novela del yo”, que surgió a finales de la era Meiji. Un tipo de novela centrado en las vivencias y pensamientos del mismo escritor, imbuído también de una potente crítica social, riqueza simbólica y complejidad psicológica. El mangaka, como buen introvertido, era (seguirá siendo, digo yo) un lector voraz, y no titubeó a la hora de dejarse empapar por los libros que leía. Visto en perspectiva, era inevitable que Tsuge acabase creando el watakushi-manga. Porque abrirse en canal y mostrar las entrañas al público no puede ser más tsugiano.

talento17Pero a diferencia de sus obras pasadas, que emanaban un fulgor claramente surrealista, Munô no Hito es esencialmente realista, más cercano si cabe al watakushi-shôsetsu. Una historia formada por otras más pequeñas, presentadas mediante pequeños detalles cotidianos, que son los que construyen y dan verosimilitud a la narración. Siempre desde una estricta perspectiva individual, en primera persona. Sin embargo, aunque tiene tintes autobiógraficos muy evidentes, reducir El hombre sin talento a la categoría de memorias, confesiones o un mero diario, sería constreñir su naturaleza. Este manga es mucho, mucho más.

Podríamos comenzar diciendo que El hombre sin talento es un enorme slice of life. Porque el costumbrismo nipón, con esa eterna dicotomía entre tradición y modernidad que brota por doquier, alcanzó su orgasmo en los 80; y Tsuge lo expresó de una manera contudente. La lucha por adaptarse a un mundo nuevo, ajeno, extranjero, superficial y cruel. Pero este combate empezó para Tsuge ya de niño, con la derrota de la II Guerra Mundial. Muchos japoneses no supieron aclimatarse a ese nuevo cosmos que los dejaba atrás. Un capitalismo feroz que asfixiaba lo que no fuera rentable, y que ridiculizaba además el pasado. Y el protagonista de Munô no Hito no es otro que una de esas personas desarraigadas, cuyo espíritu todavía se aferra al viejo Japón, y es incapaz de salir del agujero. Regodeándose en su miseria, rumiando junto a otros como él la amargura  que brinda ser consciente de la propia mediocridad. Y solo desear desaparecer. Ese es Sukezo Sukegawa, álter ego de Yoshiharu Tsuge.

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Sukezo Sukegawa es un mangaka que decide abandonar la profesión para dedicarse a negocios que no funcionan. Su esposa lo desprecia por su insensatez, y su hijo, un muchachito enfermizo que padece asma, parece estar desarrollando algún tipo de desorden mental. El único sustento que tienen para sobrevivir es el trabajo de ella, repartiendo publicidad en los barrios obreros. Viven con muchas estrecheces.

Sukegawa empezó con un proyecto de venta de cámaras de segunda mano que al principio funcionaba bien, pero acabó quebrando; luego decidió dedicarse a la venta de suiseki, o piedras de forma y/o color especiales que evocan de manera hermosa paisajes, animales, etc. Una disciplina antigua procedente de China y que en su momento álgido movió mucho dinero, pero totalmente abandonada cuando Sukegawa resuelve dedicarse a ella. Como carece de dinero, no puede viajar a lugares remotos y especiales donde hallar suiseki de calidad, así que los busca al lado de su casa, en el río Tama. Un lugar muy transitado y que todo el mundo conoce, por lo que resulta absurdo vender piedras que cualquiera puede recoger con facilidad. Algo tan lógico no penetra en la cabeza de Sukegawa, que con terquedad insiste incluso en ampliar el negocio. Sukegawa duerme, sueña, divaga, tiene ideas grandilocuentes y su mente vuela. Pero la realidad es más tozuda que él, su empresa está condenada al fracaso.

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Sukegawa se relaciona con otras personas tan perdidas como él, unos sumidos en las mezquindades de su especialidad, de espaldas al presente y regurgitando la gloria del ayer; otros devorados por la miseria y su propia amargura; también alguno que refleja su propia pasividad y abandono, su afán autodestructivo inconsciente. Para él es un consuelo no encontrarse solo en su condición de inadaptado, incluso siente cierta alegría perversa al observarlos tan desdichados como él. Porque todos, en cierta manera, han elegido vivir así, el mismo Sukegawa reniega de su propio talento (¡que lo tiene!) una y otra vez.

Pero toda esta indolencia por parte de Sukegawa, ese vacío existencial que roza el nihilismo, tiene unos fundamentos filosóficos sólidos. Se trata, nada más y nada menos, que del objetivo final del budismo, que es alcanzar el nirvana. La propia etimología de la palabra nirvana es “extinguirse de un soplo, apagarse como una vela”. Evaporarse, dejar de existir. El mismo Sukegawa lo expresa así en varios momentos, y es que Tsuge fue un gran lector de los textos de las diferentes escuelas budistas japonesas.

El hombre sin talento carece de estructura lineal, pero se recorre con bastante facilidad. Son seis cuentos autoconclusivos que pueden leerse de manera independiente y sin seguir un orden concreto, pero que juntos forman un volumen cohesionado y natural. Unido esto a un dibujo sencillo, pero de una expresividad apabullante, tenemos entre manos un tebeo engañosamente simple. Formalmente es clásico, pero su mensaje es profundo y complejo. El arte, que bebe de grandes maestros como él (Tezuka, Mizuki), con una ambientación y escenarios extraordinariamente minuciosos, es uno de sus puntos fuertes; aunque a los otacos más familiarizados con el estilo comercial es posible que les cueste acostumbrarse. Esto es gekiga, esto es manga alternativo. Ha sido toda una experiencia disfrutar de sus maravillosos paisajes rurales y urbanos, de una prolijidad exquisita.

Se trata no ya solo de un autorretrato por parte de Tsuge, sino de una estampa social dolorosa, donde se plasman las crueldades de una sociedad que se fagocita a sí misma. Hipócrita, codiciosa y de una competitividad desalmada. No hay lugar para aquellos que se resisten a esa maquinaria de capitalismo feroz, sea porque no pueden ya adaptarse a los nuevos tiempos, sea por pura rebelión, sea por apatía inconformista. O todo a la vez. Y Tsuge no vacila a la hora de emponzoñar la historia con una ironía acre que se mofa de todo y de todos, incluido él mismo. Hay cierto aroma sadomasoquista en todo ello.

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Sin embargo, aunque la imagen que vierte sobre sí mismo es bastante sangrante, lo hace desde una posición de autocontemplación, con una serenidad luminosa. Y se muestra sin temor suspendido sobre un abismo donde comparte desgracias y reflexiones con otros parias como él. Todos participan de un mismo destino, y reverberan en la misma frecuencia. Algunos de ellos son auténticas caricaturas hasta en su diseño, pero todos están trazados con un perfil psicológico nítido, con su propio simbolismo. Un abanico de sentimientos y emociones que asombran por su precisión.

Además de la dureza, la ligera denuncia social y esa vulgaridad soez que Tsuge plasma, desafiante, con brillante sentido del humor (el profiláctico en el río, el niño que defeca en medio del restaurante, etc), en El hombre sin talento hay espacio para el lirismo. Porque Tsuge sabía crear poemas con sus dibujos, con sus textos. Una poesía de belleza delicada y simple, deudora del Mono no aware. Los guiños al surrealismo, a pesar de que se trata de una obra realista, no son pocos; y aportan una fascinación morbosa a todo lo que va acaeciendo.

El hombre sin talento es un manga que todo amante de la cultura japonesa debería leer tarde o temprano, porque ha trascendido ya las barreras del mundo del tebeo.  Munô no Hito es literatura, es filosofía, es arte. Con una tranquilidad pasmosa y sin caer en el melodrama (en una obra así sería de muy mal gusto), Tsuge desgrana unas historias que reflejan la sociedad y sentir de una época, que expresan una angustia vital tan introspectiva como misteriosa. Su mensaje continúa siendo totalmente vigente, y cala. Ya os digo yo que cala. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

cine, largometraje

Memphis por la noche, Elvis en el tuétano

Debería haber publicado esta entrada hace ya algún tiempo, pero al final ha tenido que ser hoy. Estoy terminándola de escribir de madrugada, porque es de noche cuando mejor trabaja mi cerebro; y Mystery Train (1989), además, es una película nocturna y calurosa. Como ahora. Y perfecta para verse así. En la oscuridad y sudando. Es una de las pocas cosas que me gustan del verano: sus tinieblas.

Mystery Train es una película del año 1989 estadounidense dirigida por Jim Jarmusch. Jarmusch es un tipo bastante peculiar, es de Akron, Ohio. Con eso lo digo todo. De allí son Devo y The Black Keys, gente rara también. Y saco a relucir la música porque forma parte indispensable del film, sin duda. Su director es un melómano empedernido, un enamorado de la música popular del s. XX, y es algo que en casi todas sus películas ha dejado muy, muy claro.

Y os preguntaréis, ¿qué coño hace una película gringa en SOnC? Ya sabéis que aprovecho cualquier resquicio japonés en obras occidentales para escribir, y Mystery Train me ha ofrecido esa grieta de varias maneras. La productora del film fue JVC (The Japanese Victory Company) que, por si no lo sabéis, fue la empresa inventora del VHS; y un tercio de la película tiene de protagonistas a una pareja nipona. Desde mi punto vista, motivos suficientes para hacerle un espacio en el blog.

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Mystery Train es un tríptico que despliega sus alas membranosas de murciélago con esa parsimonia tan típica de Jarmusch. Tres historias, tres bellísimos poemas dedicados al vacío, la decadencia y la soledad. Sin dramas, sin frenesí, solo cierto erotismo musical que lo empapa todo. La figura central de este film es, como brama su título, Elvis Presley. Está presente como un dios antiguo cuya presencia permea la realidad. Una realidad construida con los cascotes de una civilización ya perdida, que se visita como el turista que aún cree poder oler el sudor de Fidias en el Partenón. Elvis es un icono pop del s. XX, ha trascendido su propia música convirtiéndose en un mito posmoderno. Y al lugar más sagrado de su culto, Memphis (Tennessee), nos lleva Jarmusch.

Si Mystery Train da título al film, que es una de las canciones que popularizaría Elvis en 1955 y que mejor representa el Memphis Blues, (también es el nombre del imprescindible ensayo que Greil Marcus escribió en 1975), Blue Moon es la melodía al son de la cual danzan una serie de personajes que pululan en la noche. Mystery Train es una reunión excepcional de forasteros y desconocidos, arquetipos reconocibles del universo del director, que se distribuyen ordenadamente en tres espacios de porosidad taumatúrgica.

Far from Yokohama es el primer relato, el que nos lleva en tren a Memphis de la mano de dos jóvenes japoneses, Jun y Mitsuko, que se encuentran de peregrinaje por los Santos Lugares del Rock n’ Roll. Ella es fan de Elvis, él de Carl Perkins; y ambos saben que Graceland y Sun Records forman parte ineludible de su viaje. Allí se forjó el destino musical de muchos de sus héroes: Roy Orbison, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Howlin’ Wolf o Rufus Thomas, el verdadero rey de Memphis, al que son incapaces de reconocer en la estación. Tampoco se percatan de que pasan por delante de Sun Records, porque en realidad Memphis tampoco es tan diferente de Yokohama. Y eso es precisamente lo que comienzan a rumiar. Es solo una ciudad más con sus propias deidades y santuarios, a los que ellos decidieron idolatrar.

Memphis no es la tierra prometida, es una zona crepuscular por la que, dando tumbos, estos dos mitómanos logran encontrar alojamiento en Arcade Hotel. Este se erige como un monolito cochambroso y mágico en el que ejerce de chamán absoluto Screamin’ Jay Hawkins. Y en torno a este lugar orbitarán las tres historias, sometidas a la gravedad de una luna triste. No hay televisión en las habitaciones, sin embargo se puede escuchar una emisora de radio donde Tom Waits, con voz enigmática, desgrana clásico tras clásico. También un decrépito retrato de Elvis gobierna desde la pared el cuchitril. Allí Jun y Mitsuko hacen el amor, observan la noche, duermen y examinan las fotos de su romería, como si fueran estampas coleccionables en un álbum.

Blue Moon. El sonido de un disparo. ¿Qué está sucediendo? Nada. Ante sus ojos se extiende un paisaje surrealista de huellas sonámbulas. That’s América. Jun y Mitsuko se van, su próximo destino es la casa de Fats Domino, en Nueva Orleans.

A Ghost es el relato de una joven viuda italiana, Luisa, que debe regresar a Roma junto al féretro de su marido. Sin embargo, a causa de un contratiempo con el avión, debe quedarse un día en Memphis. Un día en el que la ciudad la pondrá a prueba, un día en el que se topará con otra mujer solitaria, Dee Dee, en Arcade Hotel. Es curioso cómo ese alojamiento se convierte en la luz a la que acuden, como si fuera la salvación, todos los personajes. Un refugio de belleza destartalada como la propia ciudad.

Ambas ya no tienen a sus hombres. Luisa lo ha perdido, Dee Dee huye de él, con desesperación. Luisa es generosa y reservada; Dee Dee habladora y triste. Una quiere volver al hogar, otra quiere un nuevo hogar, lejos de Memphis, lejos de su ex-novio. Hacen buenas migas, y la noche, de nuevo, hace de las suyas.

Lost in Space brota como un episodio de violencia. Johnny, interpretado por Joe Strummer, está pasando una mala racha. Lo han echado del trabajo y su novia (Dee Dee) lo ha abandonado. Para descargar su frustración, decide irse de borrachera con su ex-cuñado (mi queridísimo Steve Buscemi) y su amigo Will, pero las emociones se le van de las manos cuando dispara al dueño de una licorería. ¿Dónde buscar amparo? En Arcade Hotel, efectivamente. Johnny, al que para su disgusto llaman Elvis, tiene mucho en lo que cavilar durante la noche. En la habitación más infecta del edificio.

Se trata de la historia más errática de las tres, donde aflora una calamidad que no tarda en derivar en una meditación de naturaleza telegráfica. Un relato que se dispersa y enreda en sí mismo, donde el absurdo y el alcohol son las guías de conducta.

Mystery Train es sorprendentemente compleja, a pesar de poseer una clásica narración lineal quebrada en tres cuentos. Nos muestra un Memphis contrario al idealizado por la fábula moderna; impregnado de música, qué duda cabe, pero con una melancolía y abandono inquietantes. Quizá decepción, o quizá no. Jarmusch plasma una ciudad desierta, extraña y desolada. Un lugar donde la fama del pasado es el mito del presente, cuya inmortalidad se encuentra en un estado de dignidad ruinosa. Sin embargo, a pesar de ser una oda al desencanto, el director también le otorga una mirada romántica en la que se percibe su amor al ocaso. Y la noche del alma, por supuesto.

Se trata de una película divertida, que narra desapasionadamente historias de diálogos lacónicos y triviales, pero que recogen con minuciosidad los retazos vitales de unos personajes que van, vienen, vuelven y desaparecen. Como Jarmusch, no tienen ninguna prisa por llegar a ninguna parte. Son personajes que deambulan en su paso por Memphis, no conocen bien su destino, o no lo han decidido todavía, pero eso no les impide continuar hacia delante. Ir más allá.

¿Recomiendo Mystery Train? Hay pocas películas de Jim Jarmusch que no aconseje ver, es un director que me gusta bastante. En este film me entusiasma concretamente el ambiente sobrenatural que se inhala, esa fragancia a David Lynch, y la imponente presencia de Screamin’ Jay Hawkins, que en su papel de recepcionista está abrumador. ¿He dicho alguna vez que soy fan a muerte de su música? ¿No? Pues lo proclamo ahora a los cuatro vientos. Amo a Screamin’ Jay Hawkins.

Mystery Train es un film único incluso dentro de la filmografía de Jarmusch, con una leve comedia solo comprensible para mentes sutiles. No es una obra para todo el mundo, y a riesgo de sonar asquerosamente elitista, me alegro de que sea así. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime

Mujeres en un mundo de hombres: Hisone to Masotan

Por cuestiones personales y familiares, no he podido atender como me habría gustado SOnC. El blog ha estado incluso a punto de desaparecer, porque la falta de tiempo, el cansancio y la tristeza me estaban devorando. Pero aquí estamos de nuevo. He echado muchísimo de menos el poder escribir, soltar mis parrafadas ridículas y desahogar el ánimo. Esta bitácora es casi como una terapia. Bueno, sin casi.

Por eso esta temporada de primavera animesca que acaba de finalizar, la he dejado muy, muy colgada. Reconozco que estaba muy contenta con Megalo Box, Hinamatsuri y Hisone to Masotan, pero finalmente solo he podido terminar la serie de estas intrépidas mozas que pilotan dragones. Y no ha sido una pérdida tiempo, es una obra que en general me ha gustado bastante, pero que ha tenido también una serie de cosillas que me han parecido cacafú. De ahí que haya decidido hacerle una reseña.

Hisone to Masotan cuenta la historia de una novata, Hisone Amakasu, de las Fuerzas Aéreas Japonesas. Pronto es seleccionada para una misión especial de particular importancia y naturaleza ultra-secreta: ser piloto de un dragón. Pero es el dragón el que elige a su oficial, no puede ser cualquiera. Existe una conexión única entre piloto y animal que es todavía un misterio. Hisone tiene escasas habilidades sociales y resulta inoportuna por su incontinencia verbal, pero allí en la base de Gifu conocerá a otras aviadoras que compartirán su misma misión. Cada una de ellas tiene varios obstáculos personales que superar, pero su entusiasmo por el trabajo y la amistad que surgirá entre ellas conseguirán que su encomienda se lleve a cabo con éxito. Sus vidas cambiarán para siempre, porque pilotar un dragón desde sus mismísimas entrañas no es cosa baladí.

Esa es la sinopsis aproximada de Hisone to Masotan, un anime que esta primavera se ha erigido como la sorpresa, la bizarrada, el descubrimiento feliz. Una serie netamente japonesa que solo habría podido nacer en las islas por multitud de motivos. Tiene de todo un poco: romance, comedia, fantasía, intriga, ciencia-ficción… y folclore japonés. O más bien debería decir trasfondo sintoísta. ¿Problemas con mezclar sci-fi y religión? No te preocupes, que en esta serie se lo montan la mar de bien. Es todo como muy loco, pero sin carecer de coherencia interna. Japón es eso, modernidad y tradición… aunque en ocasiones la tradición sirva a oscuros intereses.

HisoMaso tiene un reverso tenebroso espeluznante. Detrás de una historia de superación personal, amistad y trabajo en equipo, con sus pequeños dramas y momentos tiernos, se presentan una serie de dilemas bastante peliagudos. Que no os engañe la desenfadada personalidad de su protagonista, su optimismo y brutal honestidad. Tras la bondad de sus dragones kawaii, se encuentra el infierno. El infierno japonés, claro, porque Hisone to Masotan es magnífica a la hora de plasmar la situación de la mujer nipona en la sociedad, lo que se espera de ella incluso. Y nuestro amado Cipango, como ya sabemos, es el peor país desarrollado en términos de igualdad entre hombres y mujeres. Existe una discriminación laboral y social abrumadora, así como una separación gigante de roles en función del sexo.

Y eso HisoMaso lo estampa a la perfección. La mujer es representada como esclava de sus emociones. Y esas emociones y sentimientos son los que le pueden impedir desarrollarse profesionalmente. Las mujeres son emotivas, no racionales, en su naturaleza no está realizar según qué tipo de labores. Lo suyo es encontrar el amor, casarse y retirarse al hogar para cuidar de su marido e hijos. Esta noción tan arcaica continúa muy vigente en Japón, asumido por las propias mujeres además, desperdiciando de esta manera un potencial incalculable de personas completamente preparadas que se ven abocadas a ser amas de casa. Sus carreras profesionales siguen la vereda del llamado ippanshoku.

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En cientos de detalles aparece cristalizada en HisoMaso esta concepción de lo femenino y de la mujer. No es una crítica hacia la serie, todo lo contrario. Me parece excelente que hayan vertido de manera tan natural (para Japón lo es) una situación tan penosa para la mitad de su población. El acoso sexual, la minusvaloración de sus esfuerzos, la infantilización de sus personas, la discriminación, etc. Las mujeres de Hisone to Matosan trabajan además en un entorno especialmente hostil, dominado por una presencia mayoritaria masculina que no las considera sus iguales, sino unas entrometidas incompetentes que deben tolerarse porque su actual posición de cierto privilegio es indispensable y solo temporal.

¿Y cómo enfrentan estos problemas nuestras protagonistas? Clásica es la actitud de Eri Hoshino, así como muy interesante la de Hisone Amakasu. Ambas son las únicas además que tienen que confrontar ese atolladero sentimental que encadena a todas las mujeres (¡ejem!). Los dragones, por muy monos que sean, exigen devoción absoluta, una total sumisión que solo puede provenir de una persona vacía, sin autoestima. Es una alegoría impecable de la situación que encaran a diario millones de japoneses. El hombre es un siervo de la empresa; la mujer, si desea tener hijos, no puede dividir su lealtad entre dos. O el trabajo o la familia, no existe conciliación. La verdad es que resultaría apasionante saber si Mari Okada decidió expresar a propósito todas estas cuestiones que aparecen subyacentes en la serie, o si le salió así sin más.

Hisone to Masotan es un anime diferente, aunque no especialmente original. Que no es lo mismo. ¿Por qué? Porque se nutre de muchísimos clichés que estamos acostumbrados a masticar y comer de diferentes géneros. Sin embargo, y ahí radica la diferencia, rara vez aparecen combinados entre sí. HisoMaso es en sus cimientos un slice of life de pura cepa, pero que se mezcla con temática militar, mecha, sci-fi, fantasía, folclore japonés y romance. También hay un ligero toque de comedia. Y ese tipo de amalgama no suele ser habitual, por eso se trata de una serie distinta del resto.

Para un devorador curtido de slice of life el elenco de personajes y sus personalidades resultan una senda bastante familiar; para un amante de la fantasía la evolución del argumento también es conocida, incluso un poquito sosa; y para un fan del folclore nipón tampoco ofrece nada del otro mundo, es una melodía que ya ha sonado otras veces. Todo salpimentado de esa comedia leve con suaves tintes absurdos que todo otaco conoce de sobra. Pero es, como antes señalábamos, la unión de todos esos elementos en el mundo de la milicia lo que hace de HisoMaso un anime bastante WTF.

Supongo que ese contexto militar habrá ahuyentado a bastantes espectadores, porque se suele relacionar con seinen hipermusculados de testosterona efervescente. Otros que hubieran consumido con placer un seinen de ese tipo (que no son pocos) se han encontrado con un alegre e inocente slice of life vestido de verde botella. Y esos prejuicios no han permitido que la serie tuviese el impacto que hubiera merecido por su calidad. Porque a pesar de sus defectos, es uno de los mejores anime de lo que llevamos de 2018.

Hisone to Masotan se ha esforzado, Hisone to Masotan ha arriesgado, Hisone to Masotan ha elegido ofrecer un producto distinto y el resultado no ha estado del todo mal. Se agradece bastante. Dejando de lado los típicos arquetipos de personajes animescos que disfrutaremos (y sufriremos) por los siglos de los siglos, algunos de ellos han sido apenas desarrollados, como era de prever en una serie de esta duración. Y esos boquetes en su psicología, dejándolos esbozados como marionetas, duele mirarlos. Y da penita, porque se atisba un potencial interesante que por falta de espacio, tiempo y mejor organización ha quedado truncado. Aun así, no se puede evitar cogerles cariño, a veces porque recuerdan a personajes de otros anime. Las similitudes con algunos de Little Witch Academia casi casi rozan el plagio.

En resumen, admito que me habría gustado poder disfrutar de unas relaciones más consistentes entre los personajes, conocer también un poquito más a algunos, que han quedado bastante desmadejados. También habría agradecido unos últimos episodios menos atolondrados, en los que se nota que 12 episodios resultan exiguos para desarrollar ciertas dinámicas personales, sobre todo entre secundarios. Pero esto es lo que hay, y tampoco ha estado tan mal. Lo he pasado muy bien viendo Hisone to Masotan, que no es poco.

Si hay algo que me ha entusiasmado sin reservas de HisoMaso ha sido su música. Taisei Iwasaki ha hecho un trabajo estupendo; ya le había echado la oreja, no obstante, en Kekkai Sensen, donde me sorprendió muy gratamente. Y aquí ha vuelto a triunfar con una banda sonora clara, emotiva y muy bien orquestada. Habrá que seguirle la pista a este chavalote,  ya que está comenzando con bastante buen pie.

Respecto al opening y ending, que suelen ser cosas a las que no presto ninguna atención porque generalmente me parecen atrocidades, destaco la maravillosa versión que se han cascado las seiyû de las protagonistas en el tema de cierre, ¡una delicia! Aunque me sigo quedando con la original de la irrepetible y mítica de la chanson française France Gall.  Fue una canción incluida en su quinto disco, Baby pop (1966), también muy recomendable. La verdad es que ha sido un detalle muy bonito rescatar esta joyita del pop, los melómanos la hemos apreciado mucho. Para que veáis que no miento, os dejo con la interpretación inicial de la Gall. La japonesa está chula, sin duda, pero esta mola más.

Prosiguiendo con el apartado artístico, la animación, los diseños o el colorido me han encantado. Es algo tan alejado del anime estándar actual… ha sido refrescante. Esa textura en el dibujo, con el trazo mínimo y muy marcado, que casi se asemeja más a un boceto en su simplicidad, evocando la ingenuidad de los dibujos infantiles, ha sido gloria bendita. ¡Qué gran expresividad! Un descanso, un alivio entre tanto anime moderno de fachada pulcra, aséptica y anodina. Un guiño para los que echamos de menos el anime cel y leemos mucho manga, porque HisoMaso es una declaración de amor a los tebeos. Meridiano.

Y para cerrar esta reseña algo atípica, os voy a dejar con una foto especial. Porque me da la gana. Estas que veis abajo son, de izquierda a derecha, Frances Green, Peg Kirchner, Ann Waldner y Blanche Osborn. Ellas eran pilotos de B-17 (“Fortalezas volantes”) en la Women Airforce Service Pilots durante la II Guerra Mundial. De las 25.000 mujeres que deseaban acceder a un puesto como aviadoras, 1830 fueron aceptadas y solo 1074 se ganaron las alas. Entre ellas este cuarteto. Unas pioneras. Todavía es una rareza ver a una mujer pilotando un avión (solo un 3% de los pilotos son mujeres), pero su número va aumentando a pesar del techo de cristal y los convencionalismos. ¡Mucha fuerza, chicas!

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Esto ha sido todo por hoy, espero que este comeback sea una vuelta a las habituales rutinas estrafalarias de SOnC. Para cualquier cosita, tenéis los comentarios a vuestra disposición más abajo, as always. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.