Abril de ciencia ficción, literatura

Abril de ciencia ficción: creadoras a desvelar, autoras por descubrir

Mientras echaba un vistazo a todas esas obras de ciencia ficción japonesas que me encantan para escribir la siguiente reseña, me di cuenta de que casi todas ellas estaban escritas y/o dirigidas por hombres. Que no pasa absolutamente nada, conste en acta. Sin embargo, me hizo preguntarme: ¿dónde carajo están las mujeres en la SF nipona? Y me puse a investigar.

Y el resultado de mi pesquisas es este. La entrada de hoy es más un pequeño ensayo con mis descubrimientos personales, que han sido interesantes, pero que, por desgracia, no puedo disfrutarlos como debería. ¿El motivo? No hay demasiadas obras disponibles de escritoras sci-fi provenientes de Japón, por no hablar de que buscar información sobre ellas en un idioma inteligible ha sido tarea ardua. Así que he decidido compartir con vosotros mis indagaciones, y si encima hay suerte y el presente post logra atrapar la mirada de alguna editorial indulgente que se atreva a publicar algo de ellas, pues mejor que mejor (¡hola, Satori!). Hala. Ya lo he dicho.

He leído alguna cosilla suelta de las escritoras protagonistas de hoy, pero no os voy a engañar: de otras no he podido degustar nadanaditanada. Y de ahí mis grandes deseos de leerlas, mi súplica por que lleguen hasta nosotros, la necesidad de reivindicarlas. Todavía las mujeres se encuentran en cierta desventaja dentro de ciertos géneros literarios, y creo que merecen un empujoncito por nuestra parte, sobre todo siendo en su Japón natal ya novelistas reconocidas.

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¡Un aplauso para las Spacewomen, defensoras de la Tierra!

Hasta donde he podido rastrear en mi periplo internetero, la SF nipona escrita por mujeres florece en los años 70. Coincide con el auge que se vivió a nivel general en este tipo de literatura, con la asimilación de la Corriente Contracultural de finales de los 60, el movimiento de Liberación de la mujer, y el advenimiento de la Segunda Ola del Feminismo. ¿Quiere decir esto que fue una mera importación de lo que estaba sucediendo en el resto planeta? Como bien sabréis a estas alturas, camaradas otacos, Japón es otro mundo. A pesar de que confluyeron en el tiempo la SF feminista occidental y la SF creada por japonesas, en las islas la ciencia ficción femenina no siguió ninguna agenda política y se proclamó, por cierto, antifeminista.

¿Cómo puede ser esto así? Por varias razones. Japón es uno de los países desarrollados más androcéntricos y con una estructura patriarcal más rígida. En los años 60 y 70 todavía más. Los otacos sabemos esto de sobra, percibimos continuamente su disposición social a través de sus tebeos, juegos, anime. En las islas siempre se ha difundido una imagen desfigurada del feminismo, como una ideología extranjera e inmoral, cuyos defensores se distinguen más por su falta de control sobre las emociones que por su inteligencia. Esto no quiere decir que no existiera preocupación por la situación de la mujer en la sociedad japonesa; sin embargo, era la palabra feminismo la que generaba multitud de prejuicios.

Y se dio el hecho curioso de que muchas escritoras expresaban su repulsa hacia el feminismo y, no obstante, articularon en sus obras un vehemente discurso feminista. Con un panorama semejante, ya podréis imaginar que la ciencia-ficción escrita por mujeres en Cipango desarrolló características muy diferentes del resto. Y peculiares.

El espacio literario para escritoras de sci-fi en Japón no era demasiado amplio en los 70, pero algunas autoras lo fueron ampliando poco a poco, utilizando incluso la esfera existente del shôjo (manga, shôsetsu), ya afianzada desde hacía décadas, para seguir creciendo. Tomaron sus recursos y clichés sobre la femineidad, propios del patriarcado nipón y donde la presencia masculina era casi nula, y jugaron con ellos para crear una visión nueva. La suya.

En noviembre de 1975 la revista S-F Magazine dedicó sus páginas exclusivamente a obras escritas por féminas. Zenna Henderson, Marion Zimmer Bradley o Ursula K. Le Guin se codearon con dos autoras japonesas que estaban dando mucho que hablar: Yûko Yamao e Izumi Suzuki. Ambas estaban siendo importantes en el desarrollo de la ciencia-ficción nipona, ambas acabaron haciendo historia. Aunque por Occidente no se conozcan todavía demasiado. Sobre todo Suzuki, por la que siento verdadera fascinación. Así que, con vuestro permiso, voy a detenerme un poquito con ella. Creo que merece la pena. Y es una de esas escritoras que resulta imprescindible que tenga voz en lengua castellana (¿por favor?).

Izumi Suzuki (1949-1986) fue un ser humano excepcional, y como dijo el fotógrafo Nobuyoshi Araki, responsable de las fotos que veis arriba, “una mujer de su tiempo”. Con ella empezó la ciencia-ficción japonesa creada por mujeres, donde la feminidad se deconstruyó y recreó de nuevo bajo sus propias reglas. Tuvo una existencia bastante agitada, de adolescente abandonó el instituto y huyó de casa para dirigirse a Tokio, donde trabajó de actriz en películas eróticas, modelo de desnudos y hostess en clubes. Pero fue una mención especial en la revista Shôsetsu Gendai de una historia suya la que le animó a buscarse la vida, y volcarse más adelante en la escritura. Sin embargo, para ella fue completamente inesperado que SF Magazine seleccionara su Majo Minarai (1975) para el especial de mujeres, y a partir de entonces fue publicando regularmente relatos. No se consideraba a ella misma una autora de ciencia-ficción, la catalogaron así.

Se casó con el saxo-alto Kaoru Abe, un músico de importancia capital dentro del jazz y el avant-garde en Japón; y fue a través de la película El Vals Eterno (1995), que vi hace tres  millones de años por lo menos, que oí por primera vez su nombre. En el film se centran sobre todo en la figura de Abe, muerto en 1977 de una sobredosis de Brovarin, y pasan un poco por alto la significativa actividad literaria de Suzuki. Es una película más bien sobre la relación tormentosa, tóxica que mantuvieron, inmersos en una espiral de autodestrucción. Pero sirve para enmarcar en cierta forma la intensidad con la que sentía el mundo la escritora. Su estilo de vida fue bastante inusual y errático, lo que no le impidió ser consciente del gran maelstrom que representaba la sociedad de consumo japonesa de los 80, que lo engullía todo en su vacío. Y así lo plasmó en sus obras, con gran realismo. Izumi Suzuki quizá sea, junto a Yukio Mishima, una de las creadoras que más controversia generaron en su época; y como el propio Mishima, también decidió suicidarse.

Los trabajos de Suzuki son hijos de su época, toman mucho del espíritu antiautoritario de la Contracultura y posee ingredientes claramente feministas y de la ficción transgresiva. Una de sus obras más representativas, Onna to onna no Yononaka (1977), plasma muchas de estas ideas, explorando la viabilidad del feminismo separatista y los límites del amor heterosexual. La conclusión a la que llega es ambigua, aunque la desconexión entre el mundo masculino y el femenino no la considera positiva. El quid sería cómo lograr una coexistencia que no supusiese opresión para las mujeres. Y en ese tema Suzuki no fue muy optimista.

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Yûko Yamao

Si Izumi Suzuki fue clave en el desarrollo de la SF escrita por mujeres en Japón, su contemporánea Yûko Yamao (Okoyama, 1955) no le fue tampoco a la zaga. Una de las características más evidentes de la SF nipona es que es experta en recrear atmósferas y estados de ánimo más que enfocarse en la acción. Y en los trabajos de Yamao es, precisamente, lo que encontramos. Estuvo varios años, desde 1985 hasta 1999, sin escribir porque decidió dedicarse a la crianza de sus hijos; pero, afortunadamente, regresó a la actividad literaria. Por lo que he podido indagar, se trata de una autora a la que le gusta introducir elementos surrealistas y del mundo de la fantasía, con una tendencia marcada a la meditación y el buceo en los mares de gamas de grises. Sus trabajos más destacables son Kamen Butôkai (1973), que quedó finalista en los galardones Hayakawa de SF, Yume no sumu Machi (1976), Lapis Lazuli (2000) y Perspective (2010). Ha tratado de manera bastante singular el tópico recurrente en el género de “lo femenino como monstruoso”, y de su combate como una manera de dominar la sexualidad femenina y delimitar la feminidad. No deja de ser una metáfora. La mujer que se convierte en monstruo es la que desafía el orden social y expresa su inconformismo. Pero Yamao, como otras escritoras también, no pelea contra el monstruo: lo acepta como es e, incluso, justifica su supervivencia.

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Mariko Ôhara

Y desde el punto de vista femenino, el monstruo puede adquirir muchos rostros, incluido el de la madre. Y Mariko Ôhara (1959) resulta una autora que es obligatorio mentar por muchísimos motivos. Tanto por sus contribuciones al concepto de “lo femenino como monstruoso” en su Moshimo to iu Jikkenba de: Josei Sakka ni totte no haha: 2777-nen no Jo-ô (1995), donde elabora la idea del “fascismo maternal”, como en su monumental Hybrid Child (1990), que se llevó dos veces el premio Seiun (1990, 1991) y es uno de sus trabajos más destacados, ¡y traducido al inglés, otaquería! Ojalá llegue pronto al español. Aunque, gracias a Satori (siempre GRACIAS) en su recopilatorio Japón Especulativo podéis disfrutar de uno de sus relatos más conocidos en Occidente: Chica (1984). Ôhara es una de las grandes de la SF nipona, y es versátil como ella sola porque escribe guiones para manga, ensayos, novelas, videojuegos, radiodramas, reseñas… Y ha destacado por tratar temáticas transgénero y feministas con franqueza. En sus obras la mujer posmoderna japonesa, incrustada en un medio capitalista hipertecnificado, se enfrenta constantemente a la imagen tradicional femenina.

Otra escritoria esencial es Motoko Arai (Tokio, 1960), que eligió adherirse a esas escritoras SF que aprovecharon la esfera del shôjo (manga, shôsetsu) para desarrollar sus carreras. Y con bastante acierto. Es toda una celebridad. El shôjo es una noción que pertenece al universo femenino tal como lo plantea la sociedad patriarcal japonesa, y representa un momento en la existencia de la mujer que no se corresponde ni a la infancia ni a la adultez. Un intervalo reducido de tiempo donde la mujer todavía puede disfrutar de ciertas libertades y privilegios, pues no existen las restricciones que los roles de esposa y madre le exigen. Este intervalo de tiempo, además, está restringido a ciertos espacios donde lo masculino apenas tiene presencia.

Arai hizo suyos los procederes del shôjo para subvertirlos y usarlos de medio para transmitir un feminismo muy personal. Pero su objetivo no fue proselitista sino simplemente narrar historias de ciencia-ficción donde, además, destacaba un uso del lenguaje natural, reflejo del que las propias adolescentes utilizaban. De hecho, Arai fue la responsable de la popularización del término otaku. En su momento se trató de toda una revolución que no fue bien recibida por todos, sin embargo su influencia se ha dejado notar hasta en autoras contemporáneas como Yoshimoto Banana (1964).

Motoko Arai fue una escritora precoz, con 16 años ya empezó a hacer sus primeros pinitos en competiciones literarias, y con 18 su novela Atashi no naka no… (1978) fue muy elogiada y obtuvo una mención especial por parte del autor de microrrelatos Shinichi Hoshi (que era muy amigo de Osamu Tezuka, por cierto). Mientras estudiaba en la Universidad de Rikkyô literatura alemana, ganó dos premios Seiun con sus novelas Grîn Rekuiemu (1981) y Nepchûn (1981). Cuando se graduó ya había escrito 8 libros en total, y vinieron muchos más, de entre ellos a destacar Chigurisu to Yûfuratesu (1999), que se llevó el Gran Premio de ciencia-ficción de Japón.

Estas tres señoras que veis son Yumi Matsuo (Kanazawa, 1960), Hiromi Kawakami (1958) y Motoko Arai. Sobre Matsuo-sensei, su primer trabajo, Ijigen kafe terasu (1989), fue publicado cuando todavía trabajaba de OL (office lady), que es el empleo administrativo que las grandes empresas asignan al personal femenino, sin perspectivas de ascenso profesional ya que se da por hecho que cuando se casen dejarán su puesto para dedicarse al hogar. Se graduó en literatura inglesa en la Universidad de Ochanomizu, donde era miembro del grupo de investigación de ciencia ficción. Matsuo suele incorporar ingredientes de otros géneros a sus obras, como la fantasía o el romance. También suele parodiar los recursos de autores conocidos, como Arthur Conan Doyle, Ray Bradbury, Agatha Christie o Frederick Brown, ya que los conoce muy bien. Desde muy niña tuvo acceso a la literatura SF porque su padre era un auténtico fanático; pero precisamente por tenerla a su alcance, no le prestó la atención debida hasta que llegó a la universidad.

Y en 1994 publicó el que es su relato más conocido: Barûn taun no satsujin. En él, desde una postura próxima al postfeminismo, Matsuo ayudó a evidenciar la invisibilización existente hacia la mujer embarazada en la sociedad japonesa, deconstruyendo a su vez estereotipos. El relato se desarrolla en un sector de Tokio aislado del resto del mundo, y habitado únicamente por embarazadas. Son mujeres que eligen tener sus hijos de manera tradicional, a pesar de la existencia de úteros artificiales. Y en esa especie de región autónoma, con sus propias instituciones y recursos, una serie de crímenes tienen lugar. Asesinatos cometidos por una mujer embarazada. Y es otra señora preñada la que debe resolver los misterios, claro.

Como en la sociedad japonesa, donde los espacios femeninos ocupan los márgenes y se encuentran estrictamente acotados, Barûn taun no satsujin plasma una realidad donde el cuerpo femenino en transformación también es segregado y circunscrito en su ghetto. Pero al contrario que en la vida real, donde un organismo gestante no es admisible por los cánones de belleza establecidos, en la narración cobra protagonismo y es aceptado como propio de la naturaleza humana. Y como seres humanos, las embarazadas pueden cometer crímenes, resolverlos o simplemente salir a la calle y hacer lo que les venga en gana. Desconozco si los hermanos Coen leyeron esta narración, pero su película Fargo (1996) comparte algunos rasgos en común. Y donde su influencia resulta todavía más patente es en el maravilloso manga Wombs (2016) de Yumiko Shirai, cuya reseña podéis leer aquí.

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Haruna Kawaguchi e Issey Takahashi, protagonistas de la adaptación fílmica de la novela de Yumi Matsuo “Kugatsu no Koi to Deau Made” (2007), que se estrenó en marzo de 2019.

Sobre Hiromi Kawakami, por ejemplo, creo que no hay mucho que decir, porque es una autora bastante conocida en Occidente. Ha sido galardonada con sendos premios Tanizaki y Akutagawa, y unos cuántos más no menos importantes. Y, por supuesto, también ha contribuido con su granito de arena a la SF japonesa. De manera similar a Yûko Yamao, a mediados de los 80 decidió retirarse de su trabajo como profesora de instituto para casarse; sin embargo, regresó en los 90 para beneficio de todo el universo. Incluida ella misma. El recopilatorio Japón Especulativo de Satori (gracias, gracias, gracias hasta el infinito) contiene un relato corto suyo, Mogera Wogura (2002), muy recomendable.

¿Y podría realizar un artículo dedicado a autoras japonesas sin mentar a Kaoru Kurimoto (1953-2009)? Es algo impensable pero, de todas formas, ya escribí sobre ella cuando realicé la reseña del anime inspirado en su saga literaria de Guin. Es una bestia parda de la literatura japonesa, insuperable en muchos aspectos. Y como me está quedando una entrada de un tamaño bastante respetable, voy a ir terminando. Creo que es importante citar a gente como Reiko Hiwaka (1958), la laureada Setsuko Shinoda (1955), Aki Satô (1960), la reina del steampunk Fumio Takano (Ibaraki, 1966) o Yoriko Shôno (1956).

Hace unos días que he terminado de leer, por cierto, dos cuentos estupendos: Real Boys de la escritora Clara Kumagai, y Notes from Liminal Spaces de Hiromi Goto. Me han encantado. Ambos se hallan incluidos en la compilación Sunspot Jungle Vol. 1 (2018), que también os recomiendo por su enorme variedad. Por lo que, como podéis comprobar, el panorama en la ciencia ficción japonesa escrita por mujeres es fértil y de calidad, pero necesita más difusión. Servidora solo ha arañado la superficie.

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Con todos ustedes, la bestia parda Kaoru Kurimoto. On your knees. YA.

Si os habéis quedado con ganas de más, os recomiendo la lectura del magnífico ensayo El espacio, los cuerpos y los aliens en la ciencia-ficción femenina japonesa (2002) de la crítica literaria Mari Kotani (1958), y que podéis leer íntegramente aquí (francés). Muchas ideas de la entrada las he encontrado en sus páginas, he aprendido mucho. También el ya mencionado volumen Japón Especulativo de Satori Ediciones me ha brindado información valiosa. El resto ha sido ir recogiendo miguitas por un lado y por otro en internet. Espero que muy pronto tengamos entre manos más información disponible sobre estas autoras (¡y otras muchas más!). Lo merecen. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Abril de ciencia ficción, anime

Abril de ciencia ficción: Akira

Inauguramos a lo grande la nueva sección de Abril de ciencia ficción. ¿Para qué andarse con tonterías? Quizá se trate de la obra sci-fi más trascendental de Japón, y una de las que más impacto mundial han conseguido. Si todavía eres un otaco principiante, es posible que no hayas leído/visto el manga/la película protagonista de hoy, pero seguro que has oído hablar de ella billones de veces. Y con motivo.

Como ya os comenté, no tengo una hoja de ruta fijada para las obras que voy a ir reseñando durante este mes. Podéis hacerme sugerencias, y es lo que ha decidido hacer Coremi, autora del fantabuloso blog Saltos en el viento. Me ha pedido que escriba sobre Akira. Tela. En mi opinión, ya se ha dicho casi todo lo que tenía que decirse respecto a este monstruo de la cultura nipona. Lleva diseccionándose con meticulosidad décadas, y por cabezas bastante mejor amuebladas que la mía. El que sea una de las piedras angulares de mi universo personal otaco también me produce bastante incertidumbre a la hora de enfrentar una reseña que le haga justicia. Le tengo muchísimo respeto y admiración a este trabajo de Katsuhiro Ôtomo, por eso en casi cinco años de blog todavía no le he dedicado ninguna review. Tampoco a Shôjo Kakumei Utena (1997), por ejemplo, y es por motivos similares.

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Sin embargo, he decidido que este tipo de inseguridades se deben más bien a esa irracional mitomanía que sufrimos a menudo los fans de la cultura pop, y, ¡qué carallo!, ya es hora de que escriba algo sobre una de mis obras favoritas de todos los tiempos. Así que, ¡gracias, Coremi, por la sugerencia! No va a resultar una tarea fácil porque es una creación colosal, y tengo muchos sentimientos vinculados desde niña a ella. Ser objetiva va a ser complicado, pero también resultará un desafío. Y, como quiero hacer las cosas un poquito bien, lo primero de todo es separar el cómic de la película. Un Manga vs. Anime no procede con un producto de semejante magnitud. Al menos desde mi punto de vista. Cada uno de ellos merece una reseña individual, porque ambos son trabajos espectaculares con repercusiones históricas en sus propias disciplinas.

La reseña de hoy va a estar dedicada a la película de 1988. Creo que es la manera más sencilla de acceder al universo de Akira, aunque desde ahora os adelanto que, a pesar de su incuestionable trascendencia, el tebeo es extraordinario. No se comprende ver la película y no leer el manga, que estaba sin finalizar cuando la película vio la luz. De hecho Ôtomo no lo acabó hasta 1990, y contó con el asesoramiento de Alejandro Jodorowsky para su desenlace. 8 años, 6 tankôbon y 120 capítulos. ¿Cómo comprimir en poco más de 2 horas toda la enorme complejidad y amplitud de uno de los comics más revolucionarios de la historia? En mi opinión, plasmar con fidelidad el cosmos de Akira habría exigido más de un film. O más de dos. Sin embargo, ¿qué mejores manos que las de su propio creador para llevar a cabo semejante proeza? Y así se hizo, y la película fue un antes y un después en la animación mundial. A pesar de que no abarca ni trabaja todas las temáticas y dilemas que el tebeo plantea, a pesar de que bastantes personajes desaparecen o quedan reducidos a su mínima expresión, aunque no profundiza tanto ni su conclusión es la misma que la del manga, pese a todo esto, el film resulta fundamental.  Tebeo y película son obras complementarias.

Del cómic escribiré más adelante, no tardaré demasiado. Por cierto, ¡notición del que me enteré hace unos días! Parece que Leo DiCaprio por fin sacará adelante su adaptación de Akira en imagen real, por la que llevaba varios años regateando. El director será el neozelandés Taika Waititi (Boy, Thor: Ragnarok), que se declara fan acérrimo del manga (¡bien!) y que piensa evitar a toda costa el white-washing. Aunque la acción transcurrirá en Neo-Manhattan, no Neo-Tokio, lo que no deja de ser una incongruencia bastante gorda. De momento se habla de dos películas, veremos cómo se va desarrollando el proyecto.

Afortunadamente, el Japón de 2019 que concibió Ôtomo no tiene nada que ver con el actual. Sin embargo, como obra de ficción que es, produce un placer peculiar leer/ver una historia que tiene lugar justo en nuestro presente año. Si todavía no habéis catado esta creación, ahora podría ser un buen momento. Akira tiene lugar en una megaciudad futurista surgida de las cenizas de un Tokio que sucumbió a una catástrofe nuclear en 1988. Este horrible suceso fue el detonante, además, de una reacción en cadena que desembocó en otro espantoso acontecimiento: la III Guerra Mundial. Neo-Tokio es el escenario de la distopía perfecta, y sus habitantes intentan subsistir en un entorno volátil y anárquico, controlado a duras penas por unos políticos y fuerzas de la seguridad sin moral ni escrúpulos. Se trata de una sociedad todavía perpleja y desestructurada, cuya ley de facto es la violencia.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que este panorama post-apocalíptico no es más que una alegoría del Japón arrasado de la Guerra del Pacífico, golpeado por las bombas atómicas, ocupado por los estadounidenses. Y zambullido en la corriente de un crecimiento imparable, que alcanzó su cúspide en el baburu keiki. Ôtomo plasmó sus propias experiencias juveniles, que tuvieron lugar en unos agitados años 60. El país afrontaba un progreso económico y tecnológico fulgurante, los estudiantes (Zengakuren) se manifestaban contra la presencia norteamericana, los sindicatos de la minería exigían mejores condiciones laborales y salariales, etc. En ese contexto donde la identidad nipona parecía diluirse cada vez más y el conflicto tradición/modernidad se profundizaba, aparecieron los primeros bôsôzoku. Y esta subcultura urbana, que amalgamaba todo el descontento y frustración de la juventud japonesa de la época, fue primordial para la creación de Akira.

Los bôsôzoku todavía son (aunque cada vez quedan menos) bandas callejeras cuyos ideales giran en torno a las motos, seña de su individualidad, rebeldía y anhelo de libertad. Y no es poco decir esto en una sociedad como la nipona, ojo. Los adolescentes que conforma(ba)n estas cuadrillas desafia(ba)n la autoridad y la tradición, tuneaban sus motocicletas para hacerlas más ruidosas, más veloces, más llamativas; y daban rienda suelta a su agresividad con facilidad. La analogía occidental que casi de manera inconsciente brota en la mente es la de Quadrophenia, que a su vez se inspira en los disturbios que tuvieron lugar en la ciudad de Brighton en 1964. Sin embargo, los bôsôzoku son un fenómeno puramente japonés, como lo es la propia obra de Akira. Y sus protagonistas principales, Shôtarô Kaneda y Tetsuo Shima, son precisamente miembros de una de estas bandas de moteros, los Cápsulas. Ôtomo tomó prestado mucho de su estética y filosofía vital para engendrar a su hijo, en realidad sin los bôsôzoku no habría podido existir Akira.

Kaneda es el arrogante jefe de su banda, donde se encuentran también otros chicos como Yamagata, Kaisuke, Takeyama, Kuwata, Watanabe o Tetsuo. Sus enemigos son otra pandilla llamada los Clowns que, como ellos, andan metidos en trapicheos con drogas, vandalizan todo lo que encuentran a su paso y aman la velocidad. Los Cápsulas son como una familia, y Kaneda su hermano mayor. En una ciudad (que se asemeja más a un tanque lleno de tiburones) donde las instituciones son incapaces de garantizar una mínima seguridad, y que no se preocupan en absoluto de sus habitantes más vulnerables, los jóvenes solo confían en la protección que brinda la tribu. El ambiente está muy caldeado: fanáticos religiosos por las calles, manifestaciones violentas y atentados terroristas, trifulcas entre bandas… algo está a punto de explotar. Y Tetsuo será su catalizador. Se cruza en su camino un enigmático niño con cara de anciano, y acabará secuestrado por el gobierno.

Kaneda, por supuesto, no se resignará a perder a un hermano y amigo, por lo que intentará rescatarlo por sus propios medios. En su búsqueda de Tetsuo se verá involucrado con una organización subversiva antigubernamental (la Resistencia) en la que milita Kei, de la que se enamora. Pronto se dará cuenta de que lo que parecía simplemente un plan de rescate es algo mucho más grande. De su mundo, el de las calles, sube a un nuevo nivel de intrigas políticas, conspiraciones e, incluso, misticismo sobrehumano, pero que continúa poseyendo un mismo leitmotiv: el poder. Tetsuo ha sido sujeto de diferentes experimentos científicos que le han hecho desarrollar una serie de capacidades de potencia inimaginable, y por ello mismo muy difíciles de controlar. El muchacho escapará, y consciente de ser dueño de facultades casi divinas, querrá buscar respuestas, enfrentarse a la figura que parece estar detrás de todo lo que le ha sucedido: Akira.

Y hasta ahí puedo contar, aunque la historia es muchísimo más intrincada. Y del manga ya mejor ni hablamos. Akira es atípica incluso en la actualidad, y tras la habitual narración sobre la amistad, encontramos también un señor guantazo a la estrictamente jerarquizada y entusiasta de la disciplina sociedad japonesa. Es un cuento de caos y violencia con anti-héroes sumidos en una espiral de furia nihilista, que plasma con nitidez angustias muy actuales: miedo a sucumbir ante fuerzas liberadas por la ciencia, la disolución del yo en la gran ciudad, desconfianza y alarma tanto hacia el Estado como el fenómeno terrorista global, etc. En verdad puede verse la sombra de la complejidad argumental de Akira en trabajos muy posteriores, incluso contemporáneos.

La sociedad de Akira no deja de ser una distorsión de la nipona, pero bastante oportuna para la época en que fue concebida la obra. No hay estrato ni segmento social que se libre de la mirada ácida y pesimista de Ôtomo. La crueldad, la incompetencia, la ambición y el egoísmo; el hedonismo ciego, la depravación o la pasividad ante la sinrazón son expresadas con aspereza. ¿Y qué juventud puede brotar de semejante sustrato? Pues su perfecto reflejo, lleno de confusión y rabia, que lucha por sobrevivir. Kaneda y Tetsuo son sus rostros principales; y el desarrollo de su relación resulta uno de los puntos importantes del film.

Tetsuo representa la corrupción del poder, la maldición que conlleva su exceso y falta de control. Un chico enclenque y del que casi todo el mundo abusa, de repente es señor de habilidades propias de un dios. Su descenso a los abismos de la locura no se deja esperar, y Kaneda será testigo de ello, ¿qué podrá hacer para ayudar a su camarada? Su amistad se hallará en una terrible encrucijada.

Pero Akira, como antes comentábamos, es mucho más. Ôtomo, a pesar de la extensión de su obra todavía por entonces inacabada, supo condensarla con precisión y sabiduría. Ahí está su vibrante cyberpunk, el thriller escalofriante y esa aterradora belleza que en color y movimiento alcanzó cotas que no han vuelto a ser superadas, salvo en alguna contadísima excepción. Su calidad estética y técnica es casi insuperable incluso en la actualidad. Y no exagero ni un pelo.

El manga de Akira estaba siendo un éxito de ventas, y Ôtomo consideró que llevarlo al cine en toda su magnificencia sería una buena manera de coronar su obra. Por supuesto, no podía volcarse de cualquier forma, Akira se merecía lo mejor y mucho más. Así que puso toda la carne en el asador, y el proyecto quedó finalmente presupuestado en aproximadamente 10 millones de dólares (mil millones de yenes)… de la época. La película de animación más cara de la historia. Para sacarla adelante y no perder por el camino el control creativo, formó un consorcio en el que participaron 8 de los monstruos empresariales del momento: Tôhô, Mainichi Broadcasting System, Hakuhodo Incorporated, Laserdisc Corporation, Sumitomo, TMS Entertainment, Bandai y Kôdansha. El ya histórico Comité Akira.

En cifras, el film de Akira contó con 70 animadores que trabajaron con más de 2200 escenas, 160.000 fotogramas, con una velocidad de 25 frames por segundo y una paleta de 327 colores, la mayoría de ellos matices del azul por la abundancia de escenas nocturnas, llegando a crear 50 nuevas tonalidades. Algo completamente insólito incluso para los parámetros del presente. También fue una de las primeras producciones en utilizar CGI, y la primera película japonesa en utilizar el prescoring, otorgando mayor concisión y naturalidad a los diálogos. Toda esta prodigalidad en medios se tradujo, con toda lógica, en una obra visualmente apabullante. Como nunca antes se había visto.

Porque si hay algo que fascina de Akira es su inmensurable riqueza de detalles, la fluidez casi hipnótica de su animación, su vigoroso colorido, abundante en contrastes; y esa inusitada prolijidad en el movimiento, impredecible, que lo aproxima dramáticamente al cine. Es como si cada escena estuviera viva, fuese real. Y es que Ôtomo no dudó en inspirarse en el cine y aplicar algunos de sus recursos en su película animada. De ahí su tremendo dinamismo o ese desarrollo de la narrativa que prácticamente no da tregua. No sorprende encontrar retazos de la Metropolis (1927) de Fritz Lang, La Naranja Mecánica (1971) de Kubrick o el Blade Runner (1982) de Ridley Scott. Es lo normal. Sin embargo, Akira es un producto netamente japonés, y Ôtomo no dudó en rendir vasallaje también a obras como el clásico Tetsujin 28-gô. 

Si alguien lo dudaba, el film de Akira fue un éxito absoluto en Japón, que pronto dio el salto a Occidente. Marvel compró los derechos del tebeo para su publicación el mismo año del estreno de la película, convirtiéndose en uno de los primeros mangas en ser editados por esta zona del planeta. Y llevarse mucho más adelante un Eisner. Toma ya. Fue una verdadera conmoción. La moto de Kaneda es ya todo un icono pop mundial, y junto a la labor de Ghibli (ese mismo 1988 estrenaron Mi vecino Totoro y La Tumba de las Luciérnagas, por cierto), Akira fue la demostración incuestionable de que una animación de calidad para adultos era posible (con permiso de Ralph Bakshi o Heavy Metal).

No quiero finalizar esta reseña sin dejar de mentar la fantástica banda sonora, que incorpora desde canciones clásicas japonesas como el Tokyo Shoe Shine (1951) de Teruko Atasuki, hasta la inquietante orquesta gamelán (me encanta, he tenido la oportunidad de escuchar su música en directo en varias ocasiones y AMO LA MÚSICA INDONESIA, CAMARADAS OTACOS) del padre del sonido hipersónico Shoji Yamashiro. Es la guinda de ese suculento pastel que es la película de Akira. Juega un papel esencial para subrayar esos contrastes mordaces con los que Ôtomo nos embiste a lo largo del film.

Y hasta aquí llega la reseña. No se me ocurre qué escribir más, aunque seguro que he dejado olvidadas cosas importantísimas en el tintero. Sin embargo, prefiero no dilatar demasiado el post (que bastante chorizo ha quedado ya). Akira es mucho Akira. Espero haber estado a la altura de las circunstancias. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Abril de ciencia ficción, paja mental

Abril de ciencia ficción: un pequeño prefacio

Este mes de abril, tal como hemos anunciado en nuestras redes sociales (twitter, facebook, instagram), SOnC lo va a dedicar a la ciencia ficción. Se trata de uno de mis géneros predilectos, junto a la narrativa de terror y la literatura fantástica. De hecho, en no pocas ocasiones se entremezclan, haciendo que algunas obras sean híbridos perfectos de sobrecogedora presciencia e insondable horror. MUAHAHAHA. En la presente bitácora podéis encontrar abundantes entradas dedicadas a la SF (tag sci-fi), así que para los habituales no habrá resultado ninguna sorpresa esta iniciativa. Si en octubre Sin Orden ni Concierto venera el terror y en noviembre se viste de noir, en abril escudriñamos las boiras del futuro. Y julio lo consagraremos a la fantasía, claro, aunque me temo que eso también es adelantarme demasiado. Quién sabe lo que puede suceder de aquí al verano.

Pero regresando a lo que nos atañe, en esta nueva sección anual (y van…) Abril de ciencia ficción, escribiré, haciendo honor al nombre del blog, de lo que me vaya apeteciendo. No he seleccionado los trabajos a reseñar todavía, por lo que hay espacio para vuestras sugerencias; aunque sí tengo claro que abarcarán diversas disciplinas: cine, manga, anime, literatura o whatever. Y no todas serán obras maestras, habrá de todo un poco, ya que prefiero dejar abierta la puerta a la improvisación. Un poquito de caos en la vida siempre viene fenomenal.

SONCscifi

¿Es abril una elección arbitraria por mi parte? En absoluto. Abril es un mes importante en el mundillo de la ciencia ficción. En abril de 1908 nació la primera revista de la historia dedicada a tecnología: Modern Electrics. En abril también, pero de 1911, en ese mismo magazín se fue publicando por entregas la visionaria novela de anticipación Ralph 124C 41+: A Romance of the Year 2660, cuya calidad literaria podríamos considerar… vacilante (ejem). Y, finalmente, en abril de 1926, vería la luz la trascendental Amazing Stories, publicación cuya devoción a la SF fue exclusiva, ¡y que todavía permanece en activo!

¿Quiénes fueron los artífices de tamaña gesta? Pues solo una persona: Hugo Gernsback. Este luxemburgués nacionalizado estadounidense fue el fundador y director de Modern Electrics y Amazing Stories. Y el autor de Ralph 124C 41+: A Romance of the Year 2660. No se prodigó demasiado como escritor, porque sus talentos eran otros, y fue el principal impulsor del género. Hasta registró legalmente el término sciencefiction, y estableció sus cimientos básicos: narrativa, información científica y predicción. Por supuesto, el paisaje se fue ampliando, abarcando temáticas como la invasión de fuerzas externas a la humanidad (otros planetas, otras dimensiones, otros tiempos), cambios en la sociedad producidos por la ciencia y el desarrollo tecnológico, o la modificación tecnológica del ser humano, incluyendo la creación de inteligencia artificial.

Junto a Julio Verne y H.G. Wells, Gernsback es considerado “el padre de la ciencia ficción”. Aunque también H.P. Lovecraft o Clark Ashton Smith lo bautizaron como “Hugo the rat“, por su costumbre de pagar muy poco (o nada) a sus autores. A estas alturas imagino que habréis deducido muy sagazmente (o lo sabíais de sobra) que Mr. Gernsback es el responsable de que los galardones más importantes de sci-fi lleven su nombre: los premios Hugo.

Sí, este señor es Hugo Gernsback con unas gafas para ver la televisión (1963) y con su Aislador o Isolator, que como el nombre indica, servía para eliminar todo ruido exterior y estimular la concentración (1926). Mr. Gernsback fue un hombre ingenioso y con la mirada dirigida siempre hacia el futuro. Sin él la ciencia ficción no sería tal como la conocemos. Al menos en Occidente. Porque, efectivamente, en Japón la senda de este género discurrió por otros parajes. Muy cercanos, incluso llegando a confluir con la de los baka gaijin pero, como era de esperar, con sus propias particularidades. Japan is different, camaradas otacos.

Siendo SOnC un blog enfocado en Japón y a raticos también en otros países de la Asia Oriental, era obligatorio que os ofreciera una pequeña introducción al fascinante mundo de la ciencia ficción nipona. Si os interesa mucho el tema, os recomiendo desde ya el volumen Destellos de luna. Pioneros de la ciencia ficción japonesa de Daniel Aguilar, que Satori (amor, amor infinito) publicó en 2016. Es una jodida maravilla, palabra de otaca demente. Por supuesto, de la misma editorial, no podéis perderos tampoco Japón Especulativo, una compilación bastante curiosa de 15 relatos de fantasía y ciencia ficción.

Este señor del bigote que sonríe levemente es Shunrô Oshikawa (1876-1914) y la bonita ilustración del zepelín corresponde a una de sus obras: Competitive Lunar Exploration (1907). Se trata de uno de los pioneros absolutos de la literatura de ciencia ficción en Japón, así como de la de detectives (suiri shôsetsu). ¿Podríamos considerar inaugurada la sci-fi en las islas con su Kaitô bôken kitan: Kaitei gunkan (1900)? Desde mi punto de vista esa sería una afirmación bastante arriesgada, sobre todo teniendo en cuenta que muchas características del género brotan con naturalidad en su propia mitología y folclore, apareciendo en cuentos clásicos como el de Urashima Tarô, recopilado por primera vez en el pretérito Nihongi (720); o el ya bien conocido en Occidente Taketori monogatari o Kaguya-hime monogatari, del s. X. Sin embargo, el título de “padre de la ciencia ficción japonesa” le corresponde a Unno Jûzô (1897-1949), cuyo nom de plume era Sano Shôichi.

La ciencia ficción aterrizó en Japón durante la era Meiji, la apertura del país al exterior hizo que se inundara de un nuevo mundo cultural, científico y tecnológico que los japoneses absorbieron con avidez. La actualización del Estado era un imperativo, y en ese ambiente de progreso e industrialización la sci-fi medró muy rápido. Los trabajos de Julio Verne fueron aceptados con entusiasmo; y muchos de los dilemas morales que planteaba expresaban con nitidez algunas de las inquietudes que los japoneses estaban afrontando: la disputa del clásico binomio tradición vs. modernización, miedo a la pérdida de la identidad nacional,  etc. Este tipo de ansiedades, por otro lado lógicas, fueron canalizadas con naturalidad por la ciencia ficción. Y el género enraizó con fuerza. Sin embargo, hay que matizar que no fue hasta la II Guerra Mundial que empezó a ser tomado verdaderamente en serio. Hasta entonces se consideró más bien pseudoliteratura dirigida al público joven.

Las ilustraciones que veis pertenecen al primer superhéroe comiquero de la historia, que no fue Superman, sino este Ôgon Bat o Murciélago Dorado. Creado en 1930 por Suzuki Ichiro y Takeo Nagamatsu, Ôgon Bat fue protagonista indiscutible de todos los kamishibai del país. Superpoderoso y con una gran capa roja, este valeroso paladín nacido en el extinto mundo de la Atlántida (viajó en el tiempo hacia el futuro) combate a los villanos del Japón de la era Shôwa. Vive en una fortaleza en los Alpes Japoneses y sabe volar, por supuesto. Se trata de un personaje clásico de la cultura popular nipona, que décadas más tarde fue honrado como merecía a través de varias películas, una serie de anime (Khalil seguro que la conoce bien) y diversos mangas.

Estas primigenias historietas empezaban a incluir la ciencia-ficción en sus contenidos, pero fue en el terreno literario y a través de magazines especializados (como ocurría en Occidente también, por cierto) donde el género extendía sus tentáculos. Hasta que la Guerra del Pacífico puso el país patas arriba. Mientras tanto, en 1920 apareció la publicación Shinseinen, dedicada a la tantei shosetsu (relatos de detectives), que en su vertiente henkaku (con fenómenos desconocidos y misteriosos) jugueteaba con la sci-fi. Uno de los autores más relevantes de ese periodo fue el celebérrimo Edogawa Ranpo (1894-1965). Todo lo que pueda decir sobre esta bestia parda de la literatura nipona es poco.

El señor tirado en la alfombra junto a su gato es Sakyô Komatsu (1931-2011); el del cigarrillo con cara de circunstancias, Kôbô Abe (1924-1993); el calvo que empuña una pistola, Edogawa Ranpo (1894-1965); y el último de corbata es Shigeru Kayama (1904-1975). Todos ellos son adorable gentuza que a su manera colaboraron para hacer colosal la ciencia ficción japonesa. Y no fueron los únicos (mi amado Yasutaka Tsutsui no puedo dejar de mentarlo), pero uno de ellos (adivinad cuál) resulta que es el amo y señor de Gôjira (1954). Y Godzilla lo cambió todo. En realidad fueron las bombas atómicas y la ocupación estadounidense las que supusieron un auténtico tsunami en numerosos aspectos (no solo culturales), y aportaron nuevos bríos a la sci-fi. Revistas como Uchujin (1957) o SF Magajin (1959), por ejemplo, fueron las que dieron voz a estos escritores. Pero la cosa no quedó ahí.

El género alcanzó su madurez, aunque debemos aclarar que el reconocimiento unánime no llegó hasta bien entrados los años 60. Sin embargo, logró permear otras disciplinas como el cine, el cómic o el anime. La SF era ya imparable. Osamu Tezuka (1928-1989) y su trilogía Mundo perdido (1948), Metropolis (1949) y Next World (1951) fueron ya un aviso; pero fue su Tetsuwan Atomu o Astroboy (1952) el que hizo historia, tanto en tebeo como animación. Fue un antes y un después, había nacido el mecha. Lo mismo podemos decir de Gôjira y todo ese fascinante rosario de films tokusatsu y kaijû eiga que invadieron las salas de cine y, sin tardar demasiado, las pantallas de televisión de los hogares nipones con series míticas como Gekkô Kamen (1958) o Urutoraman o Ultraman (1966).

Japón tenía (¡tiene aún!) su propia visión característica de la ciencia ficción, distinta de la occidental aunque se hubiera nutrido de ella. Resultó tal fenómeno además que traspasó fronteras. Leiji Matsumoto y sus deslumbrantes space operas, Kidô Senshi Gandamu o el Mazinger Z de Gô Nagai son clásicos también en Occidente. Por no hablar de Môto Hagio, Keiko Takemiya y otras miembros del Grupo del 24, que incrustaron la sci-fi en sus mangas transformando profundamente la demografía shôjo.

Sin embargo, los 80 para la literatura del género no resultaron especialmente brillantes, aunque las light novels crecieron bastante, ya que fue el formato elegido por la mayoría de autores. El medio audiovisual fue el gran afortunado con el auge paulatino del cyberpunk, que todavía perdura. Si Hayao Miyazaki y su steampunk ecologista en Nausicaä del valle del Viento (1984) ofrecían una faceta de la sci-fi más humanizada, la revolución llegó con Akira (1982-1990) de Katsuhiro Ôtomo. Otra vuelta de tuerca al nivel del Astroboy de Tezuka. Durante esa década Japón fue el epítome de la modernidad y el progreso tecnológico desmedido, y los mangaka así lo plasmaron.

En los 90 la fiebre continuaba, y la literatura, para variar, se recuperó gracias a las contribuciones de grandes como Kenzaburô Ôe o Haruki Murakami (este ya en los dosmiles).  Y en la actualidad goza de muy buena salud, con escritores como Yûsuke Miyauchi o Tô Enjô. No obstante, si se debe recordar la última década del s. XX es por Kôkaku Kidôtai o Ghost in the Shell (1995), Neon Genesis Evangelion (1995-1996) y Cowboy Bebop (1998). Un trío mágico cuyas influencias todavía se dejan notar en la actualidad.  Por supuesto, hubo y hay bastantes más trabajos que han contribuido a hacer de la ciencia ficción japonesa una de esas maravillas donde a los otacos nos gusta perdernos, como Kiseijû (1989), Serial Experiment Lain (1998), Planetes (1999), Paprika (2006), Psycho-Pass (2012), Wombs (2016), Made in Abyss (2017)… ¡qué sé yo!

Pero os recuerdo que esta entrada es un prefacio, una introducción. Un colocar el escenario para saber por dónde nos vamos a mover. ¿Te animas con la SF este abril? Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera

Shôjo en primavera: La princesa Caballero de Osamu Tezuka

Hoy es mi cumpleaños y como es un día especial, hay entrada nueva en SOnC. Un regalo de mi parte para vosotros. Espero poder volver a retomar el ritmo habitual en el blog después de unas semanitas con la mente en otros asuntos, o al menos esa es mi intención. Y para comenzar con buen pie, nada mejor que un clasicote comiquero de los gordos. Llevo reservándome la reseña de este manga desde hace unos cuantos meses, pero es que merece un lugar destacado dentro de esa sección que, tras el equinoccio vernal, se despereza y asume protagonismo en SOnC: Shôjo en primavera. Y es que La princesa caballero o Ribbon no Kishi  de Osamu Tezuka son palabras mayores, nos estamos refiriendo a uno de los pilares básicos de una de las demografías más populares e importantes del universo manga. Fue un antes y un después en el shôjo.

El papel de Manga no Kamisama fue fundamental para el desarrollo del manga para chicas, pero no fue su único autor. Leiji Matsumoto y su Midori no Tenshi (1959),  Macoto Takahashi y su Sakura Namiki (1957) o la pionera Miyako Maki y su Maki no kochibue (1960), son solo tres ejemplos de lo que en los años 50-60 ya se estaba realizando. Sin embargo, Ribbon no Kishi se puede considerar la más célebre de las obras que asentaron sus bases, y una de la más tempranas. Aunque no la primera. Ese honor corresponde a Nazo no clover (1934) de Katsuji Matsumoto.

Con una evidente inspiración en los espadachines que Douglas Fairbanks y Errol Flynn interpretaban en el cine, Nazo no clover o El trébol misterioso relata las peripecias de una muchachita disfrazada de hombre que, enmascarada, defiende a los débiles de los abusos de la nobleza. Apareció como contenido extra en el número de abril del legendario magazine Shôjo no tomo (1908-1955), cuya contribución en la gestación de la estética, el arte y lenguaje visual del futuro shôjo fue incalculable. Es ahí donde comenzamos a vislumbrar esos ojos enormes y acuosos de la demografía, y que son la fuente de todo el sentimentalismo a flor de piel de sus historias. Junto a una belleza lánguida e idealizada de la naturaleza, con pétalos al viento y estrellitas, conformaron ese estilo denominado jojô-ga (dibujos líricos), que se convirtió en marca de la casa.

Sin embargo, no debemos perder de vista que el shôjo como tal nació tras la II Guerra Mundial y no terminó de desarrollarse hasta los años 70. Es consecuencia directa de la modernización de Japón, ya que no deja de ser una actualización a la sociedad capitalista de los tradicionales roles de género, y una manera de controlar a las futuras procreadoras de la nación. De ahí que, desde las primigenias novelas shôjo shôsetsu hasta los tebeos, transmitieran un código rígido e inmutable sobre lo femenino, que difundía entre las jóvenes urbanitas de clase media un ideal de mujer elegante, sumiso y enfocado al hogar. Ese ryôsai kenbo de la era Meiji que instaba a ser buenas esposas y madres sabias, lamentablemente, continúa algo vigente.

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Una de las portadas de “Maki no kochibue” (1960) de Miyako Maki

El primer Ribbon no Kishi de Tezuka fue publicado entre 1953 y 1956; y constó de 16 episodios distribuidos en 3 tankôbon. Luego vendría su secuela Futago no Kishi (1958) y una nueva versión del manga original en 1962, realizada por el propio autor. Por eso, a la hora de afrontar la lectura de esta obra, hay que tener muy en cuenta la época en la que fue creada. Como siempre suelo comentar (y no me cansaré de hacerlo), juzgar las obras del pasado con la visión del presente no es ni sabio ni inteligente. En La Princesa Caballero hay misoginia, machismo e incluso transfobia. Eso es una realidad. Pero en su momento, ninguno de esos conceptos se solían trabajar en Japón; y mucho menos en productos dirigidos a niñas. Y a pesar de todo, Ribbon no Kishi fue una obra atrevida y valiente; que junto a Tetsuwan Atom abrió las puertas a una nueva concepción del tebeo nipón, y donde las jovencitas podían verse reflejadas en un personaje dinámico y perspicaz, con iniciativa y poder.

No es ningún secreto que para crear a su princesa Zafiro Tezuka, además de conocer casi con seguridad Nazo no Clover de Katsuji Matsumoto y estar familiarizado con La Pimpinela Escarlata (1905) o el Zorro de Johnston McCulley, se dejó imbuir del espíritu del Takarazuka Revue y sus otokoyaku. La idea de vestir de hombre a una mujer y brindarle atributos tradicionalmente masculinos como el coraje, la intrepidez y la habilidad en el combate provino de este espectáculo teatral centenario que ha fascinado a decenas de generaciones de japoneses. Y lo sigue haciendo en la actualidad.

¿Era necesaria esta introducción para escribir la reseña de Ribbon no Kishi? La mayoría de las cosas apuntadas ya las he ido comentando en más profundidad por las diferentes entradas de Shôjo en primavera. Sin embargo, creo que recordarlas no viene nada mal, sobre todo para refrescar la memoria y dejar claro que La Princesa Caballero es hija de su tiempo, y que como tal hay que valorarla. Su trascendencia es innegable, sus tentáculos alcanzan el presente y han dejado huellas indelebles en las obras de muchos creadores y artistas. Dentro y fuera del shôjo.

Cuando vio la luz, Ribbon no Kishi no tenía demasiadas expectativas de sobrevivir; en esa época nadie habría apostado por una serie regular exclusiva para niñas. Nadie salvo Tezuka, que ya había escrito un par de historietas para chicas (Mori no yonkenshi, Kiseki no Mori no Monogatari) como ensayo a su La Princesa Caballero. Fue publicada en la Shôjo Club durante 3 años y resultó un éxito absoluto. Y así comenzó todo: fiat shôjo.

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“Princesa Caballero” (2016) de Phillip Light para el homenaje a Osamu Tezuka de Gallery Nucleus.

Ribbon no Kishi fue publicado en España en 2004 de la mano de  EDT (por entonces Glénat) en 3 tomos; y Planeta, que quiere dejar claro que sigue teniendo mucho que decir en el mercado del manga, se desmarcó este pasado 2018 con una maravillosa edición integral de tapa dura, 687 páginas y casi kilo y medio de Kamisama no Manga. ¡Y que no se me olvide, con la siempre excelente traducción de Marc Bernabé!

Como bien sabréis los fans de Tezuka, Planeta está publicando una serie de clásicos imprescindibles de su bibliografía como Astro Boy, Black Jack, Fénix, Ayako o una majestuosa antología que incluye Metrópolis, Lost World, Next World y La isla del Tesoro. Y La Princesa Caballero brilla con luz propia entre ellos. Una demografía que ha sido tan denostada desde sus primeros pasos, está recuperando el espacio que le correspondía por derecho propio; y Ribbon no Kishi se revela como ese clásico esencial a redimir. Porque se trata de una obra a la misma altura que Astroboy.

¿Y de qué va La Princesa Caballero? Pues es una serie de historias, inspiradas en los cuentos del folclore centroeuropeo de Charles Perrault y los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm, que cuenta los avatares de la princesa Zafiro. Ella es la hija de los reyes del país de Silverland, con una predecible ley sálica, lo que le impide acceder al trono. Sin embargo, las circunstancias son mucho más complicadas de lo que podría parecer. Antes de nacer, en el cielo, los bebés reciben un corazón azul si van a ser niños o uno rojo si van a ser niñas. Tink, un querubín bastante travieso y atolondrado, decide que Zafiro tiene cara de chico, así que le asigna un corazón azul. Pero cuando llega su turno de verdad (tiene el número 110), le es concedido un corazón rojo, por lo que acaba teniendo los dos a la vez.

¿Qué será de Zafiro? ¿Mujer u hombre? Tink la ha liao parda, así que Dios lo envía a la Tierra para que, si nace niña, le arrebate el corazón azul. Y Zafiro resulta ser chica, y así es anunciada a los mensajeros del palacio real; sin embargo, por una confusión tonta, entienden que es chico, y es proclamada públicamente como hombre. Y heredero al trono de Silverland. Pero la cosa no queda ahí, el gran duque Duralmin (pérfido y malvado) sospecha que hay gato encerrado y que su hijo debería ser el auténtico futuro rey. Por lo que maquina para destapar el enredo. Mientras tanto, Zafiro es educada tanto como chica como chico, ya que al poseer ambos corazones posee las supuestas cualidades de ambos géneros; y solo el médico, el aya y los reyes conocen el secreto. Y Tink, por supuesto, que pretende llevar a cabo su misión.

Zafiro parece esquivar bien las intrigas de Duralmin, y aunque echa de menos no poder mostrarse en público como mujer, encuentra la manera de disfrazarse durante el Carnaval y disfrutar de los bailes y las fiestas que se celebran. En una de ellas conoce al primogénito del rey del país vecino, Goldland. Su nombre, Franz Charming; y Zafiro se enamora perdidamente. Será ese amor es el que dicte su destino final.

En La Princesa Caballero, como no podía ser de otra forma, suceden muchas más cosas. Estas son las premisas básicas de un manga en realidad conformado por multitud de cuentos, donde desfilarán un amplio abanico de personajes. Porque son cuentos a la occidental, con su potente sustrato cristiano e influencia de los fairy tales europeos. La narrativa es sencilla y lineal, dirigida al público familiar y centrado en el infantil, por lo que encontraremos en abundancia los habituales recursos cómicos de Tezuka, y una caracterización de los personajes que roza la parodia. Los villanos son muy villanos, los personajes cómicos muy reconocibles y los buenos estúpidamente intachables. Son como máscaras de teatro, arquetipos que ayudan en la construcción de una firme arquitectura social que no debe quebrarse.

Por supuesto, hay excepciones, y la proverbial habilidad de Kamisama no Manga para giros argumentales inauditos logra hacer de Ribbon no Kishi una lectura divertida y equilibrada. Resulta un tebeo de verdad entretenido, que sorprende por su frescura a pesar de tener más de 60 años. ¡Ha envejecido estupendamente! La notoria (y deliciosa) ingenuidad que exhala se diluye en la usual crueldad de los cuentos de hadas, ahí tenemos continuas referencias a Los seis cisnes, Cenicienta, La Bella Durmiente u obras de ballet como El Lago de los cisnes, que adquieren un nuevo rostro en este manga.

¿Y cuáles son esas excepciones de las que hablamos? Pues, por ejemplo, hay dos personajes que, personalmente, me gustan mucho, y representan una ruptura más dástrica hacia los rígidos roles de género de ese tiempo que la propia Zafiro. De hecho, Zafiro como protagonista del tebeo, debe doblegarse finalmente a las convenciones sociales de la época. No hay que negarle su osadía en ciertos aspectos, pero esa audacia siempre se justifica porque tiene un corazón masculino. En cuanto le falta, se convierte en la típica damisela en apuros; y no hay que olvidar que su móvil y objetivo es el amor de un príncipe azul. Sin embargo, en los secundarios Tezuka asume más riesgos, como son los casos de la diablesa Hecate y la espadachina Friebe.

El caso de Hecate es especialmente fascinante, pues además es plasmada como una auténtica beatnik, una anacronía en toda regla en la ambientación medieval del manga. Hecate además es un personaje que evoluciona, un perfecto ejemplo de gris. Rompe con el binomio bueno vs. malvado, se niega a dejar de ser ella misma: no quiere el corazón rojo de Zafiro para ser más “femenina”, se rebela ante la autoridad materna (Madame Hell), no quiere casarse con el Príncipe y acaba ayudando a Zafiro.

Friebe, por otro lado, es la abuela de Utena Tenjô. Punto. Es senshi por elección personal, no espera pacientemente a que aparezca el hombre de su vida, sino que se lanza a buscarlo con una espada en la mano. Que resulta ser Zafiro. Es arrogante, intrépida y temperamental, lo que no es óbice para que también sea toda una experta en actividades domésticas. Más que Zafiro, es Friebe la que representa la unión de los paradigmas de lo masculino y femenino de la época, y lo más importante: sin conflicto, sin necesidad de recurrir a un corazón azul. Friebe elige su propio destino, no aguarda a que decidan por ella.

Zafiro en realidad no es libre, sino vasalla de sus responsabilidades como futura monarca, y debe obediencia a sus padres; por lo que debe ocultar su identidad femenina. Su interior se encuentra en guerra, una guerra que las circunstancias exacerban y la conducen a tener que elegir, ya que albergar dos corazones se manifiesta como incompatible. Y Tezuka hace muy patente esa disputa íntima, pero siempre, recordemos, desde la perspectiva de su contexto histórico. En Ribbon no Kishi no hay espacio para el género no binario o las identidades transgénero; a pesar de que fue una obra rompedora, continúa sujeta a la ideología hegemónica del Japón de los años 50. Y hay machismo para parar un tren de mercancías, no se le pueden pedir peras al olmo.

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Friebe y Zafiro

La Princesa Caballero es un prodigio que se continúa disfrutando en la actualidad sin problemas a pesar de todo. Tiene la ventaja de poseer diferentes niveles de lectura, tanto para niños como grandes, donde Manga no Kamisama inoculó sus inquietudes (que eran muchas) y espíritu antibelicista. Y siempre con un optimismo a prueba de bombas. Tezuka hace un alarde de imaginación extraordinario, con una flexibilidad a la hora de combinar diferentes géneros (misterio, aventuras, fantasía, terror, etc) que resultaban inesperados para lo que se solía ofrecer al público femenino en la esfera del shôjo shôsetsu. Son tantas las aventuras y vicisitudes que se narran (deudoras del emonogatari), con tantos recursos innovadores que luego se convertirían en cliché de la demografía, que sería imposible enumerarlos todos: amnesia, luchas con piratas, brujas malvadas, diosas celosas, metamorfosis varias, amores imposibles, bailes de máscaras…

Respecto al arte, es meridiano que la Blancanieves de Disney sirvió como modelo para Zafiro; y en general el animador estadounidense fue una influencia dominante en los trabajos de Tezuka,  tanto en papel como en cel. Las profusas escenas con animalitos, de nuevo remiten a Disney, así como la dinámica de las viñetas, que parecen más un dibujo animado que una mera ilustración. El dibujo fluye con facilidad ante los ojos, lleno de energía. Los diseños son engañosamente sencillos, pero en su simplicidad se esconde un estudio minucioso que elige de manera lúcida un estilo aniñado y dulce, de fisonomía manierista (esas cinturillas de avispa, esas piernas interminables… ay) que se convertirían en marca de agua del shôjo. La sensación es de estar ante un trabajo sin duda vintage, pero también pasmosamente contemporáneo. Por eso es un clásico, caramaradas otacos.

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Princess Knight (Ribbon no kishi), 1965, de Osamu Tezuka. Procedente de la exposición “Tezuka: The Marvel of Manga” del Museo de Arte Asiático.

¿Qué más puedo añadir a la reseña de La Princesa Caballero? La verdad es que no demasiado, porque tampoco deseo destripar la obra ni hacer un análisis exhaustivo, que haría necesarias bastantes entradas más. Esto es un blog, no una tesis doctoral, amiguitos. La presente solo tiene por objetivo ser una introducción y, si no habéis leído el manga, despertar vuestro apetito. Y no solo hacia este tebeo, sino al shôjo y a otros trabajos de Tezuka de su primera etapa. Espero que haya logrado un poquito su propósito. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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TAG: Explorando libros

 

Mi querida Coremi del blog Saltos en el Viento ha tenido a bien nominarme para un estupendo tag literario, que hacía un montón que no realizaba uno de ellos. Porque SOnC, como los habituales ya sabréis, también tiene su sección dedicada a la literatura oriental, aunque últimamente ande un poco olvidada… Como toda la bitácora en general, aunque muy pronto espero poder reconciliarme con mi tiempo libre, y superar los obstáculos que la vida me ha deparado durante estas semanas. Que han sido unos cuantos pero, ¡no llueve enternamente!

Así que nada mejor para coger impulso que un delicioso tag ¡y tan desafiante! como el propuesto. Me encuentro de viaje estos días, y mis anfitriones me han prestado su ordenador durante un ratillo para realizar el tag, así que procuraré ser breve. No voy a añadir nada más, salvo agradecerle a Coremi el haberse acordado de mí ❤ ¡Allá vamos!

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“Leyendo libros” (1906) de Yamamoto Shoun

Las reglas son las siguientes:

  • Copiar/pegar la siguiente imagen:

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  • Contestar a lo siguiente:

4 citas de algunas de tus lecturas favoritas (y por si hay dudas aclaro: no pueden ser todas de un solo libro ¡no hagan trampa!)

No son mis lecturas favoritas, debo comentar. A estas alturas me cuesta muchísimo elegir solo 4 libros preferidos, y más seleccionar 4 citas; por lo que he escogido las primeras que me han venido a la cabeza tras una breve reflexión pero que, por supuesto, me encantan.

Las lágrimas que no vertía ante los demás fueron rodeando poco a poco su corazón, puesto que caían hacia dentro. Formaron una cobertura, como una urna de cristal, que lo separaba y protegía. Y fue alejándolo también, cada vez más, de cuanto la rodeaba.

Solo un pie descalzo de Ana María Matute.

Quizás seamos capaces de hacer cosas bellas, ya que tengo un deseo estelar, insano, de asesinar la belleza.

Carta de Francis Picabia a Tristan Tzara (1919), publicada en TaTa Dada: The Real Life and Celestial Adventures of Tristan Tzara de Marius Hentea.

André_Breton_d'idiots

Querer tomar el cielo por asalto, respondió Ambrosio. El pecado consiste, en mi opinión, en la voluntad de penetrar de manera prohibida en otra esfera más alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad, pocos hombres desean penetrar en otras esferas, sean altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay pocos santos. Y los pecadores, tal como yo los entiendo, son todavía más raros. Y los hombres de genio (que a veces participan de aquellos dos) también escasean mucho… Pero puede ser más difícil convertirse en un gran pecador que en un gran santo.

¿Porque el pecado es esencialmente naturaleza?

Exacto. La santidad exige un trabajo igualmente grande, o poco menos, pero es un esfuerzo que se realiza por caminos que antaño eran naturales. Se trata de volver a encontrar el éxtasis que conoció el hombre antes de la Caída. En cambio, el pecado es una tentativa de obtener el éxtasis y un saber que no existen y que jamás han sido dados al hombre; y el que lo intenta se convierte en demonio.

Prólogo de El Pueblo Blanco de Arthur Machen.

But I alone am free — I am the cat

I am the cat, de Leila Usher.

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“Gato negro sobre tejado” (circa. 1970) de Aoyama Masaharu

Libros que vincules con los siguientes temas: amistad, locura, muerte, sueño (onírico) ¿Con qué color o elemento de la naturaleza asocias estos temas?

Amistad: Todo el mundo conoce la película que dirigió Steven Spielberg, pero pocos han leído la novela epistolar El color púrpura (1982) de Alice Walker. Una obra donde se plasma la compleja naturaleza de la amistad, con sus vaivenes, subidas y bajadas, discusiones, amores y odios. Pero que si se tiene paciencia y tolerancia, permanece; en este caso también en forma de radiante sororidad. La amistad es el triunfo de la voluntad y la sublimación de las emociones. Así de sencillo y así de difícil. La amistad es como el sol.

Locura: El corazón de las tinieblas (1899) de Joseph Conrad es una de mis obras literarias favoritas de todos los tiempos, y ha brotado en mi mente porque ahora mismo estoy leyendo otro libro relacionado con ella: El fantasma de Leopoldo (1998) de Adam Hochschild. Y no se me ocurre un símbolo más acertado de la demencia humana que Kurtz, todo un loco nietzscheano.

La locura es un laberinto de fango que doblega la voluntad y esclaviza la inteligencia. Es la quintaesencia del sufrimiento, y el que la padece muchas veces desea morir. No tiene nada de romántico, y tampoco debería ser motivo de burla. La locura, aunque también fascinante, es uno de los fenómenos más incomprendidos y peligrosos de la humanidad. Y es necesario, como mínimo, domesticarla. O se perece a sus pies.

Muerte: La muerte tiene infinitas caras, y esta semana en concreto se me ha presentado una que todavía no tenía el ¿gusto? de conocer. La desaparición de Alan Roy Schenk, el mejor bajista de la ciudad, ha sido como una especie de terremoto para los músicos zaragozanos. Tuve el honor de trabajar con él en varias ocasiones, y a pesar de que nuestros temperamentos no eran del todo compatibles, el respeto que sentíamos era mutuo. Y hacíamos un equipo estupendo. He tenido una sensación extraña al verlo partir, casi de incredulidad, va a ser raro no escucharle hablar sobre Fórmula 1 o Siouxsie Sioux. Me da la sensación de que en el próximo bolo voy a verlo recogiendo cables o verificando, con su proverbial meticulosidad, la mesa de sonido. Y ya no va a ser así. Jamás.

La muerte tiene un acorde inexorable que Neil Gaiman dulcificó bastante en sus Eternos. El autor británico decidió elegir un rostro para Muerte de adolescencia amable y juguetona, sabia y compasiva. Y es la que escojo también para el tag, en concreto la miniserie de The time of your life (1996).

timeofyourlife

Sueño: Dijo Lord Dunsany: «No escribo nunca sobre las cosas que he visto; escribo sobre las que he soñado». Por eso, para mí, esta palabra en este tag le pertenece a él. Y resulta inexcusable no mencionar su Cuentos de un soñador (1910), una lectura obligada para todo amante de la fantasía que se precie. Un clásico atemporal lleno de gozo e imaginación.

El sueño es inspiración, refugio y vida, un vasto y límpido cielo estrellado de verano. En silencio.

Un libro cuyo título contenga las iniciales de las palabras más importantes que dan nombre a tu blog.

cutodivinoLas palabras principales del nombre de esta bitácora son “orden” y “concierto”, y el libro que he escogido es más una curiosidad que otra cosa. Mi padre era un hombre muy peculiar al que le gustaba coleccionar rarezas vinculadas a la cultura y antropología de Navarra, Aragón y la Gascuña, así que cuando la Orden del Cuto Divino (1992) cayó en sus manos, se convirtió en una de sus piezas predilectas. La Orden del Cuto Divino en realidad es una cofradía gastronómica de la población de Tafalla, muy célebre además en toda Navarra, y que deifica al nobilísimo cerdo (cuto es la palabra navarroaragonesa para designar al gorrino); y este pequeño libro, aunque personalmente no he llegado a terminarlo de leer, es una recopilación de su historia, membresía y tradiciones. Mi padre era miembro asimismo de otra cofradía de similares características pero roncalesa, así que le resultaba una obrita familiar y entrañable.

  • Nominar a más de 3 blogs.

Actualmente no me relaciono con casi ningún blog, por lo que no sé muy bien a quién nominar sin repetirme, resultar una entrometida o directamente ser un incordio. Lo dejo en vuestras manos. Si llevas una bitácora y lees estas palabras, ¡nominación al canto! No tienes escapatoria, te he pillado, ¡a teclear!

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

cine

Una familia de ladrones: Shoplifters

Ya estamos otra vez en esos momentos cuando se reparten los Óscares. No es que haya sido algo premeditado, pero en todos estos años de blog, siempre he escrito una entrada dedicada a alguna obra japonesa (o relacionada con Japón), que ha tenido la fortuna de ser nominada. Siempre lo comento, no soy muy fan de estos galardones, la sempiterna hegemonía estadounidense es un pelín irritante ya; sin embargo, reconozco que es una buena plataforma de lanzamiento para artistas que, de otra manera, no llegarían al gran público. Me refiero sobre todo a ciertas categorías como la de Mejor película de habla no inglesa, Mejor cortometraje, Mejor documental (largo y corto), Mejor cortometraje animado e, incluso, mejor largometraje animado.

Este año estoy gratamente satisfecha con bastantes de los nominados, trabajos como La Favorita, Bao, Isla de Perros, BlacKkKlansman o Vice tienen fuerte presencia y son películas que me han gustado bastante. Por no hablar de que Roma, que se ha convertido en mi película del 2018, es una de las grandes favoritas. No lo acabo muy bien de comprender, porque se trata de un film totalmente anticomercial, pero ahí está, oigan. Quizá como la enésima pataleta de Hollywood hacia Trump, lo que hace su éxito actual un poco oportunista; sin embargo, eso no quita que sea un trabajo excepcional en todos los aspectos, y que merezca reconocimiento. Roma está nominada en multitud de categorías, entre ellas la de Mejor película de habla no inglesa, donde compite con nuestra protagonista de hoy en SOnC: Manbiki Kazoku o Shoplifters, de Hirokazu Kore’eda. ¿Con cuál me quedo de las dos? Buf, no sé. Roma es mucha Roma, pero Kore’eda aquí ha hilado muy fino. También me ha gustado mucho (pero mucho) Cafarnaúm de Nadine Labaki, no tanto la polaca Cold War. Mis gustos rara vez coinciden con el criterio de la academia californiana, por cierto.

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Pero regresando a Manbiki Kazoku o Un asunto de familia, se trata de una obra que, a los que hemos seguido la carrera de Kore’eda algo de cerca, nos resultará familiar. Porque del concepto de familia, además, va el argumento. Shoplifters es un drama familiar donde encontramos retazos de I wish (2011), Like father, like son (2013), After the storm (2016) o Our little sister (2015), cuya reseña podéis leer aquí. Podríamos decir que es el tapiz donde el director ha entretejido los temas principales de esas obras previas, para concebir un nuevo retrato del Japón contemporáneo. Y no resulta una estampa amable, a pesar de la perenne sutileza del estilo de Kore’eda. Shoplifters tampoco es una denuncia social; sin embargo, como slice of life de realismo afilado, no puede evitar reflejar graves taras en la sociedad nipona.

El argumento es muy simple, y desde esa base Kore’eda construye una película que crece en complejidad psicológica conforme avanza, planteando una serie de dilemas éticos profundos, incluso escabrosos. Todo con la usual serenidad de este director, experto en hacer de lo más prosaico poesía. El director perfecciona todos sus recursos habituales en Manbiki Kazoku, corazón y mente quedan sublimados en las corrientes de un sentimentalismo racional que atropella al espectador con sus contradicciones y encrucijadas morales. Pero me estoy adelantando, comencemos por el principio.

Érase una vez que se era, en uno de los países más ricos del mundo, una familia tan, tan pobre que, a pesar de que no les faltaba trabajo, no les llegaba para comer. Abuela Shibata contribuía con su pequeña pensión, mamá Shibata trabajaba planchando, papá Shibata era albañil y la hija mayor, Aki, una bonita adolescente, hacía lo propio en un hostess club.  Shota, el hijo pequeño, intentaba ayudar haciendo pequeños hurtos en supermercados y tiendecillas, alentado además por su padre. Así lograban poder tener algo que llevarse a la boca.

Un día, regresando a casa, encontraron desamparada en un balcón a una niña, que apenas tenía con qué cubrirse en el frío de la noche. La puerta estaba cerrada, no podía entrar, y la criatura se hallaba en un estado de abandono lamentable. Como además oyeron gritos muy violentos de una pareja en el interior, decidieron rescatarla. Ya la llevarían de vuelta a su hogar al día siguiente. Pronto descubrieron que la pobre chica estaba llena de quemaduras de cigarrillos y hematomas, y que el miedo le impedía hablar. ¿Cómo podían sus padres maltratarla de esa forma? Abuela Shibata intentó curarla y darle de comer.

Sin embargo, cuando estaban llevándola de regreso, los escucharon de nuevo discutiendo, pero no preocupados por la desaparición de su hija, sino despotricando con rudeza sobre la niña. Ojalá nunca hubiera nacido, ojalá no existiera, ojalá no apareciera jamás. Los Shibata no se lo pensaron dos veces: no podían dejarla con personas así. Yuri, que ese era su nombre, necesitaba una familia de verdad. Los días pasaron y los medios de comunicación se hicieron eco de la ausencia de la niña, incluso hicieron acusaciones veladas a los padres de ser unos asesinos. Los Shibata se inquietaron, pero tampoco demasiado; y continuaron con sus rutinas, brindándole amor y un genuino hogar a Yuri, que se cambió su nombre a Lin, que le gustaba más. Nueva vida, nuevo nombre. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Por supuesto, la película no finaliza ahí. Ni es un cuento costumbrista de desenlace… feliz. Shoplifters se parece más a una matrioshka, historias inesperadas dentro de otras historias, que ocultan una sordidez y desesperación abrumadoras. Es un film imprevisible. Pero Kore’eda sabe dosificar sus venenos con sabiduría, alterna ternura y sensibilidad con frialdad e inclemencia de forma natural y fluida. Como cuando la luz del sol desaparece al llegar una tormenta. Porque la vida, en realidad, es algo similar. Y el autor nos obliga a revisar frases y acciones de los personajes conforme avanza el film, ya que adquieren nuevos significados, asumen implicaciones distintas.

Japón, a pesar de ser uno de los países más desarrollados del planeta, con escasos niveles de delincuencia además, alberga grandes desigualdades sociales, que se invisibilizan por vergüenza y miedo al deshonor. Pero están ahí, y desde los 2000 en pleno auge. Lo que muestra Kore’eda en Un asunto de familia no es algo excepcional, sino producto de las continuas crisis y el capitalismo neoliberal imperante en el país, cuyas prioridades son discrepantes con unas políticas sociales más humanitarias. En cierta forma, la película muestra la indiferencia del sistema hacia los excluidos, débiles y pobres; hacia todo lo que se halle en los márgenes de la sociedad, que los culpabiliza por su situación e ignora.

Son muchos los temas que trabaja Manbiki Kazoku, pero todos parten de la noción de familia. ¿Qué hace que unos individuos conformen un núcleo familiar? ¿Los lazos de sangre son suficientes? Kore’eda explora también la naturaleza y dinámica de los sentimientos en una sociedad tan poco expresiva como la nipona, que grita en silencio por la necesidad de contacto humano, que reprime su horror hacia esa soledad que la está invadiendo. Cada personaje analiza un arquetipo diferente mediante sus particularidades y rarezas; y ofrece una perspectiva distinta del mundo, recreando un efecto puzzle que, finalmente completado, resulta paradójico. Y triste.

El director es capaz de, a través de un delicado sentimentalismo, disculpar lo que es reprobable. Se mueve en una ambigüedad resbaladiza, entre las brumas de un paraje gris que llegan a justificar la mentira, el robo o el asesinato. La complejidad moral de Shoplifters es fascinante y dolorosa a la vez. Y para ello, Kore’eda se ha servido de una narración mínima pero cristalizada en toda una señora actividad de voyeur, con una edición exquisita, invocando las deliciosas escenas cotidianas de Yasujirô Ozu.

No sé qué añadir más sobre este maravillosa película que no implique destriparla. Es una obra llena de secretos, y de personajes realmente entrañables. El camino al infierno, dicen, está pavimentado de buenas intenciones; y es un refrán que podría encajar bastante bien con Shoplifters. Tiene un ritmo apacible, así que los fogosos es mejor que reduzcáis las revoluciones del motor una miqueta. Es Kore’eda, y este señor siempre se toma su tiempo para contar sus historias. Y esta merece la pena verla. Espero que le vaya bien en la gala y se lleve la estatuilla. Roma también la adoro, pero tiene más nominaciones… y la generosidad es una virtud. ¿O no? Soñar es gratis. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga

Carpe Diem: Mariko a los 80 años

¡Por fin, por fin he podido hincarle os catirons (aunque sea de forma leve) a este manga! Desde que ganó el Kôdansha este 2018 he estado rogando por que algún alma generosa lo tradujera y, ¡ya está aquí! Quería esperar un poquillo hasta que se acumularan unos cuantos episodios, pero la impaciencia ha podido conmigo, y solo he aguardado hasta el capítulo cinco. Lo que no me va a impedir escribirle toda una señora reseña, qué carajo.

Sanju Mariko o Mariko a los 80 años es un manga que lleva publicándose desde 2016 en Be-Love y que, hasta donde sé, ha alcanzado 8 tankôbon. Y los que caigan, porque es una obra que sigue abierta. Pero no es un tebeo cualquiera, nanay. Se trata de un josei muy, muy especial; un slice of life que huele a clásico contemporáneo desde el primer capítulo. De momento tenemos que conformarnos con los socorridos scanlations (afortunadamente llevan buen ritmo hasta ahora), pero deseo, espero y confío que pronto alguna editorial occidental se atreva a publicarlo. Ojalá.

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Yuki Ozawa posa orgullosa con el primer volumen de su tebeo “Sanju Mariko”

No había leído hasta ahora nada de Yuki Ozawa, sabía de la existencia de su Atokata no Machi (2013), pero no había podido catar ninguna obra suya todavía. Y la verdad es que ha sido un comienzo bastante prometedor, ¡sangre nueva en el josei!, y eso siempre se agradece siendo una demografía tradicionalmente tan maltrecha. Que aparezcan encima trabajos de esta traza son un soplo de aire fresco. ¿Novedades en el slice of life? Pues sí, porque Sanju Mariko cuenta la historia de una viuda de ochenta años, nada más y nada menos. Adiós a los sempiternos adolescentes con sus repetitivos problemas, sayonara a las mujeres jóvenes (y mentalidad de adolescente) que sufren por no encontrar marido,  ¡konnichiwa, mujeres adultas (pero de verdad)!

Mariko es una escritora con cierto renombre y todavía en activo, que vive bajo el mismo techo que la familia de sus hijos y nietos. Es ya bisabuela, y su biznieto ha intentado asfixiarla con una bolsa de plástico mientras jugaba. No ha sido por maldad, más bien ha tenido relación con que viven como sardinas en lata, y está llegando a un punto insostenible. Mariko ve como la casa que construyó con su marido, muerto hace 15 años, no alberga ya espacio para ella. Real y metafóricamente. Así que, viéndose un estorbo, decide marcharse y comenzar de nuevo, sola, una nueva vida al final de su vida. En este nuevo camino se topará con Kuro, un gatito que también ha sufrido lo suyo.

Descrito así, parece una historia un poco absurda, pero nada más lejos de la realidad. Sanju Mariko resulta más de lo que parece, es un manga que afronta con honestidad varios problemas graves que sufre en la actualidad la sociedad nipona. Para empezar, el galopante envejecimiento de la población y sus consecuencias sociales; luego, las continuas recesiones económicas, que han hecho que el suelo y las viviendas se encuentren a unos precios astronómicos; para proseguir con el ritmo salvaje de producción de Japón, que no permite una conciliación familiar adecuada, siendo los mayores los principales que sufren soledad y abandono. Se han convertido en una carga, y en el tebeo, Mariko, a pesar de no sufrir más que unos pocos achaques, se siente culpable por resultar un lastre que impide a su familia crecer y medrar. Y decide irse. Una decisión muy japonesa, y que por desgracia es bastante habitual en el país.

Pero Yuki Ozawa, aunque no se corta en hacer un retrato poco halagüeño de Cipango, sin dulcificar ni un ápice sus conflictos, ofrece también la mirada optimista de Mariko. Porque Mariko no es una mujer cualquiera, y eso la mangaka nos lo deja bien claro casi desde el principio. A pesar del patente egoísmo de su familia, que le hace sentir como un fardo molesto, nuestra protagonista no tarda en experimentar una gran liberación al salir de su antiguo hogar. Y la conciencia plena de que su existencia se halla cerca de su desenlace, le hace abrazar la vida con inusitada energía, haciendo suyo el adagio carpe diem. No obstante, Mariko no puede evitar sentir tristeza y frustración al ser testigo de su propia decadencia física y mental, al ver desaparecer a conocidos y amigos, lo que tiñe de cierta melancolía el manga. Sin embargo, Sanju Mariko también es esperanza (y amor, camaradas otacos), pero sin caer en la ñoñería.

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Así que Sanju Mariko tiene de protagonista a una mujer de 80 años completamente autónoma, con la capacidad resolutiva que otorga la sabiduría adquirida con el tiempo, valiente, inteligente y capaz. Toda una novedad en la demografía, que brinda además una perspectiva inédita hasta ahora; aunque Mariko no es una superwoman, no os vayáis a pensar. Es muy humana, es hija de su tiempo y su sociedad. Pronto descubrirá que ser menor de edad y ser persona mayor tienen muchas en común, como cierto grado de dependencia en los demás, dificultades a la hora de encontrar un piso en alquiler (jojo) o experimentar con intensidad el deleite y asombro de descubrir un nuevo mundo cada día.

Quizá en Occidente no sea tan común, pero en Japón los mayores leen tebeos. No es que este manga vaya exclusivamente dirigido a ellos, pero que puedan verse reflejados en las páginas de una obra seguro que los habrá alegrado un poco. No conozco demasiados comics donde los protagonistas tengan ya cierta edad, salvo como secundarios y representando más caricaturas que personajes en sí mismos. Por eso ha sido una grata sorpresa toparme con una obra donde se los plasma con naturalidad. No obstante, sigo también otro manga, Metamorphose no Engawa de Kaori Tsurutani, cuyas estrellas son una septuagenaria y una adolescente (fujoshi perdidas ambas), igualmente recomendable pero de tono bastante más jovial.

Me parece muy beneficioso que aparezcan tebeos como este, que ayudan a trabajar la empatía y así combatir la cada vez más asumida gerentofobia de nuestras sociedades. El egoísmo del mundo moderno, su capitalismo voraz, no dejan lugar a cierto sector de la población que ya no puede producir al ritmo requerido y ser rentable; los niños son una inversión, pero los ancianos no tienen futuro. Y así olvidamos que siguen siendo personas y que, si todo marcha bien, tarde o temprano nos encontraremos en su lugar. No deberíamos perder esto jamás de vista.

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El ritmo del tebeo, de momento, se somete a las normas de un slice of life clásico, y no tiene pintas de que eso vaya a cambiar. Tampoco le hace falta, porque es lo que exige la narración. El dibujo es sencillo y aniñado, lo que ayuda a suavizar el trasfondo de la historia, que si se considera durante unos segundos, es bastante cruel. La sensación que transmite, en general, es de una dulzura ligera, para nada melosa; o al menos durante estos 5 capítulos Ozawa se las ha ingeniado para sortear el melodrama viscoso, todo un meritazo. Después ya veremos, pues ese peligro se encuentra (muy) presente, agazapado.

Sanju Mariko se muestra como un tebeo original dentro de ciertos convencionalismos, con unas premisas que solo se están comenzado a esbozar, pero que auguran grandes momentos, sobre todo para los amantes del costumbrismo que saben disfrutar de las pequeñas (grandes) aventuras cotidianas. Desde SOnC lo vamos a seguir de cerca, y os recomendamos que le echéis un ojillo, porque tiene una pinta estupenda. Que no os hagan dudar los prejuicios. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

ZhongGuo

El Hijo del Cielo: Te Wei

La salud manda. Mi madre ya es toda una dama octogenaria, y si una gripe es una afección que siempre es conveniente vigilar, en personas de cierta edad todavía más. Esto ha reducido bastante mi tiempo libre durante unas semanillas, por lo que no he podido prestar la atención que merecen tanto el blog como el programa de radio. Pero ya estoy por aquí. De nuevo. Hasta que mi madre se recupere del todo (el médico ya nos ha dicho que la cosa será lenta), tendré que ir espaciando las entradas; no obstante, continuaré publicando. No hay hiatus a la vista, solo rebajaré el ritmo una miqueta. ¡Adelante, siempre adelante!


Hace bastante tiempo que venía rumiando la idea de escribir un articulillo dedicado a uno de los más brillantes artistas asiáticos del s. XX: Te Wei. Lo he nombrado por el blog en varias ocasiones, sobre todo en la entrada que dediqué al también imprescindible Tadahito Mochinaga, pues fueron grandes amigos. Verdaderos pioneros durante una época convulsa, asentaron las bases de la animación moderna en Asia Oriental. Sin ellos nada habría sido igual. Y no, no me olvido de Tezuka; sin embargo, a Manga no Kamisama lo conoce todo otaco que se precie. No sucede de esa manera con Te Wei o Mochinaga, ¡y hay que ponerle remedio!

Así que hoy en SOnC tenemos una entrada de esas dedicada a la historia de los dibujos animados, que no suelen tener muy buena acogida, pero que a mí me encanta escribir. Una de las cosas que más me divierten es rebuscar, escarbar en el pasado, porque se descubren nuevos mundos, estrellas titilantes cuyo esplendor además se percibe en el presente, y se proyecta también hacia el futuro. Ni Tadahito Mochinaga ni Te Wei, con toda su trascendencia, son demasiado conocidos entre la otaquería que, de manera completamente legítima (faltaría más), se ciñe solo a consumir los productos que le motivan. Y prau. Sin embargo, hay otacos de mente inquieta que disfrutan profundizando un poco más en sus aficiones. Y para ellos está escrito este post.

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El Grupo de Animación (más adelante se convertiría en la Shanghai Animation Film Studio) en los Estudios de Changchun (1950). En primera fila y en el centro, Te Wei y Tadahito Mochinaga. La niña junto Wei es la hija de Mochinaga, Noriko.

Me habría gustado encontrar información más exhaustiva concerniente a Te Wei para poder escribirle una entrada digna; por no hablar de que mi nivel de mandarín todavía es rudimentario, y lo que he rastreado por fuentes chinas me ha costado sudores de sangre comprenderlo un mínimo. Sin embargo, creo que como mera introducción a su figura y trabajo, la entrada de hoy va a realizar su función con solvencia. Lo demás ya quedará en vuestras manos, pero permitidme deciros que acceder al universo de Te Wei es hacerlo a una dimensión de belleza tal que es difícil que os deje indiferentes. Es todo un privilegio poder admirar las escasas obras que de él han logrado aterrizar en Occidente.

tewei24Te Wei (1915-2010) no se llamaba en realidad así, sino Sheng Song. Un primo mayor que él, cuyas ideas progresistas admiraba, tenía ese nombre, y le pidió permiso para utilizarlo a la hora de firmar sus obras. Y así ha pasado a la historia. Te Wei es el padre de la animación moderna china. Nació y murió en Shanghai, pero a lo largo de su vida se movió bastante. De familia humilde, solo logró acabar dos años de la escuela secundaria, pero siempre supo que lo que le gustaba era dibujar. Muy pronto comenzó a hacerlo de manera profesional para compañías de publicidad, y  realizó multitud de tiras cómicas para varias publicaciones, con una clara inspiración occidental. Hacia 1937, cuando Japón invadió China, formó parte de un equipo de dibujantes que viajaba por  ciudades y pueblos animando a la resistencia, y elevando el espíritu patriótico. Todo mediante sus propios medios, bastante precarios por otro lado, y pasando bastante hambre. Conforme la Guerra del Pacífico avanzaba, se mudó a Hong Kong y allí publicó dos colecciones de comics satíricos, que le dieron bastante fama. Te Wei se hizo todo un nombre como dibujante y pintor, y nadie por entonces se imaginaba que el campo donde iba a brillar más sería el de la animación.

Los años 40 fueron el punto de inflexión de su carrera profesional. Estrechamente vigilado (como muchos otros artistas) por la Kuomintang, comenzó a esmerarse en lo que sería luego una de sus señas de identidad: la pintura tradicional china, con tinta y agua. Así realizó una serie de estampas donde reflejaba los problemas de la gente pobre. Y en 1949, Chen Bo’er, directora de los Estudios Changchun y especialista en stop-motion con marionetas, encontrándose deseosa de ampliar sus miras, pensó que Te Wei sería un fichaje perfecto. Y allí conoció a Tadahito Mochinaga, que lo instruiría en la nueva disciplina. En esa época la palabra “dibujos animados” no se utilizaba (China había cerrado sus puertas a Estados Unidos), en su lugar “películas de arte” era el término más habitual.

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Efectivamente, en esta foto de principios de los 80 aparece Osamu Tezuka. Y al fondo, Te Wei y Tadahito Mochinaga.

En 1950, buscando mejores oportunidades, Te Wei y todo el equipo de animación de los Estudios Changchun se dirigieron a Shanghai, donde acababan de nacer los míticos, los legendarios, los fabulosos Shanghai Animation Film Studios. Allí Te Wei asumiría un papel fundamental como jefe del departamento artístico durante toda la era dorada de los estudios (1957-1966). Conseguiría aunar bajo el mismo techo la experiencia y pericia de los pioneros hermanos Wan, responsables con su La princesa del abanico de hierro (1941) de realizar el primer largometraje animado de Asia Oriental, con artistas reconocidos como Yan Zheguang (marionetas), Lei Yu (acuarelista), Bao Lei (escritor) y la frescura de jóvenes talentos recién salidos de la universidad. Un supergrupo interdisciplinar dedicado en cuerpo y alma a la animación.

El objetivo principal de Te Wei era (siempre fue) estudiar y explorar la identidad nacional para conseguir de esta manera alumbrar una animación de carácter indiscutiblemente chino. ¿Lo consiguió? Por supuesto, pero fue una victoria que a causa de la Revolución Cultural quedó luego truncada. Todos los esfuerzos, todos los logros alcanzados fueron mutilados con la Gran Revolución Cultural Proletaria de Mao Zedong. Fue la hecatombe no solo para la animación, sino para las artes del país en general. La permisividad del Movimiento de las Cien Flores había quedado atrás, esos años en los que el Partido Comunista había estimulado la creatividad de los estudios fue como si nunca hubiesen existido. Una época de represión y conservadurismo llamaba a las puertas.

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Te Wei charlando con Jiajun Qian sobre su trabajo conjunto en el cortometraje “Mu Di” (1963)

Los trabajos de Te Wei y su equipo fueron duramente criticados por no plasmar los ideales del maoísmo y la lucha de clases; y como se negaron a rectificar, fueron enviados a campos de reeducación y trabajo en el interior del país. Algunos no sobrevivieron. Clausuraron los estudios. Mantuvieron a Te Wei durante un año entero aislado en una habitación minúscula, donde era torturado, se le privaba de sueño durante días, y era interrogado con profusión. Después, lo enviaron a criar cerdos a una granja  junto a su colega animador A Da. Hasta 1973 no se le permitió el regreso a los estudios, y no fue hasta 1976, cuando finalizó la Revolución, que no recuperó su posición anterior.

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“Rata y candil” de Qi Baishi

Pero regresando a tiempos más felices, Te Wei durante los años sesenta alentó a sus compañeros a experimentar con tradiciones artísticas de siglos de antigüedad para incorporarlas a un medio de expresión moderno, y construir así una animación inherente a China. Te Wei hizo lo propio, y cosechó gran impacto a nivel internacional mucho después. Esta búsqueda de la identidad nacional llevó a los estudios también a conseguir importantes hitos a nivel técnico, que colocaron a la vanguardia mundial al país; y nuestro protagonista de hoy alcanzó algo que parecía imposible: otorgar movimiento al estilo huaniao hua del influyente pintor Qi Baishi (1864-1957). Sus obras de tinta y agua, con esa sensibilidad y principios estéticos tan característicos de Catai, fueron volcados por primera vez en Xiao ke dou zhao mama (1960) o Los pequeños renacuajos buscan a su mamá, que ganó diferentes premios en los festivales de Annecy, Cannes y Locarno. Y aquí lo podéis disfrutar.

Tras la Revolución Cultural, la actividad en los Shanghai Animation Film Studios fue entusiasta, quizás como una manera de recuperar el tiempo perdido y liberar todas las frustraciones acumuladas. El mismo Te Wei explicó que los 80 fueron unos años de gran intensidad durante los cuales los estudios llegaron hasta los 500 profesionales en nómina, pero trabajando con una minuciosidad que contrastaba con la de sus vecinos japoneses y taiwaneses. Sin embargo, los tiempos empezaron a cambiar, y los nuevos aires de apertura que aportaba Den Xiaoping no favorecían demasiado el ideario de Te Wei de excelencia y exploración de la personalidad china. Nuevas empresas norteamericanas y japonesas imponían un nuevo ritmo de trabajo y patrones de calidad, donde la rentabilidad era (es) prioritaria. Los nuevos talentos eligieron los mejores sueldos que ofrecían las compañías extranjeras, y la animación china quedó, en cierta forma, estacanda. Eso lo vio venir con total lucidez Te Wei, y no le hizo nada feliz. Esa es uno de las razones por las que la animación china actual se encuentra, a pesar de su glorioso pasado, bastante más atrás que la japonesa. Aunque tiene pintas de que eso está variando un poquillo (¡bien!).

Regresando a Te Wei, si por algo será recordado es por su exquisita elegancia y perfección a la hora de verter la filosofía artística china en los dibujos animados. Por ello, nada mejor para homenajearlo que dar un repaso pequeño a las que considero sus 3 obras más importantes. Al menos de las que he visto, porque no he podido catar todo su trabajo. Lamentablemente.

El general orgulloso (1956)

Jiao Ao de Jiang Jun

En 1955, Shanghai Animation Film Studios recibió un premio en el Festival de Animación de Venecia  por el trabajo Why crows are black. Pero este galardón fue, en cierto modo, un regalo envenenado, ya que el jurado lo consideró una obra excelente… soviética. ¿Sirvió esto de acicate para que Te Wei tomara la decisión de enfocarse en crear una animación netamente china? Es posible, porque un año después alumbró este Jiao Ao de Jiang Jun. Y aunque las influencias de Ivan Ivanov-Vano o Disney son incuestionables, estamos frente a un cortometraje que se inspira en el folclore chino y bebe de su lenguaje visual. De hecho, El general orgulloso toma la Ópera de Beijing como referencia absoluta. Ahí tenemos como personaje principal al tradicional jing acompañado del chou, que asume el rol cómico. La música y los movimientos de los personajes son especialmente escrupulosos; y no es de extrañar, ya que Te Wei invitó a los estudios a varios profesores especialistas para aprender de ellos.

La historia tiene lugar en un momento indeterminado del medievo, en el que Te Wei refleja ese sistema feudal que tanto le gustaba criticar al Partido Comunista, pues representaba la China obsoleta que había que superar. Se trata de un cuento dirigido al público infantil, donde la soberbia y autocomplacencia de un general lo conducen al desastre. Y es que para el gobierno chino de entonces las “películas de arte” (dibujos animados) eran una mera herramienta pedagógica para niños, no se concebían de otra manera. De ahí que Jiao Ao de Jiang Jun se encuentre a rebosar de situaciones chistosas y posea un aire ingenuo muy claro.

El general orgulloso es un cortometraje de precioso colorido y refinados detalles, que empiezan a esbozar ese genio chino que Te Wei deseaba cristalizar en las obras de los estudios. La animación es fluida y los diseños, aunque de vena occidental, son realmente esmerados. Un obrita mucho más que interesante.

La Flauta y el pastor  (1963)

Mu Di

Con Xiao ke dou zhao mama (1960) o Los pequeños renacuajos buscan a su mamá cambió todo. Ese deseo (¿o fue un reto?) que expresó el vicepremier Chen Yi en voz alta, de poder ver algún día los dibujos de su admirado Qi Baishi en movimiento, fue satisfecho con largura por Te Wei. Y eso solo fue el principio. Tras el éxito de los renacuajillos, los estudios decidieron dar un paso más, y llevar las atrevidas innovaciones de Li Keran a la pantalla. Con búfalos de agua incluidos. Y el resultado fue este Mu Di o La Flauta y el pastor, una maravilla de la animación ¡y la música!, donde todo se encuentra entretejido de manera armoniosa y sutil.

La historia es muy sencilla, y remite a la misma noción de separación-reconciliación de Xiao ke dou zhao mama. Un niño que cuida de un búfalo de agua sale a pasear con él, y decide echarse una siestecita. En ella sueña que el animal desaparece por la espesura, y tiene que llamarlo tocando una melodía con su flauta. Por supuesto, tampoco pasan desapercibidas esas reminiscencias taoístas en las que se atisba la mariposa de Zhuangzi.

Desgraciadamente, a pesar de sus delicadas metáforas y fascinante belleza, Mu Di fue vilipendiada por el el gobierno chino, que consideró el cortometraje inane y perjudicial para la mente de un buen ciudadano. Esta obra, junto a otras de Shanghai Animation Film Studios, fueron prohibidas y no se volvieron a exhibir hasta los años 80. Esos hermosos bosques de bambú y sauces llorones permanecieron ocultos durante más de diez años por culpa de la intolerancia e ignorancia. Penoso, aunque hoy ya no nos faltan oportunidades para disfrutar de La Flauta y el pastor… así que, ¡aprovechad bien la ocasión!

Emoción de montaña y agua (1988)

Shan Shui Qing

Esta fue la última obra de Te Wei, su testamento artístico; y lo realizó a conciencia, porque ya había decidido que no haría más animación. Es mi obra favorita de lo que he visto de su trabajo, y a Isis también le gusta, especialmente la música, por la que siente una predilección muy curiosa. Sigue la misma estela de serenidad shan shui que aparece en Mu Di, aunque depurada y perfeccionada. No sé qué es lo que me fascina más de este cortometraje, si el sonido del viento, la música del guqin o sus silencios. O las tres cosas. ¿O en realidad es su maestría con los vacíos, la abstracción pura de sus paisajes los que me dejan como hipnotizada? Emoción de montaña y agua es un cuento de aprendizaje, humildad y asombro, narrado con una cadencia melancólica que evoca, de nuevo, los ideales del taoísmo y su noción tradicional de la inmortalidad.

El argumento trata sobre un músico empobrecido y enfermo que, a cambio de clases de guqin, es cuidado por una alegre adolescente con ciertas aptitudes musicales. Te Wei resumió en Shan Shui Qing todas sus inquietudes y logros en el mundo de la animación, y la convirtió en su opus magnum. Sin duda, un trabajo extraordinario que, cómo no, ganó multitud de premios por todo el globo.

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Y esto ha sido todo por hoy.  Me gustaría poder decir que no voy a tardar mucho en publicar la siguiente entrada, pero no os lo puedo asegurar. Lo que sí os confirmo es que habrá, porque está ya medio bosquejada en mi cabeza; y si la mantengo mucho tiempo dentro del cráneo, lo hará explotar. Y no quiero convertirme en una criatura acéfala tan pronto. Así que tardará, pero no demasiado. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Miscelánea de lacónicos: ¡últimos descubrimientos!

Una de las cosas que más me gusta hacer en internet, cuando tengo un poco de tiempo libre, es vagabundear por las webs dedicadas a la animación en general. Así, sin más. Curiosear, dejarme llevar y dar volteretas de enlace a enlace. Allez hop! Hacía ya bastante que no me podía permitir paseos cibernéticos, sin embargo estos días he aprovechado bastante bien mis horas de descongestión para ponerme al día con lo que se ha estado, y está, cociendo en el prodigioso submundo de los cortometrajes japoneses.

Y aquí os presento una selección de los 8 cortos que más han llamado mi atención en este mini chapuzón navideño. He descubierto obras bastante curiosas, algunas de hace unos años ya, pero realmente interesantes e, incluso, divertidísimas. Espero que disfrutéis de este pequeño regalo de Reyes que SOnC os deja en vuestras pantallas, para que paséis este último día de las navidades de manera diferente.

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8 – Tenohira no Niwa (2016) de Haruka Umemura

No hay que perder de vista a esta moza, Haruka Umemura, cuyo trabajo de primer año de la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio (Geidai) ha sido este delicioso Tenohira no Niwa o First Hand Memories. En él nos ofrece una perspectiva única, la visión ingenua y sencilla del mundo a través de un tubo de papel higiénico. La protagonista, una niña; de secundarios, un gato y un pez.

El guion está basado en una historia clásica del repertorio del rakugo: Ômu o The Parrot, popularizada por el rakugoka Kintarô. Como apenas dura 5 minutos, no debería extenderme mucho más, aunque sí puedo comentaros que es una preciosidad rebosante de las luces y texturas del verano. Pero de ese verano apacible de la infancia. Mención especial merece el apartado de sonido, tanto Chihiro Nagashima como el compositor Abe Sôshi han logrado expresar la ternura juguetona de la historia con gran sutileza.

7 – Slowly Rising (2016) de Hideki Inaba

Hideki Inaba es un videoartista freelance que está subiendo como la espuma. A no ser que, de repente, tenga algún tipo de traspiés, claro, ya que el mundo audiovisual es bastante… resbaladizo (dejémoslo ahí). Ha trabajado para los Red Hot Chili Peppers en la grabación de la película de su Getaway World Tour del 2016, y sus obras se están colando en diversos festivales independientes internacionales, incluso ganando premios. No está nada mal.

Este Slowly Rising es el vídeo musical que realizó para el músico holandés Stan Forebee, residente en Australia, aunque el tema en cuestión lo compuso bajo del nombre de BEATSOFREEN. El conjunto de música y animación no puede ser más sugestivo, un viaje psicotrópico sereno pero exuberante, que evoca la fertilidad devoradora de Perelín, La Selva Nocturna de Michael Ende. Un trabajo para quedarse hipnotizado frente a la pantalla, muy intrigante también.

6 – The tea time (2011) de Manabu Himeda

Todavía no tengo muy claro qué pensar de este artista, porque algunas de las obras que presenta en su web me parecen mitad tomadura de pelo, mitad genialidad. Todavía me tiene cavilando. No obstante, los trabajos que me gustan de Manabu Himeda me entusiasman, como es el caso de Na Ni Nu Ne No No (2014) o este mismo The tea time.

Se trata de un cortometraje con ese dominante aire infantil del estilo de Himeda, alegre, colorido, ingenioso. Y lleno de la poesía candorosa y loca de la niñez. Porque resulta que es como una canción para niños, con danzas de elasticidad prodigiosa y alusiones irónicas a los tópicos más conocidos de Japón. La cancioncilla de Masatake Himada y Matsunaga Yasushi es pegajosa y muy divertida, ni Gloria Fuertes la podría haber escrito mejor (es broma).  Y el arte resulta espectacular, a los occidentales nos puede recordar algo a las obras que el maravilloso animador Jeff Hale hizo para Sesame Street; pero para los que conocemos un poquito más la animación de la islas, Keiichi Tanaami y Yôji Kuri son referencias absolutas.

5 – Toshima, ciudad cultural del este de Asia (2018) de Haruko Kuno

Me ha encantado este vídeo promocional de la ciudad de Toshima. Es una cosita fascinante de apenas 1 minuto y 10 segundos, pero Haruko Kuno ha sabido transmitir con entusiasmo todo lo que ese barrio de Tokio puede ofrecer al visitante. La conexión con el espectador no puede estar más trillada, una niña; sin embargo, la directora ha exprimido los clichés de forma ultra-eficiente para acercar al público esta vecindad que tanto significa para la otaquería.

Ha sido un detalle muy bonito presentar en el corto a Osamu Tezuka (y ponerle la correspondiente boina a la chicuela), imagino que todos sabréis que en Toshima se encontraba la legendaria residencia Tokiwa, donde compartieron espacio Shôtarô Ishinomori, Hideko Mizuno, Fujiko Fujio o el propio Manga no Kamisama. Por cierto, que parece que la están reconstruyendo con total fidelidad, para hacer un museo con apertura en marzo del 2020. Gran noticia.

Regresando a la animación que nos incumbe, hay que destacar el uso de la rotoscopia. Para ello, el rodaje tuvo lugar en diversos emplazamientos de Toshima, que fue dirigido por Atsuhiro Yamashita. En resumen, se trata de un corto refrescante y de  excelente ritmo perfecto para sus propósitos turísticos. Bien majo, oigan.

4 – Harmonia (2017) de Tarafu Otani

Otro vídeo musical, esta vez del músico Yuichi Nagao y su canción Harmonia, incrustada en el pop, dance y techno, con claras influencias de la música de video-juegos. No me transmite gran cosa per se, sin embargo, cuando se alía con la animación de Tarafu Otani, todo comienza a florecer. Es una simbiosis alucinante donde la abstracción y el arte figurativo fluyen como el mercurio, licuando realidad y fantasía. Tengo debilidad por las acuarelas, lo admito, y en este corto adquieren gran protagonismo, aportando un dinamismo radiante. Harmonia es una continua metamorfosis, puro movimiento al servicio de la expresividad.

3 – Reneepoptosis (2018) de Renee Zhan

Este número 3 es un poco tramposo, pues no se trata de un corto en sí, sino del descubrimiento de una animadora: la estadounidense de origen japonés Renee Zhan. Si tenéis un poquito de tiempo, echadle un ojo a su canal de vimeo, porque no tiene desperdicio. Es graduada por la Universidad de Harvard, y en la actualidad prosigue con sus estudios de Cine y Televisión.

Este Reneepoptosis ha sido seleccionado para competir en la edición del 2019 del festival de Sundance, que tendrá lugar a finales de este mes de enero. Solo está disponible el trailer, que me ha puesto los dientes muy largos, aunque espero que más pronto que tarde podamos disfrutar de él completo. Su argumento es bastante curioso: tres Renees salen en busca de Dios, peregrinando a través de las montañas y valles de Renee, donde descubren todos los gozos, miserias y misterios que es ser Renee. ¡Yo quiero ver eso!

2 – Moving Colors (2014) de Taku Team

Como el nombre indica, Taku Team, Moving Colors es un cortometraje colectivo, realizado por varios artistas, que homenajean al gran animador Taku Furukawa, pionero del anime independiente y actual presidente de la Asociación Japonesa de Animación. Es pura abstracción, y el único tema que comparten es el color. Y el movimiento, claro. Cada miembro del Taku Team ha elegido su color favorito, realizando luego un pequeño ensayo visual de temática libre. Moving Pictures es una cadena de eslabones muy distintos entre sí, pero perfectamente enlazados.

¿Y quiénes son ellos? Pues Yû Tamura para el color verde, Yoshiyuki Kaneko para el negro, Takuma Hashitani para el naranja, Wataru Nakajima para el marrón, Hakhyun Kim para el púrpura, Moe Koyano para el turquesa, Yewon Kim para el verde menta, Shiho Morita para el rojo, Yasuaki Honda para el carmesí y Hiroco Ichinose para el color oro. En una obra de este pelaje, como bien imaginaréis, la música cumple un papel valioso, y se encuentra en manos de Tomohiro Higashikinjô, Toyomi Kobayashi y Ryusaku Ikezawa. En resumen, Moving Colors es un estupendo trabajo en equipo.

1 – The Yellow Ball (2015) de Xinxin Liu

Xinxin Liu es otro de mis grandes descubrimientos, una moza de origen chino asentada en Tokio de grandísimo talento. Y enamorada del arte occidental. Se encuentra estudiando en la Geidai, y sus obras están logrando cierto impacto a nivel internacional. Se lo merece, me tiene contentísima esta mujer. The Yellow Ball ha sido ya presentado en el Festival Internacional de Animación de Ottawa y el prestigioso Festival de Animación de Hiroshima, con excelentes críticas. Os aseguro que no es para menos, para comprobarlo solo tenéis que darle al play. Fácil.

The Yellow Ball es un cuento más allá del espacio y del tiempo, ambos recorridos por una pelota amarilla a la que todo el mundo manda a paseo. ¡A cascarla! Se trata de un cortometraje hilarante, que derrama su profundo amor hacia Matisse y Picasso con un brillante sentido del humor. Me he reído muchísimo con él. Es absurdo, chispeante e imprevisible, y he sentido una profunda empatía hacia la pelotita, ¡es un agente del caos encubierto! ¡Un respeto, coñe! La música de Shota Kowashi, por cierto, genial.

¿Qué os han parecido estas diminutas piezas de animación? ¿Os ha gustado alguna más que otra? Podéis escribir vuestras impresiones en los comentarios, aunque pueda parecer lo contrario, no muerdo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Galería de los Corazones Rotos

La balada del viento y los árboles: OVA

¡Feliz año nuevo, próspero día de resaca! ¿Todo bien? Servidora va a continuar todavía un poco con su amiga la sidra. Es broma (no, no lo es, ¡viva la sidra! ❤ ). Vamos a dar la bienvenida a este 2019 con una sección que tenía olvidadísima, cubierta de líquenes, musgo, polvo, telarañas y montones de cajas viejas: Galería de los Corazones Rotos. Hace dos años que la inauguré, y aquí la tenemos de nuevo. Os refresco la memoria, camaradas otacos: se trata de un pequeño espacio en SOnC dedicado a todas esas obras de manganime que, por un motivo u otro, han llegado hasta nosotros inconclusas. O rematadas de manera chapucera. Es una sección un pelín amarga, un rincón para los lamentos, las quejas y cientos de lagrimones. Ay. Pero hoy seré buena. No voy a permitir empezar el nuevo año con mal sabor de boca. Así que, aunque se trata de una obra que nos dejó con la miel en los labios, su mal tiene remedio. Y del bueno.

Kaze to Ki no Uta (1976-1984) o La balada del viento y los árboles es uno de los mangas primigenios del yaoi. Aunque no es el primero, creo recordar que ese honor lo ostenta otra obra, un one-shot de la misma autora, Keiko Takemiya: Sunroom ni Te (1970). En España hemos tenido la inmensa fortuna de que Milky Way Ediciones se haya lanzado a publicarlo. Nunca antes se había editado fuera de Japón, a pesar de tratarse de un clasicazo que se llevó el premio Shôgakukan al mejor shôjo en 1979. Es todo un privilegio poder acceder a este trabajo en castellano, y además de forma tan esmerada como lo hace esta editorial asturiana.

Por eso este Corazón Roto de la Galería no lo es tanto. La reseña de hoy está dedicada a Kaze To Ki No Uta Sanctus: Sei Ni Naru Ka Na (1987), la OVA que adaptó el manga. Pero, como bien imaginaréis, un anime de apenas una hora no le puede hacer justicia a un señor tebeo de 139 capítulos y 17 tankôbon. Tenía pensado escribir un Manga vs. Anime como ya hice, por cierto, con otro trabajo de Keiko Takemiya, Terra e… (reseña aquí), una joya de la ciencia-ficción nipona; sin embargo, esta OVA, aunque no abarca todo lo que debiera, en sí misma es una pequeña maravilla que no sería justo comparar con el manga. Tiene su propia esencia, sus propias virtudes. Se trata de un anime que puede disfrutarse tanto si se ha leído el cómic como si no; y al dejar, inevitablemente, el kokoro triturado (y con ganas de mucho más), ahí cabalga Milky Way al rescate, para aliviar nuestra desazón. ¿No es estupendo?

Sin título

Kaze to Ki no Uta fue una obra bastante incomprendida a pesar de haber logrado un reconocimiento casi unánime. A Takemiya le costó una década conseguir que la publicaran como ella deseaba, sin censurar; y al final fue Shôcomi la revista que se atrevió a dar el paso. Este fue el comienzo del fin, camaradas otacos, el Apocalipsis del BL llegó a nuestras vidas: las fujoshi empezaron a brotar como champiñones e iniciaron, con sigilo, su plan de dominación del universo manga. Ya nadie puede escapar a su influjo, que es omnímodo, omnipresente y omnipotente. La balada del viento y los árboles y Thomas no Shinzô (1974) de Môto Hagio cimentaron el actual yaoi, aunque en su momento no existía tal denominación. El Grupo del 24 estaba cambiándolo todo no solo en la demografía shôjo, a la que insufló frescura y originalidad, sino que gestó nuevos géneros, como el yuri y el BL.

En Japón, la homosexualidad masculina se reservaba al ámbito estrictamente privado, se consideraba impensable hacer de ella algo público, y mucho menos una seña identitaria; pero estas mangaka no se iban a dejar amedrentar por algo semejante. Ellas buscaban superar la configuración del manga comercial de su época, y para ello debían dejar atrás convencionalismos y prejuicios. No dudaron en ilustrarse acudiendo a publicaciones como Barazoku, leyendo obras como Le ville dont le prince est un enfant (1951), o viendo películas como Les amitiés particulières (1964), que les abrieron las puertas a toda una galaxia oculta. No dudaron en inspirarse en el material que les ofrecía ese nuevo mundo para crear algo completamente transgresor. Sus hallazgos se convirtieron en auténticas revelaciones, que inocularon en sus tebeos para niñas y chicas jóvenes. Y eso es algo que no debemos perder de vista: las relaciones amorosas que se plasman en el BL van dirigidas a un público femenino heterosexual, no plasman la homosexualidad de manera realista, sino que expresan una heteronormatividad idealizada bajo las máscaras de un seme y un uke.

Por supuesto, el BL ha ido evolucionando a lo largo de las décadas, y el shônen-ai primigenio de los 70, con su rocambolesca tragedia y melodrama exaltado, ha ido perdiendo florecillas, estrellitas y ambientaciones decimonónicas. Kaze to Ki no Uta no deja de ser un shôjo muy old school, por lo que no se le pueden exigir según qué cosas. No obstante, La balada del viento y los árboles rompe con algunos esterotipos que luego se asentarían en el género; y no deja de resultar curioso teniendo en cuenta que esta obra fue su principal germen.

Kaze To Ki No Uta Sanctus: Sei Ni Naru Ka Na tuvo de director al veterano Yoshikazu Yasuhiko, mangaka también; y la dirección artística corrió a cargo de Yamako Ishikawa, una señora que hizo lo propio en obras como Tenkû no Shiro Laputa (1986), Arete Hime (2001) o Tekkon Kinkreet (2006). Así que pocas bromas, estamos ante un equipo que, a nivel técnico y artístico, era de primera división. No escatimaron medios. ¿Está lo demás en consonancia? Veamos.

La balada del viento y los árboles cuenta la historia de amor entre dos adolescentes que son como el yin y el yang, los eternos opuestos complementarios, ¡incluso físicamente! Serge Battour, hijo del vizconde de Battour y una bella gitana, huérfano y prodigioso pianista; y Gilbert Cocteau, nacido en el seno de una familia adinerada pero rechazado por sus padres. Su tío es quien se hizo cargo de su cuidado, maltratándolo y abusando de él desde muy pequeño. Battour y Cocteau se conocerán en 1880, en el prestigioso internado Lacombrade, a las afueras de la ciudad provenzal de Arles.

Nadie en el colegio quiere compartir la habitación con Gilbert por su tendencia a seducir a sus compañeros y las continuas visitas de sus amantes. Todos sienten atracción y repulsión hacia él, no lo consideran uno de los suyos. Vende sus favores sexuales con facilidad, y disfruta provocando a los demás. Carl Meiser, estudiante responsable de su edificio, cree que el recién llegado, Serge Battour, puede ejercer una influencia positiva en Gilbert, pues parece un muchacho honesto y afable. Y así es, Serge es un chico de buen carácter y gran sentido de la justicia, que sufre también lo suyo a causa del racismo, pero dispuesto a luchar por salir adelante. Como era de esperar, choca frontalmente con el carácter del atormentado Gilbert, una criatura andrógina y bello como un ángel, pero caprichoso y cruel.

Serge es un alma cándida, y horrorizado descubre cómo su compañero de dormitorio subasta sus encantos, mediante grandes alardes de rebeldía y frivolidad. Battour no está dispuesto a tolerar semejante conducta autodestructiva, y decide ayudarlo con firmeza. Al principio, Gilbert lo desdeña pero, poco a poco, comienza a apreciar su integridad y modestia, que para él resultan toda una novedad. Sin embargo, el horror que ha sufrido Cocteau desde niño lo ha dañado de manera permanente, y Serge desconoce todavía muchas cosas. ¿Será capaz de brindarle el apoyo que precisa? La atracción entre los dos va aumentando, pese a que Battour resiste sus impulsos, reprime lo que cree que es un sentimiento antinatural.

Es importante destacar en Kaze To Ki No Uta Sanctus: Sei Ni Naru Ka Na la fuerte presencia del cristianismo, que siempre ha condenado con energía la homosexualidad. Lacombre es un colegio religioso, que aunque predica compasión y piedad universales, se torna completamente hostil e implacable hacia aquellos que viven fuera de sus márgenes. Por más que se encuentren necesitados, niega misericordia y ayuda. Es la desolación absoluta, el vacío y la ausencia total de amor en la vida de Gilbert, que lo persigue allá donde va. Ese desamparo también lo siente de otra forma Serge, y forma entre ellos un lazo, una reverberación que los une para consolarse mutuamente. Reluctantes, pero al final cayendo uno en los brazos del otro.

Porque La balada del viento y los árboles trabaja temas muy, muy sórdidos. Y tenebrosos, que van desde la prostitución infantil, la pedofilia, el sadomasoquismo, el maltrato físico y psicológico, violaciones, etc. Y, al contrario de lo que sucede en el yaoi moderno, que inyecta romanticismo a las agresiones sexuales y relaciones tóxicas, Kaze To Ki No Uta Sanctus: Sei Ni Naru Ka Na es terrible y directa. Sin ambages. La homofobia se retrata con crudeza, y la dinámica seme/uke es prácticamente inexistente, porque Takemiya nos está contando otro tipo de historia. Como buen shôjo, tiene romance, rebosa de sentimentalismo y abundante melodrama; pero la intrincada psicología de los personajes no nos permite idealizar según que acciones y actitudes. Resulta imposible edulcorar continuos abusos cuando estos luego son los responsables de la destrucción de una persona. Y hasta ahí puedo contar.

Kaze To Ki No Uta Sanctus: Sei Ni Naru Ka Na es un cuento inacabado de dolor, amistad y melancolía. Es un flashback, una colección de recuerdos de juventud y del primer amor; un preludio que deja tantos cabos sueltos que solo el manga puede atarlos. Y, como las memorias, posee una atmósfera onírica que muta en pesadilla con asombrosa fluidez. Su cadencia es solemne, grandilocuente, con una yuxtaposición de sucesos y sentimientos brillante. La preciosa ambientación gótica, la consabida falacia patética, la fascinante presencia de Chopin en su música, los magníficos fondos pintados a mano, el contraste de colores y las bellas alegorías visuales hacen de esta OVA una pequeña gema que brilla a pesar de tratarse de un mero hors d’oeuvre. Todo ello para adornar con pasión (y sincronización escrupulosa) las emociones que manan de los pechos sangrantes de dos efebos de vidas trágicas.

En cierta forma, La balada del viento y los árboles me da un poquitín de rabia. ¿Solo una hora? ¿Tanto talento y derroche visual para una simple introducción? Personajes interesantes como Pascal Biquet, Aryon Rosmarine o el infausto Auguste Beau quedan relegados a meros bocetos; los temas del racismo y las motivaciones de Gilbert apenas se rozan (todo el sentimiento de culpabilidad de la víctima, la búsqueda desesperada de amor, etc), por no hablar de la influencia maquiavélica de Beau en todo el internado. Pero, aun así, Kaze To Ki No Uta Sanctus: Sei Ni Naru Ka Na sigue siendo un anime que vale su peso en oro. En él, dos personajes, al inicio antagonistas, van gravitando uno en torno al otro, hipnotizados, hasta colisionar. Bum.

El Grupo del 24 no se andaba con paños calientes, y Keiko Takemiya no fue una excepción. La balada del viento y los árboles es dura. A pesar de los excesos lacrimógenos, sus contenidos son para un público adulto. El lenguaje visual y recursos principales son los propios del shôjo; sin embargo, su contenido no va dirigido a niños. Si esto es cierto en la OVA, mucho más en el manga. ¿Disfrutáis echándoos unos lloros de vez cuando? ¿Queréis empezar con inmejorable pie uno de los culebrones más emblemáticos del BL? Entonces Kaze To Ki No Uta Sanctus: Sei Ni Naru Ka Na es vuestro anime.

Más tarde, en vuestro lugar, yo le hincaría el diente al tebeo, aprovechando que Milky Way lo ha traído por estos parajes. Miel sobre hojuelas, camaradas otacos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.