cine, Noirvember: los bajos fondos de Japón

Noirvember: El perro rabioso (1949) de Akira Kurosawa

El siguiente film seleccionado para Noirvember: los bajos fondos de Japón fue dirigido por otro habitual de SOnC: Akira Kurosawa. La verdad es que llevar un blog sobre cultura popular nipona y no mentar ni una sola vez a Pantanonegro-sensei tendría bastante delito. Y si ya nos adentramos en los cenagosos territorios del noir, su presencia es obligatoria. No soy ninguna experta en cine, pero sí me considero cinéfila; y de su faceta dedicada al thriller criminal he visto El ángel ebrio (1948), El perro rabioso (1949), Los canallas duermen en paz (1960) y El infierno del odio (1963).

Para la entrada de hoy he estado dudando entre las dos primeras bastante. El ángel ebrio es una de mis películas favoritas de Kurosawa; sin embargo, ha resultado vencedora El perro rabioso o Nora Inu. Tras un fin de semana intenso revisionando cintas, el cuerpo me ha pedido más esta. A pesar de que noviembre no sea la época del año más adecuada para hacerlo. O quizá sí. Casi es preferible observar desde la distancia de un mes más frío el bochorno implacable del verano tokiota, ¿no creéis?

A finales de la década de los 40, la todopoderosa productora Tôhô se encontraba sumida en una serie de huelgas laborales que provocaron la salida de bastantes directores, técnicos y actores de entre sus filas. Durante la tercera, Kurosawa también decidió irse y dirigir para Shintôhô, recién fundada por ex-trabajadores de Tôhô, El perro rabioso. O “perro callejero”, creo que esa habría sido una traducción más fiel y acorde al espíritu de la película. Para este menester contó con la ayuda del que sería a partir de entonces un colaborador frecuente: el brillante Ryûzô Kikushima. Juntos, Kurosawa y él, adaptarían a guion cinematográfico una novela inédita del propio director.

Creo que fue la única vez en la carrera de Pantanonegro-sensei que se realizó algo semejante, lo que convirtió a Nora Inu en una obra especial dentro de su filmografía. Él tenía muy claro que para ser un buen director de cine tenía que aprender primero a escribir buenas historias y buenos guiones. Por aquel entonces, Kurosawa era un ávido lector de novela negra, y deseaba trasladar a lenguaje cinematográfico los relatos que leía de Dashiell Hammett y, sobre todo, los del belga Georges Simenon. Este último fue una inspiración clave a la hora de escribir su narración, influencia reconocida además por el mismo director.

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Akira Kurosawa, Toshirô Mifune, Takashi Shimura y Noriko Sengoku durante una de las agotadoras reuniones que mantenían en el rodaje de “Nora Inu”. Sengoku-san parece especialmente cansada.

Repitiendo el dúo protagonista que tan bien funcionó en El ángel ebrio, Mifune y Shimura interpretan al detective Murakami y al jefe de detectives Satô. Murakami, joven, novato e idealista; Satô, maduro, experimentado y pragmático. Una de las primeras veces (si no es directamente la primera) donde podemos disfrutar en la gran pantalla del binomio mágico de los buddy cops, que darían más tarde lugar a todo un subgénero de films de bastante éxito en los 80 (48 horas, Arma Letal, Tango & Cash, etc).

La historia comienza con el robo del arma reglamentaria de Murakami mientras viaja en un autobús abarrotado. Una Colt, su Colt. Un descuido imperdonable por su parte. ¿Cómo es posible que una fuerza de la ley haya sido burlada de semejante forma por un carterista de poca monta? ¿Qué es un samurai sin su katana? ¿Y un soldado sin su arma? Porque Murakami tiene un sentido del honor tradicional muy arraigado. Por eso, avergonzado, presenta su dimisión que, por supuesto, no es admitida. Así que, para recuperar un poco su dignidad, decide buscar personalmente al ladrozuelo y su pistola. De forma obsesiva y metódica. Sus pesquisas lo llevarán a toparse con el detective jefe Satô, y juntos seguirán la pista del arma por los bajos fondos de la ciudad.

Este podría ser un resumen, bastante breve por cierto, de Nora Inu. Pero, como imaginaréis, hay mucho, mucho más. El jefe de detectives Satô, por ejemplo, no aparece hasta la segunda mitad del film; antes, Murakami ha estado recorriendo por su cuenta el mercado negro de la ciudad y otros turbios andurriales. Todo por intentar localizar su Colt. Pero resulta bastante complicado hasta que el delincuente que la tiene en sus manos comienza a usarla. En esa época no era nada fácil encontrar munición, por lo que las balas de la pistola de Murakami son casi como una cuenta atrás. Es perentorio atrapar al criminal lo antes posible para evitar males mayores. Así que se convierte todo en una perserverante labor de investigación. Tirando del hilo, siguiéndolo a ciegas en el caótico laberinto del Tokio de posguerra.

Porque si hay algo que caracteriza este Perro rabioso es el minucioso naturalismo de sus paisajes urbanos. Aquí Kurosawa, aparte de rendir vasallaje al noir con su fulminante autopsia de la época, casi tan gélida como una crónica de sucesos, no duda tampoco en poner su historia de facinerosos al servicio del neorrealismo. Quizá por eso esta película es menos negra de lo que podría esperarse, y bascula hacia el drama cotidiano también. Se hallan ecos de El Ladrón de bicicletas (1948) de De Sica, con ese retrato tan melancólico y escrupuloso del Japón ocupado, del Japón humillado y sumido en una realidad de sordidez, miseria y cartillas de racionamiento. Un país todavía en ruinas humeantes que oscila entre el escapismo del espectáculo gregario e hipnótico del vencedor (béisbol), y la tenaz lucha diaria por sobreponerse con pundonor al desastre. Y para salir adelante no todos eligen la senda del bien.

Kurosawa no dudó en utilizar directamente la misma capital nipona como escenario, los exteriores son todos reales; y gran parte de su grabación se la debemos a Ishirô Honda, que más adelante se haría célebre gracias a Godzilla. Prostíbulos, mercados callejeros, cabarets, barrios resurgiendo de los escombros o salones de juegos desfilan ante nuestros ojos junto a su fauna correspondiente: desempleados, chiquillería sin hogar, fulanas, yakuza y rateros. Un retrato fiel y desapasionado de su era donde Pantanonegro-sensei introdujo un elemento que acabó dominando la densa atmósfera del film y doblegaría todas las voluntades: el calor asfixiante del estío. Esta incandescencia se alzó como un protagonista en sí mismo, alcanzando el clímax durante una tormenta que, como no podía ser de otra forma, arrastraría consigo toda la historia. El tiempo meteorológico como alegoría. ¡Excelente!

Los asesinos son como perros callejeros. ¿Sabes cómo actúa un perro callejero? Hay un poema sobre ello. Los perros callejeros sólo ven lo que van buscando.

Detective jefe Satô

Esta cita pertenece a un diálogo que tiene lugar en la apacible casa de Satô, donde vive con su esposa e hijos. Sentados en el porche, bebiendo mientras se desliza la noche con calma. Un remanso de paz en la vorágine de un Japón todavía perplejo. En esta conversación que mantienen Murakami y Satô quedan claras sus posturas frente a la naturaleza del crimen. ¿La miseria propicia la maldad? ¿El delincuente nace o se hace? Satô se considera simplemente un agente, y deja las reflexiones más profundas para los filósofos. Concibe la vida en blancos y negros, y esa noción le ha procurado bastantes éxitos profesionales. Su trabajo no es preguntarse por las inquietudes vitales del criminal, sino atraparlo. E impedir que delinca de nuevo. Murakami, sin embargo, desea indagar más allá. Opina que las circunstancias sociales y personales afectan de manera trascendental en los malhechores, y no puede evitar sentir cierta empatía por ellos.

Y he aquí que topamos con un concepto importantísimo: el del libre albedrío. Yusa, el ladrón que tiene la Colt del detective, comparte muchas similitudes con Murakami; y este, a pesar de sentirse cada vez más culpable y angustiado por la escalada de violencia, se siente también, en cierta forma, identificado con él. Tanto que llega un momento en la película donde se revuelcan literalmente en un lodazal del que es casi imposible distinguir a uno del otro. Sin embargo, son dos personas diferentes que en circunstancias idénticas optaron por un modus vivendi muy distinto. En ese aspecto, Kurosawa se guarda mucho de deshumanizar al delincuente. Es más, lo presenta como un hombre triste y enamorado, casi invisible hasta los últimos minutos de la película. Lo conoceremos a través de su humilde familia, conocidos, amante y terribles actos.

Pero no solo el retrato psicológico de Yusa es interesante, el de casi todos los personajes resulta profundo y sustancial. Kurosawa rasga el argumento con pequeños tijeretazos para entregarnos fragmentos de la mente y vida de sus protagonistas: la carterista Ogin mirando las estrellas, Harumi bailando con su traje nuevo, Murakami llorando a las puertas del quirófano, etc.

El perro rabioso es como una flecha, directa y lineal. Con un desarrollo pausado al inicio, que prosigue in crescendo y se precipita al final. La música del grandísimo Fumio Hayasaka, así como su uso del contrapunto en ciertas escenas en las que campa la ironía, son la herramienta perfecta para impresionar a un espectador que ya se encuentra medio obnubilado. Fascinado por la maestría técnica del film, tanto por sus planos, brillante edición o composición escénica. Todo hay que decirlo, Kurosawa durante muchos años criticó este Nora Inu precisamente por su excesiva perfección técnica, aunque al final se reconcilió con él.

Este film es una de esas primeras obras en las que ya podemos empezar a distinguir a ese Kurosawa majestuoso que conocemos en Occidente. Aunque no esté incluida entre sus películas más legendarias, El perro rabioso es una gran cinta por sí misma, un paso adelante en el cine japonés y preludio de lo que décadas más tarde sería una triunfada. Un trabajo pionero y visionario que todo fan del noir (y de Japón) no puede perderse bajo ninguna circunstancia. He dicho. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

largometraje, Noirvember: los bajos fondos de Japón

Noirvember: Osaka Elegy (1936) de Kenji Mizoguchi

¡SOnC estrena nueva sección! ¡Viva, viva! Los que seáis habituales del blog ya sabréis que el noir me apasiona, así que ya estaba tardando en dedicarle un espacio al cine negro japonés. Como sucede con los Tránsitos o las Peticiones Estivales, será un apartado de carácter anual, y el mes de noviembre el elegido para su publicación. No podía ser de otra forma. Soy completamente consciente de que la popularidad entre la otaquería de Noirvember: los bajos fondos de Japón va a ser prácticamente cero pero, ¡qué demonios! ¡SOnC no lo lee casi nadie! Por lo que voy a continuar sumergiéndome en las profundidades del más absoluto incógnito y ridícula impopularidad escribiendo sobre lo que a mí me interesa. Que de eso va esta bitácora también, de lo que me da la gana. No offence.

¿Hace falta que explique que es el cine negro? Creo que casi todo el mundo tiene claras las nociones básicas del género, sin embargo no va a venir nada mal una pequeña introducción. Porque aunque el invento es de germen estadounidense, se dispersó con rapidez por el planeta, enraizando estupendamente y medrando con sus propias particularidades.

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Póster de “El sueño eterno” (1946), una de las películas clásicas (y más intrincadas) del noir estadounidense. Basada en la novela de Raymond Chandler del mismo nombre, tuvo de guionistas a William Faulkner y la pionera Leigh Brackett.

Cuando pensamos en cine negro, nos vienen a la mente los tópicos del crimen, un sombrío ambiente urbano, el detective privado cínico y la sempiterna femme fatale. Al menos en lo que se refiere al cine negro clásico de las décadas de los 30-50 del s. XX. Y la verdad es que intentar definir este género, a pesar de que intuitivamente somos capaces de identificarlo, no es demasiado fácil. Para empezar, esta denominación fue realizada a posteriori por la crítica de cine francesa, ya que la mayoría de estos films estaban basados en novelas que se publicaban bajo el nombre de “Serie Negra”. Escritores como Dashiell Hammett o Raymond Chandler eran los predilectos. Por supuesto, los directores y guionistas que creaban estas películas no eran conscientes de estar engendrando semejante criatura, por eso también eran bastante dispares entre sí. En realidad las fronteras del cine negro eran (son) informes y permeables, abarca(ban) muchos tipos de obras, pero casi todas tenían en común ciertos ingredientes, tanto en puesta en escena como semánticos: gran influencia del expresionismo alemán cinematográfico, el antihéroe de pasado turbio como protagonista, actividades criminales a cascoporro, el retrato de una sociedad corrupta y sórdida, y la aparición de un nuevo rol de mujer, fuerte, independiente y peligroso.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que esas características fluctuantes del noir eran un reflejo de la época: el pesimismo tras la posguerra de la II Guerra Mundial, el creciente miedo por la Guerra Fría, la nueva estructura social donde la mujer comenzaba a ocupar un espacio antes exclusivo de los hombres, etc. Ese sentimiento, mezcla de zozobra, desconfianza y amargura, resulta esencial para comprender el cine negro norteamericano. Y el éxito internacional que cosechó produjo nuevas simientes que prosperaron en Europa y, como no podía ser de otra forma, en Asia. Y ya conocemos el ansia con la que metabolizan los japoneses la cultura popular occidental, luego son capaces de producir obras de una personalidad insólita. Una alquimia extraordinaria donde su propia idiosincrasia lleva la batuta. Y con el noir ocurrió así.

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A colt is my passport” (1967) de Takashi Nomura, uno de los yakuza eiga clásicos de la Nikkatsu.

Por lo que si con el cine negro norteamericano debíamos tener algo de manga ancha a la hora de acotarlo, con el nipón es ya una completa locura, porque simplemente no se aclimata a las condiciones occidentales. El noir japonés, si es que se puede denominar así, es otro mundo. Con puntos en común con su ascendiente, claro está, pero con un desarrollo y evolución inherentes a su cultura, procreando nuevos estilos y géneros, maravillosas ramificaciones con entidad propia.

Y el pistoletazo de salida a este Noirvember: los bajos fondos de Japón lo vamos a dar con una de las primeras obras del género en las islas, una película que rinde un discreto vasallaje al estadounidense pero con una perspectiva y delicadeza inéditas. Como solo Kenji Mizoguchi sería capaz de ofrecer. No es una de las películas más conocidas del género, de hecho suele pasarse por alto en los tops de recomendaciones que abundan por internet. Pero es una favorita personal, y Mizoguchi es ya un viejo conocido en SOnC. Lo adoro.  Se trata de Elegía de Naniwa u Osaka Elegy (1936), la primera película sonora del director, y es un noir… diferente.

Osaka Elegy narra la historia de Ayako Murai, una joven telefonista que trabaja con ahínco para mantener a su familia. Su padre está a punto de ir a la cárcel, pues fue pescado tras robar 300 yenes de la empresa en la que llevaba 20 años. Si no devuelve el dinero, se lo llevarán preso. Ayako está preocupada y a la vez resentida con su padre por lo que hizo, ya que además no se esfuerza nada por intentar devolver la cantidad de dinero que sustrajo. Mientras tanto, ella tiene sus propios sueños, como casarse con su compañero de trabajo Susumu Nishimura y escapar de la desgracia de su familia. Sin embargo, Ayako, a pesar de estar enfadada con su padre y haberse ido de casa, resulta que es una buena hija, y antepone sus deberes familiares a sus planes personales. El dueño de la compañía donde trabaja, Sonosuke Asai, se le ha insinuado invitándola a cenar, y vislumbra la posibilidad de conseguir el dinero a través de él.

Sonosuke Asai es un hombre de mediana edad, está casado y acostumbra a tratar de manera grosera e irrespetuosa a las mujeres. Es un déspota. Responsabiliza a su esposa de que no haya amor entre ellos, porque ya no es ni bella ni joven, así que se consuela buscándose una amante. La elegida, Ayako. Resulta una presa fácil que se halla en extrema necesidad, además de bonita y complaciente. Así que la aparta de su puesto como telefonista, le pone un pisito y la convierte en su concubina. A Ayako no le faltan ni vestidos elegantes ni diversiones, y ha logrado que su padre no vaya a la cárcel. ¿Se pregunta él qué ha sido de su hija? No demasiado. Se ha librado de la prisión de una forma discreta, y es lo único que cuenta.

La historia prosigue con la nueva vida de Ayako, que ha renunciado a un futuro socialmente aceptable por salvar el honor de su familia, y su mutación en “mujer caída”, como diría Víctor Hugo. Su porvenir no es nada halagüeño, pero la joven se adaptará a sus circunstancias con estoicismo y firmeza.

Elegía de Naniwa contó con la magnífica Isuzu Yamada como protagonista, y fue la primera película de Mizoguchi que contó con el guion de Yoshitaka Yoda. Juntos formarían un equipo formidable. El director estaba tan obcecado en transmitir el realismo de la historia con fidelidad, que Yoda tuvo que reescribir el guion infinidad de veces. Por no hablar de que la dureza de la narración y su terrible desesperanza hicieron que el film fuera censurado, definitivamente, en 1940. Y es que el tono de esta obra es tenebroso, con muy poco lugar para la confianza en la especie humana. ¿Una película que criticaba abiertamente la sociedad japonesa en plena efervescencia nacionalista Shôwa? Eso no podía permitirse.

Mizoguchi se inspiró en su propia vida familiar para la historia, en concreto en la inmolación de su hermana, a la que se sentía muy unido, y que fue vendida para convertirse en geisha y saldar deudas que tenía su padre.  Un padre que, como el de la película, es un hombre desagradecido y egoísta, incapaz de responsabilizarse de sus propios actos. Este tema, el del sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre ingrato, ya lo trabajó justamente en su film anterior, Orizuru Osen (1935), también con Isuzu Yamada de primera actriz además. Y se convertiría en una constante a lo largo de su carrera. De ahí que se haya considerado en ocasiones a Mizoguchi un director feminista, por su insistencia en plasmar la abusiva situación de la mujer en la sociedad japonesa.

Este concepto de mujer que pierde su honor en beneficio de un bien mayor, y que luego es excluida y convertida en paria, no es exclusivo, por cierto, de Mizoguchi. Aparece, por ejemplo, en la leyenda moderna de Okichi, una geisha que logra impedir un conflicto armado entre estadounidenses y japoneses en el s. XIX, y que luego pierde su respetabilidad por haberse relacionado con esos extranjeros. Fue recogida por Yûzô Yamamoto en su The sad tale of a woman, the story of Chink Okichi (1929), y hasta Bertolt Brecht la homenajeó en su obra teatral La Judith de Shimoda (reseña aquí) en 1940.

El noir, en general, procura contarnos su historia a través de los ojos de un delicuente o, como mínimo, un protagonista de moralidad dudosa. Porque aunque el cine negro es amante de los claroscuros, también lo es de las escalas de grises; y en Osaka Elegy nos narra el relato de no solo un hundimiento, sino de cómo nace una femme fatale. Uno de los personajes que mejor definen el género, pero que suele trabajarse como secundario, se convierte, de improviso, en el centro de atención. Y Mizoguchi no se aferra al melodrama en ningún momento, nos presenta una antiheroína que va evolucionando sin ceder ni un ápice al sentimentalismo. Y es curioso, conforme su vida se va desmoronando y su corazón endureciendo, su vestimenta más occidental se torna. Una mujer perdida como ella ya no tiene lugar en la sociedad japonesa, se ha convertido en una extranjera sin muchas oportunidades de redención. Si el espacio que ocupa lo femenino en una sociedad tan profundamente patriarcal como la nipona es restringido, para una persona como Ayako lo es todavía más. Está sola.

Kenji Mizoguchi nos muestra de manera despiadada esta realidad, y su protagonista no se degrada ni un instante revolcándose en la autocompasión. Ayako es una mujer decente obligada por las circunstancias a tomar decisiones poco éticas, pero cuyas consecuencias asume con entereza y valentía. Su mundo está lleno de hombres cobardes y pusilánimes, acostumbrados a ordenar y disfrutar de sus privilegios como varones, pero que ante cualquier dificultad que pueda dañar su orgullo y reputación, huyen como ratas. Mienten. La honestidad de Ayako es recompensada con deslealtad, olvido. Y son las mujeres las encargadas de tomar las decisiones más complicadas, las que deben expiar los errores masculinos, las que tienen que brindar una solución práctica a los problemas. Todo en una sociedad hipócrita que solo sirve a los intereses de los que se encuentran arriba, que no perdona ni tiene compasión.

Esta sociedad, pegajosa e interconectada de manera tan íntima, se expresa a través de planos claustrofóbicos y espacios cerrados, de composiciones diseñadas meticulosamente para transmitir una oscura frialdad. Los movimientos de cámara son lentos, gráciles; y la iluminación de espíritu teatral, donde una única fuente de luz se empeña en destacar la tremenda soledad de los personajes, su existencia en un mundo de falsedad. Con desapasionamiento, manteniéndose a una distancia aséptica.

Elegía de Naniwa no es la obra más redonda de Kenji Mizoguchi, pero sí una declaración de principios. Un aviso diáfano de lo que estaba por llegar. Y como película noir resulta una curiosidad más que correcta, que sin duda merece bastante más reconocimiento del que tiene. Se ve en un periquete (dura solo 71 minutos) y deja un regusto amargo. Es un film crudo, aunque no explícito. No hace falta que lo sea, de todas formas, para recrearse en la crueldad con profundidad. Osaka Elegy es un excelente comienzo de sección, un noir distinto y original. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.