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Una familia de ladrones: Shoplifters

Ya estamos otra vez en esos momentos cuando se reparten los Óscares. No es que haya sido algo premeditado, pero en todos estos años de blog, siempre he escrito una entrada dedicada a alguna obra japonesa (o relacionada con Japón), que ha tenido la fortuna de ser nominada. Siempre lo comento, no soy muy fan de estos galardones, la sempiterna hegemonía estadounidense es un pelín irritante ya; sin embargo, reconozco que es una buena plataforma de lanzamiento para artistas que, de otra manera, no llegarían al gran público. Me refiero sobre todo a ciertas categorías como la de Mejor película de habla no inglesa, Mejor cortometraje, Mejor documental (largo y corto), Mejor cortometraje animado e, incluso, mejor largometraje animado.

Este año estoy gratamente satisfecha con bastantes de los nominados, trabajos como La Favorita, Bao, Isla de Perros, BlacKkKlansman o Vice tienen fuerte presencia y son películas que me han gustado bastante. Por no hablar de que Roma, que se ha convertido en mi película del 2018, es una de las grandes favoritas. No lo acabo muy bien de comprender, porque se trata de un film totalmente anticomercial, pero ahí está, oigan. Quizá como la enésima pataleta de Hollywood hacia Trump, lo que hace su éxito actual un poco oportunista; sin embargo, eso no quita que sea un trabajo excepcional en todos los aspectos, y que merezca reconocimiento. Roma está nominada en multitud de categorías, entre ellas la de Mejor película de habla no inglesa, donde compite con nuestra protagonista de hoy en SOnC: Manbiki Kazoku o Shoplifters, de Hirokazu Kore’eda. ¿Con cuál me quedo de las dos? Buf, no sé. Roma es mucha Roma, pero Kore’eda aquí ha hilado muy fino. También me ha gustado mucho (pero mucho) Cafarnaúm de Nadine Labaki, no tanto la polaca Cold War. Mis gustos rara vez coinciden con el criterio de la academia californiana, por cierto.

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Pero regresando a Manbiki Kazoku o Un asunto de familia, se trata de una obra que, a los que hemos seguido la carrera de Kore’eda algo de cerca, nos resultará familiar. Porque del concepto de familia, además, va el argumento. Shoplifters es un drama familiar donde encontramos retazos de I wish (2011), Like father, like son (2013), After the storm (2016) o Our little sister (2015), cuya reseña podéis leer aquí. Podríamos decir que es el tapiz donde el director ha entretejido los temas principales de esas obras previas, para concebir un nuevo retrato del Japón contemporáneo. Y no resulta una estampa amable, a pesar de la perenne sutileza del estilo de Kore’eda. Shoplifters tampoco es una denuncia social; sin embargo, como slice of life de realismo afilado, no puede evitar reflejar graves taras en la sociedad nipona.

El argumento es muy simple, y desde esa base Kore’eda construye una película que crece en complejidad psicológica conforme avanza, planteando una serie de dilemas éticos profundos, incluso escabrosos. Todo con la usual serenidad de este director, experto en hacer de lo más prosaico poesía. El director perfecciona todos sus recursos habituales en Manbiki Kazoku, corazón y mente quedan sublimados en las corrientes de un sentimentalismo racional que atropella al espectador con sus contradicciones y encrucijadas morales. Pero me estoy adelantando, comencemos por el principio.

Érase una vez que se era, en uno de los países más ricos del mundo, una familia tan, tan pobre que, a pesar de que no les faltaba trabajo, no les llegaba para comer. Abuela Shibata contribuía con su pequeña pensión, mamá Shibata trabajaba planchando, papá Shibata era albañil y la hija mayor, Aki, una bonita adolescente, hacía lo propio en un hostess club.  Shota, el hijo pequeño, intentaba ayudar haciendo pequeños hurtos en supermercados y tiendecillas, alentado además por su padre. Así lograban poder tener algo que llevarse a la boca.

Un día, regresando a casa, encontraron desamparada en un balcón a una niña, que apenas tenía con qué cubrirse en el frío de la noche. La puerta estaba cerrada, no podía entrar, y la criatura se hallaba en un estado de abandono lamentable. Como además oyeron gritos muy violentos de una pareja en el interior, decidieron rescatarla. Ya la llevarían de vuelta a su hogar al día siguiente. Pronto descubrieron que la pobre chica estaba llena de quemaduras de cigarrillos y hematomas, y que el miedo le impedía hablar. ¿Cómo podían sus padres maltratarla de esa forma? Abuela Shibata intentó curarla y darle de comer.

Sin embargo, cuando estaban llevándola de regreso, los escucharon de nuevo discutiendo, pero no preocupados por la desaparición de su hija, sino despotricando con rudeza sobre la niña. Ojalá nunca hubiera nacido, ojalá no existiera, ojalá no apareciera jamás. Los Shibata no se lo pensaron dos veces: no podían dejarla con personas así. Yuri, que ese era su nombre, necesitaba una familia de verdad. Los días pasaron y los medios de comunicación se hicieron eco de la ausencia de la niña, incluso hicieron acusaciones veladas a los padres de ser unos asesinos. Los Shibata se inquietaron, pero tampoco demasiado; y continuaron con sus rutinas, brindándole amor y un genuino hogar a Yuri, que se cambió su nombre a Lin, que le gustaba más. Nueva vida, nuevo nombre. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Por supuesto, la película no finaliza ahí. Ni es un cuento costumbrista de desenlace… feliz. Shoplifters se parece más a una matrioshka, historias inesperadas dentro de otras historias, que ocultan una sordidez y desesperación abrumadoras. Es un film imprevisible. Pero Kore’eda sabe dosificar sus venenos con sabiduría, alterna ternura y sensibilidad con frialdad e inclemencia de forma natural y fluida. Como cuando la luz del sol desaparece al llegar una tormenta. Porque la vida, en realidad, es algo similar. Y el autor nos obliga a revisar frases y acciones de los personajes conforme avanza el film, ya que adquieren nuevos significados, asumen implicaciones distintas.

Japón, a pesar de ser uno de los países más desarrollados del planeta, con escasos niveles de delincuencia además, alberga grandes desigualdades sociales, que se invisibilizan por vergüenza y miedo al deshonor. Pero están ahí, y desde los 2000 en pleno auge. Lo que muestra Kore’eda en Un asunto de familia no es algo excepcional, sino producto de las continuas crisis y el capitalismo neoliberal imperante en el país, cuyas prioridades son discrepantes con unas políticas sociales más humanitarias. En cierta forma, la película muestra la indiferencia del sistema hacia los excluidos, débiles y pobres; hacia todo lo que se halle en los márgenes de la sociedad, que los culpabiliza por su situación e ignora.

Son muchos los temas que trabaja Manbiki Kazoku, pero todos parten de la noción de familia. ¿Qué hace que unos individuos conformen un núcleo familiar? ¿Los lazos de sangre son suficientes? Kore’eda explora también la naturaleza y dinámica de los sentimientos en una sociedad tan poco expresiva como la nipona, que grita en silencio por la necesidad de contacto humano, que reprime su horror hacia esa soledad que la está invadiendo. Cada personaje analiza un arquetipo diferente mediante sus particularidades y rarezas; y ofrece una perspectiva distinta del mundo, recreando un efecto puzzle que, finalmente completado, resulta paradójico. Y triste.

El director es capaz de, a través de un delicado sentimentalismo, disculpar lo que es reprobable. Se mueve en una ambigüedad resbaladiza, entre las brumas de un paraje gris que llegan a justificar la mentira, el robo o el asesinato. La complejidad moral de Shoplifters es fascinante y dolorosa a la vez. Y para ello, Kore’eda se ha servido de una narración mínima pero cristalizada en toda una señora actividad de voyeur, con una edición exquisita, invocando las deliciosas escenas cotidianas de Yasujirô Ozu.

No sé qué añadir más sobre este maravillosa película que no implique destriparla. Es una obra llena de secretos, y de personajes realmente entrañables. El camino al infierno, dicen, está pavimentado de buenas intenciones; y es un refrán que podría encajar bastante bien con Shoplifters. Tiene un ritmo apacible, así que los fogosos es mejor que reduzcáis las revoluciones del motor una miqueta. Es Kore’eda, y este señor siempre se toma su tiempo para contar sus historias. Y esta merece la pena verla. Espero que le vaya bien en la gala y se lleve la estatuilla. Roma también la adoro, pero tiene más nominaciones… y la generosidad es una virtud. ¿O no? Soñar es gratis. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, Noirvember: los bajos fondos de Japón

Noirvember: Flor pálida (1964) de Masahiro Shinoda

Y vamos a cerrar el Noirvember: los bajos fondos de Japón de este 2018 con una película a la que tengo mucho cariño. No he podido evitar dejarme este caramelito para el final, pues se trata de uno de mis noir favoritos. Y si digo favorito me refiero en general, no solo al cine japonés. Flor pálida (1964) o Kawaita Hana de Masahiro Shinoda es una obra maestra de esas que quedan sepultadas bajo las monstruosidades imprescindibles de Kurosawa, Ozu o Mizoguchi. ¿Quién no ha visto, aunque sea solo una vez, Los siete samuráis (1954) de Kurosawa? ¿Qué alma perdida no conoce Tokyo Story (1953) de Yasujirô Ozu?  ¿Y la maestría de Mizoguchi en La vida de Oharu (1952)? Todo el mundo sabe, como mínimo de oídas, sobre estas películas, ya que son auténticas joyas del cine mundial. Y Flor pálida merecería estar también entre ellas, porque no tiene nada que envidiarles. Desgraciadamente, se halla todavía en ese coto hostil del connaisseur, apartado del ojo del gran público donde pertenece.

Pero en SOnC queremos remediar eso, y aunque nuestro radio de influencia es ridículamente exiguo, ¡eso no nos va a desanimar! Algún día, en algún momento del nuevo siglo, un peregrino de internet, perdida por completo la orientación en sus infinitas búsquedas, llegará hasta aquí. Y sabrá, si decide continuar leyendo, de esta extraordinaria película que cambiará su vida. Sin duda.

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De Masahiro Shinoda (Gifu, 1931) ya he hablado en otras ocasiones por aquí, y aunque en mi humilde opinión es un cineasta un poquitín irregular (aunque muy versátil, ojo), las obras que me han convencido de él, sin embargo, me han dejado siempre embelesada. Este señor tiene un refinado gusto por el detalle, una delicadeza plena de sobriedad y, a la vez, ensueño. Y en Flor pálida encontramos eso, a pesar de la ferocidad de las materias que toca. No quiero escribir una reseña excesivamente larga (a ver si lo consigo), porque se trata de un film con un guion muy sencillo, y que está creado para provocar sentimientos encontrados y estimular reflexiones personales. Así que intentaré seguir los consejos del ilustre filósofo Baltasar Gracián, que desde las profundidades del s. XVII nos avisaba de que  “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Ahí queda.

Flor pálida la podemos incluir tanto en del noir como dentro de la Nueva Ola japonesa o Nûberu Bagû. A diferencia de sus hermanas francesa y polaca, nació en el seno de una major, Shochiku. La llegada de la televisión a los hogares estaba alejando a los espectadores de las salas de cine, y las productoras empezaron a idear nuevas formas de atraer a la gente. Nikkatsu, por ejemplo, se enfocó en el público juvenil; y Shochiku, que estaba adquiriendo una peligrosa fama de hortera, decidió apoyar a una nueva generación de directores que abogaban por una renovación profunda del cine. Nagisa Ôshima, Yoshishige Yoshida y Masahiro Shinoda fueron sus adalides, aunque otros creadores como Hiroshi Teshigara, Shôhei Imamura o Yasuzo Masumura, entre otros, aportaron lo suyo. Tomó el relevo de las majors a finales de los 60 The Art Theatre Guild, que continuó apoyándolos.

La Nûberu Bagû, aunque tenía nexos en común con la Nouvelle Vague, no fue solo una buena imitación de la europea. Como era de esperar, adquirió una singular personalidad. La Nueva Ola japonesa buscaba emanciparse de las formas del cine de posguerra, experimentar, encontrar su propio lenguaje y trabajar temáticas hasta entonces impensables, acordes a la realidad social: la discriminación hacia los burakumin y los coreanos, la liberación de la mujer, la alienación de la juventud tras la ocupación norteamericana o la violencia descarnada (para nada heroica) de la yakuza. Fue un movimiento artístico además bastante heterogéneo, donde Flor Pálida brotó no sin ciertas dificultades iniciales, para finalizar siendo un éxito algo controvertido.

Kawaita Hana narra la historia de un yakuza recién salido de la cárcel, Muraki. Asesinó a un hombre de un clan rival. El mundo ha cambiado desde entonces, pero en otros aspectos permanece igual. Sus reflexiones, de tono nihilista y misántropo, abren el film como una tajante declaración de principios. Muraki es un fatalista que acepta con estoicidad gélida su papel. Aun así, siempre seguirá su propia senda, pero con una lealtad absoluta al oyabun, con un respeto devoto a su ceremonia y ritual. Ser yakuza es lo que le define, y lo asume sin titubear. Él es un hombre además austero, y se permite muy pocas indulgencias. La principal de ellas son las cartas hanafuda: le encanta apostar. Y en uno de los locales clandestinos donde yakuza y otras gentes de vida complicada se reúnen para jugar, conoce a Saeko.

Saeko es una niña bien tokiota que está enganchada al juego. Apuesta grandes sumas de dinero, que gana y pierde sin pestañear. Es distante, fría e inteligente, justo el polo opuesto de mujer al que Muraki está acostumbrado. Ambos se perciben de manera inmediata, y la atracción surge de forma natural. Los dos orbitan el uno en torno al otro, sin tocarse, pero más próximos entre ellos que cualquier otro ser humano. Muraki la presenta en nuevos locales de juego donde las apuestas son desorbitadas, pero para Saeko, que es una yonqui de las emociones fuertes, no parece ser suficiente. Sin embargo, la presencia de un nuevo miembro del clan, el hongkonés Yoh, llama su atención. Su fama es nefasta, se trata de un silencioso drogadicto de mirada letal. Muraki instintivamente detecta que es un peligro para los dos, pero a Saeko esa amenaza la excita más.

Hay tres cosas que resplandecen como un reactor nuclear en este film: las personalidades de Muraki y Saeko, el sonido y su elegante composición. El resto casi (y remarco el casi) palidece. Muraki y Saeko son todo actitud. Muraki, una contradicción andante: lobo solitario y fervoroso siervo, clásico antihéroe pero de mediana edad, cauteloso aunque apasionado, un existencialista que vive como un ermitaño y, a la vez, un jugador empedernido; compasivo pero que únicamente es capaz de alcanzar el éxtasis matando. Es un profesional impasible. Saeko, una enigmática femme fatale para la que todo es un juego, que arriesga, gana y pierde con impavidez. Una mujer que desea sentir pero no sabe cómo, y que busca sin cesar ir más allá. Más dinero, más velocidad, más riesgo. Algo que desate un chorro de adrenalina que atrape la euforia, traspasar la muerte.

Ambos aman el silencio, ambos son profundamente inmorales. Y los dos compartirán un extraño amor fou que se expresará a través de los espacios, distancias y vacíos. La suya no es una historia de redención, sino de hundimiento y decadencia. Voluntarios, además. Un cuento de autodestrucción que halla su inspiración en Las flores del Mal (1857) de Charles Baudelaire.

Es curioso que un vértice del triángulo del film apenas haga acto de presencia más que un par de minutos en total. Yoh, el inquietante y pálido toxicómano que nunca juega, solo observa, brillante como el filo de una navaja. Él será el catalizador, una atracción fatal para Saeko en su búsqueda inconsciente de la muerte. La personificación del tan anhelado caos. El resto de personajes secundarios son esbozados con rapidez y trazo grueso, pero son fácilmente identificables: el cachorro violento y fiel, la amante despechada, el colega hedonista y cool, etc. No hay blancos, no hay negros; solo un horizonte infinito de grises.

Pale Flower nos sumerge en los bajos fondos de la ciudad portuaria de Yokohama. Con sus callejuelas estrechas, comercios destartalados y fauna de escasa confianza. Es un paisaje urbano predominamente nocturno, a ratos asaltado por negros chubascos, donde las casas de juegos ilegales se llenan de espesos humos y miradas febriles. Todos se conocen, los extraños deben ser apadrinados, no se aceptan deslealtades. Si algo similar ocurre, la reacción es mortífera. Los oyabun, sin embargo, antiguos enemigos ahora aliados, permanecen casi siempre alejados de la sordidez. Con serenidad cavilan y deciden, entre la cotidianidad de un bol de ramen, una carrera de caballos o la alegría del nacimiento de un hijo. Cuidan de los suyos y no se apresuran en la vengaza. Que llega, siempre llega.

Flor Pálida es magistral en su tratamiento del sonido. Fue el compositor de la banda sonora, el gran Toru Takemitsu, quien sugirió a Shinoda que grabara todos los sonidos posibles, porque los ensamblaría. Y ahí están presentes, como esas llamadas del croupier que resuenan como mantras o el hipnótico repiqueteo de las maderas y las cartas. Estos sonidos moldean una banda sonora de acordes discordantes, completamente dedicada a la exploración de las emociones de los personajes, y casi rozando una gloriosa cacofonía.  La sincronía con los planos y secuencias de Shinoda es insólita. El clímax sexual se alcanza a través de un asesinato, que es plasmado con una valiente iconografía religiosa y la prodigiosa voz de Janet Baker en su “Lamento de Dido”, de la ópera de Henry Purcell Dido y Eneas (1689). Esa sola secuencia, filmada en slow motion, merece el visionado de toda la película.

No hace falta ser un experto para percatarse de la influencia de Godard, Antonioni o del cine negro clásico estadounidense en Flor Pálida. Todas las grandes obras beben siempre de otras; sin embargo, Shinoda incorpora, como no podía ser de otra forma, su propio genio creativo. No hay que perder de vista que trabajó durante años como asistente de Yasujirô Ozu, y heredó su natural elegancia pero dotándola, en este caso particular, de una belleza tenebrosa. Poesía, filosofía y una suerte de realismo brutal, bajo los fuertes contrastes de luces y sombras de los bajos fondos.

Y al final me he enrollado como una persiana. Qué le vamos a hacer. Una se pone a escribir y… pues eso. Espero haber suscitado al menos un poco de curiosidad por Flor Pálida, una película que hiela los huesos. El broche de oro para el Noirvember de este año. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Noirvember: Female Prisoner 701: Scorpion (1972) de Shunya Itô

Estamos ya finalizando noviembre y, como era de esperar, me he dormido un poco en los laureles con el blog. He estado algo ocupadilla, pero aun así no hay excusa porque podría haber organizado mejor mi tiempo. Mea culpa. No obstante, espero subsanar este pequeño vacío con la reseña de una película que se aleja un pelín del concepto general que tenemos tanto del cine noir occidental como japonés. Se podría considerar una especie de ramificación en el género, una evolución; aunque eso supondría simplificar bastante el asunto.

Pero me estoy adelantando, lo primero es lo primero. El film que hoy vamos a destripar en SOnC es Female Prisoner 701: Scorpion (1976) o Joshû Nana-maru-ichi Gô: Sasori, la primera obra de una saga de cuatro películas. Y, aparte de pertenecer al noir, se podría englobar dentro de lo que se llamó Pinku Eiga y WiP films (Women in prison films); ambos incrustados en el celebérrimo, al menos durante los 70’s, cine de explotación o explotation.  Que en Japón, como era de esperar, tuvo sus propias características.

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La prisionera 701: Escorpión

Debo aclarar que no voy a hacer una reseña desde la perspectiva de género, me parece baldío, sobre todo si se sabe un mínimo sobre películas explotation y WiP. Los años 70 fueron, en general dentro del cine, de una misoginia deslumbrante; y si ya nos adentramos en los subgéneros que he acabado de mentar, el asunto se pone realmente doloroso. Son películas que, ante todo, van dirigidas a un público joven masculino ávido de acción, violencia y sexo, por lo que no se pueden encontrar demasiadas sutilezas. La mujer tratada como objeto, simple y llanamente. Sin embargo, soy de la opinión de que no se deben mirar las obras del pasado con las gafas del presente. Resulta injusto. La mentalidad y sensibilidad de los años 70 no es la que poseemos actualmente; y aunque es necesario tener muy claro que este tipo de films serían imposibles de realizar en la actualidad por su machismo rampante, continúan siendo películas de gran interés en otros aspectos, incluso de suma calidad. Una cosa no quita a la otra. De todas formas, he llegado a leer por ahí que Female Prisoner 701: Scorpion es una película feminista (jojojo) y nada más lejos de la realidad. El que opine así vio la película beodo perdido y/o no tiene ni repajolera idea de lo que es el feminismo.

El cine de explotación de los 70, donde encuadramos Joshû Nana-maru-ichi Gô: Sasori, se caracterizaba sobre todo por su rapidez de producción, bajo presupuesto y alta rentabilidad. Eran películas que buscaban llevar a la gente de nuevo a las salas de cine, que en Japón a finales de los 60 se estaban quedando vacías. Y para ello, el reclamo fueron films de temáticas impactantes, contenido efectista y con el potencial de atraer al público juvenil. Y lo lograron.

Female Prisoner 701: Scorpion pertenece, además, al género erótico o pinku eiga, del que Toei creó su propia versión: el pinky violence. Como indica su nombre, se trataba de un subgénero donde violencia y una fuerte sexualización del cuerpo femenino se daban la mano. No obstante, en estas películas las protagonistas no eran simples muñecas en manos de hombres perversos, sino que aparecían como auténticas rebeldes que cuestionaban las estructuras de poder masculinas que las estaban sojuzgando. Espíritus independientes y luchadores en el típico infierno de los WiP films, donde se las sometía a cientos de maltratos, torturas, violaciones, humillaciones varias, etc. Fueron obras, por otro lado, que permitieron mostrar a los japoneses una sexualidad femenina hasta entonces desconocida: fuerte, categórica, resolutiva.

La saga de Female Prisoner Scorpion brilla con luz propia en el explotation nipón, y su estrella indiscutible fue la reina del género Meiko Kaji, que creó un personaje ya mítico: Matsu, la escorpión. Estas películas fueron un punto de inflexión en la carrera de la actriz, y junto a la bilogía de Lady Snowblood (1973-1974), lo más reconocido de su trabajo en Occidente.

En 1971, con su trayectoria comenzando a despegar, Kaji decidió migrar de Nikkatsu, donde había protagonizado obras trepidantes como La maldición de la mujer ciega (1970) o la saga de Stray Cat Rock (1971-1970), a Toei. ¿Por qué razón? Nikkatsu estaba cambiando su política cinematográfica, enfocándose en el Pinku eiga, y Kaji prefería seguir haciendo películas de acción. Su debut en la productora Toei fue impecable, con la serie Gincho: Wandering Ginza Butterfly (1971) y Wandering Ginza Butterfly 2: She-Cat Gambler (1972). Pero fue Female Prisoner 701: Scorpion el film que le hizo destacar y alcanzar la fama. El éxito fue tal que lo que en principio iba a ser solo una película (la que hoy nos atañe) se convirtió en una tetralogía. Las tres primeras fueron el estreno como director del gran Shunya Itô, por cierto. Estos cuatro trabajos resultan, sin duda, la cima creativa del explotation japonés de los 70.

Female Prisoner Scorpion está basada en el manga Sasori (1970-1975) de Tôru Shinohara. Fue serializado por Big Comic y recopilado en 11 tankôbon, siendo un tebeo de gran popularidad en su tiempo. Este prestigio en el mundo del cómic fue el que animó a Toei a dar luz verde al proyecto, pero no fue una adaptación al uso. No he tenido aún la oportunidad de leer este manga, pero por lo que he podido indagar se trata de una obra bastante explícita en lo que se refiere a violencia, sexo y… palabrotas. Un retrato cruel  e hiperbólico de la vida de una mujer injustamente encarcelada. Kaji e Itô se encargarían de modelar esta materia prima para recrear un mundo lleno de espeluznantes sobresaltos.

Female Prisoner 701: Scorpion es la historia de una venganza. Una vendetta cocida a fuego lento, hija de la paciencia y una férrea resiliencia, casi sobrehumana. Nami Matsushima (Matsu) es una mujer enamorada de Tsugio Sugimi, un detective que trabaja en la brigada de narcotráfico. Haría cualquier cosa por él, así que cuando le solicita ayuda para que se infiltre en un club nocturno de la yakuza, ella no duda en hacerlo. Lo que no sabe es que su amante es un poli corrupto hasta la médula, y para congraciarse con los mafiosos la ha vendido como un mero trozo de carne. Es violada por una decena de hombres, y luego Sugimi le arroja billetes al suelo “por los inconvenientes”. Matsu, humillada, traicionada y enferma de ira, intenta matarlo con un cuchillo, pero falla. Así que es encarcelada por conato de asesinato.

Y de esta manera comienza la película: con un intento de fuga por parte de Matsu y otra presa, Yuki, y cómo son atrapadas y enviadas de nuevo a prisión. La cárcel donde se encuentra Matsu no es un presidio cualquiera, está administrado por una caterva de sádicos patriotas que se regodean en el abuso de poder y autoridad. Por supuesto, hay reas que colaboran activamente para sustentar esa estructura de salvajes extralimitaciones, y que disfrutan tanto como sus guardianes atormentando a sus compañeras.

Pero Matsu no es una convicta como las demás. Todos la temen. De la inocente muchacha ultrajada, ha mutado a una mujer fría, perspicaz y concentrada en cuerpo y alma en escapar de la cárcel, para así ajustar cuentas con todos aquellos que la hicieron sufrir. Es peligrosa, porque no deja pasar ni una; y tarde o temprano acaba desquitándose, incluso de sus compañeras de la trena. A causa de su enorme fortaleza estoica y serenidad, suele ser objetivo habitual de crueldades; sin embargo, su fama de tipa dura traspasa los muros de la penitenciaría, por lo que su antiguo amante, junto a sus compinches, deciden eliminarla. Por si las moscas. Para este fin, llegan a un acuerdo con la presidiaria Katagiri, que se encargará de que su muerte se presente como accidental.

No, no es que os lo parezca. Lo es. Matsu vive en el Averno en la tierra. Se encuentra rodeada de letales enemigos en un infecto agujero. Todo hay que decirlo, el explotation nipón, sobre todo sus WiP films, eran muchísimo más oscuros y feroces que sus hermanos occidentales. El prominente nivel de sadismo que pueden alcanzar los japoneses cuando se empeñan siempre me ha sorprendido; resulta de una inventiva casi una miaja preocupante, diría yo. Pero nuestra anti-heroína puede con todo, su tenacidad no tiene límites; su perseverancia es recompensada.

Female Prisoner 701: Scorpion no se distingue por un desarrollo psicológico de los personajes demasiado elaborado (más bien al revés); sin embargo, Meiko Kaji concibió en Matsu un icono pop en toda regla. Su largo y flotante cabello negro, su pamela ladeada, estilizado abrigo y, ante todo, su mirada hipnótica, forman parte ya de la leyenda. Kaji planteó sus propias ideas a Itô, y este aceptó todas las innovaciones que propuso respecto al manga. La primera y más llamativa fue rechazar toda la verborrea malsonante que escupía Matsu en el tebeo, para transformar el personaje en una mujer prácticamente muda. Una maestra del silencio, enigmática y tenebrosa, en cuya expresión corporal y, sobre todo, en sus ojos, recae toda su fuerza. Y menuda fuerza, Meiko Kaji sobrecoge, fascina, aterroriza desde la profundidad abisal de esos iris negros. Es posible que inspirada en el “héroe sin nombre” de Yojimbo (1961) y, a su vez, en el Clint Eastwood  de Por un puñado de dólares (1964), cuya parquedad insolente domina la pantalla.

Meiko Kaji, recordemos, se fue de Nikkatsu por su nueva orientación pinku eiga, por lo que no estaba dispuesta a salir constantemente desnuda en Toei. Así que propuso la idea de que Matsu no apareciera mucho en cueros, que se trasladara todo el peso del nudismo al resto del elenco femenino. Esto hizo que Female Prisoner 701: Scorpion se distinguiera del resto de películas de explotación, donde las mujeres en pelotas eran el plato fuerte. Matsu trascendió las convenciones del género de muchas maneras, entre ellas la de poseer total autonomía y no utilizar su cuerpo como mera gratificación para el público masculino.

Pero por si alguien dudaba de que Meiko Kaji no era el alma de esta obra, el inicio puede presumir de su maravillosa voz, con un tema que es ya un clásico, Urami Bushi, que fue utilizado junto a otra de sus canciones, Shura no Hana, en la saga de películas de Quentin Tarantino Kill Bill (2003-2004). Y no fue lo único que el director italoamericano se llevó bajo el brazo de Female Prisoner 701: Scorpion, por cierto.

Female Prisoner 701: Scorpion, a pesar de todas sus novedades, sigue siendo puro explotation, y no se le deberían exigir las mismas cosas que a un film ajeno al género. Tiene un guion bastante insensato, con una falta de coherencia interna a ratos que desconcierta; aun así, es tremendamente emocionante. La sobreactuación está a la orden del día, que se adapta a la perfección a todos esos recursos teatrales que Itô utiliza; y se nota a la legua que es una adaptación de un manga, porque la fragancia pulp es notoria. Precisamente por tratarse de cine de explotación, Itô pudo permitirse el lujo de introducir elementos del surrealismo, y otorgarle a la película una fuerte carga simbólica. Y así, como quien no quiere la cosa, realizar discretas críticas sociales. Vincular autoritarismo y violencia con la bandera japonesa en ciertos planos no es para nada casual.

La abundancia de planos holandeses, esa iluminación exaltada y su gran riqueza cromática son características que brindaron a Female Prisoner 701: Scorpion un halo avant-garde en el que Itô se explayaría muchísimo más en las dos películas siguientes: Female Convict Scorpion: Jailhouse 41 (1972) y Female Convict Scorpion: Beast Stable (1972). Aun así, el despliegue de imaginación es admirable, como también esa mezcla de terror, brutalidad y belleza le otorga un lirismo inusitado al film. Es elegante, es sangriento, es implacable, es Female Prisoner 701: Scorpion, camaradas otacos.

Si Female Prisoner 701: Scorpion os llega a gustar, las tres restantes de la tetralogía no os defraudarán. De hecho, pueden considerarse películas mucho más redondas. Es una obra que pone a prueba la mentalidad del espectador, sobre todo la de aquellos más jóvenes y menos acostumbrados a las ¿atrocidades? que se perpetraban con naturalidad en el cine del pasado. Female Prisoner 701: Scorpion refleja muy bien la sociedad de esa época, y agrade o no, es el pistoletazo de salida de una saga cinematográfica clásica e imprescindible. Con sus virtudes y unos cuantos defectos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Noirvember: El perro rabioso (1949) de Akira Kurosawa

El siguiente film seleccionado para Noirvember: los bajos fondos de Japón fue dirigido por otro habitual de SOnC: Akira Kurosawa. La verdad es que llevar un blog sobre cultura popular nipona y no mentar ni una sola vez a Pantanonegro-sensei tendría bastante delito. Y si ya nos adentramos en los cenagosos territorios del noir, su presencia es obligatoria. No soy ninguna experta en cine, pero sí me considero cinéfila; y de su faceta dedicada al thriller criminal he visto El ángel ebrio (1948), El perro rabioso (1949), Los canallas duermen en paz (1960) y El infierno del odio (1963).

Para la entrada de hoy he estado dudando entre las dos primeras bastante. El ángel ebrio es una de mis películas favoritas de Kurosawa; sin embargo, ha resultado vencedora El perro rabioso o Nora Inu. Tras un fin de semana intenso revisionando cintas, el cuerpo me ha pedido más esta. A pesar de que noviembre no sea la época del año más adecuada para hacerlo. O quizá sí. Casi es preferible observar desde la distancia de un mes más frío el bochorno implacable del verano tokiota, ¿no creéis?

A finales de la década de los 40, la todopoderosa productora Tôhô se encontraba sumida en una serie de huelgas laborales que provocaron la salida de bastantes directores, técnicos y actores de entre sus filas. Durante la tercera, Kurosawa también decidió irse y dirigir para Shintôhô, recién fundada por ex-trabajadores de Tôhô, El perro rabioso. O “perro callejero”, creo que esa habría sido una traducción más fiel y acorde al espíritu de la película. Para este menester contó con la ayuda del que sería a partir de entonces un colaborador frecuente: el brillante Ryûzô Kikushima. Juntos, Kurosawa y él, adaptarían a guion cinematográfico una novela inédita del propio director.

Creo que fue la única vez en la carrera de Pantanonegro-sensei que se realizó algo semejante, lo que convirtió a Nora Inu en una obra especial dentro de su filmografía. Él tenía muy claro que para ser un buen director de cine tenía que aprender primero a escribir buenas historias y buenos guiones. Por aquel entonces, Kurosawa era un ávido lector de novela negra, y deseaba trasladar a lenguaje cinematográfico los relatos que leía de Dashiell Hammett y, sobre todo, los del belga Georges Simenon. Este último fue una inspiración clave a la hora de escribir su narración, influencia reconocida además por el mismo director.

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Akira Kurosawa, Toshirô Mifune, Takashi Shimura y Noriko Sengoku durante una de las agotadoras reuniones que mantenían en el rodaje de “Nora Inu”. Sengoku-san parece especialmente cansada.

Repitiendo el dúo protagonista que tan bien funcionó en El ángel ebrio, Mifune y Shimura interpretan al detective Murakami y al jefe de detectives Satô. Murakami, joven, novato e idealista; Satô, maduro, experimentado y pragmático. Una de las primeras veces (si no es directamente la primera) donde podemos disfrutar en la gran pantalla del binomio mágico de los buddy cops, que darían más tarde lugar a todo un subgénero de films de bastante éxito en los 80 (48 horas, Arma Letal, Tango & Cash, etc).

La historia comienza con el robo del arma reglamentaria de Murakami mientras viaja en un autobús abarrotado. Una Colt, su Colt. Un descuido imperdonable por su parte. ¿Cómo es posible que una fuerza de la ley haya sido burlada de semejante forma por un carterista de poca monta? ¿Qué es un samurai sin su katana? ¿Y un soldado sin su arma? Porque Murakami tiene un sentido del honor tradicional muy arraigado. Por eso, avergonzado, presenta su dimisión que, por supuesto, no es admitida. Así que, para recuperar un poco su dignidad, decide buscar personalmente al ladrozuelo y su pistola. De forma obsesiva y metódica. Sus pesquisas lo llevarán a toparse con el detective jefe Satô, y juntos seguirán la pista del arma por los bajos fondos de la ciudad.

Este podría ser un resumen, bastante breve por cierto, de Nora Inu. Pero, como imaginaréis, hay mucho, mucho más. El jefe de detectives Satô, por ejemplo, no aparece hasta la segunda mitad del film; antes, Murakami ha estado recorriendo por su cuenta el mercado negro de la ciudad y otros turbios andurriales. Todo por intentar localizar su Colt. Pero resulta bastante complicado hasta que el delincuente que la tiene en sus manos comienza a usarla. En esa época no era nada fácil encontrar munición, por lo que las balas de la pistola de Murakami son casi como una cuenta atrás. Es perentorio atrapar al criminal lo antes posible para evitar males mayores. Así que se convierte todo en una perserverante labor de investigación. Tirando del hilo, siguiéndolo a ciegas en el caótico laberinto del Tokio de posguerra.

Porque si hay algo que caracteriza este Perro rabioso es el minucioso naturalismo de sus paisajes urbanos. Aquí Kurosawa, aparte de rendir vasallaje al noir con su fulminante autopsia de la época, casi tan gélida como una crónica de sucesos, no duda tampoco en poner su historia de facinerosos al servicio del neorrealismo. Quizá por eso esta película es menos negra de lo que podría esperarse, y bascula hacia el drama cotidiano también. Se hallan ecos de El Ladrón de bicicletas (1948) de De Sica, con ese retrato tan melancólico y escrupuloso del Japón ocupado, del Japón humillado y sumido en una realidad de sordidez, miseria y cartillas de racionamiento. Un país todavía en ruinas humeantes que oscila entre el escapismo del espectáculo gregario e hipnótico del vencedor (béisbol), y la tenaz lucha diaria por sobreponerse con pundonor al desastre. Y para salir adelante no todos eligen la senda del bien.

Kurosawa no dudó en utilizar directamente la misma capital nipona como escenario, los exteriores son todos reales; y gran parte de su grabación se la debemos a Ishirô Honda, que más adelante se haría célebre gracias a Godzilla. Prostíbulos, mercados callejeros, cabarets, barrios resurgiendo de los escombros o salones de juegos desfilan ante nuestros ojos junto a su fauna correspondiente: desempleados, chiquillería sin hogar, fulanas, yakuza y rateros. Un retrato fiel y desapasionado de su era donde Pantanonegro-sensei introdujo un elemento que acabó dominando la densa atmósfera del film y doblegaría todas las voluntades: el calor asfixiante del estío. Esta incandescencia se alzó como un protagonista en sí mismo, alcanzando el clímax durante una tormenta que, como no podía ser de otra forma, arrastraría consigo toda la historia. El tiempo meteorológico como alegoría. ¡Excelente!

Los asesinos son como perros callejeros. ¿Sabes cómo actúa un perro callejero? Hay un poema sobre ello. Los perros callejeros sólo ven lo que van buscando.

Detective jefe Satô

Esta cita pertenece a un diálogo que tiene lugar en la apacible casa de Satô, donde vive con su esposa e hijos. Sentados en el porche, bebiendo mientras se desliza la noche con calma. Un remanso de paz en la vorágine de un Japón todavía perplejo. En esta conversación que mantienen Murakami y Satô quedan claras sus posturas frente a la naturaleza del crimen. ¿La miseria propicia la maldad? ¿El delincuente nace o se hace? Satô se considera simplemente un agente, y deja las reflexiones más profundas para los filósofos. Concibe la vida en blancos y negros, y esa noción le ha procurado bastantes éxitos profesionales. Su trabajo no es preguntarse por las inquietudes vitales del criminal, sino atraparlo. E impedir que delinca de nuevo. Murakami, sin embargo, desea indagar más allá. Opina que las circunstancias sociales y personales afectan de manera trascendental en los malhechores, y no puede evitar sentir cierta empatía por ellos.

Y he aquí que topamos con un concepto importantísimo: el del libre albedrío. Yusa, el ladrón que tiene la Colt del detective, comparte muchas similitudes con Murakami; y este, a pesar de sentirse cada vez más culpable y angustiado por la escalada de violencia, se siente también, en cierta forma, identificado con él. Tanto que llega un momento en la película donde se revuelcan literalmente en un lodazal del que es casi imposible distinguir a uno del otro. Sin embargo, son dos personas diferentes que en circunstancias idénticas optaron por un modus vivendi muy distinto. En ese aspecto, Kurosawa se guarda mucho de deshumanizar al delincuente. Es más, lo presenta como un hombre triste y enamorado, casi invisible hasta los últimos minutos de la película. Lo conoceremos a través de su humilde familia, conocidos, amante y terribles actos.

Pero no solo el retrato psicológico de Yusa es interesante, el de casi todos los personajes resulta profundo y sustancial. Kurosawa rasga el argumento con pequeños tijeretazos para entregarnos fragmentos de la mente y vida de sus protagonistas: la carterista Ogin mirando las estrellas, Harumi bailando con su traje nuevo, Murakami llorando a las puertas del quirófano, etc.

El perro rabioso es como una flecha, directa y lineal. Con un desarrollo pausado al inicio, que prosigue in crescendo y se precipita al final. La música del grandísimo Fumio Hayasaka, así como su uso del contrapunto en ciertas escenas en las que campa la ironía, son la herramienta perfecta para impresionar a un espectador que ya se encuentra medio obnubilado. Fascinado por la maestría técnica del film, tanto por sus planos, brillante edición o composición escénica. Todo hay que decirlo, Kurosawa durante muchos años criticó este Nora Inu precisamente por su excesiva perfección técnica, aunque al final se reconcilió con él.

Este film es una de esas primeras obras en las que ya podemos empezar a distinguir a ese Kurosawa majestuoso que conocemos en Occidente. Aunque no esté incluida entre sus películas más legendarias, El perro rabioso es una gran cinta por sí misma, un paso adelante en el cine japonés y preludio de lo que décadas más tarde sería una triunfada. Un trabajo pionero y visionario que todo fan del noir (y de Japón) no puede perderse bajo ninguna circunstancia. He dicho. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, largometraje, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: Yojimbo

Seguimos desgranando las Peticiones Estivales, ya muy cerquita de que lleguen mis vacaciones (¡bien!), y con mi amado otoño a la vuelta de la esquina. Los calores van mitigando su intensidad y por las noches es posible incluso domir algo. Aunque hoy hemos tenido 36 rotundos grados, han sido completamente soportables.

La presente reseña ha sido sugerencia de Ange, que hace unas semanitas cumplió 8 años en el mundo blogueril, ¡felicidades! Toda una veterana con su indispensable El libro de Ange, que os invito a que lo visitéis si no lo conocéis todavía. Ange es una de las personas más alegres y optimistas de mi círculo otaco, siempre animando y apoyando a los demás de forma desinteresada. ¡Muchas gracias por estar siempre ahí, eres un solete!

Y la petición que ha realizado a SOnC son palabras mayores, Ange no se ha ido por las ramas: el clasicazo cinematográfico Yojimbo (1961), de Akira Kurosawa.

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No es la primera vez que cometo el sacrilegio de escribir sobre el cine de Kurosawa, también creo que de Yojimbo se ha disertado muchísimo. No podía ser de otra forma, es una obra maestra. Y a pesar de que no voy a aportar nada que no se haya dicho ya, este film merece su pequeño espacio en SOnC. No es mi cinta favorita del director, sin embargo es una de sus películas más aclamadas y célebres. Gracias a ella cambiaron muchas cosas, el western como género no volvió a ser el mismo, así como las películas sobre mafiosos. Su influencia y halo se extienden por el cine de todo el planeta, se trata de uno de esos imprescindibles al que no queda otro remedio más que reverenciar.

Yojimbo o yôjinbô significa en japonés “guardaespaldas”, y es la ocupación del protagonista del film. O más bien deberíamos decir su no-ocupación, porque a pesar de que son requeridos sus servicios como tal, no llega a trabajar de ello con integridad. En ningún momento. Fue la vigésima película de Akira Kurosawa, la segunda con su propia productora, ya que el resbalón comercial (que no artístico) de la estupenda La fortaleza escondida (1958), animó al director a desligarse un poco de Toho, e invertir su propio dinero en sus películas. Este hecho cambió muchas cosas, como podréis imaginar.

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Sugino-sensei instruyendo a Mifune en el set de “Yojimbo” bajo la atenta mirada de Kurosawa.

Comenzó a prestar más atención a las obras de productoras competidoras como Toei, a la que tenía una tirria bastante considerable, y parece que su profunda antipatía hacia esta compañía lo llevó a concebir la bilogía de Yojimbo (1961) y Sanjuro (1962). Una respuesta al yakuza-eiga y ninkyô-eiga (cine de mafiosos) que los estudios en Kioto de Toei producían como longanizas. Kurosawa no compartía esa idea romántica del mafioso o forajido de corte tradicional que Toei trabajaba, estaba un poquitín más cerca quizás de lo que Nikkatsu Corporation produciría a lo largo de los 60; por lo que el director decidió crear su propia versión del género, mofándose del ideario del género, y logrando así engendrar un hermoso y decisivo film en el que el western clásico, el chanbara y el cine de gánsteres se estrecharon la mano con pompa y alegría.

El argumento es sencillo en extremo, cuenta la historia de un rônin (Toshirô Mifune) que, dejándose llevar por el puro azar, llega a un pueblo desolado donde la ley no existe, y sus habitantes viven aterrorizados, escondidos dentro de sus hogares. La causa es la guerra abierta entre dos clanes rivales yakuza por el dominio del territorio, y nuestro protagonista decidirá sacar partido a la situación ofreciendo sus servicios como espadachín. Pero el rônin, al igual que los dos bandos enfrentados, no jugará limpio.

El guerrero a sueldo se presenta a sí mismo como Kuwabatake Sanjurô, que es como no decir nada, pues se trata de un nombre escogido al albur mientras mira por encima de una ventana un campo de moras (kuwabatake es mora y sanjurô es su edad, 30 años). Sanjurô no vende barata su pericia como yojinbô o guardaespaldas, y habiendo demostrado gran habilidad en una reyerta, los dos jefes yakuza lucharán por tener su katana de su lado. Sin embargo, el rônin sin nombre aprovechará la situación para jugar a dos bandas, como si se tratara de un tablero de ajedrez, maximizar así su beneficio económico y, de paso, verlos con placer cómo se destruyen mutuamente. Su plan parece encarrilado hasta que llega a la ciudad Unosuke (Nakadai Tatsuya), hermano de uno de los oyabun, armado con una pistola y más sagacidad de la que a Sanjurô le gustaría.

Así queda esbozada la narración de Kurosawa, donde quedan reflejados muchos de los temas habituales de los westerns: el héroe solitario, de alma torturada, que debe tomarse la justicia por su mano ante la ausencia de esta; gente indefensa y a la merced de villanos, necesitada de protección y, uno de los más importantes: la batalla entre modernidad y tradición. Yojimbo tiene lugar en un momento impreciso después de la Restauración Meiji (1868), durante el cual Japón se abrió de nuevo al mundo y tuvo que dejar atrás el viejo sistema feudal y sus satélites. Un cambio de vastas proporciones en el que todavía los japoneses andan un poquillo enredados.

Yojimbo tuvo un éxito inmediato en Occidente, de hecho es la película de Kurosawa más conocida y celebrada por estos lares. Quizá porque toca notas muy familiares para nosotros, es una obra que hiede a Hollywood; no en vano, al señor Pantano Negro se le considera el director japonés más occidental de todos. Por esa basculación hacia la cultura dominante extranjera se le criticó muchísimo en su país.  Pero en este film no solo brota la admiración de Kurosawa hacia John Ford, el escritor de hard-boiled Dashiell Hammett o Federico Fellini. Yojimbo tiene mucho de nipón también a pesar de que sus detractores solo vieran sombras gaijin en él; la influencia de las convenciones del teatro kabuki son incuestionables y manifiestas, por ejemplo.

El mismo protagonista, Sanjurô, es una creación que se rastrea en el cine japonés. Cierto que puede recordar bastante a Humphrey Bogart por esa moralidad dudosa, egoísmo recalcitrante y pasado enigmático; sin embargo, ya en el cine mudo de las islas podemos encontrar anti-héroes protagonizando historias que despojan de todo tipo de idealización la figura del guerrero. Una muestra clara sería la visionaria Orochi (1925) de Buntarô Futagawa (reseña aquí), película que os recomendé el año pasado ya con mucho, mucho, pero que mucho fervor.

Sanjurô es un mercenario (y muy bueno, por cierto), y como tal actúa. Se encuentra en un campo de batalla donde ambas facciones son maliciosas, traicioneras y ruines; por lo que se adaptará al entorno no solo para sobrevivir, sino para pasarlo bien un ratejo. No es un samurái, no se debe ya al bushidô; es un hombre de su tiempo, un individuo aclimatado a las circunstancias de una nueva era. Por eso, con calma y sobriedad, hará gala de una fría inteligencia al servicio exclusivo de sí mismo. Nadie sabe cuáles son sus verdaderos propósitos. Mifune y su genial interpretación originaron el que ya es un arquetipo por derecho propio: el ¿héroe? sin nombre. Sanjurô será siempre recordado por su parquedad insolente, su belicoso espasmo en la espalda, rascarse la barbilla mientras cavila y el lento masticar de un palillo en su boca. Un rônin de espíritu travieso y poco de fiar.

Unosuke, antagonista absoluto de Sanjurô, se encuentra totalmente a la altura de tremendo protagonista; un guerrero peligroso y tan viajado como él que se las hará pasar putas de verdad. El resto de personajes en la película destacan por ser unas maravillosas caricaturas, personajes pulp esperpénticos que dotan a la cinta de un aroma casi surrealista. Sus presencias son esenciales en el film. Porque Yojimbo tiene mucho de comedia negra, es una obra plena de sarcasmos, una parodia, como antes comentábamos, de las ninkyô-eiga realizada con un sentido del humor perverso. Y gusto exquisito. Aunque, por supuesto, Yojimbo se convirtió en algo mucho, mucho más grande de lo que todos esperaban.

Yojimbo es la obra más accesible de Kurosawa, con un guion ingenioso y emocionante, de ritmo agradable y ejecución impecable. Todo lo bueno del lenguaje de Kurosawa está en Yojimbo, pero en formato masticable. Como director de fotografía trabajó el incomparable Kazuo Miyagawa, que ya había colaborado con Kurosawa en Rashomon (1950), y que en Yojimbo brilló de manera espectacular. La sencillez de la historia aúna fuerzas con una puesta en escena asimismo austera y polvorienta, donde los planos panorámicos y de ángulo ultra-preciso intensifican el vacío y soledad que rodean a Sanjurô.

¿Y qué decir de la banda sonora? No encontramos en ella nada de la esperada música tradicional japonesa, sino unas composiciones que beben del jazz, con arreglos de aire oriental pero ritmos latinos frenéticos. Y dosificada con meticulosa atención a lo largo de la película, otorgando protagonismo a los silencios, a los diálogos. No hay duda de que Masaru Satô volvió a hacer historia con este trabajo.

No se puede terminar una reseña dedicada a Yojimbo sin nombrar su plagio más famoso y que se ha ganado, además, un lugar por méritos propios dentro de la historia del cine. Me estoy refiriendo a la insigne y egregia Por un puñado de dólares (1964) del también insigne y egregio maestro del spaghetti western Sergio Leone. Porque sí, es un plagio como la copa de un pino de Yojimbo. Rodada en España, fue una película que costó producir 200.000 $ y por la que recibió Clint Eastwood, siendo este su primer papel protagonista, 15.000 $. Recaudó luego en total casi 15 millones de dólares, de los cuales la mayoría fueron al bolsillo de Kurosawa. En realidad el director japonés ganó más dinero a través de la demanda que interpuso que con la película. Cosas de la vida.

Los productores de Por un puñado de dólares no habían logrado hacerse con los derechos de Yojimbo, pero esta nimia circunstancia no los amilanó. Decidieron continuar con el proyecto variando algunas cosillas de la obra original y prau. ¡Alegría! Lógicamente, esto no sirvió absolutamente de nada, porque Leone además se permitió el lujo de realizar un calco casi perfecto de Yojimbo. Kurosawa, bastante enfurecido, los demandó y fueron a juicio. Todo este asunto, como era de esperar, incrementó la popularidad de ambas películas, y no impidió que Sergio Leone prosiguiese dirigiendo dos secuelas más, Por un puñado de dólares más (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), que son a día de hoy componentes de una trilogía indispensable y clásica dentro del género.

Yojimbo fue un antes y un después en el chanbara y el western. Ha influido de manera notable incluso en franquicias como Star Wars o tebeos como Usagi Yojimbo. Forma parte ya de la cultura popular de Occidente, lo que no pueden decir muchas obras niponas. Y aunque esto no suponga ser una virtud per se, sí nos habla de su enorme trascendencia, de las barreras culturales llenas de prejuicios que ha tenido que superar. Yojimbo es una película sobria y muy, muy divertida; de visión obligatoria para todo aquel que se considere amante del cine. Un film con un objetivo simple y puro: entretener. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, manga, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: Umimachi Diary

¡Más, más Peticiones Estivales! No me canso de repetirlo pero, ¡este año me tenéis muy contenta! Han sido bastantes vuestras sugerencias y muy variadas, ¡os lo agradezco un montón! Así que, ¡proseguimos! Esta vez con la proposición de Jane, que junto a Umibe llevan el prodigioso blog El Destino de la Flor de Cerezo. Cierto que se encuentran en una especie de estado de hibernación desde hace unos mesecillos, pero sus contenidos ahí los tenéis y os prometo que merecen la penita de verdad.

La petición de Jane es la mar de interesante, se trata de la obra Umimachi Diary, un manga creado por Akimi Yoshida, que esta temporada de verano está siendo un poco más conocida entre la otaquería por ser la artífice de Banana Fish. Un tebeo que, por cierto, os recomiendo (ya caerá por aquí, ya); y su adaptación animada me parece de lo mejorcito del estío. Por ahora. Regresando a Umimachi Diary o Diario de un pueblo junto al mar (2006-2018), se trata de un cómic que ha finalizado hace nada, el 28 de junio de este mismo año. Fue publicado por Flowers y, si no me equivoco, consta de 8 tankôbon a la espera de que recopilen los últimos capítulos para cerrar la serie con 9 totales.

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Como podréis imaginar, no he tenido la oportunidad de leerlo completo; pero algo he podido ojear ya que nuestros vecinos franceses (benditos sean), lo están publicando bajo el nombre de Kamakura Diary a través de Kana. Sería maravilloso que alguien en España se animara también a traerlo (¿Tomodomo?, ¿Milky Way? ¿Ponent Mon? ¡Quién sea!), porque es oro puro. Akimi Yoshida es una mangaka curtida en los menesteres del shôjo y el josei, con tres Shôgakukan bajo el brazo por Kisshô Tennyo (1983), Yasha (1996) y Umimachi Diary (2006); y varias nominaciones a los premios Tezuka y Taishô. De hecho, El diario de un pueblo junto al mar ganó el Excellence Prize del Japan Media Arts Festival en 2007 y el Taishô en 2013. Yoshida-sensei no es una cualquiera, y sus trabajos siempre se han caracterizado por otorgar a las demografías femeninas un enfoque distinto. Creo que es algo que muchos están descubriendo gracias al anime de Banana Fish. Y eso es estupendo.

Umimachi Diary es un manga muy querido en las islas, ha tenido hasta su adaptación al teatro. Pero sobre todo es conocido por su versión cinematográfica, Our little sister (2015), dirigida por Hirozaku Kore’eda. Fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en Cannes y, aunque no ganó ningún garladón del festival, sí tuvo bastante repercusión en Occidente, con excelentes críticas en los medios especializados además. Se llevó el Premio del Público en el Festival de San Sebastián, y recibió varios en su casa por parte de la Academia de Japón.

¿Sobre qué escribir? ¿Del manga o de la película? Dado que todavía no puedo hacer una reseña completa del cómic como se merecería y del film sí, pues hoy toca cine. No es por falta de ganas, y podría hacer una pequeña review sobre lo que he leído (2 volúmenes por ahora), pero prefiero reservarme y finalizarlo. Quizás con la insensata esperanza de que alguna editorial lo publique (¡por favor, por favor!) en estos lares; y si no, tirar, como ya es costumbre, de la France. Por otro lado, soy de la opinión de que los géneros y demografías considerados (ejem) femeninos (josei, shôjo, romance, etc), no son tales, sino que pertenecen a todos. Igual que los catalogados masculinos, que ya de serie se consideran universales y nadie dice ni pío. Umimachi Diary lo puede leer cualquier mozo, que os aseguro que no perderá su hombría; y tiene el indudable potencial de hacer disfrutar a cualquier ser humano, a no ser que se deje abrasar por los prejuicios. En ese aspecto, Akimi Yoshida ha hecho siempre un trabajo excelente, derribando cuando ha tenido ocasión convencionalismos.

Umimachi Diary es un drama costumbrista que nos introduce en la vida de cuatro hermanas en Kamakura. Esta ciudad, situada al sur de Tokio, es conocida por su potente tradición religiosa e histórica, un lugar con gran afluencia de turistas por su localización privilegiada junto al mar. En el manga la población tiene una fuerte presencia que en el film se diluye bastante, así como también la personalidad de las chicas y otros personajes se pierde un poco. Reconozco que es muy difícil realizar una adaptación completamente exacta a la obra original, son dos medios diferentes con dos lenguajes distintos; por no hablar de que no se busca una mera traslación, sino que el nuevo vástago tenga su propia esencia y valía. Pero… pero. Echo de menos el sentido del humor de Yoshida, las reverendas borracheras de Yoshino, la dulce insensatez de Chika y su pelo afro, esa malicia inofensiva del cotilleo entre hermanas, los hilarantes diálogos internos, etc. Sin embargo, you can’t always get what you want. Y, ¡qué diablos!, la película Our little sister, ya os adelanto, también es muy requetebonita.

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Las hermanas Kôda, Sachi, Yoshino y Chika, acaban de entererarse de que su padre ha muerto. En los últimos 14 años no han sabido gran cosa de él, pues dejó a su madre para irse con otra mujer. A su vez, su madre, incapaz de asimilar lo sucedido, huyó también dejando a sus tres hijas con la abuela, que las crió en su vieja casa. Fallecida esta, continuaron viviendo en ella. Sachi, la mayor, trabaja de enfermera en el hospital, Yoshino en una oficina bancaria, y Chika en una tienda de deportes. Las tres tienen formas de ser muy distintas, y se han ido adaptando a sus circunstancias familiares como han podido. Sachi es la que más recuerda a su padre y el antiguo hogar, con un lógico resentimiento hacia sus progenitores, pero ha sabido siempre mantener bajo un estricto control sus emociones.

Sachi, en un principio, se escuda en que tiene turno de noche para no acudir al funeral, en Yamagata, donde su padre había rehecho su vida regentando un ryokan. Ahí, en el agreste Tôhoku, se había casado por tercera vez, al fallecer su segunda esposa, y había disfrutado del aprecio y estima de los que le conocían. Para cierta sorpresa de las Kôda, era considerado una persona buena y amable con todos. De él había cuidado durante su enfermedad su hija Suzu, de 14 años, retoño de la esposa número dos. Las Kôda no pueden evitar sentir cierta curiosidad por conocer a su media hermana, apenas una adolescente, y se sorprenden de su consideración y entereza. Sachi, que acude al final, se ve reflejada inmediatamente en ella: una cría a la que han arrebatado la niñez,  ha tenido que aprender a madurar de forma muy dolorosa y que se ha quedado sola en el mundo. Así que, en contra de su manera de actuar, se deja llevar por un impulso y la invita a vivir con ellas en su hogar de Kamakura.

Este es el punto de partida de un slice of life sereno y emotivo, pero maravillosamente falto de sentimentalismo. Y es que la ausencia de melodrama, en una historia como esta plena de sinuosidades que rozan lo rocambolesco, es milagrosa. Las hermanas Kôda llevan a la hija de la persona que les arrebató a su padre a vivir con ellas. Su medio hermana, una chica inocente sin otra familia que ellas. Y Suzu es muy consciente de la situación, no es ninguna tonta, sabe que su presencia revive antiguos agravios. Our little sister plantea un laberinto emocional donde todas tienen asignaturas pendientes de una manera u otra, un dédalo en el que se desliza la culpabilidad.

Kore’eda es todo un experto en lidiar con los sentimientos humanos con sutilidad y delicadeza, y eso es lo que nos muestra en Umimachi Diary: el universo femenino japonés, rico, generoso y lleno de contradicciones. Es inevitable evocar Las hermanas Makioka (1936) de Junichirô Tanizaki o el clásico occidental Mujercitas (1868) de Louisa May Alcott conforme vamos viendo la película; así como, por mucho que le moleste al director, la sombra de Yasujirô Ozu en la forma que tiene de crear poesía. Sin azúcar ni artificios, con hermosa simplicidad y ternura. Un shôshimin-eiga honesto de lo que es ser mujer en Japón en la actualidad, y no es para nada fácil.

Our little sister es un drama familiar realista que plasma lo cerrada y encorsetada que es la sociedad japonesa. El pudor a la hora de expresar los sentimientos hace que se enquisten, ulceren profundamente por dentro. No es casualidad que no sea casi hasta el final de la película que ninguna se atreva a hablar de forma abierta y franca de su padre. Una comunicación franca y honesta siempre es necesaria entre personas que se quieren, desahogarse también es indispensable para poder continuar adelante con la vida. Cada hermana es retratada de manera individual, con una profundidad psicológica acorde a la importancia de su personaje, por supuesto, pero todas colman con sus pensamientos y emociones la vieja casa en la que viven. Una casa rebosante de recuerdos y sentimientos entretejidos con ligereza, pero fuertes e impetuosos a la vez. La relación entre ellas es natural, fluida, casi mágica.

Es significativa la continua presencia de la muerte. La película comienza y acaba con un funeral, y las alusiones a ella no son pocas. Las personas vamos, venimos y, al final, desaparecemos. Como todo en el mundo. Es la futilidad de la existencia. Sin embargo, los japoneses han sabido hallar en esa impermanencia la más exquisita de las bellezas. Umimachi Diary rezuma de mono no aware, impregnando con su dulce melancolía la cadencia del film. La conmoción ante lo efímero de la vida es la que conduce, en cierta forma, a estas hermanas hacia la purificación del perdón. El perdón para sus padres, el perdón para ellas mismas.

Our little sister trabaja a distintos niveles, su complejidad es admirable a la hora de cristalizar el desconcierto y los matices de las emociones humanas. La terrible dependencia de la mujer japonesa hacia el hombre, la necesidad imperiosa de tener un interés amoroso y/o casarse. Todo esto en una sociedad que responsabiliza únicamente a la mujer del fracaso de las relaciones sentimentales o el matrimonio, ellas solas cargan con la culpa completa. Su obligación es servir a su pareja o marido, hacerles sentir bien; si las abandonan, es porque no están cumpliendo con su papel. Por eso la madre de las hermanas Kôda es acusada de que su marido se fuera con otra. Su padre es considerado, recordemos, un buen hombre; aunque en realidad fuera un cobarde que se preocupara más de los demás que de su propia familia, y cuya debilidad de carácter lo hacía incapaz de asumir sus errores. Y es precisamente cuando las cuatro hermanas son conscientes de todo esto, que logran liberarse y conseguir cierta paz. Sentirse personas plenas y autosuficientes sin la necesidad perentoria de una presencia masculina. Ellas mismas se bastan, ellas mismas conforman un núcleo familiar perfecto. Llegar a una conclusión así en la sociedad nipona no es cualquier cosa, ojito.

Diario de una ciudad junto al mar es un recorrido por las vidas de cuatro mujeres, los lugares que habitan, sus gustos, sus experiencias, sus heridas. Los deliciosos tentempiés que prepara la dueña de la cantina La Gaviota; la paciente elaboración casera de licor de ciruela; la inmediata camaradería entre las Kôda y Yuzu; las recetas gastronómicas de la familia y sus degustaciones; la primera pedicura de Sachi con esmalte rojo; etc. La película está repleta de detalles muy humanos y creíbles, pero siempre con una mirada amable y bondadosa. Todo en ella invoca un lirismo elegante que mediante planos medios y largos otorga una silenciosa intimidad de voyeur. Para los diálogos, planos cortos en interior de gran intensidad.

Se trata de una obra que va desarrollándose con calma, adaptándose a la evolución psicológica de los personajes. Cada hermana ocupa el espacio de un cliché: la mayor, responsable y seria, motor incuestionable de los cambios; la mediana, rebelde y con mala suerte con los hombres; la tercera, desenfadada y candorosa; la pequeña, tímida y buena deportista. Desde luego, Umimachi Diary no va dirigida a un público impaciente, y la ausencia de un clímax destacado marchita un poquito su desenlace. No obstante, el trabajo de las actrices es en verdad memorable, y a pesar de que no sea la película más original de Kore’eda, resulta un film estupendo que debería remitir al espectador de forma inmediata al manga.

Our little sister es una bonita película que hará las delicias de los amantes del costumbrismo clásico japonés, con muchas reminiscencias budistas (tiene lugar en Kamakura, no obstante), y un aspecto visual impecable, transparente y de gran pureza. Su guion, que parece exhala cierto aroma culebronesco, no puede resultar más engañoso en ese aspecto, pues oculta temáticas más hondas de lo que cabría esperar. En resumen, un film agradable y bien confeccionado, aunque no alcance la excelencia (ni falta que hace). Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, largometraje

Memphis por la noche, Elvis en el tuétano

Debería haber publicado esta entrada hace ya algún tiempo, pero al final ha tenido que ser hoy. Estoy terminándola de escribir de madrugada, porque es de noche cuando mejor trabaja mi cerebro; y Mystery Train (1989), además, es una película nocturna y calurosa. Como ahora. Y perfecta para verse así. En la oscuridad y sudando. Es una de las pocas cosas que me gustan del verano: sus tinieblas.

Mystery Train es una película del año 1989 estadounidense dirigida por Jim Jarmusch. Jarmusch es un tipo bastante peculiar, es de Akron, Ohio. Con eso lo digo todo. De allí son Devo y The Black Keys, gente rara también. Y saco a relucir la música porque forma parte indispensable del film, sin duda. Su director es un melómano empedernido, un enamorado de la música popular del s. XX, y es algo que en casi todas sus películas ha dejado muy, muy claro.

Y os preguntaréis, ¿qué coño hace una película gringa en SOnC? Ya sabéis que aprovecho cualquier resquicio japonés en obras occidentales para escribir, y Mystery Train me ha ofrecido esa grieta de varias maneras. La productora del film fue JVC (The Japanese Victory Company) que, por si no lo sabéis, fue la empresa inventora del VHS; y un tercio de la película tiene de protagonistas a una pareja nipona. Desde mi punto vista, motivos suficientes para hacerle un espacio en el blog.

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Mystery Train es un tríptico que despliega sus alas membranosas de murciélago con esa parsimonia tan típica de Jarmusch. Tres historias, tres bellísimos poemas dedicados al vacío, la decadencia y la soledad. Sin dramas, sin frenesí, solo cierto erotismo musical que lo empapa todo. La figura central de este film es, como brama su título, Elvis Presley. Está presente como un dios antiguo cuya presencia permea la realidad. Una realidad construida con los cascotes de una civilización ya perdida, que se visita como el turista que aún cree poder oler el sudor de Fidias en el Partenón. Elvis es un icono pop del s. XX, ha trascendido su propia música convirtiéndose en un mito posmoderno. Y al lugar más sagrado de su culto, Memphis (Tennessee), nos lleva Jarmusch.

Si Mystery Train da título al film, que es una de las canciones que popularizaría Elvis en 1955 y que mejor representa el Memphis Blues, (también es el nombre del imprescindible ensayo que Greil Marcus escribió en 1975), Blue Moon es la melodía al son de la cual danzan una serie de personajes que pululan en la noche. Mystery Train es una reunión excepcional de forasteros y desconocidos, arquetipos reconocibles del universo del director, que se distribuyen ordenadamente en tres espacios de porosidad taumatúrgica.

Far from Yokohama es el primer relato, el que nos lleva en tren a Memphis de la mano de dos jóvenes japoneses, Jun y Mitsuko, que se encuentran de peregrinaje por los Santos Lugares del Rock n’ Roll. Ella es fan de Elvis, él de Carl Perkins; y ambos saben que Graceland y Sun Records forman parte ineludible de su viaje. Allí se forjó el destino musical de muchos de sus héroes: Roy Orbison, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Howlin’ Wolf o Rufus Thomas, el verdadero rey de Memphis, al que son incapaces de reconocer en la estación. Tampoco se percatan de que pasan por delante de Sun Records, porque en realidad Memphis tampoco es tan diferente de Yokohama. Y eso es precisamente lo que comienzan a rumiar. Es solo una ciudad más con sus propias deidades y santuarios, a los que ellos decidieron idolatrar.

Memphis no es la tierra prometida, es una zona crepuscular por la que, dando tumbos, estos dos mitómanos logran encontrar alojamiento en Arcade Hotel. Este se erige como un monolito cochambroso y mágico en el que ejerce de chamán absoluto Screamin’ Jay Hawkins. Y en torno a este lugar orbitarán las tres historias, sometidas a la gravedad de una luna triste. No hay televisión en las habitaciones, sin embargo se puede escuchar una emisora de radio donde Tom Waits, con voz enigmática, desgrana clásico tras clásico. También un decrépito retrato de Elvis gobierna desde la pared el cuchitril. Allí Jun y Mitsuko hacen el amor, observan la noche, duermen y examinan las fotos de su romería, como si fueran estampas coleccionables en un álbum.

Blue Moon. El sonido de un disparo. ¿Qué está sucediendo? Nada. Ante sus ojos se extiende un paisaje surrealista de huellas sonámbulas. That’s América. Jun y Mitsuko se van, su próximo destino es la casa de Fats Domino, en Nueva Orleans.

A Ghost es el relato de una joven viuda italiana, Luisa, que debe regresar a Roma junto al féretro de su marido. Sin embargo, a causa de un contratiempo con el avión, debe quedarse un día en Memphis. Un día en el que la ciudad la pondrá a prueba, un día en el que se topará con otra mujer solitaria, Dee Dee, en Arcade Hotel. Es curioso cómo ese alojamiento se convierte en la luz a la que acuden, como si fuera la salvación, todos los personajes. Un refugio de belleza destartalada como la propia ciudad.

Ambas ya no tienen a sus hombres. Luisa lo ha perdido, Dee Dee huye de él, con desesperación. Luisa es generosa y reservada; Dee Dee habladora y triste. Una quiere volver al hogar, otra quiere un nuevo hogar, lejos de Memphis, lejos de su ex-novio. Hacen buenas migas, y la noche, de nuevo, hace de las suyas.

Lost in Space brota como un episodio de violencia. Johnny, interpretado por Joe Strummer, está pasando una mala racha. Lo han echado del trabajo y su novia (Dee Dee) lo ha abandonado. Para descargar su frustración, decide irse de borrachera con su ex-cuñado (mi queridísimo Steve Buscemi) y su amigo Will, pero las emociones se le van de las manos cuando dispara al dueño de una licorería. ¿Dónde buscar amparo? En Arcade Hotel, efectivamente. Johnny, al que para su disgusto llaman Elvis, tiene mucho en lo que cavilar durante la noche. En la habitación más infecta del edificio.

Se trata de la historia más errática de las tres, donde aflora una calamidad que no tarda en derivar en una meditación de naturaleza telegráfica. Un relato que se dispersa y enreda en sí mismo, donde el absurdo y el alcohol son las guías de conducta.

Mystery Train es sorprendentemente compleja, a pesar de poseer una clásica narración lineal quebrada en tres cuentos. Nos muestra un Memphis contrario al idealizado por la fábula moderna; impregnado de música, qué duda cabe, pero con una melancolía y abandono inquietantes. Quizá decepción, o quizá no. Jarmusch plasma una ciudad desierta, extraña y desolada. Un lugar donde la fama del pasado es el mito del presente, cuya inmortalidad se encuentra en un estado de dignidad ruinosa. Sin embargo, a pesar de ser una oda al desencanto, el director también le otorga una mirada romántica en la que se percibe su amor al ocaso. Y la noche del alma, por supuesto.

Se trata de una película divertida, que narra desapasionadamente historias de diálogos lacónicos y triviales, pero que recogen con minuciosidad los retazos vitales de unos personajes que van, vienen, vuelven y desaparecen. Como Jarmusch, no tienen ninguna prisa por llegar a ninguna parte. Son personajes que deambulan en su paso por Memphis, no conocen bien su destino, o no lo han decidido todavía, pero eso no les impide continuar hacia delante. Ir más allá.

¿Recomiendo Mystery Train? Hay pocas películas de Jim Jarmusch que no aconseje ver, es un director que me gusta bastante. En este film me entusiasma concretamente el ambiente sobrenatural que se inhala, esa fragancia a David Lynch, y la imponente presencia de Screamin’ Jay Hawkins, que en su papel de recepcionista está abrumador. ¿He dicho alguna vez que soy fan a muerte de su música? ¿No? Pues lo proclamo ahora a los cuatro vientos. Amo a Screamin’ Jay Hawkins.

Mystery Train es un film único incluso dentro de la filmografía de Jarmusch, con una leve comedia solo comprensible para mentes sutiles. No es una obra para todo el mundo, y a riesgo de sonar asquerosamente elitista, me alegro de que sea así. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Isao Takahata, el gabacho de mirada diagonal

Hace un mes y dos días que nos dejó el grandísimo Isao Takahata. Entre los camaradas otacos creo que no son necesarias las presentaciones, todo el mundo sabe quién fue. Me enteré de su fallecimiento cuando estaba charlando con mi compi de las Otakus Treintañeras Magrat Ajostiernos, y la noticia me cayó encima como un cubo de agua helada. La primera reacción fue de incredulidad, y después emergió la sensación del enorme vacío que había dejado, no solo en Studio Ghibli, sino en el panorama de la animación mundial.

Cierto que ya adelantó que El Cuento de la Princesa Kaguya (2013) iba a ser su última obra como director, verdad que tenía una edad respetable, incuestionable que se había ganado de sobras ya un puesto como uno de los grandes en el mundo de los dibujos animados. Pero una nunca se hace a la idea de que artistas así deban desaparecer. Jamás. El consuelo, que no es poco, es el de poder disfrutar de su enorme legado. Takahata ya es leyenda.

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Isao Takahata en el Festival Internacional de Cine de Locarno (Suiza) en 2009

En el Somos Series de este pasado jueves 3 de mayo hice un pequeño repaso a los cinco trabajos que, desde mi punto de vista, me parecen más interesantes de Takahata; así como también una buena forma de introducirse en su filmografía si no se conoce demasiado bien. Y es que esa fue una de sus “peculiaridades”, mantenerse a la sombra, casi eclipsado ante el gran público por el fuego de su gran amigo y rival Hayao Miyazaki. Ambos representaron dos maneras distintas y complementarias de entender y trabajar la animación; ambos hicieron historia con sus obras y merecen el mismo respeto y reconocimiento. Personalmente, admito que soy más team Takahata, a pesar de que la fantasía exuberante de Miyazaki me entusiasma y mi película favorita de los estudios sea El viaje de Chihiro (2001). Sin embargo, mi espíritu vibra más en armonía con la forma de sentir y hacer de Takahata.

Y en el blog también quería rendirle un homenaje, no podía ser de otra forma, aunque he preferido dejar reposar un poco el tema. Creo que los que deseen saber sobre su vida y obras van a tener (tienen ya) a su disposición multitud de información al respecto. Es lo más común, hacer un resumen de su trayectoria vital y trabajos principales. Sin embargo, para SOnC he querido aproximarme a su figura brindándole un vasallaje distinto, contando qué trabajos, qué historias le gustaron, le influyeron o significaron algo en su vida. Otra forma de conocer a Takahata: a través de las obras que admiraba.

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Isao Takahata (con gakuran negro) celebrando su vigésimo cumpleaños con su padre y dos hermanos mayores (1955).

Como muchos sabréis ya, Isao Takahata no enfocó en un principio su futuro profesional en la animación. A pesar de que comenzó en la Escuela de Bellas Artes de la capital japonesa, la abandonó para especializarse en la Universidad de Tokio en filología y literatura francesas. Fue un amigo el que lo animó a presentarse, más adelante, a las pruebas de selección de Toei para trabajar allí. ¿Por qué ese interés por los dibujos animados en ese momento de su vida? ¿Qué sucedió? Lo que ocurrió forma parte de esta entrada, donde he seleccionado cinco obras galas que tuvieron especial relevancia en la vida artística de Isao Takahata. Unas por su impacto personal, otras por su influencia, otras porque, simplemente, le gustaban. No es casual que todas provengan del país europeo pues, antes de su flechazo por la animación, Takahata amaba Francia profundamente. Y ese amor no desapareció, de hecho lo acompañó a lo largo de la vida. Su fiel francofilia era bastante conocida, hasta le valió que fuese elevado al rango de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras por el Ministerio de Cultura de Francia, en 2015.

¿De qué era forofo nuestro protagonista de hoy, entonces? Pues, entre otras muchas cosas que desconocemos, era fan de las siguientes cinco películas. Seguramente conozcas todas, o quizá no. De todas formas, no deja de ser una ocasión excelente para revisarlas o descubrirlas. Si a Takahata-sensei le llamaron la atención, por algo sería.


5 – Les Triplettes de Belleville de Sylvain Chomet (2003)

Isao Takahata no fue un animador per se, se dedicó principalmente a labores de producción, dirección, guionización e incluso composición musical. Entendía la disciplina de una forma bastante especial, y en su visión también se incluían el apoyo y la difusión de obras de animación que considerara relevantes, independientemente de su país de origen. Su última producción fue La Tortue Rouge (2016), de la que podéis leer una pequeña reseña aquí, y que fue dirigida por el neerlandés Michael Dudok de Wit.

Les triplettes de Belleville o Las trillizas de Belleville es una de esas películas que despertaron el interés de Takahata y por la que decidió apostar, distribuyéndola en Japón. Fue la puesta de largo de su director, el francés Sylvain Chamot, y logró para su sorpresa dos nominaciones para los premios Óscar en las categorías de mejor canción original  y mejor largometraje animado. Por supuesto, Disney lo derrotó con su Finding Nemo (2003), aunque el galardón que sí se llevó fue el César.

Bienvenido a Belleville es una comedia deliciosa donde lo grotesco y la ternura retozan por doquier. El argumento es una locura surrealista y desternillante, como una fiesta de fuegos artificiales, plena de ironía y súbitos estallidos de ingenio. Bebe de las fuentes de la historieta franco-belga, se trata de una película para amantes del cómic europeo. Todos y cada uno de los personajes son caricaturas, y se ríen a mandíbula batiente de estereotipos culturales tanto parisinos como neoyorquinos (Belleville es una especie de metrópoli que fusiona ambas). La ambientación retrofuturista, así como su sentido del humor absurdo (a ratos negronegrísimo como un tizón), evocan los trabajos en cine del tándem Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro. Por no hablar de esos diminutos y preciosos homenajes a Josephine Baker, Django Reinhardt o Fred Astaire. Los Roaring Twenties aparecen como ese pasado idealizado que todavía no ha logrado empañar una realidad de posguerra bastante más cruenta y gris, en la que Glenn Gould o Astor Piazzolla imponen sus melodías.

4- Les Quatre Cents Coups de François Truffaut (1959)

Isao Takahata fue un gran admirador del cine francés, especialmente de la Nouvelle Vague. Conocía a la perfección el mítico ensayo Qu’est-ce que le cinéma? de André Bazin, uno de los responsables teóricos de la aparición de este movimiento cinematográfico que revolucionó el séptimo arte a nivel mundial; y, por supuesto, Les Quatre Cents coups o Los Cuatrocientos golpes, que su director François Truffaut dedicó, por cierto, a la memoria de André Bazin, fue una de las películas de cabecera del japonés.

Con Les Quatre Cents coups se puede decir que quedó inaugurada la Nueva Ola, así como también el cine de autor. Fue toda una declaración de principios, una obra maestra que contó con un presupuesto bastante exiguo y que se enfocó en mostrar, sin adornos ni embellecimiento, la vida de un muchacho en el París de los años 50. Una suerte de realismo parco, casi telegráfico, ausente por completo de melodrama pero que no duda en golpear con dureza. El título, precisamente, juega con la noción de “hacer las mil y una” (esa sería la traducción de “faire les quatre cents coups”) y recibir a su vez, los golpes de la vida.

Los Cuatrocientos golpes es un paseo por el París  de su época, con su fealdad y su extraordinaria belleza urbana también. Un marco que abraza, con brutal indiferencia, la existencia de un chico que oscila entre una completa aridez afectiva y el deseo de buscar un horizonte mejor. Antoine Doinel es un hijo no deseado e ilegítimo que siente que no encaja en ningún sitio, es una criatura desarraigada. Sus únicos refugios son los libros, el cine y su amistad con René. El día a día lo va continuamente enredando en pequeños problemas, a veces casuales, otras veces buscados, que lo conducen, finalmente, a un reformatorio. Antoine no es un delincuente en realidad, la mala suerte y sus ansias de libertad lo han dirigido a tomar decisiones poco acertadas. La ausencia total de amor por parte de sus progenitores, y la flagrante incompetencia del sistema educativo no lo ayudan tampoco demasiado.

Este film tiene mucho de autobiográfico, y Truffaut, recurriendo al mismo actor a lo largo de los años, Jean-Pierre Léaud, continuaría a través de su alter ego Antoine Doinel plasmando sus experiencias en cinco trabajos más. Isao Takahata, por su parte, tomaría buena nota de este magnífico Les Quatre Cents coups, sobre todo de la idea de un protagonista infantil que lucha contra múltiples adversidades en una realidad poco amable, procurando siempre abrirse camino. Así lo reflejaría más adelante, por ejemplo, en Marco, de los Apeninos a los Andes (1976) o Jarinko Chie (1981).

3 – Kirikou et la Sorcière de Michel Ocelot (1998)

La admiración que sentían el uno por el otro Isao Takahata y Michel Ocelot, director de Kirikou et la sorcière o Kirikú y la bruja, no es ningún secreto. “Se atreve a hacer cosas que no nos atrevemos a hacer, liberándose de las reglas”, dijo Ocelot de Takahata para el periódico La Croix. Takahata, por su parte, quedó tan impresionado con Kirikú que se encargó de supervisar personalmente su adaptación y doblaje al japonés. Este fue el primer largometraje del animador galo, y no fue tarea sencilla lograr financiarlo, costó cuatro años. Pero después de superar todas las dificultades que se presentaron, su esfuerzo resultó recompensado con un éxito absoluto. Kirikou et la sorcière volvió a poner en el mapa la animación europea; y consiguió además dos continuaciones adicionales: Kirikou et les bêtes sauvages (2005) y Kirikou et les Hommes et les Femmes (2012).

Michel Ocelot pasó gran parte de su niñez en Conakri, capital de Guinea, así que sintió que le debía algo a esa parte de su infancia que siempre consideró negra. Quiso honrarla, y dedicarle una obra que, además, consiguiera dignificar la diversísima cultura de un continente que todavía permanece olvidado e infravalorado por un Occidente que lo devoró (y sigue devorando) con parsimonia feroz. Para ello, recurrió en parte a los trabajos del folclorista François-Victor Équilbecq, especializado en cuentos del África Occidental, la Epopeya de Mwindo del pueblo Nyanga, y su propia imaginación. La música, que tiene gran protagonismo, fue compuesta por el artista senegalés Youssou N’Dour. Ocelot puso mucho cuidado en los detalles, incluida una obvia reverencia al Nations nègres et culture (1955) del grandísimo antropólogo e historiador Cheikh Anta Diop. 

El cuadro de la imagen fue pintado por Henri Rousseau en 1906, y se titula Joeux Farceurs. El influjo de su exuberante vegetación de tintes casi radiactivos sobrevuela por toda la película, así como el estilo primitivista y naïf de sus diseños. Lo cual no tiene nada de particular, ya que estos movimientos artísticos se nutrieron del arte africano, incluido el egipcio, entre otros. Kirikou et la sorcière no es una historia al uso, y Ocelot procuró desmarcarse de las rutinas que Disney perfila(ba) por estos lares. Tanto a nivel argumental, en la que la historia no sigue una senda tradicional; como artístico, donde el director se negó a que mutilaran su obra porque las audiencias anglosajonas pudiesen considerar obscena la representación de los personajes.

Kirikú y la bruja es un cuento de hadas y aventuras que no solo expresa la añoranza por un África prácticamente desaparecida y fagocitada por los poderes coloniales (y neocoloniales); sino que también presume de cierto aroma occidental. Resulta una mixtura única para asombrar a niños y grandes, que no se inhibe además a la hora de trabajar ciertas temáticas poco habituales en el cine comercial, y con una línea clara pedagógica.

2 – Une partie de campagne de Jean Renoir (1935)

¿Alguna vez os he contado lo mucho que me entusiasma el escritor Guy de Maupassant? Bueno, pues os lo vuelvo a comunicar con gran ánimo y fervor: amo a Maupassant. A Isao Takahata también le gustaba, no sé si tanto como a mí, y disfrutó asimismo del mediometraje que dirigió Jean Renoir (1894-1979) en 1935, basado en el pequeño cuento Une partie de campagne (1881) o Un paseo por el campo del escritor francés. Si os interesa haceros con él, Alianza Editorial lo publicó hace ya unos añitos junto a otros relatos cortos del autor bajo el nombre de Un día de campo y otros cuentos galantes. Muy recomendable.

El padre de Jean Renoir, el pintor Pierre-Auguste Renoir, era gran amigo de Guy de Maupassant, y en honor a esa amistad decidió adaptar su relato costumbrista a cine. Y el resultado fue una auténtica obra maestra. Los estudios, sin embargo, deseaban que su metraje fuera más extenso, a lo que Jean Renoir se negó. La película era así, no necesitaba más. Y el director tenía razón. De ahí que se rumoreara que Une partie de campagne estuviese incompleta, y no se estrenara hasta bien entrados los años 40. Aunque la II Guerra Mundial influyó también bastante en ese debut tardío en salas. Solo fueron añadidos unos intertítulos, los productores mantuvieron inalterable el contenido de la cinta.

El cuadro de la imagen se titula La balançoire (1876), y fue pintado por el padre de Jean. Es un clásico del Impresionismo, y el director se inspiró en él para crear los instantes más icónicos de la película. Y fue también una fuente de inspiración clave para Isao Takahata, que introdujo su vaivén alegre y desenfadado en varias de sus obras, como Heidi o Ana de las Tejas Verdes. Pero la influencia de Une partie de campagne no quedó solo ahí, Takahata se impregnó con sumo placer de su amor por la naturaleza y metáforas sutiles; su gusto por los retratos de lo cotidiano y la riqueza de matices. Pero era algo de esperar, los impresionistas tomaron mucho a su vez del arte tradicional japonés y su filosofía, que en Un paseo por el campo brilla suavemente. Una retroalimentación maravillosa. ¿Cómo no iba a fijarse Takahata en semejante obra de luz y melancolía? El mono no aware rebosa, lo inunda todo.

Une partie de campagne es la estampa de la pequeña burguesía parisina que busca salir de su rutina, escapar mediante una excursión campestre o un romance fuera de los márgenes de lo convencional. Es un cuento nostálgico y a la vez cómico, con toda la acidez y mala leche de Maupassant sublimadas en una narración de corte realista. Un bizcochito envenenado que, a pesar de todo, se digiere sin dificultad. Es una obra elegante y viva, que influyó en el ánimo de Isao Takahata y su predilección por las historias minuciosas y delicadas.

1 – Le Roi et l’Oiseau de Paul Grimault (1952-1980)

Le Roi et l’oiseau, dirigida por Paul Grimault con guion del poeta Jacques Prévert, fue un punto de inflexión en la vida profesional de Isao Takahata. En sus propias palabras: “Lo que hizo que me decidiera a convertirme en dibujante fue comprender un día, al ver las películas de Paul Grimault, que no estaba limitado a representaciones irreales. Estaba buscando una forma de realismo en el dibujo. Y aún hay más: “Realmente disfruté los primeros largometrajes de Disney (Blancanieves, Pinocho, Fantasía, etc.), pero me alejé de él, mientras que mi admiración por la obra maestra de Grimault y el texto de Prévert permanece intacta” expresó Takahata en una entrevista para el magacín Citazine. “Sin duda, Grimault ha logrado, más que cualquier otro, casarse con la literatura y la animación. Me despertó a la cultura francesa y a la sensibilidad europea, de las cuales hay rastros en mis películas.” Nada más que añadir, señorías.

Bueno, sí, hay bastante más que agregar, sobre todo respecto a la propia obra en sí, El rey y el pájaro. La obra que logró ver Takahata (también Miyazaki) no contó ni con el beneplácito de Grimault ni con el de Prévert. Su producción comenzó en 1946 bajo el nombre de La Bergère et le Ramoneur o La pastora y el deshollinador, inspirándose en el cuento clásico de Hans Christian Andersen. Pero André Sarrut, su socio en los estudios Les Gémeaux, estrenó la obra en 1952, que estaba sin finalizar por problemas financieros. Esto provocó su ruptura profesional, y Grimault no logró hacerse con los derechos del film hasta finales de los 60. Y no fue tampoco hasta 1980 que no pudo estrenarse Le Roi et l’oiseau tal como la habían concebido Prévert y Grimault, con todo el material previo y nuevo también. Sin embargo, Prévert no consiguió verla terminada, pues murió en 1977.

El rey y el pájaro es una verdadera maravilla, un espectáculo visual al servicio de un cuento infantil que no da puntada sin hilo en su argumento. En este film desfilan la arquitectura alucinante de Escher, la elegancia austera de reminiscencias industriales del art déco, los vacíos metafísicos de de Chirico o el Fantômas surrealista de Magritte; así como los inquietantes Vampiros (1915) de Louis Feuillade o el turbador Ubu Roi (1896). Y todo ello rociado con una purpurina inequívocamente steampunk. No es de extrañar que la cabeza le explotara a Takahata, Le Roi et l’oiseau es una obra maestra de la animación francesa y europea que todo el mundo debería ver alguna vez.

Ghibli acometió la tarea de su distribución en Japón; e Isao Takahata, cómo no, dirigió su adaptación y doblaje. No era la primera vez, de todas formas, que el maestro se hacía cargo de una obra de Jacques Prévert, a quien estimaba y había traducido ya con anterioridad. Un último apunte: la banda sonora de El Rey y el pájaro fue compuesta, nada más y nada menos, que por Wojciech Kilar. Canelita en rama, camaradas otacos.

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Paul Grimault haciendo de las suyas.

Evidentemente, a Isao Takahata le gustaban muchísimas cosas más allende las fronteras francesas, como el cine neorrealista italiano o el expresionismo alemán; pero en esta entrada hemos querido acercaros su faceta francófila, que era bastante importante en su vida. Cinco obras que de por sí valen su peso en oro, y que con la recomendación del sensei deberían cobrar nuevos bríos ante los ojos de la otaquería. ¿O no? Yo no me las perdería, les daría su oportunidad. Y si ya las conociese, un revisionado vendría que ni pintado. Lo merecen. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine

We are X: muerte, dolor y éxtasis

No es necesario que me guste la música de una banda para informarme sobre ella, leer su historia o ver un documental que me cuente sus avatares. Si el grupo me resulta como fenómeno interesante, no tendré ningún tipo de prejuicio a la hora de conocerlo. Aunque me parezca que sus obras apesten, cualquier artista que se suba a un escenario a tocar sus canciones siempre me merecerá un mínimo de respeto. Es el caso de la formación legendaria japonesa X Japan, pioneros del visual kei e influencia impepinable en la gran mayoría de las formaciones de metal de las islas. Incluso encontramos vestigios de su enorme poder en Occidente, lo que no deja de resultar curioso y todo un mérito, teniendo en cuenta que la escena metálica es muy poco permeable a influencias foranas.

El metal es, salvo honrosas excepciones, más bien cosa de blanquitos occidentales. Me refiero a las bandas que triunfan a nivel internacional, por supuesto. ¿Podríamos decir que el heavy metal y su prole tienen un poso racista? Bueno, eso sería generalizar de manera muy arriesgada e injusta, permitiendo que el estereotipo del típico fan garrulo adorador, quién sabe la razón, de Odín y Mjölnir, se adueñara de la esencia de un colectivo musical bastante heterogéneo. Sin embargo, no hay que negar tampoco que se trata de una escena cerrada, hipermasculinizada y que se ha subespecializado además muchísimo. Lo que no ayuda precisamente a que músicos ajenos al círculo occidental anglófono traspasen su gruesa membrana. Pero X Japan lo hicieron. Tardaron, pero lo consiguieron.

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La entrada de hoy está dedicada al documental We are X (2016), dirigido por Stephen Kijak y que tiene de protagonista a Yoshiki, batería de X Japan, y al resto de sus miembros, Toshi, Pata, Taiji, hide, Sugizo y Heath. Un vistazo tras las bambalinas de una de las formaciones musicales más grandes de la historia de la música popular japonesa, y descubrir a las personas que respiran bajo sus extravagantes máscaras. Y lo que se descubre es, a la vez, sorprendente, entrañable, triste y a ratos muy, muy extraño. La vida cotidiana de los rockstars suele serlo un poco.

Desconozco hasta qué punto puede interesarle a la otaquería un documental de este estilo, que suele inclinarse hacia géneros más suaves (j-pop, k-pop), pero como fanática de lo japonés, servidora procura engullir todo lo que puede sobre sus manifestaciones culturales. No solo de animanga vive el otaco. Creo. O eso me gustaría pensar. Y aunque no soy, ni muchísimo menos, seguidora de la música de X Japan, la reseña la voy a escribir  desde el más profundo respeto y admiración por la trascendencia que han logrado. Así que los talifanes podéis recoger los machetes, no va a ser una entrada dedicada a su música, sino al propio documental.

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Yoshiki Hayashi y Stephen Kijak

Stephen Kijak es un director que se ha especializado en hacer documentales dedicados a formaciones musicales. Personalmente conocía su trabajo en Scott Walker: 30 Century man (2006) y Stones in Exile (2010), que aunque no me impresionaron, los consideré bastante correctos. Por lo que barruntaba que este We are X me iba a parecer una obra competente sin deslumbrar. Y así ha sido. Kijak escoge al lider de X Japan, Yoshiki, y lo utiliza de centro de gravedad para ir desgranando la historia de la banda.

10 de octubre de 2014. Estamos en el legendario Madison Square Garden de Nueva York, una de las catedrales principales de la música popular de los ss. XX-XXI donde han actuado los más grandes: Elvis Presley, Led Zeppelin, Madonna, U2, entre otras estrellas. X Japan están preparándose para tocar por primera vez en ese sagrado recinto del rock n’ roll, y son muy conscientes de lo que eso significa. Es un hito en su sinuosa y fascinante carrera, de grandioso éxito en su patria, y que se ve culminada con un justo reconocimiento internacional tras muchos años de trabajo y sufrimientos de diversa índole. Y así, mediante flashbacks intercalados con el presente, Yoshiki va narrando el nacimiento, crecimiento y evolución de la banda. En momentos puntuales cede el testigo a Toshi, el vocalista, y a otros miembros; pero sobre todo es él quien nos cuenta la historia de la que considera su vida y su familia: X Japan.

Cuando Rob Reiner estrenó en 1984 el maravilloso e imprescindible mockumentary This is Spinal Tap, muchas bandas de rock se sintieron ofendidas (véase Aerosmith) por la parodia de su mundo que representaba la película. Pero otros aceptaron por completo su mensaje, como Lemmy Kilmister, que haciendo gala de su archiconocida acidez, comentó: “Lamentablemente, todas las bandas de metal tienen o tuvieron algo de Spinal Tap”. Eddie Van Halen también expresó: “Todo lo que veo en la película me ha pasado alguna vez”. Y ese es el quid que me ha hecho rememorar una y otra vez esta obra mientras veía We are X.  Pero sin el sentido del humor que sí contiene a raudales This is Spinal Tap. Porque la historia y evolución de X Japan es, por decirlo de una manera suave, tan tortuosa como podría esperarse de un verdadero dinosaurio del rock.

Si no habéis tenido la oportunidad de ver este falso documental, os adelanto que se trata del retrato de una banda de rock ficticia (Spinal Tap) que, a lo largo de los años, tuvo que reinventarse continuamente para continuar en la brecha, pasando por situaciones tanto penosas como extremedamente ridículas y absurdas. Todos los clichés del rock y el metal son caricaturizados, sin embargo hay que tener en cuenta que la realidad siempre supera a la ficción… por lo que este film muestra también la cotidianeidad de los artistas y las circunstancias disparatadas con las que tenían (¡tienen!) que lidiar. Doy fe de ello.

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X Japan en sus inicios

We are X tiene mucho de This is Spinal Tap, pero con la diferencia de que el documental de los japoneses es verídico y tiene muy poquito de comedia. De hecho, el director creo que capta muy bien la grandilocuente teatralidad de X Japan y la traslada al celuloide. Todo el film posee un tono de tragedia inconfundible: el sacrificio, la expiación, el renacer. Yoshiki casi parece Jesucristo. Y no es una pulla. La desgracia y el dolor han perseguido al líder de X Japan desde niño, que fue muy enfermizo, y cuyo padre se suicidó cuando tenía 10 años. Eso lo marcó profundamente. Y como les ocurre a casi todos los baterías del planeta, actualmente el físico de Yoshiki está bastante perjudicado. Y es algo en lo que hace hincapié nuestro protagonista: en la constante que es el dolor en su vida, pero que a pesar de ello, continúa adelante con todo su ser. Una actitud muy japonesa, por cierto, mantener los valores tradicionales del sentido del deber, el sacrificio personal en aras del bien común (sus fans), la dignidad ante la adversidad y una discreta pero obstinada humildad. A pesar de su estética iconoclasta, insólita en una sociedad conservadora como la nipona, el alma de X Japan persiste como netamente japonesa.

X Japan, al igual que otros grupos pioneros del visual kei como D’erlanger, Buck-Tick o Luna Sea, realizaron una fusión desconcertante entre Oriente y Occidente como solo en Japón podría brotar. El goth punk de Siouxsie and the Banshees, la insolencia de Sigue Sigue Sputnik, la ambigüedad sexual de David Bowie o los Hanoi Rocks y el efectismo de Kiss o Alice Cooper se unieron al kabuki y el eroguro. La imagen de estas bandas era realmente impactante, y su música la más veloz y dura del orbe terrestre. Ah, pero no solo eran capaces de componer auténticos trallazos metálicos, en su repertorio se fueron colando cada vez más baladas de gran sentimentalismo y ampulosidad. Antes de Céline Dion, estos metalheads nipones le otorgaron a las power ballads una dimensión melodramática y épica jamás escuchada con anterioridad. Y a principios de los 90, X Japan aterrizaron en Estados Unidos como unos verdaderos dioses del hard rock… pero se estrellaron. Al hermetismo habitual del panorama metálico hacia bandas no-anglófonas, se unió el hecho de que las hair bands del glam metal angelino, con las que los asimilaron, estaban muy denostadas; y el grunge, movimiento musical de naturaleza opuesta, comenzaba a triunfar. Llegaron tarde.

Pero esta no es la única aventura que cuenta el documental, pues empieza con la amistad de Toshi y Yoshiki desde niños, y cómo de adolescentes decidieron montar una banda de rock n’ roll en un ya lejano 1982. Es un rosario de confesiones y recuerdos ensamblados con las acostumbradas dinámicas internas de los grupos, sus choques de egos y las consecuencias de la fama en la vida personal. También de muerte y sectas destructivas. hide, guitarrista y gran apoyo musical de Yoshiki, aparentemente se suicidó en 1998; lo mismo ocurrió con el bajista Taiji, fallecido en 2011. Por otro lado, la separación de X Japan en 1997 fue debida a que Toshi, el cantante, cayó en manos de una secta que le lavó el cerebro literalmente. Tardó más de una década en poder salir.

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David Bowie y Yoshiki

We are X es un documental interesante para fans y como un primer acercamiento al grupo, pero no profundiza demasiado. Comprendo que Yoshiki es el líder de X Japan y que deba acaparar mucha de la atención, pero no tanta. Además se olisquea cierto aroma a santidad en su persona que quizá solo sea una manera de trasladar a pantalla el ambiente de fervorosa devoción que profesan sus millones de fans, pero que a mí personalmente me ha chirriado un poquito. Kijak se ha mantenido tras la valla, ha ofrecido la imagen de artista enigmático que fascina, pero no ha mostrado demasiado al ser humano, a excepción de los datos necesarios para concebir su hagiografía. Meh.

También deja muchos agujeros (y bastante oscuros, por cierto) a la vista, en los que habría sido necesario poner algo de luz; también que Kijak hubiera sido menos complaciente con X Japan y hubiese aparecido un poquito de labor de investigación, habría ayudado a equilibrar la obra. Pero eso no se atisba, es un documental amable con la banda que no cuenta solo con el beneplácito de Yoshiki, sino también con una supervisión directa de los contenidos. Y eso se nota. Todo el mundo sabe que una entrevista pactada siempre suele ser más aburrida que una que no; con We are X sucede algo similar.

No obstante, a pesar de sus defectos, formalmente es impecable, tiene buen ritmo y sabe cómo mantener la atención del espectador. Las aportaciones de celebridades occidentales (Stan Lee, Gene Simmons, Marilyn Manson, etc), así como sus conexiones con artistas como David Lynch, hacen el documental muy ameno. Utiliza los recursos tradicionales del género, aunque es mejor advertir que más que un documental objetivo, se trata de un tributo a X Japan, con todo lo que eso entraña para bien o para mal. Consigue transmitir con nitidez la esencia de la banda, con ese mensaje optimista oculto tras la máscara de fatalidad y afectación. Un grupo que vive para sus seguidores, y eso ya no es tan común en el mundo del rock (al menos en Occidente); una formación que los respeta y que considera su obligación ofrecerles siempre lo mejor de ellos mismos. La profesionalidad absoluta de X Japan queda muy clara.

¿Recomiendo We are X?, recomiendo este documental, incluso si no te gusta su música (como es mi caso). X Japan son ya historia de Cipango, forman parte inextricable de su cultura popular y a un poco que se ame el país, hay que conocer algo de ellos. Además, me ha parecido muy bien que el mainstream estadounidense se haya acercado, por una vez, a un grupo de rock que no pertenezca a su órbita cultural. Ha resultado una novedad muy atinada, deseo que aparezcan muchas más así. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, largometraje

HAFU: la experiencia de ser mestizo en Japón

Hace ya un tiempecito que vi el documental protagonista de la entrada de hoy: Hafu: the mixed-race experience in Japan (2013), y aunque tenía un borrador de entrada prácticamente finalizado, ahí lo tenía muerto de risa, olvidado. Pero desde hace bastantes meses. No puede ser, camaradas otacos. Ahora que voy bastante apretada con los horarios de las clases, los exámenes de mandarín, mis obligaciones familiares, la natación, los ensayos y demás actividades radiófonicas, voy a ir desempolvando las entradas a medio cocer que tengo en reserva. Que para momentos así fueron concebidas. Y hoy le ha tocado el turno a esta película, que en su momento me pareció bastante interesante.

Ya sabéis que SOnC hace milenios que dejó de servir en exclusiva a las huestes del animanga para ofrecer también sus favores a otros amos igual de sugestivos, como el cine o la literatura. Así que desconozco hasta qué punto a la otaquería puede interesarle una temática tan alejada del manganime. Pero aquí estamos, escribiendo sobre la xenofobia en Japón. Hafu: the mixed race experience in Japan es una introducción a ciertas facetas de la sociedad nipona que reflejan un conflicto soterrado. Un conflicto de baja intensidad que manifiesta un cambio paulatino, aunque imparable, entre sus habitantes. ¿Es Japón un país esencialmente racista? ¿Qué hay de cierto en esa pretendida homogeneidad étnica de la que se presumía hasta no hace tanto? De manera indirecta, este documental responde a esas preguntas, y lo hace plasmando unos momentos de las vidas de cinco personas hafu. O, lo que es lo mismo, cinco personas con ascendencia japonesa y de otro país.

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Lo que en Europa, América y otras partes del mundo es considerado algo común, en Japón hasta hace escasas décadas no lo era en absoluto. Me refiero a los matrimonios o parejas internacionales. Debido a su historia particular de aislacionismo, Japón no ha sido protagonista de grandes flujos migratorios, haciendo del país un territorio étnicamente más homogéneo que la media. El pueblo yamato o waijin conforma una mayoría aplastante frente a los ainu o ryukyuanos, que son también población autóctona de las islas. También se encuentran en desventaja numérica los coreanos, chinos y taiwaneses, que son los extranjeros más abundantes residentes en Japón (zainichi). Esta falta de variedad (que es donde dicen que reside el buen gusto, por cierto) ha sido motivo de orgullo nacional durante mucho tiempo, lo sigue siendo todavía, y ha servido también para invisibilizar y discriminar a cientos de miles de personas.

Con la apertura al mundo que supuso la Restauración Meiji (1866-1869), Japón necesitaba fortalecer su identidad nacional frente al exterior. Así nació la nihonjinron, una exaltación del yamato-damashii o espíritu japonés, para remarcar su singularidad y diferencia frente al resto de pueblos del planeta. La dicotomía nosotros-los otros fue uno de los ejes de esta política que se vio además afianzada por las victorias bélicas frente a chinos y rusos. A esto hay que sumarle su filosofía de priorizar lo colectivo frente al individuo. En este nosotros no tenía (¿tiene?) cabida lo que no fuera netamente japonés. El culto imperial sublimaba toda esta noción totalitaria de la cultura nipona, que arrebataba su legítimo espacio a las minorías étnicas y foráneos, siendo una herramienta de propaganda política poderosísima. Japón es distinto de los demás, Japón es único, Japón es un pueblo superior. Durante el Periodo Taishô y el Shôwa que abarca hasta el desenlace de la II Guerra Mundial, se alcanzaron cotas delirantes de nacionalismo que certificaban la superioridad racial y cultural de los yamato frente al resto de las naciones asiáticas.

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Abanico de Japón y sus aliados (circa. 1930)

Y este clima de efervescencia apoteósica de ultranacionalismo y xenofobia, que ninguneaba y denigraba lo que no fuera puramente japonés (yamato), encajó uno de los golpes más fuertes que pudiera sufrir: la derrota definitiva en la guerra y la ocupación de las tierras niponas por parte de extranjeros, los estadounidenses. Un disparo certero al ego sobredimensionado de la nación, una cura de humildad que asumieron con gran dignidad. Porque aunque el nivel de enardecimiento bajó de intensidad, ese sentimiento de nosotros frente a los otros continuó muy vivo. Hasta bien entrados los años 70 del s. XX, el koseki o libro familiar era un arma arrojadiza para marginar en todos los aspectos de la vida a ainu, burakumin, coreanos, etc. Una segregación racial en toda regla.  La “pureza de la sangre” juega incluso ahora, por desgracia, su papel en la sociedad japonesa, porque la aceptación oficial e inclusión de estas minorías no es prioritaria para los actuales gobiernos japoneses, de tendencia conservadora.

Pero, ¿qué ocurre con los hafu? Hafu proviene del inglés half, y hace referencia a las personas que son mitad japonesas, mitad de otro país. Con la llegada de los norteamericanos a Japón tras la II Guerra Mundial, comenzaron a normalizarse las parejas y matrimonios mixtos, y el nacimiento de niños hafu aumentó. Fue a finales de los años 60, cuando estos niños alcanzaron la mayoría de edad y comenzaron a ser más visibles socialmente, que se acuñó el término. Probablemente arrancase del nombre del grupo Golden Half (Goruden Hafu)que estaba conformado por cinco intérpretes hafu, especializadas en hacer versiones japonesas de éxitos musicales occidentales. Todas tenían madre nipona, siendo sus padres de Tailandia, Italia, Estados Unidos, Alemania y España respectivamente. El quinteto encarnaba el clásico estereotipo que los japoneses tenían de las extranjeras: eran algo impúdicas (llevaban minifaldas y cantaban con voces sexy) y agresivas en su actitud. Aun así, Golden Half lograron bastante éxito, aunque su carrera no fue muy larga. Ellas también fueron las responsables del encasillamiento que, posteriormente, han sufrido muchos hafu: el de pertenecer al mundo del espectáculo y la moda; un universo aparte del de la vida cotidiana de los japoneses-japoneses.

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Las mozas de “Golden Half”

Entonces, ¿en qué espacio se mueven los hafu? ¿Son nosotros o son los otros? Lamentablemente todavía son los otros. Es cierto que resultan mejor aceptados los que poseen ascendencia europea, considerados modelo de belleza y que además personifican el canon de lo que debe ser un hafu. Pero continúan siendo los otros porque no son racialmente puros y, además, ¿qué sucede con el grueso del resto? Aunque los que tienen ciudadanía japonesa no suelen sufrir rechazo institucional y no ven vulnerados sus derechos humanos como otros grupos de personas en Japón, su día a día, su interacción social no es igual a la de un ciudadano japonés sin mestizaje. ¿Por qué motivo? El primero, y más evidente, es que su aspecto físico suele divergir de los nativos. No es solo necesario hablar japonés y ser japonés, sino también parecerlo. Segundo, la propia gente trata a los hafu de forma distinta. Y aquí es donde, por fin, tras este preámbulo, presentamos el documental Hafu: the mixed-race Experience in Japan.

Hafu: the mixed-race Experience in Japan nació como un proyecto muy personal de sus directoras Megumi Nishikura, australiana-japonesa, y Lara Pérez Takagi, hispana-japonesa. Ambas mujeres querían plasmar la realidad de los hafu, más allá del cliché del artista o modelo glamuroso. La vida de personas, orgullosas de su herencia japonesa, pero que no son consideradas enteramente como tales. ¿Cómo afrontar un reto así? ¿Qué hacer para plasmar en imágenes ese cambio gradual que está sufriendo la sociedad de Japón? Para empezar, Nishikura y Pérez Takagi necesitaban dinero, así que decidieron que una parte fuera financiada a través de crowdfunding. Y lo lograron, en un tiempo récord consiguieron la cantidad necesaria para emprender su película. Y aquí las tenéis a ellas, todas contentas por el apoyo recibido, ¡y no solo económico!

Existen otras obras audiovisuales como Smile (2009), serie televisiva de TBS, o la película Doubles (1995), que trabajan una temática similar; sin embargo, Hafu: the mixed-race Experience in Japan resulta mucho más ambiciosa, pues prefiere estampar las vivencias no de una, sino cinco hafu diferentes. La razón es lógica: todas las personas tienen sus propias y muy particulares circunstancias; ningún hafu es igual porque ningún ser humano lo es. Por eso Nishikura y Pérez Takagi decidieron abrir la perspectiva lo máximo posible para mostrar la mayor cantidad de matices posibles. Y la conclusión principal que se saca es que la experiencia de ser mestizo en Japón no es nada sencilla. ¿Y quiénes son ellos? Pues los protagonistas del documental son los siguientes:

hafu7ED es de padre venezolano y madre japonesa. A pesar de que nació en América, se crió en Japón manteniendo la nacionalidad venezolana. Se ha casado con una hafu argelina-japonesa, y piensa en establecerse de forma definitiva en Kansai. Ello implica tener que renunciar a su ciudadanía venezolana, pues ser japonés exige exclusividad. Ed habla de sus vaivenes e incertidumbres identitarias, cómo los sentimientos de pertenencia a un lugar u otro han fluctuado con el tiempo. El conocer a otros hafu y formar la comunidad  Mixed Roots Kansai le ha ayudado a comprender muchos aspectos de sí mismo, y cree que es una base importante para dar visibilidad a más personas como él.

hafu5SOPHIA es de padre japonés y madre australiana. Ha vivido siempre en Sidney y apenas conoce el idioma y las costumbres de Japón. Cree que está perdiendo una parte importante de su herencia, ignorando un mundo del que forma parte también; así que decide ir con su abuela un año, dejando atrás toda su vida, para conocer su otro yo. Empezando desde cero, esperando poder integrarse. Quizá sea esta la historia más floja de las cinco, la que menos interés suscita. Aun así, su punto de vista, aunque no especialmente relevante, completa el horizonte bastante bien.

hafu6ALEX tiene nueve años y es de padre japonés y madre mexicana. Son una familia acomodada muy atenta a la educación y crecimiento de su hijo porque, formando parte de un entorno doméstico multicultural, puede encontrarse con dificultades en un país como Japón. Su hermana pequeña Sara no parece que en el colegio japonés tenga mayores problemas; sin embargo, Alex sí que padece una de las lacras más comunes entre los hafu: el acoso escolar. Así que su madre, después de enviarlo unas semanas a México para que se recupere, decide cambiarlo a un colegio internacional en Nagoya.

hafu4DAVID es de madre ghanesa y padre japonés. Aunque nació en África, se ha criado en Japón en un orfanato con sus otros dos hermanos, pues sus padres se divorciaron ante la incapacidad de su madre de adaptarse al país. Se considera por completo japonés (de hecho me parece el más japonés en su manera de pensar, hablar y actuar de los protagonistas) pero su piel oscura provoca muchos prejuicios entre los que le rodean. Lo consideran directamente gaijin. A pesar de todos estos problemas, David es una persona de voluntad fuerte que recauda fondos para abrir escuelas en su Ghana natal.

hafu8FUSAE no supo que su padre era coreano hasta que cumplió los 16 años. Existe un fuerte prejuicio hacia los zainichi, a los que siempre se ha considerado ciudadanos de tercera, vinculados también a la delincuencia. Para ella supuso un shock, y todavía no entiende cómo no fue capaz de interpretar esos pequeños detalles (familiares hablando con acento fuerte, su abuela cocinando platos coreanos) que indicaban su ascendencia joseon. Aún lucha por encontrar su lugar en Japón, y participar en las actividades de la Mixed Roots Kansai la ayuda bastante.

Hafu: the mixed-race Experience in Japan está planteada de manera sencilla y clara, con alguna steady-cam pero sobre todo cámara en mano, para otorgarle cercanía y realismo. Que de eso se trata, de brindar presencia, de aproximar y dar a conocer la realidad de la multiculturalidad en una de las naciones más homogéneas del planeta. No hay grandes sobresaltos, y las directoras se limitan a reflejar esa parte de las vidas en las que ser hafu los distingue de los demás. Quizá sea ese precisamente uno de sus defectos, la ausencia de un clímax obvio y cierto tono monocorde mientras se suceden las vivencias de los protagonistas. Aunque no por ello resulta un documental aburrido, y además consigue su objetivo plenamente, que es transmitir la complejidad de la cuestión hafu. ¿Lo recomiendo? Absolutamente sí. Es una obra muy atractiva, sobre todo para los que estamos interesados en conocer de Japón algo más que lo obvio; y comprender así más de su idiosincrasia, cómo va mutando en un mundo cada vez más globalizado. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.