No podíamos concebir que aquel soldado negro manso como uno de nuestros animales domésticos hubiera sido anteriormente un enemigo que nos hacía la guerra; rechazábamos como insensata una idea semejante. El prisionero contempló la caja y nos miró; temblábamos de alegría y la excitación nos hacía hervir la sangre.

—Parece un ser humano —me dijo Morro de Liebre en voz baja.

La Presa (1957), Kenzaburô Ôe

Este es un pequeño fragmento de la novela corta que le valió a Kenzaburô Ôe el premio Akutagawa en 1958. Una obra concisa y aguda, muy recomendable, pero que no va a ser la protagonista de la presente entrada. Es en la película que dirigió en 1961 Nagisa Ôshima, inspirada en la pieza literaria, en la que nos vamos a centrar. No toca ni anime ni manga hoy, sino cine. Y cine despiadado, del que sería impensable rodar en la actualidad, y que incluso puede traerme algún quebradero de cabeza por escribirle una reseña. Estamos llegando a un punto de necedad tan absurdo que el mundo solo viste de blanco o negro integral. Pero prefiero no adelantar acontecimientos poco halagüeños.

El argumento es sencillo: durante los primeros días de agosto de 1945, un avión estadounidense se estrella en las cercanías de un pueblecito solitario y montañoso. El piloto superviviente, afroamericano, pronto es capturado por los aldeanos y encerrado en un establo. Su presencia subvertirá la existencia de todos los habitantes, haciendo aflorar risas y venenos.

Ese podría ser el resumen para ambas obras, relato y película, aunque tienen sus diferencias. La novela de Ôe podríamos considerarla una coming-of-age, ya que se narra desde el punto de vista de un niño. Posee muchos detalles autobiográficos, Ôe se crio en un ambiente rural imbuido del espíritu bélico de la Guerra del Pacífico (1941-1945) y la creencia absoluta en la divinidad del Emperador; y vemos cómo en la narración el paso de la niñez al mundo adulto procede del desengaño por la caída de la deidad. El autor, además, impregna su historia de amor hacia la naturaleza, un afecto de alma sintoísta que se contrapone a la cultura urbana, occidentalizadora, pero que no consigue alterar ni su armonía ni las rutinas diarias del campo. Con pinceladas breves pero intensas, consigue plasmar una estampa vívida de un microcosmos perezoso donde dominan los sentidos. El reflejo de un Japón mesmerizado, hasta que Occidente, literalmente, les cae del cielo. Luego vendrían la vergüenza y el dolor.

Sin embargo, Nagisa Ôshima coge este relato de cierta melancolía bucólica y, aunque respetará su arquitectura, lo llevará a su terreno y transformará en un monstruo. La presa (1961), además, fue filmada en unos momentos complicadetes, tanto para Ôshima como para Japón. El ambiente se encontraba caldeado, y el director se dejó permear a conciencia pues no dejaba de formar parte activa del fuego.

Como ya bien sabréis, Nagisa Ôshima es uno de mis directores japoneses predilectos, su espíritu iconoclasta supuso un revulsivo en el panorama cinematográfico nipón, y nunca cejó en su empeño de agitar aquello que la sociedad de su tiempo consideraba tabú. Sentía una profunda atracción por lo marginal que lo llevó a crear obras que convulsionaron la sociedad nipona, y armado de causticidad, no cesó de dirigir su ojo crítico hacia todo aquello en lo que Japón evitaba posar su mirada. Fue un purgante que aun todavía agita conciencias, un provocador, aunque en realidad fue un hombre con mucha ira dentro. El motivo: cómo su patria había gestionado todo lo concerniente a la Segunda Guerra Mundial. Los mismos líderes que metieron al pueblo japonés en la guerra y le hicieron creer que su emperador era un dios omnipotente destinado a la victoria, tras la derrota cambiaron de chaqueta sin hacer un mínimo ejercicio de autocrítica. Ôshima se puede decir que fue un activista, aunque también lo que le interesaba era la dimensión humana y personal, tanto japonesa como extranjera. Su enfoque se centraba en todo aquello que su país no quería ver pero a través del individuo.

El interés de Ôshima por la política puede decirse que le venía de familia. Su padre, funcionario de estirpe samurái, le legó una abundante biblioteca de obras socialistas y comunistas que, durante su época universitaria en Kioto, lo condujeron a formar parte del Zengakuren, y dirigir a sus colegas estudiantes a una serie de protestas que incluso interrumpieron la visita del Soberano Celestial Hirohito a su universidad. Eran tiempos inestables, en 1951 los estadounidenses finalizaban su ocupación, se firmaba el Tratado de San Francisco junto con el Tratado de Seguridad Mutua, y el miedo a que se regresara a un autoritarismo militar hizo que muchos ciudadanos desaprobaran este último. En 1954, cuando Ôshima acabó sus estudios de Derecho, siendo consciente de que su militancia izquierdista le iba a impedir encontrar un trabajo en la abogacía, comenzó a trabajar en los estudios Shochiku Ofuna.

Así empezó su carrera cinematográfica, primero como guionista, asistente de dirección, crítico de cine y, finalmente, en 1959, como director de su primer largo: Calle de amor y esperanza. Tras ella, Ôshima parió tres filmes más, en los que plasmó los años muy turbulentos que se estaban viviendo con la renovación del Tratado de Seguridad con Estados Unidos, el Anpo jôyaku. Hubo una fuerte oposición, graves actos antidemocráticos en la Dieta, manifestaciones multitudinarias, importantes disturbios y un intento de asalto a la Dieta que se saldó con la muerte de una estudiante, Michiko Kanba. A pesar del intenso clamor popular que no aceptaba el Anpo, fue ratificado, pero el descontento y la crisis social no desaparecieron, sino que alcanzaron su clímax con el asesinato televisado del político y miembro de la Dieta Inejirô Asanuma. El homicida fue un fanático ultranacionalista.

Es un documento histórico. Es el vídeo de un asesinato. Nadie te obliga a darle al play.

Aunque los estudios Shochiku querían aproximarse a las generaciones jóvenes con un cine enfocado en sus inquietudes y cierta innovación, las películas de Ôshima no les acababan de gustar y la última que realizó para ellos, Night and fog in Japan (1960), su obra más comprometida hasta ese momento, la retiraron de los cines tres días después de su estreno. El pretexto fue que estaba siendo un fracaso en taquilla; la realidad es que les incomodaba que se mantuviera en cartelera tras el atentado de Inejirô Asanuma. Esta fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Ôshima, por lo que decidió partir peras con Shochiku y montar con su mujer, Akiko Koyama, y otros guionistas y actores, su propia productora: SozoSha (sociedad de creación).

Fue en el intervalo entre Shochiku y SozoSha que Ôshima dirigió dos películas para otros estudios: El rebelde (1962), un jidaigeki (toma ya) para Toei y la que nos compete hoy, La presa, para Palace Film. Y estas dos películas, precisamente por tratarse de dos encargos extraños al universo de Ôshima y encontrarse en un ínterin de su trayectoria profesional, no se las suele tener en cuenta o se las menciona de refilón.

Con honestidad, no me parece que estén a la altura del resto de sus obras, incluidas las más célebres. Pero merecen un visionado, eso seguro, si se quiere conocer otra faceta más de Ôshima. A menudo se le ha criticado por experimentar artísticamente con lo que le apetecía, por no tener un estilo propio al diversificarse tanto. Pues bueno, en La presa tenemos una película que más tradicional y más clasicorra no puede ser. Al menos en lo que se refiere a nivel técnico y de montaje. Es sencilla, lineal, ortodoxa. Pero claro, estamos hablando de Ôshima, y a pesar de que pueda parecer un film normal, se trata de una pesadilla muy propia de su carácter. Así que avisados quedáis, vienen curvas.

Para empezar, Ôshima elige el B/N. Ya nos está anunciando que la cosa va a ser cruda como el sashimi. La historia ya la sabéis, un grupo de aldeanos en un pueblo remoto del Japón rural captura a un piloto estadounidense afroamericano, que se ha estrellado con su avión. Y aquí Ôshima ya va a hincar las uñas con una estampa mucho más afilada y turbia.

Herido, atrapado en un cepo para lobos y renqueando escoltado por sus captores, llega al villorrio rodeado de expectación, curiosidad e incluso aversión. Enseguida queda patente el hondo racismo y xenofobia al deshumanizar casi desde el principio al prisionero. Se refieren a él como «el monstruo» o «el negro», y es la intervención del funcionario del gobierno, un hombre mutilado al que le falta una pierna, la que impide su linchamiento. Les recuerda que no pueden matarlo, su deber es mantenerlo vivo en condiciones decentes hasta que la autoridad militar de la ciudad decida recogerlo y, además, les pague una recompensa.

Es la codicia, pues, la que impulsa al jefe del poblado a proteger al desdichado piloto, y el sentimiento iluso de que custodiarlo los convierte a todos en héroes de guerra. Y mientras la presa permanece en un establo, herido y con fiebre alta, Ôshima aprovecha para recrearse plasmando la realidad de una aldea sujeta a la voluntad de un acaudalado jefe que abusa de su posición de todas las maneras que le es posible: a las mujeres las somete sexualmente, a los hombres económicamente o a través del alcohol. Se trata de un pequeño caserío asolado por el hambre, la pobreza, las envidias y las viejas rencillas entre vecinos. La llegada de unos pocos evacuados de la ciudad con anterioridad ya ha trastocado su dinámica indolente, y tienden a mirarlos mal; sin embargo, la irrupción del desconocido será ya un verdadero terremoto.

El tiempo transcurre y no se reciben noticias de la ciudad. No es cualquier cosa alimentar a un hombre adulto y fornido en una situación de guerra y escasez de alimento, así que las esperanzas de una posible retribución se van desvaneciendo y dejando paso a la amargura. La presa es ya una carga que irrita, exaspera, enfurece, y proyectan sobre él sus frustraciones y problemas, responsabilizándolo de todas sus penurias. No es la guerra, no es la ceguera y la arrogancia, no es ese insoportable verano de humedad viscosa. Tampoco su mezquindad o egoísmo los que los sumen en la desdicha. No, es «el negro». Él es su chivo expiatorio.

Osamu, uno de los niños del pueblo, pregunta: «¿Por qué es culpable de todo ‘el negro’?». Quien se atreve a discrepar e intentar defender al prisionero es ignorado o considerado sospechoso de colaborar con el enemigo. Porque eso es el piloto afroamericano, el enemigo. Y encima, negro, la expresión máxima de lo diferente, lo extraño, lo demoníaco para un japonés de la época. Y tras vislumbrar a lo lejos un enorme incendio que está devastando Tokio, todo se precipita.

Bajo esa atmósfera opresiva del aciago agosto de 1945, la tensión va aumentando hasta ser intolerable. La violencia estalla como fuegos de artificio, la aldea se convierte en el infierno en la tierra. Y sucede lo inevitable.

Ôshima presiona teclas que los seguidores de su cine conocemos bastante bien: incesto, adulterio, latrocinio, agresiones sexuales, comportamientos supersticiosos, etc. Todo conduce a una raíz común, que es la corrupción. Es una condena, en primer lugar, a la mentalidad japonesa, a esa donde los restos todavía bien presentes del feudalismo perviven. Ahí aparecen la xenofobia, el machismo recalcitrante o tradiciones caducas antidemocráticas y enemigas de las libertades individuales. La presa casi es una burla de la autoimagen que poseía el país como Gran Imperio de Japón. Por eso la Guerra del Pacífico solo fue consecuencia de unas lacras que ya estaban ahí antes, y las exacerbó. La visión de Ôshima es bastante pesimista: los habitantes de la aldea, al igual que el propio Japón, son incapaces de asumir la responsabilidad de sus propios actos, de aceptar sus errores y actuar en consecuencia. Por el contrario, eligen aislarse de la realidad y cuando esta les devuelve el bofetón, autoengañarse y patada hacia delante.

En las postrimerías de la Guerra del Pacífico, los habitantes de esa aldea apartada, como clara alegoría del propio país, creen sin ninguna duda en la divinidad de su emperador, en la victoria incontestable de su gran nación y su superioridad como pueblo, sin ser conscientes de su miseria moral, hipocresía y decadencia. La presa es una película cruel y corrosiva, en la que Ôshima es implacable retratando a sus compatriotas, llenos de resentimiento.

¿Recomiendo La presa? Pues como ocurre con la mayoría de las obras de Ôshima, no es cine para todo el mundo. Esto no es una película de Marvel dirigida a toda la familia o para matar el rato. Hay que afrontarla con ganas y conociendo un mínimo el contexto, que es lo que trata de hacer esta entrada. No considero tampoco que sea la película más adecuada para introducirse en el universo de este director, porque es engañosamente académica en su forma. Sin embargo, a pesar de tratarse además de un encargo (el guion no era suyo tampoco), es una película que gustará a quien esté familiarizado con sus trabajos porque hace hincapié en sus obsesiones particulares y las expresa de una manera contenida pero elegante, sin un ápice de dulzura. La presa es una joyita bien confeccionada que no decepciona, pero que tampoco deslumbra.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

8 comentarios en “La presa de Nagisa Ôshima

  1. ¡Hola! Por lo que dices del director pienso que el relato de Kenzaburô Ôe estaba hecho a su medida. La dureza de estas películas solo podían ser producto de experiencias muy especificas, por eso creo que ya no se hacen productos así en países con cine comercial, para encontrar algo similar hay que buscar cine «extranjero» porque las guerras he injusticias sociales siguen existiendo y hay cine o documentales de denuncia pero hay que buscarlos.

    Dejando de lado mis desviaros pienso que esta es una buena película para empezar con este director, aunque no sea un trabajo muy rompedor a nivel técnico, pero su premisa y desarrollo me parecen bastante accesibles. ¡Saludos!

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    1. ¡Hola, Noctua Nival!

      Si tienes la oportunidad de echarle un vistazo al relato de Ôe creo que no te arrepentirás, está escrito con mucho cariño y nostalgia, pero a la vez amargura. Respecto a lo que comentas sobre el cine comercial, estoy de acuerdo. Es curioso cómo tú misma entrecomillas cine «extranjero», tenemos asimilados como propios los grandes productos anglosajones jajaj cuando solo son el reflejo de la cultura dominante (por ahora). Todos conocemos la Guerra de Vietnam, la desgraciada vida de Diana de Gales o los Atentados del 11 de septiembre, pero el mundo es más grande, y peores desgracias han ocurrido, y siguen ocurriendo, en el resto del planeta.

      ¡Gracias por tu comentario, nos leemos! 😀

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  2. Hola Sho, parece que con esta película el director pudo exorcizar algunos demonios y mostrar su parecer ante las acciones tomadas por su país durante la segunda guerra mundial. La agendo, pero te haré caso y empezaré por otra de la filmografía del autor. El comentario final es muy profético, hoy en día se busca agradar a las audiencias y no «traumarlas», básicamente se adoptó la postura de la que Oshima tanto renegaba y despreciaba. Qué ironía.
    Excelente entrada, ahora tengo mucha información nueva en mi haber. Saludos 🙂

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    1. ¡Aloha, Coremi!
      La mayoría de la gente va al cine para que lo distraigan y pasar un buen rato, no buscan complicarse la vida. Es una actitud legítima, faltaría más, yo también en ocasiones solo busco evadirme y que me hagan disfrutar. Lo malo es cuando solo se busca eso, entonces las productoras se dirigirán a, como dices, agradar y no «traumar». Puro entretenimiento, que es lo que da dinerito fácil. Y el cine es, o debería ser, mucho más que un producto fabricado para ser rentable. En fin, así está el potaje.

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