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Peticiones Estivales: Yojimbo

Seguimos desgranando las Peticiones Estivales, ya muy cerquita de que lleguen mis vacaciones (¡bien!), y con mi amado otoño a la vuelta de la esquina. Los calores van mitigando su intensidad y por las noches es posible incluso domir algo. Aunque hoy hemos tenido 36 rotundos grados, han sido completamente soportables.

La presente reseña ha sido sugerencia de Ange, que hace unas semanitas cumplió 8 años en el mundo blogueril, ¡felicidades! Toda una veterana con su indispensable El libro de Ange, que os invito a que lo visitéis si no lo conocéis todavía. Ange es una de las personas más alegres y optimistas de mi círculo otaco, siempre animando y apoyando a los demás de forma desinteresada. ¡Muchas gracias por estar siempre ahí, eres un solete!

Y la petición que ha realizado a SOnC son palabras mayores, Ange no se ha ido por las ramas: el clasicazo cinematográfico Yojimbo (1961), de Akira Kurosawa.

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No es la primera vez que cometo el sacrilegio de escribir sobre el cine de Kurosawa, también creo que de Yojimbo se ha disertado muchísimo. No podía ser de otra forma, es una obra maestra. Y a pesar de que no voy a aportar nada que no se haya dicho ya, este film merece su pequeño espacio en SOnC. No es mi cinta favorita del director, sin embargo es una de sus películas más aclamadas y célebres. Gracias a ella cambiaron muchas cosas, el western como género no volvió a ser el mismo, así como las películas sobre mafiosos. Su influencia y halo se extienden por el cine de todo el planeta, se trata de uno de esos imprescindibles al que no queda otro remedio más que reverenciar.

Yojimbo o yôjinbô significa en japonés “guardaespaldas”, y es la ocupación del protagonista del film. O más bien deberíamos decir su no-ocupación, porque a pesar de que son requeridos sus servicios como tal, no llega a trabajar de ello con integridad. En ningún momento. Fue la vigésima película de Akira Kurosawa, la segunda con su propia productora, ya que el resbalón comercial (que no artístico) de la estupenda La fortaleza escondida (1958), animó al director a desligarse un poco de Toho, e invertir su propio dinero en sus películas. Este hecho cambió muchas cosas, como podréis imaginar.

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Sugino-sensei instruyendo a Mifune en el set de “Yojimbo” bajo la atenta mirada de Kurosawa.

Comenzó a prestar más atención a las obras de productoras competidoras como Toei, a la que tenía una tirria bastante considerable, y parece que su profunda antipatía hacia esta compañía lo llevó a concebir la bilogía de Yojimbo (1961) y Sanjuro (1962). Una respuesta al yakuza-eiga y ninkyô-eiga (cine de mafiosos) que los estudios en Kioto de Toei producían como longanizas. Kurosawa no compartía esa idea romántica del mafioso o forajido de corte tradicional que Toei trabajaba, estaba un poquitín más cerca quizás de lo que Nikkatsu Corporation produciría a lo largo de los 60; por lo que el director decidió crear su propia versión del género, mofándose del ideario del género, y logrando así engendrar un hermoso y decisivo film en el que el western clásico, el chanbara y el cine de gánsteres se estrecharon la mano con pompa y alegría.

El argumento es sencillo en extremo, cuenta la historia de un rônin (Toshirô Mifune) que, dejándose llevar por el puro azar, llega a un pueblo desolado donde la ley no existe, y sus habitantes viven aterrorizados, escondidos dentro de sus hogares. La causa es la guerra abierta entre dos clanes rivales yakuza por el dominio del territorio, y nuestro protagonista decidirá sacar partido a la situación ofreciendo sus servicios como espadachín. Pero el rônin, al igual que los dos bandos enfrentados, no jugará limpio.

El guerrero a sueldo se presenta a sí mismo como Kuwabatake Sanjurô, que es como no decir nada, pues se trata de un nombre escogido al albur mientras mira por encima de una ventana un campo de moras (kuwabatake es mora y sanjurô es su edad, 30 años). Sanjurô no vende barata su pericia como yojinbô o guardaespaldas, y habiendo demostrado gran habilidad en una reyerta, los dos jefes yakuza lucharán por tener su katana de su lado. Sin embargo, el rônin sin nombre aprovechará la situación para jugar a dos bandas, como si se tratara de un tablero de ajedrez, maximizar así su beneficio económico y, de paso, verlos con placer cómo se destruyen mutuamente. Su plan parece encarrilado hasta que llega a la ciudad Unosuke (Nakadai Tatsuya), hermano de uno de los oyabun, armado con una pistola y más sagacidad de la que a Sanjurô le gustaría.

Así queda esbozada la narración de Kurosawa, donde quedan reflejados muchos de los temas habituales de los westerns: el héroe solitario, de alma torturada, que debe tomarse la justicia por su mano ante la ausencia de esta; gente indefensa y a la merced de villanos, necesitada de protección y, uno de los más importantes: la batalla entre modernidad y tradición. Yojimbo tiene lugar en un momento impreciso después de la Restauración Meiji (1868), durante el cual Japón se abrió de nuevo al mundo y tuvo que dejar atrás el viejo sistema feudal y sus satélites. Un cambio de vastas proporciones en el que todavía los japoneses andan un poquillo enredados.

Yojimbo tuvo un éxito inmediato en Occidente, de hecho es la película de Kurosawa más conocida y celebrada por estos lares. Quizá porque toca notas muy familiares para nosotros, es una obra que hiede a Hollywood; no en vano, al señor Pantano Negro se le considera el director japonés más occidental de todos. Por esa basculación hacia la cultura dominante extranjera se le criticó muchísimo en su país.  Pero en este film no solo brota la admiración de Kurosawa hacia John Ford, el escritor de hard-boiled Dashiell Hammett o Federico Fellini. Yojimbo tiene mucho de nipón también a pesar de que sus detractores solo vieran sombras gaijin en él; la influencia de las convenciones del teatro kabuki son incuestionables y manifiestas, por ejemplo.

El mismo protagonista, Sanjurô, es una creación que se rastrea en el cine japonés. Cierto que puede recordar bastante a Humphrey Bogart por esa moralidad dudosa, egoísmo recalcitrante y pasado enigmático; sin embargo, ya en el cine mudo de las islas podemos encontrar anti-héroes protagonizando historias que despojan de todo tipo de idealización la figura del guerrero. Una muestra clara sería la visionaria Orochi (1925) de Buntarô Futagawa (reseña aquí), película que os recomendé el año pasado ya con mucho, mucho, pero que mucho fervor.

Sanjurô es un mercenario (y muy bueno, por cierto), y como tal actúa. Se encuentra en un campo de batalla donde ambas facciones son maliciosas, traicioneras y ruines; por lo que se adaptará al entorno no solo para sobrevivir, sino para pasarlo bien un ratejo. No es un samurái, no se debe ya al bushidô; es un hombre de su tiempo, un individuo aclimatado a las circunstancias de una nueva era. Por eso, con calma y sobriedad, hará gala de una fría inteligencia al servicio exclusivo de sí mismo. Nadie sabe cuáles son sus verdaderos propósitos. Mifune y su genial interpretación originaron el que ya es un arquetipo por derecho propio: el ¿héroe? sin nombre. Sanjurô será siempre recordado por su parquedad insolente, su belicoso espasmo en la espalda, rascarse la barbilla mientras cavila y el lento masticar de un palillo en su boca. Un rônin de espíritu travieso y poco de fiar.

Unosuke, antagonista absoluto de Sanjurô, se encuentra totalmente a la altura de tremendo protagonista; un guerrero peligroso y tan viajado como él que se las hará pasar putas de verdad. El resto de personajes en la película destacan por ser unas maravillosas caricaturas, personajes pulp esperpénticos que dotan a la cinta de un aroma casi surrealista. Sus presencias son esenciales en el film. Porque Yojimbo tiene mucho de comedia negra, es una obra plena de sarcasmos, una parodia, como antes comentábamos, de las ninkyô-eiga realizada con un sentido del humor perverso. Y gusto exquisito. Aunque, por supuesto, Yojimbo se convirtió en algo mucho, mucho más grande de lo que todos esperaban.

Yojimbo es la obra más accesible de Kurosawa, con un guion ingenioso y emocionante, de ritmo agradable y ejecución impecable. Todo lo bueno del lenguaje de Kurosawa está en Yojimbo, pero en formato masticable. Como director de fotografía trabajó el incomparable Kazuo Miyagawa, que ya había colaborado con Kurosawa en Rashomon (1950), y que en Yojimbo brilló de manera espectacular. La sencillez de la historia aúna fuerzas con una puesta en escena asimismo austera y polvorienta, donde los planos panorámicos y de ángulo ultra-preciso intensifican el vacío y soledad que rodean a Sanjurô.

¿Y qué decir de la banda sonora? No encontramos en ella nada de la esperada música tradicional japonesa, sino unas composiciones que beben del jazz, con arreglos de aire oriental pero ritmos latinos frenéticos. Y dosificada con meticulosa atención a lo largo de la película, otorgando protagonismo a los silencios, a los diálogos. No hay duda de que Masaru Satô volvió a hacer historia con este trabajo.

No se puede terminar una reseña dedicada a Yojimbo sin nombrar su plagio más famoso y que se ha ganado, además, un lugar por méritos propios dentro de la historia del cine. Me estoy refiriendo a la insigne y egregia Por un puñado de dólares (1964) del también insigne y egregio maestro del spaghetti western Sergio Leone. Porque sí, es un plagio como la copa de un pino de Yojimbo. Rodada en España, fue una película que costó producir 200.000 $ y por la que recibió Clint Eastwood, siendo este su primer papel protagonista, 15.000 $. Recaudó luego en total casi 15 millones de dólares, de los cuales la mayoría fueron al bolsillo de Kurosawa. En realidad el director japonés ganó más dinero a través de la demanda que interpuso que con la película. Cosas de la vida.

Los productores de Por un puñado de dólares no habían logrado hacerse con los derechos de Yojimbo, pero esta nimia circunstancia no los amilanó. Decidieron continuar con el proyecto variando algunas cosillas de la obra original y prau. ¡Alegría! Lógicamente, esto no sirvió absolutamente de nada, porque Leone además se permitió el lujo de realizar un calco casi perfecto de Yojimbo. Kurosawa, bastante enfurecido, los demandó y fueron a juicio. Todo este asunto, como era de esperar, incrementó la popularidad de ambas películas, y no impidió que Sergio Leone prosiguiese dirigiendo dos secuelas más, Por un puñado de dólares más (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), que son a día de hoy componentes de una trilogía indispensable y clásica dentro del género.

Yojimbo fue un antes y un después en el chanbara y el western. Ha influido de manera notable incluso en franquicias como Star Wars o tebeos como Usagi Yojimbo. Forma parte ya de la cultura popular de Occidente, lo que no pueden decir muchas obras niponas. Y aunque esto no suponga ser una virtud per se, sí nos habla de su enorme trascendencia, de las barreras culturales llenas de prejuicios que ha tenido que superar. Yojimbo es una película sobria y muy, muy divertida; de visión obligatoria para todo aquel que se considere amante del cine. Un film con un objetivo simple y puro: entretener. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: Paradise Kiss

¡Ay, el verano! El calor me vuelve lenta y holgazana, además de que ando casi todo el día aturdida. Y luego me ocurren accidentes sangrientos en la cocina… pero esa ya sería otra historia. Las Peticiones Estivales prosiguen su itinerario, y hoy tenemos la sugerencia de Faelyan, que desde Buenos Aires conduce el genial blog Vorágine de Palabras. ¡Muchas gracias por tu inspiración, maja! La obra que nos concierne es el anime Paradise Kiss (2005), una obra muy querida por la mayoría del público y que fue bastante popular en su momento.

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Paradise Kiss está basada en el manga original de Ai Yazawa del mismo nombre y consta de 12 capítulos que la siempre fantabulosa Madhouse tuvo a bien realizar.  Tengo que reconocer que a esta mangaka la tengo un poco olvidada, y tampoco es que haya leído demasiados tebeos suyos. Tiene un estilo muy reconocible al que no le acabo de coger el puntillo, pero esto no me ha impedido disfrutar del cómic que, desde mi punto de vista, es lo mejor de su carrera hasta ahora: Nana (2000). Tristemente, se encuentra en hiato indefinido. Deseo de todo corazón que la autora se recobre pronto de su enfermedad, no ya solo para que le brinde un desenlace a Nana, sino para que pueda continuar con su vida sin sufrimientos en plenitud. ¡Mucha fuerza, Yazawa-sensei!

Si la adaptación al anime de Nana (2006) me encantó también, sobre Paradise Kiss ya no puedo decir lo mismo. Me costó además conectar con el propio manga, ya que el tema que trata y el mundo que lo rodea, el de la moda, me resultan pesados y aburridos. Pero me lo terminé, hace milenios de eso, y reconozco que es un buen trabajo aunque no encaje con mis preferencias personales. Sin embargo, el anime, que también vi hace muchos, muchos años y he vuelto a revisionar para la ocasión, no considero que se encuentre a su misma altura. Ni en broma. Y es una pena. Paradise Kiss, por cierto, en realidad es una secuela de un manga y anime anteriores, Gokinjo Monogatari (1995), del que no tardaré en escribir si todo va bien.

Yukari Hayasaka es una estudiante en el último curso de instituto. Se encuentra en un momento trascendental de su vida, pues debe escoger cuál va a ser su labor como adulto, cuál va a ser su posición en la sociedad. En Japón esto es algo importantísimo, y la presión a la que se ven sometidos los jóvenes de su edad es bastante enérgica. Ella nunca se ha considerado a sí misma una estudiante brillante, pero se esfuerza con ahínco en sacar las mejores notas para contentar a su madre, una mujer estricta y seria que solo desea el mejor futuro para su hija.

Yukari, que no ha conocido en su corta existencia nada más que el trabajo duro del aprendizaje y las responsabilidades de una vida convencional, no se imagina que pueda existir algo más hasta que tropieza con el atelier “Paradise Kiss”. En él trabajan cuatro zagales de su edad, pero muy distintos a ella; creando con sus propias manos atavíos de gran imaginación y riqueza estilística. El cerebro del taller de moda es el arrogante George Koizumi, y todos están convencidos de que Yukari es la modelo perfecta para las creaciones de “Paradise Kiss”.

Y a partir de aquí empieza la batalla de Yukari, la dicotomía entre dos universos opuestos que convergen en ella. Dos mundos que parecen incompatibles en esos momentos, y que obligarán a nuestra protagonista a elegir. Escoger, decidir, madurar. ¿Qué es lo que quiere hacer esta chica con su vida? La pasión de la juventud y su irreflexión candorosa la conducirán a un nuevo planeta lleno de glamour, libertad y nuevas emociones. Un lugar donde puede sentirse ella misma, y que, a su vez, no le exige nada más que ser ella misma. Pero este nuevo mundo se halla dentro de uno más grande: el real, lo mismo que su pequeña esfera de existencia escolar, y es algo que no debe de perder jamás de vista. Paradise Kiss no deja de ser una obra sobre el paso de la infancia a la adultez.

Y esta transición Yukari no la hace sola. Está rodeada de maravillosos personajes que en el anime son cristalizados de manera bastante tosca. Reducidos a su esencia más mínima, haciendo de algunos de ellos incluso caricaturas enojosas. No pretendo escribir un Manga vs. Anime, pero viendo la serie es inevitable que acuda a la cabeza el tebeo, porque existe un diferencia notable. Aun así, si no tuviéramos en cuenta el cómic, el anime deja que desear en ese aspecto. Y es una lástima, porque se olisquea claramente que detrás de ese elenco hay mucha más cera de la que arde.

Comenzando por los miembros del atelier, Miwako Sakurada queda reducida a una genki girl sin muchas neuronas y voz estridente (dios, es insoportable), que de vez en cuando deja brillar su corazoncito de oro. Está terriblemente infantilizada. Su novio, Arashi Nagase, queda plasmado como un punkie gandul al que le entusiasma quejarse. Mi personaje preferido, Isabella Yamamoto, una mujer trasgénero de personalidad fascinante, queda simplificada a mera figura maternal. Finalmente, George Koizumi continúa siendo un presuntuoso y snob, no más insufrible que en el tebeo, aunque sí mucho más plano. ¿Y Yukari Hayasaka? Pues nuestra pequeña Yukari es la que mejor parada sale de todos, no en vano es la protagonista, aunque tampoco podamos decir que sea un portento de personaje.

Yukari sufre la esperada evolución en este tipo de obras: de la niña sumida en una vida gris, marcada por el deber, siguiendo la senda transitada por la mayoría y haciendo lo que se espera de ella, al excitante descubrimiento de que el mundo es… muy grande. Y que dejarse llevar, tomar una actitud pasiva, no la benefician para nada como persona. La vida es dura. El resto de secundarios, como el encantador Toku-chan o la vibrante Mikako Kôda (¡me encanta esa mujer!), son un acompañamiento fantástico, me habría gustado que hubieran profundizado un poquillo más, y que las relaciones interpersonales no hubieran resultado tan deshilachadas, pero 12 capítulos tampoco pueden dar más de sí. Y la propia estructura de los episodios, como pequeños telegramas enlazados y guiados ocasionalmente por un diálogo interior, no contribuye a ello demasiado.

Uno de los puntos importantes de la serie es la relación amorosa que surge entre Yukari y George. Y aunque intentan dotarla de un aire realista, la relación entre ellos no termina de cuajar, no es creíble. Sin más. Es una pareja que realmente no se comunica, y su romance es conducido de manera insulsa, sin emoción. La colegiala sin experiencia junto al guapo (y rico, of course) malote que la manipula. Sus tácticas de seducción y control son muy obvias, y hacen al personaje todavía más odioso si cabe. El idilio evoluciona porque Yukari crece como persona, y al hacerlo, el futuro de este se encuentra sentenciado. No puede ser de otra forma. Yukari y George no funcionan, no pude empatizar con ellos en ningún instante. A pesar de que la presencia de George Koizumi es considerable durante el proceso de madurez de Yukari, su aportación es únicamente la de obligarla a ser sincera.

Esta falta de verosimilitud no es aislada, se encuentra dipersa por todo el anime. La historia de unos niños bien con una noción poco realista de la vida y que viven en una burbuja ajena al común mortal. Mayordomos, cochazos, mansiones exhuberantes, institutos maravillosos y exclusivos, y mucha gente cool. ¿De verdad esto es un josei? No sé yo…

Uno de los dilemas que brotan conforme se visiona Paradise Kiss es si estamos frente a un shôjo o un josei, porque comparte características de ambas demografías. Está catalogado como josei, pero yo personalmente lo considero un híbrido de shôjo-josei que a ratos juega a ser serio y formal. ¿Incluir escenas y diálogos sobre drogas y sexo, o presumir de un final materialista lo convierte en josei? Yo diría que hace falta un poquito más. Y es que no abundan los josei puros, la industria y los autores continúan ofreciendo todavía de manera mayoritaria el mismo tipo de producto a niñas, adolescentes y mujeres, con enfoques infantiles, fuertemente idealizados y centrados en las mismas temáticas y contenidos: romance, belleza, moda, vida cotidiana. Y es algo que me asusta bastante de manera personal, lo dependiente que es la mujer japonesa de su imagen, la importancia obsesiva por parecer jóvenes y bellas. Es una obligación para lograr su máxima aspiración: marido. Y eso se plasma en ambas demografías. ¿Hay excepciones? Sí, por supuesto. Pero Paradise Kiss no es una de ellas. Y es que el debate de las demografías en el manganime japonés daría para deliberar mucho. Pero hoy no toca.

Paradise Kiss recoge muchos elementos del shôjo clásico de los 60 y 70, y los introduce en su historia con naturalidad: entorno embellecido de reminiscencias occidentales, ambiente escolar de élite, tragedias familiares sin resolver, casualidades y enredos sentimentales visibles, protagonista ingenua y pasiva que solo tiene su belleza como talento, flores, estrellitas y pétalos al viento, comedia ligera y absurda, etc. Mucha horteradita entrañable que siempre se hace querer. Aunque también rinde homenaje a clásicos del josei, como el Pink (1989) de Kyôko Okazaki en algunos guiños como el del cocodrilo; o elige mostrar facetas menos amables en las relaciones entre padres e hijos.

Pero, ¿tiene algo de bueno esta serie? Porque le estoy propinando una zurra antológica. Pues sí, tiene unas cuantas cosas buenas. La primera y principal, su apartado técnico y artístico. Es una verdadera gozada. Tiene una animación estupenda, unos diseños de personajes alucinantes, recursos visuales imaginativos, ¡y qué colorido! Las ambientaciones tokiotas son maravillosas, todo está realizado con sumo gusto y cuidado, y la riqueza de detalles abruma. Por no hablar de las referencias a la cultura popular que aparecen (Godzilla, The cat in the hat, Marilyn Monroe, Humphrey Bogart, etc) y que hacen mucho más jugoso su visionado. Hasta el opening y ending son bastante más que potables (Franz Ferdinand, ouhyeah!).

Resumiendo, y siendo consciente de que es una unpopular opinion como la Gran Esfinge de Guiza, Paradise Kiss es un anime sin un clímax real y con un enorme potencial desperdiciado. No es mala obra, pero se asienta en una tierra de nadie donde queda a la merced de sus excelencias visuales y artísticas, que son numerosas y deslumbrantes, pero que no son suficientes para hacer de ella una adaptación digna. Es vacua, instrascendente, superficial, vaga. Y con el paso del tiempo, se olvida con facilidad. Se ve, distrae pero no emociona. Una lástima, pero ya sabemos que un bonito envoltorio no lo es todo. Puede, de hecho, esconder una decepción. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: Umimachi Diary

¡Más, más Peticiones Estivales! No me canso de repetirlo pero, ¡este año me tenéis muy contenta! Han sido bastantes vuestras sugerencias y muy variadas, ¡os lo agradezco un montón! Así que, ¡proseguimos! Esta vez con la proposición de Jane, que junto a Umibe llevan el prodigioso blog El Destino de la Flor de Cerezo. Cierto que se encuentran en una especie de estado de hibernación desde hace unos mesecillos, pero sus contenidos ahí los tenéis y os prometo que merecen la penita de verdad.

La petición de Jane es la mar de interesante, se trata de la obra Umimachi Diary, un manga creado por Akimi Yoshida, que esta temporada de verano está siendo un poco más conocida entre la otaquería por ser la artífice de Banana Fish. Un tebeo que, por cierto, os recomiendo (ya caerá por aquí, ya); y su adaptación animada me parece de lo mejorcito del estío. Por ahora. Regresando a Umimachi Diary o Diario de un pueblo junto al mar (2006-2018), se trata de un cómic que ha finalizado hace nada, el 28 de junio de este mismo año. Fue publicado por Flowers y, si no me equivoco, consta de 8 tankôbon a la espera de que recopilen los últimos capítulos para cerrar la serie con 9 totales.

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Como podréis imaginar, no he tenido la oportunidad de leerlo completo; pero algo he podido ojear ya que nuestros vecinos franceses (benditos sean), lo están publicando bajo el nombre de Kamakura Diary a través de Kana. Sería maravilloso que alguien en España se animara también a traerlo (¿Tomodomo?, ¿Milky Way? ¿Ponent Mon? ¡Quién sea!), porque es oro puro. Akimi Yoshida es una mangaka curtida en los menesteres del shôjo y el josei, con tres Shôgakukan bajo el brazo por Kisshô Tennyo (1983), Yasha (1996) y Umimachi Diary (2006); y varias nominaciones a los premios Tezuka y Taishô. De hecho, El diario de un pueblo junto al mar ganó el Excellence Prize del Japan Media Arts Festival en 2007 y el Taishô en 2013. Yoshida-sensei no es una cualquiera, y sus trabajos siempre se han caracterizado por otorgar a las demografías femeninas un enfoque distinto. Creo que es algo que muchos están descubriendo gracias al anime de Banana Fish. Y eso es estupendo.

Umimachi Diary es un manga muy querido en las islas, ha tenido hasta su adaptación al teatro. Pero sobre todo es conocido por su versión cinematográfica, Our little sister (2015), dirigida por Hirozaku Kore’eda. Fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en Cannes y, aunque no ganó ningún garladón del festival, sí tuvo bastante repercusión en Occidente, con excelentes críticas en los medios especializados además. Se llevó el Premio del Público en el Festival de San Sebastián, y recibió varios en su casa por parte de la Academia de Japón.

¿Sobre qué escribir? ¿Del manga o de la película? Dado que todavía no puedo hacer una reseña completa del cómic como se merecería y del film sí, pues hoy toca cine. No es por falta de ganas, y podría hacer una pequeña review sobre lo que he leído (2 volúmenes por ahora), pero prefiero reservarme y finalizarlo. Quizás con la insensata esperanza de que alguna editorial lo publique (¡por favor, por favor!) en estos lares; y si no, tirar, como ya es costumbre, de la France. Por otro lado, soy de la opinión de que los géneros y demografías considerados (ejem) femeninos (josei, shôjo, romance, etc), no son tales, sino que pertenecen a todos. Igual que los catalogados masculinos, que ya de serie se consideran universales y nadie dice ni pío. Umimachi Diary lo puede leer cualquier mozo, que os aseguro que no perderá su hombría; y tiene el indudable potencial de hacer disfrutar a cualquier ser humano, a no ser que se deje abrasar por los prejuicios. En ese aspecto, Akimi Yoshida ha hecho siempre un trabajo excelente, derribando cuando ha tenido ocasión convencionalismos.

Umimachi Diary es un drama costumbrista que nos introduce en la vida de cuatro hermanas en Kamakura. Esta ciudad, situada al sur de Tokio, es conocida por su potente tradición religiosa e histórica, un lugar con gran afluencia de turistas por su localización privilegiada junto al mar. En el manga la población tiene una fuerte presencia que en el film se diluye bastante, así como también la personalidad de las chicas y otros personajes se pierde un poco. Reconozco que es muy difícil realizar una adaptación completamente exacta a la obra original, son dos medios diferentes con dos lenguajes distintos; por no hablar de que no se busca una mera traslación, sino que el nuevo vástago tenga su propia esencia y valía. Pero… pero. Echo de menos el sentido del humor de Yoshida, las reverendas borracheras de Yoshino, la dulce insensatez de Chika y su pelo afro, esa malicia inofensiva del cotilleo entre hermanas, los hilarantes diálogos internos, etc. Sin embargo, you can’t always get what you want. Y, ¡qué diablos!, la película Our little sister, ya os adelanto, también es muy requetebonita.

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Las hermanas Kôda, Sachi, Yoshino y Chika, acaban de entererarse de que su padre ha muerto. En los últimos 14 años no han sabido gran cosa de él, pues dejó a su madre para irse con otra mujer. A su vez, su madre, incapaz de asimilar lo sucedido, huyó también dejando a sus tres hijas con la abuela, que las crió en su vieja casa. Fallecida esta, continuaron viviendo en ella. Sachi, la mayor, trabaja de enfermera en el hospital, Yoshino en una oficina bancaria, y Chika en una tienda de deportes. Las tres tienen formas de ser muy distintas, y se han ido adaptando a sus circunstancias familiares como han podido. Sachi es la que más recuerda a su padre y el antiguo hogar, con un lógico resentimiento hacia sus progenitores, pero ha sabido siempre mantener bajo un estricto control sus emociones.

Sachi, en un principio, se escuda en que tiene turno de noche para no acudir al funeral, en Yamagata, donde su padre había rehecho su vida regentando un ryokan. Ahí, en el agreste Tôhoku, se había casado por tercera vez, al fallecer su segunda esposa, y había disfrutado del aprecio y estima de los que le conocían. Para cierta sorpresa de las Kôda, era considerado una persona buena y amable con todos. De él había cuidado durante su enfermedad su hija Suzu, de 14 años, retoño de la esposa número dos. Las Kôda no pueden evitar sentir cierta curiosidad por conocer a su media hermana, apenas una adolescente, y se sorprenden de su consideración y entereza. Sachi, que acude al final, se ve reflejada inmediatamente en ella: una cría a la que han arrebatado la niñez,  ha tenido que aprender a madurar de forma muy dolorosa y que se ha quedado sola en el mundo. Así que, en contra de su manera de actuar, se deja llevar por un impulso y la invita a vivir con ellas en su hogar de Kamakura.

Este es el punto de partida de un slice of life sereno y emotivo, pero maravillosamente falto de sentimentalismo. Y es que la ausencia de melodrama, en una historia como esta plena de sinuosidades que rozan lo rocambolesco, es milagrosa. Las hermanas Kôda llevan a la hija de la persona que les arrebató a su padre a vivir con ellas. Su medio hermana, una chica inocente sin otra familia que ellas. Y Suzu es muy consciente de la situación, no es ninguna tonta, sabe que su presencia revive antiguos agravios. Our little sister plantea un laberinto emocional donde todas tienen asignaturas pendientes de una manera u otra, un dédalo en el que se desliza la culpabilidad.

Kore’eda es todo un experto en lidiar con los sentimientos humanos con sutilidad y delicadeza, y eso es lo que nos muestra en Umimachi Diary: el universo femenino japonés, rico, generoso y lleno de contradicciones. Es inevitable evocar Las hermanas Makioka (1936) de Junichirô Tanizaki o el clásico occidental Mujercitas (1868) de Louisa May Alcott conforme vamos viendo la película; así como, por mucho que le moleste al director, la sombra de Yasujirô Ozu en la forma que tiene de crear poesía. Sin azúcar ni artificios, con hermosa simplicidad y ternura. Un shôshimin-eiga honesto de lo que es ser mujer en Japón en la actualidad, y no es para nada fácil.

Our little sister es un drama familiar realista que plasma lo cerrada y encorsetada que es la sociedad japonesa. El pudor a la hora de expresar los sentimientos hace que se enquisten, ulceren profundamente por dentro. No es casualidad que no sea casi hasta el final de la película que ninguna se atreva a hablar de forma abierta y franca de su padre. Una comunicación franca y honesta siempre es necesaria entre personas que se quieren, desahogarse también es indispensable para poder continuar adelante con la vida. Cada hermana es retratada de manera individual, con una profundidad psicológica acorde a la importancia de su personaje, por supuesto, pero todas colman con sus pensamientos y emociones la vieja casa en la que viven. Una casa rebosante de recuerdos y sentimientos entretejidos con ligereza, pero fuertes e impetuosos a la vez. La relación entre ellas es natural, fluida, casi mágica.

Es significativa la continua presencia de la muerte. La película comienza y acaba con un funeral, y las alusiones a ella no son pocas. Las personas vamos, venimos y, al final, desaparecemos. Como todo en el mundo. Es la futilidad de la existencia. Sin embargo, los japoneses han sabido hallar en esa impermanencia la más exquisita de las bellezas. Umimachi Diary rezuma de mono no aware, impregnando con su dulce melancolía la cadencia del film. La conmoción ante lo efímero de la vida es la que conduce, en cierta forma, a estas hermanas hacia la purificación del perdón. El perdón para sus padres, el perdón para ellas mismas.

Our little sister trabaja a distintos niveles, su complejidad es admirable a la hora de cristalizar el desconcierto y los matices de las emociones humanas. La terrible dependencia de la mujer japonesa hacia el hombre, la necesidad imperiosa de tener un interés amoroso y/o casarse. Todo esto en una sociedad que responsabiliza únicamente a la mujer del fracaso de las relaciones sentimentales o el matrimonio, ellas solas cargan con la culpa completa. Su obligación es servir a su pareja o marido, hacerles sentir bien; si las abandonan, es porque no están cumpliendo con su papel. Por eso la madre de las hermanas Kôda es acusada de que su marido se fuera con otra. Su padre es considerado, recordemos, un buen hombre; aunque en realidad fuera un cobarde que se preocupara más de los demás que de su propia familia, y cuya debilidad de carácter lo hacía incapaz de asumir sus errores. Y es precisamente cuando las cuatro hermanas son conscientes de todo esto, que logran liberarse y conseguir cierta paz. Sentirse personas plenas y autosuficientes sin la necesidad perentoria de una presencia masculina. Ellas mismas se bastan, ellas mismas conforman un núcleo familiar perfecto. Llegar a una conclusión así en la sociedad nipona no es cualquier cosa, ojito.

Diario de una ciudad junto al mar es un recorrido por las vidas de cuatro mujeres, los lugares que habitan, sus gustos, sus experiencias, sus heridas. Los deliciosos tentempiés que prepara la dueña de la cantina La Gaviota; la paciente elaboración casera de licor de ciruela; la inmediata camaradería entre las Kôda y Yuzu; las recetas gastronómicas de la familia y sus degustaciones; la primera pedicura de Sachi con esmalte rojo; etc. La película está repleta de detalles muy humanos y creíbles, pero siempre con una mirada amable y bondadosa. Todo en ella invoca un lirismo elegante que mediante planos medios y largos otorga una silenciosa intimidad de voyeur. Para los diálogos, planos cortos en interior de gran intensidad.

Se trata de una obra que va desarrollándose con calma, adaptándose a la evolución psicológica de los personajes. Cada hermana ocupa el espacio de un cliché: la mayor, responsable y seria, motor incuestionable de los cambios; la mediana, rebelde y con mala suerte con los hombres; la tercera, desenfadada y candorosa; la pequeña, tímida y buena deportista. Desde luego, Umimachi Diary no va dirigida a un público impaciente, y la ausencia de un clímax destacado marchita un poquito su desenlace. No obstante, el trabajo de las actrices es en verdad memorable, y a pesar de que no sea la película más original de Kore’eda, resulta un film estupendo que debería remitir al espectador de forma inmediata al manga.

Our little sister es una bonita película que hará las delicias de los amantes del costumbrismo clásico japonés, con muchas reminiscencias budistas (tiene lugar en Kamakura, no obstante), y un aspecto visual impecable, transparente y de gran pureza. Su guion, que parece exhala cierto aroma culebronesco, no puede resultar más engañoso en ese aspecto, pues oculta temáticas más hondas de lo que cabría esperar. En resumen, un film agradable y bien confeccionado, aunque no alcance la excelencia (ni falta que hace). Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Peticiones estivales

Peticiones estivales: Kenpû Denki Berserk

¡Continuamos con las Peticiones Estivales! Esta vez con una que el año pasado olvidé criminalmente, pero Leticia Olguin (facebook) tuvo a bien recordarme tremendo despiste. Y, por fin, la tenemos aquí. ¡Gracias por tu paciencia, Leticia!

Su proposición era, nada más y nada menos, que Berserk. Se trata de una de las obras más importantes del género de fantasía, concretamente dark fantasy, del universo manganime. Berserk son palabras mayores. Y un trabajo que abarca desde el año 1989 hasta la actualidad. Un seinen que ha marcado a varias generaciones de lectores y que, por supuesto, ha hecho historia. El responsable de tamaña proeza es, como muchos ya sabréis, Kentarô Miura. Todo lo que pueda escribir sobre la trascendencia de este trabajo es poco, además que ya se ha disertado por activa y por pasiva respecto a él. Lo que pueda añadir seguro que alguien lo ha expresado ya, con mejores palabras y en más profundidad. Por no decir que las creaciones que conforman el mundo de Berserk son unas poquitas, así que me encontraba en un dilema: ¿por dónde empezar con semejante bestia parda?

Bueno, el principio no suele ser mala opción: Berserk es una palabra que proviene del antiguo nórdico, uno de sus posibles significados es “vestido con piel de oso”. El inglés lo tomó prestado para designar la locura y el frenesí que padecían algunos guerreros escandinavos cuando combatían. Una demencia que los hacía terroríficos y prácticamente invencibles. Ellos eran los berserks o berserkers. Y un berserk es lo que vamos a encontrar en esta obra, Guts. Un guerrero indomable y brutal.

El manga, que es el trabajo que con más entusiasmo os recomiendo, transita un camino largo y tortuoso, al menos para los lectores. Con desesperantes hiatos, en los que prefiero no entrar porque puedo soltar espumarajos hasta el Día del Juicio, pero que forman ya parte de la tradición otaca. Este pasado marzo Young Animal anunció que volvía de nuevo a pausarse, por cierto. A veces pienso que la criatura le ha salido demasiado grande a Miura, que acabará devorándolo. No sé si será capaz de brindarle el final que merece, pero esto ya son elucubraciones. A día de hoy van 355 capítulos y 39 tankôbon.

El tebeo de Berserk es carne de la sección Galería de los Corazones Rotos, por lo que decidí aparcarlo para hacerle una entrada como merece, llena de amor, resentimiento y angustia. Así que para esta petición estival me quedaban por elegir dos series televisivas, Kenpû Denki Berserk (1997) Berserk (2016-2017); y la saga de tres películas (2012-2013). ¿Con cuál quedarme? Pues me he dejado llevar por la nostalgia y hacerle reseña a la primera adaptación animada de Berserk, que por ahora, al menos desde mi punto de vista, es la mejor con diferencia. También creo que es una manera estupenda de introducirse en su intrincado cosmos. Si Kenpû Denki Berserk os llega a gustar, no dudéis entonces en lanzaros de cabeza a su mundo de violencia, oscuridad y fantasía de la más refinada calidad. ¡A por el manga!

Kenpû Denki Berserk adapta el llamado arco de la Edad de Oro del manga, que comienza en el tankôbon tercero y finaliza en el decimocuarto. Se trata de un enorme racconto en el que se asientan los cimientos de toda la historia, es el meollo, el corazón de Berserk. Es ese pasado que vuelve siempre para atormentar. Kenpû Denki Berserk consta de 25 capítulos en total, realizados por los veteranos estudios OLM y dirigidos por Naohito Takahashi, que salvo por esta serie no se ha distinguido por gran cosa, y Kazuya Tsurumaki.

La serie parte en un momento del presente donde Guts, protagonista de Berserk, está luchando contra uno de los Apóstoles, que gobierna toda una región. Tras dejar la ciudad en llamas durante la batalla y destruir a su enemigo, recuerda. Recuerda cuando era joven y se ganaba el sustento de la única forma que sabía: matando. Un muchacho solitario, un mercenario que tuvo la fortuna de toparse con la Banda del Halcón, que le cambiaría la vida. Liderada por Griffith, Guts mordió el polvo en un duelo contra él, y acabó uniéndose a ella un poco a regañadientes. A partir de ahí, se vio inmerso en la Guerra de los Cien Años entre Midland y el Imperio Chuder, donde la Banda del Halcón combatía a favor de Midland.

Guts no es un guerrero cualquiera, y eso Griffith lo supo ver desde el principio. Se puede decir que sufrió un flechazo. No obstante, el líder de la Banda del Halcón tenía muy claros los objetivos, y su gran inteligencia le permitió ascender de forma meteórica en el ejército del país, granjeándose el aprecio del rey (y la princesa Charlotte) y el odio de la nobleza, que consideraba inconcebible que un plebeyo de baja estirpe llegara tan alto, incluso amenazando sus privilegios. Griffith es un guerrero temible y un estratega despiadado, cuyo único punto débil era Guts.

Este es el contexto, resumido a grandes rasgos, en el que se desenvuelve Kenpû Denki Berserk. Un anime de corte indudablemente épico, con mucha sangre, violencia extrema, intrigas cortesanas, batallas sin fin y tragedias amplificadas. A los neófitos quizá os pueda recordar un poco a la saga de Canción de hielo y fuego, con la diferencia de que Berserk es mil veces más cruento.  Pero como sucede en la obra de George R. R. Martin, lo que mueve realmente la historia son los personajes. Un elenco maravilloso que tira p’atrás.

Griffith es, sin duda, el personaje más fascinante de Kenpû Denki Berserk. Su carisma es extraordinario, tiene un matiz hipnótico. Su capacidad de liderazgo es indiscutible, su voluntad de hierro y grandes sueños lo hacen muy, muy atractivo. Pero no queda solo ahí. Su aspecto andrógino y modales impecables le otorgan un aire casi sobrenatural y distante, inalcanzable en su perfección. Es el caballero inmaculado, valiente, lúcido, de riguroso autocontrol. Una luz a la que siguen sin titubear todos los miembros de la Banda del Halcón, y que deslumbra a sus enemigos.

Sin embargo, Griffith es humano. Muy humano. Y todo su resplandor genera una sombra igual de profunda. Como la de un arcángel caído. Su ambición es desmedida e insaciable, y ante ella sacrifica todo, incluso su carne y sangre. Es manipulador, para él las personas no son mas que meros utensilios en su travesía hacia el poder, y no tiene piedad con los que interfieren en sus planes. Es un depredador nato, aunque no suele ser cruel sin necesidad. Griffith es un enigma.

Siempre me han llamado mucho la atención este tipo de personajes que juegan con la ambigüedad sexual, que además no son demasiado habituales en los seinen, sino en los shôjo. Griffith tiene mucho de las otokoyaku del Takarazuka Revue, recuerda a las protagonistas de Claudine…! (reseña aquí) o Versailles no Bara (reseña aquí) de Riyoko Ikeda; a mi queridísima Utena también. Pero Griffith, a pesar de su aspecto andrógino, no es trans. Es un hombre. Fin.

Guts, por otro lado, podríamos considerarlo su opuesto. Y esta pareja, en torno a la cual gira Kenpô Denki Berserk, tiene una inspiración muy clara en el binomio del Devilman de Gô Nagai. Guts es el protagonista definitivo de los seinen hipermusculados, con su colosal espada de reminiscencias fálicas, el antihéroe por excelencia. Con una vida cruel desde niño, solo ha tenido tiempo para luchar y matar. Nunca ha querido depender de nadie, y tampoco ha tenido una meta vital. Por eso alquila su única (y considerable) pericia al mejor postor, por eso hace suyo el sueño de Griffith. Y en la Banda del Halcón empieza a conocer  lo que es tener una familia. No obstante, Guts no es ningún zopenco, y a pesar de ser una persona honesta y sin dobleces, valora su libertad personal por encima de todas las cosas. Su aparente sumisión a Griffith no puede ser eterna.

Y llegamos por fin a Casca, la protagonista femenina de Kenpû Denki Berserk. En una obra que representa un mundo tan profundamente patriarcal, la figura femenina no podía tener excesivo espacio. Y en el caso de Kenpû Denki Berserk (el manga es distinto) no es de otra forma. Lo femenino siempre se plasma como el agente débil, demasiado emotivo, sexualizado y/o con el obligatorio interés romántico. Casca posee estas características, pero rompe también algunos moldes. Desde mi perspectiva, es el personaje más próximo, más natural. Una mujer en un mundo de hombres abriéndose paso para hacerse valer (y lo hace bien); aunque siempre se encuentre supeditada a Griffith o Guts, cuya relación sí que se encuentra en términos de igualdad. Ya se sabe, las mujeres somos esclavas de nuestras emociones (ejem). Pero esto no es una crítica en realidad, estamos hablando de un anime de hace veinte años y, como a menudo comento, juzgar las obras del pasado desde el punto de vista del presente no es ni justo ni inteligente. Casca es un gran personaje, una fantástica guerrera y capaz de acaudillar, si es necesario, a la Banda del Halcón. Todos la respetan y consideran su hermana de armas. Porque es así, no obstante. Su evolución psicológica es magnífica.

¿Hay más personajes femeninos? Pues está la princesa Charlotte, que hace el papel habitual de adolescente mimada y enamorada; y su madrastra, la reina, que como toda madrastra que se precie, es malvada y conspiradora. Pero poco más. Kenpû Denki Berserk es un seinen muy a la antigua en ese aspecto, con una pobreza de personajes femeninos elocuente. Sin embargo, el resto de la galería de personajes es excepcional: Pippin, Judeau, Rickert… Amo mucho a Judeau, es mi personaje favorito (tengo debilidad por los secundarios). Están todos esbozados con sumo cariño y cuidado, son de verdad entrañables. Los villanos, sin embargo, tienen mucho de caricatura y son bastante menos profundos. Corkus es un personaje que va a piñón fijo, por no hablar del ridículo Adon Coborlwitz (que no falte el apunte cómico), el maquiavélico ministro Foss o el furibundo y suspicaz hermano del rey, Julius. Aunque también es cierto que en el manga están infinitamente mejor trabajados.

La serie en general se desarrolla a buen ritmo, aunque admito que los primeros episodios, si se es algo impaciente, pueden hacerse tediosos. Kenpû Denki Berserk es un anime de los que empiezan a desplegar sus virtudes más adelante. Desde el capítulo uno hasta, más o menos, el siete u ocho, Berserk no ofrece nada de especial: una historia predecible que cuenta las andanzas de un jovenzuelo de pasado traumático, y que se une a una banda de mercenarios capitaneada por un hermoso joven de gran talento. Con peleas y surtidores de hemoglobina por doquier. Pero, lentamente, van introduciéndose notas discordantes que tuercen la armonía, creando una atmósfera sombría que empapa los acontecimientos, los personajes, la historia. Y lo que parecía una cosa, de repente es otra. Y ya te encuentras totalmente enganchada. Lo malo llega al final… y no puedo decir más.

Cierto que a ratos, sobre todo durante las batallas, brotan detalles de una ingenuidad y simpleza sonrojantes; pero, por otro lado, la escala de grises es sorprendente, teniendo en cuenta además que estamos hablando de una obra de fantasía épica, en las que se acostumbra a polarizar de forma contudente. Kenpû Denki Berserk es, esencialmente, una obra de acción. De acción y sangre, aunque sin casquería. Esto no impide que se traten asuntos peliagudos, y que se planteen dilemas morales de gran profundidad. Siempre con un tono desesperanzado, porque no deja de ser una obra plena de tinieblas, pero que ofrece la ocasión de reflexionar. La cosmogonía que se perfila, imbuida de H.P. Lovecraft, es de corte filosófico y esencia cruel: el hombre ni siquiera tiene control sobre su propia voluntad.

Pero no hace falta comerse la cabeza tampoco demasiado, porque Kenpû Denki Berserk resulta ser, en el fondo, una historia de amor. El amor entre Guts y Griffith, venenoso e intenso. Y como en toda historia de amor que se jacte de serlo, el triángulo amoroso brota inevitable. El amor de Griffith hacia Guts es fiero, obsesivo; el de Guts hacia Griffith, respetuoso y lleno de admiración; el de Casca hacia Griffith todo devoción; el de Guts hacia Casca ineludible y comprensivo; el de Casca hacia Guts realista y tierno. Y no hay que olvidar que es el desamor el que precipita las circunstancias hacia un desenlace de dolor y ruina. Más allá de las intrigas políticas, las ambiciones y las masacres de las batallas, se encuentra el amor. Tan simple como eso. Y tan complicado. Porque los sentimientos y relaciones interpersonales son los que engendran un arabesco de emociones que van aumentando en complejidad hasta desencadenar una serie de acontecimientos que nos conducirán al Guts del presente. Un Guts solitario y de espíritu nihilista, corroído por un deseo implacable de destrucción y venganza.

¿Qué me queda por contar? Ah, sí, la animación es bastante buena, incluso para la época. Tira mucho de movimiento de cámara con plano fijo, sobre todo en escenas donde la violencia y la acción son las estrellas; y hace guiños continuos al mundillo del manga, lo que es un bonito detalle. Su arte es minucioso y de fondos cuidados, con la maravillosa textura de la animación cel. Por cierto, hubo mucha gente que se quejó de la música, y siendo personalmente muy quisquillosa con ese tema, no he hallado motivo de queja. El opening de PENPALS suena a banda alternativa de los 90, ni más ni menos. Con un toque noise y a Mudhoney que no me desagrada para nada; la banda sonora en general, compuesta por Susumu Hirasawa, también recuerda a la world music del momento, en concreto a los franceses Deep Forest.

Kenpû Denki Berserk es un pedazo de clásico, pero no surgió de la nada, como hemos podido ir leyendo. Las influencias son variadas, desde Guin Saga de Kaoru Kurimoto (reseña de su anime aquí) pasando por Conan el Bárbaro (el comienzo, leches, es casi idéntico), Robocop (la vieja, ojito) o Hokuto no Ken (¡díos míooooo!). Entre otras muchas obras. Kentarô Miura siempre ha sido un ávido consumidor de cultura popular, era lógico que apareciera su influjo.

Me ha costado bastante hacer esta reseña porque el mundo de Berserk es tan amplio que resulta muy, muy difícil intentar plasmarlo con un mínimo de justicia. Y coherencia. Los que lo conozcáis ya lo sabéis de sobra; los que no, solo invitaros a que lo hagáis, que este conato desmañado mío no os eche para atrás. Es una obra que merece muchísimo la pena, sobre todo si os gusta la fantasía. Y si el anime logra conquistaros, que sepáis que el tebeo es un millón de veces mejor. A pesar de que Miura-sensei se lo esté tomando con taaaaaaaaaaaanta calma. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Peticiones estivales

Peticiones estivales: El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge

¡Ya están aquí las Peticiones Estivales de este 2018! La verdad es que estoy bastante contenta porque ha habido más participación que en las ediciones pasadas, así que, ¡muchísimas gracias a todos los que habéis realizado alguna sugerencia para SOnC! Me habéis ofrecido mucha variedad de trabajo, y eso es realmente estimulante.

Vamos a inaugurarlas con una petición de @morganmorag que, con mucho tino además, solicitó algo de gekiga. Y es que hace bastante que no escribo sobre algún autor del género. Imperdonable. Por lo que hoy vamos a tener la reseña de todo un clásico: Munô no Hito (1985) o El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge (1937, Tokio). Fue publicado en España no hace mucho por Gallo Nero, y es una adquisición que os recomiendo sin pestañear. La misma editorial también ha tenido el exquisito gusto (y fortuna) de sacar adelante La mujer de al lado, un volumen de varias historias cortas muy digno también. Os prometo que no es nada fácil encontrar material fuera de Japón de Tsuge, es un hombre bastante peculiar, y hasta no hace mucho las obras publicadas en Occidente de este maestro del manga eran contadas con los dedos de una mano en inglés y francés (cómo no). Ahora podemos añadir dos más. En español. Y ya.

Este señor al que vemos posando rodeado de cámaras fotográficas con pintas de un ser humano normal es el autor protagonista de hoy. Aparecen también su hijo y esposa, la actriz e ilustradora Maki Fujiwara. Podría haberme inclinado por Yoshihiro Tatsumi (del que ya escribí un poco aquí), Osamu Tezuka, Sanpei Shirato o Shigeru Mizuki, nombres habituales relacionados con el género, y que suelen acudir a la mente del lector de tebeos avezado. Sin embargo, he preferido alejarme un poco de lo obvio, y acudir a los márgenes del manga. No por eso menos trascendentales e interesantes. Yoshiharu Tsuge fue, y es porque continúa vivo a pesar de vivir alejado del mundo del cómic, uno de los mangaka más importantes e influyentes de la historieta de Japón. Aunque su nombre no suene tanto como el de otros (gracias a Gallo Nero eso está cambiando por estos lares), su importancia es capital en el desarrollo y evolución del gekiga, que Tsuge además llegó a rebasar.

Pero antes de entrar en harina con El hombre sin talento, resulta imperativo detenerse un mínimo en la biografía de este hombre. Su obra, una de las más originales del manga nipón, está vinculada de manera insondable a sus circunstancias vitales. No se entiende la una sin la otra.

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Tsuge, en 2015, comentando en una cafetería algunos originales de su clásico “Chiko” (1966) Fuente: http://d.hatena.ne.jp/shimizumasashi/comment/20111019/1319027589

Unos tebeos tan singulares como los suyos no podían proceder de una vida común tampoco. Muy a su pesar, Tsuge tuvo una infancia difícil marcada por un entorno de familia disfuncional, la pobreza extrema y la II Guerra Mundial. Psicológicamente, Tsuge sufrió durante toda su vida adulta las consecuencias de una niñez y adolescencia muy, muy penosas.

Su padre falleció, dejando a su madre con varias bocas que alimentar, por lo que nada más acabar la educación primaria, Yoshiharu Tsuge se vio obligado a trabajar en fábricas. Tenía dos hermanos y dos hermanas más, siendo él el mayor (su hermano Tadao Tsuge, del que seguro que escribiré en el futuro, también se dedicó al mundo del cómic). Se crió en un Tokio devorado por la guerra y su posterior recesión. Con 14 años intentó fugarse como polizón en un carguero de bandera estadounidense; con 16 ya estaba dibujando, a los 20 intentó suicidarse.  Siempre fue una persona extremedamente tímida, por lo que el negocio del manga le permitía no tener que relacionarse casi con gente y, a la vez, ganar dinero con modestia. Se estrenó en el mercado del kashi-hon, muy popular entre las clases humildes en los años 50, y donde solía dibujar chanbara para el público joven. A pesar de que eran tebeos sencillos, con la influencia inevitable de Osamu Tezuka, no dudó en inocularles tinieblas, cosa que llamó la atención de los profesionales del gremio. Sin embargo, la miseria no lo abandonaba, y se vio forzado a vender su propia sangre para subsistir. A los 18 años creó su primer gekiga; y en 1967, Shirato Sanpei lo invitó a publicar su material en la fundamental revista Garo, que se convirtió en uno de sus medios de expresión. En sus páginas se explayó con tranquilidad y osadía, rompiendo las reglas establecidas del manga, innovando y creando nuevos géneros incluso. Sus tentáculos creativos llegaron hasta el mundo del cine, la música y la literatura, que leyeron asombrados (y ávidos) todas sus invenciones y novedades.

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El que se apoya en la puerta es Mizuki, con su inconfundible sonrisa; el de en medio sin gafas y chaqueta blanca, Tsuge.

Pero la mente de Tsuge, influida quizás por la neurosis padecida por su padre y multitud de traumas más, no le permitió llevar una carrera artística constante y uniforme. En 1966 sufrió una profunda depresión que lo condujo a abandonar sus propias creaciones, y para ganarse la vida trabajó como ayudante de Shigeru Mizuki. Aprendió muchísimo de él, su estilo se pulió y absorbió muchas de sus características. Pero Tsuge se recuperó, y continuó adquiriendo una reputación bastante especial. Su obra, completamente insólita para la época, junto a su talante inusual, le hicieron ganarse los adjetivos de ishoku (único, original) y kisai (genio), que aunque triunfaba entre la crítica especializada, el público general encontraba inaccesible. Podríamos considerar a Yoshiharu Tsuge el primer mangaka excéntrico de la historia de Japón.

Tsuge dibujó básicamente gekiga, tebeos avant-garde como crónicas oníricas, y narraciones autobiográficas. También historias sobre sus viajes por el Japón menos conocido, a ese Japón recóndito al que no se presta(ba) atención. En total, publicó unas 150 obras, hasta que a finales de los 80 decidió retirarse definitivamente del mundo del manga, por el que sentía ya una profunda repugnancia. A pesar de que la depresión interrumpió  su carrera profesional en varias ocasiones, su adiós en 1987 fue definitivo. No ha regresado ni tiene intenciones. Es posible que ese odio que desarrolló hacia la industria editorial comenzara ya en los 70, cuando el modelo de negocio cambió. La libertad creativa se supeditó a la productividad, algo totalmente incompatible con la manera de ser y hacer de Tsuge.

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Munô no Hito o El hombre sin talento

Y así llegamos hasta el tebeo protagonista de hoy, El hombre sin talento (1985). Tsuge nunca fue un autor optimista, de hecho todo ese entusiasmo renovador que muchos artistas de la posguerra cultivaron, y que vio renovadas sus energías en el boom de los 80, no impregnó en absoluto su espíritu atormentado. Esa década fue además una etapa dura para él, estuvo ingresado varias veces en instituciones psiquiátricas, y perdió la visión de su ojo izquierdo. Se encontraba extenuado, y este manga  recoge muy bien ese sentir vital, que no obstante lo acompañó desde niño, y que fue ahondando sus raíces a lo largo de los años. Se trata de un cómic enclavado en el watakushi-manga, género que él mismo inició con Chiko, el gorrión de Java (1966). El watakushi-manga es una especie de traslación al medio del tebeo del género literario watakushi-shôsetsu o “novela del yo”, que surgió a finales de la era Meiji. Un tipo de novela centrado en las vivencias y pensamientos del mismo escritor, imbuído también de una potente crítica social, riqueza simbólica y complejidad psicológica. El mangaka, como buen introvertido, era (seguirá siendo, digo yo) un lector voraz, y no titubeó a la hora de dejarse empapar por los libros que leía. Visto en perspectiva, era inevitable que Tsuge acabase creando el watakushi-manga. Porque abrirse en canal y mostrar las entrañas al público no puede ser más tsugiano.

talento17Pero a diferencia de sus obras pasadas, que emanaban un fulgor claramente surrealista, Munô no Hito es esencialmente realista, más cercano si cabe al watakushi-shôsetsu. Una historia formada por otras más pequeñas, presentadas mediante pequeños detalles cotidianos, que son los que construyen y dan verosimilitud a la narración. Siempre desde una estricta perspectiva individual, en primera persona. Sin embargo, aunque tiene tintes autobiógraficos muy evidentes, reducir El hombre sin talento a la categoría de memorias, confesiones o un mero diario, sería constreñir su naturaleza. Este manga es mucho, mucho más.

Podríamos comenzar diciendo que El hombre sin talento es un enorme slice of life. Porque el costumbrismo nipón, con esa eterna dicotomía entre tradición y modernidad que brota por doquier, alcanzó su orgasmo en los 80; y Tsuge lo expresó de una manera contudente. La lucha por adaptarse a un mundo nuevo, ajeno, extranjero, superficial y cruel. Pero este combate empezó para Tsuge ya de niño, con la derrota de la II Guerra Mundial. Muchos japoneses no supieron aclimatarse a ese nuevo cosmos que los dejaba atrás. Un capitalismo feroz que asfixiaba lo que no fuera rentable, y que ridiculizaba además el pasado. Y el protagonista de Munô no Hito no es otro que una de esas personas desarraigadas, cuyo espíritu todavía se aferra al viejo Japón, y es incapaz de salir del agujero. Regodeándose en su miseria, rumiando junto a otros como él la amargura  que brinda ser consciente de la propia mediocridad. Y solo desear desaparecer. Ese es Sukezo Sukegawa, álter ego de Yoshiharu Tsuge.

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Sukezo Sukegawa es un mangaka que decide abandonar la profesión para dedicarse a negocios que no funcionan. Su esposa lo desprecia por su insensatez, y su hijo, un muchachito enfermizo que padece asma, parece estar desarrollando algún tipo de desorden mental. El único sustento que tienen para sobrevivir es el trabajo de ella, repartiendo publicidad en los barrios obreros. Viven con muchas estrecheces.

Sukegawa empezó con un proyecto de venta de cámaras de segunda mano que al principio funcionaba bien, pero acabó quebrando; luego decidió dedicarse a la venta de suiseki, o piedras de forma y/o color especiales que evocan de manera hermosa paisajes, animales, etc. Una disciplina antigua procedente de China y que en su momento álgido movió mucho dinero, pero totalmente abandonada cuando Sukegawa resuelve dedicarse a ella. Como carece de dinero, no puede viajar a lugares remotos y especiales donde hallar suiseki de calidad, así que los busca al lado de su casa, en el río Tama. Un lugar muy transitado y que todo el mundo conoce, por lo que resulta absurdo vender piedras que cualquiera puede recoger con facilidad. Algo tan lógico no penetra en la cabeza de Sukegawa, que con terquedad insiste incluso en ampliar el negocio. Sukegawa duerme, sueña, divaga, tiene ideas grandilocuentes y su mente vuela. Pero la realidad es más tozuda que él, su empresa está condenada al fracaso.

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Sukegawa se relaciona con otras personas tan perdidas como él, unos sumidos en las mezquindades de su especialidad, de espaldas al presente y regurgitando la gloria del ayer; otros devorados por la miseria y su propia amargura; también alguno que refleja su propia pasividad y abandono, su afán autodestructivo inconsciente. Para él es un consuelo no encontrarse solo en su condición de inadaptado, incluso siente cierta alegría perversa al observarlos tan desdichados como él. Porque todos, en cierta manera, han elegido vivir así, el mismo Sukegawa reniega de su propio talento (¡que lo tiene!) una y otra vez.

Pero toda esta indolencia por parte de Sukegawa, ese vacío existencial que roza el nihilismo, tiene unos fundamentos filosóficos sólidos. Se trata, nada más y nada menos, que del objetivo final del budismo, que es alcanzar el nirvana. La propia etimología de la palabra nirvana es “extinguirse de un soplo, apagarse como una vela”. Evaporarse, dejar de existir. El mismo Sukegawa lo expresa así en varios momentos, y es que Tsuge fue un gran lector de los textos de las diferentes escuelas budistas japonesas.

El hombre sin talento carece de estructura lineal, pero se recorre con bastante facilidad. Son seis cuentos autoconclusivos que pueden leerse de manera independiente y sin seguir un orden concreto, pero que juntos forman un volumen cohesionado y natural. Unido esto a un dibujo sencillo, pero de una expresividad apabullante, tenemos entre manos un tebeo engañosamente simple. Formalmente es clásico, pero su mensaje es profundo y complejo. El arte, que bebe de grandes maestros como él (Tezuka, Mizuki), con una ambientación y escenarios extraordinariamente minuciosos, es uno de sus puntos fuertes; aunque a los otacos más familiarizados con el estilo comercial es posible que les cueste acostumbrarse. Esto es gekiga, esto es manga alternativo. Ha sido toda una experiencia disfrutar de sus maravillosos paisajes rurales y urbanos, de una prolijidad exquisita.

Se trata no ya solo de un autorretrato por parte de Tsuge, sino de una estampa social dolorosa, donde se plasman las crueldades de una sociedad que se fagocita a sí misma. Hipócrita, codiciosa y de una competitividad desalmada. No hay lugar para aquellos que se resisten a esa maquinaria de capitalismo feroz, sea porque no pueden ya adaptarse a los nuevos tiempos, sea por pura rebelión, sea por apatía inconformista. O todo a la vez. Y Tsuge no vacila a la hora de emponzoñar la historia con una ironía acre que se mofa de todo y de todos, incluido él mismo. Hay cierto aroma sadomasoquista en todo ello.

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Sin embargo, aunque la imagen que vierte sobre sí mismo es bastante sangrante, lo hace desde una posición de autocontemplación, con una serenidad luminosa. Y se muestra sin temor suspendido sobre un abismo donde comparte desgracias y reflexiones con otros parias como él. Todos participan de un mismo destino, y reverberan en la misma frecuencia. Algunos de ellos son auténticas caricaturas hasta en su diseño, pero todos están trazados con un perfil psicológico nítido, con su propio simbolismo. Un abanico de sentimientos y emociones que asombran por su precisión.

Además de la dureza, la ligera denuncia social y esa vulgaridad soez que Tsuge plasma, desafiante, con brillante sentido del humor (el profiláctico en el río, el niño que defeca en medio del restaurante, etc), en El hombre sin talento hay espacio para el lirismo. Porque Tsuge sabía crear poemas con sus dibujos, con sus textos. Una poesía de belleza delicada y simple, deudora del Mono no aware. Los guiños al surrealismo, a pesar de que se trata de una obra realista, no son pocos; y aportan una fascinación morbosa a todo lo que va acaeciendo.

El hombre sin talento es un manga que todo amante de la cultura japonesa debería leer tarde o temprano, porque ha trascendido ya las barreras del mundo del tebeo.  Munô no Hito es literatura, es filosofía, es arte. Con una tranquilidad pasmosa y sin caer en el melodrama (en una obra así sería de muy mal gusto), Tsuge desgrana unas historias que reflejan la sociedad y sentir de una época, que expresan una angustia vital tan introspectiva como misteriosa. Su mensaje continúa siendo totalmente vigente, y cala. Ya os digo yo que cala. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

cine, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: el cine de Hitoshi Matsumoto

Y cerramos las Peticiones Estivales de este verano 2017 con la solicitud desde twitter de MR. Pines, que sugirió una entrada dedicada al actor cómico, músico, escritor y director de cine Hitoshi Matsumoto (1963, Amagasaki). Como se trata de un hombre bastante versátil, a pesar de que su faceta más conocida sea la de comediante, no sabía muy bien cómo enfocar la entrada; máxime teniendo en cuenta la brecha cultural que impide un acercamiento profundo al conjunto de todo su trabajo, al que además desde Occidente no es tan fácil de acceder. Por lo que opté por lo más sencillo, que es hacer un mini-especial dedicado a tres largometrajes que ha dirigido y protagonizado. Este trío lo he podido ir viendo a lo largo de los años porque, aunque no me considero una fan de su figura, ya que no he tenido demasiadas oportunidades de conocerlo como me habría gustado, lo que sí he catado me ha parecido siempre interesante. Y eso que lo mío no es precisamente la comedia, es un género que suelo encontrar, casi siempre, aburrido y cansino. Matsumoto es uno de lo cómicos más célebres del Japón actual, con una carrera amplia y variada que daría para escribir una gruesa biografía.

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Hitoshi Matsumoto (2016) por Kaokako

No voy a entretenerme mucho con sus datos biográficos porque son de dominio público, y la wikipedia hace un trabajo excelente en ese aspecto, pero no está de más destacar algunas cosillas que pienso son sustanciosas. Matsumoto nació en una pequeña ciudad cerca de Osaka, Amagasaki (de hecho él se considera osaqueño), región que es cuna de una rica tradición cómica. Su acento, el típico de la zona de Kansai, se relaciona con el humor, algo así como lo que sucede en España con las variantes del andaluz. Y como los andaluces, los osaqueños tienen fama de simpáticos y abiertos. De ese territorio es propia una clase de comedia stand-up tradicional llamada manzai, en la que se especializó Matsumoto con su compañero Masatoshi Hamada. El dúo owarai que formaron en 1982 y con el que alcanzaron la fama se llama Downtown; y es considerado uno de los más influyentes dentro del panorama de la comedia en Japón. Hamada interpreta al tsukkomi bajo el nombre de Hama-chan (el sádico de mal genio); y Matsumoto al boke bajo el nombre de Mat-chan (el masoquista de humor seco).

En Occidente no podemos hacernos una idea real de lo jodidamente celebérrimos que son estos dos truhanes; por lo que el impacto a la hora de ver las películas de Matsumoto no va a ser igual que para un japonés. Sin embargo, esto tampoco puede impedirnos disfrutar de lo más directo: su evidente gran talento. Hitoshi Matsumoto tiene una lista de trabajos larga y variada en televisión, radio, con libros y cortometrajes. Pero su estreno de largo en el cine no fue hasta el año 2007, con Big Man Japan, que es la obra con la que vamos a comenzar a repasar sus películas. Allá vamos.


BIG MAN JAPAN

(2007)

La familia de Masaru Daisatô salvaguarda el honorable trabajo de Hombre Grande. Su labor desde hace generaciones consiste en proteger Japón de los numerosos monstruos gigantes que lo acechan. Antes, este oficio tradicional era continuado por bastantes héroes; sin embargo, en la actualidad solo queda Masaru. Y su labor despierta muy, muy poco respeto y admiración. ¿Será el fin de esta noble profesión?

Big Man Japan es un mockumentary que parodia y a la vez critica. Tiene una doble función. No llega a la altura de mis amados Zelig (1983) o This is Spinal Tap (1984), que son clásicos imprescindibles del género, pero resulta bastante decente. Matsumoto retrata con perspicacia la figura del típico hombre japonés de mediana edad: separado y con una hija a la que casi no ve; de temperamento apocado, perezoso y cobardica, aunque de buen corazón. Carece de ambiciones y se refugia en la cotidianidad de una vida gris solitaria con su gato. Hasta que le reclaman para combatir contra algún engendro, claro. Quién iba a decir que una persona tan anodina fuera el principal adalid de la nación. Naturalmente, Masaru no está hecho para el oficio; vive a la eterna sombra del Gran Hombre IV (él es el VI), su abuelo, que se encuentra ingresado en una residencia de ancianos con posible demencia senil. Masaru es un desastre tanto en el trabajo, cuya resolución positiva resulta más bien fruto del azar; como en popularidad, ya que a causa de su torpeza y mediocridad el programa de televisión tiene audiencias paupérrimas. Es el hazmerreír de Japón. Pero él lo sobrelleva con una mezcla de estoicismo e indiferencia.

El film arranca de forma lenta, y mantiene un ritmo tranquilo y de tono melancólico hasta casi la última media hora, en la que explota la locura. Hay destellos de humor absurdo de vez en cuando, pero no es una película de gags; es la triste vida de este buen hombre, que por circunstancias de tradición familiar debe ejercer una labor para la que no está hecho en absoluto. Mediante la sátira del género tokusatsu, Matsumoto se las arregla muy requetebién para tirar de las orejas a la sociedad japonesa en general, a la que plasma adocenada, perdiendo paulatinamente su identidad. Nada nuevo bajo el sol: la habitual dicotomía tradición y modernidad del país, que llevan arrastrando desde la era Meiji. Y la sumisión histórica al norteamericano, por supuesto. Son los combates con esos kaijû alucinógenos los que hacen que la película se mantenga a flote hasta su desenlace, que es lo mejor, sin duda, de todo el largometraje. Postdata: no perderse los créditos.


SYMBOL

(2009)

Un hombre vestido con un ridículo pijama de lunares despierta solo en una habitación vacía, con cientos de gónadas infantiles cantarinas en sus paredes. ¿Es parte de algún experimento? Mientras, en una pequeña ciudad de México, el avezado guerrero de lucha libre Escargot Man deberá enfrentarse a un combatiente mucho más joven y vigoroso. ¿Superará su inseguridad para vencerlo?

Symbol la iba a incluir en el listado que confeccioné sobre cine bizarro japonés (entrada aquí), pero al final decidí no alargarme demasiado, ya que me parecía abusar de vuestra santa paciencia. Pero, tarde o temprano, tenía que aparecer por SOnC. Y aquí está. Es la película más extraña de las tres que se reseñan hoy. Con diferencia. También mi favorita, debo añadir. No tengo muy claro como enfrentar esta mini-reseña, pues es muy fácil spoilear el asunto. Sumamente fácil. Aparte de que no es una obra al uso. ¿Cómo explicar a alguien que jamás haya visto 2001: Una Odisea del espacio (1968) de qué va la película? No es que se encuentre a la altura este Symbol del clásico de Kubrick, pero tiene mucho del cineasta neoyorquino. Y para bien.

¿Qué se puede contar sobre Symbol? Pues se puede decir que son un par de historias, muy diferentes entre sí, pero que muestran a dos hombres atrapados en dos realidades sin sentido. La narración que tiene lugar en México es sorprendentemente respetuosa y cuidada; muy realista y cruda. Me gusta mucho. La trama que se desarrolla en la misteriosa habitación es una oda a la masturbación y una parodia del falocentrismo más absurdo. Con divertidas concesiones a la escatología de los pedos y el delirio mental. Ambas tramas convergen y, os aseguro, que es de manera bastante inesperada. El guiño-parodia a Kiss (oops, se me ha escapado) también es muy divertido. Sin embargo, lo más interesante de Symbol es que, una vez finalizada, su interpretación no será la misma para nadie. Fascinante.


SAYA ZAMURAI

(2010)

Kanjuro Nomi es una vergüenza para todos los samuráis. Es un cobarde y ha perdido el gusto por la vida tras la muerte de su esposa. Cuando es capturado por desertar, es llevado delante de su daimyô que le ordena cumplir con una obligación algo peculiar: tiene treinta días para conseguir que su hijo ría. Si no lo logra, su destino será cometer seppuku.

Y Hitoshi Matsumoto aterrizó por un rato desde las alturas de sus alucinaciones surrealistas para realizar una obra mucho más convencional: un jidaigeki. Y tan convencional es que, desde mi punto de vista, flojea un poquillo. Y si se la compara con sus predecesoras, directamente no hay color. También es verdad que es mucho más accesible y que las posibilidades de que guste a una mayoría del público se disparan a un millón. Pero a mí no me ha terminado de convencer. Quizá se deba a que su estructura cíclica acabó aburriéndome;  o que la comedia es mucho más ligera y complaciente. Y que se huele a leguas el final. No hay nada que me fastidie más que un desenlace previsible, sobre todo si el desarrollo de la obra ha sido también pronosticable. No pude disfrutar bien de su humor; y eso que los gags en sí eran de verdad hilarantes, al principio muy sencillos, luego más elaborados (como siguiendo una evolución), pero en un contexto tan incoherente que los hacía brillar con una luz especial. Sin embargo, el azuquítar espolvoreado me sentó como un tiro. La noción de ternura que los japoneses y yo tenemos no coinciden demasiado. A lo mejor es que, simplemente, echaba de menos la presencia de Matsumoto en el guion y la pantalla.

No obstante, tengo que admitir que la realización técnica, la fotografía y su dirección artística son notables, muy elegantes y sin estridencias. Con buen gusto por los pequeños detalles. Las claras influencias del mundo del manga y el chanbara setentero también son de agradecer. Y Sea Kumada, que interpreta a la hija del samurái, Tea, es la auténtica sorpresa del film. Solo por ella merece ya la pena verlo, complementa a la perfección el boke de Takaaki Nomi. En realidad los secundarios de este film adquieren cierto relieve, que por otro lado es necesario, ya que la pasividad del personaje de Nomi puede llegar a ser exasperante. Quizá por eso se pueda llegar a experimentar un leve goce sádico viéndolo sumido en ciertas circunstancias.

 


No se trata de las críticas más elaboradas del mundo, pero sirven perfectamente para que los que no sepáis de las películas de Hitoshi Matsumoto, podáis haceros una idea. Faltaría una para completar su, hasta el momento, filmografía, R100 (2013); pero como todavía no he tenido la ocasión de verla, no se encuentra en esta entrada. Imagino que cuando me haga con ella tendrá su correspondiente reseña. No sé cuándo será eso, tampoco tengo prisa.

Matsumoto se considera a sí mismo un hombre poseído por el espíritu de la interpretación (hyôi-geinin), que me parece una forma muy japonesa de declarar que es todo un actorazo. Sin más. Ya solo por eso, estas tres obras merecen un visionado; además de que es la única manera, por ahora, de conocer su figura mejor en Occidente. Tres films bastante distintos entre sí, pero que amparan al mismo genio creativo: un hombre polifacético y con un sentido del humor bastante personal. Matsumoto deslumbra interpretando al ser humano corriente inmerso en situaciones estrambóticas y que desafían a la razón. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: cine silente japonés

Tenía pensado escribir una entrada dedicada al cine mudo japonés más adelante, para las vacaciones de navideñas o así; pero un gato anónimo solicitó un artículo dedicado a él en CuriousCat, por lo que ha sido adelantada unos meses. Y no me ha venido mal, porque ha sido un enorme placer volver a repasar todas esas películas que enmarcan el nacimiento y la niñez del cine en Japón. Creo que no se conoce mucho, pero ese es un inconveniente que se puede aplicar a todo el cine silente en general, no solo al nipón. Es una lástima, porque me encantaría que hubiera más personas que compartieran mi pasión por él, sin embargo admito que tampoco va dirigido al público actual. Fue concebido y creado para las gentes de hace más o menos un siglo; y los gustos y sensibilidades cambian. Aparte de que los medios técnicos no eran los mismos, y no todo el mundo posee la paciencia para disfrutar de sus mágicas delicadezas e imperfecciones.

Así que he seleccionado seis films que me gustan especialmente para dar lustre al post y, como siempre apostillo, no serán las más valoradas por la crítica (o sí, a saber), pero las considero desde mi humilde criterio dignas de interés. Y digo dar lustre porque la entrada va a ser más bien un ensayo sobre los primeros pasos del cine japonés; una introducción para conocer mejor el contexto de su aparición y cómo evolucionó hasta la revolución del cine sonoro. Si la temática te pica la curiosidad, creo que disfrutarás. Si no, puedes darle a esa X del vértice derecho y seguir vagabundeando por otros lares cibernéticos, que estos unos y ceros no te impidan tener una grata experiencia navegando.

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“Doce meses de Nô: Matsukaze” (1956) de Matsuno Sofu

Da la sensación de que el cine japonés, para muchos occidentales, comenzase a tener relevancia a partir de los años 50. Todo lo que hay detrás de esa década suele ignorarse, casi como si no existiera. Algo de lógica hay en ese despiste, pues por estos lares no fue hasta entonces que se prestó atención a la obra de colosos como Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi. Aunque ambos llevaran un tiempecito ya trabajando en el mundo del celuloide. Aun así, no hay excusa para continuar en las tinieblas de la ignorancia (muahahaha) respecto al cine nipón. Antes de 1950, la cinematografía japonesa gozaba de excelente salud; y en su época silente también había bastantes obras que merecen la pena descubrirse. Sin embargo, es necesario advertir que de un catálogo calculado en unas 7000 películas, ( cifra correspondiente solo para la década de los años 20, en realidad son miles más) han sobrevivido 70 desde el nacimiento del cine hasta los años 30. 70 películas. ¿A qué es debido este desastre? ¿Cómo pudieron perderse tantas obras, entre ellas los primeros pasos de Yasujirô Ozu o Daisuke Itô? Los responsables fueron el Gran Terremoto de Kantô (1923) y la II Guerra Mundial (1939-1945).

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Yûrakuchô (Chiyoda), Tokio, tras el Gran Terremoto de Kantô.

Si hay que agradecer a alguien que hayan llegado hasta nosotros estos pocos films, es al amor y trabajo de Shunsui Matsuda (1925-1987), que además fue el último benshi de la época muda del cine japonés. ¿Y qué es un benshi? Eso lo explicaremos un poquito más adelante. Mientras, regresemos al nacimiento del séptimo arte. Su origen no fue oriental, ni muchísimo de Japón; fue un invento netamente occidental, y de Occidente procedían las mayores innovaciones en el campo. Sin embargo, no tardó mucho en llegar a las costas japonesas: el cinematógrafo de los hermanos Lumière y el kinetoscopio de Dickson y Edison fueron exhibidos en 1896. Y el representante de los Lumière en Asia Oriental, Constant Girel, grabó unos primeros fotogramas en Japón al año siguiente. Las primeras filmaciones japonesas como tales fueron otro año después, en 1898. Las películas iniciales del cine nipón eran, sobre todo, grabaciones de obras de kabuki. Muy acertadamente, habían relacionado este nuevo invento con las artes escénicas, y en las islas la tradición en esas disciplinas era, y sigue siendo, muy rica. De ahí que su cinematografía, ya desde su arranque, poseyera unas características diferenciadas del resto de países.

Al principio, el cine era un entretenimiento que no se tomaba demasiado en serio, era más una curiosidad en las ferias ambulantes; pero con el cambio de siglo, muy pronto se observó el enorme potencial que albergaba como fuente de entretenimiento. Primero para las clases populares, más adelante para la burguesía también. Un nuevo tipo de negocio que prometía bastante dinero. Así que ya en 1903 se abrió el primer katsudô shashinkan o cine en Asakusa, Tokio; y el primer estudio cinematográfico en 1908, también en Tokio (Meguro). Al principio se representaban más películas extranjeras, hasta que a partir de los años 20 la producción nacional superó de largo a la foránea.

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Matsunosuke Onoe (1875-1926), la primera superestrella del cine japonés. Apareció en más de 1000 jidaigeki.

Si hay una figura que distingue al cine nipón del resto del planeta, es la del benshi katsuben. Porque el cine silente japonés nunca fue mudo en realidad, un narrador, de viva voz, contaba lo que iba sucediendo en la pantalla. Y no solo eso, también ponía palabras a los actores, explicaba las situaciones y pormenores del argumento y otorgaba al film una nueva interpretación. Este relator también surgió en otros países como Italia o Francia, pero desapareció al poco tiempo. ¿Por qué medró en Japón? Por varios motivos. El más obvio es la necesidad del público de saber qué estaba ocurriendo en la película. Las obras venidas de Occidente mostraban muchas cosas que para el japonés medio eran totalmente desconocidas; requerían explicaciones para comprender lo que sucedía en el argumento. Las culturas eran muy diferentes. Las primeras películas además carecían de intertítulos, que no aparecieron hasta los años 20, así que el benshi realizaba una labor imprescindible.

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“Katsudô Shashinkai” (1909), la primera revista cinematográfica de Japón.

A estas razones hay que añadir el amor del japonés por la recitación, la belleza de las palabras habladas (bibun). La tradición oral de las islas es abundante: el rakugo, el gidayû, el rôkyoku, el kôdan… y los benshi lo amalgamaron todo para perfeccionar un nuevo arte interpretativo (setsumei) que dinamizaba la experiencia de ver una película. Una especie de mezcla de teatro y cine, dando pie también a la improvisación, que hacía las delicias de los espectadores. El triunfo de los benshi katsuben fue fulgurante, eran verdaderas estrellas. Se llegaron a realizar films para ciertos narradores ex professo, haciéndose acompañar también de orquestas completas.

La gran popularidad de los katsuben contribuyó a que el cine sonoro tardara en imponerse, así como también ralentizó el desarrollo de nuevas técnicas narrativas cinemáticas. Pero la evolución en la disciplina era imparable, marcada por el ritmo marcado desde Estados Unidos. No se podían poner vallas al campo. El tiempo de los benshi tenía los días contados, además de que eran profesionales caros, se les pagaba incluso más que a los actores de cine. El Movimiento del Cine Puro o Jun’eigageki undô (1915-1925) también contribuyó con su clavo para cerrar el ataúd de los benshi. En general, deseaban que el cine japonés se liberara del lastre del kabukiy la tradición teatral japonesa; abogaban por su modernización y dejar atrás las temáticas más habituales del folclore, centrándose en la realidad contemporánea del país. Consideraban que eran anacronías, características obsoletas de las que había que librarse, como el uso, por ejemplo, de onnagata. Los personajes femeninos debían interpretarse por mujeres, no por hombres. Para regenerarse era indispensable mirar a Occidente, de donde provenían todas las novedades. De esta forma serían capaces de crear obras con la capacidad de atraer a un público internacional. Y así en 1937 los benshi desaparecieron, aunque resulta apasionante saber que en la actualidad hay un resurgimiento de nuevos katsuben, que se dedican a narrar antiguas películas de cine mudo.

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Tokuko Takagi (1891-1919), la primera actriz japonesa de cine.

Las películas realizadas durante las décadas de 1890, 1900 y 1910 eran bastante conservadoras y seguían la estela del kabuki y el . Los espectadores, de considerar el nuevo invento una rareza, empezaban a valorar el cine como un entretenimiento al que le exigían también calidad y cierto progreso. Era necesaria una renovación. En 1920 ya era muy clara la distinción entre dos géneros: el jidaigeki y el gendaigeki; y el debate primordial era la necesidad de explorar las posibilidades que ofrecía la cinemática de las imágenes. Japón, poco a poco, iba metiendo la cabeza en el panorama global. A finales de la Era Taishô (1912-1926), el gobierno comenzó a debatir el potencial político del cine y se prohibieron cada vez más obras; y con la llegada de la Era Shôwa (1926-1989), se convirtió en una robusta herramienta para la propaganda del nuevo régimen totalitario y nacionalista. El punto de inflexión, sin embargo, que marca este post de hoy, es la llegada del sonido. La primera película sonora de la historia fue la norteamericana El cantante de jazz (1927); en Japón ocurrió cinco años después, en 1931. Pero ese no fue el fin del cine mudo japonés, la agonía fue más larga; y a pesar de ser sus postrimerías, aún esos últimos coletazos produjeron obras muy interesantes e innovadoras. Varias de las escogidas a continuación son ejemplo de ello.

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“Cortesana de rodillas con teatro de sombras detrás” de Kitagawa Utamaro, circa 1806

Como siempre señalo en listados de esta clase, la selección es completamente personal y basada en mi experiencia, que dista mucho de ser completa y ni mucho menos la de un profesional. El orden en el que aparecen corresponde a mi criterio de calidad, que es discutible, pero resulta que este es mi blog. C’est la vie. Podría haber elegido otras distintas, he valorado también clásicos como Kurama Tengu (1928), Tokyo Chorus (1931), Otsurae Jirôkichi koshi (1931) y unas cuantas más; pero, al final, estas son las que son. Que las disfrutéis. O las sufráis, que de todo hay.


6 ✪  IZU NO ODORIKO (1933)

Heinosuke Gosho

Mizuhara, un joven estudiante de Tokio, se enamora de la bailarina Kaoru, que trabaja en una troupe de artistas ambulantes. ¿Llegará a buen puerto este amor? ¿Podrán superarse los prejuicios y diferencias sociales?

Me ha parecido conveniente empezar este pequeño listado con la primera adaptación que se hizo al cine del relato corto La bailarina de Izu (1926) del Nobel Yasunari Kawabata. ¿Por qué? Porque su director, Heinosuke Gosho, fue el que inauguró el sonido en Japón con su película Madamu to Nyôbô (1931). Izu no Odoriko es una obra bastante conocida en el país, y que ha sido vertida al celuloide y la televisión en varias ocasiones. En mi humilde opinión, la de Gosho es la mejor versión del cuento (al menos de las que yo he visto); también de mis favoritas junto a su encarnación animada, de la que escribí un poco aquí. Si en 1931 el sonido llegó finalmente al cine japonés, ¿a qué se debe que esta Izu no Odoriko fuera muda? Por un motivo muy simple: el dinero. Gosho tenía la intención de hacerla sonora, pero los estudios Sochiku no creían que un film basado en la obra debut de un literato vinculado a las vanguardias fuera a reportarles demasiados beneficios. Así que, para ahorrar, se optó por realizarla muda.

Yasunari Kawabata no escribía para las masas (taishû bungaku), sino que se decantaba por una literatura que mirase hacia el futuro, con ansias de modernizarse y sin depender de los gustos populares y querencias gubernamentales del momento. Ars gratia artis. Y Gosho, seguidor de la corriente que buscaba reformar la cinematografía de su país, no dudó en aportar su granito de arena con sus films, entre los que se encuentra este desafiante bungei eiga (película literaria) al que los productores valoraron con recelo. Nuestro director era ambicioso, y deseaba plasmar esas historias complejas de gran profundidad psicológica que solo la literatura podía brindarle. ¿Lo consiguió? Desde luego que sí.  La bailarina de Izu avanza más allá del propio relato de Kawabata, e introduce un contexto social muy realista mediante una trama paralela a la principal. Los personajes son sólidos y de un bonito gris; no gris por mediocre, sino por su ausencia de polarización. Resultan creíbles y auténticos; incluso, como en la vida misma, contradictorios y sorprendentes.


5 ✪ OROCHI (1925)

Buntarô Futagawa

 Heizaburo Komitomi es un samurai honorable y de gran habilidad. A pesar de sus orígenes humildes, su lealtad y devoción inquebrantables al código bushido hacen de él un guerrero admirable. Pero son precisamente sus altos valores éticos y fuerte carácter los que le provocarán grandes problemas en la vida.

Orochi o La Serpiente es una película bastante singular para la época, hasta podríamos considerarla una provocación en toda regla. No en vano, sufrió una fuerte censura que recortó parte de su metraje. Sin embargo, el mensaje principal que quiere transmitir, que es la impunidad de una clase dirigente y las graves injusticias que sufren por su culpa los más desfavorecidos, se transmite de manera impecable. Era la decadencia de la Era Taishô (1912-1926), en la que los poderes de la antigua oligarquía pasaron  a los partidos democráticos, y los ciudadanos mayores de 25 años pudieron por fin votar. Sin embargo, el advenimiento de la Era Shôwa (1926-1989), en cuyo primer tramo los militares fueron acaparando el poder alcanzando un rotundo totalitarismo, no vieron con buenos ojos esta película. No obstante, logró un éxito tremendo.

El film narra la vida de un anti-héroe, algo completamente inédito en la filmografía japonesa hasta entonces, y presume de una visión de la realidad pesimista y cruda. Muy cercana al espectador, aunque fuese un jidaigeki. En el mundo no hay lugar para los hombres honestos y Tsumaburô Bandô, probablemente la primera estrella del cine de acción de la historia, encarnó al guerrero caído en desgracia. Un descenso a los infiernos. Aunque la película todavía bebe en algunos aspectos de las fuentes del teatro, Bandô consiguió brindarle un realismo emocionante a sus combates, con un estilo de lucha natural y enérgico. Gracias a él la figura del samurái en el cine se modernizó, adaptando el dinamismo del shinkoku-geki, para dejar definitivamente atrás las poses estáticas y el histrionismo del kabuki. Él puso los cimientos del kengeki-eigachanbaraToshirô Mifune o Tatsuya Nakadai le deben muchísimo. Nota importante: las secuencias de peleas resultan espectaculares, sobre todo para los que disfruten con hábiles manejos de catana.


4 ✪ ROJÔ NO REIKION (1921)

Minoru Murata

Tres historias distintas entrelazadas: un violinista y su familia, dos convictos recién liberados y una niña rica. Todos confluyen en una pequeña población durante la Navidad. 

Minoru Murata fue uno de los cineastas que más luchó por renovar el cine japonés en sus inicios y dotarlo de la modernidad que procedía de Occidente. Por eso no dudó en escoger como base de su primer largo de importancia una de las obras más conocidas del ruso Máximo Gorki, Los bajos fondos (1902). Fue llevada también al cine por Akira Kurosawa, por cierto, en Donzoko (1957). No hay color entre una y otra, pero no debemos arrebatarle el mérito a Rôjo no Reikion de que fuese el pistoletazo de salida del jun’eigageki undô. Murata occidentalizó un pequeño pueblo del Japón rural para narrar su historia, creando un perfecto híbrido entre los dos extremos de Eurasia. Se trata de un film más complejo de lo que se podría esperar, con elipsis, firme contenido simbólico y flash-backs que pueden resultar desconcertantes porque trabaja en realidad tres historias distintas. En verdad fue un esfuerzo honesto por dejar atrás la influencia del teatro tradicional y utilizar los recursos más modernos de los que podía el director disponer; tanto a nivel técnico, narrativo o artístico. Muy loable.

Como historia, es un melodrama bien interpretado en el que el propio Murata se reservó un papel, ya que antes de director de cine había sido actor. Puede recordar en el tono al Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens o al ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra; sin embargo también es una película rotundamente japonesa, y eso se nota para bien. Murata logró con Rôjo no Reikion poner en el mapa el cine de su país, realizando la primera película que podría resultar inteligible para un espectador de otra parte del globo. Sin necesidad de benshi y apenas intertítulos explicativos, porque su lenguaje visual era, y es, universal. No en vano, fue de los primeros directores de cine japoneses que lograron distribución internacional de sus películas.


3 ✪ ORIZURU OSEN (1935)

Kenji Mizoguchi

Sokichi Hata quiere estudiar en la escuela de medicina en Tokio, pero es pobre y se encuentra sometido por una banda de traficantes de arte. Pero la valiente Osen, que se ha enamorado de Sokichi, hará todo lo que esté en su mano para que consiga alcanzar su sueño.

Con Kenji Mizoguchi y su etapa silente he dudado entre Taki no Shiraito (1933) y la presente Orizuru Osen u Osen de las Cigüeñas para el top; sin embargo al final me he decantado por Osen, quizá porque no es tan conocida y también merece un poquito de atención. Fue su última película muda. Gran parte de la obra de los años 20 de Mizoguchi desapareció, lo que sabemos es que se dedicó con ahínco a experimentar con las influencias occidentales, incluso juguetear con las técnicas del expresionismo alemán. No obstante, a los pocos años volvió su atención a las temáticas japonesas, y aunque tonteó algo también con el keikô-eiga, tomó obras shinpa del escritor Kyôka Izumi  para realizar tres films: Nihonbashi (1929), Taki no Shiraito (1933) y Orizuru Osen (1935). Muchas de las obras de Izumi, debo señalar, han sido volcadas al cine a menudo por su fuerte tirón melodramático y calidad.

Aunque se considera que la etapa de asentamiento artístico de Mizoguchi empezó con Elegía de Naniwa (1936) y Las hermana de Gion (1936), ambas ya sonoras, merece la pena echarle un vistazo a su filmografía muda; sobre todo a Osen, donde el director ya había plantado las semillas de lo que luego sería su marca de agua: la opresión de la mujer en la sociedad japonesa, sus ingrávidos planos secuencia, las delicadas atmósferas de luces y sombras, su poesía visual melancólica, etc. Y es que hay que tener en mente que tanto Mizoguchi como Yasujirô Ozu compartían una idea sobe el cine especial: se inspiraban en la capacidad evocadora de imágenes del haiku. Esta concepción tan japonesa impregnó las obras de ambos, y se difundió a otros directores, otorgando al cine nipón un rasgo muy distintivo respecto al cine de otros lugares. En Orizuru Osen encontramos los primeros trazos de su estilo bien delineados, con la habitual grácil belleza de su buen hacer; y su temática sobre el sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre desagradecido, que fue luego una constante en toda su obra. Su protagonista fue interpretada por la genial Isuzu Yamada, que aparecería luego también, por ejemplo, como una escalofriante Lady Macbeth en Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa o en Tokyo Twilight (1957) de Yasujirô Ozu.


 2 ✪ KURUTTA IPPÊJI (1926)

Teinosuke Kinugasa

Un hombre decide trabajar de celador en el manicomio donde está ingresada su esposa. Quiere estar lo más cerca posible de ella y sueña con liberarla y huir de ese horrible lugar. Se siente culpable por su enfermedad.

A Page of Madness o Kurutta Ippêji tuvo su pequeña reseña en la entrada dedicada al cine bizarro japonés aquí. No voy a añadir mucho más, salvo que, en perspectiva, es un film que supuso un antes y un después en la cinematografía de Japón. En su momento fue ignorada; que se creyera una película perdida tampoco ayudó mucho a su reconocimiento. Sin embargo, casi un siglo después, su trascendencia como hito del cine de vanguardia es incuestionable. Es una obra al nivel de sus homólogas europeas, de las que bebe, indudablemente. Las influencias de F. W. Murnau, Abel Gance y Robert Wiene son muy evidentes. No obstante, camina a la par de ellas, tanto en calidad como innovación.

Del metraje original, que constaba de 103 minutos, han sobrevivido 78. ¿Es una pérdida muy grave? Solo podemos teorizar, pero Kurutta Ippêji es un film con muchas posibles lecturas, desde una alegoría política, un melodrama, una denuncia social… siempre con los ropajes del avant-garde y la literatura porque, cabe destacar, el guion fue escrito por Yasunari Kawabata (sí, otra vez, por aquí). Si se quiere aprender un mínimo sobre la etapa silente del cine nipón, su visionado es obligatorio; si se aspira a tener un conocimiento básico sobre el séptimo arte japonés, resulta imprescindible.


 1 ✪ UMARETE WA MITA KEREDO (1932)

Yasujirô Ozu

Los hermanos Yoshii, que acaban de llegar a los suburbios de Tokio, descubren que su padre no es tan importante como pensaban. Es un simple “salaryman”a las órdenes de un jefe. Todo esto supone un duro golpe para ellos en un momento además difícil en el colegio. Keiji y Ryoichi deberán enfrentarse a la vida con otros ojos, y explorar nuevos territorios que ni habían imaginado.

Yasujirô Ozu realizó ya en color, con sonido y bastantes años después, una especie de remake (Ohayô, 1959) de esta obra. Muy recomendable, como casi todo lo de Ozu, pero yo me sigo quedando con Umarete wa Mita Keredo. Creo además que se trata de una película con muchas posibilidades de que guste a los fans del manganime, porque contiene elementos que décadas más tarde observaríamos en el shônen, seinen y el slice of life más tradicional. Incluso se pueden percibir leves trazas del Kuro y Shiro del Tekkon Kinkreet (1993) de Taiyô Matsumoto. Pero no perdamos la perspectiva, sigue siendo un film del año 1932 y es una obra muy Ozu, por lo que encontraremos bastantes de los elementos que son característicos de su cine: comedia ligera, drama costumbrista y la familia. Podría haber seleccionado para cerrar este listado Ukikusa Monogatari (1934) del mismo director, cinta que además me encanta (y que Ozu volvería a recrear en 1959); sin embargo, pienso que esta puede atraer más en general a la otaquería.

A caballo todavía entre la era Taishô y la Shôwa, Umarete wa Mita Keredo es una elegante crítica social de la época. De hecho se puede considerar una de las primeras películas japonesas con ese tipo de contenido. Une el sentido del humor nansensu con la delicadeza sentimental del shôshimin eiga, sin olvidar que se trata de un rotundo retrato social del momento. Ozu, con su habitual sutileza, cuestiona la rígida verticalidad de la sociedad japonesa o tate shakai, antes incluso de que se acuñara ese término, y su difícil aclimatación a los nuevos tiempos. Japón a principios de la década de los 30 sentía la incertidumbre de un futuro marcado por la dicotomía entre tradición y renovación, enfrentándose a sus contradicciones. La modernidad japonesa en crisis, sin perder de vista tampoco la Gran Depresión. Y la clase trabajadora era la más vulnerable, el padre de la familia Yoshii, por ejemplo. Ozu no hace un alegato político, sino que a través de la visión de unos niños, muestra una realidad social compleja, mimando las relaciones entre los personajes y la transición entre sus mundos, el de la infancia y el de los adultos. El conjunto es de una entrañable armonía, a pesar de que lo que expresa no lo sea. Porque como muchas obras de Ozu, comienza luminosa y alegre, acabando recreándose en los matices de las sombras y la oscuridad. Muy japonés eso, por cierto.


Y esto ha sido todo por hoy, si la anterior entrada incluida en mis queridas Otakus Treintañeras era un poquillo larga, creo que esta la ha superado con creces. Y encima tratando un tema bastante más árido que interesará a cuatro gatos extraviados. ¡Miauuuu! Espero que no os hayáis aburrido mucho, sinceramente, y que la presente sirva para despertar vuestro apetito hacia el fascinante mundo del cine silente japonés. Y si ya gozáis de esta inclinación, animaros a repasar alguna de las obras seleccionadas. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: Project Itô

¡Más Peticiones Estivales! ¡En verano os dejo mangonearme un poco! Hoy tenemos la estupenda sugerencia de Ange, cuyo blog El libro de Angelique, por cierto, no debéis perderos. ¿Quién fue Project Itô (1974-2009)? ¿Qué hizo? ¿Por qué es una persona al que muchos otacos respetamos tanto? Ange tiene muy buena memoria, porque hace ya bastantes meses tuve la idea de escribir una entrada dedicada a varias películas de animación basadas en obras literarias suyas. No recuerdo muy bien el motivo, pero al final quedó el asunto en agua de borrajas. Sin embargo, Ange ha acudido al rescate de mis legendarios (y vergonzosos) despistes y aquí está por fin el post dedicado a este escritor. ¡Gracias, Ange!

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Satoshi Itô o como es conocido mundialmente: Project Itô.

Si tengo que ser honesta, no he tenido muchas oportunidades de leer a Itô. En español no hay de momento nada traducido; y en inglés tampoco existe mucha variedad. Yo he logrado leer dos novelas suyas y, como comprenderéis, me parece insuficiente. Project Itô es considerado uno de los últimos genios que ha parido la ciencia-ficción nipona, muchos de sus compatriotas alabaron (y siguen haciéndolo) su estilo e ideas arriesgadas, muy influidas por el cyberpunk. ¿Será posible en el futuro poder acceder al catálogo de su obra? Lo veo bastante negro, pero al menos ECC va a publicar las adaptaciones a manga de sus obras Genocidal Organ (2007), Harmony (2008) y The empire of corpses (2012), que son las que además vamos a tratar aquí.

Keikaku Itô (Project Itô) (1974-2009) tuvo una trayectoria como escritor muy corta debido a su trágica muerte por cáncer cerebral a los 34 años. Cuatro novelas en total más varios relatos cortos y trabajos en blogs. No parece demasiado, ¿verdad? Sobre todo teniendo en cuenta que los autores dedicados a la sci-fi suelen ser bastante prolíficos. Si hubiera podido, Itô nos habría proveído de muchas obras más; las que nos legó marcaron el paisaje del género en su Japón natal, sobre todo la maravilla de Harmony, que le valió un Premio Seiun. The empire of corpses, galardonada también con otro Seiun, quedó inconclusa, siendo su amigo el matemático y también escritor Tô Enjô quien la finalizara. Este caballero merecería una entrada por sí mismo en SOnC, pero eso, si llega, sucederá bastante más adelante.

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Genocidal organ, Harmony y The empire of corpses

La desaparición de Itô dejó tocado un panorama que no dudó en querer homenajearlo mediante una trilogía de películas animadas. NoitaminA fue el adalid del proyecto, que encargó a diferentes estudios su realización. Su novela debut, Genocidal Organ, junto a Harmony y The empire of corpses fueron las, lógicamente, elegidas. El imperio de los cadáveres se estrenó el 2 de octubre de 2015 con Ryôtarô Makihara en la dirección y Wit StudioHarmony vio la luz el 13 de noviembre de ese mismo año con Takashi Nakamura y Michael Arias a los mandos en Studio 4ºC. El asunto se complicó con Genocidal Organ, que sufrió sucesivos retrasos por el triste descalabro de Manglobe, estrenándose finalmente el 3 de febrero de este 2017. Resulta ser, qué casualidad, la que con más ansiedad espero, pues la dirige nada más y nada menos que Shukô Murase. No la he visto todavía, por supuesto, así que no puedo comentar nada más allá de su trailer. Imagino que cuando salga a la venta su DVD y Blu-ray el 25 de octubre, algo más seré capaz de escribir. Me tiene muy intrigada.

Hasta aquí tenemos claro que se trata de un merecido vasallaje a una de las figuras más interesantes de la ciencia-ficción japonesa contemporánea, y que no se ha escatimado en medios y profesionales para lograr unas películas a la altura. ¿El resultado ha sido digno? No puedo opinar sobre Genocidal Organ, pero sí de las dos restantes. Y a pesar de que tenían circunstancias a su favor, desde mi punto de vista han resultado, en general, una decepción. Vayamos con estas unpopular opinions.

HARMONY

Takashi Nakamura & Michael Arias

HarmonyGenocidal Organ son las dos novelas que he leído de Project Itô. Por eso con esta película tengo las cosas bastante claras. Sé perfectamente que la adaptación perfecta no existe, que los dementes de la celulosa como yo casi nunca conseguimos estar satisfechos cuando se vierten ciertas obras a otro formato; que el lenguaje audiovisual, en este caso el animado, es distinto al literario, y bla-bla-bla. A veces hay excepciones que logran independizarse del original e incluso superarlo; también otras consiguen que olvides de dónde proceden y te gusten, aunque sean medianías. No es el caso de Harmony.

En un futuro no muy lejano, la humanidad ha logrado vencer las barreras de la enfermedad, la decadencia y la muerte. La tecnología de WatchMe, implantada mediante nanos en el organismo de las personas, permite una longevidad ilimitada así como una salud incólume. WatchMe también interconecta a los individuos de manera que la privacidad también tiene un espacio muy, muy reducido, porque no deja de ser un sistema de dominio absoluto sobre cada aspecto de la vida. Sin dolor, sin conflictos; una sociedad en paz donde el colectivo está por encima del sujeto (muy japonés eso, por cierto). WatchMe es una herramienta que a cambio de protección e inmortalidad,  asume un control total sobre la sociedad y el individuo. Las consecuencias de un uso malintencionado pueden ser catastróficas a nivel global, porque su poder llega hasta la propia voluntad y conciencia personal. Es muy obvio que Project Itô andaba con problemas serios de salud cuando escribió la novela, porque los temas recurrentes de la salud y la muerte aparecen continuamente tanto aquí como en The empire of corpses. Una manera creativa de desahogar sus preocupaciones y meditar sobre ellas.

La paradoja de este mundo aparentemente ideal, de luz hialina y compasión, es que su enemigo es el propio hombre. Y no tarda mucho en revelarse y rebelarse ante la supresión de la misma naturaleza humana que es en realidad WatchMe. Los dilemas éticos y filosóficos que se proponen poseen connotaciones de ramificaciones casi infinitas; y no deja de ser en su origen el eterno combate por la libertad. Para ello, el argumento arranca precisamente en los límites de esa libertad, en el territorio de unos pocos humanos que todavía no han querido doblegarse ante el poderoso chantaje de WatchMe. La historia en sí es bien conocida y no alberga grandes sobresaltos: un pasado con tres adolescentes que deciden tomar las riendas de su vida bajo el influjo de una líder de pasado misterioso; un presente acosado por los remordimientos y una ceguera elegida; un futuro conquistado por el pasado que alumbra un mundo completamente nuevo. La búsqueda del nirvana y su colisión con él.

Visualmente es poderosa y de fuertes reminiscencias clásicas; y con clásicas me refiero ante todo a Katsuhiro Ôtomo. Es todo un halago. No sé si la elección de unir CGI y animación tradicional de una manera tan estrecha ha sido premeditada o simplemente una forma de ahorrar tiempo, pero en conjunto funciona bastante bien. No soy muy amiga de la informática para estos menesteres, porque suele otorgar un bruñido barato que contrasta para mal con el dibujo tradicional. En Harmony, aunque no acaba de encajar del todo, tiene su espacio lógico por la temática y los escenarios que abarca. No impone tanto como pudiera hacer un producto de Polygon Pictures, que es completamente 3D; y es mucho más meticuloso y esmerado que Ajin o Knights of Sidonia. Lo que molesta en realidad es observar los límites de la animación por ordenador, lo que tiene que mejorar todavía para poder brindar auténtica naturalidad. Aun así, los efectos visuales, el diseño gráfico, los planos y movimientos de cámara son espléndidos. Acompañan muy bien el desarrollo sereno (y predecible) del argumento con su aire aseado y luminoso.

Creo que lo que principalmente percibo es cierta descompensación, no sé si Nakamura y Arias hicieron buenas migas profesionalmente, yo diría que no muchas; y esa falta de armonía (valga la redundancia) se nota. Harmony, en toda su sencilla complejidad, queda reducida a un cuento sin ritmo ni emoción. Soso. A pesar de los temas que toca, con sus profundas implicaciones filosóficas, se desliza entre el tedio y la expresión de su futuro perfecto. Los personajes no enganchan, se encuentran desdibujados y a la merced de clichés. Incluso la historia de amor, aunque no tenga una importancia capital (ni falta que hace), resulta superficial e insulsa. Tener una materia prima tan estimulante a nivel intelectual para convertirla en una historia más, narrada encima con muy poquita gracia. Un equipo como el de Nakamura, con toda su experiencia, y Arias, podría haber dado más de sí; y se percibe una evidente falta de compenetración. En resumen, Harmony no es una película cohesionada pese a su maestría técnica y artística. Una lástima. No considero que sea un zarrio, pero da algo de rabia pensar en lo que podría haber llegado a ser.

  THE EMPIRE OF CORPSES

Ryôtarô Makihara

Si Harmony es todo luz, El imperio de los cadáveres son las tinieblas. Me emocioné mucho cuando supe de la temática de la película porque soy fan de la literatura clásica gótica a muerte. La ambientación victoriana con el imprescindible steampunk; las exquisitas referencias literarias y la inclusión de personajes históricos auténticos, hacían a priori de esta obra un plato muy apetecible para mis gustos personales. Un apetitoso pastiche que evocaba a los penny dreadfuls decimonónicos, la Wold Newton Family de Philip José FarmerThe League of Extraordinary Gentlemen de Alan Moore. ¡Maravilloso, maravilloso! ¿Cómo no sentirse atraído por una obra que tiene sus raíces en la criatura de Mary Shelley, en las inquietantes nociones que rezuma El Moderno Prometeo (1818)? Y se dan la mano sin complejos pedazos de James Bond, La Eva Futura (1886), Conan Doyle, Daniel Defoe, Los hermanos Karamazov (1880), el gigante Paul Bunyan o el indomable caballero Frederick Burnaby.

Si a esto le unimos una puesta en escena espectacular, grandilocuente y de una meticulosidad milimétrica, parecería que fuéramos a tener entre manos una pieza de excelente entretenimiento.  Y no solo eso, una novela de Itô arde en su corazón, por lo que una buena historia para reflexionar habría sido de esperar también. Sin embargo, no resultó así.

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Gracias a las investigaciones del doctor Víctor Frankenstein, el s. XIX posee una nueva mano de obra para su revolución industrial: los cadáveres. Su polivalencia es extrema: desde carne de cañón para la guerra, servidumbre en el hogar, construcción, fábricas, etc. Cualquier ocupación de tipo mecánico y que no requiera esfuerzo intelectual. La economía mundial ahora se sustenta sobre ellos; son los nuevos esclavos, prescindibles y más numerosos que los vivos. Ni sienten ni padecen. Según John Watson, estudiante de medicina, carecen de la facultad del lenguaje articulado porque no tienen alma; la tecnología que revive a los muertos, necroware, no ha alcanzado la perfección lograda por Frankenstein, que sí dotó de conciencia a su Criatura. Watson quiere que Friday, cuerpo que ha resucitado de manera ilegal, posea su propia alma, así que cuando el gobierno británico descubre su experimento y lo obliga a ir en busca de los cuadernos y anotaciones de Frankenstein, que se encuentran en paradero desconocido, no se lo piensa dos veces y acepta. Pero no se embarcará solo en esa aventura, lo acompañarán Friday y el agente Frederick Burnaby. No será un periplo sencillo, pues hay muchos intereses políticos ávidos por hacerse con el conocimiento de Frankenstein. De la India a Afganistán, pasando por Japón y Estados Unidos, su odisea será peligrosa y repleta de sorpresas desagradables.

Esta sería la sinopsis básica de El imperio de los cadáveres. Atractiva, con mucho potencial, pero que finalmente se ha precipitado por un barranco. Supercataclón. Pero comencemos por lo agradable primero: admito sin vergüenza alguna que, a nivel artístico, amo The empire of corpses. Sobre todo sus ambientaciones, sus fondos, sus pormenores. Esa delicadeza lóbrega, que se abre paso con una versatilidad asombrosa para presentar otros paisajes igual de fascinantes, es lo mejor de la película. Sin duda. Y no da tregua, es tenebrosa y bella de principio a fin. El diseño de los personajes principales quizá un poco aniñado para mi paladar (eso sí, tetas-zepelín para el único femenino de relevancia), aunque Seigô Yamazawa y Alexei Karamazov, por ejemplo, me han entusiasmado.

¿Qué podía ir mal con un planteamiento tan sugerente, con unos recursos técnicos y artísticos tan cuidados y unas implicaciones tan hondas? Pues muchas cosas, algunas de ellas compartidas con Harmony. El ritmo. Si en Harmony era una modorra insípida, en El Imperio de los cadáveres es como un baile de San Vito, descoyuntado, sin tener en cuenta el desarrollo natural del clímax. Es un completo desatino que no ayuda para nada a su falta de claridad en el argumento. Si de por sí tiende a un aire enigmático de manera premeditada, que me parece estupendo por otro lado, no resulta muy razonable acompañar esa clase de melodía con un compás dislocado. Porque confunde más y puede acabar aburriendo. Las montañas rusas en los parques de atracciones, gracias.

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No he tenido la ocasión de leer la novela, pero imagino que no tendrá las inconsistencias y boquetes del tamaño de Urano que se observan en la película de animación. Me parece algo bastante desafortunado, teniendo en cuenta lo escrupuloso que era Project Itô en sus reflexiones, que no se hayan cuidado más ciertos aspectos de verosimilitud y solidez lógica. No se deberían poder derrumbar con un par de preguntas que surjan por casualidad escenas y diálogos completos. Una cosa es no querer dar las cosas muy masticadas, y otra muy distinta oscurecer mediante absurdos.

Harmony y The empire of corpses son dos películas que visualmente funcionan muy bien, de hecho dejan con la boca abierta en bastantes ocasiones. Son audaces y realmente espléndidas, pero un envoltorio no dejar ser solo un envoltorio. Un film no puede sustentarse únicamente en bellos fuegos artificiales, sobre todo cuando está trabajando temas de la trascendencia que planteó Project Itô en sus novelas. Se debería exigir más, tanto en claridad en la exposición de ideas como en el ritmo del propio argumento. Y en eso, ambas han fallado, resultando dos obras pretenciosas incapaces de expresarse con la determinación necesaria. No me hace gracia llegar a este tipo de conclusiones, porque parece que esté ninguneando el tremendo esfuerzo e indudable pericia que hay detrás de este par de films. Es algo incuestionable, admiro de verdad sus virtudes, sin embargo no resultan suficientes para compensar sus enormes carencias. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: Sekine-kun no Koi

Inauguramos las Peticiones Estivales de este 2017 con un manga algo particular. No es la primera vez que escribo sobre él, pues en un ya lejano 2014 lo incluí dentro de un listado de tebeos inconclusos que no conseguían aterrizar en Occidente por un motivo u otro. La entrada en la que aparecía era esta, perteneciendo a esa sección de nombre ridículo y ostentoso que es la Galería de los Corazones Rotos. El cómic en cuestión es Sekine-kun no Koi de Haruka Kawachi, y se encontraba finalizado hacía tiempo. El problema consistía en una perseverante ausencia de scanlations (y sus correspondientes traducciones), además de la preocupación lógica por la misma obra, que parecía haber sufrido un final precipitado debido al cierre de Manga Erotics F, revista donde se estaba publicando. Había motivos justificados para la desazón, ya que, por añadidura, la historia se encontraba varada de tal forma que resultaba difícil predecir su desenlace.

Sin embargo, a lo largo de este 2017 fueron desgranándose los episodios que restaban y Gabriela Ip, la cual según comentó en twitter conoció Sin Orden ni Concierto gracias a Sekine-kun no Koi, solicitó hace unas semanas su necesaria reseña final. Gracias, Gabriela, por fin está aquí; por fin podemos curar ese pedacito de kokoro que Los amores de Sekine mantenían escupiendo bilis. ¿Ha merecido la pena la espera? ¿Ha estado a la altura de lo que prometía? Haruka Kawachi es una mangaka bastante peculiar. Mucho. Y eso en este cómic se nota, para bien y para mal.

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Sekine-kun se hace unos spaguetti mientras reflexiona sobre el infinito con su característico rictus de sonámbulo.

Cuando terminé de leer este manga, me dio la terrible sensación de que su protagonista era en realidad yo misma, pero con un cromosoma Y. No porque sea una mujer infalible en todo lo que me proponga, o porque resulte ser una rompecorazones, para nada. En eso, la verdad, somos diametralmente opuestos. Sino por su falta completa y absoluta de habilidades sociales, su incapacidad para gestionar las emociones, y la preocupante tendencia al aislamiento y a darle vueltas a todo de manera random y obsesiva. Esa soy yo. Y no suele ser agradable verse reflejado tan claramente. Comento esto porque, a causa del vínculo generado, creo que no voy a poder escribir una reseña todo lo objetiva que me gustaría. No obstante, este sigue siendo un blog personal, por lo que tampoco sería algo muy grave. Pero advertidos quedáis, mi apreciada otaquería.

Keiichiro Sekine es un hombre de 30 años con un buen trabajo, bastante agraciado y que disfruta de una vida que, aparentemente, es la perfecta de un soltero. Pero Sekine-kun no sonríe nunca, Sekine-kun no tiene ninguna inclinación o aprecio por nada de lo que le rodea, Sekine-kun se siente vacío. Considera su existencia vana, inmersa en un océano de indiferencia, con alguna tormentilla irritante esporádica, pero sin sentido ni propósito. No es feliz en absoluto. Sumido en la pasividad de la resignación, espera un estímulo que lo inspire, llene y lo ponga en movimiento. Esta situación vital es la que ha padecido desde la niñez, no se trata de una etapa puntual. ¿Quizá porque siempre ha tenido que soportar abundantes afectos indeseados (e invasivos)? Crear una armadura para protegerse desde la infancia le ha provocado una especie de cortocircuito emocional que ahora le impide conectar con sus sentimientos adecuadamente, convirtiéndolo en un gaznápiro, sobre todo en cuestiones sociales y sentimentales. Por eso ha aprendido, por ejemplo, a ignorar las lágrimas que de repente brotan de sus ojos sin aparente motivo. Sekine-kun es consciente de su problema, de ahí que se haya puesto manos a la obra para solucionarlo. Sin embargo, las cosas no transitarán por la ruta prevista.

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A gentleman good at knitting is not good at knitting the love

Dejándose mecer por el azar, topa con una pequeña tienda de tejidos y manualidades donde cree hallar un pasatiempo donde volcar sus ansias por amar algo. Pero el dueño de ese comercio, un anciano extravagante, en vez de enseñarle a tricotar, lo introducirá en los secretos de la prestidigitación con cartas. Tan extrañamente como surgió, el abuelete desaparece, dejando el negocio en manos de su nieta, Sara Kisaragi. Esta retomará con Sekine las clases de hacer punto y, a partir de ahí, nuestro protagonista tendrá la oportunidad que tanto deseaba para sanar. Las circunstancias se irán embrollando e iremos conociendo, a su vez, más de la personalidad de nuestro hermético amigo. Chispas de su pasado que ayudan a comprender un poquito mejor sus motivaciones y errática manera de pensar.

Los que hayan leído ya algo de Haruka Kawachi, como por ejemplo Natsuyuki Rendezvous (2011) que fue publicado en español gracias a Tomodomo, encontrarán el compás sosegado de su estilo y la delicadeza de sus retratos psicológicos. Es minuciosa, sobre todo con Sekine-kun, y resulta fascinante observar sus acrobacias neuronales, los pasos que siguen sus reflexiones. Muy naturales, muy humanas. Él es un hombre atractivo que conquista mujeres sin desearlo, provoca envidia y asombro por su infalibilidad en toda empresa que acomete; y, sin embargo, siente que su vida no tiene sentido. Está muerto por dentro… de éxito. E intuir que él es el responsable directo de su fracaso existencial lo conduce a un autodesprecio devastador.

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Esta podría ser la típica historia de un bishie que se lleva al huerto a la chica normalita, a pesar de tener a sus pies a todas las bellezas de Tokio. Pero no, la mangaka parte de esa base, pero otorga a Don Perfecto un temperamento insólito que lo hace víctima de todo tipo de situaciones ridículas y tristemente reales. Al menos para los introvertidos lo son. La metáfora continua que resulta el desenredar, tejer, deshacer y volver a trenzar la lana, es el reflejo de su evolución personal. El objetivo amoroso, Sara Kisaragi y el resto del elenco de secundarios no están tan desarrollados como Sekine, pero mantienen firme al argumento y su desarrollo. Sara es inteligente y muy salada, bastante creíble. No se hace insoportable ni cursi como suele ocurrir con los personajes femeninos del shôjo/josei, y tiene las ideas claras. El antagonista, Dôjima, bastante más cliché, quizá sea el que más flojea de todos, aunque Kawachi intenta brindarle en los últimos episodios cierta dignidad.

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Si tengo que ser sincera, hasta el volumen 4 Sekine-kun no Koi es un manga chispeante y diferente, centrado sobre todo en la personalidad del protagonista y sus pequeños avances hacia el autoconocimiento. Él es el centro en torno al cual gira todo, y no molesta particularmente porque los secundarios están bien bosquejados, algunos de forma graciosa y caricaturesca, adaptándose muy bien a su pausado slice of life. Un argumento espontáneo y fresco, que aunque no espectacular, sí resulta imprevisible. Es a partir del último y quinto tankôbon cuando se despeña hacia el estereotipo y una resolución clasicona. Ha sido un poquillo decepcionante porque, hasta ese momento, Los amores de Sekine se mostraba como un josei comercial pero no ordinario, con un personaje principal interesante y un argumento salpicado de chiribitas surrealistas y cálida ironía. Su desenlace no ha estado a la altura de las expectativas. ¿Quiere decir esto que Sekine-kun no Koi es un mal tebeo? Nada de eso. Simplemente, Haruka Kawachi optó por introducir elementos tradicionales en su obra, configurando un manga más conservador de lo que parecía prometer. Lo finiquita de manera solvente, no obstante es notorio que lo hizo porque la serie iba a cancelarse debido al cierre de Manga Eroctics F. Quiso darle un término coherente, pero no resultó brillante. Una lástima.

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¿Recomiendo Sekine-kun no Koi? Sí, a pesar de esa conclusión menos trabajada que recurre a los habituales tópicos, es un cómic tranquilo y diferente, que no cae en el sentimentalismo almibarado de la demografía y ofrece una visión del enamoramiento divertida. Es una comedia romántica eficiente y con la bastante sutileza para no empalagar. Podría haber sido un cómic mil veces mejor, pero las circunstancias no siempre acompañan a los autores. Y Los amores de Sekine podrían haber sido mucho, mucho más. También admito que si Tomodomo se animara a publicarlo por estos lares, lo compraría sin dudarlo porque, en conjunto, me ha parecido mejor hilvanado que Nieve en Verano. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales

Peticiones estivales: Gunsmith Cats

¡Y siguen y siguen vuestras sugerencias! Esta vez es Maffia Machiaveli, desde facebook, el que pide que echemos la vista atrás a esos maravillosos años 90 en los que el anime vivió una época dorada, tanto de calidad como popularidad. Eso no quiere decir que más tarde todo lo que se produjera fuese una bosta, pero el tema se desinfló una miaja y, actualmente, ya sabemos cómo está el tema. Hay algún agorero por ahí que proclama el fin de esta industria, profeta de un apocalipsis animesco que encima resulta ser un individuo del gremio bastante bien informado. ¿Sucederá así? Quién sabe, aunque ese ya es otro asunto. La nostalgia nos hace idealizar el pasado, es una sensación muy común que, en la mayoría de las ocasiones, no se basa en una percepción objetiva. ¿Ocurre eso con el anime? Un poco sí. Un poco. Pero lo cierto es que, desde una perspectiva global, los 90 fueron un segundo boom (el primero fue a finales de los 70) a la espera todavía de que surja un tercero (ojalá). De esa era mítica (jojojo) rescatamos Gunsmith Cats (1995-1996). No es de los mejores productos de la época, sino más bien su serie media, y con una clase que ya les gustaría tener a muchos anime contemporáneos situados en esa franja. Eran otros tiempos, desde luego, la filosofía del entretenimiento era más fiel a su concepto. Y más ingenua.

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Las tres nociones básicas de este anime son: coches, armas y mucha acción. Nada nuevo bajo el sol, salvo que en vez de ser tipos duros las estrellas, son mujeres. Dos señoritas que conducen ese legendario Mustang Shelby GT 500 del 67 y regentan una armería, donde además trabajan de cazarrecompensas. Vamos, una típica trama para demografía seinen en la que el protagonismo de la acción y la trama resulta que es femenino. Eso ya no es tan habitual. Y encima no son un par de inútiles. ¡BIEN!

Las tres OVAs que conforman este anime son la adaptación de un manga del mismo nombre creado por Kenichi Sonoda. Un manga que tuvo un gran éxito además a principios de los 90, relacionado con otro anterior megahit comiquero de la misma temática: Riding Bean. Podríamos considerar Gunsmith Cats un spin-off de este (tuvo también su propia OVA, muy recomendable, por cierto); aunque fue en el que hoy nos atañe donde el autor se explayó muchísimo más en su obsesión con las armas de fuego y coches, con unos diseños fotorrealistas flipantes y, por supuesto, desarrolló una historia y personajes con mayor profundidad. Honestamente, la obra interesante aquí en realidad es el tebeo, podría haber escrito un manga vs. anime donde la serie no habría quedado muy bien parada… pero tampoco habría sido del todo justo. ¿Por qué? Porque estas OVAs son muy dignas, solo pecan de un defecto grave, y de ese único defecto proceden los demás. Si decidís verlas y os gustan, no dudéis ni por un momento de que el cómic os entusiasmará.

Haceos un favor y pinchad play en el vídeo. Existen contados con los dedos de mis manos OPs que me gusten. Este es uno de ellos. Hasta la música, compuesta por el batería norteamericano Peter Erskine, me encanta, con ese aire trepidante medio frívolo de serie televisiva norteamericana que recuerda tanto al jazz horterilla de los 80. La influencia que tuvo luego en Cowboy Bebop es meridiana, que es uno de mis openings favoritos de todos los tiempos, el cual también optó musicalmente por el jazz, pero con una vertiente más africana y latina: el mambo. Dios bendiga a Yoko Kanno, btw.

Efectivamente, estas OVAs tienen mucho de estadounidense. No hay nada nipón en ellas, salvo ese minúsculo detalle de que están realizadas en Japón por japoneses, claro. Apesta a yankee, y esa era la intención tanto de Kenichi Sonoda como de los creativos del anime. Se trasladaron incluso a Chicago en varias ocasiones para recrear luego localizaciones y ambientes con fidelidad. Y vaya si lo hicieron, con cuidado y verdadero cariño. Tiene mucho de The Blues Brothers (1980) de Landis en su ritmo y locura argumental; se trata de una historia policíaca con toques de comedia, intriga y acción.

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Los títulos de las OVAs son: Neutral Zone (1995), Swing High! (1996) y High Speed Edge (1996). Son más o menos autoconclusivas, pero la trama de fondo las enlaza en un crescendo la mar de emocionante.

Irene Rally Vincent y May Minnie Hopkins son dos jóvenes que administran una armería, donde venden y reparan todo tipo de pistolas, revólveres, etc. En realidad la especialista es Rally, ya que a Minnie, que trabaja como su ayudante, le van más los explosivos, con los que es muy diestra. Ambas forman una pareja peculiar y contrapuesta: Vincent es sarcástica, inteligente, audaz y toda una profesional; Hopkins es infantil, atolondrada… representa el estereotipo de rubia tonta, aunque de lo suyo sabe un rato. Un poquillo como el tándem de Jane Russell y Marilyn Monroe en Gentlemen prefer blondes (1953), pero con la diferencia de que estas dos zagalas no buscan ni marido ni son bailarinas, sino cazarrecompensas. Y esa labor es aprovechada por el socarrón de Bill Collins, agente de la ATF, que las chantajea para que le ayuden gratuita y extraoficialmente en un caso de contrabando de armas. Este caso va complicándose cada vez más, alcanzando altas esferas políticas de la ciudad, e involucrando a una ex-mercenaria de la KGB, que se convertirá en la antagonista principal de las OVAs.

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Un argumento clasicote del género con persecuciones, tiroteos, huidas espectaculares, explosiones y topos incluidos. Tampoco falta el personaje geek, la pelirroja Becky. ¿Previsible? Sí, pero muy ameno con ese candor tan maravilloso que obliga a admirar la alegría con que se tomaban las cosas antes. No hacía falta hacer un anime especialmente sesudo o profundo para realizar un buen trabajo, Gunsmith Cats es simple esparcimiento, sin más pretensiones. Pero no todo iba a ser estupendo, esta obra posee una tara importante: es corta. Solo 3 OVAs no son suficientes para hacer prosperar un mundo como ese. Se quedan muy, muy pequeñas, para ser un producto perfecto debería haber sido una serie en toda regla con sus buenos 26 episodios. O 12, por lo menos. Esta cortedad revela otras carencias, como unos personajes más abocetados que dibujados o un argumento algo superficial y acelerado. Si se compara con el tebeo ya es el acabose.

Gunsmith Cats es una perfecta introducción al manga. Por sí mismo no deja de ser una obra divertida y de calidad, pero permanece como una especie de amago. Deja con ganas de más, y eso jode. De hecho, a mí personalmente me da mucha pena que no progresara más, porque el potencial era excelente para hacer una serie muy original y entretenida. Los senderos de la industria del anime son inescrutables. Tremenda lástima.

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Aun con todo, el apartado técnico es magnífico. Takeshi Mori hizo un trabajo intachable, y por el equipo también rondaba Mahiro Maeda (¡genio y figura!) de animador primario. Aunque no llega al nivel de prolijidad maníaca de Kenichi Sonoda en los pormenores de armas y coches, es un auténtico regalo para la vista. Las escenas de acción son de una fluidez impecable; el dibujo, aunque tiene un leve aire moe en los diseños femeninos, es rotundo y minucioso. Los fondos, sobre todo los que se ambientan en exteriores, son un reflejo de Chicago muy fiel y los que amamos la ciudad lo sabemos apreciar. Gunsmith Cats tiene todas las virtudes de la entrañable animación noventera y ninguno de sus defectos. Como diría Ed Wood: PERFECT.

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Rally, Minnie y Becky

Gunsmith Cats son unas OVAs muy masculinas ellas, con todos los símbolos fálicos que así lo acreditan… pero controlados por unas mujeres bastante competentes. Hasta el inevitable fanservice es elegante y llevadero, para nada forzado. Y es un verdadero alivio que no haga acto de presencia el romance, que no se les vincule sentimentalmente a nadie. Por cierto, Rally, la protagonista, me encanta. Una profesional en su trabajo y como persona, muy normal. Una Ripley de la vida, con sus cosas buenas y cosas malas, pero que no se deja amilanar. Minnie puede ser el personaje que menos me convence de todos, no llevo muy bien el temita de las pavisosas, pero sabe redimirse. Imagino que el papel de idiota lo tenía que hacer alguien.

¿Recomiendo Gunsmith Cats? Por supuesto que sí. A pesar de que podría haber sido grande y no lo fue, merece que se la recuerde de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.