cine, Noirvember: los bajos fondos de Japón

Noirvember: Flor pálida (1964) de Masahiro Shinoda

Y vamos a cerrar el Noirvember: los bajos fondos de Japón de este 2018 con una película a la que tengo mucho cariño. No he podido evitar dejarme este caramelito para el final, pues se trata de uno de mis noir favoritos. Y si digo favorito me refiero en general, no solo al cine japonés. Flor pálida (1964) o Kawaita Hana de Masahiro Shinoda es una obra maestra de esas que quedan sepultadas bajo las monstruosidades imprescindibles de Kurosawa, Ozu o Mizoguchi. ¿Quién no ha visto, aunque sea solo una vez, Los siete samuráis (1954) de Kurosawa? ¿Qué alma perdida no conoce Tokyo Story (1953) de Yasujirô Ozu?  ¿Y la maestría de Mizoguchi en La vida de Oharu (1952)? Todo el mundo sabe, como mínimo de oídas, sobre estas películas, ya que son auténticas joyas del cine mundial. Y Flor pálida merecería estar también entre ellas, porque no tiene nada que envidiarles. Desgraciadamente, se halla todavía en ese coto hostil del connaisseur, apartado del ojo del gran público donde pertenece.

Pero en SOnC queremos remediar eso, y aunque nuestro radio de influencia es ridículamente exiguo, ¡eso no nos va a desanimar! Algún día, en algún momento del nuevo siglo, un peregrino de internet, perdida por completo la orientación en sus infinitas búsquedas, llegará hasta aquí. Y sabrá, si decide continuar leyendo, de esta extraordinaria película que cambiará su vida. Sin duda.

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De Masahiro Shinoda (Gifu, 1931) ya he hablado en otras ocasiones por aquí, y aunque en mi humilde opinión es un cineasta un poquitín irregular (aunque muy versátil, ojo), las obras que me han convencido de él, sin embargo, me han dejado siempre embelesada. Este señor tiene un refinado gusto por el detalle, una delicadeza plena de sobriedad y, a la vez, ensueño. Y en Flor pálida encontramos eso, a pesar de la ferocidad de las materias que toca. No quiero escribir una reseña excesivamente larga (a ver si lo consigo), porque se trata de un film con un guion muy sencillo, y que está creado para provocar sentimientos encontrados y estimular reflexiones personales. Así que intentaré seguir los consejos del ilustre filósofo Baltasar Gracián, que desde las profundidades del s. XVII nos avisaba de que  “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Ahí queda.

Flor pálida la podemos incluir tanto en del noir como dentro de la Nueva Ola japonesa o Nûberu Bagû. A diferencia de sus hermanas francesa y polaca, nació en el seno de una major, Shochiku. La llegada de la televisión a los hogares estaba alejando a los espectadores de las salas de cine, y las productoras empezaron a idear nuevas formas de atraer a la gente. Nikkatsu, por ejemplo, se enfocó en el público juvenil; y Shochiku, que estaba adquiriendo una peligrosa fama de hortera, decidió apoyar a una nueva generación de directores que abogaban por una renovación profunda del cine. Nagisa Ôshima, Yoshishige Yoshida y Masahiro Shinoda fueron sus adalides, aunque otros creadores como Hiroshi Teshigara, Shôhei Imamura o Yasuzo Masumura, entre otros, aportaron lo suyo. Tomó el relevo de las majors a finales de los 60 The Art Theatre Guild, que continuó apoyándolos.

La Nûberu Bagû, aunque tenía nexos en común con la Nouvelle Vague, no fue solo una buena imitación de la europea. Como era de esperar, adquirió una singular personalidad. La Nueva Ola japonesa buscaba emanciparse de las formas del cine de posguerra, experimentar, encontrar su propio lenguaje y trabajar temáticas hasta entonces impensables, acordes a la realidad social: la discriminación hacia los burakumin y los coreanos, la liberación de la mujer, la alienación de la juventud tras la ocupación norteamericana o la violencia descarnada (para nada heroica) de la yakuza. Fue un movimiento artístico además bastante heterogéneo, donde Flor Pálida brotó no sin ciertas dificultades iniciales, para finalizar siendo un éxito algo controvertido.

Kawaita Hana narra la historia de un yakuza recién salido de la cárcel, Muraki. Asesinó a un hombre de un clan rival. El mundo ha cambiado desde entonces, pero en otros aspectos permanece igual. Sus reflexiones, de tono nihilista y misántropo, abren el film como una tajante declaración de principios. Muraki es un fatalista que acepta con estoicidad gélida su papel. Aun así, siempre seguirá su propia senda, pero con una lealtad absoluta al oyabun, con un respeto devoto a su ceremonia y ritual. Ser yakuza es lo que le define, y lo asume sin titubear. Él es un hombre además austero, y se permite muy pocas indulgencias. La principal de ellas son las cartas hanafuda: le encanta apostar. Y en uno de los locales clandestinos donde yakuza y otras gentes de vida complicada se reúnen para jugar, conoce a Saeko.

Saeko es una niña bien tokiota que está enganchada al juego. Apuesta grandes sumas de dinero, que gana y pierde sin pestañear. Es distante, fría e inteligente, justo el polo opuesto de mujer al que Muraki está acostumbrado. Ambos se perciben de manera inmediata, y la atracción surge de forma natural. Los dos orbitan el uno en torno al otro, sin tocarse, pero más próximos entre ellos que cualquier otro ser humano. Muraki la presenta en nuevos locales de juego donde las apuestas son desorbitadas, pero para Saeko, que es una yonqui de las emociones fuertes, no parece ser suficiente. Sin embargo, la presencia de un nuevo miembro del clan, el hongkonés Yoh, llama su atención. Su fama es nefasta, se trata de un silencioso drogadicto de mirada letal. Muraki instintivamente detecta que es un peligro para los dos, pero a Saeko esa amenaza la excita más.

Hay tres cosas que resplandecen como un reactor nuclear en este film: las personalidades de Muraki y Saeko, el sonido y su elegante composición. El resto casi (y remarco el casi) palidece. Muraki y Saeko son todo actitud. Muraki, una contradicción andante: lobo solitario y fervoroso siervo, clásico antihéroe pero de mediana edad, cauteloso aunque apasionado, un existencialista que vive como un ermitaño y, a la vez, un jugador empedernido; compasivo pero que únicamente es capaz de alcanzar el éxtasis matando. Es un profesional impasible. Saeko, una enigmática femme fatale para la que todo es un juego, que arriesga, gana y pierde con impavidez. Una mujer que desea sentir pero no sabe cómo, y que busca sin cesar ir más allá. Más dinero, más velocidad, más riesgo. Algo que desate un chorro de adrenalina que atrape la euforia, traspasar la muerte.

Ambos aman el silencio, ambos son profundamente inmorales. Y los dos compartirán un extraño amor fou que se expresará a través de los espacios, distancias y vacíos. La suya no es una historia de redención, sino de hundimiento y decadencia. Voluntarios, además. Un cuento de autodestrucción que halla su inspiración en Las flores del Mal (1857) de Charles Baudelaire.

Es curioso que un vértice del triángulo del film apenas haga acto de presencia más que un par de minutos en total. Yoh, el inquietante y pálido toxicómano que nunca juega, solo observa, brillante como el filo de una navaja. Él será el catalizador, una atracción fatal para Saeko en su búsqueda inconsciente de la muerte. La personificación del tan anhelado caos. El resto de personajes secundarios son esbozados con rapidez y trazo grueso, pero son fácilmente identificables: el cachorro violento y fiel, la amante despechada, el colega hedonista y cool, etc. No hay blancos, no hay negros; solo un horizonte infinito de grises.

Pale Flower nos sumerge en los bajos fondos de la ciudad portuaria de Yokohama. Con sus callejuelas estrechas, comercios destartalados y fauna de escasa confianza. Es un paisaje urbano predominamente nocturno, a ratos asaltado por negros chubascos, donde las casas de juegos ilegales se llenan de espesos humos y miradas febriles. Todos se conocen, los extraños deben ser apadrinados, no se aceptan deslealtades. Si algo similar ocurre, la reacción es mortífera. Los oyabun, sin embargo, antiguos enemigos ahora aliados, permanecen casi siempre alejados de la sordidez. Con serenidad cavilan y deciden, entre la cotidianidad de un bol de ramen, una carrera de caballos o la alegría del nacimiento de un hijo. Cuidan de los suyos y no se apresuran en la vengaza. Que llega, siempre llega.

Flor Pálida es magistral en su tratamiento del sonido. Fue el compositor de la banda sonora, el gran Toru Takemitsu, quien sugirió a Shinoda que grabara todos los sonidos posibles, porque los ensamblaría. Y ahí están presentes, como esas llamadas del croupier que resuenan como mantras o el hipnótico repiqueteo de las maderas y las cartas. Estos sonidos moldean una banda sonora de acordes discordantes, completamente dedicada a la exploración de las emociones de los personajes, y casi rozando una gloriosa cacofonía.  La sincronía con los planos y secuencias de Shinoda es insólita. El clímax sexual se alcanza a través de un asesinato, que es plasmado con una valiente iconografía religiosa y la prodigiosa voz de Janet Baker en su “Lamento de Dido”, de la ópera de Henry Purcell Dido y Eneas (1689). Esa sola secuencia, filmada en slow motion, merece el visionado de toda la película.

No hace falta ser un experto para percatarse de la influencia de Godard, Antonioni o del cine negro clásico estadounidense en Flor Pálida. Todas las grandes obras beben siempre de otras; sin embargo, Shinoda incorpora, como no podía ser de otra forma, su propio genio creativo. No hay que perder de vista que trabajó durante años como asistente de Yasujirô Ozu, y heredó su natural elegancia pero dotándola, en este caso particular, de una belleza tenebrosa. Poesía, filosofía y una suerte de realismo brutal, bajo los fuertes contrastes de luces y sombras de los bajos fondos.

Y al final me he enrollado como una persiana. Qué le vamos a hacer. Una se pone a escribir y… pues eso. Espero haber suscitado al menos un poco de curiosidad por Flor Pálida, una película que hiela los huesos. El broche de oro para el Noirvember de este año. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, largometraje

Los ojos de Occidente se ciernen sobre Japón y luego brotan entes desde las pantallas que devoran nuestros cerebros

Mentira, por supuesto, pero me apetecía ponerle un titulaco rimbombante y sangriento al post. En realidad es que ya tocaba una entradita de esas a las que no hace caso ni Dios. Hay que mantener las buenas costumbres, coñe. Si no, esta bitácora no se llamaría Sin Orden ni Concierto. Y debo rendir el conveniente tributo que merece su nombre.

Hoy voy a escribir sobre esos largometrajes occidentales que osan posar su mirada sobre las islas niponas. La cantidad de estereotipos que se encuentran en ellos son monumentales, pero también nos enseñan qué percibimos del país del sol naciente y cómo nuestra visión ha ido variando con el transcurrir del tiempo. ¿Cuál es la primera imagen o pensamiento que acude a nuestra cabeza cuando pensamos en Japón? ¿La flor del cerezo? ¿Videojuegos y salones de pachinko? ¿La katana de un samurái? ¿El monte Fuji? ¿Una refinada geisha? ¿La gran ola de Kanagawa? ¿Ninjas deslizándose en la noche? ¿Blade Runner? ¿Porno enfermo? ¿Una feroz horda de otacos (con pelucas verdes y azules) invadiendo a sangre y fuego Akihabara? Cada persona es un mundo, pero en Occidente, por mucho anime y mucho manga que manduquemos algunos, no nos libramos de ciertos clichés. Es que eso de los topicazos forma parte de la naturaleza humana, y en la siguiente lista de 9 películas se va a encontrar eso… y mucho, mucho más, obviamente.

¿Reflejan las películas occidentales la realidad de Japón? Una gran mayoría no del todo, tampoco suele ser su objetivo porque no son documentales, buscan entretener mediante ficción y llegar a su público de la forma más directa y sencilla posible. Lo más socorrido y efectivo es tirar del estereotipo. Unos más elaborados y reales que otros, por supuesto, pero no hay que olvidar tampoco que el cine tiene un sustrato iconográfico muy importante. Es complicado eludirlos entonces. No estoy justificando, aunque lo parezca, el uso de los clichés socioculturales en los filmes; sino explicando qué sucede a veces y por qué. Japón se ha utilizado en muchas ocasiones como excusa para recrear una atmósfera exótica y remota; un ejemplo de lo extraño e inhumano que puede llegar a ser el mundo. Para esta labor los tópicos son de lo más servicial. Por no hablar de la idealización descomunal que existe respecto a los samuráis, las artes marciales o la belleza sumisa y delicada de las mujeres japonesas (en realidad las asiáticas en general). ¡Están locos estos romanos japoneses! Y sí, desde nuestra perspectiva occidental, contaminada además de ese etnocentrismo anglosajón tan poco saludable, un poco raros son. También lo somos nosotros para ellos.

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Clásicos como “Breakfast at Tiffany’s” también esconden sus vergüenzas

Pero cuando los estereotipos mutan en caricatura y/o tienen una intención peyorativa, cruzan el límite y se convierten directamente en racismo. ¿Cuándo sucede eso? Sinceramente, no sabría decir exactamente en qué momento el simple cliché cambia a ofensa. El caso de los yellowfaces en Hollywood (actores blancos interpretando a personajes asiáticos), bajo el prisma moderno, se considera grotesco, denigrante. El ejemplo de Mickey Rooney en Breakfast at Tiffany’s es especialmente sangrante: del estereotipo a la vergüenza ajena. La representación de Japón y sus gentes ha dejado mucho que desear, ciertamente, así como la de hispanos, negros, amerindios, franceses, italianos o cualquier grupo humano que no fuera (sea) WASP. Esto daría para otra entrada bien larga, pero no continuaré por esa senda porque en este blog además no procede.

Las siguientes 9 películas de imagen real (por si no lo había dejado claro) poseen todas una carga de estereotipos inevitable. No son especialmente carcas o insultantes. Al menos no lo veo así, quizá si supiera más del país o fuese japonesa, pensaría de otra forma, quién sabe. Así que vamos a tener, aparte de buenas historias, las raciones pertinentes de bajos fondos, misteriosas damas, las gracietas derivadas del choque cultural, luchas con katanas, tecnología futurista y pintoresquismo de lo extraño. Por no hablar, sobre todo en las de factura más antigua, de cierto paternalismo occidental. Las más modernas suelen sufrir menos de estos clichés, seguramente debido al potente esfuerzo de Japón por exportar su cultura popular a los occidentales. El conocimiento suele ser enemigo del estereotipo.

Es un catálogo personal y heterogéneo a tope, como casi siempre indico cuando realizo listados de esta clase. No son las mejores ni tampoco he visto toooodas las películas occidentales que existen con elementos japoneses. Pero sí considero resultan curiosas, interesantes, algunas incluso muy buenas; y me apetecía escribir un poco sobre ellas. El orden no es indicativo de nada. Espero no liarme demasiado, pero tampoco sé todavía lo que va a salir de aquí. Estoy afilando los cuchillos aún; así que el que avisa, no es traidor.

9

Empezamos fuerte. Enter the void (2009) es un film muy poco convencional, tanto en su forma como contenido. O se odia por resultar incomprensible y pesado; o se ama por su exuberancia visual y filosofía nihilista. No hay punto medio con esta película, no suele dejar indiferente. Los que conozcáis a su director, el argentino Gaspar Noé, ya sabréis que no es un hombre que ponga las cosas fáciles al espectador, y tiene una perspectiva única para todo.

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La cinta muestra Tokio como paisaje, el paisaje además de los bajos fondos pero deslumbrante en su orgía de neón. Alucinante literalmente, pues en ella encontramos de manera explícita experiencias bajo los efectos de drogas psicodélicas como el DMT. Los personajes son todos occidentales jóvenes, que se buscan la vida como pueden mediante trapicheos y otras actividades nocturnas. Los principales son tres: Oscar, un pequeño camello; su hermana Linda, bailarina de streap-tease; y Alex, un artista yonqui enamorado de Linda. Pero hay más. Todos participan de una realidad sórdida en un panorama fascinante y surrealista. Pero en realidad se trata de una historia personal, la de Oscar. No es casual ese protagonismo descarado del plano subjetivo en casi toda la película.
Tomando como guía libre el Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos, espiritualidad, drogas y muerte se dan la mano en una combinación que no resulta del todo inusitada, sobre todo por ese reguero de simbolismo a lo Kubrik que deja tras de sí; pero que en este film toma una vertiente de caos y paja mental de aúpa. Una vorágine que detona cuando Oscar se dirige a The Void, un garito de mala muerte en Kabukichô. Bum.

8

El choque cultural tratado en tono de comedia surrealista. Aunque en Cold fever (1995) son más bien los islandeses los que son parodiados y percibidos por Atsushi Hirata, el protagonista, como gente verdaderamente rara. De Extremo Oriente al remoto norte de Europa; y de ahí atravesar Islandia en una Déesse roja. El protagonista, el clásico hombre de negocios gris, en realidad quería ir a Hawaii para jugar al golf; pero su abuelo le recuerda que han pasado ya 7 años de la muerte en accidente de sus padres en Islandia, y es su deber como hijo acudir allí para realizar los ritos funerarios pertinentes por el descanso de sus almas. Y allá que va el bueno de Hirata.

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Cold Fever es una road movie simpática y peculiar, ligera como un copo de nieve, donde el peso de la historia recae en los estrafalarios comportamientos de los personajes con los que se va topando Hirata en su periplo. Y con menudas situaciones marcianas se encuentra (la niña del lago de hielo me impresionó). No deja de ser un retrato de Islandia, pero a través de la mirada de un japonés: una tierra extraña vista por los ojos de un extraño. Y tiene algo de feérico, enigmático ese retrato. Sobre todo por esos horizontes blancos y fríos que muestra; esas playas desiertas, volcanes y cascadas solitarios de gran belleza. Por supuesto, no deja todo de tener un sentido mucho más profundo, pues Fridriksson lo que pretende es alentarnos a reflexionar sobre la muerte; pero de una manera dulce y calmada. ¿Lo consigue? La respuesta depende de cada uno.

7

No es ningún secreto que me gusta muchísimo el cine negro, así que es impepinable que House of Bamboo (1955) aparezca por estos lares. No es la mejor película del género, todo sea dicho. Posee la curiosidad de ser en color, muy apropiada para destacar ese aire exótico y folclórico de lo japonés según los baka gaijin. Este film tiene de verdadero interés el poder observar algo de lo que fue la Ocupación de Japón (1945-1952) por parte de Estados Unidos. Muy suavizada, no obstante. La presencia norteamericana, como todo, tuvo sus cosas buenas y sus abundantes cosas malas. Porque los Aliados también cometieron sus tropelías. Fueron unos tiempos muy duros para los japoneses, en los que el shikata ga nai (“nada puede hacerse al respecto”) se convirtió en un mantra, tanto para fortalecer la dignidad como para sucumbir a la resignación. En esa época la cantidad de personas que cayó en la drogadicción, juego, alcoholismo y prostitución se incrementó horriblemente. No solo fue la humillación de la derrota, sino la pobreza a la que se vio abocada una gran mayoría.

¿Se ve todo esto en House of Bamboo? No del todo, es un Japón parcialmente idealizado y pasado por el filtro de los vencedores. El país es un elemento decorativo en la película. Aun así, es sugestiva y se atisban ciertos detalles: los matrimonios mixtos, que se llevaban casi a escondidas; la prostitución disfrazada y apoyada estatalmente; la fractura social entre tradición y modernidad; la grosería y prepotencia de los norteamericanos, etcétera.

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Pero volviendo al largometraje en sí, nos cuenta la historia de la muerte a tiros en la calle de un ciudadano norteamericano llamado Webber. Las balas con que le dispararon, resultan proceder de un cargamento militar que viajaba en tren y fue asaltado semanas antes. Así que cuando su amigo Eddie Spanier, recién salido de la cárcel, llega a Japón y se entera de que Webber ha muerto, decide averiguar qué demonios ha ocurrido. En ese misterio están mezclados la esposa secreta de Webber, Mariko; y una banda mafiosa de estadounidenses que controla las salas de pachinko en Tokio.

House of Bamboo es un placer visual, su fotografía y dirección artística son estupendas, de gran elegancia y cierto aire hitchcockiano. Eh, que fue rodada en exteriores del propio Japón, y también en entornos urbanos como Tokio y Yokohama. La primera producción de Hollywood en hacerlo… solo las escenas de interior resultan algo ortopédicas. Pero es una maravilla observar el Tokio (Asakusa) de esa época, un Tokio que ya no existe. Por otro lado, se ven demasiadas mujeres en kimono, y el cliché de la asiática modosita y frágil es de libro (aunque Shirley Yamaguchi le brinda un temperamento especial a su personaje). Por lo demás, tiene un desarrollo lleno de recovecos y sorpresas, y cumple su función principal, la de entretener, con creces.

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Es increíble cómo tras esa apariencia minimalista, de elegancia y contención en su escala de grises y colores apagados (como en Le Samouraï), se esconde una historia tan oscura y retorcida. Todo con calma, en silencio; y bajo esa superficie de simplicidad engañosa, el tumulto de las complejas relaciones de dominación y poder entre tres personas. El azar, la enfermedad, la desesperación, la obsesión, la culpa. Y el dolor como nexo común.

Magical Girl (2014) hace referencia al mahô shôjo, género que todos los que os pasáis por este blog conocéis de sobra. ¿Por qué una película española, situada en Madrid y con una historia propia del noir, está en la lista? No es solo por el nombre, es porque el argumento gira en torno a un traje de cosplay, que una famosa diseñadora japonesa ha realizado para la heroína de un anime del género. El traje y el cetro, claro. Como ya imaginaréis, la película contiene alguna que otra referencia al mundo de la animación, el manga o la literatura japonesa. YO TAMBIÉN AMO A EDOGAWA RAMPO (ya lo he dicho, ya me calmo). No en vano, su director Carlos Vermut es también dibujante de cómics.

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Alicia es una chica de doce años fan del manganime. Le gusta quedar con sus amigas, Makoto y Sakura, para ver series y comer ramen. En realidad se llaman Vanesa y Paloma, pero esos son sus nicks. El de ella es Yukiko, tomado de su anime favorito. A Alicia le gustaría tener el vestido que luce Megumi, la cantante que interpreta la canción principal de la serie, y del que solo existe un modelo. Pero al ser un producto tan exclusivo, su precio es muy elevado, así que es complicado que pueda tenerlo. Sin embargo, su padre, Luis, recurrirá hasta lo criminal para conseguirlo. La razón: Alicia está muriendo de leucemia. Y para ello, no se relacionará precisamente con personas cabales. Será además la casualidad, en este caso considero justificado llamarlo directamente fatum, el que conducirá como a monigotes a todos los personajes, mediante las más taimadas argucias: una lluvia de vómito, una pieza de puzzle, una lagartija negra.

Lo que podría entenderse como un melodrama tipo telefilm siestero, es un thriller característico del cine negro. Está estructurado en tres partes diferenciadas (mundo, demonio, carne) que presentan a los tres personajes principales. Magical girl posee una cualidad etérea, casi espiritual, que contrasta fuertemente con la sordidez del argumento. Es muy complicado discernir si hay villanos o bienhechores; pero lo que sí encontramos son víctimas. Está todo tan maravillosamente alicatado, que uno casi no se da cuenta de cómo se precipita el final. Con todos sus horrores.

P.D.: Yo también quiero pegarle unos buenos lingotazos a ese vodka Sailor Moon.

5

Limosin tenía planeado realizar este film en Francia, con actores franceses, escenarios franceses y en lengua francesa. Pero cambió de opinión y decidió grabarla en Japón, con intérpretes japoneses, un Tokio posmoderno de decorado y en lengua japonesa, por supuesto. Aunque su equipo de grabación no tuviera ni puta idea del idioma. Allá vamos, país del sol naciente. Y el resultado fue el de esperar: una película eminentemente europea, muy nouvelle vague, con fachada oriental. Vamos a dejarlo claro: Tokyo eyes (1998) es para hipsters, de hecho para la subdivisión de los gafapastas. Que hay categorías hasta dentro de estas gilipolleces de los moderners, no os creáis. Bueno, ahora en serio. La película en realidad va dirigida a todo aquel que le apetezca pasar un buen rato viendo un largometraje diferente y con referencias cinéfilas interesantes. No es una producción de gran presupuesto ni sigue los parámetros del cine comercial, pero merece un vistazo. O dos incluso.

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Hinano es una adolescente que trabaja a medio jornada como peluquera. No está muy contenta porque dice que no está aprendiendo nada de la vida; pero su hermano mayor, con el que vive en un pequeño piso, le dice que debe ser paciente. Este, que es policía, anda muy ocupado por los ataques de un desconocido en Shinjuku. Lo apodan Cuatro Ojos, porque a pesar de que dispara a sus víctimas, no las hiere, ni mata, ni roba. Muy extraño, parece que esté medio cegato. Su retrato robot es el de un hombre con unas enormes gafas de cristales gruesos. Pero no queda todo ahí. Hinano, mientras viaja en el metro, observa a un joven que le llama la atención, pues a hurtadillas está grabando con una cámara oculta todo lo que le rodea. Este chico, que se presenta como simplemente K, es un programador de videojuegos y amante del trance, con una personalidad algo extraña. Hinano no puede evitar sentirse atraída, empezar una relación amistosa con él y, finalmente, verse entre la espada y la pared. ¿Debería denunciarlo o tratar de convencerlo de que desista de ciertas actividades? Porque, efectivamente, K es Cuatro Ojos.

Tokyo Eyes es una peli bastante curiosa. No perfecta, pero curiosa. Podría tener lugar en casi cualquier ciudad grande del mundo, y los personajes podrían ser perfectamente mexicanos, neozelandeses o suecos. Es una historia intercambiable y de fácil comprensión, en la que no se aprecian apenas barreras culturales. Y si ya shipeáis a la parejita, la disfrutaréis mucho más.

4

Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que Sayonara (1957) se adelantó a su tiempo. Finales de los años 50, Estados Unidos: el percal con el racismo era tremendo. Ahí estaba peleando con fuerza el Movimiento por los Derechos Civiles, y no fue hasta 1964 cuando se consiguió promulgar una ley que prohibiera la discriminación por raza, color, sexo, religión o país de origen. Y ya vemos cómo está actualmente el tema también… Donald Trump no es una casualidad. Pero centrándonos en Japón, durante la Segunda Guerra Mundial y los años posteriores, los prejuicios raciales que inspiraban los japoneses eran bastante fuertes. Se llegó a encerrar en campos de concentración a decenas de miles de ciudadanos estadounidenses de origen nipón.

Sayonara mostraba, en plena ocupación de las islas, el racismo existente entre gran parte de la población norteamericana. Fue su denuncia sin tapujos mediante una hermosa historia de amor trágico. Debo decir, sin embargo, que esta película tuvo una contradicción bastante llamativa, pues uno de los personajes masculinos, el actor de kabuki Nakamura, fue representado por Ricardo Montalbán. Toma yellowface. No es que dude de las capacidades interpretativas de este artista, pero habría sido más coherente escoger un actor japonés. Que los había y muy buenos, de igual manera que eligieron a una actriz japonesa, Miiko Taka, para el rol principal femenino.

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Lloyd Ace Gruver es un piloto y héroe de la Guerra de Corea (1950-1953), con la vida bien planificada. Su vocación y carrera han sido, por tradición familiar, la militar; y piensa casarse con la hija de un general amigo de su padre. No está especialmente enamorado de ella, pero es lo que tiene que hacer, aunque para él su prioridad es el trabajo. No se ha topado todavía con el amor, por eso cuando su amigo Joe Kelly le dice que se va a casar con su novia Katsumi, no lo comprende del todo. Que un norteamericano se case con una japonesa está realmente mal visto, y se desalientan las relaciones que puedan derivar en boda mediante todo tipo de trabas, discriminaciones y acosos. Gruver tiene una mentalidad conservadora, pero aun así no le importa hacer de padrino en la boda de su amigo. Pero todo su mundo se irá al traste cuando conozca a la actriz principal del teatro femenino de Kobe, Hana-Ogi, y se enamore perdidamente de ella.

Sayonara es como una mezcla de Romeo y Julieta y Madama Butterfly, pero con un poso mucho más dulce, muy hollywoodiense. La puesta en escena es grandilocuente y esmerada, muy acorde además con la personalidad de Marlon Brando, que borda el papel de chico sencillo del sur. Brando brilla sobre el resto de los intérpretes, aunque Red Buttons (Joe Kelly) y Patricia Owens (como la prometida de Gruver, Eileen Webster) son muy dignos. Los personajes femeninos japoneses son el clásico estereotipo de lotus flower girl, dóciles y delicados, pero sin ninguna chicha más. En resumen, la película es una de esas grandes producciones que todavía mantienen el aroma de la Era Dorada de Hollywood, muy fácil de ver, entretenida y con un estrellón de protagonista. Además, está el plus de la denuncia social. Un clasicote.

3

La película comienza con una somera explicación sobre qué es la yakuza, su origen, su filosofía. Muchas veces he pensado que a lo mejor Pollack lo que pretendía era hacer su propio El Padrino (1972)… aunque a la japonesa. Pero no, esto es otra cosa. Cierto que comparten ese halo de glamour con el que se dota a las organizaciones criminales en algunas películas; una suerte de glorificación de la violencia y el drama de tintes trágicos. Pero poco más. The Yakuza (1974) es un ninkyô eiga de tomo y lomo, que para eso estaba además Toei a la producción y el inmenso Ken Takakura compartiendo protagonismo con otro gigante: Robert Mitchum. Takakura trabajó para Toei durante años en películas del género, interpretando siempre el arquetipo de guerrero estoico, duro, apegado a un profundo sentido del honor.

Todo hay que decirlo, Paul Schrader hizo muy buen trabajo en el guión, porque es una aproximación bastante honrosa al mundo de la yakuza, amén de una historia atractiva. El argumento funciona a dos niveles; uno enfocado en el bôryokudan y otro en la vida personal de los protagonistas. Hay quien se quejó de que tenía un argumento algo enmarañado, pero de eso nada. Solo hay que prestar un poco de atención, se sigue muy requetebién.

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Tenner, un empresario estadounidense metido en negocios con la yakuza, pide a su antiguo compañero de ejército, Harry Kilmer, que vaya a Japón para que le ayude a liberar a su hija. Esta ha sido secuestrada por un clan de gangsters nipones, a los que debe un cargamento importante de armas. Pero no es tan fácil. Kilmer, por la envergadura de la tarea, se ve obligado a pedir ayuda al hermano de su antigua novia, Ken Tanaka. Tanaka-san, antiguo soldado y ex-yakuza, trabaja como profesor de kendo en Kioto; pero ante la solicitud de Kilmer, no puede negarse, ya que está en deuda con él. No son amigos, de hecho se odian, pero Tanaka es ante todo un guerrero a la antigua usanza, y respeta el giri más allá de su propia vida. Por otro lado, Kilmer hace veinticinco años que no ve a su antigua pareja, Eiko, de la que continúa enamorado; y el encuentro vuelve a sacar a la luz ese misterio que la hizo rechazar su propuesta de matrimonio.

La película hace mucho énfasis en ese submundo que es el del gokudô o yakuza. No es exactamente un reflejo de la sociedad japonesa de los años 70, sino de su parte oscura. No obstante, se percibe un país en plena subida y que más tarde en los 80s tocaría techo, convirtiéndose en una de las principales potencias del planeta. Hay hermosos tatuajes, jugadores de oicho-kabu, los consabidos yubitsume, muchos kimonos y una manifestación solemne del código de honor bushidô. Todo el colorido que acompaña a la yakuza, a veces un poquitín exagerado, pero respetuoso. Los actores japoneses además, se encuentran en igualdad de condiciones frente a los norteamericanos. No son ni adornos ni elementos serviles: son personas. Y eso fue toda una novedad para la época. ¿Es posible hacer una película sobre Japón que no caiga demasiado en el estereotipo? Yakuza estuvo cerca, aunque tampoco lo logró del todo.

2

Honestamente, Lost in translation (2003) es el largometraje que menos me agrada de los que he incluido en la lista. En realidad no lo habría metido ni de coña, pero creo que merece su lugar por el impacto que tuvo y su evidente trascendencia. Innegables. Mi problema es que no me gusta en general Sofia Coppola, y en este film todavía menos. Aun así, no es para nada mala película, de hecho os animo a que la veáis (si no lo habéis hecho todavía). Sin ironías, que deteste algo no me impide reconocer sus virtudes.

Ya solo para empezar, destacar la enorme química que hay entre Scarlett Johansson y Bill Murray. Son lo mejor del largometraje, ellos llevan sus riendas. Abordan los papeles de norteamericanos desorientados, solitarios y confusos muy bien. Su relación va creciendo poco a poco, y sus problemas personales pueden resumirse en una sola pregunta. ¿Qué narices estoy haciendo con mi vida? Uno en plena crisis de la mediana edad y otra recién comenzada su andadura en la vida adulta. Crisis existenciales llevadas por la Coppola en terra ignota. Porque el escenario, Japón, es la metáfora absoluta del misterio incomprensible que es la vida. Y la Coppola nos hace un recorrido turístico de Tokio con todos y cada uno de los clichés que os podáis imaginar. Everywhere. No sorprende en absoluto que mucho japonés se mosqueara con el tema.

Sin embargo, por otro lado, Lost in translation tiene como único punto de vista el de dos estadounidenses, es natural hacer notar esas tremendas diferencias culturales, el estereotipo difícilmente se puede sortear. Y tampoco se puede decir que muchas cosas que se plasman no sean ciertas.

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El argumento no es complicado, es el encuentro en tierra extraña de dos desconocidos y cómo se enamoran paulatinamente. Cada uno con sus demonios, incomprendidos por las personas más cercanas a ellos. Así que buscan consuelo el uno en el otro. Sofia Coppola, a través del que podría ser el itinerario del turista de clase alta en Japón, nos va desgranando el día a día (más bien la noche) de dos personas aparentemente muy distintas. Bill Murray, que interpreta a un actor ya de capa caída y que va a grabar, hastiado, un comercial de whisky a Tokio. Y Scarlett Johansson, una recién licenciada universitaria, que acompaña a su marido en su labor de fotógrafo en Japón. Ambos representan dos momentos de la vida importantes, donde se plantea qué hacer con ella o qué se ha hecho ya.

Lost in translation es muy poderosa visualmente, el lenguaje de los planos, la forma en cómo está narrada a través de imágenes sin prácticamente diálogo… Coppola arriesgó y le salió bien. Su colección de postales tokiotas es soberbia, sin duda.

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Si Lost in translation es la película que menos me gusta de este listado, Hiroshima mon amour (1959) es la que más. Este film es historia, no solo por lo que supuso a nivel cinematográfico, sino por su valor documental a la hora de plasmar uno de los horrores más grandes que ha provocado el ser humano: los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki (1945). Existe un debate encendido entre historiadores sobre si realmente fueron necesarias esas dos bombas para acabar con la Guerra del Pacífico (1937-1945), un conflicto que estaba desangrando el Asia Oriental y parte de Oceanía. No vamos a entrar en ello, pero lo que sí es cierto es que las acciones de Estados Unidos fueron de una destrucción sin precedentes en la humanidad, donde murieron casi un cuarto de millón de civiles inocentes.

Le ofrecieron a Alan Resnais hacer un documental al respecto, pero afortunadamente para todos nosotros, el proyecto se convirtió en película (su primera película), que tuvo como guionista a la maravillosa escritora Marguerite Duras. Este tándem solo podía presagiar algo extraordinario, que es lo que resultó finalmente: un auténtico clásico del cine. Y no pudo crearse en mejor momento: durante el aumento de tensiones en la Guerra Fría, que desembocarían en la Crisis de los misiles (1962). El mundo estuvo en un tris de irse a la mierda, y no es broma. Hiroshima mon amour, a través de la historia alegórica de dos amantes, es un alegato por la paz, un aviso de que el horror podría repetirse.

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El argumento nos cuenta el breve pero intenso romance entre una actriz francesa y un arquitecto japonés en Hiroshima. Ella está ahí finalizando de grabar un documental pacifista sobre lo acaecido hace diez años, y al día siguiente ya regresa a París. En las pocas horas que le quedan de estancia, su amante la presiona para que se quede, aunque solo sean unos poco días más; pero ella se niega. En su lugar, la actriz le va contando la historia de un antiguo amor de juventud durante la ocupación alemana en su ciudad natal, Nevers. Cómo la guerra y ese amor la volvieron loca. No sabemos ni el nombre de ella ni el de él, pero los podemos identificar con las ciudades de Nevers e Hiroshima directamente. El film establece un paralelismo muy claro entre las dos localidades, y así lo van mostrando sus recreaciones y el propio montaje de la película, que sigue una estructura no-lineal.

Uno de los temas importantes que trata la película, aparte del de la guerra, es el olvido humano. Con el tiempo, hasta el sufrimiento más insoportable, la muerte más cruel o el amor más profundo, van difuminándose y desapareciendo de la memoria de las personas. Y tras ese olvido queda un remanente de tristeza por haber perdido una parte de nosotros mismos. El guión de Duras está repleto de sutilezas y recursos literarios que, junto al tremendo lenguaje audiovisual de Resnais, hacen del visionado de Hiroshima mon amour una experiencia única que todo amante del cine, tarde o temprano, debería tener. No me atrevo a escribir mucho más sobre este film porque le tengo muchísimo respeto; y, además, posee un nivel de abstracción bastante potente, lo que la hace especialmente complicada de resumir en tan pocas líneas. Sobre todo si se le quiere hacer algo de justicia. Así que lo mejor que podéis hacer es verla.

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Aunque no las haya incluido, quiero hacer varias menciones especiales:

  • Mishima: A life in four chapters (1985) de Paul Schrader. Imprescindible para todo aquel que desee saber, sin entrar en juicios de valor sobre su controvertida persona, de la vida y obra de este extraordinario escritor. Muy recomendable.
  • Japanese story (2003), que nos presenta el affaire entre un hombre de negocios japonés y una geóloga australiana. Es realmente sorprendente, a pesar del tufo que inicialmente echa a comedia romántica. Y la actriz, Toni Collette, me encanta.
  • El díptico de Clint Eastwood sobre la Batalla de Iwo Jima (1945): Flags of our fathers y Letters from Iwo Jima, ambas del 2006. Impecables.
  • Y, para finalizar, El vengador Tóxico II (1989). Como fan irreducta que soy de esa fábrica de bizarradas que es la Troma, no podía dejar de lado esta grandiosa aberración donde aparece el mismísimo Go Nagai haciendo un cameo. Un clásico de culto que solo los estómagos más avezados (y con mucho sentido del humor) serán capaces de apreciar.
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Nuestro héroe disciplinando a los malvados

Y esto ha dado de sí por hoy la bitácora. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.