manga vs anime

Manga Vs. Anime: La Rosa de Versalles

¡Tachán, tachán! Queda inaugurada nueva sección en el blog. Es un poco monger, pero creo se le puede sacar algo de rendimiento seleccionando obras interesantes. El objetivo es simple: comparar manga y anime de una misma obra. Dos medios diferentes para tratar de contar y expresar una misma historia. Los recursos, lógicamente, no son iguales y veremos cuáles de ellos han sabido adaptarse o aprovecharse con mayor fortuna. Y nada mejor para el estreno que meterme en el imponente berenjenal de un clásico entre clásicos: La Rosa de Versalles.

(Si es que me va la marcha, no tengo remedio)

¡A tope con el shôjo, ouyeah!

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Versailles no Bara (ベルサイユのばら) es un manga creado por Riyoko Ikeda que fue publicado durante los años 1972 y 1973 en la revista Margaret. Creo que es inútil hacer más presentaciones porque quien más, quien menos ha oído hablar de él o lo ha leído. Su fama es proverbial, justamente ganada además, y fue un éxito tremendo en su momento. Tras 82 episodios y 10 volúmenes publicados, La Rosa de Versalles se convirtió en una obra pionera del shôjo, siendo explícita al incluir escena de cama, moléculas yuri y travestismo. Por ello no fue extraño que, unos años después, su versión animada (1979-1980) también triunfara y se haya convertido en un clásico.

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Berubara tiene todos los rasgos de un folletín francés decimonónico, con sus virtudes y sus defectos. Busca inspiración en las obras de Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Honoré de Balzac; y posee sus excesos grandilocuentes recargadotes de drama, situaciones rocambolescas y coincidencias inverosímiles. La autora los tuvo bien presentes y manejó a la perfección para asentar las bases de lo que luego se emularía hasta la saciedad. Su influencia la vemos en Lupin, Utena; se alude a ella en multitud de obras que van desde Hôrô Musuko hasta Hirunaka no Ryûsei. Sus tentáculos se extienden por todo el shôjo; Berubara es la Reina Madre del género. ¡Y sin heroína retarded! Curiosamente esa es una de las cosas que más llaman la atención de Versailles no Bara: una protagonista de armas tomar y que no es eclipsada por sus motivaciones amorosas. ¡BIEN! Oscar François de Jarjeyes, en un inicio, solo funciona como un nexo para todo lo que va aconteciendo; pero una figura como la suya, completamente insólita, es lógico que acapare más adelante toda la atención. Una dama noble, educada como un caballero del Antiguo Régimen, que lucha por encajar y probar su valía. Su papel, que debería ser el de mero adorno procreador en la época, choca con su temperamento indómito y autosuficiente. Una fémina totalmente contemporánea y también una anacronía absoluta.

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Sin embargo esta obra no surgió de la nada. Es patente que la autora conocía en profundidad el María Antonieta (1932) de Stefan Zweig; libro que, desde ya, os recomiendo y resulta imprescindible para comprender a esta reina y los eventos históricos en los que se vio inmersa. Pero no solo se perciben las influencias de Europa en La Rosa de Versalles, Riyoko Ikeda bebió, como casi todo mangaka, de Osamu Tezuka. En concreto de su obra Ribbon no Kishi (1953-1956) para crear a su fascinante Oscar; y podemos rastrear también ese danshô no reijin (belleza con ropa masculina) en la famosa espía Yoshiko Kawashima o en el espectáculo del Takarazuka Revue. No en vano La Rosa de Versalles fue también adaptada por esta compañía teatral.

Versailles no Bara, como buen folletín, no se corta ni un pelo en plasmar crueldades y emociones exaltadas a la enésima potencia. Pero en otros aspectos es ingenua, casi infantil; aunque es certera a la hora de transmitir todo lo que importa. De blanda no tiene nada, aviso, por muchos pétalos al viento, floripondios, estrellitas o lagrimones en los ojos que haya. Cursi a ratos, de acuerdo, pero mete unos leñazos también de campeonato. Así que aquellos que odiéis las hipersaturaciones románticas y la teatralidad rimbombante, ya podéis huir como perros de La Rosa de Versalles. No obstante, sería una lástima que os perdierais esta obra por algo así, ya que tiene bien merecido, como mínimo, echarle un vistazo. Es un culebrón a la antigua usanza, pero un culebrón apasionante, épico, que se va oscureciendo conforme avanza. Historia pura desde todos los puntos de vista.

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Riyoko Ikeda supo armonizar los eventos históricos y sus protagonistas con la ficción de un relato atractivo. La galería de personajes está bien articulada y es abrumadora: Luis XV, Luis XVI, María Teresa de Austria, María Antonieta, Madame DuBarry, Luis Felipe II de Orleans, Madame de Polignac, Necker, Jeanne de Valois, Axel von Fersen, Robespierre, Louis de Saint Just y muchos más. Los de su propia invención son incluso más sugestivos, comenzando por la misma Lady Oscar, André, Rosalie, Bérnard, Alain… De las bitches me quedo sin ninguna duda con la Valois. Inmensa esa mujer, se las come a todas.

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The real bitch is here!

La autora, de manera muy elemental pero hábil, bosqueja el contexto social de la Francia prerrevolucionaria, tanto de los estamentos privilegiados como del Tercer Estado. Sus preocupaciones, sus vidas y destinos en el devenir de unos acontecimientos arrolladores. Arranca de manera candorosa, centrado en la corte de Versalles y sus intrigas caprichosas, completamente ajenas al mundo exterior; pero, lentamente, con una pincelada por allí y otra por allá, Ikeda va introduciéndonos en la auténtica situación del país y los padecimientos de sus gentes, hasta que al final engullen al lector. Los diferentes arcos argumentales, con sus propios villanos y dilemas, están basados la mayoría en la misma Historia; y no se puede evitar sentir cierta compasión al observar a sus protagonistas como simples marionetas dominadas por su ceguera, sufrimiento y ambiciones. Es muy interesante la trasformación paulatina de los personajes y, en el caso de algunos, cómo la amargura de sus decisiones y circunstancias los van destruyendo.

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Suele ser complicado discernir, y más según con qué obra, qué medio ha resultado el más idóneo para su expresión. En algunos casos manga y anime se complementan, pero en este concreto, y en mi humilde opinión, no hay duda: ¡viva el manga!

El anime parece mecánico en comparación con el cómic; el dibujo es más sencillo incluso algo tosco, aunque es el habitual de esa etapa. También es menos detallado no solo en la presentación, sino en el argumento y profundidad psicológica de los personajes. Podríamos decir que es una simplificación del tebeo, aunque el resultado sigue siendo maravilloso. Las variaciones en la historia no son importantes en sí, se cubre eficientemente la esencia del manga y comunica sin problemas. La gran emotividad no pierde garra, pero carece de la fluidez del tebeo. No estoy diciendo que el anime no sea fluido, sino que no lo es tanto y resulta algo acartonado en contraste. En ciertos capítulos se nota bajón de calidad también, no es un anime del todo homogéneo; y el cambio de dirección a mitad de la serie no sentó bien al conjunto. Evidentemente, los recursos técnicos de los años 70 para realizar un anime de 40 capítulos eran mucho más limitados que los que pudieran utilizarse en la creación de un cómic, por lo que es natural que en ese aspecto salga perdiendo. Aun así, ha sobrevivido con muchísima dignidad al paso del tiempo; fue, a grandes rasgos, un buen trabajo. Tampoco hay que negarle la espectacularidad del color, del movimiento, de la música, que un manga no puede brindar. Además hace escasas concesiones a la comicidad, muy abundante en el tebeo (otro legado de Tezuka), otorgándole una solemnidad muy apropiada. Porque no lo olvidemos: esto es una tragedia, por si las moscas. Y muere gente. Mucha.

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¿Es suficiente con ver la serie? Sí, lo es. Es un anime bastante fiel a la obra original aunque no posea algunos matices y particularidades importantes. El lenguaje que se utiliza no es el mismo, así que es lógico toparse con disonancias y carencias (¡qué pasó con esa bed scene, yo os maldigo!). Por eso también, para aquel que desee disfrutar por completo de la experiencia de La Rosa de la Versalles, es obligatorio leer el manga. Mucho más redondo, mucho más opulento; aunque todo ello sin ánimo de desmerecer la serie televisiva, que resulta amena y nada pesada en ningún tramo. A veces surgen cosillas que hacen que te preguntes si has sufrido alucinaciones (como una cama en medio de la calle entre una turba de miles de personas con palos y antorchas) y algunos fallos de raccord; pero se disculpan porque hasta resultan divertidos.

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Como último apunte, apostillar que el Occidente actual es heredero directo de la Ilustración y la Revolución Francesa. Nuestra manera de pensar y percibir el mundo procede en su mayor parte de sus ideales, por mucho que estemos embarrados de posmodernismo. Las semillas de conceptos que ahora consideramos irrenunciables como la libertad política, la justicia social o el cosmopolitismo, emanan de ahí; por eso siempre es interesante reexaminar las raíces de nuestro pensamiento, meditar sobre ellas y observar cómo marcha el planeta desde esa perspectiva. Y una forma excelente de hacer esto puede ser mediante La Rosa de Versalles que, a pesar de que iba dirigida a un público juvenil, está bien documentada al respecto (con licencias, pero nada serio) y deriva en una travesía histórica la mar de entretenida. Elijas manga o escojas anime (mejor ambos), no resultará una pérdida de tiempo. There’s plenty to dig in.

P.D.: Me encanta cómo están todo el día empinando el codo, siempre encuentran una excusa para darle al vino. Alucinante.