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Peticiones Estivales: Yojimbo

Seguimos desgranando las Peticiones Estivales, ya muy cerquita de que lleguen mis vacaciones (¡bien!), y con mi amado otoño a la vuelta de la esquina. Los calores van mitigando su intensidad y por las noches es posible incluso domir algo. Aunque hoy hemos tenido 36 rotundos grados, han sido completamente soportables.

La presente reseña ha sido sugerencia de Ange, que hace unas semanitas cumplió 8 años en el mundo blogueril, ¡felicidades! Toda una veterana con su indispensable El libro de Ange, que os invito a que lo visitéis si no lo conocéis todavía. Ange es una de las personas más alegres y optimistas de mi círculo otaco, siempre animando y apoyando a los demás de forma desinteresada. ¡Muchas gracias por estar siempre ahí, eres un solete!

Y la petición que ha realizado a SOnC son palabras mayores, Ange no se ha ido por las ramas: el clasicazo cinematográfico Yojimbo (1961), de Akira Kurosawa.

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No es la primera vez que cometo el sacrilegio de escribir sobre el cine de Kurosawa, también creo que de Yojimbo se ha disertado muchísimo. No podía ser de otra forma, es una obra maestra. Y a pesar de que no voy a aportar nada que no se haya dicho ya, este film merece su pequeño espacio en SOnC. No es mi cinta favorita del director, sin embargo es una de sus películas más aclamadas y célebres. Gracias a ella cambiaron muchas cosas, el western como género no volvió a ser el mismo, así como las películas sobre mafiosos. Su influencia y halo se extienden por el cine de todo el planeta, se trata de uno de esos imprescindibles al que no queda otro remedio más que reverenciar.

Yojimbo o yôjinbô significa en japonés “guardaespaldas”, y es la ocupación del protagonista del film. O más bien deberíamos decir su no-ocupación, porque a pesar de que son requeridos sus servicios como tal, no llega a trabajar de ello con integridad. En ningún momento. Fue la vigésima película de Akira Kurosawa, la segunda con su propia productora, ya que el resbalón comercial (que no artístico) de la estupenda La fortaleza escondida (1958), animó al director a desligarse un poco de Toho, e invertir su propio dinero en sus películas. Este hecho cambió muchas cosas, como podréis imaginar.

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Sugino-sensei instruyendo a Mifune en el set de “Yojimbo” bajo la atenta mirada de Kurosawa.

Comenzó a prestar más atención a las obras de productoras competidoras como Toei, a la que tenía una tirria bastante considerable, y parece que su profunda antipatía hacia esta compañía lo llevó a concebir la bilogía de Yojimbo (1961) y Sanjuro (1962). Una respuesta al yakuza-eiga y ninkyô-eiga (cine de mafiosos) que los estudios en Kioto de Toei producían como longanizas. Kurosawa no compartía esa idea romántica del mafioso o forajido de corte tradicional que Toei trabajaba, estaba un poquitín más cerca quizás de lo que Nikkatsu Corporation produciría a lo largo de los 60; por lo que el director decidió crear su propia versión del género, mofándose del ideario del género, y logrando así engendrar un hermoso y decisivo film en el que el western clásico, el chanbara y el cine de gánsteres se estrecharon la mano con pompa y alegría.

El argumento es sencillo en extremo, cuenta la historia de un rônin (Toshirô Mifune) que, dejándose llevar por el puro azar, llega a un pueblo desolado donde la ley no existe, y sus habitantes viven aterrorizados, escondidos dentro de sus hogares. La causa es la guerra abierta entre dos clanes rivales yakuza por el dominio del territorio, y nuestro protagonista decidirá sacar partido a la situación ofreciendo sus servicios como espadachín. Pero el rônin, al igual que los dos bandos enfrentados, no jugará limpio.

El guerrero a sueldo se presenta a sí mismo como Kuwabatake Sanjurô, que es como no decir nada, pues se trata de un nombre escogido al albur mientras mira por encima de una ventana un campo de moras (kuwabatake es mora y sanjurô es su edad, 30 años). Sanjurô no vende barata su pericia como yojinbô o guardaespaldas, y habiendo demostrado gran habilidad en una reyerta, los dos jefes yakuza lucharán por tener su katana de su lado. Sin embargo, el rônin sin nombre aprovechará la situación para jugar a dos bandas, como si se tratara de un tablero de ajedrez, maximizar así su beneficio económico y, de paso, verlos con placer cómo se destruyen mutuamente. Su plan parece encarrilado hasta que llega a la ciudad Unosuke (Nakadai Tatsuya), hermano de uno de los oyabun, armado con una pistola y más sagacidad de la que a Sanjurô le gustaría.

Así queda esbozada la narración de Kurosawa, donde quedan reflejados muchos de los temas habituales de los westerns: el héroe solitario, de alma torturada, que debe tomarse la justicia por su mano ante la ausencia de esta; gente indefensa y a la merced de villanos, necesitada de protección y, uno de los más importantes: la batalla entre modernidad y tradición. Yojimbo tiene lugar en un momento impreciso después de la Restauración Meiji (1868), durante el cual Japón se abrió de nuevo al mundo y tuvo que dejar atrás el viejo sistema feudal y sus satélites. Un cambio de vastas proporciones en el que todavía los japoneses andan un poquillo enredados.

Yojimbo tuvo un éxito inmediato en Occidente, de hecho es la película de Kurosawa más conocida y celebrada por estos lares. Quizá porque toca notas muy familiares para nosotros, es una obra que hiede a Hollywood; no en vano, al señor Pantano Negro se le considera el director japonés más occidental de todos. Por esa basculación hacia la cultura dominante extranjera se le criticó muchísimo en su país.  Pero en este film no solo brota la admiración de Kurosawa hacia John Ford, el escritor de hard-boiled Dashiell Hammett o Federico Fellini. Yojimbo tiene mucho de nipón también a pesar de que sus detractores solo vieran sombras gaijin en él; la influencia de las convenciones del teatro kabuki son incuestionables y manifiestas, por ejemplo.

El mismo protagonista, Sanjurô, es una creación que se rastrea en el cine japonés. Cierto que puede recordar bastante a Humphrey Bogart por esa moralidad dudosa, egoísmo recalcitrante y pasado enigmático; sin embargo, ya en el cine mudo de las islas podemos encontrar anti-héroes protagonizando historias que despojan de todo tipo de idealización la figura del guerrero. Una muestra clara sería la visionaria Orochi (1925) de Buntarô Futagawa (reseña aquí), película que os recomendé el año pasado ya con mucho, mucho, pero que mucho fervor.

Sanjurô es un mercenario (y muy bueno, por cierto), y como tal actúa. Se encuentra en un campo de batalla donde ambas facciones son maliciosas, traicioneras y ruines; por lo que se adaptará al entorno no solo para sobrevivir, sino para pasarlo bien un ratejo. No es un samurái, no se debe ya al bushidô; es un hombre de su tiempo, un individuo aclimatado a las circunstancias de una nueva era. Por eso, con calma y sobriedad, hará gala de una fría inteligencia al servicio exclusivo de sí mismo. Nadie sabe cuáles son sus verdaderos propósitos. Mifune y su genial interpretación originaron el que ya es un arquetipo por derecho propio: el ¿héroe? sin nombre. Sanjurô será siempre recordado por su parquedad insolente, su belicoso espasmo en la espalda, rascarse la barbilla mientras cavila y el lento masticar de un palillo en su boca. Un rônin de espíritu travieso y poco de fiar.

Unosuke, antagonista absoluto de Sanjurô, se encuentra totalmente a la altura de tremendo protagonista; un guerrero peligroso y tan viajado como él que se las hará pasar putas de verdad. El resto de personajes en la película destacan por ser unas maravillosas caricaturas, personajes pulp esperpénticos que dotan a la cinta de un aroma casi surrealista. Sus presencias son esenciales en el film. Porque Yojimbo tiene mucho de comedia negra, es una obra plena de sarcasmos, una parodia, como antes comentábamos, de las ninkyô-eiga realizada con un sentido del humor perverso. Y gusto exquisito. Aunque, por supuesto, Yojimbo se convirtió en algo mucho, mucho más grande de lo que todos esperaban.

Yojimbo es la obra más accesible de Kurosawa, con un guion ingenioso y emocionante, de ritmo agradable y ejecución impecable. Todo lo bueno del lenguaje de Kurosawa está en Yojimbo, pero en formato masticable. Como director de fotografía trabajó el incomparable Kazuo Miyagawa, que ya había colaborado con Kurosawa en Rashomon (1950), y que en Yojimbo brilló de manera espectacular. La sencillez de la historia aúna fuerzas con una puesta en escena asimismo austera y polvorienta, donde los planos panorámicos y de ángulo ultra-preciso intensifican el vacío y soledad que rodean a Sanjurô.

¿Y qué decir de la banda sonora? No encontramos en ella nada de la esperada música tradicional japonesa, sino unas composiciones que beben del jazz, con arreglos de aire oriental pero ritmos latinos frenéticos. Y dosificada con meticulosa atención a lo largo de la película, otorgando protagonismo a los silencios, a los diálogos. No hay duda de que Masaru Satô volvió a hacer historia con este trabajo.

No se puede terminar una reseña dedicada a Yojimbo sin nombrar su plagio más famoso y que se ha ganado, además, un lugar por méritos propios dentro de la historia del cine. Me estoy refiriendo a la insigne y egregia Por un puñado de dólares (1964) del también insigne y egregio maestro del spaghetti western Sergio Leone. Porque sí, es un plagio como la copa de un pino de Yojimbo. Rodada en España, fue una película que costó producir 200.000 $ y por la que recibió Clint Eastwood, siendo este su primer papel protagonista, 15.000 $. Recaudó luego en total casi 15 millones de dólares, de los cuales la mayoría fueron al bolsillo de Kurosawa. En realidad el director japonés ganó más dinero a través de la demanda que interpuso que con la película. Cosas de la vida.

Los productores de Por un puñado de dólares no habían logrado hacerse con los derechos de Yojimbo, pero esta nimia circunstancia no los amilanó. Decidieron continuar con el proyecto variando algunas cosillas de la obra original y prau. ¡Alegría! Lógicamente, esto no sirvió absolutamente de nada, porque Leone además se permitió el lujo de realizar un calco casi perfecto de Yojimbo. Kurosawa, bastante enfurecido, los demandó y fueron a juicio. Todo este asunto, como era de esperar, incrementó la popularidad de ambas películas, y no impidió que Sergio Leone prosiguiese dirigiendo dos secuelas más, Por un puñado de dólares más (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), que son a día de hoy componentes de una trilogía indispensable y clásica dentro del género.

Yojimbo fue un antes y un después en el chanbara y el western. Ha influido de manera notable incluso en franquicias como Star Wars o tebeos como Usagi Yojimbo. Forma parte ya de la cultura popular de Occidente, lo que no pueden decir muchas obras niponas. Y aunque esto no suponga ser una virtud per se, sí nos habla de su enorme trascendencia, de las barreras culturales llenas de prejuicios que ha tenido que superar. Yojimbo es una película sobria y muy, muy divertida; de visión obligatoria para todo aquel que se considere amante del cine. Un film con un objetivo simple y puro: entretener. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Occidente regurgitado à la japonaise es nuestro manjar

Hace ya un tiempo realicé una entrada dedicada a la visión que tiene Occidente sobre Japón. Elegí nueve películas que consideré (y considero) relevantes y luego pensé: ¿qué tal viceversa? Dejé la idea olvidada por algún sitio de la corteza cerebral hasta que hace unos días, viendo Arashi ga Oka (1988) de Yoshishige Yoshida, me acordé súbitamente de ella. ¡Vaya, si estabas ahí! ¿Y qué hacemos contigo? Venga, vamos a quitarte el pijama, darte una ducha y ponerte algo chuli. Pero antes… antes vamos a cortarte el pelo. Bueno, pongámonos serios. Esta introducción mentecata es solo una manera de intentar explicar que decidí cambiar algo la esencia del propósito inicial, y enfocarla en la interpretación cinematográfica japonesa de obras literarias occidentales. Y no encontré demasiadas, la verdad. Tampoco es que sea una experta en cine nipón, pero saqué en limpio poquita cosa, y de ahí seleccioné cinco. No era cuestión de hacer un monográfico dedicado a Akira Kurosawa (no por falta de ganas) pero preferí diversificar la entrada. Aun así han caído dos del amigo Pantano Negro. Qué le vamos a hacer, no he podido evitarlo. Y Toshirô Mifune asoma el hociquillo en un par también, ups.

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Kurosawa y Mifune bien elegantotes

Es bien sabido que los occidentales nos consideramos el ombligo del universo, y que la galaxia rota en torno a nuestro culo bien aposentado en el trono cultural del planeta. Ese western-centrism es una lacra, no nos engañemos, y ha infectado casi todo el orbe. Pero hay países, por supuesto, que han resistido su embate de manera muy peculiar. Es el caso de Japón, y aunque se trata de una nación que ha metabolizado lo occidental dirigiéndolo en ocasiones (y no escasas) a cotas de inimaginable bizarrismo, no ha dejado de ser una asimilación impregnada de su propia idiosincrasia. Un Occidente domesticado con látigo férreo pero kawaii, al que le debemos horas de inagotable asombro y disfrute. Pero, ¿qué ha hecho este honorable pueblo cuando ha adaptado un libro occidental al cine? Cine, que no animación, donde sí que existen abundantes referencias. El experimento no ha tenido muchas oportunidades, al menos a esa conclusión he llegado investigando una miqueta. Y no tendrían que ser por obligación muchas más, conste en acta. Japón tiene un patrimonio literario extenso y valioso, y el continuo bombardeo desde nuestros países al suyo hace comprensible un sano ejercicio de resistencia en ese aspecto. Pero una buena obra sigue siendo una buena obra venga de donde venga; y ciertos cineastas no tuvieron ningún reparo en llevar a su japonesísimo terreno clásicos literarios occidentales. Su osadía continúa siendo una rareza aún hoy, por eso creo que esta entrada posee su interés. Sobre todo entre los que nos gusta hurgar en las narices niponas. Ya se sabe, algún moco espesote siempre hay; no obstante petróleo también se encuentra. Pero podéis estar tranquilos, he seleccionado películas accesibles y con un mínimo nivel de calidad. Tampoco es imprescindible haber leído las novelas y relatos en los que están basados pero, ¡qué os voy a decir yo! ¡Leer es como respirar! Así que os animo con muchamuchamuchamucha fuerza a que los dejéis formar parte de vuestra vida.

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Este mini-listado se debe comenzar a lo grande, nada de titubeos o medias tintas. Si existe una adaptación de una obra occidental en Japón que admiro fervientemente es Trono de sangre (1957) de Akira Kurosawa. Es el mejor Macbeth (1606) del mundo cinematográfico por ahora. Lo siento, Orson Welles; lo lamento, Polanski; fue un buen intento, Justin Kurzel. Kurosawa os sigue pateando el culo a pesar de todo. Y Luzbel me libre de pensar que son malos films, porque sería una mentira cochina. Pero Kumonosu-jô continúa siendo imbatible, un prodigio del séptimo arte.

Ya hice una reseña dedicada a esta película, explicando un poquillo la obra de Shakespeare también, así que no me voy a alargar más. Todo lo que tenía que decir lo escribí aquí. Creo que debería ser obligatorio, al menos una vez en la vida, leer Macbeth y ver Trono de sangre. No hay excusa razonable para esquivar estos clásicos, salvo que se prefiera permanecer en el lodazal de la ignorancia in saecula saeculorum. Y esa sería, en verdad, una elección personal realmente triste.

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¿Quién no conoce a Cyrano de Bergerac? El espadachín y poeta de magno apéndice nasal que no puede conocer las mieles del amor a causa de su fealdad. En realidad Bergerac no fue solo el personaje de la obra teatral que Edmond Rostand escribió en el efervescente ambiente finisecular de París. Fue un filósofo, escritor e intelectual bastante reputado en la Francia del s. XVII, con una línea de pensamiento sorprendentemente moderna para su época. También algo pendenciero. Si os interesa su vida y obras, la pieza teatral de Rostand no resulta muy fidedigna, porque casi todo lo que narra es pura invención. Os recomiendo para introduciros en sus trabajos El Otro Mundo (1657), un librito desternillante, una sátira en clave de ciencia ficción donde podréis disfrutar los ramalazos de ingenio cáustico que se gastaba monsieur Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac.

Pero esta Aru kengo no shôgai (1959) de Hiroshi Inagaki, como podréis imaginar, es una adaptación de la célebre obra de teatro. Que, por otro lado, también es muy recomendable ya que se trata de una pieza esencial de la literatura europea. Ha tenido bastantes encarnaciones en el cine, siendo siempre un relato muy apreciado por el público. Su éxito ha sido merecido. En términos actuales, diríamos que Cyrano de Bergerac es la vida de un friendzoneado que encima carga con el papelón de ayudar a su rival amoroso, que es algo lerdo. Muy guapo, pero un lerdo. Esta historia es universal, da igual la época, el sexo de los protagonistas o el lugar. Ha sucedido, y sucederá, hasta el fin de los tiempos. Y todos hemos sufrido en nuestras carnes esta clase de sufrimiento. C’est la vie.

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Toshirô Mifune como Heihachiro Komaki, el Cyrano japonés

Así que Inagaki, al que los jidaigeki se le daban fenomenal, consideró que Cyrano podría acomodarse la mar de bien al clima japonés. De un extremo de Eurasia (París), pasó al otro (Kioto); y sin cambiar de siglo, Cyrano se convirtió en el ingenioso y honorable Heihachiro Komaki. Un samurai ejemplar: compasivo, amante de los niños, valiente, gran espadachín, muy cultivado, con una inteligencia sin parangón y… una nariz superlativa. Sin embargo, su brillante personalidad y potente intelecto no son suficientes para conquistar a la dama que ha querido desde su infancia, Lady Ochii. Esta se ha enamorado de un joven guerrero venido del campo, Jurota Karibe, y solicita la ayuda de Komaki para que lo proteja en las frecuentes peleas. Este guapo mozalbete no tarda en declararse a Lady Ochii, pero ella queda algo decepcionada por su parquedad y evidente falta de talento. Komaki, que no quiere que su amada sufra, decide echar una mano al adonis en los menesteres de la elocuencia, escribiendo por él también apasionadas cartas.

¿Funciona Cyrano como jidaigeki? Sobradamente. De hecho es un formato que le va como anillo al dedo. Es una comedia heroica que funciona muy bien con sus duelos de katanas, intrigas, drama y romance no correspondido. Tiene de todo un poco, y Mifune, la verdad, es que se come la pantalla. Hiroshi Inagaki fue bastante fiel a la obra de Edmond Rostand, y realizó una película compacta y entretenida. No deslumbra ni es especialmente rompedora, sigue una vereda muy transitada; sin embargo, posee buen ritmo, las interpretaciones son adecuadas y no aburre en ningún momento. ¿Qué más se le puede pedir a un film de aventuras?

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De nuevo Kurosawa, pero esta vez con una obra dirigida en su madurez, cuando muchos pensaban que se encontraba ya de capa caída. Ah, qué ingenuos. Los monstruos nunca duermen, camaradas otacos, a este señor todavía le quedaban unas cuantas cosas por decir. Se fue a la Unión Soviética en plena Guerra Fría y creó de nuevo otro clásico (e iban ya…). Kurosawa fue un lector ávido de literatura occidental desde niño, por lo que asimiló muy bien este lado del planeta. Nunca tuvo miedo de plasmarlo además en su cine, ahí tenemos El idiota (1951), adaptación de la novela de Fiódor Dostoyevski; Los bajos fondos (1957) basada en la obra teatral del Máximo Gorki o Ran (1985), que tomó bastante de la tragedia shakespeariana El rey Lear. Podría haber elegido cualquiera de esas o Los canallas duermen en paz (1960), por ejemplo. Más Shakespeare a la saca. Pero no. Me quedo definitivamente con Dersu Uzala (1975), basado en un libro que no deja de ser un sencillo diario que narra vivencias asombrosas. Dersu Uzala de Vladímir Arséniev no tiene nada de particular, es lo que relata: la esencia de una historia simple y grande a la vez.

Dersu no esperó a que acabáramos de conversar y se marchó. Pero yo aún me quedé un buen rato junto al viejo, escuchando sus relatos. Cuando me dispuse a marcharme, la conversación volvió a girar en torno a Dersu.
—Es un buen hombre, una persona sincera —dijo el creyente del rito antiguo—. Sólo hay una cosa mala. Es un infiel, un asiático, no cree en Dios. Pero ¡mira! Vive en la tierra igual que yo. ¡En verdad que es asombroso! Pero ¿qué pasará con él en este mundo?
—Pues lo mismo que conmigo y contigo —le respondí.
—Protégeme, reina celestial —dijo el creyente del rito antiguo, santiguándose—. Yo soy un auténtico cristiano de la Iglesia apostólica. ¿Y él qué? Un hereje. No tiene alma, sino vapor.

Dersu Uzala es un hezhen o nanái. Un cazador nómada de cierta edad que vive en la taiga del río Ussuri, en la Siberia Oriental. Es el protagonista tanto del libro como la película. Pero hay que aclarar que Dersu Uzala existió de verdad, fue el guía de Arséniev y su grupo de expedición en esos inhóspitos parajes. Les salvó la vida en numerosas ocasiones, y trabó una profunda amistad con el autor, que reflejó su admiración por él a lo largo de la obra. Arséniev trabajaba como cartógrafo, su misión era revelar los secretos de las tierras más remotas del entonces Imperio Ruso; y asentado en Vladivostok, durante sus viajes por los vastos bosques boreales, conoció a Dersu Uzala.

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Dersu Uzala fotografiado por Vladímir Arséniev circa 1905

Kurosawa quedó fascinado por el retrato de este hombre singular, ya entrado en años como él mismo, pero que permaneció fiel hasta el final a su espíritu libre. La eterna dicotomía naturaleza/civilización está expresada sin efectismos, casi con cierta crudeza pero que la ingenuidad sabia de Dersu Uzala atempera y da sentido. El hombre tiene su lugar en la taiga, que no está ni por encima ni por debajo del resto de la gente; por ello debe conocerse y respetar sus leyes. Esta gente a la que se refiere el cazador es el fuego, la lluvia, el viento, el tigre, el oso o la liebre. Como buen animista, Dersu Uzala venera la naturaleza porque es su único hogar. Esta convivencia casi mística con el medio en el que habita es el eje en torno al cual pivota el argumento de la película. Es interesante señalar que esta concepción del cosmos, afín a la Hipótesis Gaia de James Lovelock y Lynn Margulis, volveríamos a verla a menudo en las obras de Hayao Miyazaki.

Personalmente, esta película me emocionó mucho. Es una historia épica pero que no cae ni por un instante en el sentimentalismo. Su mérito reside en saber transmitir la grandeza de esa tragedia cotidiana que es el paso del tiempo, pero sin aspavientos. No hace falta engalanar la realidad, solo saber contar su historia. Y Kurosawa hizo de las extraordinarias vivencias de Arséniev y Dersu Uzala una obra de arte. Imprescindible.

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Todo admirador del universo lovecraftiano conoce muy bien al escritor inglés William H. Hodgson. O debería saber quién es al menos. Siempre estaré eternamente agradecida a Valdemar por haber publicado La casa en el confín de la Tierra, El Reino de la Noche y otros relatos más de este autor indispensable del terror y la ciencia-ficción. Falleció a los 40 años, combatiendo en la Primera Guerra Mundial, y nunca supo lo que fue el éxito en vida. De hecho, tras su muerte, fue completamente olvidado hasta que el círculo de Lovecraft lo rescató. Y es que el escritor de Nueva Inglaterra le debe muchísimo en lo que respecta al horror cósmico que lo caracterizó. Mucho se ha escrito sobre las influencias de Lord Dunsany o Edgar Allan Poe, y sin embargo la de Hodgson no fue menor. La noción de lo impío nació con él, sus criaturas semihumanas perdidas en lugares remotos y el misterio ominoso que oculta el océano en su seno, son sus semillas. Simientes que florecieron también en los Mitos de Cthulhu.

¿Y qué sucedería si uniéramos el genio de Hodgson con el talento de Ishirô Honda? El adalid del terror materialista con el padre de Godzilla. Pues no hay que perder el tiempo con demasiadas cábalas, porque la respuesta está en la película Matango (1963), inspirada en el relato La voz en la noche (1907) del escritor inglés. Lo que obtuvo el mundo fue una joya de culto que todo amante de la Serie B reconoce ahora con afecto. No viene mal mencionar que lo bizarro también puede ser digno, y ese es el caso de Matango. No es una película ridícula ni de tono infantiloide. Es una historia de supervivencia claustrofóbica, con guion de Takeshi Kimura y una puesta en escena acorde a la época y temática. Una maravilla de la lisergia más creativa de los 60.

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¿El resultado fue congruente? Bastante. Honda y Kimura supieron dar consistencia moderna a un relato de principios del s. XX, añadiéndole además crítica social y el funesto elemento nuclear. La interacción de los personajes además es fascinante, muy bien trabajada. Una nueva clase social emergente en Japón, caracterizada por la frivolidad e inmersa en el goce de la riqueza alcanzada por el “Milagro Japonés” de la Era Shôwa, se enfrenta a la realidad. Esa realidad es que la Naturaleza gobierna sobre todo, y no se debería dar la espalda a esa verdad. El precio por hacerlo es alto, y los protagonistas de Matango lo pagan de la peor manera posible.

Unos jóvenes ricos y bien educados, que están pasando unos días navegando y bailando música hawaiana en su yate, naufragan en algún lugar indeterminado del sur de Japón. La tormenta ha sido terrible, los ha dejado incomunicados, casi sin víveres e incapaces de averiguar su situación. Pero pronto ven en la lejanía una isla, y deciden acercarse a ella. Pero esa isla, cubierta de bruma y exuberante vegetación, parece deshabitada. Pronto encuentran un barco varado en una playa, que se encuentra vacío. No hay cadáveres, no hay rastro de sus ocupantes y sus provisiones están intactas. Sin embargo, todo se halla tapizado por una enorme cantidad de moho. Descubren una caja, con el nombre “Matango” sobre ella, que guarda un gigantesco hongo en su interior. Pero es el cuaderno de bitácora del capitán el que más incógnitas esconde. ¿Qué es en realidad ese buque? ¿Qué ha ocurrido con su tripulación? Y lo más importante: ¿qué va a ocurrirles a ellos? Para averiguarlo tendréis que rendiros a los humores alucinógenos de… ¡Matango!

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Cumbres borrascosas (1846) es mi novela favorita de las hermanas Brontë. Fue una verdadera tragedia lo que ocurrió en esa familia. A causa de la aflicción por la muerte de su hermano Bramwell y la tisis, Emily solo nos pudo legar una veintena de poemas y esta historia. Wuthering Heights es cruel y espinoso, no apto para espíritus delicados. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo leí: fue doloroso. En realidad Cumbres Borrascosas es un demonio que taladra el alma. No exagero. Sin embargo lo amé inmediatamente. Me pareció que expresaba con tanta honestidad la contradicción de las emociones humanas y su vehemencia, que se convirtió en una de mis relecturas anuales obligatorias. Todos los años regreso a él en algún momento, no falla.

Creo que está quedando claro que soy fanática a degüello de esta obra, por eso nunca he estado del todo satisfecha con las adaptaciones que he visto. Y no me refiero a la falta de fidelidad argumental, que es casi lo de menos, sino a la transformación que sufre el elenco principal. Cumbres Borrascosas no es solo una historia de amor brutal, sino las desventuras de unas cuantas personas más y las circunstancias sociales que los rodean. Pero lo que me irrita sobremanera es cómo suavizan las aristas (¡maravillosas aristas!) de sus dos protagonistas. Su idealización es peste porcina. Heathcliff no es un galán, para nada un antihéroe que llora su desdicha en las sombras, y así se han cansado de moldearlo en cine o televisión. Con más o menos fortuna. Camaradas otacos, Heathcliff es un patán feroz y vengativo al que el amor lo ha vuelto loco. ¿Y Cathy? Cathy tampoco es una dama; resulta una mujer de carácter veleidoso y salvaje, con una terquedad infinita y cierto regusto sádico. Ambos son personajes poderosos, casi hipnóticos, pero jamás admirables. Y eso es lo que me gusta de ellos, que son humanos; y precisamente lo que me cuesta encontrar en series y películas.

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Admito que no es muy comercial hacer el retrato de dos malas personas, por eso Arashi ga Oka (1988) de Yoshishige Yoshida me sorprendió gratamente. Este director decidió tomar el tempestuoso espíritu de Cumbres Borrascosas y sublimarlo a través del Kabuki y el . Así destiló la esencia de la novela de Emily Brontë en toda su majestuosa oscuridad, pero otorgándole una austeridad que hicieron de Kinu Yamabe (Catherine Earnshaw) y Onimaru (Heathcliff) personajes espeluznantes. Cada uno a su manera. De la grandilocuencia romántica y sus pasiones exaltadas, a esa elegancia minimalista tan japonesa. Arashi ga Oka emana la frialdad de la muerte en su mesurada belleza y pulcritud; sin embargo, las corrientes ocultas que se mueven bajo esa capa crujiente de hielo impresionan por su enorme fuerza. Esa corrientes son tenebrosas, mucho, y albergan horrores que la escritora ni llegó a imaginar. Porque Yoshida unió la reverberación gótica de Cumbres Borrascosas con la vertiente más truculenta del folclore japonés.

¿Consiguió este director una traducción coherente del York victoriano al mundo nipón? Perfectamente. Por ahora es mi versión favorita del clásico de Emily Brontë con diferencia. De los páramos, nieblas y brezales solitarios del norte de Inglaterra, a una desolada ladera de un volcán envuelto en nubes de ceniza. De la Europa decimonónica al Japón feudal. Y los arquetipos continúan ahí. La lengua es diferente, pero el mensaje resulta exactamente el mismo. Yoshida captó la llegada del ominoso extranjero, que derrumba la estructura social del lugar, con mucho tino. Así como el ambiente denso y asfixiante de la novela, que reforzó con la rígida etiqueta japonesa medieval y las supersticiones del shintô.

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Arashi ga Oka es una película muy japonesa en todos los aspectos, lo que puede acabar siendo un pequeño problema para todos aquellos que estén acostumbrados a otro tipo de cine. Posee un ritmo sereno que se exacerba en momentos puntuales, para volver de nuevo a una calma engañosa. Su expresividad teatral, que concede gran importancia al lenguaje corporal y los silencios, aprovecha por completo el talento de los actores. Sus interpretaciones son extraordinarias, Onimaru y Kinu dan literalmente miedo. Si la novela de Emily Brontë no está destinada a todo el mundo, Arashi ga Oka sube la apuesta robusteciendo los planteamientos de la autora y elevándolos a un nuevo nivel de refinada depravación.

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“Leyendo un libro” (1906) de Shôun Yamamoto

Y hasta aquí ha llegado la entrada de hoy. Espero que haya estimulado vuestra curiosidad lo suficiente para que le echéis un vistazo a las películas, y busquéis las obras literarias también. Lo merecen. Si no ha sido así, en otra ocasión procuraré hacerlo mejor. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.