cortometrajes

Miscelánea de lacónicos: ¡últimos descubrimientos!

Una de las cosas que más me gusta hacer en internet, cuando tengo un poco de tiempo libre, es vagabundear por las webs dedicadas a la animación en general. Así, sin más. Curiosear, dejarme llevar y dar volteretas de enlace a enlace. Allez hop! Hacía ya bastante que no me podía permitir paseos cibernéticos, sin embargo estos días he aprovechado bastante bien mis horas de descongestión para ponerme al día con lo que se ha estado, y está, cociendo en el prodigioso submundo de los cortometrajes japoneses.

Y aquí os presento una selección de los 8 cortos que más han llamado mi atención en este mini chapuzón navideño. He descubierto obras bastante curiosas, algunas de hace unos años ya, pero realmente interesantes e, incluso, divertidísimas. Espero que disfrutéis de este pequeño regalo de Reyes que SOnC os deja en vuestras pantallas, para que paséis este último día de las navidades de manera diferente.

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8 – Tenohira no Niwa (2016) de Haruka Umemura

No hay que perder de vista a esta moza, Haruka Umemura, cuyo trabajo de primer año de la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio (Geidai) ha sido este delicioso Tenohira no Niwa o First Hand Memories. En él nos ofrece una perspectiva única, la visión ingenua y sencilla del mundo a través de un tubo de papel higiénico. La protagonista, una niña; de secundarios, un gato y un pez.

El guion está basado en una historia clásica del repertorio del rakugo: Ômu o The Parrot, popularizada por el rakugoka Kintarô. Como apenas dura 5 minutos, no debería extenderme mucho más, aunque sí puedo comentaros que es una preciosidad rebosante de las luces y texturas del verano. Pero de ese verano apacible de la infancia. Mención especial merece el apartado de sonido, tanto Chihiro Nagashima como el compositor Abe Sôshi han logrado expresar la ternura juguetona de la historia con gran sutileza.

7 – Slowly Rising (2016) de Hideki Inaba

Hideki Inaba es un videoartista freelance que está subiendo como la espuma. A no ser que, de repente, tenga algún tipo de traspiés, claro, ya que el mundo audiovisual es bastante… resbaladizo (dejémoslo ahí). Ha trabajado para los Red Hot Chili Peppers en la grabación de la película de su Getaway World Tour del 2016, y sus obras se están colando en diversos festivales independientes internacionales, incluso ganando premios. No está nada mal.

Este Slowly Rising es el vídeo musical que realizó para el músico holandés Stan Forebee, residente en Australia, aunque el tema en cuestión lo compuso bajo del nombre de BEATSOFREEN. El conjunto de música y animación no puede ser más sugestivo, un viaje psicotrópico sereno pero exuberante, que evoca la fertilidad devoradora de Perelín, La Selva Nocturna de Michael Ende. Un trabajo para quedarse hipnotizado frente a la pantalla, muy intrigante también.

6 – The tea time (2011) de Manabu Himeda

Todavía no tengo muy claro qué pensar de este artista, porque algunas de las obras que presenta en su web me parecen mitad tomadura de pelo, mitad genialidad. Todavía me tiene cavilando. No obstante, los trabajos que me gustan de Manabu Himeda me entusiasman, como es el caso de Na Ni Nu Ne No No (2014) o este mismo The tea time.

Se trata de un cortometraje con ese dominante aire infantil del estilo de Himeda, alegre, colorido, ingenioso. Y lleno de la poesía candorosa y loca de la niñez. Porque resulta que es como una canción para niños, con danzas de elasticidad prodigiosa y alusiones irónicas a los tópicos más conocidos de Japón. La cancioncilla de Masatake Himada y Matsunaga Yasushi es pegajosa y muy divertida, ni Gloria Fuertes la podría haber escrito mejor (es broma).  Y el arte resulta espectacular, a los occidentales nos puede recordar algo a las obras que el maravilloso animador Jeff Hale hizo para Sesame Street; pero para los que conocemos un poquito más la animación de la islas, Keiichi Tanaami y Yôji Kuri son referencias absolutas.

5 – Toshima, ciudad cultural del este de Asia (2018) de Haruko Kuno

Me ha encantado este vídeo promocional de la ciudad de Toshima. Es una cosita fascinante de apenas 1 minuto y 10 segundos, pero Haruko Kuno ha sabido transmitir con entusiasmo todo lo que ese barrio de Tokio puede ofrecer al visitante. La conexión con el espectador no puede estar más trillada, una niña; sin embargo, la directora ha exprimido los clichés de forma ultra-eficiente para acercar al público esta vecindad que tanto significa para la otaquería.

Ha sido un detalle muy bonito presentar en el corto a Osamu Tezuka (y ponerle la correspondiente boina a la chicuela), imagino que todos sabréis que en Toshima se encontraba la legendaria residencia Tokiwa, donde compartieron espacio Shôtarô Ishinomori, Hideko Mizuno, Fujiko Fujio o el propio Manga no Kamisama. Por cierto, que parece que la están reconstruyendo con total fidelidad, para hacer un museo con apertura en marzo del 2020. Gran noticia.

Regresando a la animación que nos incumbe, hay que destacar el uso de la rotoscopia. Para ello, el rodaje tuvo lugar en diversos emplazamientos de Toshima, que fue dirigido por Atsuhiro Yamashita. En resumen, se trata de un corto refrescante y de  excelente ritmo perfecto para sus propósitos turísticos. Bien majo, oigan.

4 – Harmonia (2017) de Tarafu Otani

Otro vídeo musical, esta vez del músico Yuichi Nagao y su canción Harmonia, incrustada en el pop, dance y techno, con claras influencias de la música de video-juegos. No me transmite gran cosa per se, sin embargo, cuando se alía con la animación de Tarafu Otani, todo comienza a florecer. Es una simbiosis alucinante donde la abstracción y el arte figurativo fluyen como el mercurio, licuando realidad y fantasía. Tengo debilidad por las acuarelas, lo admito, y en este corto adquieren gran protagonismo, aportando un dinamismo radiante. Harmonia es una continua metamorfosis, puro movimiento al servicio de la expresividad.

3 – Reneepoptosis (2018) de Renee Zhan

Este número 3 es un poco tramposo, pues no se trata de un corto en sí, sino del descubrimiento de una animadora: la estadounidense de origen japonés Renee Zhan. Si tenéis un poquito de tiempo, echadle un ojo a su canal de vimeo, porque no tiene desperdicio. Es graduada por la Universidad de Harvard, y en la actualidad prosigue con sus estudios de Cine y Televisión.

Este Reneepoptosis ha sido seleccionado para competir en la edición del 2019 del festival de Sundance, que tendrá lugar a finales de este mes de enero. Solo está disponible el trailer, que me ha puesto los dientes muy largos, aunque espero que más pronto que tarde podamos disfrutar de él completo. Su argumento es bastante curioso: tres Renees salen en busca de Dios, peregrinando a través de las montañas y valles de Renee, donde descubren todos los gozos, miserias y misterios que es ser Renee. ¡Yo quiero ver eso!

2 – Moving Colors (2014) de Taku Team

Como el nombre indica, Taku Team, Moving Colors es un cortometraje colectivo, realizado por varios artistas, que homenajean al gran animador Taku Furukawa, pionero del anime independiente y actual presidente de la Asociación Japonesa de Animación. Es pura abstracción, y el único tema que comparten es el color. Y el movimiento, claro. Cada miembro del Taku Team ha elegido su color favorito, realizando luego un pequeño ensayo visual de temática libre. Moving Pictures es una cadena de eslabones muy distintos entre sí, pero perfectamente enlazados.

¿Y quiénes son ellos? Pues Yû Tamura para el color verde, Yoshiyuki Kaneko para el negro, Takuma Hashitani para el naranja, Wataru Nakajima para el marrón, Hakhyun Kim para el púrpura, Moe Koyano para el turquesa, Yewon Kim para el verde menta, Shiho Morita para el rojo, Yasuaki Honda para el carmesí y Hiroco Ichinose para el color oro. En una obra de este pelaje, como bien imaginaréis, la música cumple un papel valioso, y se encuentra en manos de Tomohiro Higashikinjô, Toyomi Kobayashi y Ryusaku Ikezawa. En resumen, Moving Colors es un estupendo trabajo en equipo.

1 – The Yellow Ball (2015) de Xinxin Liu

Xinxin Liu es otro de mis grandes descubrimientos, una moza de origen chino asentada en Tokio de grandísimo talento. Y enamorada del arte occidental. Se encuentra estudiando en la Geidai, y sus obras están logrando cierto impacto a nivel internacional. Se lo merece, me tiene contentísima esta mujer. The Yellow Ball ha sido ya presentado en el Festival Internacional de Animación de Ottawa y el prestigioso Festival de Animación de Hiroshima, con excelentes críticas. Os aseguro que no es para menos, para comprobarlo solo tenéis que darle al play. Fácil.

The Yellow Ball es un cuento más allá del espacio y del tiempo, ambos recorridos por una pelota amarilla a la que todo el mundo manda a paseo. ¡A cascarla! Se trata de un cortometraje hilarante, que derrama su profundo amor hacia Matisse y Picasso con un brillante sentido del humor. Me he reído muchísimo con él. Es absurdo, chispeante e imprevisible, y he sentido una profunda empatía hacia la pelotita, ¡es un agente del caos encubierto! ¡Un respeto, coñe! La música de Shota Kowashi, por cierto, genial.

¿Qué os han parecido estas diminutas piezas de animación? ¿Os ha gustado alguna más que otra? Podéis escribir vuestras impresiones en los comentarios, aunque pueda parecer lo contrario, no muerdo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Tránsitos

Tránsito XIV: Serial Experiments Lain

Me parece imperdonable por mi parte no haber escrito todavía una reseña sobre uno de mis anime favoritos, que además es un clásico como lo puedan ser Neon Genesis Evangelion (1995), Ghost in the Shell (1995), Akira (1988) o Môsô Dairinin (2004). Una serie aterradora, impactante y sublime, quizá no tan accesible como las mencionadas, pero sí a su misma altura en trascendencia y calidad: Serial Experiments Lain (1998). Una obra que merece tener un puesto de honor en los Tránsitos, mi sección preferida del blog, y que hoy, por fin, ocupa su legítimo lugar.

Serial Experiments Lain tiene fama de difícil, rara, incomprensible. Y no es una reputación infundada. Sin embargo, también es cierto que su complejidad no debería ser excusa para no aproximarse a ella. Eso tendría un nombre: cobardía. También pereza, o lo que es peor: ambas. Ya lo dijo Kant: “La pereza y la cobardía son las causas de que una gran parte de la humanidad permanezca, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de su vida, a pesar de que hace ya tiempo la naturaleza los liberó de dirección ajena (…) ¡Es tan cómodo ser menor de edad!”. Porque Serial Experiments Lain en realidad es un desafío, y citar al filósofo prusiano os aseguro que no ha sido en absoluto gratuito. Este anime no es una serie cualquiera, exige una mente despierta y libre de prejuicios. Requiere hambre de conocimiento, y no tener miedo de no conseguir todas las respuestas.

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Quizá penséis que esta proclama es algo fuertecita, pero es que Serial Experiments Lain es una serie fuertecita, y resulta preferible no andarse con rodeos. Escribir una reseña sobre esta obra tampoco resulta fácil porque, ¿cómo abordarla con justicia? Así que, en primer lugar, he decidido dirigirme a los que no la hayan visto todavía. Es un enfoque más sencillo que evitará que me vaya por los cerros de Úbeda, divagando. Porque si hay algo que desencadena este anime es exceso de cavilación, y es mejor delimitar un poco el terreno. Lo que me lleva al segundo lugar, que es comenzar por el principio: presentar la obra de la manera más básica posible.

Serial Experiments Lain es un seinen realizado por los estudios Triangle Staff en 1998. Los responsables intelectuales de la bestia fueron Chiaki J. Konaka y Yoshitoshi ABe (guion y diseño de personajes); la dirección estuvo a cargo de Ryûtarô Nakamura, y la producción fue de Yasuyuki Ueda. Si sabéis algo de estos profesionales, seguramente conoceréis obras como Haibane Renmei (2002), Kino no Tabi (2003), de la que tenéis reseña aquí, o Texhnolyze (2003), por lo que pocas bromas con ellos. A finales de los 90 se encontraban en plena forma, y configuraron un equipo de los que pocas veces se repiten. Una conjunción temible y prodigiosa que alumbró una de las series más extrañas e insondables de la animación.

Lain Iwakura es una estudiante de secundaria de 14 años insegura e introvertida, con muchos problemas para relacionarse con los demás. Es solitaria y silenciosa, solo Alice, una compañera de instituto, parece  interesada con sinceridad en su bienestar. Los miembros de su familia viven cada uno recluidos en sus mundos, y rara vez asoman los ojos al exterior. Pero todo dará un vuelco con el suicidio de Chisa Yomoda, una chica de su clase que tras su muerte, ha enviado misteriosos correos electrónicos a sus conocidos. En ellos explica que ya no necesita su cuerpo físico, que vive eternamente en the wired (internet, aunque se encuentra más cerca del concepto actual de Darknet). Lain recibe uno también, y a pesar de que no le interesa demasiado la informática, se aproximará a ella para intentar desentrañar el enigma de esas misivas inquietantes. Su padre, un entusiasta de los ordenadores, al percibir su repentino interés, no dudará en comprarle el modelo más potente del mercado. Sin embargo, su regalo irá acompañado de una advertencia: es indispensable que Lain no confunda ni mezcle la esfera real con la virtual. Pero Lain hará caso omiso, y poco a poco se irá sumergiendo en the wired para descubrir una nueva realidad escalofriante que la engullirá por completo.

Ese, más o menos, es el planteamiento inicial de Serial Experiments Lain. El argumento, que parte con elementos familiares para la otaquería como el entorno escolar, la protagonista asocial y una familia ausente, es el hilo de Ariadna que nos guiará por el laberinto. No es posible perderse si no se suelta, pero no protege al espectador del impacto de lo que presenciará. Porque Serial Experiments Lain es un anime peligroso, una experiencia única y personal que reclamará nuestros cerebros. Demanda que se apague el piloto automático, conmina a un visionado crítico y activo. De otro modo, simplemente resultará una historia facilona naufragando en un galimatías. Y no lo es.

Es indispensable tener presente el año, la época en que nació Serial Experiments Lain. Es una obra que representa con fidelidad ese momento de la historia donde la humanidad se encontraba a los pies de un cambio trascendental: la popularización masiva de internet y su inclusión permanente en la estructura social. La interconexión de equipos informáticos fue una revolución que iba más allá de lo tecnológico, ha transformado nuestro mundo de tal manera que ya no es el mismo que el de hace tan solo dos décadas. Y precisamente en este 2018 se cumplen veinte años del nacimiento de Serial Experiments Lain.

En algunos aspectos Lain ha quedado un pelín desfasada, pero es lo que tiene trabajar ciertas temáticas de la ciencia-ficción relacionadas con la tecnología y la cibernética. Sin embargo, en general se trata de un anime que impresiona por su considerable presciencia. Es totalmente premonitoria, plasma el universo online con una exactitud que asusta, resaltando que se trata de un auténtico mundo paralelo en el que los seres humanos tienen otras caras, otras vidas, tan  reales y enrevesadas como las de carne y hueso. Y que no tienen por qué tener relación entre ellas además. En la red se puede ser un líder de opinión con millones de seguidores, un dios; pero fuera resultar un ciudadano anónimo.

Sigo preguntándome cómo describir  a un otaco neófito esta obra. Y me está costando un poco. Es tanto lo que abarca Serial Experiments Lain, son tantas materias las que aborda, y no poco profundas además, que la hacen una de las series de animación más ambiciosas e intrincadas jamás creadas. Sus autores, para más inri, no se preocuparon ni lo más mínimo en organizar esos contenidos, van brotando como florecillas conforme se va profundizando. Proponen dilemas de gran calado, y dejan en manos del espectador alcanzar una resolución. No alecciona, sino que alienta a que busquemos nuestras propias respuestas. Dada su alta densidad informativa y simbólica, un visionado no es suficiente para conseguir agarrar todos los cabos que nos lanzan. Es posible incluso llegar a conclusiones distintas cada vez que se experimenta. Porque Serial Experiments Lain es toda una experiencia. Trabaja a nivel racional y emocional, es una apuesta potente que no debe tomarse a la ligera.

En tan solo 13 episodios, se las arregla para tocar asuntos como la ingeniería genética, las conspiraciones corporativas, la nanorrobótica como estupefaciente, la resonancia Schumann, el inconsciente colectivo, sociedades secretas, la nueva mitología de la red,  crítica a la sociedad de consumo, y un largo etcétera. Y eso únicamente son detalles, pormenores con su propia importancia que encadenados conforman un tapiz de intrincado diseño, mostrando una realidad constituida de diferentes estratos. En todos ellos goza de especial relevancia la noción del yo. Desde ese cimiento se proyectan el resto de cuestiones, ramificándose sin fin. O casi.

 El yo y la comunicación con sus diferentes entornos, cómo estos lo modifican, incluso son capaces de recrear más de uno. La perpetua conexión entre los que habitamos esos entornos. Y la jerarquía de esos entornos, por supuesto, la necesidad de segregarlos según prioridades. Pero la protagonista, Lain Iwakura, destruirá esa distancia convirtiéndose en un puente entre mundos, difuminando sus fronteras. En su travesía, tendrá que enfrentarse a la verdadera naturaleza de su ser, la función de su existencia, y deberá elegir entre lo que es real y lo que no. Serial Experimental Lain es un corto paseo filosófico que nos arroja a la cara los eternos interrogantes de la humanidad. ¿Qué es ser humano? ¿Qué es estar vivo? A bocajarro. Porque hasta la noción de dios tiene su reflexión en la serie, y no una meditación de poca monta. Existencialismo pop, ontología, dualismo antropológico y gnoseología express para aquellos que sean capaces de atrapar sus luces. Incluso se perciben pequeños destellos cristianos en el sacrificio supremo de Lain.

No estoy siendo confusa a propósito, os lo prometo, es que Serial Experiments Lain resulta indescriptible. Como no podía ser de otra forma, contiene la visión profética del aislamiento de la vida real y una hiperconectividad en la virtual. Porque uno de los temas, entre los cientos, que toca la serie, es el de la soledad. Existen muchas maneras de enfocar este anime, así como son múltiples sus interpretaciones. Sus creadores lo hicieron así conscientemente. Tiene un poquito de mi amado David Lynch, otra pizca de Dark City (1998), unas gotitas de X-Files (1993)… es una obra de su época que mantiene su relevancia en la actualidad. Resulta muy moderna, lo que la convierte directamente en clásico.

Pero si el contenido se manifiesta ya abrumador, el continente se encuentra totalmente a la altura. Serial Experiments Lain se desarrolla con lentitud y celo, al completo servicio de sus imaginativos recursos visuales. No es que fueran en su momento especialmente innovadores, pero a través de ellos fluye la narración. Esto le otorga una atmósfera onírica única de la que se puede esperar cualquier cosa. Los diálogos son breves y abruptos, es el silencio el auténtico maestro de ceremonias. El silencio y los sempiternos armónicos del zumbido de las torres de alta tensión, que con su densidad crearán un efecto mesmerizante difícil de olvidar. Porque esta obra tiene un algo de hipnótico, de alucinatorio, que te absorbe lentamente en su paranoia.

Su arte es simple, casi austero, pero de una expresividad antinatural. Estampa las emociones y sentimientos de una manera muy precisa, utilizando el vacío en sus composiciones para reafirmar la soledad y la imperiosa necesidad de conexión entre unos seres humanos y otros. El diseño de los personajes, a pesar de su sobriedad, resulta una delicia en su ternura infantil, que contrasta con energía con el resto de la serie. Esta maestría era de esperar porque, como antes comentábamos, es Yoshitoshi ABe quien se encuentra detrás. Y la fuerte personalidad de su estilo forma parte del alma de Serial Experiments Lain.

En resumen, Serial Experiments Lain es una de esas obras imprescindibles dentro de la animación japonesa pero que, curiosamente, no están hechas para todo el mundo. Requiere paciencia, mente abierta y un mínimo de actividad neuronal mientras se ve. Sapere aude, camaradas otacos. No todos los dibujitos chinos son mero entretenimiento, hay algunos que osan tener ciertas pretensiones intelectuales. Y dan en la diana, aunque luego tengan que arrastrar una fama ingrata que ahuyente a la gente. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Tránsitos

Tránsito XIII: Viaje al fin del mundo

Inauguramos los Tránsitos de este 2018 con lo que era en realidad una Petición Estival que no se llegó a publicar. Como la temática encaja a la perfección en la sección dedicada a Halloween, he podido reubicar la entrada bien. Lo primero de todo, mis disculpas a Arrowhead por la demora. Aquí está, por fin, el articulillo que solicitó este verano dedicado al ero-guro. Sin embargo, como tengo costumbre, voy a hacer un poco de trampa (sorrynotsorry).

El universo del ero-guro es fascinante, y no pienso alargarme demasiado escribiendo sobre él cuando ya hay publicado en España un estupendo libro de Jesús Palacios que le da un buen repaso: Eroguro, horror y erotismo en la cultura popular japonesa (2018). Como no podía ser de otra forma, ha sido Satori la editorial que ha publicado esta joyita. La labor que está haciendo por acercar la cultura japonesa al público hispanohablante es maravillosa, ojalá fuera millonaria para poder comprarme todas las obras que editan. Ains. Por eso, en vez de disertar sobre este movimiento artístico y soltar un rollo macabeo que no os va interesar (como el 99% de las cosas que escribo), simplemente haré la reseña de un manga incrustado en el género. No un manga cualquiera, por supuesto. No obstante, para los despistados, unas pequeñas notas introductorias nunca van a venir mal.

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Toshio Saeki

Esta maravillosa ilustración pertenece a uno de mis artistas favoritos de ero guro nansensu, Toshio Saeki (1945, Miyazaki). Es considerado el “padrino del erotismo japonés”, aunque su estilo va más allá de la concupiscencia para adentrarse en los territorios de lo grotesco y terrorífico. Su carrera no empezó a despegar hasta principios de los años 70, y como mi también adorado mangaka Suehiro Maruo, renovó el legado de una corriente que en realidad había nacido unas cuantas décadas más atrás.

El wasei-eigo ero guro nansensu designa un fenómeno cultural  que apareció en Japón durante la era Taishô, entre los años 20 y 30. Se puede traducir como “erótico-grotesco-sin sentido”, y describe de manera bastante certera su naturaleza. Durante este periodo de entreguerras, el ambiente entre ciertos sectores de la burguesía era muy proclive a la búsqueda de nuevos horizontes a través de lo depravado, un sentido del humor retorcido y el amor hacia lo irracional. Podrían encontrarse similitudes con la atmósfera que se vivía en Alemania durante la República de Weimar (a la mente me viene, a bote pronto, la película Alraune [1928], basada en la inquietante novela de Hanns Heinz Ewers), que también rendía culto a cierto decadentismo nihilista.

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Alraune o mandrágora, basada en una antigua leyenda alemana, cuenta la historia de cómo un científico loco insemina con el esperma de un hombre ahorcado a una prostituta. Esta alumbra una enigmática criatura que destruye a todo hombre que se enamora de ella.

Sin embargo, a pesar de compartir inquietudes estilísticas, el zócalo era bien distinto en Japón. La era Taishô fue un momento de inesperada liberación, de una fertilidad cultural asombrosa. Políticamente fue un periodo cambiante, donde Japón fue afianzando su  cada vez más fuerte posición en Asia y en el mundo, hasta el punto de provocar bastante resquemor. La rápida industrialización y reestructuración de las ciudades cambió la mentalidad de muchos ciudadanos, que tomaron innumerables iniciativas civiles buscando mayores libertades y derechos. En general, una época de prosperidad en la que los nuevos estratos sociales acomodados se dejaron permear por la influencia de Occidente, la adaptaron a su propia idiosincrasia, y convirtieron su afán consumista en una nueva herramienta de rebeldía frente a la tradición. Mediante el capitalismo, estos nuevos modernos se enfrentaron con su xenofilia rampante al estado, a las instituciones religiosas y al ejército. Los tres pilares de ese Japón atávico que ambicionaba fortalecer una identidad nacional basada en valores netamente nipones.

El ero guro nansensu encarnaba muy bien ese espíritu iconoclasta y provocador de la época, que sería devorado con el triunfo del nacionalismo recalcitrante de la era Shôwa. En los años 40 ya no quedaba rastro de él; sin embargo, tras la caída del Imperio en la II Guerra Mundial, volvió a resurgir con inusitada energía. Como su misma esencia subversiva y poliforme, el ero-guro fue, y es, un movimiento multidisciplinar: literatura, cine, artes plásticas, manga. Desde Edogawa Ranpo pasando por Jun’ichirô Tanizaki; de Takashi Miike a Hiroshi Harada; de Shintarô Kago a Takato Yamamoto. Mucho de Occidente hay en sus obras, pero tampoco hay que olvidar que sin el shunga o el muzan-e el ero-guro no habría sido posible.

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“El asesinato de Kasamori Osen” (1867) de Tsukioka Yoshitoshi, perteneciente a su “Eimei nijûhasshûku” o “28 famosos asesinatos con poema“.

El ero-guro, como era de esperar, ha ido evolucionando con el paso del tiempo y, a pesar de ser  una corriente que solo podría haber nacido en Japón, ha traspasado sus fronteras. Dejó de ser hace mucho tiempo una réplica política y social para tomar diferentes derroteros ideológicos, incluso feministas, como es el caso de la talentosa artista mexicana Delirium Candidum (aquí puedes visitar su instagram y disfrutar de su obra). El oscuro surrealismo del ero-guro y su perverso sentido del humor todavía continúan perturbando, siguen siendo una forma de oxigenar la cabeza a través de la sorpresa, y en estos momentos que vivimos de neocensura y neopuritanismo a mansalva, se aprecian mucho más. ¡Viva lo monstruoso, lo deforme, el dolor y el placer sin fin, la sangre a borbotones y la carcajada que brota del terror!

Y tras esta somera introducción, nos zambullimos directos en la reseña de un manga que hacía ya un tiempo que tenía en mente. Sus autores, los hermanos Nishioka, me parecen unos de los mangaka más originales que trabajan el ero-guro; aunque encasillarlos en el género sería limitarlos bastante. A pesar de que pueden incluirse dentro de él, ellos van un poquito más allá. Escribí una entrada dedicada a su Kami no Kodomo hace unos años, un Tránsito como este además, por lo que ya tocaba volver a hablar de la pareja. El cuento macabro que nos dedican hoy se llama Kono Sekai no Owari e no Tabi (2002) o Viaje al fin del mundo.

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Satoru y Chiaki Nishioka son poetas. Hacen del espanto y lo inmundo bonitos versos. También filosofía, una rara virtud. En este Viaje al fin del Mundo su modus operandi no varía, y durante sus 12 episodios la belleza y el horror recogen margaritas juntos de la mano como dos buenos amigos. No es una obra para todos los públicos, y requiere de cierta apertura de mente, porque no se trata, como indica el título, de un viaje cualquiera.

Narrado en primera persona, es la historia del despertar de un hombre anónimo y su consiguiente aventura iniciática. Un periplo que lo conducirá a parajes exóticos poblados de personajes despojados de su humanidad. Un día por la mañana, al levantarse, lo asalta la sensación de ser consciente. Y no es solo una impresión, ese clic en su percepción le provoca una desconexión inmediata con la realidad que lo rodea.

Intenté atarme los cordones de los zapatos, y me di cuenta de que ya no sabía cómo hacerlo más. Mis emociones y los cordones de mis zapatos se habían enredado.

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El ancla que lo mantenía sujeto a la ilusión de esa realidad se ha soltado, y su odisea por selvas, desiertos y barcos piratas le mostrará que su existencia es un eterno retorno, un bucle sin fin. Alcanzar la lucidez que le permite percatarse del infierno de la monotonía en el que está sumido, no impedirá que esa colosal nada que es la rutina continúe engullendo cuerpos y mentes, incluso castigue con ferocidad a los que se rebelen. Tiene mucho de Kafka este Viaje al Fin del Mundo, desde luego. La esfera de la normalidad y sus mezquindades, que mantiene al resto anestesiados, no perdona a los disidentes jamás.

Y siguiendo la senda del escritor checo, el protagonista toma rumbo hacia un mundo extraño donde tendrá que desnudarse para sobrevivir, doblegarse para poder seguir su camino.  Un camino lleno de sobresaltos y situaciones incongruentes, donde la crueldad y el absurdo campan a sus anchas. Porque lo que se abre ante sus ojos es el vasto territorio del inconsciente, que de una atmósfera onírica de gran placidez puede mutar a pesadilla con presteza. No deja de ser un viaje de autoconocimiento también, en el que el protagonista deberá lidiar con su cisma mental y emocional. A solas.

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Porque si hay algo que caracteriza a este manga, es la gran soledad que emana. La inmensidad de sus espacios frente al sujeto, su elegante geometría del vacío y el silencio de sus diálogos internos, describen con nitidez que se trata de una andanza solitaria e íntima. Los demás siempre aparecen, de una manera u otra, deshumanizados; y la misantropía se enseñorea de las viñetas sin ningún atisbo de vergüenza. Su gran riqueza simbólica y gusto por los detalles neuróticos convierten este Kono Sekai no Owari e no Tabi en una obra  que debería desmenuzarse poco a poco, ya que posee distintos niveles de lectura. Por eso quizás los hermanos Nishioka han dosificado su relato de una forma muy concreta.

Viaje al fin del Mundo está organizado en 12 episodios cortos. Muy breves, como latigazos, y de una simplicidad aterradora. Son como pequeñas parábolas donde la muerte, el sexo, la tortura o el canibalismo se abren paso con la naturalidad del mundo de los sueños. Esta estructura marca un ritmo casi telegráfico en el manga, acorde además a unos textos lacónicos repletos de lirismo. Resumiendo, se trata de un tebeo existencialista que se adueña de los recursos del surrealismo para vomitar una inquietante crítica social. Busca remover en su asiento al lector, burlándose de sus principios morales y proponiendo dilemas bastante incómodos. Por diversión, para hacer reflexionar también.

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El arte de los Nishioka es extraordinario, soy muy fan de su estilo. Delicado, infantil, liviano y, sin embargo, de aristas venenosas. Resulta fascinante esa mezcla de ingenuidad que recuerda a Chagall con la ferocidad de un cubismo incipiente, y la metafísica de Carrà en su arquitectura. Una maravilla sin la cual Viaje al fin del Mundo perdería muchos enteros, es algo así de rotundo. Y no a causa de que la historia resulte mediocre, más bien porque sin este tipo de dibujo, sin sus pormenores obsesivos y sin su tímida brutalidad, el manga quedaría sin alma.

Kono Sekai no Owari e no Tabi es un ejemplo de la magnífica evolución que ha tenido el ero-guro, su gran versatilidad actual y valentía. Cierto que hay artistas mucho más célebres e igual de interesantes como Shintarô Kago o Junji Itô, a los que adoro también; pero los hermanos Nishioka creo que necesitan un poquito más de difusión entre la otaquería, y merecen tanto reconocimiento como los citados, a pesar de no ser tan comerciales. Esos tintes góticos que evocan las excentricidades de Edward Gorey ¡resultan deliciosos! ¡Ñam, ñam! Viaje al fin del Mundo es una lectura perfecta para este Halloween, camaradas otacos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

series de imagen real

Maniac: odisea en las circunvoluciones de la mente

Antes de reubicar las Peticiones Estivales, que debido a mi flagrante descuido no llegaron a publicarse mientras me encontraba de vacaciones, he querido aprovechar la oportunidad para escribir una entrada dedicada a una de las series de imagen real que más me han divertido este 2018. Casi nunca tengo la ocasión de hacerlo, porque SOnC es un blog dedicado a la cultura general japonesa, y tampoco es que sea yo muy fan de los live-action; pero con Maniac (2018) he atisbado el resquicio que me ha permitido apurar la coyuntura.

Esta producción de Netflix tiene a los mandos a Cary Fukunaga, un señor que en Japón sería considerado hafu (para más información sobre los hafu entrada aquí), presume de referencias continuas a la cultura popular y tecnología niponas de los años 80, y varios personajes de nacionalidad japonesa entre el elenco también. Así que, sin dudarlo un solo segundo, me he avalanzado como una loba demente al editor de texto para volcar mis impresiones sobre esta serie. No me alargaré en exceso, porque se trata también de un producto que pierde su lustre si se le brindan demasiadas explicaciones. Es una obra muy particular.

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Que Cary Fukunaga me encanta es un hecho irrefutable. Lo descubrí con su etérea adaptación de Jane Eyre (2011), y de inmediato percibí su delicado gusto por los detalles y su especial mirada hacia la belleza decandente. Suave en sus maneras, casi espectral, pero incisivo y preciso como un bisturí. Muy elegante el tipo. Luego vino la primera temporada de True Detective (2014) y me enamoré. No he vuelto a perderle la pista; y aunque se ha dedicado más a labores de producción y guion (It, The Alienist), en cuanto supe que iba a hacerse cargo de una especie de remake del  Maniac (2014) noruego, me emocioné bastante.

Y aquí estamos. Maniac es, resumiendo, la historia de Annie y Owen, dos adultos de vida complicada que arrastran problemas psiquiátricos graves. Narra cómo se presentan voluntarios a un procedimiento experimental farmacológico, que aspira a erradicar el psicoanálisis (y otras terapias de diván) mediante una nueva medicación y la realidad virtual que generará en las mentes de los pacientes un superordenador. Los doctores que supervisan y dirigen este proyecto de financiación japonesa, también son perseguidos por sus propios demonios, faltaría más. Y hasta la supercomputadora GRTA, que ha desarrollado una conciencia plena (sentimientos incluidos), sufre su particular infierno. Esto último provocará serios problemas.

Maniac consta de 10 capítulos de duración variable, que oscilan entre la media hora y los 40 minutos. Es una serie que Fukunaga ya ha anunciado que no tendrá continuación, por lo que se queda así, como una gema rara y preciosa, solitaria y, de momento, huérfana. Solo puede reclamar cierto parentesco con ella Legion (2017) o el film Inception (2010), pero por ahora no existe ninguna obra occidental con la que se pueda vincular. Es única en su especie. Quizá por ese motivo, porque es diferente de los productos televisivos que estamos acostumbrados a consumir, muchos espectadores no han reaccionado de manera favorable hacia ella, ha provocado confusiones y obtenido una injusta fama de difícil de entender. Y esto último al menos es completamente falaz. Es una serie a la que es muy sencillo pillar la comba, engancha con rapidez y sabe retener la atención. Complejidad no es siempre sinónimo de ininteligibilidad, camaradas otacos.

He remarcado con negrita la palabra “occidental” porque, como una parte de la otaquería ya se habrá percatado, Maniac tiene un referente obvio muy fácil de identificar: Paprika. Tengo claro que para alguien que no sea consumidor de anime habitual Maniac puede llegar a avasallar un pelín, hacerse incluso sobrecogedora. Pero los otacos estamos más curtidos en este tipo de menesteres, así que existen más probabilidades de que su exuberancia visual y excentricidades varias las digiramos sin problemas. Y nos entusiasmen incluso. Me resultaría muy complicado de creer que Fukunaga no hubiera leído la novela de Yasutaka Tsutsui (1993); y todavía más inverosímil que no hubiera visto el alucinante largometraje del siempre añorado Satoshi Kon. Porque las semejanzas son meridianas; su influencia, cristalina. Blanco y en botella… Y que se le rinda en cierta forma homenaje a estos dos monstruos de la literatura y animación japonesas siempre hace saltar una lagrimita de satisfacción.

Cary Fukunaga y Patrick Sommerville (que también trabajó en mi admiradísima y querida The Leftovers) han creado un intrincado tapiz que esconde diferentes patrones a distintos niveles. Como la realidad misma. Han creado una serie de espíritu coral, donde casi todos los personajes que aparecen tienen algo interesante que aportar. Me ha parecido un acercamiento inteligente y asequible a lo que es la vida de cualquier persona, con una dimensión interior tan rica y trascendental como la exterior, esa que ofrecemos y vemos de los demás. Y en su historia han unido ambas esferas haciéndola una, porque en verdad es como funciona la existencia humana. Y para alcanzar el interior de la mente, ese lugar íntimo al que nadie tiene acceso, nada mejor que una combinación de drogas alucinógenas y la mediación de una Inteligencia Artificial.

Por un lado, tenemos la potente dimensión dramática de la vida consciente, que ya por sí sola daría para una serie íntegra, y que es la que propone las cuestiones principales de la obra. Y, por otro lado, el espacio infinito y multiforme de la psique y el inconsciente, que dispone la resolución de los dilemas de esta vida consciente.  Es en este lugar, feudo de la imaginación y los más profundos terrores, donde borbotea como un magma toda la experiencia vital de los dos protagonistas. Las emociones y sentimientos reprimidos del plano consciente bucean con plena libertad en él, y son clave, como podréis imaginar, para la conclusión.

Hay muchas cosas que pueden salir rematadamente mal en la ecuación de esa terapia experimental, y todas a causa de la propia naturaleza humana; sin embargo, también esa misma naturaleza es la que puede, con su cualidad impredecible, acabar salvando el día. No pasa desapercibida la sucinta crítica a la industria farmacéutica, la búsqueda disparatada de panaceas, y la impotencia de la ciencia ante la irracionalidad del ser humano. La terapia representada en la serie es muy simple, y consiste en enfrentar al paciente a sus propios miedos, y darle la oportunidad de que él mismo los supere en el campo de batalla de su cabeza. Tanto si se trata de una esquizofrenia paranoide como si es un proceso de duelo, el procedimiento es el mismo; y conlleva sus riesgos. De esta forma se nos presenta una realidad líquida de fronteras imprecisas y subjetivas, donde la trascendencia del objeto es capital tanto en vigilia como durante el sueño.

Y es lo que Maniac nos ofrece casi desde el principio, un aparente caos dirigido por un orden con guante de terciopelo. Nada ha sido dejado al azar por Fukunaga, y esa es la grandeza de Maniac; una grandeza que pasa desapercibida y puede ser confundida con presunción. El director se toma las cosas con calma, y procura que la serie evolucione dejando incluso pequeñas pistas desperdigadas para el espectador. Sin embargo, su desarrollo no da tregua, los giros argumentales son de vértigo y hacen de Maniac toda una experiencia. Divertida, irreverente, atemporal y ecléctica. Esta obra tiene todo lo positivo y negativo que la heterodoxia puede ofrecer.

Lo bueno de sumergirse de forma literal en el universo de la mente humana es que los recursos son prácticamente inagotables. Fantasía, ciencia-ficción, dramas cotidianos, surrealismo… La variedad de registros además de la serie es impresionante, en un capítulo se puede estar presenciando un drama cómico al estilo de los hermanos Coen, en otro una sitcom absurda televisiva para aterrizar luego en una peli de acción y espionaje. ¿Qué es Maniac, entonces? Pues todo eso y más; pero básicamente es una comedia negra que juguetea con gran cantidad de géneros porque además se lo puede permitir con largura. Distintos escenarios en diferentes  espacios temporales irán desfilando al servicio de la recuperación de los sujetos para nuestro gozo y deleite.

Con una potente estética retrofuturista ochentera, que evoca el inmenso poder tecnológico y económico del que gozaba Japón en esa década, Maniac no es solo nostalgia. La escenografía y la dirección artística son prodigiosas, de una riqueza en los detalles apabullante, y sirven de manera espléndida a los juegos de símbolos (El Quijote, un cubo de Rubik) y pequeñas ironías que Fukunaga nos invita a saborear. ¡Imaginación al poder! No le importa tampoco caricaturizar incluso a ese Japón ultramoderno que desde Occidente se observaba con una mezcla de pánico, admiración y extrañeza; como si fuera una civilización alienígena infinitamente superior.

Un despliegue de esta envergadura exige unas interpretaciones a la altura, y el elenco de actores es, sencillamente, magnífico. La lógica dificultad que entraña representar los numerosos matices y cambios en la personalidad de los papeles principales es solventada con gran talento. Emma Stone está que se come la cámara, enorme; la sutileza de Jonah Hill tampoco se queda atrás. Sus emociones se van deshojando con una naturalidad pulcra, llegando hasta el mismísimo agujero negro de sus traumas. Por no hablar de la hilarante actuación de Justin Theroux (sí, otra vez The Leftovers), y la mágica frialdad que emana la doctora Fujita, gracias a la estupenda actuación de Sonoya Mizuno. Gabriel Byrne y Sally Field están majestuosos también en sus roles de progenitores hijos de la gran puta, adorables. Todos estos personajes, a su manera, resultan un auténtico desafío que los artistas consiguen dominar a la perfección.

Poco más tengo que añadir, ya que tampoco quiero alargarme demasiado con esta reseña, considero contraproducente hacer un análisis exhaustivo de Maniac. A pesar de que es un producto que se desvía un poco de lo habitual, resulta accesible y muy, muy entretenido. Hacía ya un tiempo que no me reía tan a gusto con una serie de imagen real, desde Quacks (2017) concretamente; y creo que tocaba un poquito de humor a estas alturas. No soy muy amante de las comedias, pero Maniac se ha convertido, sin duda, en una de mis favoritas. Por su lucidez, heterogeneidad y rareza. Desde mi perspectiva, es una de las producciones televisivas más fascinantes de lo que va de año, y una experiencia que los otacos avezados no deberían dejar pasar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Peticiones estivales

Peticiones estivales: El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge

¡Ya están aquí las Peticiones Estivales de este 2018! La verdad es que estoy bastante contenta porque ha habido más participación que en las ediciones pasadas, así que, ¡muchísimas gracias a todos los que habéis realizado alguna sugerencia para SOnC! Me habéis ofrecido mucha variedad de trabajo, y eso es realmente estimulante.

Vamos a inaugurarlas con una petición de @morganmorag que, con mucho tino además, solicitó algo de gekiga. Y es que hace bastante que no escribo sobre algún autor del género. Imperdonable. Por lo que hoy vamos a tener la reseña de todo un clásico: Munô no Hito (1985) o El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge (1937, Tokio). Fue publicado en España no hace mucho por Gallo Nero, y es una adquisición que os recomiendo sin pestañear. La misma editorial también ha tenido el exquisito gusto (y fortuna) de sacar adelante La mujer de al lado, un volumen de varias historias cortas muy digno también. Os prometo que no es nada fácil encontrar material fuera de Japón de Tsuge, es un hombre bastante peculiar, y hasta no hace mucho las obras publicadas en Occidente de este maestro del manga eran contadas con los dedos de una mano en inglés y francés (cómo no). Ahora podemos añadir dos más. En español. Y ya.

Este señor al que vemos posando rodeado de cámaras fotográficas con pintas de un ser humano normal es el autor protagonista de hoy. Aparecen también su hijo y esposa, la actriz e ilustradora Maki Fujiwara. Podría haberme inclinado por Yoshihiro Tatsumi (del que ya escribí un poco aquí), Osamu Tezuka, Sanpei Shirato o Shigeru Mizuki, nombres habituales relacionados con el género, y que suelen acudir a la mente del lector de tebeos avezado. Sin embargo, he preferido alejarme un poco de lo obvio, y acudir a los márgenes del manga. No por eso menos trascendentales e interesantes. Yoshiharu Tsuge fue, y es porque continúa vivo a pesar de vivir alejado del mundo del cómic, uno de los mangaka más importantes e influyentes de la historieta de Japón. Aunque su nombre no suene tanto como el de otros (gracias a Gallo Nero eso está cambiando por estos lares), su importancia es capital en el desarrollo y evolución del gekiga, que Tsuge además llegó a rebasar.

Pero antes de entrar en harina con El hombre sin talento, resulta imperativo detenerse un mínimo en la biografía de este hombre. Su obra, una de las más originales del manga nipón, está vinculada de manera insondable a sus circunstancias vitales. No se entiende la una sin la otra.

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Tsuge, en 2015, comentando en una cafetería algunos originales de su clásico “Chiko” (1966) Fuente: http://d.hatena.ne.jp/shimizumasashi/comment/20111019/1319027589

Unos tebeos tan singulares como los suyos no podían proceder de una vida común tampoco. Muy a su pesar, Tsuge tuvo una infancia difícil marcada por un entorno de familia disfuncional, la pobreza extrema y la II Guerra Mundial. Psicológicamente, Tsuge sufrió durante toda su vida adulta las consecuencias de una niñez y adolescencia muy, muy penosas.

Su padre falleció, dejando a su madre con varias bocas que alimentar, por lo que nada más acabar la educación primaria, Yoshiharu Tsuge se vio obligado a trabajar en fábricas. Tenía dos hermanos y dos hermanas más, siendo él el mayor (su hermano Tadao Tsuge, del que seguro que escribiré en el futuro, también se dedicó al mundo del cómic). Se crió en un Tokio devorado por la guerra y su posterior recesión. Con 14 años intentó fugarse como polizón en un carguero de bandera estadounidense; con 16 ya estaba dibujando, a los 20 intentó suicidarse.  Siempre fue una persona extremedamente tímida, por lo que el negocio del manga le permitía no tener que relacionarse casi con gente y, a la vez, ganar dinero con modestia. Se estrenó en el mercado del kashi-hon, muy popular entre las clases humildes en los años 50, y donde solía dibujar chanbara para el público joven. A pesar de que eran tebeos sencillos, con la influencia inevitable de Osamu Tezuka, no dudó en inocularles tinieblas, cosa que llamó la atención de los profesionales del gremio. Sin embargo, la miseria no lo abandonaba, y se vio forzado a vender su propia sangre para subsistir. A los 18 años creó su primer gekiga; y en 1967, Shirato Sanpei lo invitó a publicar su material en la fundamental revista Garo, que se convirtió en uno de sus medios de expresión. En sus páginas se explayó con tranquilidad y osadía, rompiendo las reglas establecidas del manga, innovando y creando nuevos géneros incluso. Sus tentáculos creativos llegaron hasta el mundo del cine, la música y la literatura, que leyeron asombrados (y ávidos) todas sus invenciones y novedades.

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El que se apoya en la puerta es Mizuki, con su inconfundible sonrisa; el de en medio sin gafas y chaqueta blanca, Tsuge.

Pero la mente de Tsuge, influida quizás por la neurosis padecida por su padre y multitud de traumas más, no le permitió llevar una carrera artística constante y uniforme. En 1966 sufrió una profunda depresión que lo condujo a abandonar sus propias creaciones, y para ganarse la vida trabajó como ayudante de Shigeru Mizuki. Aprendió muchísimo de él, su estilo se pulió y absorbió muchas de sus características. Pero Tsuge se recuperó, y continuó adquiriendo una reputación bastante especial. Su obra, completamente insólita para la época, junto a su talante inusual, le hicieron ganarse los adjetivos de ishoku (único, original) y kisai (genio), que aunque triunfaba entre la crítica especializada, el público general encontraba inaccesible. Podríamos considerar a Yoshiharu Tsuge el primer mangaka excéntrico de la historia de Japón.

Tsuge dibujó básicamente gekiga, tebeos avant-garde como crónicas oníricas, y narraciones autobiográficas. También historias sobre sus viajes por el Japón menos conocido, a ese Japón recóndito al que no se presta(ba) atención. En total, publicó unas 150 obras, hasta que a finales de los 80 decidió retirarse definitivamente del mundo del manga, por el que sentía ya una profunda repugnancia. A pesar de que la depresión interrumpió  su carrera profesional en varias ocasiones, su adiós en 1987 fue definitivo. No ha regresado ni tiene intenciones. Es posible que ese odio que desarrolló hacia la industria editorial comenzara ya en los 70, cuando el modelo de negocio cambió. La libertad creativa se supeditó a la productividad, algo totalmente incompatible con la manera de ser y hacer de Tsuge.

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Munô no Hito o El hombre sin talento

Y así llegamos hasta el tebeo protagonista de hoy, El hombre sin talento (1985). Tsuge nunca fue un autor optimista, de hecho todo ese entusiasmo renovador que muchos artistas de la posguerra cultivaron, y que vio renovadas sus energías en el boom de los 80, no impregnó en absoluto su espíritu atormentado. Esa década fue además una etapa dura para él, estuvo ingresado varias veces en instituciones psiquiátricas, y perdió la visión de su ojo izquierdo. Se encontraba extenuado, y este manga  recoge muy bien ese sentir vital, que no obstante lo acompañó desde niño, y que fue ahondando sus raíces a lo largo de los años. Se trata de un cómic enclavado en el watakushi-manga, género que él mismo inició con Chiko, el gorrión de Java (1966). El watakushi-manga es una especie de traslación al medio del tebeo del género literario watakushi-shôsetsu o “novela del yo”, que surgió a finales de la era Meiji. Un tipo de novela centrado en las vivencias y pensamientos del mismo escritor, imbuído también de una potente crítica social, riqueza simbólica y complejidad psicológica. El mangaka, como buen introvertido, era (seguirá siendo, digo yo) un lector voraz, y no titubeó a la hora de dejarse empapar por los libros que leía. Visto en perspectiva, era inevitable que Tsuge acabase creando el watakushi-manga. Porque abrirse en canal y mostrar las entrañas al público no puede ser más tsugiano.

talento17Pero a diferencia de sus obras pasadas, que emanaban un fulgor claramente surrealista, Munô no Hito es esencialmente realista, más cercano si cabe al watakushi-shôsetsu. Una historia formada por otras más pequeñas, presentadas mediante pequeños detalles cotidianos, que son los que construyen y dan verosimilitud a la narración. Siempre desde una estricta perspectiva individual, en primera persona. Sin embargo, aunque tiene tintes autobiógraficos muy evidentes, reducir El hombre sin talento a la categoría de memorias, confesiones o un mero diario, sería constreñir su naturaleza. Este manga es mucho, mucho más.

Podríamos comenzar diciendo que El hombre sin talento es un enorme slice of life. Porque el costumbrismo nipón, con esa eterna dicotomía entre tradición y modernidad que brota por doquier, alcanzó su orgasmo en los 80; y Tsuge lo expresó de una manera contudente. La lucha por adaptarse a un mundo nuevo, ajeno, extranjero, superficial y cruel. Pero este combate empezó para Tsuge ya de niño, con la derrota de la II Guerra Mundial. Muchos japoneses no supieron aclimatarse a ese nuevo cosmos que los dejaba atrás. Un capitalismo feroz que asfixiaba lo que no fuera rentable, y que ridiculizaba además el pasado. Y el protagonista de Munô no Hito no es otro que una de esas personas desarraigadas, cuyo espíritu todavía se aferra al viejo Japón, y es incapaz de salir del agujero. Regodeándose en su miseria, rumiando junto a otros como él la amargura  que brinda ser consciente de la propia mediocridad. Y solo desear desaparecer. Ese es Sukezo Sukegawa, álter ego de Yoshiharu Tsuge.

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Sukezo Sukegawa es un mangaka que decide abandonar la profesión para dedicarse a negocios que no funcionan. Su esposa lo desprecia por su insensatez, y su hijo, un muchachito enfermizo que padece asma, parece estar desarrollando algún tipo de desorden mental. El único sustento que tienen para sobrevivir es el trabajo de ella, repartiendo publicidad en los barrios obreros. Viven con muchas estrecheces.

Sukegawa empezó con un proyecto de venta de cámaras de segunda mano que al principio funcionaba bien, pero acabó quebrando; luego decidió dedicarse a la venta de suiseki, o piedras de forma y/o color especiales que evocan de manera hermosa paisajes, animales, etc. Una disciplina antigua procedente de China y que en su momento álgido movió mucho dinero, pero totalmente abandonada cuando Sukegawa resuelve dedicarse a ella. Como carece de dinero, no puede viajar a lugares remotos y especiales donde hallar suiseki de calidad, así que los busca al lado de su casa, en el río Tama. Un lugar muy transitado y que todo el mundo conoce, por lo que resulta absurdo vender piedras que cualquiera puede recoger con facilidad. Algo tan lógico no penetra en la cabeza de Sukegawa, que con terquedad insiste incluso en ampliar el negocio. Sukegawa duerme, sueña, divaga, tiene ideas grandilocuentes y su mente vuela. Pero la realidad es más tozuda que él, su empresa está condenada al fracaso.

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Sukegawa se relaciona con otras personas tan perdidas como él, unos sumidos en las mezquindades de su especialidad, de espaldas al presente y regurgitando la gloria del ayer; otros devorados por la miseria y su propia amargura; también alguno que refleja su propia pasividad y abandono, su afán autodestructivo inconsciente. Para él es un consuelo no encontrarse solo en su condición de inadaptado, incluso siente cierta alegría perversa al observarlos tan desdichados como él. Porque todos, en cierta manera, han elegido vivir así, el mismo Sukegawa reniega de su propio talento (¡que lo tiene!) una y otra vez.

Pero toda esta indolencia por parte de Sukegawa, ese vacío existencial que roza el nihilismo, tiene unos fundamentos filosóficos sólidos. Se trata, nada más y nada menos, que del objetivo final del budismo, que es alcanzar el nirvana. La propia etimología de la palabra nirvana es “extinguirse de un soplo, apagarse como una vela”. Evaporarse, dejar de existir. El mismo Sukegawa lo expresa así en varios momentos, y es que Tsuge fue un gran lector de los textos de las diferentes escuelas budistas japonesas.

El hombre sin talento carece de estructura lineal, pero se recorre con bastante facilidad. Son seis cuentos autoconclusivos que pueden leerse de manera independiente y sin seguir un orden concreto, pero que juntos forman un volumen cohesionado y natural. Unido esto a un dibujo sencillo, pero de una expresividad apabullante, tenemos entre manos un tebeo engañosamente simple. Formalmente es clásico, pero su mensaje es profundo y complejo. El arte, que bebe de grandes maestros como él (Tezuka, Mizuki), con una ambientación y escenarios extraordinariamente minuciosos, es uno de sus puntos fuertes; aunque a los otacos más familiarizados con el estilo comercial es posible que les cueste acostumbrarse. Esto es gekiga, esto es manga alternativo. Ha sido toda una experiencia disfrutar de sus maravillosos paisajes rurales y urbanos, de una prolijidad exquisita.

Se trata no ya solo de un autorretrato por parte de Tsuge, sino de una estampa social dolorosa, donde se plasman las crueldades de una sociedad que se fagocita a sí misma. Hipócrita, codiciosa y de una competitividad desalmada. No hay lugar para aquellos que se resisten a esa maquinaria de capitalismo feroz, sea porque no pueden ya adaptarse a los nuevos tiempos, sea por pura rebelión, sea por apatía inconformista. O todo a la vez. Y Tsuge no vacila a la hora de emponzoñar la historia con una ironía acre que se mofa de todo y de todos, incluido él mismo. Hay cierto aroma sadomasoquista en todo ello.

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Sin embargo, aunque la imagen que vierte sobre sí mismo es bastante sangrante, lo hace desde una posición de autocontemplación, con una serenidad luminosa. Y se muestra sin temor suspendido sobre un abismo donde comparte desgracias y reflexiones con otros parias como él. Todos participan de un mismo destino, y reverberan en la misma frecuencia. Algunos de ellos son auténticas caricaturas hasta en su diseño, pero todos están trazados con un perfil psicológico nítido, con su propio simbolismo. Un abanico de sentimientos y emociones que asombran por su precisión.

Además de la dureza, la ligera denuncia social y esa vulgaridad soez que Tsuge plasma, desafiante, con brillante sentido del humor (el profiláctico en el río, el niño que defeca en medio del restaurante, etc), en El hombre sin talento hay espacio para el lirismo. Porque Tsuge sabía crear poemas con sus dibujos, con sus textos. Una poesía de belleza delicada y simple, deudora del Mono no aware. Los guiños al surrealismo, a pesar de que se trata de una obra realista, no son pocos; y aportan una fascinación morbosa a todo lo que va acaeciendo.

El hombre sin talento es un manga que todo amante de la cultura japonesa debería leer tarde o temprano, porque ha trascendido ya las barreras del mundo del tebeo.  Munô no Hito es literatura, es filosofía, es arte. Con una tranquilidad pasmosa y sin caer en el melodrama (en una obra así sería de muy mal gusto), Tsuge desgrana unas historias que reflejan la sociedad y sentir de una época, que expresan una angustia vital tan introspectiva como misteriosa. Su mensaje continúa siendo totalmente vigente, y cala. Ya os digo yo que cala. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

cine, largometraje

Memphis por la noche, Elvis en el tuétano

Debería haber publicado esta entrada hace ya algún tiempo, pero al final ha tenido que ser hoy. Estoy terminándola de escribir de madrugada, porque es de noche cuando mejor trabaja mi cerebro; y Mystery Train (1989), además, es una película nocturna y calurosa. Como ahora. Y perfecta para verse así. En la oscuridad y sudando. Es una de las pocas cosas que me gustan del verano: sus tinieblas.

Mystery Train es una película del año 1989 estadounidense dirigida por Jim Jarmusch. Jarmusch es un tipo bastante peculiar, es de Akron, Ohio. Con eso lo digo todo. De allí son Devo y The Black Keys, gente rara también. Y saco a relucir la música porque forma parte indispensable del film, sin duda. Su director es un melómano empedernido, un enamorado de la música popular del s. XX, y es algo que en casi todas sus películas ha dejado muy, muy claro.

Y os preguntaréis, ¿qué coño hace una película gringa en SOnC? Ya sabéis que aprovecho cualquier resquicio japonés en obras occidentales para escribir, y Mystery Train me ha ofrecido esa grieta de varias maneras. La productora del film fue JVC (The Japanese Victory Company) que, por si no lo sabéis, fue la empresa inventora del VHS; y un tercio de la película tiene de protagonistas a una pareja nipona. Desde mi punto vista, motivos suficientes para hacerle un espacio en el blog.

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Mystery Train es un tríptico que despliega sus alas membranosas de murciélago con esa parsimonia tan típica de Jarmusch. Tres historias, tres bellísimos poemas dedicados al vacío, la decadencia y la soledad. Sin dramas, sin frenesí, solo cierto erotismo musical que lo empapa todo. La figura central de este film es, como brama su título, Elvis Presley. Está presente como un dios antiguo cuya presencia permea la realidad. Una realidad construida con los cascotes de una civilización ya perdida, que se visita como el turista que aún cree poder oler el sudor de Fidias en el Partenón. Elvis es un icono pop del s. XX, ha trascendido su propia música convirtiéndose en un mito posmoderno. Y al lugar más sagrado de su culto, Memphis (Tennessee), nos lleva Jarmusch.

Si Mystery Train da título al film, que es una de las canciones que popularizaría Elvis en 1955 y que mejor representa el Memphis Blues, (también es el nombre del imprescindible ensayo que Greil Marcus escribió en 1975), Blue Moon es la melodía al son de la cual danzan una serie de personajes que pululan en la noche. Mystery Train es una reunión excepcional de forasteros y desconocidos, arquetipos reconocibles del universo del director, que se distribuyen ordenadamente en tres espacios de porosidad taumatúrgica.

Far from Yokohama es el primer relato, el que nos lleva en tren a Memphis de la mano de dos jóvenes japoneses, Jun y Mitsuko, que se encuentran de peregrinaje por los Santos Lugares del Rock n’ Roll. Ella es fan de Elvis, él de Carl Perkins; y ambos saben que Graceland y Sun Records forman parte ineludible de su viaje. Allí se forjó el destino musical de muchos de sus héroes: Roy Orbison, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Howlin’ Wolf o Rufus Thomas, el verdadero rey de Memphis, al que son incapaces de reconocer en la estación. Tampoco se percatan de que pasan por delante de Sun Records, porque en realidad Memphis tampoco es tan diferente de Yokohama. Y eso es precisamente lo que comienzan a rumiar. Es solo una ciudad más con sus propias deidades y santuarios, a los que ellos decidieron idolatrar.

Memphis no es la tierra prometida, es una zona crepuscular por la que, dando tumbos, estos dos mitómanos logran encontrar alojamiento en Arcade Hotel. Este se erige como un monolito cochambroso y mágico en el que ejerce de chamán absoluto Screamin’ Jay Hawkins. Y en torno a este lugar orbitarán las tres historias, sometidas a la gravedad de una luna triste. No hay televisión en las habitaciones, sin embargo se puede escuchar una emisora de radio donde Tom Waits, con voz enigmática, desgrana clásico tras clásico. También un decrépito retrato de Elvis gobierna desde la pared el cuchitril. Allí Jun y Mitsuko hacen el amor, observan la noche, duermen y examinan las fotos de su romería, como si fueran estampas coleccionables en un álbum.

Blue Moon. El sonido de un disparo. ¿Qué está sucediendo? Nada. Ante sus ojos se extiende un paisaje surrealista de huellas sonámbulas. That’s América. Jun y Mitsuko se van, su próximo destino es la casa de Fats Domino, en Nueva Orleans.

A Ghost es el relato de una joven viuda italiana, Luisa, que debe regresar a Roma junto al féretro de su marido. Sin embargo, a causa de un contratiempo con el avión, debe quedarse un día en Memphis. Un día en el que la ciudad la pondrá a prueba, un día en el que se topará con otra mujer solitaria, Dee Dee, en Arcade Hotel. Es curioso cómo ese alojamiento se convierte en la luz a la que acuden, como si fuera la salvación, todos los personajes. Un refugio de belleza destartalada como la propia ciudad.

Ambas ya no tienen a sus hombres. Luisa lo ha perdido, Dee Dee huye de él, con desesperación. Luisa es generosa y reservada; Dee Dee habladora y triste. Una quiere volver al hogar, otra quiere un nuevo hogar, lejos de Memphis, lejos de su ex-novio. Hacen buenas migas, y la noche, de nuevo, hace de las suyas.

Lost in Space brota como un episodio de violencia. Johnny, interpretado por Joe Strummer, está pasando una mala racha. Lo han echado del trabajo y su novia (Dee Dee) lo ha abandonado. Para descargar su frustración, decide irse de borrachera con su ex-cuñado (mi queridísimo Steve Buscemi) y su amigo Will, pero las emociones se le van de las manos cuando dispara al dueño de una licorería. ¿Dónde buscar amparo? En Arcade Hotel, efectivamente. Johnny, al que para su disgusto llaman Elvis, tiene mucho en lo que cavilar durante la noche. En la habitación más infecta del edificio.

Se trata de la historia más errática de las tres, donde aflora una calamidad que no tarda en derivar en una meditación de naturaleza telegráfica. Un relato que se dispersa y enreda en sí mismo, donde el absurdo y el alcohol son las guías de conducta.

Mystery Train es sorprendentemente compleja, a pesar de poseer una clásica narración lineal quebrada en tres cuentos. Nos muestra un Memphis contrario al idealizado por la fábula moderna; impregnado de música, qué duda cabe, pero con una melancolía y abandono inquietantes. Quizá decepción, o quizá no. Jarmusch plasma una ciudad desierta, extraña y desolada. Un lugar donde la fama del pasado es el mito del presente, cuya inmortalidad se encuentra en un estado de dignidad ruinosa. Sin embargo, a pesar de ser una oda al desencanto, el director también le otorga una mirada romántica en la que se percibe su amor al ocaso. Y la noche del alma, por supuesto.

Se trata de una película divertida, que narra desapasionadamente historias de diálogos lacónicos y triviales, pero que recogen con minuciosidad los retazos vitales de unos personajes que van, vienen, vuelven y desaparecen. Como Jarmusch, no tienen ninguna prisa por llegar a ninguna parte. Son personajes que deambulan en su paso por Memphis, no conocen bien su destino, o no lo han decidido todavía, pero eso no les impide continuar hacia delante. Ir más allá.

¿Recomiendo Mystery Train? Hay pocas películas de Jim Jarmusch que no aconseje ver, es un director que me gusta bastante. En este film me entusiasma concretamente el ambiente sobrenatural que se inhala, esa fragancia a David Lynch, y la imponente presencia de Screamin’ Jay Hawkins, que en su papel de recepcionista está abrumador. ¿He dicho alguna vez que soy fan a muerte de su música? ¿No? Pues lo proclamo ahora a los cuatro vientos. Amo a Screamin’ Jay Hawkins.

Mystery Train es un film único incluso dentro de la filmografía de Jarmusch, con una leve comedia solo comprensible para mentes sutiles. No es una obra para todo el mundo, y a riesgo de sonar asquerosamente elitista, me alegro de que sea así. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Microrreseñas

Microrreseña: el sereno vacío de Wo Shi Bai

En mis búsquedas, casi todas infructuosas, por encontrar en la red algún manhua que pudiera ser capaz de entender con mi actual nivel de mandarín, me tropecé en la publicación NeoCha con un autor bastante intrigante. A parte de que podía comprender el escaso texto de sus tebeos, el concepto de sus obras me dejó completamente fascinada. Eso fue para Navidad, y a partir de entonces no he cejado en seguir sus pasos a través de su tumblr, donde habitualmente publica gran parte de sus trabajos.

Su persona es todo un misterio, solo se sabe que nació en Shanghai y que es hombre. Poco más. Su nombre artístico, igual de enigmático que su perfil público: Wo Shi Bai (我是白), que se traduce como “soy blanco”. Durante un tiempo ha existido algo de revuelo entre seguidores y curiosos, pues en esta época, donde la privacidad y anonimato son tan raros en el mundo digital, Wo Shi Bai había logrado mantener cierto hermetismo. Las especulaciones estallaron por los aires como confeti mediante comentarios de lo más pintorescos. Sin embargo, parte de ese misterio se resolvió durante las exposiciones que tuvieron lugar en Fuzhou y su ciudad natal el pasado 2017. Y digo en parte ya que solo tuvieron la oportunidad de conocerlo personalmente los que allí acudieron, el resto del planeta proseguimos todavía a oscuras. No obstante, en mi caso particular tampoco es algo que me preocupe demasiado. De momento lo que me interesa de Wo Shi Bai son sus cómics, no su edad, género o si le gustan las ardillas listadas como mascotas.

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Esta es la portada de su cómic Migraine (2017), que ha sido además publicado por la editorial indie Paradise Systems, que distribuye a todo el mundo a través de su web. Es un tebeo que sigue la tradición del histórico lianhuanhua chino, con unas características muy concretas que no se dan ni en Japón ni en Corea. Los lianhuanhua eran (y siguen siendo) libritos ilustrados con una imagen por página, tamaño de bolsillo, orientación horizontal y texto mínimo. Tienen su origen en la Dinastía Song (960-1279), pero a finales del s. XIX sufrieron el fuerte impacto del incipiente cómic europeo, convirtiéndose durante el s. XX en una herramienta de propaganda política muy poderosa para el Partido Comunista, así como un medio eficiente de alfabetizar al campesinado. No obstante, por lo que se hicieron realmente célebres fue por sus narraciones de aventuras repletas de la épica de las antiguas leyendas chinas, y sus historias pulp. El grandísimo escritor Lu Xun (1881-1936) sostenía la firme opinión de que los lianhuanhua eran una nueva forma de expresión artística, y que las críticas que recibían por su poderosa difusión entre las clases populares eran simplemente puro esnobismo.

Los lianhuanhua fueron los cómics, las películas y las series de TV de millones de chinos durante décadas, hasta que fueron desplazados en los años 90 por los manhua de influencia nipona. Actualmente son valiosas reliquias para coleccionistas y objeto de serios estudios académicos, pues son considerados parte imprescindible de la historia cultural del país. Y después de este pequeño rodeo para explicar un poquito algo de la tradición comiquera china, que es tan antigua y rica como nuestra amada japonesa, regresamos a Wo Shi Bai. El artista e ilustrador de Shanghai hace suyo el legado del lianhuanhua y lo renueva por completo, otorgándole una flamante mirada contemporánea.

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Adaptación a lianhuanhua de la película Star Wars. Más info aquí.

Migraine es una obra con mucho de autobiográfico, y en ella queda plasmada una de las características más reconocibles de Wo Shi Bai: la expresión de las emociones más complejas a través de imágenes simples, pero siempre con un desapasionamiento quirúrgico. Y el resultado es, en algunos momentos, pertubador por su pulcritud minuciosa, como un disparo de emociones dirigido al cerebro, no al corazón. Y las ideas que de ahí brotan son difíciles de verter en palabras, por eso las obras de este autor son tan peculiares.

Wo Shi Bai ha realizado también interesantes series de ilustraciones como su Chuck and the Portal, pero son sus pequeños cómics los que brillan con luz propia. Suelen ser cortos, one-shots a lo sumo de 20 viñetas en total; y tienen de protagonista a un humanoide (小白人) con los vehículos de expresión más elementales. ¿Se trata de un alter ego? Quizá. Pero suele ser el protagonista de sus pequeñas parábolas filosóficas, aunque también aparecen a menudo otros personajes de atributos igualmente muy sencillos, pero alta carga simbólica.

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Chuck and the Portal (2017)

En los lianhuanhua de Wo Shi Bai no existen las fronteras del espacio y el tiempo. El artista rompe sus límites, los deforma y manipula para sus propósitos. Es el suyo, además, un surrealismo de corte clásico, que evoca la profunda metafísica de Giorgio de Chirico (1888-1978) y asimila los ropajes de René Magritte (1898-1967); pero que no se encuentra exento de una aguda angustia existencial. Las paradojas son habituales, así como una estructura circular en su narrativa que se cimenta claramente en el pensamiento de Zhuangzi (s. IV a. C). Y no podía ser de otra forma, aunque algunas referencias las reconozcamos como occidentales, Wo Shi Bao no deja de ser chino, y el poderoso influjo cultural de su patria tiene que florecer a la fuerza. El sueño de la mariposa, cuento incluido en el Sobre la igualdad de las cosas del filósofo, surge como una de sus inspiraciones recurrentes.

El arte de Wo Shi Bao es de línea clara y minimalista, de una elegancia simple y que resulta perfecta para transmitir los conceptos sobre su cotidianeidad fantástica. Sus tebeos son feudo de la imaginación, donde el inconsciente presume de su poderío. Resultan muy cerebrales mediante ese rosario de alegorías, invitando a la reflexión. No obstante, aunque a priori puedan parecer densos, son obras muy accesibles y agradables, perfectas por su disposición y dinámica para leerse en un medio digital. Y para muestra, un botón: este es su Limpieza.

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Hasta donde he podido rastrear, sus trabajos comenzaron a publicarse a principios del 2017. No lleva mucho en esto del mundo del cómic (al menos como Wo Shi Bai), pero en pocos meses está logrando hacerse un merecido sitio. A través de su instagram y su tumblr se pueden disfrutar de la mayoría de sus tebeos, y os invito a que les echéis un vistazo. Merecen mucho la pena, a mí este señor me tiene enamorada con sus silencios y vacíos tan llenos de significado. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

manga, Tránsitos

Tránsito XII: Los insectos en mí

Este 2017 los Tránsitos se han visto reducidos a solo uno. Tenía un par de sorpresas preparadas, sin embargo las circunstancias no han acompañado para que pudiera terminar de escribirlas. Para otra vez será. Samhain es mi festividad favorita del año, así como octubre es mi mes preferido también; por eso esta sección del blog es mi predilecta. Me ha dolido un poquito no poder explayarme como me gustaría, pero al menos el Tránsito presente se puede aseverar que es especial de verdad.

Se trata de un manga singular, un tebeo de una artista plástica, mangaka y también animadora, llamada Akino Kondô. La he nombrado en SOnC ya un par de veces, porque se trata de una mujer realmente fascinante. Lleva ya más de una década sorprendiendo y deleitando a los que le seguimos la pista. Y no resulta fácil hacerlo, al menos desde España, pues no hay nada publicado suyo por estos lares. El cómic protagonista de hoy fue uno de sus primeros trabajos, Hakoniwa Mushi (2004), y es una de las cosas más bonitas, oscuras e inquietantes que he leído en tiempo.

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Skirt of the night (2004) de Akino Kondô

Hakoniwa Mushi fue publicado parcialmente por la editorial francesa Le Lézard Noir con el nombre de Les insectes en moi. Por cierto, me compraría su catálogo de manga enterito. Pero no soy millonaria. Su selección es extraordinaria, late al unísono con mi pobre kokoro de pedantorra pseudohipster. Ay. Ojalá alguna editorial en castellano se atreviera a sacar algo de Akino Kondô también, pero veo bastante difícil el tema. Mientras, seguiré acudiendo fielmente al lagarto negro, porque me está brindando muy, muy buenos momentos comiqueros.

Pero regresando a Les insectes en moi, se trata de una recopilación de 9 one-shots que Kondô fue publicando en las antologías AX y Comic H. También hay un par que son inéditos. De uno de los yomikiri incluidos en este tomo ya escribí hace un tiempo aquí. En las últimas páginas la editorial adjunta reproducciones de las obras pictóricas relacionadas con el universo que plasma en Hakoniwa Mushi, y es un auténtico privilegio poder observarlas en papel.

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Ladybirds’ requiem 2-10-02 (2006) de Akino Kondô

El leitmotiv de Les insectes en moi, como el mismo nombre indica, son los insectos. Akino Kondô, que se crió en un ambiente de artistas (su madre es diseñadora y su padre arquitecto), sintió muy pronto una atracción hacia los bichitos de la madre naturaleza. Al contrario que a muchos humanos a los que les repugnan e incluso los temen, Kondô no. Para ella son una fuente inagotable de inspiración, una fascinación que la ha llevado incluso a participar en seminarios para paladear y comer insectos. Estos animalitos han formado parte de su infancia (tuvo de mascota un escarabajo rinoceronte) y muchos de sus recuerdos están vinculados a sus amiguitos los artrópodos. Y esa especie de nostalgia, los juegos de la memoria, tienen una importancia vital en gran parte de este volumen.

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La protagonista de esta serie de trabajos es Eiko, una niña-muchacha que, como alter-ego de Kondô, expresa sus pensamientos y obsesiones sin rodeos, acudiendo al lenguaje onírico y simbólico de la mente cuando divaga libre. En un mundo imaginario, pleno de tinieblas y luz, absurdo y magia, las ocho historias, aunque independientes, se entretejen unas con otras mediante los delicados filamentos de las pesadillas. Las actividades cotidianas, los objetos más comunes se descubren como resortes que disparan los recuerdos hacia un torbellino donde infancia, sueños y realidad se mezclan. Leer Les insectes en moi es una experiencia única, pues nos adentra en el universo personal de Kondô. La subjetividad pura se adueña de todo, los sentimientos de la autora son los que marcan el rumbo construyendo una galaxia donde las diferentes realidades están conformadas por los deseos, pulsiones y reflexiones de la autora.

Pero no estamos hablando de una obra incomprensible para el lector. A pesar de su naturaleza simbólica, Kondô se sirve de un lenguaje visual cinestésico que, intuitivamente, es muy sencillo de seguir. Solo hay que dejarse llevar y viajar por sus vastos paisajes. Es el suyo un planeta de sutil horror y belleza que, a pesar de las apariencias, no carece de cierta lógica interna. También hay espacio para la ingenuidad y lo ordinario, pero se ven rápidamente transformados en pequeños monstruos de la mente. Las influencias son muy obvias, y están perfectamente asimiladas en su estilo: el surrealismo de Jean Cocteau, la filosofía budista, la cultura pop, el ingente legado de la revista Garo y creadores como Seiichi Hayashi o Toshio Saeki.

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Isis, diosa protectora de libros y tebeos. Obsérvese cómo lanza su patita para defender el volumen hasta de su legítima dueña. AHORA ES MÍO.

En general, Les insectes en moi es una obra que se regocija en su libertad, porque se trata de un tebeo donde Kondô no se inhibió a la hora de derramar sus intestinos. Son retratos viscerales e infantiles; una cirugía exploratoria del yo donde la artista plasma con gran tino cómo palpita su ser. Y el arte, que es su medio básico de expresión, donde apenas hay texto o diálogos, resulta de una simplicidad perversa. Con un estilo minimalista y nítido, de trazo redondeado pero minucioso en los detalles, Kondô logra revelar la complejidad de sus ideas de una manera realmente única. Y hermosa. Se nota, además, que es una autora bastante perfeccionistaLes insectes en moi solo es el comienzo. El principio por el que introducirse a la obra de Akino Kondô. Lo malo es que en Occidente todavía no hay demasiado acceso a sus trabajos, ni tampoco es muy conocida; aunque los pocos que sabemos de ella la admiramos y respetamos. Le Lézard Noir ha publicado también sus vivencias en Nueva York, New York de Kangaechû (2015), de las que haré reseña más adelante; y estoy muriéndome por que se animen a sacar adelante A-ko-san no koibito (2016), porque lo que he olisqueado promete muchísimo. Este último es un josei de enfoque mainstream pero que siendo de Kondô, se pueden esperar unas cuantas sorpresas. ¡Y el josei necesita nuevas ideas! ¡Ya vale de estereotipos idiotas! He dicho.

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Ladybirds’ requiem 1-11 (2007) de Akino Kondô

¿Recomiendo Les insectes en moi? Muchísimo, pero no es un manga comercial, sino situado en la órbita del cómic alternativo japonés. Y tiene una faceta arty que a algunos puede irritar, pero desde ahora aviso de que no es un tebeo pretencioso. Es honesto y directo en su esencia, sin embargo no tiene nada de convencional. Akino Kondô es una artista a quien no perder el rastro porque está haciendo historia, así de claro. Actualmente vive en Nueva York, pues se encuentra muy interesada por la escena de arte moderno de la ciudad, lo que en teoría debería facilitar que sus nuevos trabajos llegaran hasta nosotros. En teoría. Espero que no nos decepcione en el futuro, y que pronto podamos disfrutar de más obras suyas en Occidente. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: el cine de Hitoshi Matsumoto

Y cerramos las Peticiones Estivales de este verano 2017 con la solicitud desde twitter de MR. Pines, que sugirió una entrada dedicada al actor cómico, músico, escritor y director de cine Hitoshi Matsumoto (1963, Amagasaki). Como se trata de un hombre bastante versátil, a pesar de que su faceta más conocida sea la de comediante, no sabía muy bien cómo enfocar la entrada; máxime teniendo en cuenta la brecha cultural que impide un acercamiento profundo al conjunto de todo su trabajo, al que además desde Occidente no es tan fácil de acceder. Por lo que opté por lo más sencillo, que es hacer un mini-especial dedicado a tres largometrajes que ha dirigido y protagonizado. Este trío lo he podido ir viendo a lo largo de los años porque, aunque no me considero una fan de su figura, ya que no he tenido demasiadas oportunidades de conocerlo como me habría gustado, lo que sí he catado me ha parecido siempre interesante. Y eso que lo mío no es precisamente la comedia, es un género que suelo encontrar, casi siempre, aburrido y cansino. Matsumoto es uno de lo cómicos más célebres del Japón actual, con una carrera amplia y variada que daría para escribir una gruesa biografía.

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Hitoshi Matsumoto (2016) por Kaokako

No voy a entretenerme mucho con sus datos biográficos porque son de dominio público, y la wikipedia hace un trabajo excelente en ese aspecto, pero no está de más destacar algunas cosillas que pienso son sustanciosas. Matsumoto nació en una pequeña ciudad cerca de Osaka, Amagasaki (de hecho él se considera osaqueño), región que es cuna de una rica tradición cómica. Su acento, el típico de la zona de Kansai, se relaciona con el humor, algo así como lo que sucede en España con las variantes del andaluz. Y como los andaluces, los osaqueños tienen fama de simpáticos y abiertos. De ese territorio es propia una clase de comedia stand-up tradicional llamada manzai, en la que se especializó Matsumoto con su compañero Masatoshi Hamada. El dúo owarai que formaron en 1982 y con el que alcanzaron la fama se llama Downtown; y es considerado uno de los más influyentes dentro del panorama de la comedia en Japón. Hamada interpreta al tsukkomi bajo el nombre de Hama-chan (el sádico de mal genio); y Matsumoto al boke bajo el nombre de Mat-chan (el masoquista de humor seco).

En Occidente no podemos hacernos una idea real de lo jodidamente celebérrimos que son estos dos truhanes; por lo que el impacto a la hora de ver las películas de Matsumoto no va a ser igual que para un japonés. Sin embargo, esto tampoco puede impedirnos disfrutar de lo más directo: su evidente gran talento. Hitoshi Matsumoto tiene una lista de trabajos larga y variada en televisión, radio, con libros y cortometrajes. Pero su estreno de largo en el cine no fue hasta el año 2007, con Big Man Japan, que es la obra con la que vamos a comenzar a repasar sus películas. Allá vamos.


BIG MAN JAPAN

(2007)

La familia de Masaru Daisatô salvaguarda el honorable trabajo de Hombre Grande. Su labor desde hace generaciones consiste en proteger Japón de los numerosos monstruos gigantes que lo acechan. Antes, este oficio tradicional era continuado por bastantes héroes; sin embargo, en la actualidad solo queda Masaru. Y su labor despierta muy, muy poco respeto y admiración. ¿Será el fin de esta noble profesión?

Big Man Japan es un mockumentary que parodia y a la vez critica. Tiene una doble función. No llega a la altura de mis amados Zelig (1983) o This is Spinal Tap (1984), que son clásicos imprescindibles del género, pero resulta bastante decente. Matsumoto retrata con perspicacia la figura del típico hombre japonés de mediana edad: separado y con una hija a la que casi no ve; de temperamento apocado, perezoso y cobardica, aunque de buen corazón. Carece de ambiciones y se refugia en la cotidianidad de una vida gris solitaria con su gato. Hasta que le reclaman para combatir contra algún engendro, claro. Quién iba a decir que una persona tan anodina fuera el principal adalid de la nación. Naturalmente, Masaru no está hecho para el oficio; vive a la eterna sombra del Gran Hombre IV (él es el VI), su abuelo, que se encuentra ingresado en una residencia de ancianos con posible demencia senil. Masaru es un desastre tanto en el trabajo, cuya resolución positiva resulta más bien fruto del azar; como en popularidad, ya que a causa de su torpeza y mediocridad el programa de televisión tiene audiencias paupérrimas. Es el hazmerreír de Japón. Pero él lo sobrelleva con una mezcla de estoicismo e indiferencia.

El film arranca de forma lenta, y mantiene un ritmo tranquilo y de tono melancólico hasta casi la última media hora, en la que explota la locura. Hay destellos de humor absurdo de vez en cuando, pero no es una película de gags; es la triste vida de este buen hombre, que por circunstancias de tradición familiar debe ejercer una labor para la que no está hecho en absoluto. Mediante la sátira del género tokusatsu, Matsumoto se las arregla muy requetebién para tirar de las orejas a la sociedad japonesa en general, a la que plasma adocenada, perdiendo paulatinamente su identidad. Nada nuevo bajo el sol: la habitual dicotomía tradición y modernidad del país, que llevan arrastrando desde la era Meiji. Y la sumisión histórica al norteamericano, por supuesto. Son los combates con esos kaijû alucinógenos los que hacen que la película se mantenga a flote hasta su desenlace, que es lo mejor, sin duda, de todo el largometraje. Postdata: no perderse los créditos.


SYMBOL

(2009)

Un hombre vestido con un ridículo pijama de lunares despierta solo en una habitación vacía, con cientos de gónadas infantiles cantarinas en sus paredes. ¿Es parte de algún experimento? Mientras, en una pequeña ciudad de México, el avezado guerrero de lucha libre Escargot Man deberá enfrentarse a un combatiente mucho más joven y vigoroso. ¿Superará su inseguridad para vencerlo?

Symbol la iba a incluir en el listado que confeccioné sobre cine bizarro japonés (entrada aquí), pero al final decidí no alargarme demasiado, ya que me parecía abusar de vuestra santa paciencia. Pero, tarde o temprano, tenía que aparecer por SOnC. Y aquí está. Es la película más extraña de las tres que se reseñan hoy. Con diferencia. También mi favorita, debo añadir. No tengo muy claro como enfrentar esta mini-reseña, pues es muy fácil spoilear el asunto. Sumamente fácil. Aparte de que no es una obra al uso. ¿Cómo explicar a alguien que jamás haya visto 2001: Una Odisea del espacio (1968) de qué va la película? No es que se encuentre a la altura este Symbol del clásico de Kubrick, pero tiene mucho del cineasta neoyorquino. Y para bien.

¿Qué se puede contar sobre Symbol? Pues se puede decir que son un par de historias, muy diferentes entre sí, pero que muestran a dos hombres atrapados en dos realidades sin sentido. La narración que tiene lugar en México es sorprendentemente respetuosa y cuidada; muy realista y cruda. Me gusta mucho. La trama que se desarrolla en la misteriosa habitación es una oda a la masturbación y una parodia del falocentrismo más absurdo. Con divertidas concesiones a la escatología de los pedos y el delirio mental. Ambas tramas convergen y, os aseguro, que es de manera bastante inesperada. El guiño-parodia a Kiss (oops, se me ha escapado) también es muy divertido. Sin embargo, lo más interesante de Symbol es que, una vez finalizada, su interpretación no será la misma para nadie. Fascinante.


SAYA ZAMURAI

(2010)

Kanjuro Nomi es una vergüenza para todos los samuráis. Es un cobarde y ha perdido el gusto por la vida tras la muerte de su esposa. Cuando es capturado por desertar, es llevado delante de su daimyô que le ordena cumplir con una obligación algo peculiar: tiene treinta días para conseguir que su hijo ría. Si no lo logra, su destino será cometer seppuku.

Y Hitoshi Matsumoto aterrizó por un rato desde las alturas de sus alucinaciones surrealistas para realizar una obra mucho más convencional: un jidaigeki. Y tan convencional es que, desde mi punto de vista, flojea un poquillo. Y si se la compara con sus predecesoras, directamente no hay color. También es verdad que es mucho más accesible y que las posibilidades de que guste a una mayoría del público se disparan a un millón. Pero a mí no me ha terminado de convencer. Quizá se deba a que su estructura cíclica acabó aburriéndome;  o que la comedia es mucho más ligera y complaciente. Y que se huele a leguas el final. No hay nada que me fastidie más que un desenlace previsible, sobre todo si el desarrollo de la obra ha sido también pronosticable. No pude disfrutar bien de su humor; y eso que los gags en sí eran de verdad hilarantes, al principio muy sencillos, luego más elaborados (como siguiendo una evolución), pero en un contexto tan incoherente que los hacía brillar con una luz especial. Sin embargo, el azuquítar espolvoreado me sentó como un tiro. La noción de ternura que los japoneses y yo tenemos no coinciden demasiado. A lo mejor es que, simplemente, echaba de menos la presencia de Matsumoto en el guion y la pantalla.

No obstante, tengo que admitir que la realización técnica, la fotografía y su dirección artística son notables, muy elegantes y sin estridencias. Con buen gusto por los pequeños detalles. Las claras influencias del mundo del manga y el chanbara setentero también son de agradecer. Y Sea Kumada, que interpreta a la hija del samurái, Tea, es la auténtica sorpresa del film. Solo por ella merece ya la pena verlo, complementa a la perfección el boke de Takaaki Nomi. En realidad los secundarios de este film adquieren cierto relieve, que por otro lado es necesario, ya que la pasividad del personaje de Nomi puede llegar a ser exasperante. Quizá por eso se pueda llegar a experimentar un leve goce sádico viéndolo sumido en ciertas circunstancias.

 


No se trata de las críticas más elaboradas del mundo, pero sirven perfectamente para que los que no sepáis de las películas de Hitoshi Matsumoto, podáis haceros una idea. Faltaría una para completar su, hasta el momento, filmografía, R100 (2013); pero como todavía no he tenido la ocasión de verla, no se encuentra en esta entrada. Imagino que cuando me haga con ella tendrá su correspondiente reseña. No sé cuándo será eso, tampoco tengo prisa.

Matsumoto se considera a sí mismo un hombre poseído por el espíritu de la interpretación (hyôi-geinin), que me parece una forma muy japonesa de declarar que es todo un actorazo. Sin más. Ya solo por eso, estas tres obras merecen un visionado; además de que es la única manera, por ahora, de conocer su figura mejor en Occidente. Tres films bastante distintos entre sí, pero que amparan al mismo genio creativo: un hombre polifacético y con un sentido del humor bastante personal. Matsumoto deslumbra interpretando al ser humano corriente inmerso en situaciones estrambóticas y que desafían a la razón. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: cine silente japonés

Tenía pensado escribir una entrada dedicada al cine mudo japonés más adelante, para las vacaciones de navideñas o así; pero un gato anónimo solicitó un artículo dedicado a él en CuriousCat, por lo que ha sido adelantada unos meses. Y no me ha venido mal, porque ha sido un enorme placer volver a repasar todas esas películas que enmarcan el nacimiento y la niñez del cine en Japón. Creo que no se conoce mucho, pero ese es un inconveniente que se puede aplicar a todo el cine silente en general, no solo al nipón. Es una lástima, porque me encantaría que hubiera más personas que compartieran mi pasión por él, sin embargo admito que tampoco va dirigido al público actual. Fue concebido y creado para las gentes de hace más o menos un siglo; y los gustos y sensibilidades cambian. Aparte de que los medios técnicos no eran los mismos, y no todo el mundo posee la paciencia para disfrutar de sus mágicas delicadezas e imperfecciones.

Así que he seleccionado seis films que me gustan especialmente para dar lustre al post y, como siempre apostillo, no serán las más valoradas por la crítica (o sí, a saber), pero las considero desde mi humilde criterio dignas de interés. Y digo dar lustre porque la entrada va a ser más bien un ensayo sobre los primeros pasos del cine japonés; una introducción para conocer mejor el contexto de su aparición y cómo evolucionó hasta la revolución del cine sonoro. Si la temática te pica la curiosidad, creo que disfrutarás. Si no, puedes darle a esa X del vértice derecho y seguir vagabundeando por otros lares cibernéticos, que estos unos y ceros no te impidan tener una grata experiencia navegando.

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“Doce meses de Nô: Matsukaze” (1956) de Matsuno Sofu

Da la sensación de que el cine japonés, para muchos occidentales, comenzase a tener relevancia a partir de los años 50. Todo lo que hay detrás de esa década suele ignorarse, casi como si no existiera. Algo de lógica hay en ese despiste, pues por estos lares no fue hasta entonces que se prestó atención a la obra de colosos como Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi. Aunque ambos llevaran un tiempecito ya trabajando en el mundo del celuloide. Aun así, no hay excusa para continuar en las tinieblas de la ignorancia (muahahaha) respecto al cine nipón. Antes de 1950, la cinematografía japonesa gozaba de excelente salud; y en su época silente también había bastantes obras que merecen la pena descubrirse. Sin embargo, es necesario advertir que de un catálogo calculado en unas 7000 películas, ( cifra correspondiente solo para la década de los años 20, en realidad son miles más) han sobrevivido 70 desde el nacimiento del cine hasta los años 30. 70 películas. ¿A qué es debido este desastre? ¿Cómo pudieron perderse tantas obras, entre ellas los primeros pasos de Yasujirô Ozu o Daisuke Itô? Los responsables fueron el Gran Terremoto de Kantô (1923) y la II Guerra Mundial (1939-1945).

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Yûrakuchô (Chiyoda), Tokio, tras el Gran Terremoto de Kantô.

Si hay que agradecer a alguien que hayan llegado hasta nosotros estos pocos films, es al amor y trabajo de Shunsui Matsuda (1925-1987), que además fue el último benshi de la época muda del cine japonés. ¿Y qué es un benshi? Eso lo explicaremos un poquito más adelante. Mientras, regresemos al nacimiento del séptimo arte. Su origen no fue oriental, ni muchísimo de Japón; fue un invento netamente occidental, y de Occidente procedían las mayores innovaciones en el campo. Sin embargo, no tardó mucho en llegar a las costas japonesas: el cinematógrafo de los hermanos Lumière y el kinetoscopio de Dickson y Edison fueron exhibidos en 1896. Y el representante de los Lumière en Asia Oriental, Constant Girel, grabó unos primeros fotogramas en Japón al año siguiente. Las primeras filmaciones japonesas como tales fueron otro año después, en 1898. Las películas iniciales del cine nipón eran, sobre todo, grabaciones de obras de kabuki. Muy acertadamente, habían relacionado este nuevo invento con las artes escénicas, y en las islas la tradición en esas disciplinas era, y sigue siendo, muy rica. De ahí que su cinematografía, ya desde su arranque, poseyera unas características diferenciadas del resto de países.

Al principio, el cine era un entretenimiento que no se tomaba demasiado en serio, era más una curiosidad en las ferias ambulantes; pero con el cambio de siglo, muy pronto se observó el enorme potencial que albergaba como fuente de entretenimiento. Primero para las clases populares, más adelante para la burguesía también. Un nuevo tipo de negocio que prometía bastante dinero. Así que ya en 1903 se abrió el primer katsudô shashinkan o cine en Asakusa, Tokio; y el primer estudio cinematográfico en 1908, también en Tokio (Meguro). Al principio se representaban más películas extranjeras, hasta que a partir de los años 20 la producción nacional superó de largo a la foránea.

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Matsunosuke Onoe (1875-1926), la primera superestrella del cine japonés. Apareció en más de 1000 jidaigeki.

Si hay una figura que distingue al cine nipón del resto del planeta, es la del benshi katsuben. Porque el cine silente japonés nunca fue mudo en realidad, un narrador, de viva voz, contaba lo que iba sucediendo en la pantalla. Y no solo eso, también ponía palabras a los actores, explicaba las situaciones y pormenores del argumento y otorgaba al film una nueva interpretación. Este relator también surgió en otros países como Italia o Francia, pero desapareció al poco tiempo. ¿Por qué medró en Japón? Por varios motivos. El más obvio es la necesidad del público de saber qué estaba ocurriendo en la película. Las obras venidas de Occidente mostraban muchas cosas que para el japonés medio eran totalmente desconocidas; requerían explicaciones para comprender lo que sucedía en el argumento. Las culturas eran muy diferentes. Las primeras películas además carecían de intertítulos, que no aparecieron hasta los años 20, así que el benshi realizaba una labor imprescindible.

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“Katsudô Shashinkai” (1909), la primera revista cinematográfica de Japón.

A estas razones hay que añadir el amor del japonés por la recitación, la belleza de las palabras habladas (bibun). La tradición oral de las islas es abundante: el rakugo, el gidayû, el rôkyoku, el kôdan… y los benshi lo amalgamaron todo para perfeccionar un nuevo arte interpretativo (setsumei) que dinamizaba la experiencia de ver una película. Una especie de mezcla de teatro y cine, dando pie también a la improvisación, que hacía las delicias de los espectadores. El triunfo de los benshi katsuben fue fulgurante, eran verdaderas estrellas. Se llegaron a realizar films para ciertos narradores ex professo, haciéndose acompañar también de orquestas completas.

La gran popularidad de los katsuben contribuyó a que el cine sonoro tardara en imponerse, así como también ralentizó el desarrollo de nuevas técnicas narrativas cinemáticas. Pero la evolución en la disciplina era imparable, marcada por el ritmo marcado desde Estados Unidos. No se podían poner vallas al campo. El tiempo de los benshi tenía los días contados, además de que eran profesionales caros, se les pagaba incluso más que a los actores de cine. El Movimiento del Cine Puro o Jun’eigageki undô (1915-1925) también contribuyó con su clavo para cerrar el ataúd de los benshi. En general, deseaban que el cine japonés se liberara del lastre del kabukiy la tradición teatral japonesa; abogaban por su modernización y dejar atrás las temáticas más habituales del folclore, centrándose en la realidad contemporánea del país. Consideraban que eran anacronías, características obsoletas de las que había que librarse, como el uso, por ejemplo, de onnagata. Los personajes femeninos debían interpretarse por mujeres, no por hombres. Para regenerarse era indispensable mirar a Occidente, de donde provenían todas las novedades. De esta forma serían capaces de crear obras con la capacidad de atraer a un público internacional. Y así en 1937 los benshi desaparecieron, aunque resulta apasionante saber que en la actualidad hay un resurgimiento de nuevos katsuben, que se dedican a narrar antiguas películas de cine mudo.

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Tokuko Takagi (1891-1919), la primera actriz japonesa de cine.

Las películas realizadas durante las décadas de 1890, 1900 y 1910 eran bastante conservadoras y seguían la estela del kabuki y el . Los espectadores, de considerar el nuevo invento una rareza, empezaban a valorar el cine como un entretenimiento al que le exigían también calidad y cierto progreso. Era necesaria una renovación. En 1920 ya era muy clara la distinción entre dos géneros: el jidaigeki y el gendaigeki; y el debate primordial era la necesidad de explorar las posibilidades que ofrecía la cinemática de las imágenes. Japón, poco a poco, iba metiendo la cabeza en el panorama global. A finales de la Era Taishô (1912-1926), el gobierno comenzó a debatir el potencial político del cine y se prohibieron cada vez más obras; y con la llegada de la Era Shôwa (1926-1989), se convirtió en una robusta herramienta para la propaganda del nuevo régimen totalitario y nacionalista. El punto de inflexión, sin embargo, que marca este post de hoy, es la llegada del sonido. La primera película sonora de la historia fue la norteamericana El cantante de jazz (1927); en Japón ocurrió cinco años después, en 1931. Pero ese no fue el fin del cine mudo japonés, la agonía fue más larga; y a pesar de ser sus postrimerías, aún esos últimos coletazos produjeron obras muy interesantes e innovadoras. Varias de las escogidas a continuación son ejemplo de ello.

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“Cortesana de rodillas con teatro de sombras detrás” de Kitagawa Utamaro, circa 1806

Como siempre señalo en listados de esta clase, la selección es completamente personal y basada en mi experiencia, que dista mucho de ser completa y ni mucho menos la de un profesional. El orden en el que aparecen corresponde a mi criterio de calidad, que es discutible, pero resulta que este es mi blog. C’est la vie. Podría haber elegido otras distintas, he valorado también clásicos como Kurama Tengu (1928), Tokyo Chorus (1931), Otsurae Jirôkichi koshi (1931) y unas cuantas más; pero, al final, estas son las que son. Que las disfrutéis. O las sufráis, que de todo hay.


6 ✪  IZU NO ODORIKO (1933)

Heinosuke Gosho

Mizuhara, un joven estudiante de Tokio, se enamora de la bailarina Kaoru, que trabaja en una troupe de artistas ambulantes. ¿Llegará a buen puerto este amor? ¿Podrán superarse los prejuicios y diferencias sociales?

Me ha parecido conveniente empezar este pequeño listado con la primera adaptación que se hizo al cine del relato corto La bailarina de Izu (1926) del Nobel Yasunari Kawabata. ¿Por qué? Porque su director, Heinosuke Gosho, fue el que inauguró el sonido en Japón con su película Madamu to Nyôbô (1931). Izu no Odoriko es una obra bastante conocida en el país, y que ha sido vertida al celuloide y la televisión en varias ocasiones. En mi humilde opinión, la de Gosho es la mejor versión del cuento (al menos de las que yo he visto); también de mis favoritas junto a su encarnación animada, de la que escribí un poco aquí. Si en 1931 el sonido llegó finalmente al cine japonés, ¿a qué se debe que esta Izu no Odoriko fuera muda? Por un motivo muy simple: el dinero. Gosho tenía la intención de hacerla sonora, pero los estudios Sochiku no creían que un film basado en la obra debut de un literato vinculado a las vanguardias fuera a reportarles demasiados beneficios. Así que, para ahorrar, se optó por realizarla muda.

Yasunari Kawabata no escribía para las masas (taishû bungaku), sino que se decantaba por una literatura que mirase hacia el futuro, con ansias de modernizarse y sin depender de los gustos populares y querencias gubernamentales del momento. Ars gratia artis. Y Gosho, seguidor de la corriente que buscaba reformar la cinematografía de su país, no dudó en aportar su granito de arena con sus films, entre los que se encuentra este desafiante bungei eiga (película literaria) al que los productores valoraron con recelo. Nuestro director era ambicioso, y deseaba plasmar esas historias complejas de gran profundidad psicológica que solo la literatura podía brindarle. ¿Lo consiguió? Desde luego que sí.  La bailarina de Izu avanza más allá del propio relato de Kawabata, e introduce un contexto social muy realista mediante una trama paralela a la principal. Los personajes son sólidos y de un bonito gris; no gris por mediocre, sino por su ausencia de polarización. Resultan creíbles y auténticos; incluso, como en la vida misma, contradictorios y sorprendentes.


5 ✪ OROCHI (1925)

Buntarô Futagawa

 Heizaburo Komitomi es un samurai honorable y de gran habilidad. A pesar de sus orígenes humildes, su lealtad y devoción inquebrantables al código bushido hacen de él un guerrero admirable. Pero son precisamente sus altos valores éticos y fuerte carácter los que le provocarán grandes problemas en la vida.

Orochi o La Serpiente es una película bastante singular para la época, hasta podríamos considerarla una provocación en toda regla. No en vano, sufrió una fuerte censura que recortó parte de su metraje. Sin embargo, el mensaje principal que quiere transmitir, que es la impunidad de una clase dirigente y las graves injusticias que sufren por su culpa los más desfavorecidos, se transmite de manera impecable. Era la decadencia de la Era Taishô (1912-1926), en la que los poderes de la antigua oligarquía pasaron  a los partidos democráticos, y los ciudadanos mayores de 25 años pudieron por fin votar. Sin embargo, el advenimiento de la Era Shôwa (1926-1989), en cuyo primer tramo los militares fueron acaparando el poder alcanzando un rotundo totalitarismo, no vieron con buenos ojos esta película. No obstante, logró un éxito tremendo.

El film narra la vida de un anti-héroe, algo completamente inédito en la filmografía japonesa hasta entonces, y presume de una visión de la realidad pesimista y cruda. Muy cercana al espectador, aunque fuese un jidaigeki. En el mundo no hay lugar para los hombres honestos y Tsumaburô Bandô, probablemente la primera estrella del cine de acción de la historia, encarnó al guerrero caído en desgracia. Un descenso a los infiernos. Aunque la película todavía bebe en algunos aspectos de las fuentes del teatro, Bandô consiguió brindarle un realismo emocionante a sus combates, con un estilo de lucha natural y enérgico. Gracias a él la figura del samurái en el cine se modernizó, adaptando el dinamismo del shinkoku-geki, para dejar definitivamente atrás las poses estáticas y el histrionismo del kabuki. Él puso los cimientos del kengeki-eigachanbaraToshirô Mifune o Tatsuya Nakadai le deben muchísimo. Nota importante: las secuencias de peleas resultan espectaculares, sobre todo para los que disfruten con hábiles manejos de catana.


4 ✪ ROJÔ NO REIKION (1921)

Minoru Murata

Tres historias distintas entrelazadas: un violinista y su familia, dos convictos recién liberados y una niña rica. Todos confluyen en una pequeña población durante la Navidad. 

Minoru Murata fue uno de los cineastas que más luchó por renovar el cine japonés en sus inicios y dotarlo de la modernidad que procedía de Occidente. Por eso no dudó en escoger como base de su primer largo de importancia una de las obras más conocidas del ruso Máximo Gorki, Los bajos fondos (1902). Fue llevada también al cine por Akira Kurosawa, por cierto, en Donzoko (1957). No hay color entre una y otra, pero no debemos arrebatarle el mérito a Rôjo no Reikion de que fuese el pistoletazo de salida del jun’eigageki undô. Murata occidentalizó un pequeño pueblo del Japón rural para narrar su historia, creando un perfecto híbrido entre los dos extremos de Eurasia. Se trata de un film más complejo de lo que se podría esperar, con elipsis, firme contenido simbólico y flash-backs que pueden resultar desconcertantes porque trabaja en realidad tres historias distintas. En verdad fue un esfuerzo honesto por dejar atrás la influencia del teatro tradicional y utilizar los recursos más modernos de los que podía el director disponer; tanto a nivel técnico, narrativo o artístico. Muy loable.

Como historia, es un melodrama bien interpretado en el que el propio Murata se reservó un papel, ya que antes de director de cine había sido actor. Puede recordar en el tono al Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens o al ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra; sin embargo también es una película rotundamente japonesa, y eso se nota para bien. Murata logró con Rôjo no Reikion poner en el mapa el cine de su país, realizando la primera película que podría resultar inteligible para un espectador de otra parte del globo. Sin necesidad de benshi y apenas intertítulos explicativos, porque su lenguaje visual era, y es, universal. No en vano, fue de los primeros directores de cine japoneses que lograron distribución internacional de sus películas.


3 ✪ ORIZURU OSEN (1935)

Kenji Mizoguchi

Sokichi Hata quiere estudiar en la escuela de medicina en Tokio, pero es pobre y se encuentra sometido por una banda de traficantes de arte. Pero la valiente Osen, que se ha enamorado de Sokichi, hará todo lo que esté en su mano para que consiga alcanzar su sueño.

Con Kenji Mizoguchi y su etapa silente he dudado entre Taki no Shiraito (1933) y la presente Orizuru Osen u Osen de las Cigüeñas para el top; sin embargo al final me he decantado por Osen, quizá porque no es tan conocida y también merece un poquito de atención. Fue su última película muda. Gran parte de la obra de los años 20 de Mizoguchi desapareció, lo que sabemos es que se dedicó con ahínco a experimentar con las influencias occidentales, incluso juguetear con las técnicas del expresionismo alemán. No obstante, a los pocos años volvió su atención a las temáticas japonesas, y aunque tonteó algo también con el keikô-eiga, tomó obras shinpa del escritor Kyôka Izumi  para realizar tres films: Nihonbashi (1929), Taki no Shiraito (1933) y Orizuru Osen (1935). Muchas de las obras de Izumi, debo señalar, han sido volcadas al cine a menudo por su fuerte tirón melodramático y calidad.

Aunque se considera que la etapa de asentamiento artístico de Mizoguchi empezó con Elegía de Naniwa (1936) y Las hermana de Gion (1936), ambas ya sonoras, merece la pena echarle un vistazo a su filmografía muda; sobre todo a Osen, donde el director ya había plantado las semillas de lo que luego sería su marca de agua: la opresión de la mujer en la sociedad japonesa, sus ingrávidos planos secuencia, las delicadas atmósferas de luces y sombras, su poesía visual melancólica, etc. Y es que hay que tener en mente que tanto Mizoguchi como Yasujirô Ozu compartían una idea sobe el cine especial: se inspiraban en la capacidad evocadora de imágenes del haiku. Esta concepción tan japonesa impregnó las obras de ambos, y se difundió a otros directores, otorgando al cine nipón un rasgo muy distintivo respecto al cine de otros lugares. En Orizuru Osen encontramos los primeros trazos de su estilo bien delineados, con la habitual grácil belleza de su buen hacer; y su temática sobre el sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre desagradecido, que fue luego una constante en toda su obra. Su protagonista fue interpretada por la genial Isuzu Yamada, que aparecería luego también, por ejemplo, como una escalofriante Lady Macbeth en Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa o en Tokyo Twilight (1957) de Yasujirô Ozu.


 2 ✪ KURUTTA IPPÊJI (1926)

Teinosuke Kinugasa

Un hombre decide trabajar de celador en el manicomio donde está ingresada su esposa. Quiere estar lo más cerca posible de ella y sueña con liberarla y huir de ese horrible lugar. Se siente culpable por su enfermedad.

A Page of Madness o Kurutta Ippêji tuvo su pequeña reseña en la entrada dedicada al cine bizarro japonés aquí. No voy a añadir mucho más, salvo que, en perspectiva, es un film que supuso un antes y un después en la cinematografía de Japón. En su momento fue ignorada; que se creyera una película perdida tampoco ayudó mucho a su reconocimiento. Sin embargo, casi un siglo después, su trascendencia como hito del cine de vanguardia es incuestionable. Es una obra al nivel de sus homólogas europeas, de las que bebe, indudablemente. Las influencias de F. W. Murnau, Abel Gance y Robert Wiene son muy evidentes. No obstante, camina a la par de ellas, tanto en calidad como innovación.

Del metraje original, que constaba de 103 minutos, han sobrevivido 78. ¿Es una pérdida muy grave? Solo podemos teorizar, pero Kurutta Ippêji es un film con muchas posibles lecturas, desde una alegoría política, un melodrama, una denuncia social… siempre con los ropajes del avant-garde y la literatura porque, cabe destacar, el guion fue escrito por Yasunari Kawabata (sí, otra vez, por aquí). Si se quiere aprender un mínimo sobre la etapa silente del cine nipón, su visionado es obligatorio; si se aspira a tener un conocimiento básico sobre el séptimo arte japonés, resulta imprescindible.


 1 ✪ UMARETE WA MITA KEREDO (1932)

Yasujirô Ozu

Los hermanos Yoshii, que acaban de llegar a los suburbios de Tokio, descubren que su padre no es tan importante como pensaban. Es un simple “salaryman”a las órdenes de un jefe. Todo esto supone un duro golpe para ellos en un momento además difícil en el colegio. Keiji y Ryoichi deberán enfrentarse a la vida con otros ojos, y explorar nuevos territorios que ni habían imaginado.

Yasujirô Ozu realizó ya en color, con sonido y bastantes años después, una especie de remake (Ohayô, 1959) de esta obra. Muy recomendable, como casi todo lo de Ozu, pero yo me sigo quedando con Umarete wa Mita Keredo. Creo además que se trata de una película con muchas posibilidades de que guste a los fans del manganime, porque contiene elementos que décadas más tarde observaríamos en el shônen, seinen y el slice of life más tradicional. Incluso se pueden percibir leves trazas del Kuro y Shiro del Tekkon Kinkreet (1993) de Taiyô Matsumoto. Pero no perdamos la perspectiva, sigue siendo un film del año 1932 y es una obra muy Ozu, por lo que encontraremos bastantes de los elementos que son característicos de su cine: comedia ligera, drama costumbrista y la familia. Podría haber seleccionado para cerrar este listado Ukikusa Monogatari (1934) del mismo director, cinta que además me encanta (y que Ozu volvería a recrear en 1959); sin embargo, pienso que esta puede atraer más en general a la otaquería.

A caballo todavía entre la era Taishô y la Shôwa, Umarete wa Mita Keredo es una elegante crítica social de la época. De hecho se puede considerar una de las primeras películas japonesas con ese tipo de contenido. Une el sentido del humor nansensu con la delicadeza sentimental del shôshimin eiga, sin olvidar que se trata de un rotundo retrato social del momento. Ozu, con su habitual sutileza, cuestiona la rígida verticalidad de la sociedad japonesa o tate shakai, antes incluso de que se acuñara ese término, y su difícil aclimatación a los nuevos tiempos. Japón a principios de la década de los 30 sentía la incertidumbre de un futuro marcado por la dicotomía entre tradición y renovación, enfrentándose a sus contradicciones. La modernidad japonesa en crisis, sin perder de vista tampoco la Gran Depresión. Y la clase trabajadora era la más vulnerable, el padre de la familia Yoshii, por ejemplo. Ozu no hace un alegato político, sino que a través de la visión de unos niños, muestra una realidad social compleja, mimando las relaciones entre los personajes y la transición entre sus mundos, el de la infancia y el de los adultos. El conjunto es de una entrañable armonía, a pesar de que lo que expresa no lo sea. Porque como muchas obras de Ozu, comienza luminosa y alegre, acabando recreándose en los matices de las sombras y la oscuridad. Muy japonés eso, por cierto.


Y esto ha sido todo por hoy, si la anterior entrada incluida en mis queridas Otakus Treintañeras era un poquillo larga, creo que esta la ha superado con creces. Y encima tratando un tema bastante más árido que interesará a cuatro gatos extraviados. ¡Miauuuu! Espero que no os hayáis aburrido mucho, sinceramente, y que la presente sirva para despertar vuestro apetito hacia el fascinante mundo del cine silente japonés. Y si ya gozáis de esta inclinación, animaros a repasar alguna de las obras seleccionadas. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.