cine, largometraje

Kumiko, la cazatesoros

Va a llegar un momento en el que en vez de “mangas y anime a gogó”, tendré que poner “todo lo que me salga del chocho que tenga relación con Japón”. Pero todavía no ha llegado. Por ahora, a pesar de las (cada vez más abundantes) excepciones, Sin Orden ni Concierto seguirá centrado en los tebeos y la animación del país del sol naciente.

Pero como bien habrás deducido por este escueto preámbulo, la entrada de hoy no va ni de anime, ni de manga, ni de literatura o cine japoneses. Está dedicada a una película norteamericana y que buena parte de su historia se desarrolla además en Estados Unidos. Aunque tiene una profunda relación con Japón, por supuesto: Kumiko, the treasure hunter (2014).

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Kumiko es silenciosa y tímida como Bunzo, el conejito rubio con el que comparte vida en un minúsculo piso de Tokio. Kumiko tiene 29 años y siente toda la presión que supone ser una mujer de su edad en Japón. Presión por alcanzar el éxito profesional y presión por tener que casarse y formar una familia. Ya es moza vieja. En una sociedad tan competitiva y, a la vez, tan tradicional, Kumiko como soltera en un empleo sin expectativas de promoción, es una perdedora. Su jefe la apremia, su madre la estruja; ambos, sobre todo ella, le exigen ser un miembro útil y respetable según los parámetros sociales nipones. Pero Kumiko no es una orgullosa rebelde; Kumiko es una solitaria que ve como única salida de esa abrumadora realidad que odia, la evasión. Una evasión, una huida mediante una película: Fargo (1996). En ella cree encontrar la solución a sus problemas, porque llega a la disparatada conclusión de que el argumento del film sucedió de verdad. ¡Los Coen lo dicen al inicio! Así que el dinero que Carl Showalter (Steve Buscemi) enterró bajó la nieve junto a un cercado, sigue ahí. Es su tesoro.

Es evidente que algo en la cabeza de Kumiko no funciona bien; como una especie de Quijote, enajenada por su obsesión con Fargo, decide dejarlo absolutamente todo atrás para dirigirse en busca de El Dorado. Sin equipaje, sin ropa de abrigo, sin avisar a nadie, sin una mínima previsión (salvo la tarjeta de crédito corporativa de su jefe que ha robado) y solo sus notas y un mapa que ha cosido en un paño. Así se lanza al vacío de las grandes llanuras heladas de Minnesota y Dakota del Norte. Y avanza, pacientemente. Nada ni nadie la paran.

Lo que podría haber sido una aventura grotesca, cómica o cruel, que es como se tiende a plasmar la locura, los hermanos David y Nathan Zellner la convierten en un retrato tierno y afectuoso. No hay juicio, dejan que el personaje crezca por sí mismo. Al estilo de los cuentos de Andersen, Kumiko the treasure hunter tiene un halo dulce e infantil de regusto amargo; y la frontera entre realidad y fantasía resulta difusa. Se hace muy difícil no empatizar con la protagonista, y su búsqueda acaba convirtiéndose en la del espectador también. Y, como en todo cuento, los personajes secundarios que van apareciendo son bastante pintorescos. Desde el jefe tocapelotas displicente, la amiga de la infancia asentada con la sensibilidad de un tonel, los guías turísticos estrafalarios, la anciana que añora la compañía pero que solo desea escucharse a sí misma, el policía buen samaritano, etc. Y todos ellos, al interactuar con Kumiko, crean situaciones surrealistas que dejan perplejo. Y de paso se muestra el desconocimiento insolente de los estadounidenses sobre Asia. Un humor muy de los Coen, he de decir.

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La película está estructurada en dos partes bastante diferenciadas: la vida en Japón de Kumiko y su posterior aventura en Norteamérica. Para mi gusto quizá se explayan demasiado con la primera y hace que marque el ritmo de la película un pelín lento; pero también comprendo que contextualizar, sobre todo con un personaje tan complejo como el de Kumiko, no sobra. Un personaje que Rinko Kikuchi, la actriz, borda. Kumiko es una mujer taciturna, sus habilidades sociales son nulas y ni por asomo desea desarrollarlas; prácticamente no habla con nadie (salvo con su madre y por teléfono), se comunica con monosílabos, frases balbuceadas y la mirada baja. Bunzo, el conejito, es el ser vivo más cercano a ella. Sin embargo, su lenguaje corporal, en elocuente represión, es tremendo. El trabajo que ha hecho Rinko Kikuchi es extraordinario. Papelón.

Dudo que esta película logre gustar a una mayoría, porque se aleja bastante de cualquier planteamiento al que el cine convencional nos ha acostumbrado. Es diferente, pero accesible a la vez. No se trata de una marcianada ni mucho menos, pero obliga a que nos deshagamos de ciertos clichés que se tienen asumidos como si fueran lo que tiene que ser. No considero sin embargo que sea demasiado arriesgada, es muy natural en todo lo que ofrece, sin aspavientos; y el homenaje, más o menos encubierto a los Coen, fortalece esa sensación.

Con un lenguaje visual muy poético, la película se va desgranando en una serie de cuidadosos planos de gran belleza estética. Esos grandes angulares son maravillosos, mostrando paisajes limpios, puros, que refuerzan la noción de soledad y viaje iniciático de la protagonista. Todo ello acompañado de una música y efectos sonoros que expresan nítidamente sus mecanismos mentales. Me ha gustado mucho tanto la fotografía como la música, impecables. La canción de cierre me ha entusiasmado especialmente, y aquí os la dejo.

Creo que es interesante comentar que los hermanos Zellner (dirigiendo, guionizando y actuando) se inspiraron en una leyenda urbana para realizar este film. Una leyenda urbana con un poso muy real: la triste historia de Takako Konishi. Si os interesa la historia que hay detrás, la podéis ver aquí en un documental realizado por Paul Berczeller en el 2003. Aunque os recomiendo, si os interesa todo este tema, comenzar con la película (la leyenda urbana), para no autospoilearos algunas cosillas.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

El gif bonus de Bunzo está dedicado a Mishusina
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