Abril de ciencia ficción, anime

Abril de ciencia ficción: Akira

Inauguramos a lo grande la nueva sección de Abril de ciencia ficción. ¿Para qué andarse con tonterías? Quizá se trate de la obra sci-fi más trascendental de Japón, y una de las que más impacto mundial han conseguido. Si todavía eres un otaco principiante, es posible que no hayas leído/visto el manga/la película protagonista de hoy, pero seguro que has oído hablar de ella billones de veces. Y con motivo.

Como ya os comenté, no tengo una hoja de ruta fijada para las obras que voy a ir reseñando durante este mes. Podéis hacerme sugerencias, y es lo que ha decidido hacer Coremi, autora del fantabuloso blog Saltos en el viento. Me ha pedido que escriba sobre Akira. Tela. En mi opinión, ya se ha dicho casi todo lo que tenía que decirse respecto a este monstruo de la cultura nipona. Lleva diseccionándose con meticulosidad décadas, y por cabezas bastante mejor amuebladas que la mía. El que sea una de las piedras angulares de mi universo personal otaco también me produce bastante incertidumbre a la hora de enfrentar una reseña que le haga justicia. Le tengo muchísimo respeto y admiración a este trabajo de Katsuhiro Ôtomo, por eso en casi cinco años de blog todavía no le he dedicado ninguna review. Tampoco a Shôjo Kakumei Utena (1997), por ejemplo, y es por motivos similares.

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Sin embargo, he decidido que este tipo de inseguridades se deben más bien a esa irracional mitomanía que sufrimos a menudo los fans de la cultura pop, y, ¡qué carallo!, ya es hora de que escriba algo sobre una de mis obras favoritas de todos los tiempos. Así que, ¡gracias, Coremi, por la sugerencia! No va a resultar una tarea fácil porque es una creación colosal, y tengo muchos sentimientos vinculados desde niña a ella. Ser objetiva va a ser complicado, pero también resultará un desafío. Y, como quiero hacer las cosas un poquito bien, lo primero de todo es separar el cómic de la película. Un Manga vs. Anime no procede con un producto de semejante magnitud. Al menos desde mi punto de vista. Cada uno de ellos merece una reseña individual, porque ambos son trabajos espectaculares con repercusiones históricas en sus propias disciplinas.

La reseña de hoy va a estar dedicada a la película de 1988. Creo que es la manera más sencilla de acceder al universo de Akira, aunque desde ahora os adelanto que, a pesar de su incuestionable trascendencia, el tebeo es extraordinario. No se comprende ver la película y no leer el manga, que estaba sin finalizar cuando la película vio la luz. De hecho Ôtomo no lo acabó hasta 1990, y contó con el asesoramiento de Alejandro Jodorowsky para su desenlace. 8 años, 6 tankôbon y 120 capítulos. ¿Cómo comprimir en poco más de 2 horas toda la enorme complejidad y amplitud de uno de los comics más revolucionarios de la historia? En mi opinión, plasmar con fidelidad el cosmos de Akira habría exigido más de un film. O más de dos. Sin embargo, ¿qué mejores manos que las de su propio creador para llevar a cabo semejante proeza? Y así se hizo, y la película fue un antes y un después en la animación mundial. A pesar de que no abarca ni trabaja todas las temáticas y dilemas que el tebeo plantea, a pesar de que bastantes personajes desaparecen o quedan reducidos a su mínima expresión, aunque no profundiza tanto ni su conclusión es la misma que la del manga, pese a todo esto, el film resulta fundamental.  Tebeo y película son obras complementarias.

Del cómic escribiré más adelante, no tardaré demasiado. Por cierto, ¡notición del que me enteré hace unos días! Parece que Leo DiCaprio por fin sacará adelante su adaptación de Akira en imagen real, por la que llevaba varios años regateando. El director será el neozelandés Taika Waititi (Boy, Thor: Ragnarok), que se declara fan acérrimo del manga (¡bien!) y que piensa evitar a toda costa el white-washing. Aunque la acción transcurrirá en Neo-Manhattan, no Neo-Tokio, lo que no deja de ser una incongruencia bastante gorda. De momento se habla de dos películas, veremos cómo se va desarrollando el proyecto.

Afortunadamente, el Japón de 2019 que concibió Ôtomo no tiene nada que ver con el actual. Sin embargo, como obra de ficción que es, produce un placer peculiar leer/ver una historia que tiene lugar justo en nuestro presente año. Si todavía no habéis catado esta creación, ahora podría ser un buen momento. Akira tiene lugar en una megaciudad futurista surgida de las cenizas de un Tokio que sucumbió a una catástrofe nuclear en 1988. Este horrible suceso fue el detonante, además, de una reacción en cadena que desembocó en otro espantoso acontecimiento: la III Guerra Mundial. Neo-Tokio es el escenario de la distopía perfecta, y sus habitantes intentan subsistir en un entorno volátil y anárquico, controlado a duras penas por unos políticos y fuerzas de la seguridad sin moral ni escrúpulos. Se trata de una sociedad todavía perpleja y desestructurada, cuya ley de facto es la violencia.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que este panorama post-apocalíptico no es más que una alegoría del Japón arrasado de la Guerra del Pacífico, golpeado por las bombas atómicas, ocupado por los estadounidenses. Y zambullido en la corriente de un crecimiento imparable, que alcanzó su cúspide en el baburu keiki. Ôtomo plasmó sus propias experiencias juveniles, que tuvieron lugar en unos agitados años 60. El país afrontaba un progreso económico y tecnológico fulgurante, los estudiantes (Zengakuren) se manifestaban contra la presencia norteamericana, los sindicatos de la minería exigían mejores condiciones laborales y salariales, etc. En ese contexto donde la identidad nipona parecía diluirse cada vez más y el conflicto tradición/modernidad se profundizaba, aparecieron los primeros bôsôzoku. Y esta subcultura urbana, que amalgamaba todo el descontento y frustración de la juventud japonesa de la época, fue primordial para la creación de Akira.

Los bôsôzoku todavía son (aunque cada vez quedan menos) bandas callejeras cuyos ideales giran en torno a las motos, seña de su individualidad, rebeldía y anhelo de libertad. Y no es poco decir esto en una sociedad como la nipona, ojo. Los adolescentes que conforma(ba)n estas cuadrillas desafia(ba)n la autoridad y la tradición, tuneaban sus motocicletas para hacerlas más ruidosas, más veloces, más llamativas; y daban rienda suelta a su agresividad con facilidad. La analogía occidental que casi de manera inconsciente brota en la mente es la de Quadrophenia, que a su vez se inspira en los disturbios que tuvieron lugar en la ciudad de Brighton en 1964. Sin embargo, los bôsôzoku son un fenómeno puramente japonés, como lo es la propia obra de Akira. Y sus protagonistas principales, Shôtarô Kaneda y Tetsuo Shima, son precisamente miembros de una de estas bandas de moteros, los Cápsulas. Ôtomo tomó prestado mucho de su estética y filosofía vital para engendrar a su hijo, en realidad sin los bôsôzoku no habría podido existir Akira.

Kaneda es el arrogante jefe de su banda, donde se encuentran también otros chicos como Yamagata, Kaisuke, Takeyama, Kuwata, Watanabe o Tetsuo. Sus enemigos son otra pandilla llamada los Clowns que, como ellos, andan metidos en trapicheos con drogas, vandalizan todo lo que encuentran a su paso y aman la velocidad. Los Cápsulas son como una familia, y Kaneda su hermano mayor. En una ciudad (que se asemeja más a un tanque lleno de tiburones) donde las instituciones son incapaces de garantizar una mínima seguridad, y que no se preocupan en absoluto de sus habitantes más vulnerables, los jóvenes solo confían en la protección que brinda la tribu. El ambiente está muy caldeado: fanáticos religiosos por las calles, manifestaciones violentas y atentados terroristas, trifulcas entre bandas… algo está a punto de explotar. Y Tetsuo será su catalizador. Se cruza en su camino un enigmático niño con cara de anciano, y acabará secuestrado por el gobierno.

Kaneda, por supuesto, no se resignará a perder a un hermano y amigo, por lo que intentará rescatarlo por sus propios medios. En su búsqueda de Tetsuo se verá involucrado con una organización subversiva antigubernamental (la Resistencia) en la que milita Kei, de la que se enamora. Pronto se dará cuenta de que lo que parecía simplemente un plan de rescate es algo mucho más grande. De su mundo, el de las calles, sube a un nuevo nivel de intrigas políticas, conspiraciones e, incluso, misticismo sobrehumano, pero que continúa poseyendo un mismo leitmotiv: el poder. Tetsuo ha sido sujeto de diferentes experimentos científicos que le han hecho desarrollar una serie de capacidades de potencia inimaginable, y por ello mismo muy difíciles de controlar. El muchacho escapará, y consciente de ser dueño de facultades casi divinas, querrá buscar respuestas, enfrentarse a la figura que parece estar detrás de todo lo que le ha sucedido: Akira.

Y hasta ahí puedo contar, aunque la historia es muchísimo más intrincada. Y del manga ya mejor ni hablamos. Akira es atípica incluso en la actualidad, y tras la habitual narración sobre la amistad, encontramos también un señor guantazo a la estrictamente jerarquizada y entusiasta de la disciplina sociedad japonesa. Es un cuento de caos y violencia con anti-héroes sumidos en una espiral de furia nihilista, que plasma con nitidez angustias muy actuales: miedo a sucumbir ante fuerzas liberadas por la ciencia, la disolución del yo en la gran ciudad, desconfianza y alarma tanto hacia el Estado como el fenómeno terrorista global, etc. En verdad puede verse la sombra de la complejidad argumental de Akira en trabajos muy posteriores, incluso contemporáneos.

La sociedad de Akira no deja de ser una distorsión de la nipona, pero bastante oportuna para la época en que fue concebida la obra. No hay estrato ni segmento social que se libre de la mirada ácida y pesimista de Ôtomo. La crueldad, la incompetencia, la ambición y el egoísmo; el hedonismo ciego, la depravación o la pasividad ante la sinrazón son expresadas con aspereza. ¿Y qué juventud puede brotar de semejante sustrato? Pues su perfecto reflejo, lleno de confusión y rabia, que lucha por sobrevivir. Kaneda y Tetsuo son sus rostros principales; y el desarrollo de su relación resulta uno de los puntos importantes del film.

Tetsuo representa la corrupción del poder, la maldición que conlleva su exceso y falta de control. Un chico enclenque y del que casi todo el mundo abusa, de repente es señor de habilidades propias de un dios. Su descenso a los abismos de la locura no se deja esperar, y Kaneda será testigo de ello, ¿qué podrá hacer para ayudar a su camarada? Su amistad se hallará en una terrible encrucijada.

Pero Akira, como antes comentábamos, es mucho más. Ôtomo, a pesar de la extensión de su obra todavía por entonces inacabada, supo condensarla con precisión y sabiduría. Ahí está su vibrante cyberpunk, el thriller escalofriante y esa aterradora belleza que en color y movimiento alcanzó cotas que no han vuelto a ser superadas, salvo en alguna contadísima excepción. Su calidad estética y técnica es casi insuperable incluso en la actualidad. Y no exagero ni un pelo.

El manga de Akira estaba siendo un éxito de ventas, y Ôtomo consideró que llevarlo al cine en toda su magnificencia sería una buena manera de coronar su obra. Por supuesto, no podía volcarse de cualquier forma, Akira se merecía lo mejor y mucho más. Así que puso toda la carne en el asador, y el proyecto quedó finalmente presupuestado en aproximadamente 10 millones de dólares (mil millones de yenes)… de la época. La película de animación más cara de la historia. Para sacarla adelante y no perder por el camino el control creativo, formó un consorcio en el que participaron 8 de los monstruos empresariales del momento: Tôhô, Mainichi Broadcasting System, Hakuhodo Incorporated, Laserdisc Corporation, Sumitomo, TMS Entertainment, Bandai y Kôdansha. El ya histórico Comité Akira.

En cifras, el film de Akira contó con 70 animadores que trabajaron con más de 2200 escenas, 160.000 fotogramas, con una velocidad de 25 frames por segundo y una paleta de 327 colores, la mayoría de ellos matices del azul por la abundancia de escenas nocturnas, llegando a crear 50 nuevas tonalidades. Algo completamente insólito incluso para los parámetros del presente. También fue una de las primeras producciones en utilizar CGI, y la primera película japonesa en utilizar el prescoring, otorgando mayor concisión y naturalidad a los diálogos. Toda esta prodigalidad en medios se tradujo, con toda lógica, en una obra visualmente apabullante. Como nunca antes se había visto.

Porque si hay algo que fascina de Akira es su inmensurable riqueza de detalles, la fluidez casi hipnótica de su animación, su vigoroso colorido, abundante en contrastes; y esa inusitada prolijidad en el movimiento, impredecible, que lo aproxima dramáticamente al cine. Es como si cada escena estuviera viva, fuese real. Y es que Ôtomo no dudó en inspirarse en el cine y aplicar algunos de sus recursos en su película animada. De ahí su tremendo dinamismo o ese desarrollo de la narrativa que prácticamente no da tregua. No sorprende encontrar retazos de la Metropolis (1927) de Fritz Lang, La Naranja Mecánica (1971) de Kubrick o el Blade Runner (1982) de Ridley Scott. Es lo normal. Sin embargo, Akira es un producto netamente japonés, y Ôtomo no dudó en rendir vasallaje también a obras como el clásico Tetsujin 28-gô. 

Si alguien lo dudaba, el film de Akira fue un éxito absoluto en Japón, que pronto dio el salto a Occidente. Marvel compró los derechos del tebeo para su publicación el mismo año del estreno de la película, convirtiéndose en uno de los primeros mangas en ser editados por esta zona del planeta. Y llevarse mucho más adelante un Eisner. Toma ya. Fue una verdadera conmoción. La moto de Kaneda es ya todo un icono pop mundial, y junto a la labor de Ghibli (ese mismo 1988 estrenaron Mi vecino Totoro y La Tumba de las Luciérnagas, por cierto), Akira fue la demostración incuestionable de que una animación de calidad para adultos era posible (con permiso de Ralph Bakshi o Heavy Metal).

No quiero finalizar esta reseña sin dejar de mentar la fantástica banda sonora, que incorpora desde canciones clásicas japonesas como el Tokyo Shoe Shine (1951) de Teruko Atasuki, hasta la inquietante orquesta gamelán (me encanta, he tenido la oportunidad de escuchar su música en directo en varias ocasiones y AMO LA MÚSICA INDONESIA, CAMARADAS OTACOS) del padre del sonido hipersónico Shoji Yamashiro. Es la guinda de ese suculento pastel que es la película de Akira. Juega un papel esencial para subrayar esos contrastes mordaces con los que Ôtomo nos embiste a lo largo del film.

Y hasta aquí llega la reseña. No se me ocurre qué escribir más, aunque seguro que he dejado olvidadas cosas importantísimas en el tintero. Sin embargo, prefiero no dilatar demasiado el post (que bastante chorizo ha quedado ya). Akira es mucho Akira. Espero haber estado a la altura de las circunstancias. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Tránsitos

Tránsito XIV: Serial Experiments Lain

Me parece imperdonable por mi parte no haber escrito todavía una reseña sobre uno de mis anime favoritos, que además es un clásico como lo puedan ser Neon Genesis Evangelion (1995), Ghost in the Shell (1995), Akira (1988) o Môsô Dairinin (2004). Una serie aterradora, impactante y sublime, quizá no tan accesible como las mencionadas, pero sí a su misma altura en trascendencia y calidad: Serial Experiments Lain (1998). Una obra que merece tener un puesto de honor en los Tránsitos, mi sección preferida del blog, y que hoy, por fin, ocupa su legítimo lugar.

Serial Experiments Lain tiene fama de difícil, rara, incomprensible. Y no es una reputación infundada. Sin embargo, también es cierto que su complejidad no debería ser excusa para no aproximarse a ella. Eso tendría un nombre: cobardía. También pereza, o lo que es peor: ambas. Ya lo dijo Kant: “La pereza y la cobardía son las causas de que una gran parte de la humanidad permanezca, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de su vida, a pesar de que hace ya tiempo la naturaleza los liberó de dirección ajena (…) ¡Es tan cómodo ser menor de edad!”. Porque Serial Experiments Lain en realidad es un desafío, y citar al filósofo prusiano os aseguro que no ha sido en absoluto gratuito. Este anime no es una serie cualquiera, exige una mente despierta y libre de prejuicios. Requiere hambre de conocimiento, y no tener miedo de no conseguir todas las respuestas.

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Quizá penséis que esta proclama es algo fuertecita, pero es que Serial Experiments Lain es una serie fuertecita, y resulta preferible no andarse con rodeos. Escribir una reseña sobre esta obra tampoco resulta fácil porque, ¿cómo abordarla con justicia? Así que, en primer lugar, he decidido dirigirme a los que no la hayan visto todavía. Es un enfoque más sencillo que evitará que me vaya por los cerros de Úbeda, divagando. Porque si hay algo que desencadena este anime es exceso de cavilación, y es mejor delimitar un poco el terreno. Lo que me lleva al segundo lugar, que es comenzar por el principio: presentar la obra de la manera más básica posible.

Serial Experiments Lain es un seinen realizado por los estudios Triangle Staff en 1998. Los responsables intelectuales de la bestia fueron Chiaki J. Konaka y Yoshitoshi ABe (guion y diseño de personajes); la dirección estuvo a cargo de Ryûtarô Nakamura, y la producción fue de Yasuyuki Ueda. Si sabéis algo de estos profesionales, seguramente conoceréis obras como Haibane Renmei (2002), Kino no Tabi (2003), de la que tenéis reseña aquí, o Texhnolyze (2003), por lo que pocas bromas con ellos. A finales de los 90 se encontraban en plena forma, y configuraron un equipo de los que pocas veces se repiten. Una conjunción temible y prodigiosa que alumbró una de las series más extrañas e insondables de la animación.

Lain Iwakura es una estudiante de secundaria de 14 años insegura e introvertida, con muchos problemas para relacionarse con los demás. Es solitaria y silenciosa, solo Alice, una compañera de instituto, parece  interesada con sinceridad en su bienestar. Los miembros de su familia viven cada uno recluidos en sus mundos, y rara vez asoman los ojos al exterior. Pero todo dará un vuelco con el suicidio de Chisa Yomoda, una chica de su clase que tras su muerte, ha enviado misteriosos correos electrónicos a sus conocidos. En ellos explica que ya no necesita su cuerpo físico, que vive eternamente en the wired (internet, aunque se encuentra más cerca del concepto actual de Darknet). Lain recibe uno también, y a pesar de que no le interesa demasiado la informática, se aproximará a ella para intentar desentrañar el enigma de esas misivas inquietantes. Su padre, un entusiasta de los ordenadores, al percibir su repentino interés, no dudará en comprarle el modelo más potente del mercado. Sin embargo, su regalo irá acompañado de una advertencia: es indispensable que Lain no confunda ni mezcle la esfera real con la virtual. Pero Lain hará caso omiso, y poco a poco se irá sumergiendo en the wired para descubrir una nueva realidad escalofriante que la engullirá por completo.

Ese, más o menos, es el planteamiento inicial de Serial Experiments Lain. El argumento, que parte con elementos familiares para la otaquería como el entorno escolar, la protagonista asocial y una familia ausente, es el hilo de Ariadna que nos guiará por el laberinto. No es posible perderse si no se suelta, pero no protege al espectador del impacto de lo que presenciará. Porque Serial Experiments Lain es un anime peligroso, una experiencia única y personal que reclamará nuestros cerebros. Demanda que se apague el piloto automático, conmina a un visionado crítico y activo. De otro modo, simplemente resultará una historia facilona naufragando en un galimatías. Y no lo es.

Es indispensable tener presente el año, la época en que nació Serial Experiments Lain. Es una obra que representa con fidelidad ese momento de la historia donde la humanidad se encontraba a los pies de un cambio trascendental: la popularización masiva de internet y su inclusión permanente en la estructura social. La interconexión de equipos informáticos fue una revolución que iba más allá de lo tecnológico, ha transformado nuestro mundo de tal manera que ya no es el mismo que el de hace tan solo dos décadas. Y precisamente en este 2018 se cumplen veinte años del nacimiento de Serial Experiments Lain.

En algunos aspectos Lain ha quedado un pelín desfasada, pero es lo que tiene trabajar ciertas temáticas de la ciencia-ficción relacionadas con la tecnología y la cibernética. Sin embargo, en general se trata de un anime que impresiona por su considerable presciencia. Es totalmente premonitoria, plasma el universo online con una exactitud que asusta, resaltando que se trata de un auténtico mundo paralelo en el que los seres humanos tienen otras caras, otras vidas, tan  reales y enrevesadas como las de carne y hueso. Y que no tienen por qué tener relación entre ellas además. En la red se puede ser un líder de opinión con millones de seguidores, un dios; pero fuera resultar un ciudadano anónimo.

Sigo preguntándome cómo describir  a un otaco neófito esta obra. Y me está costando un poco. Es tanto lo que abarca Serial Experiments Lain, son tantas materias las que aborda, y no poco profundas además, que la hacen una de las series de animación más ambiciosas e intrincadas jamás creadas. Sus autores, para más inri, no se preocuparon ni lo más mínimo en organizar esos contenidos, van brotando como florecillas conforme se va profundizando. Proponen dilemas de gran calado, y dejan en manos del espectador alcanzar una resolución. No alecciona, sino que alienta a que busquemos nuestras propias respuestas. Dada su alta densidad informativa y simbólica, un visionado no es suficiente para conseguir agarrar todos los cabos que nos lanzan. Es posible incluso llegar a conclusiones distintas cada vez que se experimenta. Porque Serial Experiments Lain es toda una experiencia. Trabaja a nivel racional y emocional, es una apuesta potente que no debe tomarse a la ligera.

En tan solo 13 episodios, se las arregla para tocar asuntos como la ingeniería genética, las conspiraciones corporativas, la nanorrobótica como estupefaciente, la resonancia Schumann, el inconsciente colectivo, sociedades secretas, la nueva mitología de la red,  crítica a la sociedad de consumo, y un largo etcétera. Y eso únicamente son detalles, pormenores con su propia importancia que encadenados conforman un tapiz de intrincado diseño, mostrando una realidad constituida de diferentes estratos. En todos ellos goza de especial relevancia la noción del yo. Desde ese cimiento se proyectan el resto de cuestiones, ramificándose sin fin. O casi.

 El yo y la comunicación con sus diferentes entornos, cómo estos lo modifican, incluso son capaces de recrear más de uno. La perpetua conexión entre los que habitamos esos entornos. Y la jerarquía de esos entornos, por supuesto, la necesidad de segregarlos según prioridades. Pero la protagonista, Lain Iwakura, destruirá esa distancia convirtiéndose en un puente entre mundos, difuminando sus fronteras. En su travesía, tendrá que enfrentarse a la verdadera naturaleza de su ser, la función de su existencia, y deberá elegir entre lo que es real y lo que no. Serial Experimental Lain es un corto paseo filosófico que nos arroja a la cara los eternos interrogantes de la humanidad. ¿Qué es ser humano? ¿Qué es estar vivo? A bocajarro. Porque hasta la noción de dios tiene su reflexión en la serie, y no una meditación de poca monta. Existencialismo pop, ontología, dualismo antropológico y gnoseología express para aquellos que sean capaces de atrapar sus luces. Incluso se perciben pequeños destellos cristianos en el sacrificio supremo de Lain.

No estoy siendo confusa a propósito, os lo prometo, es que Serial Experiments Lain resulta indescriptible. Como no podía ser de otra forma, contiene la visión profética del aislamiento de la vida real y una hiperconectividad en la virtual. Porque uno de los temas, entre los cientos, que toca la serie, es el de la soledad. Existen muchas maneras de enfocar este anime, así como son múltiples sus interpretaciones. Sus creadores lo hicieron así conscientemente. Tiene un poquito de mi amado David Lynch, otra pizca de Dark City (1998), unas gotitas de X-Files (1993)… es una obra de su época que mantiene su relevancia en la actualidad. Resulta muy moderna, lo que la convierte directamente en clásico.

Pero si el contenido se manifiesta ya abrumador, el continente se encuentra totalmente a la altura. Serial Experiments Lain se desarrolla con lentitud y celo, al completo servicio de sus imaginativos recursos visuales. No es que fueran en su momento especialmente innovadores, pero a través de ellos fluye la narración. Esto le otorga una atmósfera onírica única de la que se puede esperar cualquier cosa. Los diálogos son breves y abruptos, es el silencio el auténtico maestro de ceremonias. El silencio y los sempiternos armónicos del zumbido de las torres de alta tensión, que con su densidad crearán un efecto mesmerizante difícil de olvidar. Porque esta obra tiene un algo de hipnótico, de alucinatorio, que te absorbe lentamente en su paranoia.

Su arte es simple, casi austero, pero de una expresividad antinatural. Estampa las emociones y sentimientos de una manera muy precisa, utilizando el vacío en sus composiciones para reafirmar la soledad y la imperiosa necesidad de conexión entre unos seres humanos y otros. El diseño de los personajes, a pesar de su sobriedad, resulta una delicia en su ternura infantil, que contrasta con energía con el resto de la serie. Esta maestría era de esperar porque, como antes comentábamos, es Yoshitoshi ABe quien se encuentra detrás. Y la fuerte personalidad de su estilo forma parte del alma de Serial Experiments Lain.

En resumen, Serial Experiments Lain es una de esas obras imprescindibles dentro de la animación japonesa pero que, curiosamente, no están hechas para todo el mundo. Requiere paciencia, mente abierta y un mínimo de actividad neuronal mientras se ve. Sapere aude, camaradas otacos. No todos los dibujitos chinos son mero entretenimiento, hay algunos que osan tener ciertas pretensiones intelectuales. Y dan en la diana, aunque luego tengan que arrastrar una fama ingrata que ahuyente a la gente. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera

Shôjo en primavera: Ryûjin Numa

¡La primavera ya está aquí! No lo parece demasiado, pero el equinoccio vernal lo hemos dejado atrás hace ya unos días, así que SOnC estrena la nueva estación con la sección dedicada a la arqueología del shôjo: Shôjo en primavera. No podía ser de otra forma. Y lo hacemos con un manga escrito y dibujado por el que ha llegado a ser considerado “el Stan Lee japonés”, también llamado el Rey del Manga (manga no ôsama): Shôtarô Ishinomori (1928-1998).

Que no haya aparecido todavía por aquí es cosa seria (no tengo perdón), pues nos estamos refiriendo a un autor histórico, a la altura de Osamu Tezuka, y cuya ingente labor ha sido imprescindible para el desarrollo y evolución del tebeo japonés. Ishinomori es uno de los grandes, sin él el manga moderno y, sobre todo, el tokusatsu no serían igual. Creo que merece la pena que nos detengamos un poquito (solo un poquito, tranquilos) en conocer al mangaka antes de meternos en harina con el cómic que hoy nos ocupa: Ryûjin Numa (1957-1964) o El estanque del dios Dragón.

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En esta foto del año 1969 aparecen importantes autores del gekiga, ¿a cuántos reconocéis? ¿sois capaces de localizar a Ishinomori-sensei entre ellos? ¡Venga, no es tan difícil!

A pesar de la descomunal contribución de Ishinomori a la cultura popular japonesa, casi no se le menciona en Occidente. Se ha escrito largamente sobre Osamu Tezuka, Shigeru Mizuki, Yoshihiro Tatsumi o Sanpei Shirato, sin embargo de Shôtarô Ishinomori no hay tantas referencias teniendo en cuenta además el volumen de su obra y trascendencia. De hecho, en 2007 recibió de manera póstuma el certificado de El libro Guinnes de los récords como el autor que ha publicado más números de comics: 770 títulos diferentes (500 tankôbon) en total. Yo también entono un mea culpa porque en tres años de blog únicamente lo he nombrado de pasada en una única entrada. Pero hoy, más vale tarde que nunca, puedo al final reparar esa fea omisión.

Si hay que comenzar por algún sitio, es de rigor indicar la fecha y lugar de nacimiento: 25 de enero de 1938 en Tome, prefectura de Miyagi, en la región norteña de Tôhoku. Desde niño sintió que su vocación eran los tebeos, y con sus primeras publicaciones en Manga Shônen, siendo todavía adolescente en 1955, llamó la atención de Tezuka, que lo acopló a los artistas de su órbita. Los apartamentos Tokiwa-sô forman ya parte de la historia del manga, y en ellos Ishinomori comenzó a desarrollar su propia carrera. Aunque no hiciera del realismo dramático del gekiga exactamente su bandera y llegara a ser más celebrado por sus extraordinarias obras de ciencia-ficción, manga no ôsama trabajó casi todos los géneros. Incluido el que hoy nos atañe, el shôjo, incorporando además importantes novedades que afectarían a su evolución. Como perteneciente a la generación yakeato, que nació durante la Guerra del Pacífico (1937-1945) y vivió durante su infancia y adolescencia las consecuencias del terrible conflicto bélico, sus experiencias influyeron en sus obras hondamente.

ishinomoriShôtarô Ishinomori es conocido, principalmente, por sus colaboraciones televisivas en series de los 70 basadas en mangas suyos: Kamen Rider (1971), con sus diversas secuelas y encarnaciones; Himitsu Sentai Gorenger (1975) o J.A.K.Q. Dengekitai (1977), que asentarían los cimientos del super sentai, alcanzando fama internacional. Pero en el mundo del manga, que fue realmente la disciplina donde se explayó, fue responsable de grandísimos clásicos como Cyborg 009 (1964-1979), el ya mentado Kamen Rider o seinen históricos como Sabu to Ichi Torimono hikae (1966-1972) o Hokusai (1987). No obstante, a mí, personalmente, me llama la atención su labor en el gekushû o manga de entretenimiento educativo. Fue un auténtico pionero en este género, que se dirigía tanto a un público adulto como juvenil, y en el que predomina el espíritu pedagógico. Muy interesante pinta la historiografía del cómic que realizó en Manga Nihon no Rekishi (1989-1993), planteando sin rodeos un Japón integrado en un continuum cultural junto a China y Corea, una noción alejada por completo del tradicional (y extendido) nacionalismo nipón que siempre ha enfatizado la singularidad e impermeabilidad de la nación japonesa.  Y totalmente visionario fue su Shônen no tame no manga-kanyûmon (1965), un manual para que jóvenes aspirantes a mangaka pudieran aprender los primeros rudimentos de la profesión. Él fue el primero en crear un tebeo de estas características a nivel mundial.

Sin embargo, el cómic estrella de hoy es un shôjo, como antes comentábamos. Porque como muchos de los fundadores del manga moderno, Ishinomori realizó unas cuantas obras en esta demografía. Y a pesar de que no gozaba ni del mismo respeto ni prestigio que su hermano el shônen, y ni muchísimo menos el seinen, nuestro amigo shôjo tiene una importancia capital en el tebeo japonés. Más allá del tradicional desdén o indiferencia que despierta todavía,  el mal llamado “género para chicas” tuvo en su infancia unos cuantos paladines que no lo hicieron nada mal. De hecho, Môto Hagio, una de las renovadoras de la demografía, no duda en citar como influencia a Osamu Tezuka y, como no podía ser de otra forma, a Shôtarô Ishinomori. Su manga Poe no Ichizoku (1972-1976), del que tenéis su reseña aquí, posee una gran influencia de la obra que precisamente vamos a tratar hoy: El estanque del dios Dragón.

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Ryûjin Numi en realidad es una colección de seis historias cortas que Ishinomori fue dibujando desde 1957 hasta 1964. La primera y la última, que tienen casi el mismo nombre, Ryûjin Numa y Ryûjin Numa no shôjo, son dos versiones distintas del mismo cuento. A salvedad de este dúo de one-shots, ninguno más comparte vinculación. Son narraciones distintas y con estilos diferentes, en los que es posible observar la evolución estilística de Ishinomori y su gran versatilidad.

Ryûjin Numa

Es el cuento que da título al tankôbon, publicado por la legendaria revista Shôjo Club. Es el único, junto a su primer avatar Ryûjin Numa no shôjo, que tiene lugar en un contexto puramente japonés. Narra la llegada de Kenichi a su pueblo durante las vacaciones de verano, donde le espera su prima Yumi y sus tíos. Pronto tendrá lugar el festival donde el kami de la laguna sagrada, un dragón, es venerado con diversas celebraciones. Un espectáculo folclórico de gran colorido que Kenichi no quiere perderse. Pero algo raro sucede en la aldea, fenómenos extraños rodean el estanque, donde se aparece una enigmática y bella muchacha vestida con un fino kimono. Y, lo más importante, parece que el dios dragón se encuentra muy descontento y está provocando serias desgracias entre algunos habitantes del pueblecito. El sacerdote del templo está convencido de que para calmar su furia serían necesarias ofrendas de dinero. ¿No huele un poco a chamusquina? Eso le parece a Kenichi, así que, fascinado por la visión de la doncella y, a la vez, receloso por lo que está acaeciendo, decide investigar los acontecimientos.

dragon4Ryûjin Numa es un cuento fantástico con destellos de intriga y el acostumbrado romance por parte del personaje principal femenino. Kenichi parece ajeno a los esfuerzos de Yumi, recién llegada a la pubertad, porque los ojos de su primo están fijos en la esquiva mujer que parece encontrarse en el meollo de todo el misterio. ¿Cuál será el desenlace de estos secretos? Ishinomori no decepciona en el desarrollo de la historia, con un final agridulce muy adecuado.

Yoru wa Sen no Me wo Motteiru

Noriko Umemiya es una joven universitaria huérfana que aspira a trabajar como tutora de los chicos de una familia acomodada. Son tres hermanos rebeldes que se han criado sin la presencia de su madre, por lo que a Noriko le cuesta ganarse su confianza. Pero esa no será la única dificultad con la que se tope la joven. El padre de la chavalada parece también un hueso duro de roer, al que le persigue un pasado desgraciado y turbulento. Nuestra protagonista se verá envuelta en una serie de incidentes misteriosos y que ocultan un gran peligro del que tratará de proteger a sus pupilos.

Acción, suspense y un final que desvela una confidencia inesperada… aunque para Noriko solo representa la meta a la que aspira toda chica japonesa de la época (y parece que actualmente también). Un shôjo siempre será un shôjo, y más en la década de los 60. Por lo demás, Ishinomori se atreve a tomar prestados elementos del gekiga e introducirlos en su historia, aportando cierta crudeza insospechada. Un relato bastante curioso.

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Mizuiro no Hoshi

Se trata del one-shot más clasicote, al menos desde nuestra perspectiva, pero que en su momento fue bastante innovador. Una historia romántica en el Moscú decimonónico, donde dos jóvenes se conocen en circunstancias dramáticas y se enamoran. Ellos son Maria y Leonid; ella estudia canto en la Escuela de Música, y él es un pobre escritor con problemas de autoestima. Muy pronto, Maria destaca entre sus compañeras y el gran compositor Ruskin la elige como estrella de su próxima y gran ópera. El triángulo amoroso está servido, se masca la tragedia, ¿qué sucederá? Nada a lo que el Grupo del 24 no nos haya acostumbrado, pero de una forma mucho más sencilla y tosca. Quizá sea el relato más flojillo de los seis, sin embargo su valor se mide en la cantidad de características que vaticina del shôjo de los 70.

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Kiri to Bara to Hoshi to

Es el one-shot más ambicioso del recopilatorio y, como indica su título, La niebla, la rosa, la estrella y…, está dividido en tres partes, preludiadas por citas de autores como Hermann Hesse (1877-1962) o Dante Alighieri (1265-1321).  La niebla es una historia del pasado, donde la protagonista, Lily, nace como vampiro; La rosa pertenece al presente, en la que se desarrolla un crimen que Lily deberá resolver para limpiar el honor de los vampiros; y La estrella se encauza en un futuro (realmente nuestro pasado, pues el mangaka lo sitúa en 2008) donde unos monstruos similares a los de la mitología grecorromana invaden la Tierra procedentes de Marte.

Este último, La estrella, es el más bizarro del trío. Una mezcla de ciencia-ficción bobalicona, pero bastante audaz, con melodrama folletinesco. Muy Serie B, lo que me entusiasma, y que además se atreve a lanzar sus propias reflexiones filosóficas sobre la naturaleza humana y vampírica. Lily es una vampira que, en cierta manera, detesta su condición, pero la acepta procurando causar el menor daño. Mantiene su vampirismo oculto, y vive su existencia fingiendo ser una persona normal. Siente una gran empatía por la que fue su especie, de alguna manera todavía no ha renegado de su humanidad.

Kiri to Bara to Hoshi to es el más Tezuka de los cuentos que Ishinomori incluyó en la compilación, tanto en el argumento como los recursos artísticos. A pesar de la intriga, la acción y las bonitas pinceladas de terror gótico, ahí tenemos muy presentes los gags cómicos que más que divertir, cortan el rollo bastante. Pero eran otros tiempos, y este tipo de elementos se consideraba necesario incluirlos, y así modelar un tebeo adecuado para las mentes más jóvenes. Relajar la tensión y oscuridad de las historias, porque, recordemos, no dejaban de ser shôjo.

Kaigara no Yôsei

El elfo de la concha o Kaigara no Yôsei es un cuento sencillo sobre un elfo (yôsei es la palabra que se utiliza en Japón para las criaturas mágicas occidentales como hadas, duendecillos o elfos) que cuando es atrapado por algún humano, debe concederle tres deseos para así liberarse. Y es lo que les ocurre a tres hermanos en una playa, encuentran una concha donde habita un ser de este tipo. Por supuesto, les concede sus peticiones aunque, como en todos los anhelos cumplidos, existe una letra pequeña. Kaigara no Yôsei es una historia tierna sin presunciones que se lee con verdadero placer.

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Ryûjin Numa no Shôjo

La primera versión del relato, que data de 1957, es mucho menos refinada y carece de los detalles de su hermana pequeña. Contiene los ingredientes básicos: el amor no correspondido, la doncella misteriosa, la corruptela económica; pero narrada con más rapidez y sin la riqueza de matices del one-shot posterior. Si embargo, es el dibujo lo que me ha entusiasmado, por su aire primitivo y de bella geometría. Ese candor e inocencia resultan deliciosos, así como esa disposición tan elemental de las viñetas. El románico del manga, camaradas otacos, también posee su magia.

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Los protagonistas tampoco se llaman igual, aquí son Akira y Miki; pero su dinámica personal es la misma: la indiferencia, los celos y la dicotomía amor real vs. amor inalcanzable. Unos patrones que veremos repetidos una y otra vez en la demografía con mayor o menor fortuna; y cuyo desenlace también variará dependiendo del grado de madurez que el autor quiera dispensar a su obra. En este caso, Ryûjin Numa no shôjo alcanza un final mucho menos cruel que el que siete años más tarde Ishinomori concebiría, aunque no por ello resulta menos encantador.


Como en todas las obras clásicas shôjo, no pueden faltar los elementos que lo caracterizan, como el entorno occidental idealizado. Las referencias a obras literarias europeas están muy presentes, como la poesía de Francis William Bourdillon (1852-1921) o Algernon Charles Swinburne (1837-1909). Por no hablar de que imprescindibles como El Fantasma de la ópera de Gaston Leroux, Carmilla de Sheridan LeFanù o el musical The sound of music sobrevuelan continuamente sobre estas pequeñas historias. Sin embargo, no podemos negar que el cuento principal, que da nombre a la compilación, es de ascendencia japonesa, incrustado en el rico folclore del sintoísmo.

Me ha llamado muchísimo la atención cómo Ishinomori, en el one-shot Mizuiro no hoshi, que quizá sea el relato más simple y fiel a la demografía, decidió mantener la presencia de ciertos recursos del emonogatari. El emonogatari fue un formato híbrido entre tebeo y novela, una especie de “libro ilustrado” dirigido al público joven. Eran como versiones impresas de los cuentos de los kamishibai, con un dibujo naturalista y fuerte presencia de texto. Durante unos años compitieron en popularidad con el manga, hasta que fue barrido por este a finales de los 50.

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Shôtarô Ishinomori, a pesar de la pureza infantil con que impregna los cuentos, introduce ingredientes que no son tan esperados en el shôjo, al menos en esa época. El misterio, el terror, la ciencia-ficción ¡y el noir! Es realmente sorprendente encontrar estos géneros en una demografía que, por entonces, se dedicaba más bien a formar a las niñas japonesas para que fueran las perfectas esposas, madres y amas de casa. Para ello, Ishinomori coloca de protagonistas de la acción a personajes masculinos, dejando los femeninos en roles mucho más acordes con los ideales del momento: bellas muchachas de carácter sumiso, casi siempre pasivo y enfocado a la esfera de los sentimientos. Uno de ellos, no obstante, Kaigara no Yôsei, se aleja un poquitín de esa disposición, tomando las premisas de un slice of life fantástico muy lindo.

Ninguno de los argumentos sorprende, de hecho la resolución de un par de ellos es tremendamente manido, y en eso se nota que son obras de hace cincuenta años. Tienen mucho de folletinesco, y la violencia explícita es un recurso que Ishinomori no duda en invocar, lo que hace de estos one-shots obras, por otro lado, bastante insólitas. Es indudable que se trata de un shôjo que ya se percibe distinto, Ryûjin Numa auspicia lo que unos años más tarde el Grupo del 24 ofrecería al mundo: la revolución.

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Bocetos de Ryûjin Numa no shôjo (1956)

Shôtarô Ishinomori respeta totalmente el estilo gráfico del shôjo, con esos enormes ojazos estrellados y detalles románticos florales. En todos, además, la influencia de Tezuka y su Ribbon no Kishi (1953-1956) es cristalina. Los personajes cómicos o malvados aparecen totalmente caricaturizados, con el típico trazo Disney en su dinámica; sin embargo, en Mizuiro no Hoshi el estilo es muy distinto, fluye a borbotones del jojô-ga, resultando extraordinariamente cercano al que luego desarrollaría Riyoko Ikeda. Esta diversidad estilística es maravillosa para poder observar la evolución del dibujo shôjo, no solo la del propio mangaka. El progreso de una demografía que tanto ha aportado, y continúa haciéndolo, al arte del tebeo japonés. En Kiri to Bara to Hoshi to se comienzan a apreciar también los modos y formas que una década más tarde serían la seña de identidad de la demografía.

Pero no solo brota exuberancia, Ishinomori también ofreció delicado minimalismo, también nos descubrió la belleza de los vacíos y silencios que son pura poesía. Una esencia netamente japonesa que rezuma sus jugos en la encarnación más joven de Ryûjin Numa.

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Ryûjin Numa es una bonita compilación de seis one-shots que hará las delicias de los amantes de la historia del manga. Tienen la virtud de ofrecer al ojo observador la historia estilística del shôjo mediante unos relatos de argumento atractivo. Como casi todo volumen recopilatorio, su contenido resulta bastante heterogéneo; y las historias no pueden presumir del mismo nivel de calidad. No obstante, a pesar de sus diferencias no se puede decir que haya alguno realmente malo. Todos poseen su interés y entretienen, aunque no habría que olvidar a la hora de abordarlos que son hijos de su tiempo. Juzgarlos desde la óptica del presente no es que resulte solo estúpido, sino también bastante injusto. Si eres fan del shôjo, deberías leerlos; si eres fan del manga en general, tendrías que hacerlo igualmente. Son ya historia. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

literatura, Microrreseñas

Microrreseña: Magia China de Algernon Blackwood

Algernon Blackwood (1869-1951) es uno de mis escritores favoritos, lo descubrí leyendo en mi adolescencia a H.P. Lovecraft, que en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1927) le dedicaba grandes elogios. Me llamó mucho la atención, fue una especie de flechazo. Y a no mucho tardar, leí un relato corto suyo, El Wendigo (1910), incluido en una antología que realizó Alianza Editorial llamada Los mitos de Cthulhu y otros cuentos (1968). Fue mi primer contacto con él y, a partir de entonces, el señor Blackwood me acompañaría toda la vida. Junto a Lord Dunsany y Arthur Machen conforma mi tríada mágica de fantasía, horror y belleza.

Os preguntaréis qué pinta un escritor inglés en un blog dedicado a la cultura japonesa y oriental. Pues muy fácil, estos días he releído un cuentecillo de su autoría, Magia china (1920), que remite, como bien deduciréis, a la majestuosa e infinita Catai. Y la nostalgia me ha secuestrado hasta el tuétano de los huesos, por lo que decidí darle un pequeño homenaje a mi querido Bosquenegro, aunque fuera de manera un poco tangencial. Es mi blog y hago lo que me da la gana, ¡ea!

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El maestro Algernon Blackwood

Algernon Blackwood era un panteísta, un fervoroso devoto de la Naturaleza a la que respetaba y temía al mismo tiempo. Veneraba su poder y belleza, a la vez que la dotó en sus relatos de una especie de conciencia, una conciencia que lo abarca todo y se expresa a través de seres primordiales, casi como divinidades, que trascienden la moral humana.  Terribles, grandiosos, atemporales; y que cuando irrumpen en la esfera del hombre pueden otorgar el éxtasis o ser portadores de locura y muerte. Blackwood fue un escritor pagano que también se dedicó a los cuentos de fantasmas, pero siempre marcados por la metafísica ocultista de su época: la Teosofía y la Orden Hermética de la Aurora Dorada (Golden Dawn). No cabe duda de que fue un Iniciado, y en sus obras así lo plasma, pero de una manera sutil y respetuosa.

El relato que nos incumbe hoy, Magia China, está incluido en el que es uno de los tesoros más amados de mi biblioteca, desde que lo compré allá en un lejano 1995: El valle perdido (Siruela, 1990). La primera vez que lo leí fue en una biblioteca pública, y no pude vivir ya sin él; me lo compré tras un año sacándolo prestado sin parar como una enferma mental. Nunca me cansaré de repetir lo agradecida que estoy a Siruela por su colección El Ojo sin Párpado, del que formaba parte El valle perdido o La casa vacía, ambos de Algernon Blackwood. Simplemente mágica, lo mejor que se ha publicado en España en fantasía, misterio y terror, con permiso de la labor que está realizando actualmente Valdemar.

Una brisa ligera entró por la ventana, temblaron los huertos lejanos, al pie de la colina: se elevaron, flotaron en la oscuridad y, casi en seguida, me descubrí en un quiosco de flores; un río azul se extendía centelleante bajo el sol, ante mí, serpeando por un valle encantador donde había grupos de árboles floridos entre mil templos diseminados. Empapado de luz y de color, el Valle dormitaba en medio de una belleza apacible que infundía lo que parecían ser anhelos imposibles, inalcanzables, en mi corazón. Deseé adentrarme en esas arboledas y templos, bañar mi alma en ese mar de tierna luz, y mi cuerpo en el frescor azul del río perezoso. Tenía que rendir culto en mil templos. Sin embargo, estos anhelos imposibles quedaron satisfechos en seguida. Al punto me descubrí en aquel lugar… al tiempo que por mi cabeza desfilaba lo que calculo que abarcaría siglos, si no eras. Estaba en el Jardín de la Felicidad, y su perfume maravilloso disipaba el tiempo y el dolor; no había fin que pudiese encoger el alma; ni principio, que es su estúpido extremo opuesto. Ni había soledad.

Pero regresando a El valle perdido, este contó con la magnífica traducción de Francisco Torres Oliver, el mejor y más importante especialista de literatura anglosajona fantástica que hemos tenido nunca. Los cuentos que conforman el volumen son todos extraordinarios y siguen esa estela irreal, a ratos también feroz, de ascetismo neopagano que fascina y absorbe lentamente como un teatro de sombras. También hay lugar para el amor, pero se trata de un sentimiento que aunque no está exento de intensidad, se halla situado en los parajes nebulosos del platonismo. Magia china narra el reencuentro de dos amigos tras muchos años de separación; uno de ellos ha encontrado su razón de ser en China y detalla sus experiencias, sobre todo las relacionadas con un misterioso incienso que conduce el alma al Jardín de la Felicidad. ¿Una referencia por parte de Blackwood al maravilloso YuYuan (豫园) de Shanghái? ¡Quién sabe!

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“Montañas y cascada” de Liu Yunfang

Magia china es un pequeño cuento que, como muchos de los relatos de Blackwood, se deleita en ensoñaciones filosóficas y atesora la delicadeza del misticismo oriental, idealizando la espiritualidad y pensamiento chinos. Esa mirada típica a Oriente como lugar de perpetuos enigmas y exotismo, que en esta historia queda sublimada por la admiración del autor a su sabiduría ancestral. El refinamiento y sofisticación de una cultura antiquísima, que con su serenidad supera a Occidente en su búsqueda de la Eternidad. China es embellecida a través de sus clichés y convertida en poesía, el arquetipo de la perfección frente a los zafios europeos. Esa es la noción que transmite uno de los protagonistas, enamorado de China; un visionario que se rinde a su dominio y postra su propio destino ante su trono. El otro, sin embargo, representa el pensamiento crítico y el pragmatismo que, aunque ocasionalmente pueda ceder a la utopía, su sino es la destrucción, muy a su pesar. Dos caras de una misma moneda.

Os invito a que le deis una oportunidad, pues se trata de un relato lleno de presagios e inquietantes certezas, donde el amor juega un papel trascendental como intermediario entre dos mundos que construyen una realidad más vasta y pavorosa de lo que nadie podría imaginar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera

Shôjo en primavera: La doncella de la mansión de las rosas

Ya estamos en primavera. Y Shôjo en primavera regresa con vosotros, pero porque así lo decidisteis en la encuesta de twitter, no os creáis. Obtuvo el segundo lugar tras quedar en tablas 2017: un siglo de anime y Manga vs. Anime. Al pobre Cómic Occidental lo relegasteis de manera humillante al último puesto, con apenas un par de votos. Sois crueles. Pero a la siguiente entrega me resarciré.

Excavando por internet en esas fosas solitarias donde permanecen en silencio los escasos fósiles del shôjo, una se da cuenta de que sobre todo fueron autores masculinos los que, en su génesis, impulsaron la demografía. Eso no quiere decir que no hubiera mujeres, que las había (Toshiko Ueda, Hideko Mizuno), pero eran muy, muy pocas. Y de momento no hay restos arqueológicos suyos legibles por la red. En ningún estrato. La Prehistoria del shôjo es dura, camaradas otacos, en múltiples aspectos. Hay que esperar hasta mediados de los años 60 para hallar alguna lectura disponible; y fue entonces cuando nuestra mangaka protagonista de hoy, Riyoko Ikeda, junto a otras compañeras de generación, comenzaron a manifestar sus primeros balbuceos editoriales. No sé si hace falta que aclare quién es esta creadora, pero es una señora muy importante. Suyo es el poder y la gloria de La Rosa de Versalles (reseña aquí), un clásico entre clásicos.

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Ikeda Superstar

Riyoko Ikeda formó parte del fabuloso Grupo del Año 24, en el que militaron diferentes mangakas. No hay un número fijo de componentes, aunque algunas de sus cabezas más visibles fueron (y son) Môto Hagio, Keiko Takemiya o Ryôko Yamagishi. No es la primera vez, ni será la última, que escriba sobre El Grupo del 24, porque revolucionaron el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, bara3porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Enriquecieron, en general, el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando incluso nuevos géneros como el yuri o el yaoi. Estas mujeres estaban destinadas a hacer historia, no obstante todos los maestros deben dar sus primeros pasos, y no tienen por qué ser obras superlativas. Generalmente no lo son, pero sí resultan útiles para comprender mejor la evolución de los autores. E incluso a veces descubrir pequeñas gemas. 

Bara Yashiki no Shôjo (1967) o La doncella de la mansión de las rosas fue el debut de Riyoko Ikeda. Tenía 19 años cuando se publicó en Shôjo Friend, perteneciente a Kodansha, donde la mangaka desarrollaría luego la mayor parte de su carrera. No podía faltar en Shôjo en primavera como obra primigenia de una de las principales renovadoras de la demografía. bara1Se trata de un simple one-shot, pero muy elocuente respecto al estilo que más adelante desarrollaría. En él encontramos ese gusto por el misterio y la intriga que sus protagonistas querrán desentrañar; el recurso de la enfermedad terminal, presentado de manera romántica; el amor trágico no correspondido, y el símbolo que acompañará las obras de Ikeda de forma casi permanente: la rosa.

Es una obra muy sencillita y con la influencia de Osamu Tezuka bastante visible, sobre todo en sus técnicas cómicas y el diseño general de los personajes. La protagonista, Tomoko, no deja de ser un homenaje a la princesa Sapphire de Ribbon no Kishi (1953); y su hermano, Ken, un calco de Eiji Kusahara de Angel no Oka (1960). Y tampoco tiene nada de particular, estamos hablando de un tebeo primerizo, e Ikeda jamás negó su admiración por Manga no kamisama, del cual han aprendido (y continúan aprendiendo) muchísimos mangakasBara Yashiki no Shôjo además cumple 50 años este 2017, escribir un poquito sobre él es una manera de celebrar el medio siglo de carrera profesional de Riyoko Ikeda. Tampoco puedo alargarme mucho, ya que se trata de un manga muy breve, de escasas 32 páginas. Sin embargo, en tan sucinto espacio logra construir una arquitectura de relato sólida y coherente. No la más original del mundo, aún comparándola con sus contemporáneos, pero que a pesar de su aire bisoño, presagia en ciertos detalles una futura revolución.

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Bara Yashiki no Shôjo comienza en primera persona, como una confesión. La voz que nos adentra en este cuento de misterio duda de que la vayamos a creer, porque lo que tiene que relatarnos es extraordinario. Ella es Tomoko, una chica de unos 12 años un poco inocente pero audaz. Disfruta con su hermano, estudiante universitario, de una vida feliz y acomodada, sin grandes contratiempos. Un día, de camino a casa regresando del colegio, se tropieza con una muchacha. Parece que vive en la solitaria mansión de la colina, donde las rosas florecen. El encuentro la deja turbada por la belleza y extraño silencio de la joven. ¿Quién es esa enigmática muchacha de mirada triste? En muchas otras ocasiones volverá a aparecerse frente a nuestra protagonista y su hermano, Ken, sin conseguir ninguno de ellos dilucidar su identidad. Tomoko es una romántica empedernida, por lo que imagina que está enamorada de Ken y ansiosa por confesarle sus sentimientos. Al llegar el verano, y sin saber mucho más de la muy bella pero anónima doncella, reciben una invitación de su tío para pasar unos días en el campo. No lo dudan y deciden acudir, así además podrán ver a su elegante prima Shizu. Lo que ignoran es que van a ser unos días insólitos desde el inicio del mismo viaje.

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El elenco es un poco cliché, también se encuentra algo desdibujado (sobre todo Shizu y Kenichiro), pero tampoco se le puede exigir mucho más a un one-shot. Me ha sorprendido que, a pesar de la ingenuidad que destila Tomoko, es una moza con iniciativa y despierta. Algo no tan común en el shôjo, donde abundan las protagonistas apocadas y pasivas. Quizá se deba a que todavía es una niña, y se le conceden aún ciertas libertades. Los personajes femeninos mayores, sin embargo, ya presentan esa modestia femenina tan característica de la demografía, en la que el amor tiene un papel fundamental.

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Ikeda marca muy claramente dos mundos distintos en su manga: el contemporáneo y occidentalizado de Tokio, en el que Tomoko nos es presentada como una jovencita moderna y atrevida, que comparte aficiones sofisticadas con su hermano (comida francesa e italiana, visitas a exposiciones de arte europeo, etc); y el tradicional del ámbito rural, donde el elemento sobrenatural goza de su espacio natural y sella el desenlace. El festival de verano (¿quizá el O-Bon, relacionado con los difuntos?), con sus noches alegres y enigmáticas a la vez, firman la conclusión. El arte de Ikeda es limpio y fresco, con el típico dinamismo tezukiano y sin abusar de esos floripondios que luego infestarían el shôjo como si no hubiera mañana. De hecho, esa escasez floral resulta maravillosa, lástima que luego se convirtiera en marca de la casa. Los fondos y paisajes son bastante esquemáticos, sin demasiados pormenores, aunque competentes. Sin embargo, la expresividad de los personajes es genial, de lo mejor del manga.

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Bara Yashiki no Shôjo es un típico kaidan japonés, con final ambiguo incluido y sus momentos de suave melancolía. Todo con enorme candidez y vueltas de tuerca bastante pronosticables, pero en conjunto entretenido. Tiene la peculiaridad del elemento sobrenatural que en Riyoko Ikeda no es muy habitual; y a pesar de ser un manga verdecillo en algunos matices, resulta una lectura digna. Además el romance no tiene una presencia fuerte (¡qué alivio!), aunque sí su importancia. La doncella de la mansión de las rosas resulta un tebeo muy tierno en general, imprescindible para todos aquellos que admiren la obra de esta mangaka. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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¿Y ahora qué toca? Primavera 2017

Ya estamos acabando la temporada invernal de anime 2017, ¡qué rápido se me ha pasado! Siempre hago comentarios similares, pero es la purita verdad. Como se intuía, ha sido bastante fofilla… pero había que darle su oportunidad, porque alguna cosa en limpio se ha sacado. Al menos servidora lo ha logrado, pero sin mucha alharaca. ¿Cómo se presenta esta primavera? Pues de forma muy distinta. Hace un par de semanas ya empecé a echarle un ojo, porque barruntaba marabunta de estrenos apetecibles. Y al ahondar, se confirmaron mis sospechas, of course. ¿¡De dónde voy a sacar tiempo para vivir si tengo que manducar todo este anime!? ¿Eh? ¡A ver! ¿De dónde? Pero no hay problema, camaradas otacos, como siempre ocurre, la mayoría de ellos se caerán del cartel. O si el panorama es tan-tan-tan maravilloso,  me veré obligada a aparcar algunos. Pero dudo que se dé el caso.

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“Mujer jugando con gato” (circa 1825) de Utagawa Kunisada

Como es habitual, aviso de que solo tendré en cuenta los estrenos. Tampoco voy a añadir ni sinopsis, ni estudios, ni tralarí-tralará. Me agota toda esa burocracia del anime, y creo que a estas alturas la mayoría de vosotros ya conocéis esa información. Y si no, os remito a la entrada pertinente de mis compis en Otakus Treintañeras, que seguro han añadido algunos datos. Son mucho más aplicadas que yo. Sin embargo, antes de meterme en harina, tengo que admitir que la temporada primaveral está marcada para mí por el regreso de dos series. Un dúo del que esperaba ansiosa segunda temporada: Shingeki no Bahamut y Uchôten Kazoku. Luego ya, aparte, la arribada de la película Yoru wa Mijikashi Arukeyo Otome de Masaaki Yuasa, que se estrenará el 7 de abril (cuando San Juan baje el dedo en el resto del planeta). Lo demás es casi casi accesorio. Nah, tampoco tanto, aunque sí es cierto que ese tándem eclipsa algo lo demás. Por lo menos en mi caso. Veremos si entre tanto pastelito de frambuesas equinoccial, alguno aguanta el tirón de los dos primeros episodios y es capaz de rivalizar con mi pareja de ases. ¡Empecemos!


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Para los novatos en SOnC, en esta categoría coloco los anime que, aunque me apetece ver, tampoco me entusiasman demasiado. A priori. Las tornas pueden cambiar… para el escaparre absoluto o el amorsinfin. Nunca se sabe. También pueden continuar pareciéndome indiferentes, lo que supone en muchas ocasiones que hace falta cavar zanjas en las islas Sandwich del Sur.

TSUKI GA KIREI

Es el que menos me convencía de los que tenía seleccionados para NiFúNiFá, tanto por la ambientación escolar (estoy haaaartaaaaaaaaa) como por el dibujo, que en el trailer me pareció la cosita más anodina del multiverso. Cada vez tolero peor ese lustre informático de textura plasticoide y peste ultrahigiénica. Me da un yuyu tremendo esa asepsia que hay tan extendida ahora. Pero quería darle una oportunidad, quizá vaya más allá del típico slice of life hasta el ojete de barbitúricos, o del school life de prepúberes desentrañando el sentido de la amistad y la vida. Si no abusa del melodrama la cosa prometerá; ante todo que no sea muy cursi. Por favor.

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FUKUMENKEI NOISE

Más adolescentes en la dieta. Esta vez con la música de telón de fondo, que es lo que realmente me ha atraído de este anime. Es un shôjo, por lo que las posibilidades de que la protagonista sea una lerda en busca de novio se multiplican por mil. En este caso tiene pinta además de rarita traumatizada. El trailer me ha dado una sensación desagradable, con esa gosurori del parche pululando y tanto niño malote haciendo poses. No sé si será una serie sin mucha sustancia al final o que realmente merezca la pena. Como albergo bastantes dudas, tendrá sus dos episodios de gracia.

P.D.: Las chicas, aparte de cantar, también podemos componer música. Algunas de hecho lo hacemos. Yo informo, porsiaca.

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ALICE TO ZÔROKU

Ciencia-ficción, slice of life y muchitas dosis de ternura. Una niña con poderes y un anciano de carácter agrio. No sé por qué, pero me viene a la cabeza Heidi y su abuelo. Imagino que el asunto tirará por ahí, aunque modernizado. Bueno, en realidad espero que no tire por ahí, porque entonces mandaré la serie a escaparrar. Heidi no hay más que una. El tema de la redención del típico personaje asocial mediante la intervención de un niño me cansa enseguida. Y la mozuela protagonista encima tiene como pinta de loli. Agh. No sé si bascularán más hacia la vertiente sci-fi, con el rollo conspiranoico de la experimentación, la persecución, los otros especímenes, etc; o la irrupción del terremoto infantil en la escrupulosa vida de un hombre mayor. Lo ideal sería un equilibrio entre ambas, que además le brindaría originalidad. ¿Qué será? Pues habrá que esperar, chavalada.

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Como bien da a entender el cutredibujito, estas son las series que, por lo leído y visto, me provocan más hambre. ¿Es factible que me indigeste con alguna? Por supuesto, es ley de vida otaca. Aunque de momento solo puedo elucubrar, y no tengo demasiado de sibila. Ya veremos qué sucede. Meanwhile…

ATOM: THE BEGINNING

Como ya sabréis, suelo avalanzarme como perro famélico sobre todo aquello que huela a Osamu Tezuka. Atom: The beginning es una precuela del archiconocido clasicazo Astro Boy o Tetsuwan Atom (1963) que si se enfoca adecuadamente, puede resultar muy interesante. El trailer no me ha dicho gran cosa, para bien o para mal. No sigo el tebeo en el que se basa, donde el hijo de Manga no kamisama, Makoto Tezuka, trabaja también junto a Tetsurô Kasahara y Masami Yûki; pero a poco que el anime me convenza, intentaré hincarle el colmillo. Que el director de la serie sea Tatsuo Saitô me brinda algo de confianza por la absurda razón de que su adaptación de Nekojiru Udon (1990) me dejó encantada, aunque esto en realidad no significa gran cosa. Puede perfectamente descolgarse con un adefesio, todos los directores tienen como mínimo uno en su haber. No obstante, le tengo fe. Y ganas. Veremos si se encuentra a la altura de las expectativas.

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WARAU SALESMAN NEW

Un clásico del suspense. Warau Salesman es el epítome de la maldad enmascarada de buenas intenciones y una sonrisa. Me alegra que hayan retomado la idea del manga del gran Fujio Fujiko para darle nueva vida. El anterior anime data de hace más de veinte años, requería una actualización. Desconozco qué formato tendrá, imagino que episodios de cinco minutos, pero habrá que esperar a más información. El vendedor que sonríe es una recreación del mito de Fausto a la japonesa, con mucho humor negro y cientos de escalofríos. No está mal que dejen caer alguna perlita así dirigida al público adulto, que seremos pocos, ¡pero ahí estamos!

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SEKAI NO YAMI ZUKAN

Estoy bastante entusiasmada con este anime, con sinceridad. Tendrá formato de capítulos cortos y estará dedicado a distintas historias sobrenaturales y fantásticas del mundo. Por la información que me ha llegado, hará hincapié en el espíritu pulp de los años 50-60, lo que me parece ma-ra-vi-llo-so. Como obstinada fanática del género de terror que soy, no me lo podía perder. El director es Noboru Iguchi (Yami Shibai) y cuenta con la colaboración del actor Takumi Saito como narrador también. Mucho me temo que será de esas series que no podré seguir semanalmente tal como me gustaría, ya que dudo que la subtitulen al mismo ritmo que las más populares. Porque Sekai no Yami Zukan la veremos cuatro y el de la guitarra, claro. O a lo mejor no, ¿podría ser? Hum.

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SAKURA QUEST

Cuando leí la sinopsis de este anime, me acordé automáticamente de un colega bloguero que se encuentra estudiando turismo (paladeando también los sinsabores del feroz mundo laboral): Juan de El Baúl de las Opiniones. Por cierto, lleva milenios sin actualizar su bitácora, y es una lástima porque siempre tiene buenas ideas. A lo mejor cuando se sienta más ligero nos da una sorpresa. Sakura Quest me ha recordado bastante a Shirobako, y si resulta la mitad de buena que fue esta última, pienso que se convertirá en una de las apuestas seguras de la temporada. El tema no es que me atraiga demasiado, pero puede ser una estupenda forma de conocer mejor el medio rural japonés y sus problemas, como la despoblación y el envejecimiento. Por otro lado, creo que es un desafío pelín arriesgado máxime teniendo en cuenta que el público habitual de anime no suele ser muy paciente con las temáticas que se salen de la tónica. Y ya solo por eso merece mi apoyo. MyAnimeList indica que es una comedia, lo que me parece de lo más adecuado para lograr mayor accesibilidad. Deseo muy fuerte que no me aburra ni la encuentre una estupidez. Veremos.

sakura

KABUKIBU!

Llevo desde hace unos meses, cuando vi por primera vez germinar esta serie en MyAnimeList, soportando una enorme curiosidad. Hay tres motivos para ello: el diseño de los personajes ha corrido a cargo de las CLAMP; trata un tema que me gusta mucho, el teatro kabuki; y el proyecto lo saca adelante el estudio DEEN, que el año pasado me dio dos grandísimas alegrías: Rakugo y Tonkatsu DJ Agetarô. Lo único que me chirría es el sempiterno entorno escolar (con sus sempiternos arquetipos en los personajes), y que se olfatea cuál va a ser la dinámica del argumento a leguas. Pero absolutamente todotodotodo será llevadero si me narran una buena historia… y encima aprendo algo nuevo sobre este arte escénico. Mis expectativas con Kabukibu! son muy altas, sería magnífico no verme defraudada.

kabuki

 


 

animierder

SÔRYO DE REON MAOMI A MAJIWARU SHIKIYÔKU NO YORU NI…

Con este prodigio de la aberración animesca aproximándose, era inevitable que regresara el animierder semanal durante esta temporada. Serán episodios cortos, de apenas cinco minutos, pero la tufarrada a bosta es grandiosa como pocas veces. No tengo claro todavía si irá en Otakus Treintañeras o aquí, en SOnC. Es algo que todavía tengo que conversar con Pau y Magrat. Pero este pedazo de bodrioeróticoreligiosodelinfiernosatanás será escrutado de cerca, muy de cerca. El trailer, que os dejo por aquí, lo explica TODO.

Como usualmente añado, permaneceré alerta a las sugerencias y consejos de otros compañeros bloggers. Por si me estoy perdiendo algo que merezca la pena y lo he obviado. Puede ser el caso de Sakurada Reset, pero no he querido añadirlo a NiFúNiFá porque estoy hasta el moño de adolescentes lloricas con habilidades paranormales. PRAU. Estaría majara de todas formas si decidiera seguir todas estas series, así pues habrá criba tarde o temprano. También es posible que me suba al carro de otras. O no. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Tránsitos

Tránsito XI: 3 josei para leer bajo el edredón comiéndote las uñas

Ya hemos dejado atrás el 31 de octubre y 1 de noviembre, pero no podía prescindir de esta entrada. Además no iba a dejar reposar el texto hasta el 2017, ¡quién sabe lo que puede ocurrir en un año! Por lo que cerraremos con ella los Tránsitos del 2016.

El título que le he cascado es una exageración, pero sí os garantizo que son cómics perturbadores. Además de esta manera aprovecho para presentaros tres autoras actuales que están haciéndose un hueco en el panorama del manga por méritos propios. No sé si representan una nueva generación o un movimiento concreto en el tebeo independiente, pero comparten cualidades en común. Y se alejan bastante del producto estándar. A la vanguardia no hay que perderla de vista nunca, amiguitos.

ukyo

Una de las características más importantes de la ciencia-ficción, tal como indica su nombre, es poseer una base científica especulativa verosímil y prolija en sus detalles. U (2010-2012) de Machiko Kyôa pesar de estar embalada con los rudimentos del género, no cumple esa premisa. Al menos no al pie de la letra. Kyô-sensei prefiere tomar derroteros más truculentos, de índole casi fetichista, para ilustrarnos acerca de esta historia sobre clones humanos. Fue publicada en Manga Erotics F y consta de un único tankôbon de 11 capítulos.

Una vez que terminé de leerlo, no pude evitar pensar que Môto Hagio se sentiría muy orgullosa de este manga, pues tiene mucho de las ideas que introdujo en sus obras. Me recordó algo al one-shot Hanshin (1984) por cómo gestiona el resentimiento o las emociones más básicas; pero, evidentemente, Machiko Kyô dispuso de 11 hermosos capítulos para desarrollar un argumento bastante más turbio y retorcido.

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Yu y su hermana gemela Ai son muy distintas en realidad. Yu es tímida y apocada; Ai extrovertida e impetuosa. Yu trabaja en un laboratorio junto a su amor platónico el doctor Mizuno, célebre genetista dedicado a un proyecto secreto de clonación. Yu no está sola, a pesar de que su gemela se encuentre en Norteamérica con un nuevo novio. Yu tiene una copia de sí misma a su lado, un clon; y acostumbrada a vivir con una persona idéntica, no se siente incómoda. De hecho encuentra que es una ventaja, pues su doble no es tan insegura como ella y ha hecho avances importantes en su relación con el doctor Mizuno.

Pero los clones tienen fecha de caducidad: 12 horas. Después de su transcurso, quedan reducidos a una masa de gelatina informe de la cual solo es reconocible el soporte genético principal, la lengua. Sin embargo, la copia de Yu ha encontrado una forma de sortear ese inconveniente; y la pequeña doctora Nishimura, entrometida y malcriada, también se ha percatado de ello… tachán-tachán. Más o menos así Machiko Kyô nos plantea un manga con numerosos recovecos, intrigas y varios ases en la manga.

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U juega con el minimalismo y la ingenuidad de su estilo infantil para crear un fuerte contraste con el argumento. La acuarela suaviza la dureza y extravagancia que brotan con naturalidad por las viñetas, porque se trata de un manga muy serie B.  Aunque su envoltorio sea pulcro y simple. Por eso desconcierta en un principio, y fascina la antítesis que expone. Los que tengáis el corazón sensible no tenéis de qué preocuparos, porque todos los elementos bizarros, aunque rotundos, quedan mitigados por un arte candoroso.

Desde luego U es un tebeo fluido que se lee del tirón. Su argumento engancha a traición, complicando la trama conforme avanza y haciéndola terrible y divertida al mismo tiempo. Repito: muy serie B todo. La mangaka además solo explica lo más básico del contexto, obligando al lector a centrarse en las relaciones personales entre copias y originales, sus pensamientos y decisiones. ¿Puede un clon superar a su primario? Esa es la gran pregunta. Y toda la riada de sentimientos que genera en las copias, dudas existenciales también de muy difícil resolución. No se trata de un cómic especialmente filosófico, pero hace reflexionar y sabe mantener la expectación con sencillez. Encima tiene una serie de giros a la manera de Hitchcock bastante entrañables, por lo que aumenta todavía más su interés.

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La sexualidad humana es poliédrica de forma natural, y en este Memento Mori (2013) Fumiko Fumi no tiene ningún problema en mostrarnos esa complejidad mediante su protagonista, Meno. No se trata de un manga enfocado en el sexo, conste en acta, pero su función resulta una apuesta seria dentro del argumento. Sobre todo para entender su psicología. Pero comencemos por el principio: memento mori es una frase latina que podríamos traducir algo así como “recuerda que vas a morir”. Ha sido motivo de inspiración para numerosos artistas y escritores a lo largo de los siglos, y a Fumi-sensei le ha servido para crear un manga bastante inquietante. Consta de 7 capítulos que fueron publicados por Feel Young.

Memento mori es en esencia un slice of life. Punto. Solo que sus dos personajes principales, Meno y Kurokawa, no son adultos normales y desde un inicio establecen un vínculo emocional insólito. Además voluntariamente. Dadas sus personalidades, era inevitable que gravitaran uno en torno al otro hasta colisionar. Los secundarios, aunque no estén delineados con mucha precisión, son los que aportan esa sensación de realidad cotidiana al cómic, calmando un ambiente que sin ellos sería como poco violento.

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Meno es una mujer joven con un profundo vacío interior. Se siente culpable por la desaparición de su hermano en un bosque donde solían jugar juntos. Nunca se ha recuperado de ello. Pero una persona en el velatorio de su abuela le hizo volver a ser feliz por unos instantes: el empleado de la funeraria. Así que decide buscar trabajo en unas pompas fúnebres, como una forma rara de consuelo, topando fortuitamente con el caballero que le brindó alivio: Kurokawa. Pero este hombre, que en realidad dirige el negocio, tiene un carácter tan desagradable que no ha logrado retener un ayudante más de un mes a su lado. Hasta que Meno, a la que todo el mundo llama Meme por error, llega a la empresa, claro.

Nadie se explica cómo Meno aguanta sus continuas humillaciones e incluso amenazas de muerte, pero ahí sigue ella. “¿Eres masoquista?”, le preguntan. Meme no responde, pero en realidad sí lo es, y se ha enamorado de Kurokawa de manera genuina. Él tampoco es así de hiriente por casualidad, todo forma parte de una máscara para ahuyentar a la gente. Como imaginaréis, es un hombre con pasado.

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¿Es Memento mori un josei romántico? Pues algo de romance tiene, qué duda cabe, pero Fumiko Fumi no vaga por las sendas habituales. Cierto que es el manga más corriente de los tres; corriente en el aspecto de que utiliza elementos reconocibles y habituales en las obras comerciales, incluso el arte es candoroso y de líneas simples. Pero que eso no os lleve a engaño. Memento mori es tortuoso, a ratos incómodo, y no tiene piedad. La corrección política brilla por su ausencia, ante todo por cómo trabaja el humor. Y plasma bien la mecánica de los negocios dedicados a la muerte, lo que puede turbar un poco. Aun así deja buen sabor de boca y es interesante recorrer los pasadizos afectivos de Meno y Kurokawa. Un tebeo interesante para leer en soledad.

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Y dejando atrás estilos más aniñados, cerramos el Tránsito de hoy con una mangaka de arte muy clásico y enérgico. Aun así, posee un aire contemporáneo indudable, con una elección de los planos original y delicada, muy cinematográfica. Es mi autora favorita de las tres, y ya hablé un poquito sobre ella en la entrada dedicada al dôjinshi Alenzyas (2015).

Equus (2011) de Est Em no es un manga dedicado al terror, pero cuando me topé con él por primera vez reconozco que me dejó bastante con el culo torcido. Es extraño: centauros, hombres y sexo. ¿Lo podríamos considerar un yaoi con un toque de zoofilia? ¿Es material comestible para las insaciables fujoshi? Grandes misterios del universo, soy incapaz de responder a esas preguntas. Lo que sí puedo deciros es que Equus es un tebeo estupendo, y que lo recomiendo a todo el mundo, le guste el BL o no. Est Em publicó otro manga de temática similar, Hatarake, Kentauros! (2011), que no he tenido todavía la oportunidad de catar; pero si solo resulta la mitad de bueno que este Equus, merecerá la pena hincarle el colmillo. Tarde o temprano lo devoraré.

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Equus es un conjunto de 6 relatos cortos distribuidos en 8 capítulos. Todos son de espíritu diferente, pero poseen una cosa en común: los centauros. Centauros como criaturas casi inmortales, que ven pasar la existencia de los humanos como un borrón; pero de profundos sentimientos y habilidades sobrenaturales. Las historias llevan por título el pelaje del centauro protagonista: grullo, alazán, blanco y negro, leopardo, tordo y bayo plateado. Y algunas tienen escenas de sexo bastante explícitas… interespecie. Pero Est Em lo sabe llevar magníficamente, no hay lugar para el morbo gratuito. Resulta todo muy natural. En algunos cuentos el sexo tiene especial protagonismo, en otros es inexistente. Pero ninguno se libra de una potente carga emocional. Tienen cierto regusto melancólico muy hermoso y triste a la vez, pero sin excesos sentimentales. Creo que es esa languidez tierna la que me ha conquistado de este Equus, y lo ha colocado en mi top actual de BL.

Es curiosa la parquedad de un par de estas historias, esbozadas de forma impresionista con un par de pinceladas aquí y allá, sin embargo de una eficacia a la hora de transmitir flipante. Soy fan del “menos es más de Mies, y en Equus encontramos ese planteamiento totalmente sublimado. Utilizar los recursos básicos con sabiduría, como la luz, planos cortos o detalles fuera de campo, puede impactar muchísimo más que una explosión barroca. En eso Est Em resulta una auténtica maestra.

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Los cuentos que más me han entusiasmado han sido los dos últimos: Tordo y Bayo plateado. Son mis preferencias personales, no estoy diciendo que sean los mejores (hay que saber distinguir entre una cosa y otra); y, por supuesto, los cuatro restantes me han gustado mucho también.

Tordo nos retrotrae a un momento impreciso del Periodo Sengoku (1467-1603) a través de la memoria de un centauro, que ha servido fielmente a un clan de samuráis durante siglos. A nivel visual es deslumbrante, pues podemos admirar al sagitario en plenitud, aunque con galas japonesas: el yabusame. Se trata de una historia tradicional sobre el honor y la lealtad; de cómo el tiempo y las generaciones se suceden, pero la fidelidad del centauro Harukoma se mantiene inamovible. Muy emotiva. Bayo plateado es bien distinta. Se desarrolla en tres capítulos con un acento BDSM evidente. Es el relato sobre un centauro sin nombre sometido y maltratado durante años por una familia que lo considera un mero objeto sin voz ni alma. Pero cuando el heredero y nuevo amo le ofrece la oportunidad de escapar, la desdeña. Decide continuar viviendo humillado, a la espera de que su señor se acerque a él. Un cuento sobre el dolor y el amor perdido, cruel pero precioso.

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Y hasta aquí llegaron los Tránsitos de este 2016. Al año que viene no sé si esta bitácora seguirá funcionando, porque aunque mi intención sí sea mantenerla, cada vez dispongo de menos tiempo. Voy a procurar buscarle un espacio al menos una vez a la semana… y finiquitar las entradas que tengo a medias supongo que también ayudará a sustentar cierta constancia. O eso espero. Nos leemos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

MUAHAHAHA, paja mental, tags

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No, no tengo escáner

Este 25 de agosto el blog cumple dos añetes. No pensaba que el experimento fuese a durar tanto, la verdad. En realidad ni de coña. Tampoco sabía qué hacer para el día de hoy, así que he prestado atención a una voz insensata que me ha dicho: “¿ Y por qué no dibujas algo? Escribes sobre mangas, ¿no?”. A falta de más ideas, he pillado los pilot que hay rulando por casa, un edding apestoso de los que intoxican cosa rica, y esto ha sido el resultado. No me lo tengáis muy en cuenta, que está realizado con amorrrrrrr.

Pero lo más importante: GRACIAS. Muchas gracias a todos los que aguantáis todavía mis bizarreces. Un abrazo.

anime, paja mental

Saudade, memoria y Record of Lodoss War

Este verano he visto muy a gusto Stranger Things de Netflix. Y con la inevitable nostalgia que arrastra, aunque la serie sea mucho más que eso, no he podido evitar recordar mis partidas de rol infantiles. Porque sí, yo jugaba al rol, mea culpa. Y así mi cabeza ha relacionado el tema con Record of Lodoss War, una franquicia creada por Ryô Mizuno, basada en los registros de sus partidas como master de Dungeons & Dragons. Qué cosas. Un estudiante japonés, fascinado por Tolkien y D&D, usa unos replays para crear un nuevo mundo que, con gran éxito, acabó convirtiéndose en uno de los productos más importantes de fantasía épica en el mundo de los videojuegos, anime y manga en Japón: Record of Lodoss War.

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El equipo al completo: Parn, Deedlit, Slayn, Ghim, Etoh y Woodchuck

Fue a partir de 1988 que Mizuno fue publicando en Comptiq estas actas de juegos, las cuales se habían ido desligando del universo D&D o RuneQuest para crear el suyo propio: Forcelia. Se pueden considerar las precursoras de las light novels junto a Arslan Senki, así como también de las primeras obras del país dedicadas al género de Alta Fantasía. La fama que alcanzaron fue enorme incluso entre personas que no eran aficionadas al role-playing; y a su rebufo aparecieron los primeros productos que construirían al gigante: juegos para PC, Gameboy, Dreamcast, etc; mangas, diversas películas y series de animación, todo tipo de merchandising… Pero es de las primigenias 13 OVASLodoss-tô Senki (1990), de las que voy a escribir hoy. El mundo de esta franquicia es amplio y, aunque más lentamente, continúa creciendo en la actualidad. No supo aprovechar del todo sus oportunidades en el momento, todo hay que decirlo, pero conforman uno de esos pilares fundamentales de la fantasía heroica en Japón. No deseo hacer una entrada dedicada a toda la franquicia, me parecería tedioso y larguísimo; sino a esa serie de cuando era una mini-anormal (ahora soy maxi) y de la que guardo tan gratos recuerdos. Creo que todavía andan en mi casa del pueblo los VHS originales. Hechos una mierda, claro, y sin aparato para poder reproducirlos. Ains.

Para los seguidores del género, Lodoss-tô Senki es indispensable, un clásico. Aunque no fue el primer anime en trabajar la sword & sorcery (me viene a bote pronto The Little Norse Prince de Takahata, Ys, que es contemporánea, Tenkû Senki ShuratoLeda), sí es cierto que a partir de Record of Lodoss War esta categoría se asentó a la manera tradicional occidental, creció y se convirtió en una de las más queridas del fandom. Fuera de Japón ya se había tratado la espada y brujería, por supuesto, tenemos desde la estúpida The Sword in the Stone (1963) de Disney, El Hobbit (1977) y El Señor de los Anillos (1978) o las maravillosas El último Unicornio (1982) y Fire and Ice (1982). Entre otras. Pensándolo bien, en la década de los 80 hubo una especie de boom en el género que se plasmó muy bien en el cine (Excalibur, la saga de Conan, Cristal Oscuro, Willow…); y, a pesar de la gran riqueza folclórica de Cipango y la proverbial resistencia hacia lo extranjero, no tardó en calar en las islas.

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Deedlit, la Alta Elfa

Creo que si de un anime se han hecho reseñas, es de este. Los otacos ancianos sabemos muy bien cuál es; los que vinieron después la conocen seguro de oídas e, incluso, hasta algunos se habrán atrevido a verla. Y eso que hay extendida una tremenda alergia a la animación anterior al 2000 entre el público actual. Por eso no tengo intenciones de disertar como una mema pedante (sé que lo soy), ya se han dicho millones de paridas y comentarios sesudos sobre Lodoss-tô Senki. Solo serán apreciaciones personales sin más y un mínimo de información para los que no conozcan la obra.

Vayamos con la información: los estudios fueron los celebérrimos y fantabulosos Madhouse, el director Akinori Nagaoka (el del genial Dr. Slump), como animador primario Hirotsugu Kawasaki (Akira, Ghost in the Shell, Metropolis… lo que se dice un indocumentado) y el storyboard estuvo en manos de Rintarô (si no sabéis quién es Rintarô, tenéis problemas, chatos). Vamos, un equipazo. Apostaron fuerte y la jugada salió bien.

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Esta es la isla o continente de Lodoss. Surgió de los restos que dejó tras de sí la guerra entre la Luz y la Oscuridad. En la última batalla cataclísmica, solo quedaron dos combatientes de entre todos los dioses: Marfa, diosa de toda la creación y Kardis, diosa de la destrucción. Ambas intentaron vencerse con un ataque fulminante, pero ninguna lo consiguió, cayendo ambas en la inconsciencia. El cuerpo de Marfa se derrumbó en Lodoss; el de Kardis en la isla de Marmo. Desde entonces, Lodoss ha sido considerada también la Isla Maldita, y a pesar del esfuerzo de los diferentes reinos por convivir de manera pacífica, la ambición humana y el eterno peligro latente del regreso de Kardis, hacen del continente un lugar inestable y vinculado con el mismísimo destino de Forcelia.

Este es el escenario en el que tienen lugar las aventuras de una compañía muy dispar: Parn, el hijo de un caballero caído en desgracia, Deedlit, una alta elfa del Bosque sin Retorno, Slayn el intelectual y hechicero del grupo; Woodchuck, ladrón y con el don de aparecer en los lugares oportunos; Etoh, sanador y clérigo de Falis, el dios supremo del Bien; y Ghim, un terco y leal enano. Todos representan arquetipos fáciles de reconocer, y sus personalidades tampoco se alejan de lo convencional. Cómo llegan a reunirse y los motivos de su búsqueda del sabio Wort, son punto esencial de lo que podríamos considerar la primera parte, hasta la OVA siete. En ella descubrimos muchas cosas sobre sus vidas, así como la situación de guerra en la que se encuentra sumido de nuevo Lodoss. El emperador oscuro de Marmo, Beld, ha desembarcado en el continente para conquistar y subyugarlo por completo. Ya han caído bajo su poder Kanon y Alania, pero los reyes de Valis y Flame no van a quedarse quietos… Junto a Beld están su general el caballero negro Ashram, el nigromante y adorador de Kardis Wagnard y una misteriosa dama, que se hace llamar Karla. También conocida como la Bruja Gris, esta mujer es un enigma y la única superviviente de la destrucción de Kastuul, el antiguo reino de la hechicería. Maneja los hilos del destino de Lodoss desde hace mucho tiempo, casi podríamos decir que está más allá del bien y del mal, por eso mismo es peligroso confiar en ella, ya que sigue su propia hoja de ruta.

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Karla, la Bruja Gris

Aparecen más personajes, que deduzco que en las novelas ligeras estarán más definidos, como la elfa oscura Pirotess, el silencioso mercenario berserk Orson; el rey Kashue, la princesa Fianna, etc. Salvo Karla, son todos lisos como una tabla, pero cumplen su papel eficientemente. Es cierto que, en general, Record of Lodoss War vista en el 2016 es una amalgama de tópicos que la hacen previsible y candorosa. Pero no hay que olvidar cuándo se hizo, señores, y que no resultó un petardazo sin motivos. Los que jugamos RGP, reconocimos inmediatamente la estructura, la base de los protagonistas y sus dinámicas. Los que no, observaréis que sus recursos han sido utilizados miles de veces en series posteriores. Honestamente, Record of Lodoss War se ha quedado antigua. Es como esos cuadros del Quattrocento, que notas cierta rigidez acartonada, los movimientos y posturas congelados y unas expresiones poco naturales. Sin embargo, no te cansas de mirarlos y disfrutar de su belleza, por mucho que obras de periodos siguientes sean técnicamente superiores. Allí están esos esfuerzos por el dominio de la perspectiva, la tridimensionalidad, el uso de la luz. Con Lodoss-tô Senki es igual, abrió nuevas puertas e inspiró a cientos de creadores. Un anime pioneroRespect.

La historia en sí es más o menos lineal, sin demasiados sobresaltos. La vereda que sigue es clara, pero no por ello aburrida. Tras una temática de índole política, que no es otra que la del dominio de Lodoss, existe otra esencial que es la eterna lucha entre Bien y Mal, Luz y Oscuridad. El maniqueísmo en la fantasía épica es bastante común y una de sus marcas de agua. Afortunadamente, se va superando para mayor enriquecimiento del género. Aprendemos del Lodoss del pasado (La Guerra de los Héroes) y sus protagonistas, qué ha sido de ellos y por qué son tan importantes. Descubrimos que el futuro del continente está en las manos de nuestros 6 protagonistas, tan diferentes entre sí, pero que no dudarán en sacrificarse por el bien común. Todos ellos poseen sus circunstancias y pesares; algunos están mejor desarrollados que otros; pero forman el habitual grupo de aventureros que entretienen bien.

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También hay dragones

Respecto al apartado musical, si no escribo esto, explotaré (y no quiero fenecer todavía): tanto el opening como el ending son espeluznantes. Están interpretados por la misma voz de oveja (una señora que se hacía llamar Sherry), desafinando como una bellaca.

Io sono prigionieeeeraaaaa 
kon’ya anataaaa waaaaa… 

HORROR. IGNOMINIA. MUERTE. Los pelos como escarpias, oigan, no ha sido un recuerdo distorsionado del pasado. Era un espanto, sigue siendo un espanto. El resto es la clásica composición orquestal, de aires imponentes y pomposos, con algún arreglo electrónico suelto (el toque horterilla de la época) que asisten perfectamente a la historia sin sobrecargar. La compositora es la inefable Yôko Kanno, así que DE RODILLAS, TODOS, YA.

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A pesar de que los diseños de los personajes de Yutaka Izubuchi en general no han envejecido bien, el arte de Record of Lodoss War es excelente. Muy particular de esa etapa, con rostros picudos y hombros que hacen de Hulk un conejillo campestre; pero que resulta sorprendentemente hermoso en sus fondos, en su arquitectura, en los detalles infinitos de naturaleza inanimada. Casi lloré al percatarme de cuánto puede echarse de menos el dibujo en la animación. El dibujo, sí, DI-BU-JO. Sus líneas y trazos, su textura, su volumen. Lodoss-tô Senki es como un manga en movimiento, irregular, con sensación de ser real. Eso rara vez se consigue ver en los anime más modernos, que en comparación son de una pulcritud y perfección tan uniformes que parecen hospitales. Quizá sea por la digitalización, que suele homogeneizar y dar un acabado aseado. Con esto no quiero decir que la animación antigua sea mejor que la actual, porque sería una afirmación bastante ridícula. Pero todo tiene sus pros y sus contras, y algunas cosas se echan de menos… Lo curioso es que no te das cuenta de que lo has echado en falta porque te has acostumbrado ya, y cuando te enfrentas a un anime de estas características, con un arte tan orgánico y bien recreado, la alegría y sorpresa son hasta placenteras. Y se goza más.

Por cierto, que cuando me refiero a que Record of Lodoss War parece a veces un manga en movimiento, no estoy exagerando. Algunos planos son directamente dibujos estáticos, el movimiento lo otorga el zoom, un desplazamiento focal lateral o ambos combinados. Aunque otorga características arcaizantes, me parece un recurso que estimula la emoción y dramatismo de algunas escenas, y compensa la falta de agilidad que se observa en las secuencias de acción, que es uno de los puntos débiles de esta serie.

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¡De ordeeeen del señor curaaaa, se hace sabeeeeer que Dios es uno y trinooooo!

Record of Lodoss War es una serie de OVAS imprescindible para el fan de la fantasía épica y los amantes de la historia del anime. No es una mera reliquia curiosa, pero sí exige cierta benevolencia por parte del espectador moderno, sobre todo si no se acostumbra a ver material antiguo. Su revisión no me ha supuesto para nada un desencanto, y eso que hacía unos cuantos años que no le hincaba el colmillo. Ha sido una experiencia bonita, llena de recuerdos. Hay hadas, dragones, elfos, kobolds, orcos, magia y aventuras. Hasta un leve aroma a romance. ¿Qué más se puede pedir?

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales

Peticiones estivales: Copernicus’ breath

¡Continuamos con vuestras sugerencias veraniegas! Jane, que junto a Umibe dirige el excelentísimo blog El Destino de la Flor de Cerezo, me propuso dedicar una entrada a alguna obra de la mangaka Asumiko Nakamura. No es la primera vez que hablo de ella por estos lares (ni será la última), los lectores habituales ya sabéis que me considero fan absoluta de esta mujer, por lo que la petición de Jane fue muy bienvenida.

¿Cuál escogí? Pues me incliné por la primera serie que publicó completa: Copernicus no Kokyû o Copernicus’ breath. Consta de 13 capítulos distribuidos en dos tankôbon y salió a la luz entre 2002 y 2003 en Manga Erotica F. Este magazine de carácter bimensual ha alojado entre sus páginas a gente como Inio Asano, Natsume Ono, Shintarô Kago o Takako Shimura. Os podéis imaginar que sus contenidos no son para adolescentes, sino que van dirigidos a un público maduro y algo curtido. No está dedicado exclusivamente al erotismo como podría hacer pensar su nombre, pero el sexo tiene una presencia importante… al igual que otras temáticas menos comerciales. Tiene también especial cuidado con el arte y sus autores, lo que hace de Manga Erotica F una publicación a la que siempre vigilar. Y Copernicus’ breath se encuentra encajado a la perfección en su línea editorial.

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No sé muy bien cómo afrontar esta reseña, porque se trata de una manga bastante crudo y explícito en numerosos aspectos. Aquellos que conozcan a la autora por Utsubora o Dôkyûsei, que son las obras publicadas en español, pueden encontrarse con una tremenda sorpresa. Su registro es bastante diferente, no en vano es una mangaka versátil dentro de ese estilo tan característico suyo. No tiene la ternura o ingenuidad del BL púber de Dôkyûsei ni por asomo; es más próximo a Utsubora, pero mil veces más salvaje. Y si digo salvaje, es que es brutal: incesto, pedofilia, coprofilia, sadomasoquismo y otras parafilias emergen en sus trazos. Y no solo eso, la historia que cuenta es retorcida y feroz. Así que los niños a la cama, Copernicus’ breath es para mayores. Y ni siquiera sé si este manga es para todos los mayores, so handle with care.

Nakamura cuenta que se inspiró a la hora de crear este cómic viendo al Circo de Bombay, en un viaje al sur de la India. El mundo del circo indio tiene una reputación terrible, con actividades que van desde el secuestro y compraventa de niños, explotación laboral, maltrato, lenocinio, etc. La autora no pudo dejar de observar esta sordidez, aunque no presenció ningún delito, y decidió crear un manga dedicado al circo y la prostitución. Para ello también consideró idóneo enclavar temporalmente su historia en los años 70, una década en la que el mundo del circo en general estaba sufriendo una profunda reforma. El concepto de Circo que se constituyó en el s. XVIII y tuvo el apoyo de la burguesía a lo largo de los siglos XIX y XX, ya no tenía lugar en una sociedad capitalista que satisfacía su ansia por el espectáculo y lo asombroso en otros ámbitos. El Nouveu Cirque estaba naciendo, fue un momento de renovarse o morir; y esta crisis, como resultan ser todas, no fue fácil para ese mundillo.

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Nido de Pájaro es un payaso que trabaja en el decadente Cirque du Soir, dirigido por el déspota Auguste Kirillov. Este es un hombre de edad madura que no tiene ningún escrúpulo en disponer de sus artistas como si fueran meros trozos de carne. Nido de Pájaro, que es un adolescente, es utilizado como desahogo sexual de Kirillov, y obligado a realizar las tareas más humillantes del circo. Ser payaso es pertenecer al escalafón más bajo de este microcosmos, y casi todos lo tratan con desprecio, incluida la estrella del lugar, Mina la trapecista. Esta es especialmente cruel con él, aunque ella a pesar de su posición dentro del circo, no puede evitar, ni muchísimo menos, ser ofrecida por Kirillov a clientes de exigencias brutales.

Nido de Pájaro esconde un pasado trágico, que se irá desvelando poco a poco, y en torno al cual orbitarán como si fuera el sol, todos los acontecimientos que sucederán a lo largo de su vida. Le acompaña un espectro llamado Michel, que reclama su atención sobre todo aquello que no desea afrontar. Nido de Pájaro es un chico muy atormentado y presa de una anhedonia autodestructiva, que le hace ser completamente insensible a los sentimientos de los demás, y actuar en ocasiones de forma tan cafre como el resto. Es su coraza, es su máscara que, con el paso del tiempo, se irá resquebrajando.

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Un día acude al circo un diplomático japonés, Makoto Oonagi, y decide comprar a Nido de Pájaro para hacerlo su amante. Oonagi es un pedófilo, pero esta vez ha seleccionado a un chico más crecidito. Lo lleva a su casa, donde residen su esposa y cuñado, más o menos de su misma edad. La relación con ella, que es consciente por entero de las desviaciones de su marido, no es nada fácil. Es una mujer fuertemente traumatizada y con una obsesión enfermiza hacia su hermano. Este, de nombre Michel (como el fantasma), es el único humano de la casa que podríamos considerar medio normal, aunque no tardará en salpicarse de inmundicia. De hecho, casi puedo aseverar que no hay personaje en Copernicus’ breath que no acabe revolcándose en una pocilga. Todos terminan de una forma u otra afectados seriamente por la malicia y el egoísmo. Nakamura no es compasiva, pero conoce bastante bien los mecanismos humanos mentales, recreándolos en todo su abyecto esplendor.

I fly. In accordance with Copernicus’ breath, through Copernicus’ starlit sky. Eventually, I’ll break off from the swing and become a constellation. I’ll become Copernicus’ constellation.

El argumento podríamos dividirlo en tres partes distintas: vida en el circo, residencia con Makoto Oonagi e independencia. En cada una de ellas la autora presenta un planeta distinto, con sus propios personajes y dinámicas; muy bien perfilados y que conforman un tapiz bastante intrincado. Sin embargo, el sempiterno fantasma de Michel, símbolo de su culpabilidad, es una constante que lo acompañará sin darle tregua alguna, desquiciándolo lentamente. Un pequeño epílogo al final solventará algunas dudas respecto a personajes secundarios, pero el final no deja de ser abierto. ¿Es eso malo? Yo creo que no. Después de tremendas montañas rusas y vaivenes a lo largo y ancho del manga, es un regreso a lo ordinario que resulta hasta esencial para una conclusión coherente.

El desarrollo de la historia, y cómo va dosificando la información para mantener el suspense, es brillante. Los juegos de espejos, la mezcla de realidad y delirio, así como el misterio que envuelve el pasado de Nido de Pájaro y otros personajes, saben mantener el interés. Otro tema es la densidad del argumento y cómo los más minúsculos detalles hacen precisa una lectura atenta y reposada. No es conveniente leerlo rápido aunque el dinamismo del arte invite a ello. La estructura básica de Copernicus’ breath son, precisamente, los giros copernicanos que Nakamura utiliza para hacer avanzar su historia. No son simples vueltas de tuerca, las perspectivas globales cambian, y encima en momentos de gran trascendencia. Pero quizá sea la enorme cantidad de sentimientos exacerbados, la acumulación anómala de desgracias o que el tratamiento de algunos secundarios es más desflecado, que a ratos me encontraba algo aturdida y con la sensación de no creerme la historia. Pero solo en momentos concretos, nada serio.

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Por supuesto, Nakamura no dudó ni un instante en invocar la obra clásica circense por antonomasia del manga: Shôjo Tsubaki (1984) de Suehiro Maruo. El nivel de perversión es similar, y la autora usa algunos recursos de Maruo que resultan hermosos guiños para aquellos que admiramos su obra. Pero Copernicus’ breath no es ero-guro, su horror (que lo hay y mucho) es más bien de tipo psicológico. Y golpea duro. La influencia de Maruo, sin embargo, no es estilística, pues la mangaka posee una personalidad muy marcada bastante alejada de la de él. En Copernicus’ breath tenemos una Nakamura segura en su forma, pero a la que le falta todavía un poquito de refinamiento en algunas viñetas. Está algo sin pulir y, aunque el dibujo es fluido y elegante, hace algunas concesiones a cierto histrionismo que más adelante desaparecerá. Esa frialdad distante tan atractiva, minimalista a ratos, está muy presente sin embargo. En general es un arte delicado y preciosista, sin ninguna duda bellísimo, y que bebe de las fuentes del art nouveau y la psicodelia. Tampoco es muy complicado distinguir rastros de Peter Chung o Egon Schiele en su manierismo, que es uno de sus sellos como dibujante. Pero atención, esa deformación lánguida y acuosa también ha echado atrás a muchos lectores. Es lo que tiene alejarse tanto de lo convencional.

Como último detalle, y no menos importante, señalar el estupendo trabajo que realiza con las viñetas, donde la mayoría de las veces desaparecen, intercalando planos y rompiendo límites de manera audaz. Sirve a los propósitos de amplificar unas emociones ya de por sí desmesuradas: la locura, el odio, la lujuria, el esplín. Se observan también muchas ideas, en fase embrionaria en Copernicus’ breath, que terminarán de germinar en mangas posteriores con muy buenos resultados.

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En general Copernicus’ breath es una obra soberbia, no perfecta, pero impresionante. Nakamura es muy cuidadosa, y ha sabido hacer evolucionar a sus personajes física y psíquicamente con acierto. No es desde luego un manga para todo el mundo, esta autora es muy amiga de tocar asuntos espinosos, incluso tabú, sin miramientos. Pero también posee una pulcritud que atempera el primer impacto. No es una historia dulce sobre la amistad o un amor naciente, habla de las miserias humanas, la oscuridad del alma y la complejidad del dolor, que tiene también su belleza. A pesar de sus sutilezas, no es para lectores aprensivos, requiere temple. Es excesiva e intensa. Aunque… bueno, tampoco tanto. O a lo mejor es que tengo la sensibilidad de una alcantarilla, que también puede ser. ¿Lo recomiendo? Pues miren, hagan lo que les dé la gana, señores. Mis gustos siempre han sido muy particulares y con pocas personas suelo coincidir en criterio. Así que ustedes mismos verán.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.