manga, Tránsitos

Tránsito XIII: Viaje al fin del mundo

Inauguramos los Tránsitos de este 2018 con lo que era en realidad una Petición Estival que no se llegó a publicar. Como la temática encaja a la perfección en la sección dedicada a Halloween, he podido reubicar la entrada bien. Lo primero de todo, mis disculpas a Arrowhead por la demora. Aquí está, por fin, el articulillo que solicitó este verano dedicado al ero-guro. Sin embargo, como tengo costumbre, voy a hacer un poco de trampa (sorrynotsorry).

El universo del ero-guro es fascinante, y no pienso alargarme demasiado escribiendo sobre él cuando ya hay publicado en España un estupendo libro de Jesús Palacios que le da un buen repaso: Eroguro, horror y erotismo en la cultura popular japonesa (2018). Como no podía ser de otra forma, ha sido Satori la editorial que ha publicado esta joyita. La labor que está haciendo por acercar la cultura japonesa al público hispanohablante es maravillosa, ojalá fuera millonaria para poder comprarme todas las obras que editan. Ains. Por eso, en vez de disertar sobre este movimiento artístico y soltar un rollo macabeo que no os va interesar (como el 99% de las cosas que escribo), simplemente haré la reseña de un manga incrustado en el género. No un manga cualquiera, por supuesto. No obstante, para los despistados, unas pequeñas notas introductorias nunca van a venir mal.

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Toshio Saeki

Esta maravillosa ilustración pertenece a uno de mis artistas favoritos de ero guro nansensu, Toshio Saeki (1945, Miyazaki). Es considerado el “padrino del erotismo japonés”, aunque su estilo va más allá de la concupiscencia para adentrarse en los territorios de lo grotesco y terrorífico. Su carrera no empezó a despegar hasta principios de los años 70, y como mi también adorado mangaka Suehiro Maruo, renovó el legado de una corriente que en realidad había nacido unas cuantas décadas más atrás.

El wasei-eigo ero guro nansensu designa un fenómeno cultural  que apareció en Japón durante la era Taishô, entre los años 20 y 30. Se puede traducir como “erótico-grotesco-sin sentido”, y describe de manera bastante certera su naturaleza. Durante este periodo de entreguerras, el ambiente entre ciertos sectores de la burguesía era muy proclive a la búsqueda de nuevos horizontes a través de lo depravado, un sentido del humor retorcido y el amor hacia lo irracional. Podrían encontrarse similitudes con la atmósfera que se vivía en Alemania durante la República de Weimar (a la mente me viene, a bote pronto, la película Alraune [1928], basada en la inquietante novela de Hanns Heinz Ewers), que también rendía culto a cierto decadentismo nihilista.

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Alraune o mandrágora, basada en una antigua leyenda alemana, cuenta la historia de cómo un científico loco insemina con el esperma de un hombre ahorcado a una prostituta. Esta alumbra una enigmática criatura que destruye a todo hombre que se enamora de ella.

Sin embargo, a pesar de compartir inquietudes estilísticas, el zócalo era bien distinto en Japón. La era Taishô fue un momento de inesperada liberación, de una fertilidad cultural asombrosa. Políticamente fue un periodo cambiante, donde Japón fue afianzando su  cada vez más fuerte posición en Asia y en el mundo, hasta el punto de provocar bastante resquemor. La rápida industrialización y reestructuración de las ciudades cambió la mentalidad de muchos ciudadanos, que tomaron innumerables iniciativas civiles buscando mayores libertades y derechos. En general, una época de prosperidad en la que los nuevos estratos sociales acomodados se dejaron permear por la influencia de Occidente, la adaptaron a su propia idiosincrasia, y convirtieron su afán consumista en una nueva herramienta de rebeldía frente a la tradición. Mediante el capitalismo, estos nuevos modernos se enfrentaron con su xenofilia rampante al estado, a las instituciones religiosas y al ejército. Los tres pilares de ese Japón atávico que ambicionaba fortalecer una identidad nacional basada en valores netamente nipones.

El ero guro nansensu encarnaba muy bien ese espíritu iconoclasta y provocador de la época, que sería devorado con el triunfo del nacionalismo recalcitrante de la era Shôwa. En los años 40 ya no quedaba rastro de él; sin embargo, tras la caída del Imperio en la II Guerra Mundial, volvió a resurgir con inusitada energía. Como su misma esencia subversiva y poliforme, el ero-guro fue, y es, un movimiento multidisciplinar: literatura, cine, artes plásticas, manga. Desde Edogawa Ranpo pasando por Jun’ichirô Tanizaki; de Takashi Miike a Hiroshi Harada; de Shintarô Kago a Takato Yamamoto. Mucho de Occidente hay en sus obras, pero tampoco hay que olvidar que sin el shunga o el muzan-e el ero-guro no habría sido posible.

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“El asesinato de Kasamori Osen” (1867) de Tsukioka Yoshitoshi, perteneciente a su “Eimei nijûhasshûku” o “28 famosos asesinatos con poema“.

El ero-guro, como era de esperar, ha ido evolucionando con el paso del tiempo y, a pesar de ser  una corriente que solo podría haber nacido en Japón, ha traspasado sus fronteras. Dejó de ser hace mucho tiempo una réplica política y social para tomar diferentes derroteros ideológicos, incluso feministas, como es el caso de la talentosa artista mexicana Delirium Candidum (aquí puedes visitar su instagram y disfrutar de su obra). El oscuro surrealismo del ero-guro y su perverso sentido del humor todavía continúan perturbando, siguen siendo una forma de oxigenar la cabeza a través de la sorpresa, y en estos momentos que vivimos de neocensura y neopuritanismo a mansalva, se aprecian mucho más. ¡Viva lo monstruoso, lo deforme, el dolor y el placer sin fin, la sangre a borbotones y la carcajada que brota del terror!

Y tras esta somera introducción, nos zambullimos directos en la reseña de un manga que hacía ya un tiempo que tenía en mente. Sus autores, los hermanos Nishioka, me parecen unos de los mangaka más originales que trabajan el ero-guro; aunque encasillarlos en el género sería limitarlos bastante. A pesar de que pueden incluirse dentro de él, ellos van un poquito más allá. Escribí una entrada dedicada a su Kami no Kodomo hace unos años, un Tránsito como este además, por lo que ya tocaba volver a hablar de la pareja. El cuento macabro que nos dedican hoy se llama Kono Sekai no Owari e no Tabi (2002) o Viaje al fin del mundo.

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Satoru y Chiaki Nishioka son poetas. Hacen del espanto y lo inmundo bonitos versos. También filosofía, una rara virtud. En este Viaje al fin del Mundo su modus operandi no varía, y durante sus 12 episodios la belleza y el horror recogen margaritas juntos de la mano como dos buenos amigos. No es una obra para todos los públicos, y requiere de cierta apertura de mente, porque no se trata, como indica el título, de un viaje cualquiera.

Narrado en primera persona, es la historia del despertar de un hombre anónimo y su consiguiente aventura iniciática. Un periplo que lo conducirá a parajes exóticos poblados de personajes despojados de su humanidad. Un día por la mañana, al levantarse, lo asalta la sensación de ser consciente. Y no es solo una impresión, ese clic en su percepción le provoca una desconexión inmediata con la realidad que lo rodea.

Intenté atarme los cordones de los zapatos, y me di cuenta de que ya no sabía cómo hacerlo más. Mis emociones y los cordones de mis zapatos se habían enredado.

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El ancla que lo mantenía sujeto a la ilusión de esa realidad se ha soltado, y su odisea por selvas, desiertos y barcos piratas le mostrará que su existencia es un eterno retorno, un bucle sin fin. Alcanzar la lucidez que le permite percatarse del infierno de la monotonía en el que está sumido, no impedirá que esa colosal nada que es la rutina continúe engullendo cuerpos y mentes, incluso castigue con ferocidad a los que se rebelen. Tiene mucho de Kafka este Viaje al Fin del Mundo, desde luego. La esfera de la normalidad y sus mezquindades, que mantiene al resto anestesiados, no perdona a los disidentes jamás.

Y siguiendo la senda del escritor checo, el protagonista toma rumbo hacia un mundo extraño donde tendrá que desnudarse para sobrevivir, doblegarse para poder seguir su camino.  Un camino lleno de sobresaltos y situaciones incongruentes, donde la crueldad y el absurdo campan a sus anchas. Porque lo que se abre ante sus ojos es el vasto territorio del inconsciente, que de una atmósfera onírica de gran placidez puede mutar a pesadilla con presteza. No deja de ser un viaje de autoconocimiento también, en el que el protagonista deberá lidiar con su cisma mental y emocional. A solas.

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Porque si hay algo que caracteriza a este manga, es la gran soledad que emana. La inmensidad de sus espacios frente al sujeto, su elegante geometría del vacío y el silencio de sus diálogos internos, describen con nitidez que se trata de una andanza solitaria e íntima. Los demás siempre aparecen, de una manera u otra, deshumanizados; y la misantropía se enseñorea de las viñetas sin ningún atisbo de vergüenza. Su gran riqueza simbólica y gusto por los detalles neuróticos convierten este Kono Sekai no Owari e no Tabi en una obra  que debería desmenuzarse poco a poco, ya que posee distintos niveles de lectura. Por eso quizás los hermanos Nishioka han dosificado su relato de una forma muy concreta.

Viaje al fin del Mundo está organizado en 12 episodios cortos. Muy breves, como latigazos, y de una simplicidad aterradora. Son como pequeñas parábolas donde la muerte, el sexo, la tortura o el canibalismo se abren paso con la naturalidad del mundo de los sueños. Esta estructura marca un ritmo casi telegráfico en el manga, acorde además a unos textos lacónicos repletos de lirismo. Resumiendo, se trata de un tebeo existencialista que se adueña de los recursos del surrealismo para vomitar una inquietante crítica social. Busca remover en su asiento al lector, burlándose de sus principios morales y proponiendo dilemas bastante incómodos. Por diversión, para hacer reflexionar también.

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El arte de los Nishioka es extraordinario, soy muy fan de su estilo. Delicado, infantil, liviano y, sin embargo, de aristas venenosas. Resulta fascinante esa mezcla de ingenuidad que recuerda a Chagall con la ferocidad de un cubismo incipiente, y la metafísica de Carrà en su arquitectura. Una maravilla sin la cual Viaje al fin del Mundo perdería muchos enteros, es algo así de rotundo. Y no a causa de que la historia resulte mediocre, más bien porque sin este tipo de dibujo, sin sus pormenores obsesivos y sin su tímida brutalidad, el manga quedaría sin alma.

Kono Sekai no Owari e no Tabi es un ejemplo de la magnífica evolución que ha tenido el ero-guro, su gran versatilidad actual y valentía. Cierto que hay artistas mucho más célebres e igual de interesantes como Shintarô Kago o Junji Itô, a los que adoro también; pero los hermanos Nishioka creo que necesitan un poquito más de difusión entre la otaquería, y merecen tanto reconocimiento como los citados, a pesar de no ser tan comerciales. Esos tintes góticos que evocan las excentricidades de Edward Gorey ¡resultan deliciosos! ¡Ñam, ñam! Viaje al fin del Mundo es una lectura perfecta para este Halloween, camaradas otacos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Peticiones estivales

Peticiones Estivales: Paradise Kiss

¡Ay, el verano! El calor me vuelve lenta y holgazana, además de que ando casi todo el día aturdida. Y luego me ocurren accidentes sangrientos en la cocina… pero esa ya sería otra historia. Las Peticiones Estivales prosiguen su itinerario, y hoy tenemos la sugerencia de Faelyan, que desde Buenos Aires conduce el genial blog Vorágine de Palabras. ¡Muchas gracias por tu inspiración, maja! La obra que nos concierne es el anime Paradise Kiss (2005), una obra muy querida por la mayoría del público y que fue bastante popular en su momento.

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Paradise Kiss está basada en el manga original de Ai Yazawa del mismo nombre y consta de 12 capítulos que la siempre fantabulosa Madhouse tuvo a bien realizar.  Tengo que reconocer que a esta mangaka la tengo un poco olvidada, y tampoco es que haya leído demasiados tebeos suyos. Tiene un estilo muy reconocible al que no le acabo de coger el puntillo, pero esto no me ha impedido disfrutar del cómic que, desde mi punto de vista, es lo mejor de su carrera hasta ahora: Nana (2000). Tristemente, se encuentra en hiato indefinido. Deseo de todo corazón que la autora se recobre pronto de su enfermedad, no ya solo para que le brinde un desenlace a Nana, sino para que pueda continuar con su vida sin sufrimientos en plenitud. ¡Mucha fuerza, Yazawa-sensei!

Si la adaptación al anime de Nana (2006) me encantó también, sobre Paradise Kiss ya no puedo decir lo mismo. Me costó además conectar con el propio manga, ya que el tema que trata y el mundo que lo rodea, el de la moda, me resultan pesados y aburridos. Pero me lo terminé, hace milenios de eso, y reconozco que es un buen trabajo aunque no encaje con mis preferencias personales. Sin embargo, el anime, que también vi hace muchos, muchos años y he vuelto a revisionar para la ocasión, no considero que se encuentre a su misma altura. Ni en broma. Y es una pena. Paradise Kiss, por cierto, en realidad es una secuela de un manga y anime anteriores, Gokinjo Monogatari (1995), del que no tardaré en escribir si todo va bien.

Yukari Hayasaka es una estudiante en el último curso de instituto. Se encuentra en un momento trascendental de su vida, pues debe escoger cuál va a ser su labor como adulto, cuál va a ser su posición en la sociedad. En Japón esto es algo importantísimo, y la presión a la que se ven sometidos los jóvenes de su edad es bastante enérgica. Ella nunca se ha considerado a sí misma una estudiante brillante, pero se esfuerza con ahínco en sacar las mejores notas para contentar a su madre, una mujer estricta y seria que solo desea el mejor futuro para su hija.

Yukari, que no ha conocido en su corta existencia nada más que el trabajo duro del aprendizaje y las responsabilidades de una vida convencional, no se imagina que pueda existir algo más hasta que tropieza con el atelier “Paradise Kiss”. En él trabajan cuatro zagales de su edad, pero muy distintos a ella; creando con sus propias manos atavíos de gran imaginación y riqueza estilística. El cerebro del taller de moda es el arrogante George Koizumi, y todos están convencidos de que Yukari es la modelo perfecta para las creaciones de “Paradise Kiss”.

Y a partir de aquí empieza la batalla de Yukari, la dicotomía entre dos universos opuestos que convergen en ella. Dos mundos que parecen incompatibles en esos momentos, y que obligarán a nuestra protagonista a elegir. Escoger, decidir, madurar. ¿Qué es lo que quiere hacer esta chica con su vida? La pasión de la juventud y su irreflexión candorosa la conducirán a un nuevo planeta lleno de glamour, libertad y nuevas emociones. Un lugar donde puede sentirse ella misma, y que, a su vez, no le exige nada más que ser ella misma. Pero este nuevo mundo se halla dentro de uno más grande: el real, lo mismo que su pequeña esfera de existencia escolar, y es algo que no debe de perder jamás de vista. Paradise Kiss no deja de ser una obra sobre el paso de la infancia a la adultez.

Y esta transición Yukari no la hace sola. Está rodeada de maravillosos personajes que en el anime son cristalizados de manera bastante tosca. Reducidos a su esencia más mínima, haciendo de algunos de ellos incluso caricaturas enojosas. No pretendo escribir un Manga vs. Anime, pero viendo la serie es inevitable que acuda a la cabeza el tebeo, porque existe un diferencia notable. Aun así, si no tuviéramos en cuenta el cómic, el anime deja que desear en ese aspecto. Y es una lástima, porque se olisquea claramente que detrás de ese elenco hay mucha más cera de la que arde.

Comenzando por los miembros del atelier, Miwako Sakurada queda reducida a una genki girl sin muchas neuronas y voz estridente (dios, es insoportable), que de vez en cuando deja brillar su corazoncito de oro. Está terriblemente infantilizada. Su novio, Arashi Nagase, queda plasmado como un punkie gandul al que le entusiasma quejarse. Mi personaje preferido, Isabella Yamamoto, una mujer trasgénero de personalidad fascinante, queda simplificada a mera figura maternal. Finalmente, George Koizumi continúa siendo un presuntuoso y snob, no más insufrible que en el tebeo, aunque sí mucho más plano. ¿Y Yukari Hayasaka? Pues nuestra pequeña Yukari es la que mejor parada sale de todos, no en vano es la protagonista, aunque tampoco podamos decir que sea un portento de personaje.

Yukari sufre la esperada evolución en este tipo de obras: de la niña sumida en una vida gris, marcada por el deber, siguiendo la senda transitada por la mayoría y haciendo lo que se espera de ella, al excitante descubrimiento de que el mundo es… muy grande. Y que dejarse llevar, tomar una actitud pasiva, no la benefician para nada como persona. La vida es dura. El resto de secundarios, como el encantador Toku-chan o la vibrante Mikako Kôda (¡me encanta esa mujer!), son un acompañamiento fantástico, me habría gustado que hubieran profundizado un poquillo más, y que las relaciones interpersonales no hubieran resultado tan deshilachadas, pero 12 capítulos tampoco pueden dar más de sí. Y la propia estructura de los episodios, como pequeños telegramas enlazados y guiados ocasionalmente por un diálogo interior, no contribuye a ello demasiado.

Uno de los puntos importantes de la serie es la relación amorosa que surge entre Yukari y George. Y aunque intentan dotarla de un aire realista, la relación entre ellos no termina de cuajar, no es creíble. Sin más. Es una pareja que realmente no se comunica, y su romance es conducido de manera insulsa, sin emoción. La colegiala sin experiencia junto al guapo (y rico, of course) malote que la manipula. Sus tácticas de seducción y control son muy obvias, y hacen al personaje todavía más odioso si cabe. El idilio evoluciona porque Yukari crece como persona, y al hacerlo, el futuro de este se encuentra sentenciado. No puede ser de otra forma. Yukari y George no funcionan, no pude empatizar con ellos en ningún instante. A pesar de que la presencia de George Koizumi es considerable durante el proceso de madurez de Yukari, su aportación es únicamente la de obligarla a ser sincera.

Esta falta de verosimilitud no es aislada, se encuentra dipersa por todo el anime. La historia de unos niños bien con una noción poco realista de la vida y que viven en una burbuja ajena al común mortal. Mayordomos, cochazos, mansiones exhuberantes, institutos maravillosos y exclusivos, y mucha gente cool. ¿De verdad esto es un josei? No sé yo…

Uno de los dilemas que brotan conforme se visiona Paradise Kiss es si estamos frente a un shôjo o un josei, porque comparte características de ambas demografías. Está catalogado como josei, pero yo personalmente lo considero un híbrido de shôjo-josei que a ratos juega a ser serio y formal. ¿Incluir escenas y diálogos sobre drogas y sexo, o presumir de un final materialista lo convierte en josei? Yo diría que hace falta un poquito más. Y es que no abundan los josei puros, la industria y los autores continúan ofreciendo todavía de manera mayoritaria el mismo tipo de producto a niñas, adolescentes y mujeres, con enfoques infantiles, fuertemente idealizados y centrados en las mismas temáticas y contenidos: romance, belleza, moda, vida cotidiana. Y es algo que me asusta bastante de manera personal, lo dependiente que es la mujer japonesa de su imagen, la importancia obsesiva por parecer jóvenes y bellas. Es una obligación para lograr su máxima aspiración: marido. Y eso se plasma en ambas demografías. ¿Hay excepciones? Sí, por supuesto. Pero Paradise Kiss no es una de ellas. Y es que el debate de las demografías en el manganime japonés daría para deliberar mucho. Pero hoy no toca.

Paradise Kiss recoge muchos elementos del shôjo clásico de los 60 y 70, y los introduce en su historia con naturalidad: entorno embellecido de reminiscencias occidentales, ambiente escolar de élite, tragedias familiares sin resolver, casualidades y enredos sentimentales visibles, protagonista ingenua y pasiva que solo tiene su belleza como talento, flores, estrellitas y pétalos al viento, comedia ligera y absurda, etc. Mucha horteradita entrañable que siempre se hace querer. Aunque también rinde homenaje a clásicos del josei, como el Pink (1989) de Kyôko Okazaki en algunos guiños como el del cocodrilo; o elige mostrar facetas menos amables en las relaciones entre padres e hijos.

Pero, ¿tiene algo de bueno esta serie? Porque le estoy propinando una zurra antológica. Pues sí, tiene unas cuantas cosas buenas. La primera y principal, su apartado técnico y artístico. Es una verdadera gozada. Tiene una animación estupenda, unos diseños de personajes alucinantes, recursos visuales imaginativos, ¡y qué colorido! Las ambientaciones tokiotas son maravillosas, todo está realizado con sumo gusto y cuidado, y la riqueza de detalles abruma. Por no hablar de las referencias a la cultura popular que aparecen (Godzilla, The cat in the hat, Marilyn Monroe, Humphrey Bogart, etc) y que hacen mucho más jugoso su visionado. Hasta el opening y ending son bastante más que potables (Franz Ferdinand, ouhyeah!).

Resumiendo, y siendo consciente de que es una unpopular opinion como la Gran Esfinge de Guiza, Paradise Kiss es un anime sin un clímax real y con un enorme potencial desperdiciado. No es mala obra, pero se asienta en una tierra de nadie donde queda a la merced de sus excelencias visuales y artísticas, que son numerosas y deslumbrantes, pero que no son suficientes para hacer de ella una adaptación digna. Es vacua, instrascendente, superficial, vaga. Y con el paso del tiempo, se olvida con facilidad. Se ve, distrae pero no emociona. Una lástima, pero ya sabemos que un bonito envoltorio no lo es todo. Puede, de hecho, esconder una decepción. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Peticiones Estivales: Umimachi Diary

¡Más, más Peticiones Estivales! No me canso de repetirlo pero, ¡este año me tenéis muy contenta! Han sido bastantes vuestras sugerencias y muy variadas, ¡os lo agradezco un montón! Así que, ¡proseguimos! Esta vez con la proposición de Jane, que junto a Umibe llevan el prodigioso blog El Destino de la Flor de Cerezo. Cierto que se encuentran en una especie de estado de hibernación desde hace unos mesecillos, pero sus contenidos ahí los tenéis y os prometo que merecen la penita de verdad.

La petición de Jane es la mar de interesante, se trata de la obra Umimachi Diary, un manga creado por Akimi Yoshida, que esta temporada de verano está siendo un poco más conocida entre la otaquería por ser la artífice de Banana Fish. Un tebeo que, por cierto, os recomiendo (ya caerá por aquí, ya); y su adaptación animada me parece de lo mejorcito del estío. Por ahora. Regresando a Umimachi Diary o Diario de un pueblo junto al mar (2006-2018), se trata de un cómic que ha finalizado hace nada, el 28 de junio de este mismo año. Fue publicado por Flowers y, si no me equivoco, consta de 8 tankôbon a la espera de que recopilen los últimos capítulos para cerrar la serie con 9 totales.

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Como podréis imaginar, no he tenido la oportunidad de leerlo completo; pero algo he podido ojear ya que nuestros vecinos franceses (benditos sean), lo están publicando bajo el nombre de Kamakura Diary a través de Kana. Sería maravilloso que alguien en España se animara también a traerlo (¿Tomodomo?, ¿Milky Way? ¿Ponent Mon? ¡Quién sea!), porque es oro puro. Akimi Yoshida es una mangaka curtida en los menesteres del shôjo y el josei, con tres Shôgakukan bajo el brazo por Kisshô Tennyo (1983), Yasha (1996) y Umimachi Diary (2006); y varias nominaciones a los premios Tezuka y Taishô. De hecho, El diario de un pueblo junto al mar ganó el Excellence Prize del Japan Media Arts Festival en 2007 y el Taishô en 2013. Yoshida-sensei no es una cualquiera, y sus trabajos siempre se han caracterizado por otorgar a las demografías femeninas un enfoque distinto. Creo que es algo que muchos están descubriendo gracias al anime de Banana Fish. Y eso es estupendo.

Umimachi Diary es un manga muy querido en las islas, ha tenido hasta su adaptación al teatro. Pero sobre todo es conocido por su versión cinematográfica, Our little sister (2015), dirigida por Hirozaku Kore’eda. Fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en Cannes y, aunque no ganó ningún garladón del festival, sí tuvo bastante repercusión en Occidente, con excelentes críticas en los medios especializados además. Se llevó el Premio del Público en el Festival de San Sebastián, y recibió varios en su casa por parte de la Academia de Japón.

¿Sobre qué escribir? ¿Del manga o de la película? Dado que todavía no puedo hacer una reseña completa del cómic como se merecería y del film sí, pues hoy toca cine. No es por falta de ganas, y podría hacer una pequeña review sobre lo que he leído (2 volúmenes por ahora), pero prefiero reservarme y finalizarlo. Quizás con la insensata esperanza de que alguna editorial lo publique (¡por favor, por favor!) en estos lares; y si no, tirar, como ya es costumbre, de la France. Por otro lado, soy de la opinión de que los géneros y demografías considerados (ejem) femeninos (josei, shôjo, romance, etc), no son tales, sino que pertenecen a todos. Igual que los catalogados masculinos, que ya de serie se consideran universales y nadie dice ni pío. Umimachi Diary lo puede leer cualquier mozo, que os aseguro que no perderá su hombría; y tiene el indudable potencial de hacer disfrutar a cualquier ser humano, a no ser que se deje abrasar por los prejuicios. En ese aspecto, Akimi Yoshida ha hecho siempre un trabajo excelente, derribando cuando ha tenido ocasión convencionalismos.

Umimachi Diary es un drama costumbrista que nos introduce en la vida de cuatro hermanas en Kamakura. Esta ciudad, situada al sur de Tokio, es conocida por su potente tradición religiosa e histórica, un lugar con gran afluencia de turistas por su localización privilegiada junto al mar. En el manga la población tiene una fuerte presencia que en el film se diluye bastante, así como también la personalidad de las chicas y otros personajes se pierde un poco. Reconozco que es muy difícil realizar una adaptación completamente exacta a la obra original, son dos medios diferentes con dos lenguajes distintos; por no hablar de que no se busca una mera traslación, sino que el nuevo vástago tenga su propia esencia y valía. Pero… pero. Echo de menos el sentido del humor de Yoshida, las reverendas borracheras de Yoshino, la dulce insensatez de Chika y su pelo afro, esa malicia inofensiva del cotilleo entre hermanas, los hilarantes diálogos internos, etc. Sin embargo, you can’t always get what you want. Y, ¡qué diablos!, la película Our little sister, ya os adelanto, también es muy requetebonita.

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Las hermanas Kôda, Sachi, Yoshino y Chika, acaban de entererarse de que su padre ha muerto. En los últimos 14 años no han sabido gran cosa de él, pues dejó a su madre para irse con otra mujer. A su vez, su madre, incapaz de asimilar lo sucedido, huyó también dejando a sus tres hijas con la abuela, que las crió en su vieja casa. Fallecida esta, continuaron viviendo en ella. Sachi, la mayor, trabaja de enfermera en el hospital, Yoshino en una oficina bancaria, y Chika en una tienda de deportes. Las tres tienen formas de ser muy distintas, y se han ido adaptando a sus circunstancias familiares como han podido. Sachi es la que más recuerda a su padre y el antiguo hogar, con un lógico resentimiento hacia sus progenitores, pero ha sabido siempre mantener bajo un estricto control sus emociones.

Sachi, en un principio, se escuda en que tiene turno de noche para no acudir al funeral, en Yamagata, donde su padre había rehecho su vida regentando un ryokan. Ahí, en el agreste Tôhoku, se había casado por tercera vez, al fallecer su segunda esposa, y había disfrutado del aprecio y estima de los que le conocían. Para cierta sorpresa de las Kôda, era considerado una persona buena y amable con todos. De él había cuidado durante su enfermedad su hija Suzu, de 14 años, retoño de la esposa número dos. Las Kôda no pueden evitar sentir cierta curiosidad por conocer a su media hermana, apenas una adolescente, y se sorprenden de su consideración y entereza. Sachi, que acude al final, se ve reflejada inmediatamente en ella: una cría a la que han arrebatado la niñez,  ha tenido que aprender a madurar de forma muy dolorosa y que se ha quedado sola en el mundo. Así que, en contra de su manera de actuar, se deja llevar por un impulso y la invita a vivir con ellas en su hogar de Kamakura.

Este es el punto de partida de un slice of life sereno y emotivo, pero maravillosamente falto de sentimentalismo. Y es que la ausencia de melodrama, en una historia como esta plena de sinuosidades que rozan lo rocambolesco, es milagrosa. Las hermanas Kôda llevan a la hija de la persona que les arrebató a su padre a vivir con ellas. Su medio hermana, una chica inocente sin otra familia que ellas. Y Suzu es muy consciente de la situación, no es ninguna tonta, sabe que su presencia revive antiguos agravios. Our little sister plantea un laberinto emocional donde todas tienen asignaturas pendientes de una manera u otra, un dédalo en el que se desliza la culpabilidad.

Kore’eda es todo un experto en lidiar con los sentimientos humanos con sutilidad y delicadeza, y eso es lo que nos muestra en Umimachi Diary: el universo femenino japonés, rico, generoso y lleno de contradicciones. Es inevitable evocar Las hermanas Makioka (1936) de Junichirô Tanizaki o el clásico occidental Mujercitas (1868) de Louisa May Alcott conforme vamos viendo la película; así como, por mucho que le moleste al director, la sombra de Yasujirô Ozu en la forma que tiene de crear poesía. Sin azúcar ni artificios, con hermosa simplicidad y ternura. Un shôshimin-eiga honesto de lo que es ser mujer en Japón en la actualidad, y no es para nada fácil.

Our little sister es un drama familiar realista que plasma lo cerrada y encorsetada que es la sociedad japonesa. El pudor a la hora de expresar los sentimientos hace que se enquisten, ulceren profundamente por dentro. No es casualidad que no sea casi hasta el final de la película que ninguna se atreva a hablar de forma abierta y franca de su padre. Una comunicación franca y honesta siempre es necesaria entre personas que se quieren, desahogarse también es indispensable para poder continuar adelante con la vida. Cada hermana es retratada de manera individual, con una profundidad psicológica acorde a la importancia de su personaje, por supuesto, pero todas colman con sus pensamientos y emociones la vieja casa en la que viven. Una casa rebosante de recuerdos y sentimientos entretejidos con ligereza, pero fuertes e impetuosos a la vez. La relación entre ellas es natural, fluida, casi mágica.

Es significativa la continua presencia de la muerte. La película comienza y acaba con un funeral, y las alusiones a ella no son pocas. Las personas vamos, venimos y, al final, desaparecemos. Como todo en el mundo. Es la futilidad de la existencia. Sin embargo, los japoneses han sabido hallar en esa impermanencia la más exquisita de las bellezas. Umimachi Diary rezuma de mono no aware, impregnando con su dulce melancolía la cadencia del film. La conmoción ante lo efímero de la vida es la que conduce, en cierta forma, a estas hermanas hacia la purificación del perdón. El perdón para sus padres, el perdón para ellas mismas.

Our little sister trabaja a distintos niveles, su complejidad es admirable a la hora de cristalizar el desconcierto y los matices de las emociones humanas. La terrible dependencia de la mujer japonesa hacia el hombre, la necesidad imperiosa de tener un interés amoroso y/o casarse. Todo esto en una sociedad que responsabiliza únicamente a la mujer del fracaso de las relaciones sentimentales o el matrimonio, ellas solas cargan con la culpa completa. Su obligación es servir a su pareja o marido, hacerles sentir bien; si las abandonan, es porque no están cumpliendo con su papel. Por eso la madre de las hermanas Kôda es acusada de que su marido se fuera con otra. Su padre es considerado, recordemos, un buen hombre; aunque en realidad fuera un cobarde que se preocupara más de los demás que de su propia familia, y cuya debilidad de carácter lo hacía incapaz de asumir sus errores. Y es precisamente cuando las cuatro hermanas son conscientes de todo esto, que logran liberarse y conseguir cierta paz. Sentirse personas plenas y autosuficientes sin la necesidad perentoria de una presencia masculina. Ellas mismas se bastan, ellas mismas conforman un núcleo familiar perfecto. Llegar a una conclusión así en la sociedad nipona no es cualquier cosa, ojito.

Diario de una ciudad junto al mar es un recorrido por las vidas de cuatro mujeres, los lugares que habitan, sus gustos, sus experiencias, sus heridas. Los deliciosos tentempiés que prepara la dueña de la cantina La Gaviota; la paciente elaboración casera de licor de ciruela; la inmediata camaradería entre las Kôda y Yuzu; las recetas gastronómicas de la familia y sus degustaciones; la primera pedicura de Sachi con esmalte rojo; etc. La película está repleta de detalles muy humanos y creíbles, pero siempre con una mirada amable y bondadosa. Todo en ella invoca un lirismo elegante que mediante planos medios y largos otorga una silenciosa intimidad de voyeur. Para los diálogos, planos cortos en interior de gran intensidad.

Se trata de una obra que va desarrollándose con calma, adaptándose a la evolución psicológica de los personajes. Cada hermana ocupa el espacio de un cliché: la mayor, responsable y seria, motor incuestionable de los cambios; la mediana, rebelde y con mala suerte con los hombres; la tercera, desenfadada y candorosa; la pequeña, tímida y buena deportista. Desde luego, Umimachi Diary no va dirigida a un público impaciente, y la ausencia de un clímax destacado marchita un poquito su desenlace. No obstante, el trabajo de las actrices es en verdad memorable, y a pesar de que no sea la película más original de Kore’eda, resulta un film estupendo que debería remitir al espectador de forma inmediata al manga.

Our little sister es una bonita película que hará las delicias de los amantes del costumbrismo clásico japonés, con muchas reminiscencias budistas (tiene lugar en Kamakura, no obstante), y un aspecto visual impecable, transparente y de gran pureza. Su guion, que parece exhala cierto aroma culebronesco, no puede resultar más engañoso en ese aspecto, pues oculta temáticas más hondas de lo que cabría esperar. En resumen, un film agradable y bien confeccionado, aunque no alcance la excelencia (ni falta que hace). Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, Peticiones estivales

Peticiones estivales: El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge

¡Ya están aquí las Peticiones Estivales de este 2018! La verdad es que estoy bastante contenta porque ha habido más participación que en las ediciones pasadas, así que, ¡muchísimas gracias a todos los que habéis realizado alguna sugerencia para SOnC! Me habéis ofrecido mucha variedad de trabajo, y eso es realmente estimulante.

Vamos a inaugurarlas con una petición de @morganmorag que, con mucho tino además, solicitó algo de gekiga. Y es que hace bastante que no escribo sobre algún autor del género. Imperdonable. Por lo que hoy vamos a tener la reseña de todo un clásico: Munô no Hito (1985) o El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge (1937, Tokio). Fue publicado en España no hace mucho por Gallo Nero, y es una adquisición que os recomiendo sin pestañear. La misma editorial también ha tenido el exquisito gusto (y fortuna) de sacar adelante La mujer de al lado, un volumen de varias historias cortas muy digno también. Os prometo que no es nada fácil encontrar material fuera de Japón de Tsuge, es un hombre bastante peculiar, y hasta no hace mucho las obras publicadas en Occidente de este maestro del manga eran contadas con los dedos de una mano en inglés y francés (cómo no). Ahora podemos añadir dos más. En español. Y ya.

Este señor al que vemos posando rodeado de cámaras fotográficas con pintas de un ser humano normal es el autor protagonista de hoy. Aparecen también su hijo y esposa, la actriz e ilustradora Maki Fujiwara. Podría haberme inclinado por Yoshihiro Tatsumi (del que ya escribí un poco aquí), Osamu Tezuka, Sanpei Shirato o Shigeru Mizuki, nombres habituales relacionados con el género, y que suelen acudir a la mente del lector de tebeos avezado. Sin embargo, he preferido alejarme un poco de lo obvio, y acudir a los márgenes del manga. No por eso menos trascendentales e interesantes. Yoshiharu Tsuge fue, y es porque continúa vivo a pesar de vivir alejado del mundo del cómic, uno de los mangaka más importantes e influyentes de la historieta de Japón. Aunque su nombre no suene tanto como el de otros (gracias a Gallo Nero eso está cambiando por estos lares), su importancia es capital en el desarrollo y evolución del gekiga, que Tsuge además llegó a rebasar.

Pero antes de entrar en harina con El hombre sin talento, resulta imperativo detenerse un mínimo en la biografía de este hombre. Su obra, una de las más originales del manga nipón, está vinculada de manera insondable a sus circunstancias vitales. No se entiende la una sin la otra.

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Tsuge, en 2015, comentando en una cafetería algunos originales de su clásico “Chiko” (1966) Fuente: http://d.hatena.ne.jp/shimizumasashi/comment/20111019/1319027589

Unos tebeos tan singulares como los suyos no podían proceder de una vida común tampoco. Muy a su pesar, Tsuge tuvo una infancia difícil marcada por un entorno de familia disfuncional, la pobreza extrema y la II Guerra Mundial. Psicológicamente, Tsuge sufrió durante toda su vida adulta las consecuencias de una niñez y adolescencia muy, muy penosas.

Su padre falleció, dejando a su madre con varias bocas que alimentar, por lo que nada más acabar la educación primaria, Yoshiharu Tsuge se vio obligado a trabajar en fábricas. Tenía dos hermanos y dos hermanas más, siendo él el mayor (su hermano Tadao Tsuge, del que seguro que escribiré en el futuro, también se dedicó al mundo del cómic). Se crió en un Tokio devorado por la guerra y su posterior recesión. Con 14 años intentó fugarse como polizón en un carguero de bandera estadounidense; con 16 ya estaba dibujando, a los 20 intentó suicidarse.  Siempre fue una persona extremedamente tímida, por lo que el negocio del manga le permitía no tener que relacionarse casi con gente y, a la vez, ganar dinero con modestia. Se estrenó en el mercado del kashi-hon, muy popular entre las clases humildes en los años 50, y donde solía dibujar chanbara para el público joven. A pesar de que eran tebeos sencillos, con la influencia inevitable de Osamu Tezuka, no dudó en inocularles tinieblas, cosa que llamó la atención de los profesionales del gremio. Sin embargo, la miseria no lo abandonaba, y se vio forzado a vender su propia sangre para subsistir. A los 18 años creó su primer gekiga; y en 1967, Shirato Sanpei lo invitó a publicar su material en la fundamental revista Garo, que se convirtió en uno de sus medios de expresión. En sus páginas se explayó con tranquilidad y osadía, rompiendo las reglas establecidas del manga, innovando y creando nuevos géneros incluso. Sus tentáculos creativos llegaron hasta el mundo del cine, la música y la literatura, que leyeron asombrados (y ávidos) todas sus invenciones y novedades.

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El que se apoya en la puerta es Mizuki, con su inconfundible sonrisa; el de en medio sin gafas y chaqueta blanca, Tsuge.

Pero la mente de Tsuge, influida quizás por la neurosis padecida por su padre y multitud de traumas más, no le permitió llevar una carrera artística constante y uniforme. En 1966 sufrió una profunda depresión que lo condujo a abandonar sus propias creaciones, y para ganarse la vida trabajó como ayudante de Shigeru Mizuki. Aprendió muchísimo de él, su estilo se pulió y absorbió muchas de sus características. Pero Tsuge se recuperó, y continuó adquiriendo una reputación bastante especial. Su obra, completamente insólita para la época, junto a su talante inusual, le hicieron ganarse los adjetivos de ishoku (único, original) y kisai (genio), que aunque triunfaba entre la crítica especializada, el público general encontraba inaccesible. Podríamos considerar a Yoshiharu Tsuge el primer mangaka excéntrico de la historia de Japón.

Tsuge dibujó básicamente gekiga, tebeos avant-garde como crónicas oníricas, y narraciones autobiográficas. También historias sobre sus viajes por el Japón menos conocido, a ese Japón recóndito al que no se presta(ba) atención. En total, publicó unas 150 obras, hasta que a finales de los 80 decidió retirarse definitivamente del mundo del manga, por el que sentía ya una profunda repugnancia. A pesar de que la depresión interrumpió  su carrera profesional en varias ocasiones, su adiós en 1987 fue definitivo. No ha regresado ni tiene intenciones. Es posible que ese odio que desarrolló hacia la industria editorial comenzara ya en los 70, cuando el modelo de negocio cambió. La libertad creativa se supeditó a la productividad, algo totalmente incompatible con la manera de ser y hacer de Tsuge.

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Munô no Hito o El hombre sin talento

Y así llegamos hasta el tebeo protagonista de hoy, El hombre sin talento (1985). Tsuge nunca fue un autor optimista, de hecho todo ese entusiasmo renovador que muchos artistas de la posguerra cultivaron, y que vio renovadas sus energías en el boom de los 80, no impregnó en absoluto su espíritu atormentado. Esa década fue además una etapa dura para él, estuvo ingresado varias veces en instituciones psiquiátricas, y perdió la visión de su ojo izquierdo. Se encontraba extenuado, y este manga  recoge muy bien ese sentir vital, que no obstante lo acompañó desde niño, y que fue ahondando sus raíces a lo largo de los años. Se trata de un cómic enclavado en el watakushi-manga, género que él mismo inició con Chiko, el gorrión de Java (1966). El watakushi-manga es una especie de traslación al medio del tebeo del género literario watakushi-shôsetsu o “novela del yo”, que surgió a finales de la era Meiji. Un tipo de novela centrado en las vivencias y pensamientos del mismo escritor, imbuído también de una potente crítica social, riqueza simbólica y complejidad psicológica. El mangaka, como buen introvertido, era (seguirá siendo, digo yo) un lector voraz, y no titubeó a la hora de dejarse empapar por los libros que leía. Visto en perspectiva, era inevitable que Tsuge acabase creando el watakushi-manga. Porque abrirse en canal y mostrar las entrañas al público no puede ser más tsugiano.

talento17Pero a diferencia de sus obras pasadas, que emanaban un fulgor claramente surrealista, Munô no Hito es esencialmente realista, más cercano si cabe al watakushi-shôsetsu. Una historia formada por otras más pequeñas, presentadas mediante pequeños detalles cotidianos, que son los que construyen y dan verosimilitud a la narración. Siempre desde una estricta perspectiva individual, en primera persona. Sin embargo, aunque tiene tintes autobiógraficos muy evidentes, reducir El hombre sin talento a la categoría de memorias, confesiones o un mero diario, sería constreñir su naturaleza. Este manga es mucho, mucho más.

Podríamos comenzar diciendo que El hombre sin talento es un enorme slice of life. Porque el costumbrismo nipón, con esa eterna dicotomía entre tradición y modernidad que brota por doquier, alcanzó su orgasmo en los 80; y Tsuge lo expresó de una manera contudente. La lucha por adaptarse a un mundo nuevo, ajeno, extranjero, superficial y cruel. Pero este combate empezó para Tsuge ya de niño, con la derrota de la II Guerra Mundial. Muchos japoneses no supieron aclimatarse a ese nuevo cosmos que los dejaba atrás. Un capitalismo feroz que asfixiaba lo que no fuera rentable, y que ridiculizaba además el pasado. Y el protagonista de Munô no Hito no es otro que una de esas personas desarraigadas, cuyo espíritu todavía se aferra al viejo Japón, y es incapaz de salir del agujero. Regodeándose en su miseria, rumiando junto a otros como él la amargura  que brinda ser consciente de la propia mediocridad. Y solo desear desaparecer. Ese es Sukezo Sukegawa, álter ego de Yoshiharu Tsuge.

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Sukezo Sukegawa es un mangaka que decide abandonar la profesión para dedicarse a negocios que no funcionan. Su esposa lo desprecia por su insensatez, y su hijo, un muchachito enfermizo que padece asma, parece estar desarrollando algún tipo de desorden mental. El único sustento que tienen para sobrevivir es el trabajo de ella, repartiendo publicidad en los barrios obreros. Viven con muchas estrecheces.

Sukegawa empezó con un proyecto de venta de cámaras de segunda mano que al principio funcionaba bien, pero acabó quebrando; luego decidió dedicarse a la venta de suiseki, o piedras de forma y/o color especiales que evocan de manera hermosa paisajes, animales, etc. Una disciplina antigua procedente de China y que en su momento álgido movió mucho dinero, pero totalmente abandonada cuando Sukegawa resuelve dedicarse a ella. Como carece de dinero, no puede viajar a lugares remotos y especiales donde hallar suiseki de calidad, así que los busca al lado de su casa, en el río Tama. Un lugar muy transitado y que todo el mundo conoce, por lo que resulta absurdo vender piedras que cualquiera puede recoger con facilidad. Algo tan lógico no penetra en la cabeza de Sukegawa, que con terquedad insiste incluso en ampliar el negocio. Sukegawa duerme, sueña, divaga, tiene ideas grandilocuentes y su mente vuela. Pero la realidad es más tozuda que él, su empresa está condenada al fracaso.

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Sukegawa se relaciona con otras personas tan perdidas como él, unos sumidos en las mezquindades de su especialidad, de espaldas al presente y regurgitando la gloria del ayer; otros devorados por la miseria y su propia amargura; también alguno que refleja su propia pasividad y abandono, su afán autodestructivo inconsciente. Para él es un consuelo no encontrarse solo en su condición de inadaptado, incluso siente cierta alegría perversa al observarlos tan desdichados como él. Porque todos, en cierta manera, han elegido vivir así, el mismo Sukegawa reniega de su propio talento (¡que lo tiene!) una y otra vez.

Pero toda esta indolencia por parte de Sukegawa, ese vacío existencial que roza el nihilismo, tiene unos fundamentos filosóficos sólidos. Se trata, nada más y nada menos, que del objetivo final del budismo, que es alcanzar el nirvana. La propia etimología de la palabra nirvana es “extinguirse de un soplo, apagarse como una vela”. Evaporarse, dejar de existir. El mismo Sukegawa lo expresa así en varios momentos, y es que Tsuge fue un gran lector de los textos de las diferentes escuelas budistas japonesas.

El hombre sin talento carece de estructura lineal, pero se recorre con bastante facilidad. Son seis cuentos autoconclusivos que pueden leerse de manera independiente y sin seguir un orden concreto, pero que juntos forman un volumen cohesionado y natural. Unido esto a un dibujo sencillo, pero de una expresividad apabullante, tenemos entre manos un tebeo engañosamente simple. Formalmente es clásico, pero su mensaje es profundo y complejo. El arte, que bebe de grandes maestros como él (Tezuka, Mizuki), con una ambientación y escenarios extraordinariamente minuciosos, es uno de sus puntos fuertes; aunque a los otacos más familiarizados con el estilo comercial es posible que les cueste acostumbrarse. Esto es gekiga, esto es manga alternativo. Ha sido toda una experiencia disfrutar de sus maravillosos paisajes rurales y urbanos, de una prolijidad exquisita.

Se trata no ya solo de un autorretrato por parte de Tsuge, sino de una estampa social dolorosa, donde se plasman las crueldades de una sociedad que se fagocita a sí misma. Hipócrita, codiciosa y de una competitividad desalmada. No hay lugar para aquellos que se resisten a esa maquinaria de capitalismo feroz, sea porque no pueden ya adaptarse a los nuevos tiempos, sea por pura rebelión, sea por apatía inconformista. O todo a la vez. Y Tsuge no vacila a la hora de emponzoñar la historia con una ironía acre que se mofa de todo y de todos, incluido él mismo. Hay cierto aroma sadomasoquista en todo ello.

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Sin embargo, aunque la imagen que vierte sobre sí mismo es bastante sangrante, lo hace desde una posición de autocontemplación, con una serenidad luminosa. Y se muestra sin temor suspendido sobre un abismo donde comparte desgracias y reflexiones con otros parias como él. Todos participan de un mismo destino, y reverberan en la misma frecuencia. Algunos de ellos son auténticas caricaturas hasta en su diseño, pero todos están trazados con un perfil psicológico nítido, con su propio simbolismo. Un abanico de sentimientos y emociones que asombran por su precisión.

Además de la dureza, la ligera denuncia social y esa vulgaridad soez que Tsuge plasma, desafiante, con brillante sentido del humor (el profiláctico en el río, el niño que defeca en medio del restaurante, etc), en El hombre sin talento hay espacio para el lirismo. Porque Tsuge sabía crear poemas con sus dibujos, con sus textos. Una poesía de belleza delicada y simple, deudora del Mono no aware. Los guiños al surrealismo, a pesar de que se trata de una obra realista, no son pocos; y aportan una fascinación morbosa a todo lo que va acaeciendo.

El hombre sin talento es un manga que todo amante de la cultura japonesa debería leer tarde o temprano, porque ha trascendido ya las barreras del mundo del tebeo.  Munô no Hito es literatura, es filosofía, es arte. Con una tranquilidad pasmosa y sin caer en el melodrama (en una obra así sería de muy mal gusto), Tsuge desgrana unas historias que reflejan la sociedad y sentir de una época, que expresan una angustia vital tan introspectiva como misteriosa. Su mensaje continúa siendo totalmente vigente, y cala. Ya os digo yo que cala. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

manga, Microrreseñas

Microrreseña: el sereno vacío de Wo Shi Bai

En mis búsquedas, casi todas infructuosas, por encontrar en la red algún manhua que pudiera ser capaz de entender con mi actual nivel de mandarín, me tropecé en la publicación NeoCha con un autor bastante intrigante. A parte de que podía comprender el escaso texto de sus tebeos, el concepto de sus obras me dejó completamente fascinada. Eso fue para Navidad, y a partir de entonces no he cejado en seguir sus pasos a través de su tumblr, donde habitualmente publica gran parte de sus trabajos.

Su persona es todo un misterio, solo se sabe que nació en Shanghai y que es hombre. Poco más. Su nombre artístico, igual de enigmático que su perfil público: Wo Shi Bai (我是白), que se traduce como “soy blanco”. Durante un tiempo ha existido algo de revuelo entre seguidores y curiosos, pues en esta época, donde la privacidad y anonimato son tan raros en el mundo digital, Wo Shi Bai había logrado mantener cierto hermetismo. Las especulaciones estallaron por los aires como confeti mediante comentarios de lo más pintorescos. Sin embargo, parte de ese misterio se resolvió durante las exposiciones que tuvieron lugar en Fuzhou y su ciudad natal el pasado 2017. Y digo en parte ya que solo tuvieron la oportunidad de conocerlo personalmente los que allí acudieron, el resto del planeta proseguimos todavía a oscuras. No obstante, en mi caso particular tampoco es algo que me preocupe demasiado. De momento lo que me interesa de Wo Shi Bai son sus cómics, no su edad, género o si le gustan las ardillas listadas como mascotas.

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Esta es la portada de su cómic Migraine (2017), que ha sido además publicado por la editorial indie Paradise Systems, que distribuye a todo el mundo a través de su web. Es un tebeo que sigue la tradición del histórico lianhuanhua chino, con unas características muy concretas que no se dan ni en Japón ni en Corea. Los lianhuanhua eran (y siguen siendo) libritos ilustrados con una imagen por página, tamaño de bolsillo, orientación horizontal y texto mínimo. Tienen su origen en la Dinastía Song (960-1279), pero a finales del s. XIX sufrieron el fuerte impacto del incipiente cómic europeo, convirtiéndose durante el s. XX en una herramienta de propaganda política muy poderosa para el Partido Comunista, así como un medio eficiente de alfabetizar al campesinado. No obstante, por lo que se hicieron realmente célebres fue por sus narraciones de aventuras repletas de la épica de las antiguas leyendas chinas, y sus historias pulp. El grandísimo escritor Lu Xun (1881-1936) sostenía la firme opinión de que los lianhuanhua eran una nueva forma de expresión artística, y que las críticas que recibían por su poderosa difusión entre las clases populares eran simplemente puro esnobismo.

Los lianhuanhua fueron los cómics, las películas y las series de TV de millones de chinos durante décadas, hasta que fueron desplazados en los años 90 por los manhua de influencia nipona. Actualmente son valiosas reliquias para coleccionistas y objeto de serios estudios académicos, pues son considerados parte imprescindible de la historia cultural del país. Y después de este pequeño rodeo para explicar un poquito algo de la tradición comiquera china, que es tan antigua y rica como nuestra amada japonesa, regresamos a Wo Shi Bai. El artista e ilustrador de Shanghai hace suyo el legado del lianhuanhua y lo renueva por completo, otorgándole una flamante mirada contemporánea.

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Adaptación a lianhuanhua de la película Star Wars. Más info aquí.

Migraine es una obra con mucho de autobiográfico, y en ella queda plasmada una de las características más reconocibles de Wo Shi Bai: la expresión de las emociones más complejas a través de imágenes simples, pero siempre con un desapasionamiento quirúrgico. Y el resultado es, en algunos momentos, pertubador por su pulcritud minuciosa, como un disparo de emociones dirigido al cerebro, no al corazón. Y las ideas que de ahí brotan son difíciles de verter en palabras, por eso las obras de este autor son tan peculiares.

Wo Shi Bai ha realizado también interesantes series de ilustraciones como su Chuck and the Portal, pero son sus pequeños cómics los que brillan con luz propia. Suelen ser cortos, one-shots a lo sumo de 20 viñetas en total; y tienen de protagonista a un humanoide (小白人) con los vehículos de expresión más elementales. ¿Se trata de un alter ego? Quizá. Pero suele ser el protagonista de sus pequeñas parábolas filosóficas, aunque también aparecen a menudo otros personajes de atributos igualmente muy sencillos, pero alta carga simbólica.

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Chuck and the Portal (2017)

En los lianhuanhua de Wo Shi Bai no existen las fronteras del espacio y el tiempo. El artista rompe sus límites, los deforma y manipula para sus propósitos. Es el suyo, además, un surrealismo de corte clásico, que evoca la profunda metafísica de Giorgio de Chirico (1888-1978) y asimila los ropajes de René Magritte (1898-1967); pero que no se encuentra exento de una aguda angustia existencial. Las paradojas son habituales, así como una estructura circular en su narrativa que se cimenta claramente en el pensamiento de Zhuangzi (s. IV a. C). Y no podía ser de otra forma, aunque algunas referencias las reconozcamos como occidentales, Wo Shi Bao no deja de ser chino, y el poderoso influjo cultural de su patria tiene que florecer a la fuerza. El sueño de la mariposa, cuento incluido en el Sobre la igualdad de las cosas del filósofo, surge como una de sus inspiraciones recurrentes.

El arte de Wo Shi Bao es de línea clara y minimalista, de una elegancia simple y que resulta perfecta para transmitir los conceptos sobre su cotidianeidad fantástica. Sus tebeos son feudo de la imaginación, donde el inconsciente presume de su poderío. Resultan muy cerebrales mediante ese rosario de alegorías, invitando a la reflexión. No obstante, aunque a priori puedan parecer densos, son obras muy accesibles y agradables, perfectas por su disposición y dinámica para leerse en un medio digital. Y para muestra, un botón: este es su Limpieza.

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Hasta donde he podido rastrear, sus trabajos comenzaron a publicarse a principios del 2017. No lleva mucho en esto del mundo del cómic (al menos como Wo Shi Bai), pero en pocos meses está logrando hacerse un merecido sitio. A través de su instagram y su tumblr se pueden disfrutar de la mayoría de sus tebeos, y os invito a que les echéis un vistazo. Merecen mucho la pena, a mí este señor me tiene enamorada con sus silencios y vacíos tan llenos de significado. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

anime

¿Y ahora qué toca? Primavera 2018

Otra temporada animesca está llegando a su fin, y la nueva primaveral asoma ya el hociquillo. Por lo que aquí estamos de nuevo, haciendo un repaso de lo que va a ser mi cartelera los próximos meses. Siempre lo comento, pero es la purita verdad: me resulta muy tedioso hacer este tipo de entradas, además de que no suelen ser para nada representativas de lo que finalmente acabo viendo. Estos son tiros a ciegas en los que solo se plasman intenciones. Y las intenciones chocan contra una realidad compacta y terca, donde un anime puede florecer como un cardo borriquero a pesar de las ilusiones que nos hayamos hecho.

Este pasado invierno la lista que tenía preparada quedó reducida a cuatro series, solo una de las que consideré de alto interés logró sobrevivir (Pop Team Epic), lo demás ha sido una carnicería brutal en la que no he tenido ningún tipo de compasión. Lo que no me convenció (y entretuvo) unos mínimos, lo envié a extirpar garrapatas a las ovejas de la taiga siberiana. Y esta disposición poco transigente hacia ciertas memeces me ha hecho abandonar series que han tenido bastante repercusión entre la otaquería. Los que me leáis habitualmente ya sabéis que SOnC es uno de esos turbios antros a rebosar de opiniones y artículos impopulares, por lo que no ha tenido nada de particular. Todo ha ido como siempre.

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“Mujer admirando las flores del ciruelo por la noche” (circa 1769) de Suzuki Harunobu

¿Y esta primavera? ¿Cómo se presenta? Para mí personalmente solo existe una única luz que ilumina mis trémulos pasos durante las próximas semanas: Golden Kamuy. Lo demás no capta mi interés ni una décima parte; no obstante, siempre hay sorpresas y mantendré el radar alerta por si se me ha escapado algo o me sugerís alguna cosilla. Aviso: en este repaso no incluyo ni continuaciones ni remakes, solo estrenos puros. Porsiaca.

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En esta categoría incluyo los anime que voy a comenzar, pero en los que menos fe tengo; esos anime que a la mínima duda que me surja los mandaré a escaparrar y se diluirán en la cartelera de SOnC como lágrimas en la lluvia. Anime que me dan un poco de repelús pero en los que atisbo también un poco de luz. Veamos cuáles son.

Wotaku ni Koi wa Muzukashii

Wotaku ni Koi wa Muzukashii promete ser un josei cargadito de estereotipos y clichés a tutiplén: los flirteos entre dos adultos jóvenes con alma frikaza, y los consabidos encuentros-desencuentros que se pueden esperar de una comedia romántica a la japonesa. Es más habitual encontrar estos productos de carácter ligero en el mundo del manga, no obstante, así que será bienvenido semanalmente en mi pantalla si logra no aburrirme mucho. ¿Es pedir demasiado? En mi caso solo exijo simple entretenimiento sin empalagar, y en este tipo de obras eso no resulta fácil. Veremos qué encontramos.

Tada-kun wa Koi wo Shinai

Tengo que ser honesta: este anime voy a comenzar a verlo porque sale un precioso gato gordo deambulando entre humanos enamoriscados. Porque sí, se trata de otra comedia romántica, pero esta vez entre adolescentes. Lo nunca visto, oigan. Ah, el primer amor, la juventud, la inocencia… todos esos tópicos a los que nos tienen acostumbrados los anime aparecerán seguro en Tada-kun wa Koi wo Shinai pero, ¿sería mucho pedir que tirara más hacia Gekkan Shôjo Nozaki-kun que hacia la pastelada? Deseo fuertefuertefuerte que el elenco de secundarios sea jugoso, porque la parejita protagonista en esta clase de series casi siempre resulta algo sosita. ¿Ocurrirá lo mismo aquí? Habrá que esperar todavía unos días para dilucidarlo.

Kakuriyo no Yadomeshi

Kakuriyo no Yadomeshi, creo que todos estaremos de acuerdo, apesta a Kamisama Hajimemashita. Y lo siento: Kamisama solo hay uno. No obstante, este anime comienza bastante peor, con exigencias matrimoniales de por medio a causa de las habituales deudas de honor, y una moza protagonista bastante estándar (buena cocinera, por supuesto). Vayaquésorpresanomeloesperaba. Meh. Sin embargo, el tema del folclore japonés y su maravillosa mitología sintoísta y budista me entusiasma; por lo que, sin esperar demasiado de esta serie, comenzaré a verla. ¿Me acabará dando vergüenza ajena? Tiene toda la pinta, sí, para qué engañarnos.

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NifúNifá es la Tierra de Nadie, donde todo puede ocurrir. Son series que percibo con un potencial importante, aunque también con ciertas posibilidades de irse al cuerno. Eso puede ocurrir con casi todas, podéis pensar. Y es cierto, pero en NifúNifá mi intuición atrofiada, ese olfato que tengo de Perdiguero de Burgos acatarrado, incorpora aquellos anime que me dan un poquito igual pero a los que doy más manga ancha que a los que pueden desaparecer como lágrimas en la lluvia.

Hisone to Maso-tan

Un poquito de acción nunca viene mal, ¿verdad? Y si viene de manos de una mozuela y no la habitual manada de chicarrones dispuestos a demostrar lo valientes y aguerridos que son, mucho mejor. ¡Aire fresco! Un planteamiento distinto en el género de fantasía, eso nos propone Hisone to Maso-tan. Servidora se va a dejar engatusar, una historia de amistad entre un dragón y una humana en un contexto militar es, como poco, bastante curiosa. Así que deseo que no nos decepcione y, ¡ojo!, es un seinen. Por si las moscas.

Hinamatsuri

De Hinamatsuri solo espero una cosa: que me haga reír. Punto. Y os aseguro que eso no es sencillo, pero por lo que he observado en su trailer y en el manga, tiene muchas posibilidades de conseguirlo. De hecho, tengo la loca esperanza de que este anime se convierta en una de mis tablas de salvación de la temporada. Pero soy extremadamente rara con el género cómico, es una de mis desgracias personales. ¿Me brindará la dosis adecuada de humor absurdo y cotidiano que necesito? ¿Será la comedia perfecta primaveral para evadirnos y olvidarnos un ratito de nosotros mismos? Por favor, por favor, por favor, ¡decidme que sí!

Piano no Mori

¿Merecía Piano no Mori una adaptación televisiva? ¿Era suficiente para el manga de Makoto Isshiki solo la película de Madhouse? Piano no Mori claro que merece una serie de animación, es una historia bien contada y bonita, de la que se puede aprender un montón de cosas en multitud de aspectos. Además, ya sabéis, MÚÚÚSIIIICAAAAAAA!! Yes! La base para que sea un excelente drama está ahí, por lo que en principio Fukushima Gainax no lo tiene demasiado difícil. Pero quién sabe, también se trata de material bastante delicado, que en manos groseras puede convertirse en un bodrio lacrimógeno. Y ese es uno de mis temores, la tendencia schmaltzy que últimamente lo está invadiendo todo. Sería una pena que Piano no Mori cayera en las garras de los excesos emocionales. Veremos qué nos depara el destino, tachán-tachán.

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Ñam, ñam, ñam. Luego puede haber indigestiones, pero en principio todo lo incluido en este apartado se engulle sin masticar.

Golden Kamuy

Hace ya un par de años (Luzbel, ¡cómo pasa el tiempo!) que le escribí una reseña al manga de Satoru Noda Golden Kamuy que podéis leer aquí. Ha llovido mucho desde entonces, y el tebeo ha seguido su camino, hasta lo premiaron con un Taishô. En España Milky Way está, afortunadamente, publicándolo, y solo me resta deciros que no os lo podéis perder. Es un cómic de aventuras de los de siempre, pero con elementos muy marcados de la gold rush. Una maravilla, de verdad de la buena. Y encima en mi ansiado Hokkaido, ains, ¡algún día visitaré la isla, que no os quepa duda! Todo lo concerniente al pueblo Ainu me fascina.  Por lo que del anime no espero menos, tiene el listón muy alto. Y no tengo nada más que añadir, todo lo que considero pertinente respecto a esta obra lo tenéis ya en la entrada que le dediqué. Golden Kamuy es uno de los estrenos estrella de mi cartelera, esperemos que no me defraude.

Wakaokami wa Shôgakusei!

Y aquí tenemos el slice of life de suave tinte sobrenatural que Madhouse nos tiene reservado para esta primavera. A los mandos va a estar Masuhara Mitsuyuki, que en Shirokuma Cafe me gustó mucho su trabajo. Wakaokami wa Shôgakusei! huele a serie tranquilota con los pequeños y grandes dramas de la vida, pero pasados por el tamiz de una protagonista infantil que todo lo dulcifica un poco. No barrunto grandes sorpresas ni en los personajes ni en el argumento, pero sí unos buenos cimientos y una historia tejida e hilvanada con esmero. Un anime con el que disfrutar la faceta tradicional de Japón de manera inofensiva, con los altibajos de la cotidianeidad y mucha frescura. Eso espero de Wakaokami wa Shôgakusei, ni más ni menos. Y lo hago con ilusión, por cierto.

animierder

Amai Chôbatsu: Watashi wa Kanshû Senyô Pet

Parece que estamos llevando el asunto este de los josei ecchi a un nuevo nivel: el BDSM. No sé si bajo la influencia del incomprensible éxito de las inmundas sombras desatadas del señorito Grey o qué narices. Aun así, no hay que olvidar que los japoneses tienen un ramalazo sádico inaudito, y en este animierder creo que nos lo van a dejar muy clarito. El BDSM se practica de manera consensuada, pero en esta serie no se atisba nada parecido. Toman su iconografía para contarnos la, ejem, historia de una oficinista que ha sido encarcelada injustamente; y en la penitenciaría, que parece más bien la mansión de The Rocky Horror Picture Show, la espera un carcelero con pintas de oficial de las SS que abusará sexualmente de ella sin compasión. Hay más personajes, todos masculinos, por supuesto, que imagino irán asumiendo los roles acostumbrados: el protector, el infantil, el calculador, etc.

Ha sido Gensox del blog Unlimited Sky (¡gracias!) el que me ha puesto sobre la pista de esta cosa, pero aún no he decidido si perderé tiempo (porque es perderlo) en verlo y reseñarlo. Lo tengo que pensar, pero si me pongo a ello será hasta el final, ¡y con la versión extendida, nada de la censurada! Aunque me invada el cuerpo entero una urticaria fulminante. Todo sacrificio sería pequeño por vosotros, camaradas otacos. Pero ya veremos.


Habría añadido también Comic Girls y Nil Admirari no Tenbin: Teito Genwaku Kitan a Como lágrimas en la lluvia, pero al final me he contenido. De Comic Girls me atrae el argumento, pero las pintas de lolis de las protagonistas y el fanservice que se otea me han echado para atrás bastante. Nil Admirari no Tenbin: Teito Genwaku Kitan tiene unas premisas que a priori me gustan mucho (su contexto histórico, la magia, el misterio), pero también se vislumbra en el horizonte que sea un melodramón con mucha cursilada estorbando. Y el trailer me ha dado grima, los reverse harem no suelen agradarme en general. De hecho, tiene un aspecto de animierder preocupante, tendré que permanecer atenta.

Rokuhôdô Yotsuiro Biyori lo tengo en la cuerda floja, pero el tema de la gastronomía no es lo mío aunque me lo aderecen con chicos monos. He dudado bastante con este anime porque el té me encanta, es mi bebida favorita y todo lo que pueda tener relación con la cultura de esta infusión atrapa mi atención con facilidad (además sale un gato tortilla :3 ); sin embargo, ha sido el echar un vistazo al manga lo que ha determinado mi decisión de apacarlo: menuda siesta, colegas. De 3D Kanojo: Real Girl leí parte del manga hace ya bastante tiempo, y al inicio me pareció un shôjo escolar bastante mono y sin pretensiones… hasta que se precipitó en los abismos hediondos del melodrama. Lo abandoné, por eso su anime he preferido dejarlo en barbecho, aunque lo tengo en mente. Tengo en la retaguardia también un par de series dedicadas a la parodia que, si voy bien de tiempo, comenzaré a ver. Pero no creo que las llegue a mentar ni siquiera en twitter, a no ser que me tope con algo remarcable en ellas. De todas formas, no me cierro en banda y conforme vayan cayendo de mi cartelera los que he seleccionado, puedo ir añadiendo otros como los mencionados. Y vuestras sugerencias también las tendré en cuenta, of course.

Os recuerdo que no he incluido ni continuaciones ni remakes, que los hay y voy a seguir unos cuantos, pero me da una pereza inmensa escribir sobre ellos. En general este tipo de entradas me aburre bastante confeccionarlas, pero también comprendo que pueden considerarse una especie de guía para que los lectores comparen opiniones con otras bitácoras y se hagan una idea general de la temporada. También son de las entradas que más leéis, lo que me resulta personalmente un poquillo deprimente, pero asumo que la actualidad manda. Es lo que hay. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga

Calabaza, mahonesa y Kiriko Nananan

Kiriko Nananan es una autora que me encanta, en los 90 publicó unos cuantos mangas que ayudaron a modelar el josei, y la podemos considerar una imprescindible de la demografía. Quizá no sea especialmente conocida entre la otaquería, pero los lectores que llevamos en esto ya un tiempecito sabemos perfectamente quién es y cómo de maravilloso es su trabajo. Así que hoy os invito a que la conozcáis un poco más si es que no os habéis atrevido todavía con ella, y si ya sabéis de sus andanzas, que disfrutéis igualmente de la lectura.

En la entrada que dediqué al yuri, escogí su inmenso e indispensable Blue (1995) como uno de los mangas más importantes del género, y en ese momento ya pensé que le debía una entrada en condiciones a Kiriko Nananan. Y henos aquí. He elegido como primera reseña de una obra suya (en el futuro vendrán más) un tebeo cortito, de apenas 10 episodios y que salió a la luz en 1998: Kabocha to mayonnaise. Se trata de un pequeño manga que considero puede ser una buena presentación a su manera tan personal e introspectiva de afrontar las historias. El año pasado se estrenó su live action, que no he tenido la oportunidad de ver todavía, pero dudo que esté a la altura del cómic. De hecho soy de la firme opinión de que las creaciones de Nananan son imposibles de trasladar al cine con justicia. Sería necesario un auténtico Maestro, porque su genial poesía de lo cotidiano se disuelve indefectiblemente en el color y movimiento de lo prosaico.

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No tengo intenciones de escribir una reseña eterna como suele ser habitual en SOnC. Sería un homenaje poco apropiado por mi parte al estilo elegante y minimalista de Nananan, que es una ferviente seguidora del menos es más. Sin embargo, tampoco la mangaka escatima en riqueza conceptual y psicológica, que no deja de resultar el esperado contraste. De todas formas, como artista miembro de la Nouvelle Manga no podía sospecharse algo diferente.

Kabocha to mayonnaise es un josei que se aparta de la corriente principal comercial. No hay comedia, no hay melodrama. No es un tebeo sobre mujeres solteras de clase media que sufren las consabidas inquietudes sentimentales por no encontrar novio o marido. No es un manga de entorno idealizado ni es un cómic amable. Kabocha to mayonnaise es un retrato diáfano de la mujer joven japonesa, sin adornos de ningún tipo. Crudo y simple. Pero no por ello menos hermoso. Y severo. La posición femenina en la sociedad nipona en los 90 no era muy buena, y Nananan la refleja perfectamente con una sencillez pasmosa.

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Kiriko Nananan nos introduce en la vida de Miho Tsuchida, una mujer en la veintena que comparte piso con su pareja, Sei, un músico desempleado. Son apaciblemente felices, aunque Miho añore a veces a Hagio, un viejo amor. Ella hace todo lo que puede por salir adelante y mantenerlos a ambos, además de hacerse cargo de las labores de la casa. Como el empleo que tiene en una tienda de ropa no es suficiente, decide empezar a trabajar como hostess en un bar, actividad que le desagrada bastante; y la acuciante necesidad de dinero la arrastra finalmente a prostituirse. Mientras, Sei se encuentra muy desanimado porque parece que su carrera musical no acaba de despegar y, completamente apático, se dedica a dormitar y dejar la vida pasar. Pero un día descubre los empleos complementarios de Miho, y ella a su vez se reencuentra con su antiguo novio. La relación entre ellos cambia como de la noche al día en sus cabezas, pero en el exterior todo parece… normal. ¿Qué sucederá?

Kabocha to mayonnaise toca un tema muy recurrente en la cultura japonesa, que es el del sacrificio de la felicidad femenina para favorecer la de un hombre desagradecido. El director Kenji Mizoguchi también trabajó en profundidad esta materia a lo largo de su carrera cinematográfica, y resulta bastante apropiado relacionar a Nananan con Mizoguchi porque ambos comparten esa visión delicada, poética y extremadamente elegante del arte. La belleza de la línea solitaria y el vacío. Ambos no titubean a la hora de plasmar la injusticia social que supone que la mujer deba renunciar a sus propios deseos para dedicarse con devoción al varón. Y en el manga queda expresado continuamente con naturalidad, porque se considera normal que la mujer deba servir al hombre a costa incluso de ella misma.

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Esos son los roles tradicionales establecidos en la sociedad japonesa, por eso Sei no cree, inicialmente, que la situación en la que están sumidos sea anómala. No percibe los límites que ha alcanzado la abnegación de Miho hasta que tiene literalmente en sus manos la evidencia. Y a ella, aunque en ocasiones la asalta la ira, el sentimiento que la consume en el fondo es la culpabilidad. Culpable por enfadarse con Sei porque no la ayuda en casa, culpable porque tiene que acostarse con un desconocido para ganar más dinero, culpable porque no puede olvidar a Hagio y quiere volver con él, culpable porque no logra lo que la sociedad exige de ella: casarse y tener hijos.

Miho, como muchas mujeres niponas, ha sido educada para que su vida gire en torno a su pareja. Encontrar el amor, a su príncipe azul, y vivir juntos para siempre jamás. De esta forma termina desarrollando siempre una dependencia enfermiza hacia su novio, en el que deposita todas las esperanzas de su felicidad, y por quien es capaz de sacrificarlo todo. Y él acepta su inmolación, porque es lo que se espera que la mujer haga. Esta sociedad en la que gran parte de la población se encuentra tarada emocionalmente, Nananan la estampa muy bien en Kabocha to mayonnaise. Con gran sutileza y sin aspavientos, a través de la historia sencilla y cotidiana de una pareja joven. Los personajes secundarios, aunque no tan bien perfilados como Miho, son un  buen marco que ayuda a contextualizar sus reflexiones, los motivos que la llevan a naufragar una y otra vez, sin que ella siquiera sea consciente de ellos. Le resulta menos doloroso pensar que es un problema de compatibilidad entre grupos sanguíneos.

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Kabocha to mayonnaise es un diálogo íntimo que engarza los pensamientos de su protagonista como un rosario de perlas fascinantes y totalmente imperfectas. Ante lo que Nananan va desgranando viñeta a viñeta, lo más fácil sería juzgar las acciones de Miho. Ella lo hace consigo misma además. Lo más cómodo es hacer una lectura superficial de la historia y condenar a los personajes, sobre todo a Tsuchida. Pero la mangaka, silenciosamente, nos desafía a ir más allá del acostumbrado muro de misoginia. Otro asunto es que el lector decida recoger el guante, claro. Y es cuando se acepta el reto que este manga comienza a entenderse de otra manera. Es entonces cuando podemos comprender y empatizar con los pensamientos y acciones de unos personajes enredados en sus propias trampas.  Algunos son capaces de liberarse, otros no.

Kabocha to mayonnaise va dirigido a una audiencia adulta y es un manga serio. No busca entretener, su objetivo no es divertir, sino contar su historia. Una historia bastante común, hasta vulgar, que plasma el día a día de millones de japoneses, y los dilemas que deben enfrentar respecto al rumbo de sus vidas. Y la sociedad en la que viven no les ofrece demasiadas alternativas, tampoco muchos son capaces de vislumbrar algo más allá del paraguas de la educación recibida. Por lo que la lectura de este tebeo puede atragantarse a pesar de su lirismo; es un cómic realista y bastante duro, aunque de una manera dulce y gélida a la vez.

nan2¿Lo recomiendo? Sí, desde luego. No posee la brillantez de Blue o la variedad emocional de Itaitashii Love (1995), del que tengo pensado escribir en breve; sin embargo, aunque se trata de un manga opresivo que refleja muy bien el callejón sin salida que resultaba (¿resulta?) ser mujer en Japón, se las apaña muy requetebién para encender la empatía del lector. No obstante, hay que tener en cuenta que es una obra que se aleja de los parámetros del manga comercial. Aun así, Kabocha to mayonnaise resulta accesible y fácil de leer aunque no tanto de comprender, sobre todo si no se posee cierta madurez emocional. Pero merece la pena totalmente echarle un vistazo. O dos. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Radio

5 y 5 del 2017

Hola. Feliz Navidad. Y eso.

Cada vez me cuesta más y más y más realizar listados. Que perezón, por Luzbel. Pero la anual es necesaria, de hecho es una tradición en estos tres años de blog. En Somos Series presenté ya un ultra-resumen este jueves…

 …y aquí tenéis, por fin, su versión extendida definitiva con más detallicos. De todas formas, recordaros que mis compis, Magrat y Pau, de Otakus Treintañeras tendrán sus tops anuales listos dentro de muy poquito, no os los perdáis.

Este 2017, y os recuerdo que este es mi punto de vista, ha sido bastante meh en cuestión de estrenos. El nivel ha sido mediocre, aunque ha mejorado en el último tramo porque la temporada de otoño ha resultado ser, con diferencia, la mejor del año. Por lo que alguna cosilla he sacado en limpio, pero cada vez soy más difícil de conformar. Y es normal, con el tiempo (y es mucho, pero mucho tiempo el que llevo viendo anime, camaradas otacos), se van quitando las ganas de tolerar según qué cosas.

Por otro lado, las continuaciones han sido las que han brillado de verdad en 2017, una lluvia de estrellas que ha sido imposible de ignorar. Y a pesar de que solo acostumbro a incluir estrenos en los 5 y 5 anuales, en esta ocasión, motivada por la escasez de nuevas series dignas y la manifiesta superioridad de las enésimas temporadas, voy a hacer una excepción y añadir una continuación tanto en los fave ones como meh ones. Y es que tanto Uchôten Kazoku, 3-gatsu no lion, Hôzuki no Reitetsu o Shôwa Genroku Rakugo Shinjû han sido, y están siendo, las que han salvado del Gehenna a este annus horribilis animesco, donde la medianía e insipidez se han enseñoreado del panorama. Ha sido un año verdaderamente aburrido; lo que tampoco ha venido mal, sobre todo para poder ver anime con más calma y aprovechar la contingencia para escarbar un poquillo en obras del pasado.

Pero, ¿ha habido algún estreno que haya merecido la pena? Desde luego, pero el paisaje de este 2017 ha sido tan yermo que no lo puedo considerar un buen año. Espero que no se convierta en tendencia. Comprendo que los estudios no trabajan solo por amor al arte y que necesitan crear productos rentables. Pero rentabilidad no tendría que ser sinónimo de vulgaridad, a no ser que en realidad sea el propio público otaku el que esté adocenado cada vez más. Tendríamos que, entre todos, ser más exigentes. Que nos sirvan mierda para comer tan a menudo quizá tenga que ver un poco también con que estamos pidiendo y consumiendo con sumo gusto esa mierda.

Dejando las reflexiones a un lado, os recuerdo que los meh ones no son series chungas per se, sino decepciones en general, un matiz que avanza un poco más allá en la noción de anime simplemente malo. ¡Empecemos!

faveones

ACCA: 13-ku Kansatsu-ka
ACCA 13区監察課

ACCA: 13-ku Kansatsu-ka (reseña aquí), cuando recién acabé de verla, no me pareció una maravilla de serie, aunque sí bastante decente. No la consideré perfecta, pero sus virtudes eran las suficientes para tenerla presente al menos durante la temporada invernal. El estilo peculiar de Natsume Ono, que en color gana muchísimo, junto a un apartado artístico original y muy pop, brindaron frescura a una historia de trasfondo político inquietante pero enfocado, quizás, de una manera algo anticlimática. Con un elenco interesante pero un pelín desaprovechado; y un protagonista con una personalidad poco habitual entre las historias del género, donde suele abundar el carisma y cierta predisposición a la acción.

Aun así, ACCA: 13-ku Kansatsu-ka se ha ido perfilando como uno de los estrenos más atractivos del 2017. A pesar de sus defectos. No podía ser de otra forma visto el elocuente perfil bajo de este año, que obliga a destacar series que habrían pasado más discretamente  por nuestros resúmenes anuales. Por falta de mejor material, ACCA se encarama en mi top 5 con todo el derecho del mundo. Y no es mal anime, pero podría haber sido mucho mejor.


Little Witch Academy

リトルウィッチアカデミア

Como me ha sucedido con ACCA: 13-ku Kansatsu-ka, Little Witch Academy no me ha dejado encandilada, pero es un producto la mar de digno. Lo dejé aparcado unos meses, pero lo recuperé para realizar un Tránsito que no pude terminar de escribir por falta de tiempo. Pero caerá, eso seguro. Me ha convencido bastante más que otros anime normalitos como Tsuki ga Kirei, Just Because! o Konohana Kitan, que me empalagan y aburren a partes iguales. Little Witch Academy es competente y no se sale ni un milímetro de lo que se le exige a este tipo de anime dirigido a un público joven ávido de fantasía clásica. No es insólita, no sorprende ni ofrece nada nuevo al género de brujería kawaii.

Es un mahô shôjo a lo Harry Potter de historias y personajes sencillos muy identificables, pero que resuelven sus conflictos con soltura. Aventuras, comedia, misterio y un brindis por la amistad y el afán de superación. Un coming-of-age tradicional maravillosamente construido que no defrauda a los que disfrutamos del género… si no le reclamamos que se salga de sus propios límites. Porque es un anime bastante convencional, pero gratamente entretenido y sin afectación. A ratos peca de tontainas, aunque no es nada serio. Y es lo que tiene Little Witch Academy, que no se le deberían pedir peras al olmo.


Hôseki no Kuni
宝石の国

Como ya comenté en Somos Series hace unas semanitas, Hôseki no Kuni une una arriesgada propuesta visual con una historia que bebe directamente de la iconografía del Budismo de la Tierra Pura para crear una original historia de ciencia-ficción que juguetea con la tradición religiosa oriental de la reencarnación y la fantasía. Una flamante criatura que incorpora el CGI de manera descarada a la animación tradicional, y que no puedo evitar que me recuerde a mi querida Shôjo Kakumei Utena en muchos aspectos para bien.

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es allí de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Recintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles toca eternamente música sagrada y entona himnos de alabanza al Buda Tathagata. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. (…)Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.
Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito.
 El sacerdote y su amor (1953), Yukio Mishima 

Aunque la historia que cuenta, sobre todo la caracterización de los personajes, no sean especialmente rompedores, pues tira mucho de clichés, todo se encuentra ensamblado adecuadamente para que esos elementos, tan reconocibles y tan repetidos en la historia del anime, no acaben haciéndose tediosos, sino entrañables incluso. El monje con pintas de androide y sus ángeles de Charlie particulares, que no son tan asexuados como en un principio nos quisieron vender, se enfrentan a los habituales villanos aparentemente frígidos, pero que guardan, cómo no, un misterioso vínculo con el Sensei. Este sabe más de lo que dice, está ocultando información vital sobre la propia existencia de las Gemas, el intrincado mundo que los rodea y sobre su misma identidad.  Un “nada es lo que parece” de manual, pero de configuración eficaz.

Hôseki no Kuni es una serie dinámica y entretenida, que además gustará a los fans de la mineralogía, porque las propiedades gemológicas de cada personaje dan bastantes pistas sobre su personalidad y probable destino. De momento, ha sabido mantener el ritmo muy requetebién, la evolución del guion consigue retener el interés del espectador y engancha, porque ofrece variedad de manera equilibrada. Aventuras trepidantes y enigmas existenciales en un futuro muy, muy lejano donde el ser humano ha quedado ya muy, muy atrás.


Shôwa Genroku Rakugo Shinjû: Sukeroku Futatabi-hen
昭和元禄落語心中~助六再び篇

En cuestión de enésimas partes, podría haber elegido para este top 5 de mis anime favoritos de 2017 también 3-gatsu no lion, Hôzuki no Reitetsu o Uchôten Kazoku (reseña de mi compi Magrat aquí). Perfectamente. Pero me quedo con Shôwa Genroku Rakugo Shinjû: Sukeroku Futatabi-hen. No me gustó demasiado cómo se inició, pero acabó ganándome por completo. Para mí fue una triunfada de anime el año pasado y esta, su segunda temporada, también. Le tengo verdadero amor a esta serie. Un melodrama histórico hecho con cariño y pleno de matices y claroscuros, como la vida misma. Y como habitualmente ocurre con este tipo de series, aunque no sean muy abundantes que digamos (deberían aparecer más, pero el público adulto todavía tenemos que ganarnos nuestro espacio), la velocidad y cadencia del anime pueden resultar lentas para una parte importante de la otaquería. Sin embargo, Shôwa Genroku Rakugo Shinjû: Sukeroku Futatabi-hen sigue el ritmo que debe de llevar, ni más ni menos.


Made in Abyss
メイドインアビス

No tengo mucho más que añadir a la entrada Manga vs. Anime que escribí sobre Made in Abyss en octubre. Si no es mi estreno animado preferido de este 2017, le falta poco. Y resulta estupendo que vaya a tener una segunda temporada, porque este tipo de relatos épicos requieren de un clímax y un desenlace. Siempre, sin excepciones. Sería una pena que dejaran sin finalizar su historia, aunque al menos nos quedaría el manga para aliviarnos. Que tampoco sería un consuelo menor, por cierto.


 

mehones

Aunque no estén incluidos en este top 5 de mediocridades, merecen una deshonrosa mención Vatican Kiseki Chôsakan, por la enorme vergüenza ajena que da por todo (y si digo todo es todo); Kino no Tabi por su memez, que ha defraudado a los que esperábamos un remake de su antecesora más apropiado; y Omiai Aite wa Oshiego, Tsuyoki na, Mondaji, que está inaugurando una moda vomitiva en lo concerniente a josei cortos subiditos de tono junto a Sôryo to Majiwaru Shikiyoku no Yori ni… que rezuman un machismo flipante. Si de verdad las japonesas se ponen cachondas con esta clase de historias, pues me temo que “Houston, tenemos un problema”. Y serio.


Kuzu no Honkai
クズの本懐

Kuzu no Honkai tuvo una relativa buena acogida entre el público joven. Puedo entender la razón. Pero este anime no deja de ser un culebrón ecchi donde adolescentes, sin media neurona debo añadir, se dedican a retozar como bestezuelas en celo. Hay también un par de adultos igual de anormales, pero básicamente recrea el ambiente de un instituto de secundaria donde todos andan más salidos que el pico de una plancha. Una hipérbole de las relaciones sentimentales pero con el lógico filtro de la represión emocional japonesa. En un principio creí que podría llegar a encontrar resquicios de Inio Asano en el argumento y los personajes, porque la sociedad nipona posee una rica cultura sexual. Pero no, mis queridos otacos. Detrás de esa aparente complejidad, Kuzu no Honkai es tan simple, superficial y aburrida como el mecanismo de un botijo. Peca de pretenciosa, y falla miserablemente a la hora de reflejar la psique de sus personajes, que no dejan de ser meros peleles de su libido. Un anime soporífero que ni siquiera llega a divertir con sus idas y venidas.


Sakura Quest
サクラクエスト

Los que esperábamos de Sakura Quest un Shirobako del Japón rural, esperamos en vano. El tema del despoblamiento en esas zonas es bastante serio, y creí, pobre de mí, que el enfoque de la serie iría un poco por ahí. Una toma de conciencia del abandono de las regiones agrarias, el galopante envejecimiento de la sociedad nipona, la grave burbuja económica, el esfuerzo de una joven universitaria por levantar una pequeña población de su letargo y su encuentro con otras mujeres que luchan por un objetivo común, etc. Vamos, un slice of life majete con un trasfondo interesante. Pues no.

Sakura Quest resultó ser una sopa insulsa donde los habituales ingredientes de comedia, drama ligero y costumbrismo eran tan soporíferos como insulsos. No puedo decir que sea un desastre de serie, porque no lo es. Pero resulta aburrida, tediosa, monótona y pesada. Y repetitiva. No profundizan realmente en la problemática del pueblo, y hacen del encanto de la vida cotidiana (que lo tiene, no lo dudéis) un auténtico muermo. Una siesta de 24 capítulos, un anime en teoría dirigido al público adulto pero que en vez de querernos disfrutando, nos quiere durmiendo. Los personajes parecen casetas prefabricadas, no logré conectar ni empatizar con ninguno. Pero lo vuelvo a repetir: no lo considero mal anime, simplemente somnífero.


Kujira no Kora wa Sajô ni Utau
クジラの子らは砂上に歌う

Children of the Whales o de cómo el anime más prometedor de la temporada de otoño se ha ido a cavar zanjas a Namibia sin avisar en cuestión de pocos episodios. Continúa siendo una serie con un arte maravilloso, un concepto realmente atractivo y unos personajes bien diseñados. Sin embargo, conforme el anime ha ido avanzando, el CGI barateiro se ha apoderado de las escenas, el mundo presentado se ha ido desvirtuando y a los personajes los han empleado de punching ball. Para llorar muy fuerte, camaradas otacos. Tremenda decepción. ¿Es así también el manga o se trata de una adaptación desafortunada? No tengo ni idea, pero se me han quitado las ganas por completo de averiguarlo. Los boquetes del tamaño de Saturno (anillos incluidos) en el argumento son un insulto, la falta de coherencia para tirarse de los pelos. Y es una gran lástima porque  Children of the Whales lo tenía todo para ser una gran serie, de hecho de las más importantes del año. No habría sido difícil, de todas formas, con el gris horizonte de este 2017. Si solo se hubieran esforzado un poquito, lo habrían conseguido. Pero no. Kujira no Kora wa Sajô ni Utau es un completo desatino. Meh.


Inuyashiki
いぬやしき

Inuyashiki es el manga. Period. La serie no es digna de pertenecer a MAPPA, ni le llega a la suela de los zapatos al tebeo. El CGI es el eterno caballo de batalla de la animación actual, e Inuyashiki es el ejemplo meridiano de lo complicado que resulta hacerlo encajar. No tengo mucho más que decir porque Inuyashiki es una desgracia de anime. Por supuesto que ha habido decenas de series peores en este 2017, pero con la materia prima de la que partía, resulta inconcebible que hayan metido la pata de semejante forma. Han convertido un robusto seinen en un shônen descerebrado, ese sería el resumen de lo ocurrido. Un anime sin un ápice de reflexión ni matices, donde todo es blanco o negro y los personajes parecen maniquís articulados. Planos, mecánicos.

Si lo que se busca es pasar el rato mediante una historia de violencia sin demasiadas complejidades, bien, entonces es tu serie. Pero resulta que el manga no es eso. Con Inuyashiki MAPPA se ha conformado con arañar la superficie y ofrecer un producto perfecto para los amantes de ensaladas de hostias y armas a tutiplén. Pero a costa de mutilar la obra original y convertir su relato en una vulgaridad cuya esencia es tan profunda como un charco. SOnC no se puede conformar con esto.


Shingeki no Bahamut: Virgin Soul
 神撃のバハムート VIRGIN SOUL

Shingeki no Bahamut: Virgin Soul comenzó muy bien y acabó muy mal. Que fueran 24 episodios no ha ayudado mucho, pues el chicle de su argumento no se podía estirar tanto. Y Nina, la nueva protagonista, me ha defraudado bastante. Ya en un principio no es que fuera un personaje que me gustase especialmente, aunque podía entender que sus encantos hubieran conquistado a una mayoría porque carisma tenía. Y era la que llevaba las riendas de la trama. Pero los personajes tan estrepitosos, que incluso llegan a rozar la parodia, acaban irritándome bastante. La moza esta no llegó a ese punto porque, sencillamente, se fue desinflando como una pelota vieja de cuero para caer en los brazos del tópico romántico más aburrido del mundo.

Pero lo malo de Shingeki no Bahamut: Virgin Soul no es Nina. Para nada. La arquitectura de la serie comenzó a desmoronarse aproximadamente hacia su mitad, por no haber sabido construir un antagonista en condiciones, haber continuado a través de un argumento deshilachado (en algunos momentos hasta incongruente) y desperdiciar el potencial de sus secundarios en general. Las puertas que abre se olvidan o ignoran, precipitando a la serie entera al limbo de la mediocridad. Qué lástima, que gran lástima cuando el envoltorio es impecable. Aquí si que podemos aseverar que segundas partes nunca fueron buenas.


Y este ha sido para Sin Orden ni Concierto lo más destacado del 2017. Podéis dejar vuestras opiniones con respeto y cortesía en los comentarios. El que se pase un pelo será directamente borrado. Sin contemplaciones. Esto es solo anime, camarada otaco, no una diatriba sobre la conveniencia de considerar a tu madre trabajadora sexual, o lo desagradable que resulta para la vista el aspecto de tu amigo peludo cuadrúpedo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime

Los cuentos del viento o de cómo los gatos pueden volar

La reseña de hoy para mí es muy especial, pues está dedicada a uno de mis anime favoritos. Adoro un montón de series y películas animadas, me resulta tedioso (y complicado) hacer listados y demás zarandajas bastante, aunque reconozco que son perfectos para atraer y distraer a los lectores; sin embargo, si tuviera que realizar un top 10 con mis slice of life preferidos, Fûjin Monogatari o Windy Tales (2004) estaría entre ellos sin ninguna duda. Creo que no es muy conocido, aunque me gustaría pensar lo contrario, pues se trata de una serie realmente atípica. Quizá por eso mismo no suele ser recordada ni apreciada por la otaquería, así que desde SOnC vamos intentar apañar un poco ese injusto despiste.

Fûjin Monogatari utiliza en su receta todos los ingredientes habituales de un anime sobre vida escolar y slice of life. Y eso, a priori, para mí era un problema. Los school life a menudo acaban cansándome porque siempre trabajan el tema de la preadolescencia y la pubertad de la misma manera, parecen fotocopias. Y si ya brota el típico romance que deja todo con una baba pringosa a su paso, adiós muy buenas. De ahí que suela huir del género, y tiene que ser algo cocinado de forma un poco distinta para que lo vea hasta el final. Y lo disfrute, claro. Pues Windy Tales fue un descubrimiento total para mí, y una grata sorpresa. Fûjin Monogatari me conquistó por completo (y no solo porque salieran gatos por doquier, ¡viva!).

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Nao y Ryôko

Realizado por Production I.G. en 2004, consta de 13 episodios que fueron dirigidos por Junji Mishimura e Itsurô Kawasaki. Es curioso, porque de estos dos directores me ha gustado muy poca cosa de su trabajo, sin embargo Fûjin Monogatari brilla en toda su filmografía como una gema extraña. No hay nada en sus carreras, al menos de momento, que pueda equipararse al resto de sus creaciones en términos de calidad y rareza.

El argumento arranca con Nao Ueshima y Miki Kataoka, ambas miembros del Club de de Fotografía Digital del instituto. A Nao le encanta captar con su cámara las nubes, siente fascinación por cómo el viento las moldea, así que suele subir a la azotea a menudo para fotografiarlas. Pero un día, observa que un gato, lánguidamente, comienza a volar… ¡junto a otras decenas de gatos que parecen flotar en el viento! Totalmente asombrada, se descuida y al intentar atrapar con su cámara el prodigio, se precipita al vacío. La intervención del profesor Taiki, que lanza hacia ella una fuerte corriente de aire, la libran de una muerte segura; pero Nao, intrigada, sabe lo que ha visto, y se percata de lo ocurrido. Así que decide averiguar cómo es posible que alguien pueda manipular y controlar el viento. Esto la conduce a ella, a Miki y Jun-kun, que anda enamoriscado de Miki, hacia el pueblo de Taiki-sensei, para pedirle que les enseñe esa destreza. Una destreza que se puede aprender, pues Ryôko, que también suele subir al tejado a alimentar al Gato del Viento, ha sido discípula de Taiki allí mismo.

Así que en Fûjin Monogatari, como en cualquier otro anime escolar, podemos esperar el primer beso, el festival escolar, la compañera modelo y actriz, la excursión estival, el concurso de actividades extraescolares, la visita a la enfermería, etc. Los típicos elementos que se encuentran en un school life, así como los problemas habituales con los que deben lidiar los adolescentes, se trabajan en Fûjin Monogatari, pero es su peculiar enfoque el que lo cambia todo. Hasta los personajes son un poquitín los acostumbrados en un inicio: Miki, entusiasta e impulsiva; Ryôko, tímida y sensible; Nao, sensata y soñadora; Jun, irreflexivo y leal. Sin embargo, conforme el anime progresa, sus personalidades van adquiriendo más y más matices, asentando unas personalidades creíbles y realistas. Y otros personajes, que aparecen esbozados mediante brochazos dispersos, van ganando profundidad. Poco a poco, porque Cuentos del viento se toma su tiempo.

El aire, el viento es el leitmotiv de Fûjin Monogatari, y vertebra tanto sus historias como su cadencia. Es la metáfora real y absoluta, no se casa con nadie pero es una presencia continua y necesaria. También los gatos son un recurso constante. Ellos introducen el misterio del control del viento, y sus peludas figuras surgen everywhere, desde marcas de refrescos, bentô, ropa, etc; hasta en los eyecatchers insertados para dividir los capítulos, donde aparecen con sus propios nombres y características. Cuentos del viento es un anime creado por amantes de gatos para amantes de gatos. Ellos son los únicos en la serie que de manera instintiva han aprendido a manejar los vientos y sus corrientes, utilizándolos a voluntad. Hay momentos verdaderamente oníricos con ellos de estrellas absolutas, una pizca de humor absurdo los rodea también.  Pero la comedia en Fûjin Monogatari es bastante austera, circunscrita sobre todo a Jun Nomura. Además, conforme el anime va alcanzando su final, una leve melancolía va cubriéndolo todo.

Es recomendable ver la serie poco a poco, un atracón de Fûjin Monogatari es desaprovecharla por completo. Se trata de un anime que marca un ritmo sosegado, de ahí que sea preferible degustarlo con calma. Salvo los dos primeros episodios, que presentan la historia de los Manipuladores del Viento, la serie está estructurada como diferentes miniaturas que presentan una parte del mundo donde Nao y sus amigos viven. Un mundo, por otro lado, muy normal. Quizá sea esa peculiar mixtura entre lo normal y lo maravilloso, tan límpida y estable, la que otorga a Fûjin Monogatari ese donaire tan especial. Estas miniaturas, que son los distintos episodios, presentan pequeñas historias de gran sencillez donde vamos conociendo a todos los personajes. El desarrollo de sus psicologías, su crecimiento y evolución personal, son llevados de manera paulatina, casi imperceptible, y con mucha naturalidad. Hay que destacar también que la arquitectura interna de los capítulos en bastantes ocasiones no es lineal, se nota el esfuerzo por trabajar cada episodio individualmente, para otorgarle su propio sello distintivo.

Otra de las cosas que me encantan de Cuentos del viento es la inexistencia de oposición entre el universo adulto y el de los adolescentes. No existe esa dicotomía, aunque los personajes sí tengan claro su rango de edad. A pesar de que los protagonistas principales son jóvenes, la perspectiva que ofrece el anime es amplia, muestra una misma realidad pero conformada de los distintos puntos de vista de los personajes. Los adultos no se encuentran alejados o en una esfera superior, están ahí, formando parte de la misma vida. Esa falta del habitual egocentrismo quinceañero, tan abundante en este tipo de series; así como de la ausencia de montañas rusas emocionales, en las que los chavales se creen eternas víctimas, son un auténtico soplo de aire fresco.

Si hay algo que llama la atención de Fûjin Monogatari es, sin duda, su arte. No tiene nada que ver con el estándar del anime, si hay que buscarle una filiación claramente es la vanguardia de los mangas publicados por Garô. Autores como Shigeru Tamura o Seiichi Hayashi son influencias muy evidentes. Esto vincula la serie a una faceta experimental robusta, que se centra en una severa simplicidad en la línea del dibujo por un lado, y una explosión de color por el otro. El resultado es muy, muy expresivo; los diseños angulosos de reminiscencias geométricas, sin apenas volumen, pueden evocar en cierta manera las formas del cubismo, aunque también se muestra cierta tendencia a la abstracción. A veces parecen simples bocetos en movimiento; y esos cielos, de maravillosas nubes imposibles y azul infinito, son hipnóticos.

Sin embargo, a pesar de ese amor feroz hacia el minimalismo en el trazo, que para un ojo poco acostumbrado puede pasar por desidia, los fondos poseen una minuciosidad y cuidado sorprendentes, que contrastan con la extrema sencillez de las figuras humanas. No obstante, cuando se requiere, las escenas pueden llegar a ser increíblemente detalladas y realistas. No en vano, hay que tener presente que el director artístico de Fûjin Monogatari fue Shichiro Kobayashi, que trabajó en la impresionante e indispensable Tenshi no Tamago (1985).

No suelo distraerme mucho con el aspecto musical de las series, porque la mayoría de las veces suele ser una decepción para mí si no una auténtica tortura. Para Cuentos del viento Kenji Kawai compuso una banda sonora etérea, abierta y sencilla. Como el mismo viento. Su presencia es la justa y las melodías fácilmente reconocibles y bonitas. Me gusta mucho. Como todo Fûjin Monogatari, posee un espíritu netamente japonés. Y eso puede resultar un obstáculo importante para los paladares otacos occidentales, que están acostumbrados a productos más intensos. Este anime destaca por la sutilidad y la armonía que emana, que quizá resulten insípidas para aquellos que esperen algo más de drama, algo más de romance, algo más de acción. Cuentos del viento es una obra serena y que, aunque no esconde grandes enseñanzas ni es especialmente trascendente, resulta muy eficaz a la hora de contar sus pequeñas historias cotidianas. Sin aspavientos, sin afectación. El elemento fantástico se encuentra insertado de tal forma en el argumento que la sensación es la de estar viendo un tierno cuento surrealista. Es todo muy apacible; sueños, fantasía y realidad se engarzan con suavidad, fluyendo plácidamente.

En general, Fûjin Monogatari es un slice of life ligero, delicado y extraño. Como una brisa fresca, pasa abriendo suavemente las ventanas y moviendo los visillos; trae aromas de parajes familiares y agradables, sin detenerse demasiado en el melodrama que suele acompañar las vivencias de adolescentes, lo que es un alivio tremendo. Como suele ocurrir con las series de capítulos autoconclusivos, nunca tuvo muchas papeletas para gustar a una mayoría, pero aquellos que deseen saborear un anime diferente, que ni siquiera necesita recurrir a las tradicionales demografías japonesas (¡BIEEEN!), y disfrutar de la belleza de las teselas y del mosaico a la vez, Cuentos del viento puede resultar perfecto. Elegante y equilibrado, desde luego no fue creado para que lo apreciara un público masivo; no obstante, tampoco carece de comercialidad, solo requiere del espectador una mínima atención para captar sus sutilezas. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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HAFU: la experiencia de ser mestizo en Japón

Hace ya un tiempecito que vi el documental protagonista de la entrada de hoy: Hafu: the mixed-race experience in Japan (2013), y aunque tenía un borrador de entrada prácticamente finalizado, ahí lo tenía muerto de risa, olvidado. Pero desde hace bastantes meses. No puede ser, camaradas otacos. Ahora que voy bastante apretada con los horarios de las clases, los exámenes de mandarín, mis obligaciones familiares, la natación, los ensayos y demás actividades radiófonicas, voy a ir desempolvando las entradas a medio cocer que tengo en reserva. Que para momentos así fueron concebidas. Y hoy le ha tocado el turno a esta película, que en su momento me pareció bastante interesante.

Ya sabéis que SOnC hace milenios que dejó de servir en exclusiva a las huestes del animanga para ofrecer también sus favores a otros amos igual de sugestivos, como el cine o la literatura. Así que desconozco hasta qué punto a la otaquería puede interesarle una temática tan alejada del manganime. Pero aquí estamos, escribiendo sobre la xenofobia en Japón. Hafu: the mixed race experience in Japan es una introducción a ciertas facetas de la sociedad nipona que reflejan un conflicto soterrado. Un conflicto de baja intensidad que manifiesta un cambio paulatino, aunque imparable, entre sus habitantes. ¿Es Japón un país esencialmente racista? ¿Qué hay de cierto en esa pretendida homogeneidad étnica de la que se presumía hasta no hace tanto? De manera indirecta, este documental responde a esas preguntas, y lo hace plasmando unos momentos de las vidas de cinco personas hafu. O, lo que es lo mismo, cinco personas con ascendencia japonesa y de otro país.

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Lo que en Europa, América y otras partes del mundo es considerado algo común, en Japón hasta hace escasas décadas no lo era en absoluto. Me refiero a los matrimonios o parejas internacionales. Debido a su historia particular de aislacionismo, Japón no ha sido protagonista de grandes flujos migratorios, haciendo del país un territorio étnicamente más homogéneo que la media. El pueblo yamato o waijin conforma una mayoría aplastante frente a los ainu o ryukyuanos, que son también población autóctona de las islas. También se encuentran en desventaja numérica los coreanos, chinos y taiwaneses, que son los extranjeros más abundantes residentes en Japón (zainichi). Esta falta de variedad (que es donde dicen que reside el buen gusto, por cierto) ha sido motivo de orgullo nacional durante mucho tiempo, lo sigue siendo todavía, y ha servido también para invisibilizar y discriminar a cientos de miles de personas.

Con la apertura al mundo que supuso la Restauración Meiji (1866-1869), Japón necesitaba fortalecer su identidad nacional frente al exterior. Así nació la nihonjinron, una exaltación del yamato-damashii o espíritu japonés, para remarcar su singularidad y diferencia frente al resto de pueblos del planeta. La dicotomía nosotros-los otros fue uno de los ejes de esta política que se vio además afianzada por las victorias bélicas frente a chinos y rusos. A esto hay que sumarle su filosofía de priorizar lo colectivo frente al individuo. En este nosotros no tenía (¿tiene?) cabida lo que no fuera netamente japonés. El culto imperial sublimaba toda esta noción totalitaria de la cultura nipona, que arrebataba su legítimo espacio a las minorías étnicas y foráneos, siendo una herramienta de propaganda política poderosísima. Japón es distinto de los demás, Japón es único, Japón es un pueblo superior. Durante el Periodo Taishô y el Shôwa que abarca hasta el desenlace de la II Guerra Mundial, se alcanzaron cotas delirantes de nacionalismo que certificaban la superioridad racial y cultural de los yamato frente al resto de las naciones asiáticas.

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Abanico de Japón y sus aliados (circa. 1930)

Y este clima de efervescencia apoteósica de ultranacionalismo y xenofobia, que ninguneaba y denigraba lo que no fuera puramente japonés (yamato), encajó uno de los golpes más fuertes que pudiera sufrir: la derrota definitiva en la guerra y la ocupación de las tierras niponas por parte de extranjeros, los estadounidenses. Un disparo certero al ego sobredimensionado de la nación, una cura de humildad que asumieron con gran dignidad. Porque aunque el nivel de enardecimiento bajó de intensidad, ese sentimiento de nosotros frente a los otros continuó muy vivo. Hasta bien entrados los años 70 del s. XX, el koseki o libro familiar era un arma arrojadiza para marginar en todos los aspectos de la vida a ainu, burakumin, coreanos, etc. Una segregación racial en toda regla.  La “pureza de la sangre” juega incluso ahora, por desgracia, su papel en la sociedad japonesa, porque la aceptación oficial e inclusión de estas minorías no es prioritaria para los actuales gobiernos japoneses, de tendencia conservadora.

Pero, ¿qué ocurre con los hafu? Hafu proviene del inglés half, y hace referencia a las personas que son mitad japonesas, mitad de otro país. Con la llegada de los norteamericanos a Japón tras la II Guerra Mundial, comenzaron a normalizarse las parejas y matrimonios mixtos, y el nacimiento de niños hafu aumentó. Fue a finales de los años 60, cuando estos niños alcanzaron la mayoría de edad y comenzaron a ser más visibles socialmente, que se acuñó el término. Probablemente arrancase del nombre del grupo Golden Half (Goruden Hafu)que estaba conformado por cinco intérpretes hafu, especializadas en hacer versiones japonesas de éxitos musicales occidentales. Todas tenían madre nipona, siendo sus padres de Tailandia, Italia, Estados Unidos, Alemania y España respectivamente. El quinteto encarnaba el clásico estereotipo que los japoneses tenían de las extranjeras: eran algo impúdicas (llevaban minifaldas y cantaban con voces sexy) y agresivas en su actitud. Aun así, Golden Half lograron bastante éxito, aunque su carrera no fue muy larga. Ellas también fueron las responsables del encasillamiento que, posteriormente, han sufrido muchos hafu: el de pertenecer al mundo del espectáculo y la moda; un universo aparte del de la vida cotidiana de los japoneses-japoneses.

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Las mozas de “Golden Half”

Entonces, ¿en qué espacio se mueven los hafu? ¿Son nosotros o son los otros? Lamentablemente todavía son los otros. Es cierto que resultan mejor aceptados los que poseen ascendencia europea, considerados modelo de belleza y que además personifican el canon de lo que debe ser un hafu. Pero continúan siendo los otros porque no son racialmente puros y, además, ¿qué sucede con el grueso del resto? Aunque los que tienen ciudadanía japonesa no suelen sufrir rechazo institucional y no ven vulnerados sus derechos humanos como otros grupos de personas en Japón, su día a día, su interacción social no es igual a la de un ciudadano japonés sin mestizaje. ¿Por qué motivo? El primero, y más evidente, es que su aspecto físico suele divergir de los nativos. No es solo necesario hablar japonés y ser japonés, sino también parecerlo. Segundo, la propia gente trata a los hafu de forma distinta. Y aquí es donde, por fin, tras este preámbulo, presentamos el documental Hafu: the mixed-race Experience in Japan.

Hafu: the mixed-race Experience in Japan nació como un proyecto muy personal de sus directoras Megumi Nishikura, australiana-japonesa, y Lara Pérez Takagi, hispana-japonesa. Ambas mujeres querían plasmar la realidad de los hafu, más allá del cliché del artista o modelo glamuroso. La vida de personas, orgullosas de su herencia japonesa, pero que no son consideradas enteramente como tales. ¿Cómo afrontar un reto así? ¿Qué hacer para plasmar en imágenes ese cambio gradual que está sufriendo la sociedad de Japón? Para empezar, Nishikura y Pérez Takagi necesitaban dinero, así que decidieron que una parte fuera financiada a través de crowdfunding. Y lo lograron, en un tiempo récord consiguieron la cantidad necesaria para emprender su película. Y aquí las tenéis a ellas, todas contentas por el apoyo recibido, ¡y no solo económico!

Existen otras obras audiovisuales como Smile (2009), serie televisiva de TBS, o la película Doubles (1995), que trabajan una temática similar; sin embargo, Hafu: the mixed-race Experience in Japan resulta mucho más ambiciosa, pues prefiere estampar las vivencias no de una, sino cinco hafu diferentes. La razón es lógica: todas las personas tienen sus propias y muy particulares circunstancias; ningún hafu es igual porque ningún ser humano lo es. Por eso Nishikura y Pérez Takagi decidieron abrir la perspectiva lo máximo posible para mostrar la mayor cantidad de matices posibles. Y la conclusión principal que se saca es que la experiencia de ser mestizo en Japón no es nada sencilla. ¿Y quiénes son ellos? Pues los protagonistas del documental son los siguientes:

hafu7ED es de padre venezolano y madre japonesa. A pesar de que nació en América, se crió en Japón manteniendo la nacionalidad venezolana. Se ha casado con una hafu argelina-japonesa, y piensa en establecerse de forma definitiva en Kansai. Ello implica tener que renunciar a su ciudadanía venezolana, pues ser japonés exige exclusividad. Ed habla de sus vaivenes e incertidumbres identitarias, cómo los sentimientos de pertenencia a un lugar u otro han fluctuado con el tiempo. El conocer a otros hafu y formar la comunidad  Mixed Roots Kansai le ha ayudado a comprender muchos aspectos de sí mismo, y cree que es una base importante para dar visibilidad a más personas como él.

hafu5SOPHIA es de padre japonés y madre australiana. Ha vivido siempre en Sidney y apenas conoce el idioma y las costumbres de Japón. Cree que está perdiendo una parte importante de su herencia, ignorando un mundo del que forma parte también; así que decide ir con su abuela un año, dejando atrás toda su vida, para conocer su otro yo. Empezando desde cero, esperando poder integrarse. Quizá sea esta la historia más floja de las cinco, la que menos interés suscita. Aun así, su punto de vista, aunque no especialmente relevante, completa el horizonte bastante bien.

hafu6ALEX tiene nueve años y es de padre japonés y madre mexicana. Son una familia acomodada muy atenta a la educación y crecimiento de su hijo porque, formando parte de un entorno doméstico multicultural, puede encontrarse con dificultades en un país como Japón. Su hermana pequeña Sara no parece que en el colegio japonés tenga mayores problemas; sin embargo, Alex sí que padece una de las lacras más comunes entre los hafu: el acoso escolar. Así que su madre, después de enviarlo unas semanas a México para que se recupere, decide cambiarlo a un colegio internacional en Nagoya.

hafu4DAVID es de madre ghanesa y padre japonés. Aunque nació en África, se ha criado en Japón en un orfanato con sus otros dos hermanos, pues sus padres se divorciaron ante la incapacidad de su madre de adaptarse al país. Se considera por completo japonés (de hecho me parece el más japonés en su manera de pensar, hablar y actuar de los protagonistas) pero su piel oscura provoca muchos prejuicios entre los que le rodean. Lo consideran directamente gaijin. A pesar de todos estos problemas, David es una persona de voluntad fuerte que recauda fondos para abrir escuelas en su Ghana natal.

hafu8FUSAE no supo que su padre era coreano hasta que cumplió los 16 años. Existe un fuerte prejuicio hacia los zainichi, a los que siempre se ha considerado ciudadanos de tercera, vinculados también a la delincuencia. Para ella supuso un shock, y todavía no entiende cómo no fue capaz de interpretar esos pequeños detalles (familiares hablando con acento fuerte, su abuela cocinando platos coreanos) que indicaban su ascendencia joseon. Aún lucha por encontrar su lugar en Japón, y participar en las actividades de la Mixed Roots Kansai la ayuda bastante.

Hafu: the mixed-race Experience in Japan está planteada de manera sencilla y clara, con alguna steady-cam pero sobre todo cámara en mano, para otorgarle cercanía y realismo. Que de eso se trata, de brindar presencia, de aproximar y dar a conocer la realidad de la multiculturalidad en una de las naciones más homogéneas del planeta. No hay grandes sobresaltos, y las directoras se limitan a reflejar esa parte de las vidas en las que ser hafu los distingue de los demás. Quizá sea ese precisamente uno de sus defectos, la ausencia de un clímax obvio y cierto tono monocorde mientras se suceden las vivencias de los protagonistas. Aunque no por ello resulta un documental aburrido, y además consigue su objetivo plenamente, que es transmitir la complejidad de la cuestión hafu. ¿Lo recomiendo? Absolutamente sí. Es una obra muy atractiva, sobre todo para los que estamos interesados en conocer de Japón algo más que lo obvio; y comprender así más de su idiosincrasia, cómo va mutando en un mundo cada vez más globalizado. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.