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Sarai-ya Goyô: La casa de las cinco hojas

No sé si lo he dicho alguna vez, pero soy admiradora de Natsume Ono. Por lo menos de los trabajos suyos que han caído en mis manos. No han sido muchos, pero me han impresionado lo suficiente como para estar atenta a sus movimientos. Me gusta su arte tan personal y característico, así como la elegancia sencilla de sus historias. Cuando Milky Way publicó su Ristorante Paradiso (2006) este año, me llevé una gran alegría ya que, por fin, una editorial en español había comenzado a fijarse en ella. Y no es precisamente una desconocida, tiene su fama (bien merecida). Pero no es de este manga del que voy a escribir hoy, eso quizás otro día. Esta entrada está dedicada a la adaptación animada de una de sus obras, Sarai-ya Goyô (2007-2010) o La casa de las cinco hojas.

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Esta imagen tan bonita pertenece a la serie. Porque si algo tiene, es un arte y unos fondos preciosos. Muy cuidados. El diseño de los personajes son los de Natsume Ono, que pueden gustar o no, pero encajan muy bien. En ese aspecto me ha encantado que respetaran el estilo tan peculiar de la mangaka, ajustándolo al medio animado con ternura. Y… me estoy adelantando, señores. Vamos a poner un poco de orden aquí, leñe. Empecemos por el principio aunque sea por una vez (y que no sirva de precedente).

La casa de las cinco hojas es un anime del 2010 que logró cierto renombre y ha estado, en general, bien considerado. El estudio que lo sacó a la luz fue Manglobe y decidió que con 12 episodios era suficiente. No voy a polemizar a causa de esta decisión porque, al contrario de lo que sucede con otras adaptaciones de manga, esta concretamente, no se ceba en descuartizamientos argumentales. Podríamos decir que es una introducción al mundo que se despliega en la obra original de Ono; una presentación que invita a profundizar más si se desea, pero que no deja tampoco cabos sueltos de importancia. Y eso es un alivio.

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¡Corre, neko-chan, corre!

La historia nos cuenta la llegada a Edo, en un momento indeterminado del período Tokugawa (1603-1868), de un rônin proveniente de una zona rural. Este rônin llamado Masanosuke Akitsu, a pesar de su excelente adiestramiento y físico, posee un temperamento muy poco conveniente para su oficio. Es apocado, inseguro; rehúye los conflictos y es demasiado compasivo. Así que no encuentra un empleo estable con el que poder mantenerse y sufre al ser consciente de lo que considera su propia incompetencia. Pero todo cambia cuando sus pasos se cruzan con los de un yakuza albino de nombre Yaichi. De forma involuntaria, Masa se ve mezclado con una banda de secuestradores denominada “Las Cinco Hojas”. Su centro de operaciones es una taberna regentada por uno de los miembros, Umezô; y ahí se reúnen el resto de los compinches: la hermosa geisha Otake, el taciturno Matsukichi y el inescrutable Yaichi.

A pesar de lo que pueda aparentar, Sarai-ya Goyô no es un anime de acción. Es una serie que se toma con calma el desarrollo de los acontecimientos, que transcurren mediante las relaciones personales. Se van conociendo, poco a poco, las situaciones individuales de cada uno, sus vidas, qué les llevó a la delincuencia y a formar parte de “Las Cinco Hojas”. Esto es un slice of life de gran profundidad psicológica; los perfiles de los personajes son minuciosos, poliédricos; y los continuos flashbacks ayudan muy bien a su gradual construcción. Aparecen más figuras, claro, que enriquecen todavía más un panorama de por sí complejo, pero que no se hace ni muy enrevesado ni cargante.

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Los dos personajes principales, Yaichi y Masanosuke, sienten una atracción mutua inmediata. Natural, ya que son dos polos opuestos. Mientras Masa, a través del cual se narra la historia, es un samurái de carácter ingenuo, espíritu puro y bastante tímido; Yaichi es todo lo contrario al candor: calculador y tremendamente flemático. Dos caras de una misma moneda: uno posee una intuición asombrosa, el otro una inteligencia afilada; uno es como un libro abierto, el otro un misterio envuelto en un enigma.

Me ha llamado mucho la atención cómo se representa ese estilo de vida de “mundo flotante” (ukiyo) tan propio de la época y que se dio en las ciudades principales de Japón como Kioto, Osaka y, por supuesto, en Edo, que sirve de marco a la serie. El hedonismo, el distrito rojo (Yoshiwara) y sus meretrices; pero desde la perspectiva no de la burguesía, sino de las gentes que conformaban esa realidad. Una realidad dura y algo triste, de la cual resultaba difícil huir. Este anime rezuma cierto fatalismo pero, a pesar de los dramas, todo fluye con una calma delicada. En general, deja buen sabor de boca y su mensaje es optimista.

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Sarai-ya Goyô no es para todo el mundo, he leído por ahí que lo califican de hipster… en fin. A cualquier cosa que se salga un mínimo de lo habitual se le pone esa etiqueta. Pero, como decía, sí es una serie que precisa, para verla en condiciones, quitarse uno de encima el chip de los anime comerciales; aunque está más cerca del costumbrismo, con pinceladas de intriga, que de un producto experimental. Es original, diferente, fresco; pero sosegado y ceñido a la representación de un tramo histórico muy concreto. Tiene un espíritu muy japonés. A los que les guste una buena historia con toques de poesía, algo de suspense y un drama sin ostentación, lo disfrutarán. Es una serie relajada y sencilla que, como todos los slice of life, da la sensación de que “no ocurre nada” en algunos momentos; pero nada (valga la redundancia) más lejos de la realidad.

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Ah, no hay romance. Aviso. A mí me ha resultado un descanso en ese aspecto porque a menudo en series de este tipo solo sirve para cargar las tintas sobre el drama, particularmente si no se sabe manejar bien. Así el resultado ha sido mucho más aséptico, realista y equilibrado. No es el anime del siglo, desde luego, pero sí lo bastante atractivo para mantener la atención de cualquier persona con un interés más o menos serio hacia Japón.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.