anime, literatura

Literatura Azul

Hace un tiempo que no escribo sobre literatura, y no es por falta de ganas. Más bien porque van brotando cosas por el cerebro y no me paro a pensar si faltan otros contenidos. No en vano este blog se llama como se llama.

Ya empecé a barruntar algo cuando leí las estupendas recomendaciones de Wanda en su entrada Tag: si te gusta… al toparme con Aoi Bungaku (2009) y coincidir con ella plenamente en que es una maravilla de anime. Pasó bastante desapercibido en su momento y también ha sido, en general, poco comprendido. No porque sea especialmente complejo, sino a causa de que se aleja de las temáticas y estructuras habituales de las series comerciales; y porque es un homenaje a clásicos literarios japoneses del s. XX. Son adaptaciones de historias cortas cuyos autores son imprescindibles, y quizá como en Occidente no son tan conocidos, han podido dejar traspuesto a más de uno.

Seis pequeñas historias, doce capítulos. Y tanto la dirección como el diseño de los personajes estuvieron en manos de gente tan interesante como Takeshi Obata (Death Note, Bakuman), Tite Kubo (Bleach), Tetsurô Araki (Death Note, Attack on Titan) o Atsuko Ishizuka (Nana). Imagino que ya os habréis dado cuenta de que son staff de Madhouse, como la misma serie.

Pero no me voy a centrar en el anime, sino en las narraciones en las que está basado. Quizá así resulte más fácil para el que no lo haya visto o para aquel que simplemente no le gustó, dejarse empapar de su espíritu y entenderlo mejor. Pero, ante todo, espero que sirva de estímulo para que os atreváis a leer los propios relatos en sí (en el caso de que no lo hayáis hecho todavía), ya que fueron, y son, fundamentales en la literatura japonesa moderna. Si después del rollo patatero que viene a continuación (es de los gordos, advierto), sigues sin convencerte… pues nada, ancha es Castilla.

Aoi-Bungaku

CAPÍTULOS 1, 2, 3 y 4

Ningen Sikkaku

人間失格

(1948)

“La irracionalidad… Me producía un cierto placer. Mejor dicho, me hacía sentir cómodo. El seguir las normas establecidas me parecía mucho más temible —me parecía que había en eso algo tremendamente poderoso—, era un mecanismo incomprensible; no podía continuar sentado en esa habitación fría y sin ventanas. Fuera se extendía el océano de la irracionalidad, y lanzarme a nadar en sus aguas hasta morir se me hacía más placentero.”

Indigno de ser humano, Osamu Dazai

El autor, Osamu Dazai
El autor, Osamu Dazai

Este es uno de los libros más terribles que he tenido el placer de leer. Una auténtica downward spiral a las cloacas de la humanidad. Me encanta. Me sorprende que, en una sociedad tan encorsetada como la japonesa y encima en plena posguerra, surgiera un alarido literario como este. Pero estamos hablando de Osamu Dazai (1909-1948) y en vida tampoco se caracterizó por cohibirse precisamente. Porque Indigno de ser humano (1948) tiene mucho de autobiográfico: las andanzas de un joven de provincias, con problemas desde la infancia de adaptación social y síntomas de alienación, por los bajos fondos de Tokio tras abandonar la universidad.

Dazai es estoicamente explícito en sus minuciosas descripciones de los sentimientos que lo dominan: asco, incomprensión, desprecio por sí mismo, odio profundo a la humanidad. Recuerda un poquillo a Memorias del subsuelo (1864) de Dostoyevski, ¿verdad? Es muy probable que Dazai encontrara inspiración en esa obra, pero Indigno de ser humano es mil veces más salvaje y descarnado. Alcohol, prostitución, sanatorios mentales, drogas, abusos sexuales, suicidio. En esa sordidez el autor traza un retrato nihilista y desesperado de su propio yo; sin tapujos, sin hipérboles. Nitidez y simplicidad. Yozo, el protagonista, en un principio intenta fingir ser normal, a pesar de saberse distinto, mediante la máscara del bufón; pero, al convertirse en adulto, reconoce plenamente su fracaso como ser humano al ser incapaz de cumplir las expectativas de la sociedad. Una sociedad a la que observa lleno de repugnancia y de la que siempre se ha sentido ajeno. Yozo es un marginado, un perdedor (so why don’t you kill me?) y solo encuentra alivio temporal de esa angustia existencial en el sexo y los estupefacientes. Era un punk rocker.

Pero Indigno de ser humano no son solo las correrías autodestructivas de un inadaptado; no debe abordarse además solo por la mera curiosidad morbosa que despierta la caída libre de un paria. Eso sería tristemente superficial y, seguramente, a Dazai le haría esbozar una sonrisa despectiva que confirmaría su nula fe en la especie humana. Sus planteamientos y dilemas son totalmente vigentes, a pesar de que son hijos de una época clara de confusión y desarraigo; por eso hace mucho ya que esta obra se convirtió en un clásico atemporal.

Osamu Dazai, como el protagonista de este relato, intentó suicidarse en varias ocasiones. A la quinta fue la vencida, se arrojó al río Tama junto a su amante. No había cumplido los 40.

CAPÍTULOS 5 y 6

Sakura no Mori no Mankai no Shita

桜の森の満開の下

(1947)

“El hombre se fue en secreto. Los cerezos estaban en flor. Tan pronto como entró en el bosque, le vino a la mente la sonrisa perversa de la mujer. Le dolió más que cualquier cosa que hubiera experimentado antes. El dolor lo atormentaba. Entonces, un viento frío procedente de las cuatro direcciones infinitas rodeó su cuerpo y lo atravesó, penetrando en su carne transparente y llenando por completo el vacío entre las flores. El viento bramaba; él gritó desesperado y corrió. El vacío más absoluto.”

En el bosque, bajo los cerezos en flor, Ango Sakaguchi

ango-sakaguchi
Ango Sakaguchi y la podredumbre

Ango Sakaguchi (1906-1955) fue un escritor atrapado por la brutal realidad de un Japón sumido en la guerra. Tras la derrota y el país inmerso en la más total consternación, una nueva generación de intelectuales (Buraiha) plasmó esta etapa mediante la trasmutación de los valores tradicionales nipones en símbolos de una civilización caduca y vencida. Esta “Escuela Decadente”, cuyos miembros llevaban una vida de lo más disoluta, simplemente expresaba el derrumbe de la identidad japonesa. Con los escombros crearon obras donde se enaltecía la autodestrucción y degeneración, pero a través de hermosas y terribles historias. La fantasía, lo sobrenatural y el misterio fueron sus géneros predilectos.

Sakaguchi hizo lo propio pero tiñéndolo de un profundo sentimiento filosófico que ahondaba sus raíces en el budismo. En este Sakura no Mori no Mankai no Shita hallamos dos personajes dominados por sus miedos y depravaciones: una femme fatale y un ladrón asesino. Dos caras de una misma moneda para demostrar que el ser humano es un monstruo viviendo tanto en una civilización sofisticada como en la agreste montaña. Y todo esto contado de manera sencilla y linda, porque este relato de apenas 20 páginas es realmente bello. Embauca muy bien a los lectores que no estén acostumbrados al terror, porque fluye como un río, nítido, fresco; y sin que uno se percate, ya se encuentra absorbido por el horror.

El argumento hace hincapié precisamente en eso: en el horror que se esconde detrás de la belleza, y su alegoría absoluta es la flor del cerezo. Ejemplo meridiano de la marca de agua de este movimiento literario: pervertir los iconos e ideales de Japón. De ahí la ambientación rural tan tradicional o la ubicación cronológica en la Edad Media. El cuento narra el encuentro de un bandido de las montañas con la mujer de un viajero, al que roba y mata. La hace su esposa, fascinado por su hermosura, la misma fascinación morbosa que siente por un bosque de cerezos cercano. A partir de ahí, comienza una relación enfermiza y aberrante entre ellos, dominada por la malevolencia femenina, que los acaba consumiendo. Sakaguchi escribe sobre la soledad, la inevitabilidad y el dolor existencial; es imposible no sentir cierta empatía hacia sus protagonistas por muy despreciables que sean.

CAPÍTULOS 7 y 8

Kokoro

こころ

(1914)

“Al final, insististe en que te contara mi pasado como si desplegara un rollo de pintura. Fue entonces cuando por primera vez sentí en mi corazón respeto hacia ti. Mostraste la decisión de sacar algo de mis entrañas, de absorber la sangre caliente que brotaba de mi corazón. Entonces, yo aún estaba vivo y no quería morirme. Así que prometí acceder a tu deseo otro día y me quité de encima por ese instante tu petición. Ahora sí; ahora, voy a intentar abrirme yo mismo el corazón y verter su sangre en tu cara. Si con ella puedes concebir una vida nueva en tu pecho, una vez que haya cesado el latido del mío, estaré contento.”

Kokoro, Natsume Sôseki

Natsume Sôseki (izquierda) con su nieta, Hisayo, y su amigo el médico Gyôtoku Toshinori (de pie) en 1911
Natsume Sôseki (izquierda) con su nieta, Hisayo, y su amigo el médico Gyôtoku Toshinori (de pie) en 1911

Creo que no es un secreto que Testarudo-sensei es uno de mis escritores japoneses favoritos. Como lo es también el de millones de personas, claro. No sabría decir cuál es la obra que más me gusta de él, pero Kokoro (1914) sin duda está en mi top junto a Soy un gato (1906). La verdad es que no podrían ser obras más distintas, cada una representante de una etapa diferente de Sôseki. Mientras la dedicada al felino anónimo, que observa con sorna y displicencia a los humanos que le rodean, es una sátira social divertidísima, llena de fino humor y jovialidad; Kokoro es un drama escrito en un estilo sobrio, donde se profundiza en la psicología humana desde una perspectiva filosófica típica del zen. Pero ambas, de forma incuestionable, son digna representación de lo que dio de sí este gran escritor y muestra de la completa madurez literaria que alcanzó Japón en la era Meiji (1867-1916) tras siglos de aislamiento.

Fueron años en los que la apertura al mundo trajo lógicas incertidumbres. El miedo a perder la identidad cultural o el terror a convertirse en juguete de Occidente como le sucedió a China tras las Guerras del Opio (1839-1842/1856-1860); así que Japón se sumió en un proceso de modernización sin precedentes que exigía abandonar parte de las antiguas formas para poder medrar en el contexto global. Como bien indica Carlos Rubio en el prólogo de la edición de Gredos (2003) de Kokoro: “Utilizar al bárbaro para dominar al bárbaro”. Pero eso sí, sin olvidar lo patrio: el tôyô no dôtoku, seiyô gei de Sakuma Shôzan. En el campo de la literatura ocurrió algo similar pero más lentamente, ya que surgieron los correspondientes obstáculos derivados de la lengua y, más importante todavía, de la mentalidad y pensamiento. Se vio en la obligación de metabolizar siglos de legado occidental en muy poco tiempo y, sobre todo, asimilar el individualismo, la importancia del YO frente al colectivo. Los escritores Meiji tuvieron la difícil misión de modernizar una tradición literaria anclada en patrones endogámicos y obsoletos tras 250 años de confinamiento; y crear obras que pusieran en el mapa a Japón. Sin ellos y su esfuerzo, ahora no podríamos disfrutar de Yukio Mishima o Yasutaka Tsutsui; y mucho menos del que fue la cima de ese periodo histórico: Natsume Sôseki (1867-1916).

Sôsekineko billete de 1000 yenes
Sôsekineko de 1000 yenes

Sôseki siempre fue un lobo solitario en lo que se refiere a la literatura; como Carlos Rubio bien explica, mantuvo una fuerte independencia creativa con una personalidad muy marcada en sus obras; aunque no impermeable. No creó escuela ni tuvo seguidores, pero sí se supo rodear de otros escritores (caso de Akutagawa) o personajes que lo estimularan intelectualmente. A causa de sus experiencias vitales y educación (china, occidental y japonesa), desarrolló una suerte de aversión hacia todo lo occidental pero que, aun así, no pudo evitar plasmar en sus obras. Incorporó con gran maestría el análisis psicológico de Henry James para plagarlo de lirismo típicamente japonés.

Y eso es lo que hallamos en Kokoro. Un libro titulado con una palabra taaaaaan japonesa, que es complicadísimo traducirla a otras lenguas sin cercenar los múltiples matices de su concepto; pero un libro que, inevitablemente, también despide aroma a Occidente. La obra está escrita en primera persona y consta de tres partes diferenciadas. El argumento empieza con un ingenuo estudiante que, fascinado por la impasible personalidad de un intelectual, decide tomarlo como sensei. La misteriosa misantropía que emana de este hombre, espolea la curiosidad del joven, que se verá satisfecha en la tercera parte del libro mediante una carta. En esta carta, sensei le relata a su discípulo parte de su juventud y el triángulo amoroso en el que se vio envuelto. Sencillo, ¿no? LOS COJONES.

Kokoro es una obra de gran intimidad, de fuerte carga dramática pero extraordinariamente cerebral. Profunda y diáfana, trata multitud de temáticas, entre ellas la dicotomía entre tradición y modernidad, la culpabilidad, la traición y, por supuesto, el amor. Apenas hay diálogos, porque es una historia plena de silencios y omisiones. Omisiones de poderosas consecuencias.

CAPÍTULOS 9 y 10

Hashire, Melos!

走れメロス

(1940)

“Melos estaba enfurecido. Tenía la determinación de hacer cualquier cosa que debiera para librar a la tierra de aquel despiadado y malvado soberano. Melos no sabía nada de política. Era un simple pastor de una aldea remota que pasaba sus días tocando la flauta y cuidando de sus ovejas. Pero Melos era un hombre que sentía el aguijón de la injusticia más profundamente que la mayoría.”

¡Corre, Melos!, Osamu Dazai

Cartel de
Cartel de “Damon and Pythias” (1914), primer largometraje de la historia dedicado a este antiguo mito griego y en el que está inspirado “Hashire, Melos!”

Osamu Dazai era tremendo, un alcohólico drogadicto cuyas excelentes obras suelen ser billete al interior de una mente atormentada por el aislamiento y la culpabilidad. Pero también poseía una faceta luminosa que dejó brillar, por ejemplo, en sus Cuentos de Cabecera (1945), una reinterpretación fresca y cáustica de cuatro cuentos populares japoneses; y en este  ¡Corre, Melos! (1940). Dazai creó esta pequeña historia tomando numerosos elementos de la balada de Schiller Die Bürgschaft (El Rehén) de 1799 que, a su vez, estaba inspirada en la leyenda clásica que el poeta latino Higinio incluyó en sus Fabulae (tenía que decirlo, por una vez que sale algo de lo mío por aquí…)

Hashire, Melos! es un cuento que narra la aventura de un pastor enfrentado al tirano de Siracusa para demostrarle que el ser humano sí es digno de confianza, y que no todos son presa de la avaricia y el egoísmo. Como es condenado a morir crucificado por intentar asesinar al gobernante, pide que se le permita regresar a su aldea a la boda de su hermana. En su lugar, deja como rehén a su mejor amigo, Selinuntio; si en tres días no ha vuelto, será ejecutado en su nombre. El tirano, con amargura y sarcasmo, accede a la petición seguro de que Melos no va a cumplir su promesa; y Melos se echa a correr para poder hacer todo a tiempo.

Sí, querido lector, Dazai escribiendo sobre algo completamente contrario a su filosofía vital. No sé las razones que llevaron al escritor a seleccionar esta historia en concreto, pero es más que llamativo. ¡Corre, Melos! es una apología de la amistad, la esperanza y la fuerza de voluntad. ¡No hay que rendirse, amiguitos, el poder de la justicia y el amor siempre triunfan! Me ha salido un poco tipo Amelia de Slayers, pero el rollo es ese.

elpoderdelajusticia

CAPÍTULO 11

Kumo no Ito

蜘蛛の糸

(1918)

“En medio de la noche solo el hilo de la araña del paraíso resplandecía en su delgadez, suspendido a mitad del cielo, donde no brillan la luna ni las estrellas.”

El hilo de la araña, Ryûnosuke Akutagawa

Primer número de la revista infantil
Primer número de la revista infantil “Akai Tori” donde fue publicado “Kumo no Ito”

Tres días antes de suicidarse, Ryûnosuke Akutagawa (1892-1927) empezó a maquillarse el rostro de blanco. Su intención era que la gente se fuera acostumbrando a verlo muerto. Desde luego fue un hombre peculiar al que no me hubiera importado conocer en otra vida. Es uno de los grandes literatos de Japón, con un estilo puro y elegante. Muy hermoso, detallista; pero tampoco carente de cierta violencia contenida. Como otros escritores de su generación, renegaba de la anterior y su gusto por el naturalismo. La era Taishô (1912-1926) traía consigo otro tipo de preocupaciones y aspiraciones artísticas pero, como su amigo Natsume Sôseki, siempre buscó su propio camino. Su vida estuvo marcada por el miedo a la locura, que destruyó a su madre, y su visión del mundo fue bastante melancólica.

Akutagawa se caracterizó, entre otras cosas, por aunar la tradición literaria occidental con la oriental, pero siempre con una acentuada voluntad de recrear lo japonés sin hacerle perder su esencia. Era un esteta que despreciaba todo aquello que oliera a política; y que se centró únicamente en la literatura y el lenguaje como vehículo de trasmisión de lo que consideraba la energía de la vida (seimei). Aunque siempre de la manera más cristalina y metódica posible. Y como ejemplo de esa intención integradora con Occidente y reinterpretar lo antiguo venido de su patria, tenemos este pequeño relato El hilo de la araña (1918). Probablemente se inspiró en “La fábula de la cebolla”, incluida en Los hermanos Karamazov (1880) y en una recopilación de parábolas budistas del año 1894.

El argumento nos acerca a los padecimientos en el Infierno de un criminal llamado Kandata, que es observado por Buda desde el Paraíso. Este, en su infinita compasión, al recordar la única buena acción que tuvo el malhechor en vida (no mató conscientemente a una araña mientras caminaba), decide otorgarle otra oportunidad de salvación. Para ello, decide lanzarle un hilo de araña que le permita trepar y salir. ¿Y qué sucede entonces? Pues tendréis que leerlo, claro.

CAPÍTULO 12

Jigokuhen

地獄変

(1918)

“Pero el horror más destacado, sin embargo, era un carruaje tirado por bueyes que se despeñaba rozando las copas de los árboles de espadas que tenían ramas puntiagudas como colmillos, y en ellos, como si fueran espetones, estaban traspasadas por pilas y pilas de cuerpos de almas muertas. En ese carruaje, cuyas cortinas habían sido levantadas por las furiosas ráfagas del infierno, una dama de la corte tan lujosamente ataviada como una emperatriz o una princesa se retorcía en agonía, su negro cabello flotando en medio de las llamas y el blanco cuello extendido hacia arriba.”

El biombo del infierno, Ryûnosuke Akutagawa

ryunosuke_akutagawa
Akutagawa ahumándose un rato

“La extravagancia y el horror están en sus páginas, pero no en el estilo, que siempre es límpido.” No voy a ser yo la que le discuta la opinión a Borges, porque además la comparto al 100%. El biombo del infierno (1918) es de una crueldad refinada y, a la vez, grotesca. Muy representativa de Akutagawa. Está inspirado en un cuento, “Ryoushû, pintor de imágenes budistas, se alegra al ver su casa en llamas”, perteneciente a la colección de cuentos Uji Shûi Monogatari del s. XIII. Es un relato de terror, por si no había quedado claro, y nos cuenta la historia del pintor Yoshihide. Este maestro sin igual de los pinceles es un hombre cruel y bestial. Maltrata a sus discípulos y es grosero; pero se toma implacablemente en serio su trabajo y la máxima el arte por el arte. No puede pintar algo que no haya visto antes, por lo que es capaz de auténticas aberraciones para lograr sus propósitos. Pero Yoshihide tiene un lado humano personificado en su hija, que encarna toda la gracia y belleza que no tiene su progenitor. Esta trabaja en el palacio del Señor Horikawa, el cual encarga a su padre que pinte en un biombo una representación del Infierno.

Si no habéis leído el cuento, os podéis hacer una idea de por dónde van los derroteros de la historia. Akutagawa no solo se limita a contar un relato de terror. Es un prolijo estudio psicológico (se incluye a sí mismo también, ojo) y de las relaciones de poder entre los protagonistas; un manifiesto de su propio ideario vital y artístico. Está lleno de recovecos y argucias interesantísimos que enriquecen la lectura, trascendiendo el género de terror. El biombo del infierno va más allá. Además está narrado en primera persona a través de lo que sería un testigo presencial, aunque desconocedor de todos los hechos al completo. Este testigo, un servidor devoto del Señor Horikawa, tiene una visión muy subjetiva de todo el asunto. Su filtro particular añade más oscuridad a ciertos eventos, lo que obliga al lector a sacar sus propias conclusiones. Akutagawa no lo da todo mascado, y eso es genial.

Pormenor de
Pormenor de “Jigoku-zoshi” de Tosa Mitsunaga, finales del s. XII

Bueno, tras parir este rinoceronte de entrada, con vuestro permiso, me voy a morir un rato. Ya volveré, si eso, otro día.

rashomon
PLOF