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El último emperador

El domingo 11 de diciembre tenía una cita. Llegué tarde, pero acudí. Ryûichi Sakamoto emitía en streaming el que se anunciaba como su último concierto. Yo ya sabía que se encontraba fastidiado de salud, pero imaginaba que sería una estrategia de mercadotecnia como las que se usan de manera habitual en el mundo de la música. Por poner unos ejemplos, Aerosmith o Kiss llevan despidiéndose de los escenarios más de veinte años. Y ahí siguen.

Sin embargo, lo de Sakamoto va en serio. Y lo supe nada más oírlo tocar. Luego me di cuenta de que las piezas estaban interpretadas en momentos diferentes, y deduje que su estado físico no le permitía realizar un concierto ininterrumpido completo. Fue una actuación impecable, como no podía ser de otra forma, pero sentí mucha tristeza. Mucha. Se nos está yendo delante de los ojos. Y admiro su enorme profesionalidad, esta ha sido una despedida elegante y cortés para su público. Todo un señor Sakamoto, todo un MÚSICO, así, en mayúsculas.

De modo que, profundamente agradecida por su esfuerzo y trabajo, quiero dedicarle esta entrada. Un homenaje en vida, deseándole luz, paz y amor. Y lo hago escribiendo una pequeña reseña sobre la obra que le valió un Oscar de la Academia, la banda sonora de la película El último emperador (1987) de Bernardo Bertolucci. En ella también participó David Byrne y Cong Su, aunque el grueso de las composiciones fueron suyas. Asimismo, Sakamoto apareció en el film representando a Masahiko Amasaku, militar revoltoso y malvado director de la Asociación de cine de Manchukuo.

¿Es esta la mejor obra musical de Sakamoto? No me veo capaz de evaluar algo así, pero sin duda es la más reconocida. Ya escribí aquí sobre su trabajo en Merry Christmas, Mr. Lawrence (1983), que también es maravilloso, pero siguiendo la estela de dos entradas previas (La Presa de Nagisa Ôshima, Hierba) que tienen la Guerra del Pacífico (1937-1945) como telón de fondo, he elegido esta película que se desarrolla en China. Mismo contexto, mismo Japón haciendo de las suyas, diferentes países.

El último emperador, como el nombre indica, trata sobre el último emperador de China, el decimoprimero de la dinastía Qing 大清 (1636-1912). Su nombre era Aisin-Gioro Puyi (1906-1967) y su título oficial (年号) Emperador Xuantong. La Qing fue una dinastía de origen manchú como su predecesora, la Jin 金 (1616-1636), por lo que fue y ha sido considerada extranjera, como la Yuan (1271-1368), fundada por el mongol Kublai Kan, nieto de Gengis Kan. Actualmente, los manchúes son una minoría étnica cuya cuna ancestral es la Manchuria histórica (东北平原) y son tan chinos como lo puedan ser los zhuang, los miao o los han. Hay más de 50 grupos étnicos diferentes en China. Sin embargo, en otros tiempos eran percibidos como foráneos, ya que no pertenecían a la etnia mayoritaria, la han; y no contaban con demasiadas simpatías porque tampoco permitían acceder a puestos de administración a los que no fueran manchúes.

Puyi fue un hombre al que le tocó vivir una etapa de la historia bastante agitada, tanto en su país como a nivel mundial y, a pesar de ser considerado el Hijo del Cielo (天子) o el Señor de los diez mil años (万岁爷), una verdadera divinidad en la tierra, fue un soberano sin poder real. Llegó al trono designado por su tía la emperatriz viuda Cixí (1835-1908), que ya de por sí merecería una entrada aparte en SOnC, heredando un país sumido todavía gran parte en el feudalismo, a pesar de los bandazos que dio Cixí por intentar modernizarlo.

La Restauración Meiji (1868) había resultado un éxito en Japón, pero las circunstancias de China resultaban muy distintas. Las Guerras del Opio, los tratados desiguales con países extranjeros, la humillante derrota en la primera guerra chino-japonesa (1895), el fracaso de la Reforma de los Cien Días (1898) del emperador Guangxu, provocado por el golpe palaciego de Cixí, el Levantamiento de los bóxers (1900) y un rampante sinocentrismo impedían que China pudiera convertirse en un auténtico estado moderno, capaz de hacer frente al resto de potencias del planeta. Además este posible progreso no convenía ni a la Alianza de las ocho naciones ni a los conservadores del gobierno imperial chino, que veían peligrar sus regalías y corruptelas.

La emperatriz viuda Cixí circa 1890

Y con solo dos años y 10 meses, tras la muerte por envenenamiento con arsénico de Guangxu y justo dos días después de la de Cixí, el pequeño Puyi ascendió al trono de China en 1908, siendo obligado a abdicar solo cuatro años después. Se le mantenía como una reliquia viviente en la Ciudad Prohibida (紫禁城) sin poder salir, rodeado de más de 1500 eunucos, cientos de funcionarios, consejeros, guardias y los restos de la antigua corte imperial. Como en una cápsula del tiempo, Puyi creció y fue asistido de manera arcaica hasta la llegada del que sería su tutor, Reginald Johnston, viviendo de manera muy distinta a lo que se cocía al otro lado de los muros de la Ciudad Púrpura. Durante su vida sucedieron eventos como el nacimiento de la República de China (1912-1949), el Movimiento del 4 de mayo (1919), la Guerra civil china (1927-1936/1945-1949), la Guerra del Pacífico, la Invasión japonesa de Manchuria (1931), la Segunda guerra chino-japonesa (1937-1945), la Masacre de Nanjing (1937-1938), la Revolución Comunista (1949) o el inicio de la Revolución cultural (1966-1976).

No quiero ni imaginar cómo se las tuvieron que arreglar para comprimir todos estos acontecimientos en una sola película, lo que debieron de cavilar para que no pareciese un documental. ¡Y teniendo en cuenta además que su público objetivo, el occidental, era (y es) bastante ignorante respecto a la historia de Asia Oriental! Porque todo lo enumerado y más es lo que narra El último emperador, y su premisa, además de compleja, era ambiciosa, pues pretendía encima rodar lo acaecido en los escenarios originales. Y lo consiguieron.

En esa época la Ciudad Prohibida estaba cerrada a cal y canto. Fue gracias a la pericia del gran Jeremy Thomas, productor de la película (también de Merry Christmas, Mr. Lawrence, The naked lunch o Crash) que se logró semejante hito. Y no solo eso, sino que el gobierno chino colaboró con cientos de soldados, expertos… y miles de técnicos y 19.000 extras. Por aquel entonces los efectos digitales estaban en pañales y si se necesitaban masas de gente, se rodaban masas de gente. Y si algo tuvo El último emperador fueron medios en todos los aspectos. Todos. Cuatro años de proyecto descomunal llevado a cabo sin la intervención de ninguna major, solo la productora independiente de Thomas, Recorded Picture Company.

Y Bertolucci, por supuesto, contó con la siempre magnífica fotografía de Vittorio Storaro, que se llevó el Oscar, por cierto. En realidad El último emperador ganó 9 Oscars en 1988, fue la gran vencedora en un año, también hay que reconocerlo, un poco flojillo. Sin embargo, lo que resulta innegable es que esta película es grandiosa en el aspecto visual. Los escenarios, la dirección artística, el vestuario, la fotografía… son fastuosos e impresionantes incluso para los parámetros del s. XXI, que a golpe de ordenador nos deja patidifusos en la butaca.

El último emperador también recibió el Oscar al mejor guion, escrito por Mark Peploe y el mismo Bertolucci, que fue basado en la autobiografía de Puyi From Emperor to citizen (1960) o 我的前半生 (literalmente «la primera parte de mi vida»), y Twilight in the Forbidden City (1934) de Reginald Jonhston. Como todo film de estas características, la adaptación tuvo sus dificultades. Y a pesar de que el Gobierno chino puso sus condiciones y echó un vistazo al guion, la perspectiva histórica es bastante equilibrada, sin injerencias escandalosas. Es cierto que existen ciertas licencias, pero los sucesos fueron los que se plasmaron en la película.

La personalidad de Puyi fue suavizada, pues era conocido por su ánimo caprichoso y sádico; algo que no es de extrañar dada la crianza que tuvo sin disciplina ni conciencia de lo que eran los límites. Fue educado como un dios viviente, recordemos, aislado y sin figuras de autoridad. La llegada de Reginald Jonhston, contratado por el gobierno de la república China de entonces, que deseaba ofrecer al joven Puyi una educación moderna, aplacó un poco sus tendencias despóticas y le enseñó a trabajar su perspicacia; le abrió las puertas al conocimiento del mundo, donde los occidentales se presentaban como el epítome de la civilización y prosperidad.

Sin embargo, Johnston también era un conservador monárquico a ultranza, lo que terminó de enraizar en Puyi la idea de que un estado republicano siempre iba a ser deficiente comparado con el de un soberano coronado. Y, por supuesto, profundizó la noción de que era superior al resto de la humanidad: él era el Hijo del Cielo, él era el Emperador Xuantong 宣统皇帝. Johnston dirigió la atención de Puyi hacia Japón, donde compartían su concepción sobrehumana de la monarquía. Esto no iba a beneficiarlo en absoluto, más bien su talante antojadizo, vanidoso y, por ende, débil lo convertían en una pieza del tablero muy apetecible para los grandes poderes, fácil de manipular. Y así obraron los japoneses, utilizando a Puyi para sus propios intereses.

El último emperador comienza en 1950, cuando Puyi es trasladado al Centro de Gestión de Criminales de Guerra de Fushun, en la provincia de Liaoning, puerta de entrada a la Manchuria histórica. Ahí, tras un intento de suicidio, será reeducado y cumplirá condena por colaborar con los invasores nipones y traicionar a su país. En esos momentos personifica todo lo que la nueva China quiere cambiar.

Puyi llamará la atención del gobernador de la prisión, interpretado por un fantástico Ying Ruocheng, que hará todo lo posible por reformarlo y ayudarle a buscar un propósito como persona. Para ello, le es requerido, como al resto de prisioneros también, que escriba un diario de su vida, confesando sus crímenes.

A partir de ahí, usando una técnica narrativa desarticulada in medias res y con constantes analepsis, la película irá desarrollando su argumento. Desde la llegada de niñito a la Ciudad Prohibida, separado de su familia y donde su único refugio emocional sería la nodriza Ar Mo, hasta su fallecimiento, durante la Revolución cultural. A los ocho años le arrebatarán a su nodriza, a causa de la relación erótica que observan entre ellos las consortes del antiguo emperador. Pero la llegada de su hermano pequeño, Pujie, hará más tolerable su desaparición, aunque también supondrá el primer golpe con la realidad: él no es el emperador de China, él no gobierna ningún país y su poder no va más allá de los muros de la Ciudad Púrpura.

En el momento en el que China era una república y la humanidad se había adentrado ya en el s.XX, yo todavía estaba viviendo como un emperador y respirando el polvo del s. XIX.

From Emperor to citizen, Aisin-Gioro Puyi

Reginald Johnston también supondrá una cascada de pequeñas revoluciones en la vida del joven Puyi, como la bicicleta, el uso de anteojos y, ya después de casarse, el acto de cortarse la coleta. Por cierto, la interpretación de Peter O’Toole, que le brinda un toque sarcástico y picante al personaje, es estupenda.

La muerte de su madre, a la que no permitirán ver, significará el fin de la infancia y el conocimiento innegable de que es un prisionero. Como adolescente, Puyi buscará escapar de la Ciudad Prohibida y huir a Oxford, donde se educó su tutor, lejos del sistema obsoleto y corrupto que lo mantiene atrapado. Más adelante, deseará gobernar pero con la aspiración de reformar y modernizar el país. Así que, para empezar, decide auditar todo lo que se encuentra en la Ciudad Púrpura para saber cuánto posee y cuánto le han robado a lo largo de los años. Pero los eunucos, viéndose expuestos, incendian la tesorería, y Puyi acaba expulsándolos.

El paso a la adultez vendrá cuando lo despachen de la Ciudad Prohibida en 1924, tras el golpe de estado de Feng Yuxian. Este señor de la guerra no veía utilidad en mantener a un emperador aunque fuese en el formol de la Ciudad Prohibida. No lo consideraba ya un símbolo de unión en China, más bien al contrario; de modo que le arrebató sus privilegios y lo convirtió en un ciudadano común y corriente. Puyi y sus dos esposas, la emperatriz Wanrong y la consorte Wenxiu, con parte de su servidumbre y una fortuna personal cuantiosa, dejaron atrás una existencia sin preocupaciones en la jaula de oro más grande jamás construida; y se lanzaron de cabeza a otra de despilfarro, extravagancias y holganza bajo la protección de Japón en Tianjin. Adoraban todo lo que procediera de Occidente, desde los chicles hasta las aspirinas, incluso se hacían llamar Henry (Puyi) y Elizabeth (Wanrong).

Wenxiu se divorció de Puyi, un completo escándalo pues ninguna esposa había osado antes jamás divorciarse de un emperador, y a partir de ese momento todo fue cuesta abajo. Wanrong, interpretada por una soberbia Joan Chen, se hizo adicta al opio bajo los auspicios de la espía Dongzhen o Joya Oriental, princesa manchú y prima de Puyi, pero criada en Japón desde niña. Se trata de otro personaje histórico en verdad interesante del cual algún día me gustaría escribir.

Esta etapa de la vida de Puyi fue especialmente sórdida en la realidad, sin embargo Bertolucci y Peploe decidieron atemperar ciertas particularidades sin restarle dureza a los hechos históricos.

El último emperador nos cuenta la historia de una personalidad de gran trascendencia que en pocas ocasiones fue amo de su propia vida. Fue una marioneta, un peón, un rehén de su posición, obnubilado por delirios de grandeza que no tenían ya lugar en el mundo. Aprendió la lección tarde, aunque no tanto como su homólogo Hirohito.

Existen claros paralelismos entre su vida en la corte imperial y la posterior China maoísta. De un sistema anticuado, corrupto y absolutista, pasa a otro nuevo, igualmente enviciado por su burocracia y autoritario también. Y en ambos es un cautivo sin capacidad de decisión. Puyi es un personaje claramente pasivo, y no es consciente de su auténtica condición hasta la manifiesta traición japonesa. Es entonces cuando descubre lo que ha sido su vida, y el desengaño lo conduce al sometimiento. Tiene que aprender de nuevo, tiene que reconstruirse como ser humano.

No hay demasiadas sorpresas en El último emperador, es una crónica de desenlace conocido e ineludible; una biografía de un personaje en el centro del huracán, inmóvil, solo siendo capaz de ver los acontecimientos girar, girar y girar mientras su vida es consumida por otros. Y resulta una buena introducción a la historia de la China moderna también.

¿Recomiendo El último emperador? Sí, pero no la versión extendida, huid de ella. No ofrece información de relevancia y rompe por completo el ritmo del film.

Bertolucci desplegó en esta obra todas sus habilidades y recursos adquiridos a lo largo de los años de experiencia cinematográfica, y el resultado fue (es) apabullante. Se atisba El conformista (1970) con total claridad en su metraje, así como Novecento (1976), dos de sus trabajos más esclarecidos. Logra que entendamos a su protagonista, aunque no necesariamente con empatía, y tiene un final bonito.

Quizás resulte a los ojos del presente un poco acartonado y denso, pero sigue siendo cine del grande, del que ahora rara vez se hace. El último emperador fue una empresa arriesgada y ambiciosa, ¿consiguió lo que perseguía? Desde luego, con holgura. No es solo que le tenga cariño porque mi madre me llevó al cine a verla (no me enteré de nada, era una cría) y a partir de entonces se convirtiera en uno de los visionados obligatorios en casa, sino que es una película que enseña, y se aproxima al eterno «peligro amarillo» para descubrirnos que todos somos seres humanos (la sinofobia es muy real, amiguis).

Va por ti, Sakamoto.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, largometraje, literatura, MUAHAHAHA

Feliz Navidad, señor Lawrence

Parece que ya casi nadie se acuerda. Pero yo sí. Y eso que no me consideraba una fan a ultranza, ni siquiera me planteé que estuviera entre mis diez artistas favoritos. O entre los veinte. No pensaba en ello porque siempre había estado ahí y, a pesar de que su carrera me pareció bastante irregular, con momentos históricos y otros no tanto; a pesar de que lo vi en concierto, triturando sus clásicos bajo las cuchillas de una horrible batidora electrónica; a pesar de que me resultaba un guay insolente, una verdadera sanguijuela musical; a pesar de todo eso y más, lo admiraba y respetaba. Estoy sorprendida de lo mucho que me ha afectado su desaparición, no me esperaba este boquete en el pecho. Y que pasados unos meses continúe ahí. Que no era mi padre, leches. Ni siquiera lo conocí. Pero estas cosas suceden aunque resulten incomprensibles e inesperadas. Así que voy a rendirle un homenaje como merece, por aliviar un poco el asunto también. No sé si sabéis de quién estoy escribiendo, pero me refiero a David Bowie.

¿Y qué hace Bowie en un blog de japonesadas? Pues protagonizar la reseña de una película: Merry Christmas, Mr. Lawrence (1983) Gracias a este film descubrí a uno de mis compositores favoritos, Ryûichi Sakamoto, que realizó su espléndida banda sonora además de interpretar a ese Mishima de afeites magnéticos que es el capitán Yonoi. La primera vez que la vi era muy niña, pues mis padres adoraban las películas bélicas de la Segunda Guerra Mundial. En casa eran sagradas. La cuestión es que este film me impactó bastante. Recuerdo que Sakamoto me produjo auténtico pavor, me entristeció mucho que el rubio valiente (Bowie) acabara de esas trazas y todos en general me parecieron unos cabronazos. Incluido el rubio. Esa habría sido mi crítica si la hubiera escrito entonces, no sé cuántos años podía tener, ¿seis?, ¿siete?, calculo que por ahí iría la cosa.

Ahora estoy algo más crecidita, y encontrándose ya lejos ese halo de la infancia que todo lo idealiza, Merry Christmas, Mr. Lawrence la percibo de otra manera. No puedo evitar sentir cariño por ella, pero el tiempo no pasa en balde. Este film fue una coproducción japonesa y británica, que se basó en las experiencias personales del afrikáner Laurens van der Post como prisionero de guerra en la isla Java. Experiencias que recogió en su libro The seed and the sower (1963). No he tenido el gusto de leerlo todavía, pero imagino que tarde o temprano tendrá que caer. El director y guionista fue Nagisa Ôshima, todo un personaje con el que merece la pena detenerse un poco, así que me permitiréis la licencia.

MerryChristmasMrLawrence_1983

Nagisa Ôshima (1943-2013) fue un director que libremente escogió alejarse del academicismo cinematográfico de su país. No quería tratar grandes temas clásicos como hacía Kurosawa, Ôshima sentía una atracción por lo marginal que lo llevó a crear obras que convulsionaron profundamente. Fue un rebelde y admirador del cine occidental, armado de una causticidad que no cesó de dirigir su ojo crítico hacia todo aquello en lo que la sociedad japonesa evitaba posar su mirada. Muchos lo consideraron un provocador, y lo era, aunque no sin motivo. Ôshima fue un hombre con mucha ira dentro a causa de cómo su patria había gestionado todo lo concerniente a la Segunda Guerra Mundial. Los mismos líderes que metieron al pueblo japonés en la guerra y le hicieron creer que su emperador era un dios omnipotente destinado a la victoria, tras la derrota cambiaron de chaqueta sin hacer un mínimo ejercicio de autocrítica.

Podríamos tomar como ejemplo para ilustrar esa hipocresía y mirar a otro lado que Ôshima criticaba de su país, el horror de las comfort women: aproximadamente unas 300.000 niñas y adolescentes de los territorios ocupados fueron secuestradas, torturadas y usadas como esclavas sexuales por el ejército nipón. Una gran parte murieron y las supervivientes sufrieron secuelas físicas y psíquicas durante toda la vida. No ha sido hasta hace poco tiempo que Japón ha reconocido la existencia de estas ianfu; y fue en diciembre del 2015 que pidió oficialmente disculpas a Corea del Sur por ello. Aunque los países con víctimas de estos abusos y asesinatos fueron más, entre ellos China, Filipinas, Indonesia o Tailandia.

News1 PR Shoot 30/07/2013 - Glendale Central Library, 22. E. Harvard St. Glendale, CA 91205 - 30/7/13 Bok-dong Kim, a Korean sex slave survivor, sits on a chair, which is a part of a statue remembering Korean sex slave survivors, commonly known as comfort women, is unveiled in honour of the victims of Military Sexual Slavery by Japan during World War II, in Central Park outside the Glendale Central Library in Glendale, California Mandatory Credit: Action Images / Danny Moloshok Livepic
Bok-dong Kim, coreana de 87 años, fue secuestrada a la edad de 14 y forzada a servir como «ianfu» durante 8 años. Aquí posa junto a la estatua que recuerda a todas las víctimas que sufrieron esclavitud sexual bajo el poder japonés, sita en Central Park junto a la Biblioteca Central de Glendale, California.
Mandatory Credit: Action Images / Danny Moloshok

Ôshima se puede decir que fue un activista, aunque a él realmente lo que le interesaba era la dimensión humana y personal, tanto japonesa como extranjera. Su enfoque se centraba en todo aquello que su país no quería ver pero a través del individuo. Fue un revulsivo que aun todavía agita conciencias. Y sin duda sus películas más conocidas en Occidente fueron esa bofetada sexual de In the realm of the senses (1976) y la que hoy nos atañe. En esta última considera precisamente el tema de la Guerra del Pacífico (1937-1945), en sus últimos coletazos ya.

Java, 1942. Japón acaba de invadir las Indias Orientales Neerlandesas. Los indonesios, pensando que así se librarían de los holandeses, los recibieron con los brazos abiertos, pero pronto descubrirían que simplemente fue cambiar un colonizador europeo por otro asiático. Y con la brutalidad añadida de la guerra. Tanto es así que en Indonesia actualmente es recordada mucho más la crueldad japonesa que los siglos de explotación neerlandeses. Japón en pocos años consiguió borrar de un plumazo la poco amable presencia de otras potencias en el Sudeste Asiático mediante una política de atrocidades que tardó en llegar a la opinión pública mundial, eclipsada por la alemana. Pero los nipones no les fueron a la zaga en bestialidades. A uno de esos numerosos campos de concentración y de prisioneros, auténticas fábricas de muerte, nos traslada Ôshima en su Merry Christmas, Mr. Lawrence.

Sakamoto, Ôshima y Takeshi durante una rueda de prensa del film.
Sakamoto, Ôshima y Takeshi durante una rueda de prensa del film.

El capitán Yonoi, fervoroso seguidor del estricto código de honor japonés, dirige el campo de prisioneros al que acudirá, gracias a su intervención, el mayor Jack «Strafer» Celliers. En sus instalaciones también viven el coronel John Lawrence y el sargento Gengo Hara. Dos parejas muy distintas, con una evolución divergente entre sí y que llevarán por completo el peso de la película. Yonoi y Celliers son antitéticos, uno amante del orden y la justicia, otro indómito y audaz; pero ambos poseen algo de lo que avergonzarse en su pasado. Yonoi siente una atracción y curiosidad irresistibles hacia Celliers, que este aprovechará para convertirse en agente del caos. La relación entre Lawrence y Hara es, sin embargo, de otro tipo. Hara es el rostro feroz de la invasión japonesa, un personaje fascinante que representa la dualidad humana por su grosería y, a la vez, profunda ternura. Lawrence, sin embargo, es un hombre tranquilo y cultivado que vivió en Japón, comprende bien el país y lo respeta. Es el puente entre esos dos mundos enfrentados que cohabitan en dominación/sumisión y se mezclan indefectiblemente.

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Lawrence y Hara

El argumento arranca con un suceso de índole delicada: el supuesto ataque sexual de un guarda coreano a un prisionero herido holandés. Los dos hombres son descubiertos en circunstancias sospechosas y Hara hace llevar a Lawrence a su presencia para que le asista como intérprete. En verdad no requiere de su ayuda, porque Hara solo desea humillar y castigar lo más cruelmente posible a los hombres. Este evento que puede parecer una manera casual de presentar la historia, en realidad marca una pulsación soterrada a lo largo de toda la película. Un compás de naturaleza homoerótica que será todavía más evidente entre Yonoi y Celliers. Pero Ôshima tampoco se centra en el amor homosexual, eso lo haría más adelante en Gohatto (1999). Solo es uno más de los temas que tocó en el film.

El capitán Hicksley y el Coronel Lawrence
El capitán Hicksley y el coronel Lawrence

La llegada al campo de prisioneros del mayor Jack «Strafer» Celliers es el detonante que desafiará el orden establecido. Contemplaremos, casi como si fuera un documental, las salvajes rutinas y actividades del lugar; las preocupaciones militares de Yonoi, que no cejará en su empeño de recobrar una honra perdida saltándose incluso las Convenciones de Ginebra; la precaria situación de Lawrence, que se encuentra en una Tierra de nadie a pesar de su lealtad a los Aliados; y la amistad que va creciendo entre él y Hara.

-What’s wrong with them, Lawrence?

-I don’t know. They were a nation of anxious people and they could do nothing individually… So they went mad, en masse.

Este fenomenal y simple diálogo que mantienen Celliers y Lawrence a través de la pared de sus celdas, es muy esclarecedor. Ôshima hace una crítica mordiente a la sociedad japonesa mediante la reflexión de una mente objetiva: la de un gaijin que conoce y admira la cultura nipona. Y a la vez es ejemplo de lo que se ve en el film, esa incomprensión mutua Japón-Occidente a pesar de los esfuerzos por superarla. ¿Se logra finalmente hacerlo? Merry Christmas, Mr. Lawrence se ha molestado bastante a lo largo de su metraje en plasmar que estamos hablando solo de seres humanos. Quieran o no, están condenados a entenderse. Las barreras no dejan de ser una construcción, una convención que se puede superar si hay voluntad.

Celliers humilla a Yonoi

Hay algo muy curioso en esta película, y es que aunque esté situada en la década de los 40 del s. XX, podría perfectamente trasladarse a cualquier otra época moderna porque el fondo de la narración es atemporal. De hecho es un vistazo desde el presente hacia el pasado, una reinterpretación a través de su cristal y que muestra que los problemas de Japón siguen siendo los mismos aunque su encarnación sea distinta. Y Ôshima lo hizo de una manera aséptica, desapasionada; procurando intervenir lo menos posible y que fuesen los actores los que sacaran a la luz su espíritu.

Pero Merry Christmas, Mr. Lawrence no es una película perfecta. Aunque dentro del género bélico es una rareza a la que se debería prestar más atención, tiene sus defectos. Uno muy gordo, al menos para mí, es cómo Ôshima desarrolla la acción: a ratos es tediosa. Y ese flashback en medio rompe por completo la estructura narrativa, no está bien incrustado aunque se comprenda su presencia. También existe una diferencia muy marcada entre la interpretación de los actores japoneses y los británicos. No sé si es que sus métodos son distintos o qué demonios ocurre, se me escapa, pero es muy patente y produce una sensación extraña de que las piezas no logran encajar. Sin embargo también pienso que es algo bueno, pues ayuda a subrayar la oposición Japón-Occidente y la falta de entendimiento mutuo.

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Yonoi y Hara

Sin lugar a dudas, los dos personajes que más brillan son el de Celliers y Hara. David Bowie está asombrosamente brillante, desde mi punto de vista este fue el mejor papel que realizó, por mucho que The Hunger (1983) me guste o sea recordado más en general por la mítica Labyrinth (1986). Bowie creó un Celliers soberbio. Por otro lado, Takeshi Kitano dio vida al sujeto más complejo y humano del film: Hara. Es casi lo mejor de la película y su progreso resulta emocionante. Ese final con su primerísimo primer plano… buf, genial. Con esto no quiero decir que Tom Conti lo hiciera mal como Lawrence, pero queda totalmente eclipsado por la fuerza de Hara y Celliers. También Ryûichi Sakamoto sorprende con un atormentado y circunspecto Yonoi, cuya fragilidad es notoria a través de las grietas de su coraza.

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El apartado musical es uno de los que más me gustan. Sakamoto compuso para este film uno de los temas más famosos y emotivos de su repertorio (lo podéis escuchar en el vídeo). Y aunque es muy evidente la influencia de la legendaria Yellow Magic Orchestra, banda de la que formaba (y forma) parte, sobre todo por la instrumentación casi exclusivamente electrónica de las piezas, en conjunto es una buena banda sonora. La inclusión de motivos procedentes de la música tradicional indonesia, como el gamelán, enriquecen sus matices, a pesar de que la electrónica suele aplanar ese tipo de detalles.

Resumiendo un poco, Merry Christmas, Mr. Lawrence es una película chocante, incluso con un punto estrafalario que puede desconcertar al espectador, sobre todo al actual. De manera personal tampoco la consideraría una obra estrictamente bélica, a pesar de que la guerra sea el telón de fondo. Es un film en realidad sobre las relaciones humanas, mediante las cuales Ôshima aprovecha para hincar los colmillos a Japón. ¿La recomiendo? Sí, por supuesto.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.