literatura, Tránsitos

Tránsito III: Sopa de Miso

Y proseguimos con los Tránsitos. No sois muchos los que estáis siguiendo esta senda así que, a los que vagáis por ella conmigo, muchas gracias. No hay paisajes amables ni sucesos corrientes, aunque para aquel que disfruta con la oscuridad, no dejará de tener su punto fascinante.

Enganchando con la temática del Tránsito II, me apetecía escribir sobre un libro. Hoy no hay ni manga ni anime en el menú. Se trata de In za Misosûpu o Sopa de Miso (1997) de Ryû Murakami, que no debe confundirse con Haruki Murakami (pobre hombre, el Nobel se le resiste). Y NO, no son parientes.

Ryû Murakami (Sasebo, 1952) ha sido siempre un hombre inquieto que no se ha conformado solo con escribir, sino que también ha hecho cine o formado parte de bandas de rock (como batería, he de decir, y todo el mundo sabe que los baterías están majaras). Es muy amigo de Ryûichi Sakamoto, al que admiro muchísimo. Pero su carrera profesional ha estado encauzada en las letras, gracias a las cuales ha recibido no pocos galardones. Sopa de miso es una de esas obras laureadas y de las más célebres. Culodemalasiento-san (va todo mi cariño, que conste) posee un estilo muy particular con una serie de temáticas y preocupaciones recurrentes: cultura pop, leve nihilismo, violencia y potente crítica social. Muy posmoderno todo. Criado cerca de una base americana en Nagasaki, tuvo tiempo de empaparse de presencia norteamericana y observar sus consecuencias tanto en un entorno próximo como en todo el país. Y su balance no fue positivo. Pero claro, esto es resumir de manera bastante grosera… aunque tampoco tengo intenciones de hacer aquí una tesis doctoral sobre su obra.

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Esta es la portada que realizó la maravillosa ilustradora Yuko Shimizu para la edición italiana de Mondadori de la novela.

No esperaba ver a mamá allí (…) así que no podía ser ella a pesar de que fuera igual. Cuando me cogió de nuevo le mordí la muñeca con tal fuerza que se me adormeció la mandíbula. Pensé que no tenía otra alternativa, no sabía qué hacer. Mamá gritaba a todo pulmón. Creo que le atravesé la piel hasta dar con una arteria, porque empecé a sentir su sangre en la boca, mucha sangre, y yo mordía tan fuerte que no podía respirar y me la tragué toda como un bebé que chupa el pecho de su madre, excepto que era sangre. Sentí que tenía que hacerlo, que si no me la bebía toda me iba a ahogar. ¿Has probado alguna vez sangre humana, Kenji?

Estas palabras son de Frank, el antagonista de Sopa de miso. Él es un norteamericano de aspecto algo desagradable pero nada del otro mundo. Un gaijin más entre los miles que se acercan a Tokio en viajes de negocios y que de paso, hacen turismo sexual. Nadie se fija en él especialmente, a los extranjeros se los evita. Con mucha cortesía, eso sí. Pero Frank es bastante más de lo que aparenta. Es su guía en el Tokio nocturno, Kenji, protagonista de la novela, el que con una afilada intuición percibe desde el principio algo que no va bien. Conforme pasan las horas, el conflicto entre razón e instinto se va haciendo más intenso, llevando a Kenji a un estado casi de paranoia. ¿Por qué? La razón principal es el asesinato y desmembramiento de una adolescente en Kabukichô, distrito en el que Kenji trabaja; y otro posterior de un mendigo en la zona también. El joven guía turístico del barrio rojo de Shinjuku cree estar atando cabos.

Hasta aquí tendríamos la primera capa en el delicioso pastel que es Sopa de miso. Porque hay más. Aparte de la exposición totalmente desapasionada de lo que es una parte del negocio del sexo en Japón (el de a pie de calle), donde tanto colegialas, mujeres adultas como prostitutas extranjeras tienen sus propios lugares y jerarquía; Ryû Murakami plasma muy bien la visión de una sociedad deshumanizada, xenófoba, inmersa en una tremenda soledad individual y enfocada en unos valores vacíos, superficiales. Segunda capa.

Para los extranjeros, en este país hay muchas cosas que parecen extrañas, pero yo soy incapaz de explicar la razón de la mayoría de ellas. Me suelen hacer preguntas como: si Japón es uno de los países más ricos del mundo, ¿por qué tiene el problema de los karoshi, individuos que, literalmente, se matan trabajando? O comprendo que lo tengan que hacer las chicas de los países asiáticos más pobres, pero ¿por qué se prostituyen las estudiantes en un país tan rico como Japón?

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Kabukichô es “la ciudad que no duerme” y en ella existe gran variedad de oferta sexual para todo tipo de gente. Parte de estos negocios están controlados por la Yakuza. También hay restaurantes, game centers, cines y karaokes 😛 (Foto de Jeremy Sutton-Hibbert para The Guardian)

La tercera capa sería esa absorción enfermiza de la sociedad nipona de todo lo que sea estadounidense. Y no se ha metabolizado nada bien, porque entre el evidente complejo de inferioridad, permanece, irreductible, la noción de extranjero, de lo “de fuera” frente al orgullo de lo patrio. Una suerte de esquizofrenia social que no se reflexiona, se sufre y asimila. Frank no es solo un abunai gaijin (que lo es y de verdad), es la representación máxima del demonio extranjero. Un demonio que Murakami utiliza para reflejar como un espejo todas las deficiencias y contradicciones de esa colisión Japón-Occidente que supuso la derrota de la II Guerra Mundial y cuyos coletazos se siguen advirtiendo. En Azul casi transparente (1976) lo estampó, no obstante, de manera más directa. Un demonio que, como tal, carece de compasión, es un depredador nato y es descrito desde el principio con características inhumanas: justo como la sociedad en la que se mueve.

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Murakami, muy serio, meditando sobre la hecatombe venidera de la sociedad japonesa

Sopa de miso está contada en rigurosa primera persona y el tiempo que abarca es corto, apenas un par de días. No se trata solo de una narración, los pensamientos y sensaciones de Kenji son en realidad el timonel de todas sus experiencias. Salvo una pequeña parte casi al final de la novela, donde coge las riendas Frank para explicar su vida, es Kenji nuestro Virgilio en este particular descenso a los infiernos de la noche tokiota. Pero con la enorme diferencia de que hemos estado acompañados continuamente por el Diablo.

La maldad nace de sentimientos negativos como la soledad, la tristeza y la ira. Proviene de un vacío interior que parece haber sido labrado con un cuchillo, el vacío que queda cuando te arrebatan algo muy importante. No voy a decir que Frank tuviera una tendencia especialmente cruel o sádica, ni que fuera la viva imagen de un asesino. Pero sentía que tenía dentro un vacío más grande que un agujero negro y que no había forma de prever lo que podía salir de él.

Sin duda, uno de los momentos culmen de esta novela es el del pub de omiai. Feroz, minucioso. Todos los personajes se exhiben como marionetas huecas, protagonistas de una escena exquisita de estupor y brutalidad. Murakami presenta todo como un enorme lienzo, resaltando ciertos pormenores que ponen los pelos de punta. Conforme lo iba leyendo, no podía evitar pensar en la tercera tabla de El Jardín de las Delicias de El Bosco, dedicada al Infierno. No por la voluntad moralizadora, que Murakami no tiene ni por asomo, sino por esa obsesión por el detalle casi hiperrealista que une al desmoronamiento mental. Y todo en una atmósfera densa, onírica; contada, recordemos, en primera persona. Pero no se trata solo de una simple labor descriptiva la de Kenji, sus propios mecanismos psicológicos de adaptación y defensa hacen de este singular momento algo muy humano, justo todo lo contrario de lo que le rodea.

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El que haya leído el libro, ya sabe por qué he elegido este detalle concreto del Infierno del Bosco…

Ryû Murakami, a través de una historia de terror, aprovecha para darle un repaso de los majos a la sociedad nipona. Y no solo queda ahí, a la estadounidense y por extensión a Occidente en general. La relación que establecen Kenji y Frank es una traslación meridiana de la existente entre Japón y Estados Unidos. Pero no solo es una crítica social, Sopa de miso es mucho más, es una novela psicológica en su fondo. Que el autor aúne sin complejos diferentes características y géneros, es lo que hace de esta obra algo realmente único. La etiqueta de thriller psicológico, que es a la que se suele recurrir para catalogarla, se queda corta. Pero muy corta. Es una obra cruel y entintada con ese desengaño melancólico tan peculiar de la literatura japonesa. Una excelente lectura, pero fuerte para según qué paladares. Cruda, diría yo.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.