manga, Shôjo en primavera

24年組 : las Magníficas del 49

Me ha sorprendido bastante que en la última entrada dedicada a Kamome Shirahama, autora de ese estupendo manga en publicación que es Tongari Bôshi no Atelier, muchos de vosotros hicierais click en el vínculo que dirigía a la wikipedia del Grupo del 24 o 24 nen-gumi. Creo que he escrito (y no poco) sobre algunas de las mangaka que forman parte de él, como Môto Hagio, Riyoko Ikeda, Keiko Takemiya, etc. Pero, horreur!, todavía no existe ningún post en SOnC destinado a ellas como movimiento artístico. ¡Omisión del tamaño de un trolebús! Por lo que me veo obligada a despertar un poquito antes de tiempo la sección de Shôjo en Primavera para realizar la pertinente (y obligatoria) entrada y homenajear a Las Magníficas del 49.

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“La niña iguana” (1992) de Môto Hagio

Shôjo en primavera está más bien orientado hacia mangas previos al Grupo del 24, ese es su límite cronológico. Los albores del shôjo, obras que prácticamente casi nadie conoce ni lee porque, todo hay que decirlo, a Occidente apenas llegan, salvo de refilón si se trata de Osamu Tezuka o Leiji Matsumoto. Por eso tampoco es una sección que tenga mucho movimiento, aunque la considero indispensable. Y poco a poco irá creciendo, conforme las oportunidades me permitan acceder a más material antiguo. Sin embargo, considero muy oportuno escribir una entrada dedicada a la frontera entre la infancia y la adultez de esta demografía. Un momento capital además dentro de la historia del manga. A partir de la década de los 70 el tebeo dirigido a jovencitas sufrió una metamorfosis  y estableció los cimientos del cómic comercial japonés contemporáneo, trascendiendo géneros y demografías. Y las responsables de esta transformación fueron las protagonistas de hoy, las 24 nen-gumi.

No hay un consenso claro sobre qué artistas conforman el Grupo del 24, ni siquiera si puede considerarse la existencia de un grupo como tal (ay, bendita posmodernidad); no obstante, como SOnC es un blog amateur que leéis cuatro lechucillas, voy a tomarme la libertad  de afirmar su realidad y, basándome en mi criterio, escribir sobre las que considero sus adalides. Es cierto que es un poco arbitrario establecer un movimiento artístico basado en el año de nacimiento de sus posibles componentes, las cuales tampoco fueron consultadas ni creo que fueran conscientes de estar formando un grupo como tal. Pero tampoco se puede negar que todas ellas poseen características comunes, dentro de sus lógicas diferencias estilísticas, y que fueron influenciadas por los mismos estímulos culturales.

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Osamu Tezuka fue de las grandes influencias del Grupo del 24.

El shôjo hasta la llegada del Grupo del 24 era una demografía bastante maltratada tanto por lectores como crítica. Se consideraba claramente inferior por puro sexismo, ya que se dirigía al público femenino e infantil, estimado poco exigente. Los propios mangaka y las editoriales eran negligentes con él. Aunque el shôjo fue trabajado por Tezuka, Matsumoto y pioneras como Hideko Mizuno o Chieko Hosokawa, se consideraba una demografía menor. Volvemos a toparnos, por enésima vez en la historia, con el prejuicio de que solo lo masculino puede considerarse universal; lo femenino va dirigido exclusivamente a las mujeres y debe permanecer en su esfera, como si la feminidad fuera una especie de enfermedad contagiosa que envileciera la masculinidad.

El shôjo, como ya se ha comentado en otras ediciones de la sección, procede de la ilustración jojô-ga de principios del s. XX y las novelas para chicas (shôjo shôsetsu), que centraban su atención en el mundo de las emociones idealizadas. La amistad, la vida cotidiana, el amor platónico entre chicas, la delicada tranquilidad de un universo ausente de hombres. Por otro lado, eran auténticos manuales de cómo ser la perfecta mujer japonesa: sumisa, abnegada y amante esposa y madre. Este trasfondo legó sus propios códigos estéticos al shôjo, pero no alcanzaron al resto de demografías. De ahí que para un lector profano se hiciera hasta cierto punto incomprensible, por no decir que ridículo y deficiente. Hasta que llegaron Las Magníficas del 49.

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Sin las ilustraciones de Jun’ichi Nakahara (1913-1983) el arte del shôjo no habría sido igual.

A este grupo de mujeres se les denominó así porque nacieron en el año 24 de la era Shôwa (1949) o en fechas aledañas. ¿Dónde surgió el nombre? Pues ni idea. Por mucho que he rastreado internet, no he encontrado una fuente fidedigna que aclare ese interrogante; pero se encuentra ampliamente extendido y no voy a ser yo quien lo discuta. Eso se lo dejo a los expertos. Pero regresando a lo que nos atañe, hasta la aparición de esta generación de mujeres el shôjo había gozado de una reputación pésima. ¿Por qué, de repente, ese interés de la crítica en él? Porque esta damas comenzaron a modernizar la demografía, que hasta entonces había permanecido aletargada e inmóvil en sus premisas, introduciendo nuevos lenguajes visuales y temáticas. Un lavado de cara donde tanto la presentación, el arte y sus historias enrevesadas jugaron sus mejores bazas.

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Ilustración para el manga “Hi Izuru Tokoro no Tenshi” (1981-1983) de Ryôko Yamagishi.

Sin embargo, continuaba siendo shôjo. Aunque inyectaran cuestiones más maduras e incluso peliagudas, como la religión, la muerte o la homosexualidad; o los géneros se abrieran a la ciencia-ficción, la fantasía, la historia o el terror, el Grupo del 24  siguió trabajando con los recursos del shôjo: potente eurofilia, el lirismo gráfico del jojô-ga y rampante exaltación sentimental. Se convirtieron en sólidos bildungsroman en los que desarrollar tramas de fino encaje sentimental. La habilidad con la que manejaron la disposición de las viñetas para enfatizar los vaivenes emocionales y crear las atmósferas adecuadas, y el aumento significativo de la complejidad psicológica de los personajes conquistaron al público, porque podían ver reflejados en sus páginas muchas de sus desazones.  Los mangas del Grupo del 24 continuaron siendo auténticas bombas románticas como sus precursores, donde el melodrama era el rey absoluto. Por eso la proeza que consiguieron estas mujeres fue, y sigue siendo todavía, inmensa. Lograron que la demografía saliera de su gueto, alzara el vuelo para ser valorado como le correspondía en justicia, y fuera consumido masivamente sin dejar de ser él mismo, sin dejar de ser shôjo. Por no decir que, a partir de entonces, la mujer conquistó definitivamente su espacio en el mundo del manga. Y eso en una sociedad profundamente machista como la japonesa del s. XX fue todo un mérito.

También es cierto que el shôjo, así como todas las demografías japonesas en realidad, sigue propagando unos estereotipos bastante sexistas que, conforme nos vamos retrotrayendo en el tiempo, son cada vez más intensos. Por eso siempre es necesario recordar que afrontar la lectura de obras del pasado con la mentalidad del presente no es ni justo ni inteligente. Me ha salido con rima y todo. Los seres humanos somos hijos de nuestro tiempo, y nuestras obras reflejan lo que somos; lo mismo va por el Grupo del 24. ¿Y quiénes son ellas? Como ya he indicado al principio, no existe un consenso sobre su número, incluso a raíz de su influencia ha surgido otra nomenclatura, Grupo Post-24 (ポスト24年組), para referirse a otras mangaka nacidas un poco más tarde. Así que he elegido las que considero cabecillas indiscutibles de Las Magníficas del 49: Môto Hagio, Keiko Takemiya, Yumiko Ôshima, Ryôko Yamagishi y Riyoko Ikeda. Podría haber añadido alguna más, como Toshie Kihara, pero me ha resultado imposible acceder a sus obras (tengo unas ganas feroces de hincarle el diente a su clásico Angelique y a su colección de historias cortas Yume no Ishibumi, AINS), por lo que estas son mis seleccionadas.


riyoko-ikeda1. Riyoko Ikeda (1947, Osaka) es una de las mangaka más conocidas de Las Magníficas del 49 y su influencia ha ido más allá de la demografía shôjo. Es toda una institución en el tebeo japonés, y sus obras y estilo artístico tienen un sello personal que han contribuido desde los inicios de su carrera a modernizar y forjar el cómic de las islas. Tiene debilidad especial por las temáticas históricas de corte occidental, haciendo hincapié en unos argumentos que beben de lo mejor del folletín decimonónico francés. El jojô-ga está especialmente presente en su arte, al igual que el Takarazuka Review, que sirve a Ikeda para plasmar de forma amable los problemas de la transexualidad en la sociedad heteropatriarcal. Su obra más conocida y celebrada es Versailles no Bara (1972-1973), que ha tenido múltiples adaptaciones y cuyo éxito traspasó las fronteras de Japón. Tenéis su reseña aquí.

Tebeos recomendados: Versailles no Bara, Claudine…! (1978) y su reseña aquí, Orpheus no Mado (1975-1981), Onii-sama e… (1974)

keikotakemiya2. Keiko Takemiya (1950, Tokushima) fue, junto a Môto Hagio, la que dió el primer impulso para la renovación del shôjo. Ambas vivieron en la misma casa durante un par de años, en Ôizumi, Nerima (Tokio). Por ahí también empezaron a pasarse otros artistas, creando lo que más tarde se denominaría Ôizumigakuen: un lugar de encuentro, intercambio y aprendizaje. Allí ambas descubrieron publicaciones como Barazoku (gracias a su amiga Norie Masuyama) y leyeron obras como Le ville dont le prince est un enfant (1951) o Les amitiés particulières (1943), que les abrieron las puertas a un universo oculto, el de la homosexualidad masculina. No dudaron en inspirarse en el material que les ofrecía ese nuevo mundo para crear algo completamente transgresor: el shônen-ai y yaoi. No es difícil encontrar los ecos de Les amitiés particulières en Thomas no Shinzô (1974) de Hagio y, sobre todo, en Kaze to Ki no Uta (1976-1984) de Takemiya. Actualmente imparte clases de Teoría y Práctica del Manga en la Universidad Seika de Kioto.

Tebeos recomendados: Terra e… (1976-1980) y su reseña aquí, Kaze to Ki no Uta (1976-1984)

oshima3. Yumiko Ôshima (1947, Ôtawara) es quizá de las autoras menos conocidas de Las Magníficas del 49 y que, paradójicamente, más contribuyeron técnica y artísticamente al nuevo lenguaje visual del shôjo. Sin embargo, su adorable creación Chibi-neko, protagonista del manga Wata no Kuni Hoshi (1978-1984), sí que goza de popularidad. Ôshima ha sido siempre amiga de mezclar lo kawaii con el surrealismo; de comenzar una historia de manera etérea, plena de simbolismo, y acabar tratando temáticas inquietantes, incómodas y con crueldades varias. Se centra, sobre todo, en las experiencias que resultan del paso de la niñez y la adolescencia al mundo adulto. Sus dilemas y preocupaciones vitales, del choque entre los sueños y fantasías contra la realidad. Fue la primera en sacar de sus globos los textos, de dejar flotar los pensamientos de manera gráfica; y construir una estructura no lineal en la disposición de las viñetas, cuyos límites además se difuminan, abriendo la perspectiva del lector más allá de las páginas. Todo al servicio de la emoción del público, y de transmitir con mayor eficacia los sentimientos de los personajes. Desde mi punto de vista es, junto a Môto Hagio, la más original e insólita del Grupo del 24.

Tebeos recomendados: Wata no Kuni HoshiGô Gô datte Neko de Aru (1996-2011), Banana Bread no Pudding (1977-1978).

img_15_m4. Ryôko Yamagishi (Kamisunagawa, 1947) es la mangaka que puede presumir del arte más elegante, con una fuerte impronta del art nouveau europeo. Me parece maravillosa en su delicada riqueza visual, que tampoco se aleja de una brillante cinemática. Pero ante todo, destaca por sus complejos retratos psicológicos, y una ausencia de miedo total a la hora de trabajar la homosexualidad tanto femenina como masculina. Suyo es el primer yuri de la historia, Shiroi Heya no Futari (1971), cuya reseña podéis leer aquí, y tampoco tuvo ningún rubor en definir como abiertamente gay al príncipe Shôtoku (574-622), una figura histórica de primer orden en Japón, en su célebre manga Hi Izuru Tokorono Tenshi (1980-1984). De hecho, el cómic recibió el Premio Kôdansha al mejor shôjo en 1983; más adelante, en 2007, recibiría por Terpsichore (2000-2006) el Premio Cultural Osamu Tezuka.

Tebeos recomendados: Arabesque (1971-1973), Hi Izuru Tokorono Tenshi, Hatshepsut (1988)

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Môto Hagio junto a Ray Bradbury en 2010

5. Môto Hagio (Ômuta, 1949) es mi mangaka favorita del Grupo del 24. Todos los lectores de SOnC ya sabéis que tengo debilidad por esta dama, y estoy muy, muy, muy PERO QUE MUY contenta porque Tomodomo va a continuar con el saludable hábito de publicar material suyo. Esta primavera saldrá a la luz Hanshin (1984) junto a otros relatos míticos de Hagio como La niña iguana (1992); y espero que sea un completo éxito para que la editorial siga animándose a traer más clásicos, ¡que son muy necesarios, leñe! Môto Hagio es una autora que ha hecho historia en el shôjo, algunos críticos incluso consideran que sus obras no pertenecen a esa demografía, pero se equivocan. Hagio-sensei, junto al resto de sus colegas de grupo, lo que hizo fue abrir las puertas a la inclusión de otros géneros que no fuesen los habituales slice of life o school life. Porque a las chicas también les podía gustar la ciencia-ficción, el terror o el drama histórico. Perfectamente. Y a los chicos también les podían gustar las historias del shôjo, con sus montañas rusas emocionales y nuevas propuestas visuales. Môto Hagio escribió, y escribe, shôjo para todo el mundo. Lo que podría resultar un poco contradictorio, pero que en sus manos es completamente natural. Con ella comenzó a resquebrajarse esa noción que perpetúa los roles de género en las demografías japonesas, incluyendo moléculas habituales del shônen o el seinen en sus propias historias, que no dejaban (ni dejan) de ser shôjo. Robert E. Heinlein, Alfred Elton van Vogt o Ray Bradbury están muy presentes en bastantes de sus obras, y su mente siempre poseyó una objetividad diáfana que la ayudó, además, a diversificarse. Y lo sigue haciendo, por cierto.

Tebeos recomendados: Poe no Ichizoku (1972-1976) y su reseña aquí; Thomas no Shinzô (1974),  11-nin iru! (1975) y su reseña del anime aquí; Marginal (1985)


Como simple introducción creo que la presente entrada puede ayudar a los otacos curiosos a familiarizarse con lo que fue y es el Grupo del 24. Ahora queda en vuestras manos el sumergiros y profundizar más en las obras de estas artistas que lo cambiaron todo. Y no solo en el shôjo. Ójala pudiéramos acceder a más comics de Las Magníficas del 49, porque problamente este mini-listado se vería ampliado bastante. De momento, nos tendremos que conformar con las migajillas que nos llegan, que seguro muy pronto caerán unas pocas más. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Shôjo en primavera

Shôjo en primavera: La doncella de la mansión de las rosas

Ya estamos en primavera. Y Shôjo en primavera regresa con vosotros, pero porque así lo decidisteis en la encuesta de twitter, no os creáis. Obtuvo el segundo lugar tras quedar en tablas 2017: un siglo de anime y Manga vs. Anime. Al pobre Cómic Occidental lo relegasteis de manera humillante al último puesto, con apenas un par de votos. Sois crueles. Pero a la siguiente entrega me resarciré.

Excavando por internet en esas fosas solitarias donde permanecen en silencio los escasos fósiles del shôjo, una se da cuenta de que sobre todo fueron autores masculinos los que, en su génesis, impulsaron la demografía. Eso no quiere decir que no hubiera mujeres, que las había (Toshiko Ueda, Hideko Mizuno), pero eran muy, muy pocas. Y de momento no hay restos arqueológicos suyos legibles por la red. En ningún estrato. La Prehistoria del shôjo es dura, camaradas otacos, en múltiples aspectos. Hay que esperar hasta mediados de los años 60 para hallar alguna lectura disponible; y fue entonces cuando nuestra mangaka protagonista de hoy, Riyoko Ikeda, junto a otras compañeras de generación, comenzaron a manifestar sus primeros balbuceos editoriales. No sé si hace falta que aclare quién es esta creadora, pero es una señora muy importante. Suyo es el poder y la gloria de La Rosa de Versalles (reseña aquí), un clásico entre clásicos.

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Ikeda Superstar

Riyoko Ikeda formó parte del fabuloso Grupo del Año 24, en el que militaron diferentes mangakas. No hay un número fijo de componentes, aunque algunas de sus cabezas más visibles fueron (y son) Môto Hagio, Keiko Takemiya o Ryôko Yamagishi. No es la primera vez, ni será la última, que escriba sobre El Grupo del 24, porque revolucionaron el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, bara3porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Enriquecieron, en general, el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando incluso nuevos géneros como el yuri o el yaoi. Estas mujeres estaban destinadas a hacer historia, no obstante todos los maestros deben dar sus primeros pasos, y no tienen por qué ser obras superlativas. Generalmente no lo son, pero sí resultan útiles para comprender mejor la evolución de los autores. E incluso a veces descubrir pequeñas gemas. 

Bara Yashiki no Shôjo (1967) o La doncella de la mansión de las rosas fue el debut de Riyoko Ikeda. Tenía 19 años cuando se publicó en Shôjo Friend, perteneciente a Kodansha, donde la mangaka desarrollaría luego la mayor parte de su carrera. No podía faltar en Shôjo en primavera como obra primigenia de una de las principales renovadoras de la demografía. bara1Se trata de un simple one-shot, pero muy elocuente respecto al estilo que más adelante desarrollaría. En él encontramos ese gusto por el misterio y la intriga que sus protagonistas querrán desentrañar; el recurso de la enfermedad terminal, presentado de manera romántica; el amor trágico no correspondido, y el símbolo que acompañará las obras de Ikeda de forma casi permanente: la rosa.

Es una obra muy sencillita y con la influencia de Osamu Tezuka bastante visible, sobre todo en sus técnicas cómicas y el diseño general de los personajes. La protagonista, Tomoko, no deja de ser un homenaje a la princesa Sapphire de Ribbon no Kishi (1953); y su hermano, Ken, un calco de Eiji Kusahara de Angel no Oka (1960). Y tampoco tiene nada de particular, estamos hablando de un tebeo primerizo, e Ikeda jamás negó su admiración por Manga no kamisama, del cual han aprendido (y continúan aprendiendo) muchísimos mangakasBara Yashiki no Shôjo además cumple 50 años este 2017, escribir un poquito sobre él es una manera de celebrar el medio siglo de carrera profesional de Riyoko Ikeda. Tampoco puedo alargarme mucho, ya que se trata de un manga muy breve, de escasas 32 páginas. Sin embargo, en tan sucinto espacio logra construir una arquitectura de relato sólida y coherente. No la más original del mundo, aún comparándola con sus contemporáneos, pero que a pesar de su aire bisoño, presagia en ciertos detalles una futura revolución.

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Bara Yashiki no Shôjo comienza en primera persona, como una confesión. La voz que nos adentra en este cuento de misterio duda de que la vayamos a creer, porque lo que tiene que relatarnos es extraordinario. Ella es Tomoko, una chica de unos 12 años un poco inocente pero audaz. Disfruta con su hermano, estudiante universitario, de una vida feliz y acomodada, sin grandes contratiempos. Un día, de camino a casa regresando del colegio, se tropieza con una muchacha. Parece que vive en la solitaria mansión de la colina, donde las rosas florecen. El encuentro la deja turbada por la belleza y extraño silencio de la joven. ¿Quién es esa enigmática muchacha de mirada triste? En muchas otras ocasiones volverá a aparecerse frente a nuestra protagonista y su hermano, Ken, sin conseguir ninguno de ellos dilucidar su identidad. Tomoko es una romántica empedernida, por lo que imagina que está enamorada de Ken y ansiosa por confesarle sus sentimientos. Al llegar el verano, y sin saber mucho más de la muy bella pero anónima doncella, reciben una invitación de su tío para pasar unos días en el campo. No lo dudan y deciden acudir, así además podrán ver a su elegante prima Shizu. Lo que ignoran es que van a ser unos días insólitos desde el inicio del mismo viaje.

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El elenco es un poco cliché, también se encuentra algo desdibujado (sobre todo Shizu y Kenichiro), pero tampoco se le puede exigir mucho más a un one-shot. Me ha sorprendido que, a pesar de la ingenuidad que destila Tomoko, es una moza con iniciativa y despierta. Algo no tan común en el shôjo, donde abundan las protagonistas apocadas y pasivas. Quizá se deba a que todavía es una niña, y se le conceden aún ciertas libertades. Los personajes femeninos mayores, sin embargo, ya presentan esa modestia femenina tan característica de la demografía, en la que el amor tiene un papel fundamental.

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Ikeda marca muy claramente dos mundos distintos en su manga: el contemporáneo y occidentalizado de Tokio, en el que Tomoko nos es presentada como una jovencita moderna y atrevida, que comparte aficiones sofisticadas con su hermano (comida francesa e italiana, visitas a exposiciones de arte europeo, etc); y el tradicional del ámbito rural, donde el elemento sobrenatural goza de su espacio natural y sella el desenlace. El festival de verano (¿quizá el O-Bon, relacionado con los difuntos?), con sus noches alegres y enigmáticas a la vez, firman la conclusión. El arte de Ikeda es limpio y fresco, con el típico dinamismo tezukiano y sin abusar de esos floripondios que luego infestarían el shôjo como si no hubiera mañana. De hecho, esa escasez floral resulta maravillosa, lástima que luego se convirtiera en marca de la casa. Los fondos y paisajes son bastante esquemáticos, sin demasiados pormenores, aunque competentes. Sin embargo, la expresividad de los personajes es genial, de lo mejor del manga.

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Bara Yashiki no Shôjo es un típico kaidan japonés, con final ambiguo incluido y sus momentos de suave melancolía. Todo con enorme candidez y vueltas de tuerca bastante pronosticables, pero en conjunto entretenido. Tiene la peculiaridad del elemento sobrenatural que en Riyoko Ikeda no es muy habitual; y a pesar de ser un manga verdecillo en algunos matices, resulta una lectura digna. Además el romance no tiene una presencia fuerte (¡qué alivio!), aunque sí su importancia. La doncella de la mansión de las rosas resulta un tebeo muy tierno en general, imprescindible para todos aquellos que admiren la obra de esta mangaka. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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El delicado cultivo de la Iris japonica

Todos tenemos una serie de temáticas y géneros que nos gustan. Solemos disfrutar más con ellos, y por eso mismo tendemos a consumirlos por delante de otros. Es lo más natural del mundo, no hay nada de malo en eso. También ocurre al revés, que ciertos estilos nos fastidian o directamente funcionan como un anestésico para rinocerontes. A mí me sucede con el shôjo, el spokon, el yaoi o el school life. Qué le vamos a hacer. Pero en ocasiones me apetece salir de mi zona de confort, de hecho preciso hacerlo, de otro modo empezaría a agobiarme cosa mala. No, no soy masoquista, pero necesito respirar. No sé cómo explicarlo. Esta disposición tan poco racional me conduce, por ejemplo, a realizar una sección en este blog dedicada a la prehistoria de una demografía que me irrita (Shôjo en primavera) o escribir la entrada de hoy.

Llevo unas cuantas semanas leyendo muchísimo más manga de lo habitual, lo que me ha dado la oportunidad de chapotear en piscinas donde normalmente no meto el pie. Y, en fin, que he acabado haciendo unos cuantos largos la mar de guays. He aprendido un montón y, lo principal, ha sido muy entretenido. También me he jamado varios excrementos de magnitud importante, pero en general ha ayudado a ampliar mis horizontes. No se ha convertido en mi género favorito ni muchísimo menos, sin embargo he descubierto obras que me han emocionado de verdad. Con el título del post creo que está muy claro a lo que hago referencia: el yuri.

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“Ternura” de Isoda Koryûsai circa. 1780

Ya había leído con anterioridad yuri, pero quizá por mala suerte y/o falta de interés en buscar mejor, casi siempre había topado con obras que me aburrían bastante. Claro que había excepciones, pero en general era un género que me resultaba más bien indiferente. Mi perspectiva ha cambiado, claro; y como estoy de buen humor, voy a compartir con vosotros un sucinto listado de los mangas que considero más destacables. Algunos ya los conocía bien, otros han sido auténticos hallazgos. Creo que todos son bastante populares y fáciles de encontrar, lo que hace de ellos una buena introducción para el neófito. Incluyo tebeos de distintas épocas, para de este modo percibir la evolución. Eso sí, desde mi punto de vista. No he leído todas las obras yuri de la galaxia, tampoco soy una experta en el asunto. Simplemente he redescubierto el género y me apetece escribir sobre ello. De todas formas, una pequeña introducción no vendrá nada mal.

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Esta señora tan sonriente es Nobuko Yoshiya en mayo de 1937.

Si se desea observar en retrospectiva con un mínimo de seriedad el género yuri, es inevitable mentar a la escritora Nobuko Yoshiya (1896-1973). Aquí ya hablé de ella un poco, pues su figura es imprescindible para comprender el nacimiento del shôjo y el yuri. Todo hay que decirlo, son dos géneros muy vinculados entre sí. El shôjo desde sus inicios poseyó una vertiente pronunciada lésbica, relacionada con el S Kurasu Esu de comienzos del s. XX. El Takarazuka Revue o las obras de Yoshiya-sensei hacían hincapié en las relaciones platónicas amorosas entre dos chicas; una especie de sororidad romántica senpai-kôhai muy inocente, pero a la vez obviamente homosexual (dôseiai). Eran historias hechas por chicas para chicas. Esto no suponía mayor problema en el contexto social de la era Taishô y albores de la Shôwa, donde además la audacia de las “mujeres modernas” o moga brillaba en todo su esplendor. No era algo de lo que preocuparse, pues se consideraba (y continúa siendo así) una etapa normal a superar que concluía en heteronormatividad: ser esposa y madre. Cierto que el caso particular de Nobuko Yoshiya fue bien distinto y nunca escondió su orientación sexual; pero tanto la mayor parte de sus obras como las que luego llegaría a inspirar en otros, nunca fueron manifiestamente yuri. Todo quedaba circunscrito a un atrevido, pero tolerable, shôjo-ai. La llegada del amor homosexual a los tebeos populares japoneses se hizo esperar hasta la aparición del Grupo del 24. Fueron sus autoras las que abrieron la veda. ¿Sucedió igual con el amor lésbico? En cierta forma sí, ganó en expresividad y su presencia se hizo más rotunda; pero continuó ciñéndose a un ámbito escolar de características idílicas. Tenían muy poco de la vida real. Podríamos decir que se trataba de relatos de amor entre jovencitas dirigidos a lectoras heterosexuales. Esto puede sonar un poco raro en la actualidad, sobre todo cuando existe un sector de público bastante amplio masculino en el yuri, pero así fue al principio, señores.

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Mi querida Utena

Los primeros mangas yuri mostraban casi siempre un dúo activo/pasivo en el que la muchacha enérgica, tomando el rol masculino, adquiría muchas de las particularidades de las otokoyaku del Takarazuka. El rol femenino recaía en personajes delicados, sufridores, casi sin voluntad, y bastante anodinos. Pero eso ya es una observación personal, claro. No puedo evitar rememorar a la insufrible Fiona de Paros no Ken (1986), que la mitad del manga está llorando y la otra siendo víctima de alguna horrible maldad. Muy triste.

Sin embargo, la joven que llevaba las riendas en la relación solía tener mucho de la Sapphire de Ribbon no Kishi (1953). Aceptaba su amor por una persona de su mismo sexo y poseía la determinación de asumir la relación con todas sus consecuencias. Y esas consecuencias solían ser muy, muy trágicas. Toda una heroína. En cambio, su pareja acababa transigiendo para dejar su enamoramiento en una simple fase de la adolescencia. Algo que no podía salir de las paredes del colegio, sin lugar en la sociedad. Una mujer no puede ser un hombre, por lo que amar a otra mujer está mal y acarrea todo tipo de desgracias. Como todos ya sabemos, esa visión devastadora del amor y la feminidad fue virando, y figuras como Haruka Ten’ô (Sailor Urano) o Utena Tenjô relajaron el tema bastante otorgándole naturalidad y una perspectiva más poderosa, acorde a los nuevos tiempos.

No sé si está quedando claro, pero el yuri no es considerado en Japón de temática estrictamente homosexual. Se encuentra en una especie de limbo, entre lo que se es y lo que se aparenta ser. El yuri tiene lugar en la fantasía, no es real; y las historias que cuenta son aceptables porque reflejan el crecimiento personal de las jóvenes… que finaliza en casarse y parir como conejas. Punto. Da igual lo explícito que sea, sobre todo el dirigido al público masculino, cuyo yuri, por otro lado, es muy, muy, pero que muy diferente (fanservice a muerte) del que está enfocado al tramo femenino. No obstante, poco a poco el panorama está cambiando; y numerosas creadoras están aportando al género precisamente esa base de realidad que le ha faltado durante tanto tiempo. El yuri está creciendo delante de nuestras narices, sirviendo de plataforma al mundo lésbico para poder expresarse. En mi opinión era algo muy necesario. No quiero alargarme más, solo apuntar que si estáis interesados en este género y su historia, os recomiendo este vídeo de Erica Friedman así como también su web Okazu. Es una fuente de información inagotable y especializada en yuri, muy bien documentada.

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¡Dale caña, Haruka!

Shiroi Heya no Futari

Ryôko Yamagishi

(1971)

A falta de una obra más temprana, Shiroi Heya no Futari (1971) es considerada de momento la primera obra del género. El primer manga donde aparece de forma explícita una relación amorosa entre dos mujeres. Sin ambigüedades. Ya solo por su valor histórico merece un vistacillo. Además se lee en un suspiro, consta de 4 episodios que fueron presentados en Ribon. Ryôko Yamagishi, miembro del Grupo del 24, creó un tebeo sencillo pero atrevido. Su influencia posterior ha sido descomunal, y no solo dentro del yuri, en el mismo shôjo. Se me ocurre, a bote pronto, la exageración que el celebérrimo Candy Candy (1976) de Yumiko Igarashi y Keiko Nagita le debe, tanto en argumento, recursos o diseño de personajes. Para mear y no echar gota.

La historia en sí está ubicada en un exclusivo colegio femenino francés, donde la rica huérfana Resine de Poisson acude huyendo del desafecto de su familia. Ella es una jovencita frágil y de rizos dorados como una muñeca, cuyo carácter dulce es radicalmente opuesto al de su compañera de habitación, Simone D’Arc. Simone es apasionada y rebelde, sarcástica y con una vida repleta de secretos infortunios. ¿Qué química surgirá entre ellas? Ah, l’amour. Lo mejor sin duda de este cómic es el personaje de Simone D’Arc y el arte de Yamagishi. Probablemente sea mi favorita en ese aspecto del Grupo del 24, quizá porque tengo debilidad por el Modernismo. Por lo demás, Shiroi Heya no Futari no puede sorprender demasiado a un lector del s. XXI, porque a la fuerza ha observado sus mismas variables en cientos de mangas. Mangas posteriores, por supuesto, este fue pionero en su clase. ¿Lo peor? Un guión algo acuoso y un personaje como Resine de Poisson al que dan ganas de estrangular de principio y, sobre todo, al fin.simone1

Claudine…!

Riyoko Ikeda

(1978)

Con Claudine…! (1978) ya se percibió un cambio. Riyoko Ikeda trató el tema de la transexualidad con mucho tacto, haciendo del protagonista de este manga, Claudine de Montesse, una persona creíble y profunda. Se trata de un tebeo emotivo además de muy agradable. Pero no os llevéis a engaño, Claudine…! no examinó la transexualidad desde una óptica realista. Recordemos que el yuri siempre ha trabajado dentro de las fronteras de un mundo idealizado, hermético y/o lejano (en este caso Francia, como sucede también en Shiroi Heya no Futari), así que ni se huelen los enormes problemas que mujeres y hombres de esta condición tenían (y tienen) que padecer.

Claudine de Montesse pertenece a la pequeña nobleza francesa, tiene una belleza radiante, un carácter admirable y gran inteligencia. Es el vivo retrato de su padre, salvo por un detalle: nació mujer. Claudine, desde muy niño, se ha sentido varón; y no ha dudado jamás en expresarlo en su entorno. Solo su madre parece hallar problemas en esto, por lo que decide llevarlo a un psiquiatra. Y son las anotaciones y pensamientos de este médico, que se convierte en su amigo, los que nos guían para conocer la historia de su vida. De esta manera indagaremos en una existencia que, aunque no presenta grandes dificultades, resulta rica a nivel emocional. Porque Claudine…! es simplemente un shôjo de época. Centrado en la vida sentimental del protagonista, muy desgraciada y que, siguiendo las pautas del yuri, acaba en tragedia. El argumento tiene mucho de folletín, una montaña rusa que a veces peca de inverosímil; si bien nada especialmente molesto salvo el asunto de sus novias: son todas idiotas. Si gustó Versailles no Bara (1972), Claudine…! no puede resultar indiferente. Es su hermano pequeño.

claudine

Blue

Kiriko Nananan

(1995)

Mediados de los años 90. Kiriko Nananan le dio una vuelta de tuerca formidable al yuri clásico con Blue (1995). Lo hizo aterrizar desde las nubes tornasoladas del shôjo al patio de recreo de un instituto japonés cualquiera. Duro, vulgar, áspero. ¿Qué sucedería de verdad si dos adolescentes se enamoraran? Welcome to the real world. Pero a pesar de que Nananan decide brindarle a su tebeo la mirada del realismo, no lo hace de forma cruda. Blue pertenece a la nouvelle manga, por lo que tiene mucho de poesía y sutileza. Es una aproximación clara y delicada a la existencia de dos chicas que todavía están aprendiendo a conocerse a sí mismas y al mundo que las rodea. Y no es un proceso sencillo, la adolescencia nunca lo es. En realidad el amor accidental que surge entre ellas es una excelente coartada; son sus circunstancias, sentimientos y la manera de plasmarlos lo verdaderamente esencial de este cómic.

Ellas son Kayako Kirishima y Masami Endô. Van a la misma clase. Endô parece retraída y algo misteriosa, lo que despierta la curiosidad de Kirishima. Endô además estuvo ausente durante bastante tiempo del instituto, coyuntura que el profesorado tampoco evita mencionar para avergonzarla. ¿Qué le pudo suceder? Kirishima se siente muy atraída por Endô, así que decide hacerse su amiga. Y hasta ahí puedo contar, porque la historia no deja de ser un sencillo slice of life. Muy profundo y conmovedor, aunque no bonito. Lo que sí es precioso es su arte, de línea clara y simple, donde el vacío posee un hondo significado. Lo amo. Con muy poco logra transmitir muchísimo: la cuidadosa elección de planos, la elegancia de sus detalles, la esmerada sincronización emocional, la cálida intimidad de su lenguaje corporal… buf. Todo.

Otro manga que comparte ciertas similitudes con Blue, pese a ser bastante más convencional, es Aoi Hana o Flores Azules, que Milky Way tuvo el buen tino de publicar (¡gracias!). Es una preciosidad de tebeo que no me habría importado incluir en esta lista, pero tiene pendiente un Manga vs Anime. Deberá esperar un poquito.

aoi

Honey & Honey

Sachiko Takeuchi

(2007)

Otro salto cuantitativo en el yuri: la aparición de auténticos mangas sobre lesbianismo creados por sus propias protagonistas. Honey & Honey (2007) es un ensayo donde la autora, Sachiko Takeuchi, cuenta de manera abierta y divertida su día a día como mujer homosexual con su novia, Masako. Son 32 capítulos muy cortitos y de lectura rápida, pero que ofrecen gran cantidad de información sustanciosa. Tiene cierta vocación didáctica, quizá para hacer notar que las bellas tríbadas son también personas, ¡quién lo iba a decir!, ¿verdad?, y que trabajan, les gusta salir de compras, ir al cine, sufren de celos, se enamoran, beben cerveza, acuden a conciertos, salen con sus amigos, y un largo etcétera de actividades extrañas. Takeuchi acerca el bian world a todo el que quiera leer su manga; explica su propia vida y las circunstancias más comunes con las que tiene que lidiar. Y lo hace con mucho salero, por cierto. Me parece una manera estupenda de dar visibilidad a todas esas mujeres que no tienen por qué avergonzarse de una orientación sexual que es natural, respetable y legítima. Solo deseo que cunda más el ejemplo.

Honey & Honey es un buen tebeo no ya solo por su intención, sino porque las anécdotas y pequeñas historias que cuenta en cada episodio son relevantes y muy sabrosas. No hay grandes dramas ni aventuras épicas en la vieja Europa; rinde homenaje al espíritu de las tiras cómicas, creando una inmediata complicidad con el lector. Es un manga directo, como su dibujo. Exacto, su dibujo. Desde luego el que espere un estilo tradicional quedará decepcionado. A mí personalmente me encanta ese aire infantil y esquemático, resulta perfecto para sus historias y le da una expresividad única. La elección de utilizar color muy acertada también. En resumen, Honey & Honey es una obra redondita y fragante como un melocotón, yo no me la perdería.

jealousy

Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report

Kabi Nagata

(2016)

A través de la plataforma CuriousCat me llegó una pregunta sobre este manga. Se puede decir que ha sido uno de los detonantes para escribir la presente entrada, por lo que os animo a que sigáis metiendo caña en el GatoCurioso,  ya que me viene genial para la inspiración.

Empecé a leer Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report (2016) o Mi experiencia lésbica con la soledad en septiembre, y estoy a la espera de que suban los dos últimos capítulos. Es harto improbable que lo vea publicado en España, pero Seven Seas afortunadamente lo ha licenciado, así que este verano que viene caerá a la saca sí o sí. No conocía de nada a la autora, Kabi Nagata, y creo que ha sido todo un descubrimiento.

Como Honey & Honey, se trata de un tebeo autobiográfico; y aunque comparte algunas similitudes como el slice of life y cierto tono humorístico, son muy diferentes. Mi experiencia lésbica con la soledad es, a pesar de las metáforas y su lenguaje ligero, una historia bastante descarnada. Es genial cómo Nagata sortea el rol de víctima y el lógico drama que implica, para centrarse simplemente en el autoanálisis. Este cómic es una puerta abierta no solo a su vida como mujer soltera lesbiana, sino a sus procesos mentales, dolencias y pensamientos. Muy cerebral todo. A través de ellos refleja muy bien ese excesivo pudor japonés en las relaciones humanas, esa obsesión por las formas que impide que las personas expresen su propia individualidad, sus emociones. Y aquellos que por un motivo u otro son “distintos”, sufren especialmente de incomprensión y aislamiento. Es la contrapartida a Honey & Honey, un relato de reclusión, tristeza y enfermedad; pero también de superación y búsqueda, aunque conduzca a puertos insólitos.

Viendo la situación como está, y que en el resto del planeta no resulta tampoco mucho mejor, mangas como Honey & Honey y este Sabishisugite Lesbian Fuzoku Ni Ikimashita Report son importantes. Tratan la materia con naturalidad y franqueza, sin necesidad de señuelos porque sus narraciones son por ellas mismas adictivas y muy amenas.

lesbian

Beloved

Jaeliu

(2016)

Y quería cerrar este mini-inventario con una obra también contemporánea, pero esta vez no desde Japón, sino Pekín. Este manhua de la creadora Jaeliu no ha finalizado, y lo estoy siguiendo por puro enganche. Estuve a punto de abandonarlo, pero ESEDIBUJOSEÑORESJODER me absorbió totalmente. Magnífico.

La historia es típica y tópica, nada que no se haya visto ya miles de veces en cualquier josei de andar por casa, pero que desde una óptica lésbica adquiere un frescor inaudito. Y ese arte, ¿lo he dicho ya?, DIOSMÍODIOSMÍODIOSMÍO. Beloved (2016) es una historia de amor y sexo normal y corriente, pero además de profundidad poco habitual. Propone cuestiones interesantes y el tratamiento de los sentimientos es grácil y perspicaz. Si ha gustado, por ejemplo, el estupendo Sorano y Hara (2009) que Tomodomo publicó este pasado verano (¡gracias!), Beloved no puede decepcionar. Al menos hasta el episodio 10, después ya veremos.

beloved

¿Seguís vivos? ¿Habéis llegado hasta aquí? Bien, me alegro, camaradas otacos. Tengo muchas ganas de hincarle el colmillo a Hana Monogatari (2013) de Mari Ozawa, pero me temo que tardará muchísimo en llegar a mi plato. Ains. Comentario random para finalizar la entrada. Je. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.