cine, literatura, MUAHAHAHA, paja mental

Las damas de vida alegre

Las damas de vida alegre es un eufemismo que disfraza a las personas que se dedican a la prostitución. Lo llaman también “el oficio más viejo del mundo”, y existen muy pocas civilizaciones que no hayan acogido en su seno este tipo de labor. Japón no es una de las exentas, aunque sí tiene una concepción peculiar que entraña un universo de fronteras más amplias y difusas que en Occidente. La prostitución en Japón está prohibida desde 1956, pero nadie duda de la existencia de una poderosa industria del sexo, que resulta ser una funambulista espectacular. Han mercantilizado de forma objetiva y eficiente el instinto sexual, haciéndolo más visible que nunca. Es un negocio muy, pero que muy, lucrativo. Esto se debe a que ha existido desde siglos una especie de permisividad que por estos lares cristianoides es desconocida. Se tiene asumido que forma parte de las “necesidades naturales” de la población masculina, y el comercio se ha ido adaptando al transcurrir de los tiempos sin más.

No pienso hacer un monográfico dedicado a esta temática porque no soy especialista ni muchísimo menos, pero a la luz de la última encuesta en twitter, se me ocurrió escribir una entrada con tres obras (un libro, un manga, una película) donde la protagonista fuera una dama de vida alegre. Me parece también otra manera interesante de acercarse a la cultura japonesa y conocer más sobre su sociedad, tan adelantada tecnológicamente pero todavía con vestigios bastante reaccionarios. Empezar con una pequeña introducción, para entender algunas cosas, sería lo más correcto. Allá vamos.

Cuando los dioses crearon a los humanos
decidieron que su destino fuese morir
y reservaron la Vida para sí mismos.
Pero hasta que el fin llegue, goza de tu vida,
gástala en felicidad, no en desesperación.
Saborea tu comida,
transforma cada uno de tus días en placer,
báñate y úngete tú mismo,
vístete con ropas brillantes,
que la música y la danza vivan en tu hogar,
atiende al niño que te toma de la mano y alégrate,
dale placer a la mujer que amas.
Este es el mejor camino de la vida para un hombre.

Poema de Gilgamesh, tablilla X, columna 3

Aquí tenemos el rastro literario más antiguo donde podemos hallar un tipo de filosofía y actitud hacia la vida que, unos cuantos siglos más tarde, el poeta Horacio popularizaría en su carpe diem, quam minimum credula postero: aprovecha el momento, no confíes en el mañana. Esta reflexión pertenece a la sabiduría de la tabernera Siduri, que regenta su negocio a la orilla del océano; y trata de aconsejar al legendario rey de Uruk, Gilgamesh, que ha llegado hasta ella como un mendigo, arrastrándose en su profunda tristeza por haber perdido a su mejor amigo, Enkidu. Se trata de un canto compuesto en el II milenio a. C., escrito originalmente en sumerio y recuperado más adelante en acadio para la gran biblioteca de Nínive del rey Asurbanipal en el s. VII a. C.

Ahí nace el concepto universal de vivir el presente sin pensar en el mañana, una especie de resignación hedonista que acepta la propia mortalidad e insta al goce; y que muchos siglos más tarde florecería también en el ukiyo japonés. Tras un periodo turbulento de guerras civiles, la unificación del país y la estabilidad del Sogunado Tokugawa (1603-1867) estimularon el desarrollo de las sociedades urbanas y la prosperidad de las clases medias (chônin). Estas no tardaron en plasmar sus preferencias en una nueva sensibilidad que, apartada de las tradiciones de la aristocracia y la política, se volcó en un cultivo del ocio hasta entonces inédito. Aunque iba en contra de la ética de moderación confuciana y los diferentes gobiernos trataron de ejercer cierto control, los teatros kabukibarrios del placer (yûkaku) fueron los centros neurálgicos de ese ideal de vida y creación que cambiarían para siempre las artes. El ukiyo era un mundo de evasión donde los placeres sensoriales y el sibaritismo tenían un papel preponderante, ambos con un componente erótico acentuado.

Viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor y las hojas de arce, cantando canciones, bebiendo sake y divirtiéndose simplemente flotando, indiferente por la perspectiva de pobreza inminente, optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente del río.

Ukiyo Monogatari (1660) de Asai Ryôi

En ese “mundo flotante” comenzó a emerger otro de pulsión soterrada que actualmente sobrevive y goza de robusta salud: el mizu shôbai o “comercio del agua”. De nuevo otro eufemismo, esta vez el que engloba todo el negocio nocturno y de entretenimiento en Japón. En él, como fácilmente se puede deducir, el fûzoku (industria del sexo) tiene su correspondiente lugar. Ni el mizu shôbai ni el fûzoku son sinónimos de prostitución, pero sí son mundos permeables que juegan con ambigüedad para albergarla y darle un entorno respetable. Aunque el campo está virando bastante, el mizu shôbai está dirigido al hombre: es una comercialización de la compañía femenina. Institucionalizada, plenamente aceptada, incluso percibida como necesaria. Eso sí, en un espacio social confinado del resto, por el que los hombres pueden circular, entrar y salir; no así sus trabajadoras, que mantendrán un rol fijo. ¿Por qué esto es así? Para empezar, la sociedad japonesa es patriarcal. Eso ya responde a la mitad de la pregunta. La fracción restante es simplemente una explicación más detallada de ese hecho.

El mizu shôbai es una industria que ha progresado durante siglos a costa de la idea de que el hombre precisa de un lugar de recreo donde relajarse de sus obligaciones laborales y domésticas. La mujer en este esquema sigue dos patrones muy marcados: es la que sirve de ese recreo al hombre; o es completamente ajena a ese espacio, quedando relegada al hogar. El mizu shôbai es considerado imprescindible en el mundo laboral japonés, y las grandes compañías son sus principales beneficiarias (y la yakuza, claro), ya que resulta un sistema para controlar a sus empleados muy eficaz y refuerza su lealtad hacia la empresa. El mizu shôbai brinda un solaz al sararîman, un mundo de fantasía y escapismo donde disfrutar lejos de las enormes presiones diarias. Y desfogarse. En él las hostesses, maids, coffee girls, etc. procuran al cliente una experiencia agradable mediante atención exclusiva y adulación, que persigue también dependencia psicológica para que regrese. Y así es como sucede. El mizu shôbai ofrece un entorno seguro para el amor propio de los hombres que quieren relacionarse con una mujer sin los riesgos que conlleva la vida real. La mujer del mizu shôbai es sumisa y siempre dispuesta a complacer, no existe amenaza de rechazo o desilusiones. Aunque tampoco hay que perder de vista que este engranaje social puede dar como resultado egos masculinos frágiles.

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“Geisha, asistente y fámula llevando estuche de shamisen” (1777) de Kitao Shigemasa

Si hay que buscar un origen a todo esto, hay que señalar necesariamente la figura de la geisha. Una geisha no es una prostituta, aunque tras la ocupación americana de Japón se difundiera el término geisha girl entre las tropas para designar a las meretrices. La geisha fue la primera figura femenina que se dedicó exclusivamente al esparcimiento masculino a través del halago en un ambiente grato y obsequioso. La geisha no ofrecía favores sexuales, solo una exquisita compañía adornada de numerosas habilidades para el canto, la conversación inteligente, la danza, el shamisen, etc. El adiestramiento de una geisha era (y continúa siendo) muy exigente; es en realidad un estilo de vida que aunque fue parte del germen del mizu shôbai, retiene también una serie de características que lo mantienen en paralelo. Su mundo, el karyûkai o el “de la flor y el sauce”, posee un alto grado de codificación y estratificación que lo hacen enormemente complejo. Como curiosidad, las primeras geishas fueron hombres (s. XVII), aunque un siglo después ya habían desaparecido. Las geishas, vuelvo a insistir, no venden sexo, pero tampoco se puede negar que su labor, aunque fuera (y sea) realizada en los hanamachi que no distritos rojos (yûkaku), haya podido derivar en transacciones de esa índole.

¿No existían otras profesionales que ofrecieran servicios similares a las geishas? Pues sus antecesoras y contemporáneas las oiran, que dejaron de existir en el s. XVIII. Eran las cortesanas de máximo rango, solo las más hermosas podían acceder a esa posición y su educación era muy esmerada. Aparte de expertas en técnicas sexuales, las oiran, como las geishas, eran artistas. El resto de yûjo en los barrios rojos eran trabajadoras sexuales de diferentes jerarquías. Y así llegamos hasta el presente, cuyas hostesses y maids son las herederas democratizadas de las geishas, ofreciendo una ilusión similar a su cliente, pero a precios más asequibles.

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Un cliente contándole chistes verdes a la famosa geisha Yae Murata, que se tapa los oídos. Kioto, 1946.

El libro Vida de una mujer amorosa se centra en las peripecias de una cortesana del s. XVII; el manga Historia de una geisha en la vida de, evidentemente, una geisha; y la película El Imperio de los sentidos en una prostituta descastada. Curiosamente, ninguna de ellas es una mujer mansa. Tres perspectivas diferentes de un mismo mundo que gira en torno a los deseos masculinos. Un mundo, el del mizu shôbai, al que le quedan muchos años de existencia por delante.

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Tenía pensado escribir una entrada dedicada a otra obra de Ihara Saikaku, Hombre lascivo y sin linaje (1682) del que hablé un poquito aquí, pero las circunstancias han hecho que Vida de una mujer amorosa (1686) se le adelante. Y no pasa nada. Ambas obras son geniales, de hecho esta última me parece bastante más divertida y cargada de una mala hostia que quizás Hombre lascivo y sin linaje no segrega tanto. Aun así, es una opinión personal, y os recomiendo las dos novelas porque no tienen desperdicio. En realidad lo mejor que podéis hacer es leeros todas las obras de este señor que caigan en vuestras manos. Sin más. Ihara Saikaku es uno de los escritores más importantes de la literatura japonesa antigua, y que no os asuste que naciera hace casi cuatro siglos, porque las traducciones que hay disponibles en español son bastante accesibles. Así que sin miedo. Este caballero sabía cómo contar historias sin duda.

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Ilustraciones originales de la novela, posiblemente realizadas por el propio Ihara Saikaku

Vida de una mujer amorosa es la obra perfecta para adentrarse en el ukiyo del período Edo. Cuenta los avatares, y nunca mejor entendidos como “descensos”, de una dama de vida alegre. No se trata de una novela erótica, sino que perteneciendo al género ukiyo-zôshi, refleja con minuciosidad no solo ese “mundo flotante”, sino la sociedad en la que nuestra protagonista se movió. Conforme iba leyéndola, no podía evitar recordar la novela picaresca del Siglo de Oro español. No estoy afirmando, Luzbel me libre, que Vida de una mujer amorosa sea una novela picaresca, pero sí que comparte, curiosamente, muchas de sus características: esa disposición de pseudoautobiografía, la clara intención satírica y la crítica de la hipocresía social a través de un estilo realista; y, sobre todo, un personaje principal que depende por completo de su ingenio y recursos para sobrevivir, un antihéroe que no se queja de su mala suerte, sino que aprovecha cada oportunidad para salir adelante aunque sea a costa de los demás. Carpe diem a tope.

Sólo he sido una mujer amorosa, sin familia, que les ha proporcionado a ustedes, jóvenes, una diversión adecuada a una noche de primavera. Puesto que no tendría sentido tratar de esconder nada, les he revelado todo desde que el loto de mi corazón se abrió hasta que se marchitó. Aun cuando esta historia sea solo una exposición de las frívolas acciones de mi pasado, cuando la turbia corriente que me ha arrastrado se detenga, mi corazón mostrará su pureza.

Y a través de los ojos de nuestra protagonista, que no siente ningún rubor en expresar su abundante apetito sexual como algo natural (que lo es) y cómo en ocasiones la ha llevado a tomar decisiones equivocadas (el típico “pensar con la polla” que se adjudica a los hombres), podremos conocer muy diferentes ámbitos de la sociedad japonesa. Su caída desde las cumbres más altas de las tayû (cortesanas de máxima jerarquía), pasando por las innumerables gradaciones hasta llegar a ser prostituta callejera, será descrita de forma amena y escrupulosa, sin un ápice de autocompasión, pero sí con una inquina refinada muy divertida hacia ese mundo de apariencias y máscaras del ukiyo. Ihara Saikaku esboza con increíble detalle el sistematizado universo de la prostitución nipona de la época; y no solo eso, sino que describe una sociedad insensible y egoísta, cruel. La libertad de la mujer no existía, y el desahogo masculino del ukiyo solo resultaba un terreno de servidumbre más. Su papel era (es) el hogar, la procreación y cría de la descendencia; o divertir y satisfacer al hombre. A pesar de todo esto, de que aún se atisban persistentes residuos en la actualidad, la heroína de Vida de una mujer amorosa decidió a pesar de las limitaciones sociales, llevar una existencia lo más autónoma posible. Por eso el mensaje de esta novela continúa siendo vigente.ihara3

Último apunte: la peli Vida de O-Haru (1952) de Kenji Mizoguchi es el colofón indispensable a este libro. Una obra maestra complementando otra obra maestra. Mizoguchi fue un director especialmente sensible a la realidad femenina, debido a que padeció a un padre violento que maltrataba a su madre y acabó vendiendo a su hermana a una casa de geishas.

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Historia de una geisha o Itezuru (1974-1980) es un manga que todo el mundo debería leer en algún momento. No porque sea especialmente impactante o una maravilla con la capacidad de dejar al planeta patidifuso. No, nada de eso. Es un tebeo muy poco pretencioso y directo, con un dibujo mágico y unas cuantas historias cotidianas entre sus páginas. Pero no se trata de un slice of life cualquiera, pues la vida de una geisha tiene muy poco de común.

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Isis siempre afectuosa con mis libros

Kazuo Kamimura fue uno de los maestros indiscutibles del gekiga, no en vano adiestró a otro de los grandes: Jirô Taniguchi. Y es una lástima que en España no tenga más predicamento, de hecho si no fuera por su trabajo en Lady Snowblood junto a Kazuo Koike, sería casi un desconocido. He escogido además a este autor porque recibió el sobrenombre de shôwa no eshi, que se podría traducir como “el pintor de ukiyo-e de la era Shôwa”. No es casual, su arte delicado y elegante sigue evocando esa representación del “mundo flotante”, pero en un entorno más contemporáneo. Y se encuentra perfectamente plasmado en este Itezuru, donde la vida, desde la niñez hasta la edad adulta, de una geisha durante los años 30 y 40, queda registrada bajo sus pinceles.

Esas décadas supusieron el éxtasis y el infierno para Japón: la efervescencia nacionalista y patriótica de esos años, la invasión de Manchuria, su creciente influencia política y militar sobre Asia Oriental, Indochina y el Pacífico, la euforia bélica de la Segunda Guerra Mundial… y el descalabro tras una derrota que trajo hambre, humillación y miseria. Itezuru no es un manga histórico, pero como buen melodrama refleja con realismo las crónicas del momento y, sobre todo, sus consecuencias en los hanamachi y barrios rojos.

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Es muy evidente también que Kamimura conocía Vida de una mujer amorosa de Ihara Saikaku, pero tampoco tiene nada de extraordinario, siendo la obra clásica de la literatura japonesa que es. Encontramos en este tebeo muchos ecos de la novela, sobre todo en la propia protagonista, Tsuru, que afronta con naturalidad su destino y ambiciona medrar lo máximo posible en su profesión. También en la crítica social, aunque en Itezuru es bastante menos sardónica. No hay victimismo, tampoco sentimentalismo o lecciones morales detrás. Tsuru, que significa grulla, un ave con mucho peso simbólico en toda Asia en general, es un personaje fuerte, una superviviente; y aunque el tebeo nos ahorra su decadencia, cosa que Saikaku sin embargo pormenorizó muy bien, no ahorra en las pequeñas y grandes crueldades que conforman su modus vivendi.

Menos detallado que Vida de una mujer amorosa, aun así Historia de una geisha es una excelente introducción para conocer los rudimentos imprescindibles del karyûkai  y su rígida jerarquía. Kamimura narra con cariño la descarnada vida de una muchachita de origen humilde que es vendida a una okiya (casa de geishas). Nos cuenta sobre su preocupación por la familia, su adiestramiento y labores como shikomikko (sirvienta personal de una geisha), su relación con su “hermana mayor”, el hambre, el desprecio y la sordidez del mundo que la rodea… que continúa más allá de su “graduación”. Lo hace mediante relatos breves autoconclusivos, que dotan de un dinamismo casi cinematográfico a la obra. Todos poseen su poso de amargura y poesía. La evolución de Tsuru a la gran geisha Otsuru es interesantísima, así como la cantidad de secundarios que desfilan para recrear unos momentos y lugares en la historia de Japón que ya no existen. Itezuru bulle de vida y, como ella misma, es diversa y caótica; pero Kamimura nos sabe llevar de la mano, siguiendo los pasos de Tsuru, para tratar de comprender un poco mejor ese enmarañado submundo.

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Me encanta el director Nagisa Ôshima, del cual ya escribí en esta entrada sobre otra película suya: Feliz Navidad, señor Lawrence (1983). Lo considero uno de los cineastas más originales e incómodos de la historia fílmica de Japón. Al menos de los que yo conozco. El imperio de los sentidos (1976) fue una cinta que estuvo rodeada de conmoción y escándalo, tuvo que estrenarse mediante una productora francesa, ya que por su contenido era imposible hacerlo en las islas. Se trata de un film prácticamente pornográfico, explícito y severo en su argumento. No es una obra que me guste en especial de Ôshima, de hecho creo que tiene bastante mejores, pero la estimo oportuna en lo que respecta a nuestra temática de hoy por dos motivos: refleja muy bien la realidad social y sexual de una época; y está basada en un hecho real.

Sada Abe, protagonista de El imperio de los sentidos, fue y todavía es, un fenómeno mediático que sobrecogió a los japoneses en 1936. Su caso ha fascinado de una manera morbosa y extraña durante décadas. Tampoco hay que perder de vista que el contexto era muy proclive a favorecer el éxito de un suceso así: la fiebre del ero guro nansensu del momento y que un escándalo sexual de esa índole ayudaba a distraer la atención de un horizonte poco halagüeño, con la Segunda guerra sino-japonesa en ciernes. Sada Abe estranguló y amputó los genitales de su amante, Kichizo Ishida, y anduvo con ellos, envueltos en papel de periódico, varios días por la ciudad hasta que fue arrestada por la policía.

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Sada Abe durante su detención en la comisaría de Takanawa en Tokio

La película de Ôshima se centra sobre todo en la especial relación que mantuvieron criminal y víctima; el estilo de vida que llevaban, la evolución de su idilio, sus prácticas sexuales y el previsible desenlace. Pero, ¿quién era Sada Abe? El imperio de los sentidos presupone que el espectador tiene unas mínimas nociones sobre ella porque no se para mucho en informar sobre su pasado. Las pinceladas que da son certeras, suficientes para un retrato psicológico subordinado al presente de la historia, pero poco más. Sada Abe es, como nuestras anteriores protagonistas, otra mujer sumida en las corrientes del mizu shôbai. Pero esta vez ya no se trata de un personaje ficticio, sino uno muy real y que desapareció, sin dejar rastro, a principios de la década de los 70.

Sada Abe nació en 1905 dentro de una familia acomodada de Kanda (Tokio), siempre soñó con ser geisha, pero aunque muy hermosa, sus habilidades no eran lo suficientes para alcanzar una categoría alta. Fue una niña consentida por su madre y muy rebelde, lo que llevó a su padre a venderla a un burdel como castigo por su comportamiento. Aunque actualmente nos pueda parecer una barbaridad, era un tipo de maniobra habitual. Así fue como Sada entró en contacto con el mundo de la prostitución institucionalizada, y trabajó en él por diferentes ciudades como Nagoya, Osaka y Tokio. Tenía fama de camorrera y de vivir su sexualidad sin cortapisas (no sufría de ninfomanía, ojo); y aunque salió y volvió a introducirse en el sistema, fue mientras trabajaba fuera de él, como camarera en un restaurante, cuando conoció a Kichizo, dueño del negocio y mujeriego empedernido.

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Es a partir de ahí donde El imperio de los sentidos comienza su narración. Sada (Eiko Matsuda) y Kichizo (Tatsuya Fuji) se embarcan en una relación apasionada y demente en la que el sexo tiene un papel esencial. Kichizo llega a abandonar a su mujer, simular una ceremonia de matrimonio con Sada… pero los celos de ella crecen de día en día. No confía en Kichizo que, como hombre perteneciente a una sociedad donde hasta no hacía tanto la poligamia era aceptada; y la infidelidad masculina resultaba habitual, no siente remordimiento alguno en engañarla. Pero lentamente la obsesión de Sada y el incremento malsano de su sentimiento de posesión, devoran por completo a Kichizo. Llega a amenazarlo con amputarle el pene. Kichizo se somete voluntariamente a Sada, hasta el grado de entregarse a ella en cuerpo y mente, dispuesto a aceptar incluso la muerte. Por amor, por lujuria, no miedo.

Ôshima trabaja muy bien esa vertiente de la sexualidad japonesa mórbida, el binomio freudiano Eros/Tánatos. Es un juego de poder, de vida y muerte, que el director plasma con meticulosidad psicoanalítica en cada encuentro sexual de la pareja. El falo como mero objeto de satisfacción femenino, la asfixia erótica sadomasoquista como elemento de dominación. Los amantes destierran cualquier convención social o moral, el mundo de Sada y Kichizo ha dejado de ser hace tiempo el mismo que el del resto de los mortales. Y es tanto así que, lejos de presenciar un homicidio, el espectador asiste a un sacrificio por amor. Un amor enfermizo y condenado por su propia naturaleza autodestructiva, pero amor al fin y al cabo.

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En El imperio de los sentidos la mujer mizu shôbai comparte ciertas características con sus predecesoras. Son personas de talante fuerte, que han combatido mucho durante sus vidas y sufrido también en abundancia. Representan un modelo femenino que sorprende porque no es sumiso. La diferencia de Sada con las demás es que no acepta su rol de género y se convierte por ello en una especie de dokufu. Las sospechas y la ansiedad envenenan la relación; y el descenso paulatino a la locura es consentido y acelerado por el propio Kichizo.

Sada Abe en su momento fue considerada ejemplo meridiano de la amenaza que suponía la sexualidad femenina desatada para la sociedad. A pesar de ello, se granjeó las simpatías de una parte importante de los japoneses. Fue condenada por homicidio en segundo grado y, a pesar de que ella misma solicitó la pena de muerte, su sentencia fue de 6 años de cárcel de los que cumplió 5. ¿Víctima o verdugo? Está claro que Sada Abe fue ambas, sin embargo no hay que olvidar que se convirtió en una asesina. Eso es impepinable.

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Imagino que este tipo de entradas a los fans tradicionales del manganime les importarán un carajote. Hace ya unos cuantos meses que SOnC se ha alejado de los derroteros de la bitácora clásica dedicada al mundo otaco. Los que esperáis contenidos más tradicionales, si todavía quedáis alguno por ahí, no os preocupéis porque sigo escribiendo sobre material moderno y popular. No tengo nada en contra de él si me gusta pero, como podéis comprobar, mis intereses son variados y lo que no voy a hacer es cohibirme en mi propio blog. Antes dudaba más en publicar según que entradas, ahora me da ya un poco igual. Seguís siendo escasa gente la que me leéis y, si habéis aguantado hasta aquí, creo que soportaréis lo que venga en el futuro. Solo aspiro a no aburriros, eso sería lo grave.

Todo este rollo macabeo se debe a que he recibido un mensaje privado por facebook, bastante irrespetuoso añado, de un lector que me transmitía sus dudas respecto a la dirección de SOnC. Aderezándolo con un estupendo mansplaining. Resumiendo, que no “entiende” mi bitácora. En realidad todo se ha desencadenado con la entrada dedicada al hentai. He perdido seguidores a causa de ella, algo que, no obstante, esperaba; y aunque a unos cuantos os ha gustado, a otros tantos ha indignado bastante. Qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo y tampoco creo que deba dar más explicaciones sobre lo que publico y dejo publicar… pero voy a dejar una cosa clara: SOnC no es una democracia. Oh, sorpresa. Es mi blog y en él corto el bacalao yo. Eso sí, cada lector es libre de abandonarlo en cuanto le plazca, no obligo a nadie a leerlo. También solicito y acepto críticas y sugerencias, por supuesto, siempre desde la cortesía y la buena intención. Si no es así, a escaparrar.

Solo quería puntualizar algunas cosillas, gracias por vuestra atención. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Hentai or not hentai… dat ass is the question

Generalmente, las bitácoras sobre manganime en las que se hacen reseñas, se repasan las series de temporada o se comenta la habitual parafernalia que rodea este mundillo (seiyû, estudios, música, cosplay, etc), solemos ignorar el hentai. Es una parcela que ha quedado relegada a un submundo muy específico y aislado en el que, no en vano, todos los aficionados hemos chapoteado en sus aguas alguna vez. El hentai es pornografía, qué carajo, ¿no? Eso creemos. Y el sexo en su expresión más evidente persiste todavía en ser un tabú de cierta intensidad. En las sociedades donde la religión tiene todavía peso y/o existe algún tipo de represión psicológica, la sexualidad humana se continúa juzgando como algo que camuflar, incluso pecaminoso. Es un residuo de importante presencia, y que además está nutrido del patriarcado, el cual para medrar y ejercer su dominio debe someter y controlar la sexualidad femenina. Pero estoy hablando de la perspectiva occidental, claro.

En Japón el sexo jamás poseyó las connotaciones impuras u obscenas que el judeocristianismo inoculó en Europa o América. La moral sexual japonesa se apoya en el shintô, donde sus deidades o kami, mediante sus cópulas, representan la vida y fertilidad de la Naturaleza. De hecho, según su mitología, las islas japonesas fueron producto de las relaciones sexuales entre Izanagi e Izanami. Los símbolos fálicos, representaciones de los genitales femeninos o parejas de dioses abrazándose, son amuletos protectores contra la contaminación. Por tanto, el sexo era considerado algo natural, libre por completo de vergüenza o culpa y fuente de placer. La bisexualidad y homosexualidad (nanshokuwakashudô) tampoco eran un problema, que resultaban algo común entre cortesanos, monjes o samuráis. Eso fue así hasta la Era Meiji (1868-1912). A partir de entonces, en su afán por modernizarse y superar a las potencias occidentales, adoptaron muchos de sus valores. Entre ellos, poco a poco, fueron asimilando esa percepción del sexo distorsionada por la religión cristiana, mojigata y represiva. La ocupación estadounidense tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial, acabó de asentar esa nueva ética sexual puritana. Un ejemplo sería la prohibición de la prostitución (Baishun bôshi hô), una actividad hasta entonces controlada por las autoridades, ejercida profesionalmente en sus propios barrios y tolerada socialmente.

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Detalle de “Pasión durante las nieves de primavera” (1822) de Keisai Eisen

Pero no hay ley sin trampa. Aprovechando vacíos legales y estirando su interpretación, se puede afirmar que las miríadas de máscaras que el lenocinio utiliza en Cipango, gozan de una excelentísima salud. En realidad toda la industria del sexo en Japón se encuentra en plena forma y es una maquinaria formidable de hacer dinero a tutiplén. Tal como está estructurada la sociedad japonesa en la actualidad, y sus características a medio camino entre su propia cortés austeridad y la gazmoñería occidental, se puede garantizar con total certeza una lozanía sin igual para el negocio durante muuuuuchos años. La pornografía tiene un papel esencial, por supuesto, y dentro de ella ciertos géneros del manganime también. Existe un grado de especialización extraordinario, donde tiene cabida toda clase de depravaciones y excentricidades varias. Y son a estas anormalidades a las que llaman en Japón hentai, no a otra cosa. Todo otaco que se precie sabe perfectamente que esta palabra significa pervertido sexual; y aunque en los shôjos/shônen levantar las faldas a una chica suele premiarse con el grito de KYAAAA!!! HENTAI!!!, se trata de algo mucho más serio.

El hentai es un subgénero del ero, que engloba a otros como el también celebérrimo ecchi. Todos van dirigidos en exclusiva a un público adulto (jû hachi kin). Pero en Occidente hemos acabado etiquetando como hentai a todo manga o anime que posea contenidos sexuales más o menos explícitos. Sin hacer muchas distinciones. Incluso hasta no hace tanto, el animanga era sinónimo de hentai entre los no aficionados. Pero en Japón, como podemos ver, es diferente. Es un concepto que ha ido evolucionando con el tiempo, dirigido en exclusiva al público masculino heterosexual y que se refiere, sobre todo, a parafilias y otras anomalías. No tiene implicaciones negativas por obligación, aunque alguna de estas desviaciones pueda considerarse aberrante. Los 13 géneros principales que conforman el hentai son: futanari (hermafroditas, transexuales), BDSM, furry, shokushu gôkan (tentáculos), guro, incesto, lolicon, shotakon, yuri, yaoi, embarazadas, harem y bakunyû (pechos gigantes).

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Lindos pececillos de artista anónimo

Una vez aclaradas algunas cosicas y puestos en situación, deberíamos preguntarnos: ¿de dónde y cómo surgió el hentai? No hay mucho escrito al respecto, quizás porque la gran parte de sus consumidores son pajilleros a los que solo les interesa quemar los contenidos sin más; y porque grosso modo no se le da mayor trascendencia a un género que no suele brillar por la inteligencia de sus guiones ni la complejidad de sus personajes. Aunque existan excepciones. Yo misma tampoco soy precisamente fan de él. Con sinceridad, clásicos como La Blue Girl (1992) o Urotsukidôji (1987) del gran maestro Toshio Maeda, nunca logré finalizarlos porque me aburrían cosa mala. No soy ninguna entendida tampoco ya que me sucede como con el spokon: acción narcótica superlumínica. Y en la actualidad que el asunto se encuentre infestado de informática cutre, tetas ciclópeas y mozas lobotomizadas, pues no me estimula demasiado para aventurarme en sus terrenos. ¿Por qué escribo sobre él? Pues porque me da penilla que, a pesar de ser el género más popular con enorme diferencia, resulte curiosamente algo así como invisible. Y por lo menos una vez debe aparecer en SOnC. También es verdad que una de las entradas más visitadas en esta bitácora es la dedicada a Kanashimi no Belladonna (1973), cosa que me ha sorprendido bastante. Y aunque no se trata propiamente de hentai, me dio la idea para el artículo. Y aquí estamos, oyes.

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“El sueño de la mujer del pescador” (1814) de Hokusai. La madre de todos los corderos.

¡Al grano, concentración! ¿De dónde y cómo surgió el hentai, decíamos? Como imaginaréis, toda raíz del manga y el anime hay que buscarla en el ukiyo-e, y en este caso particular en el shunga (“imágenes de primavera” o sea, de folleteo). El shunga podríamos decir que es el ukiyo-e erótico, con una gran variedad de intensidades, que iban desde lo insinuante a lo directamente pornográfico. Su origen, como tantas cosas en las islas, fue de inspiración china. Los manuales médicos que llegaron del continente durante la Era Heian (794-1185) y las obras de pintores como Zhou Fang, influyeron en su desarrollo y estilo, donde los genitales solían aparecer con formas y tamaños grotescos.

Comenzó siendo una manera de expresar los escándalos sexuales de cortesanos y monjes en los makimono, pero con la llegada de la imprenta y el progreso en las técnicas de impresión y xilografía, se hizo muy popular en el Periodo Edo, sobre todo en sus últimas décadas. Pasó de ser un elemento decorativo para las clases altas, a formar parte de esa idealización de la vida urbana que fue el mundo flotante. Como el propio ukiyo-e, resultó una democratización absoluta del arte erótico; brotaba tanto en los palacios de la nobleza como en las casas de los chônin o burgueses. Lo consumían mujeres y hombres por igual, y sus temáticas iban muchísimo más allá del amor heterosexual. La gran mayoría de los autores importantes como Hokusai, Utamaro o Hiroshige dibujaron shunga, porque constituía una fuente de ingresos caudalosa y estable.

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“Mujer y gato” (1794) de Utamaro

Pero por entonces la palabra hentai no tenía la noción que posee en la actualidad. Su significado era algo así como “metamorfosis, transformación”. Fue con la apertura de la Era Meiji y la llegada del pensamiento occidental, cuando hentai comenzó a adquirir su implicación sexual. El recién nacido campo de la psicología experimental con Wilhelm Wundt, que utilizaba el método científico, no fue ignorado en Japón; pero sobre todo la obra del psiquiatra Kraftt-Ebing, Psychopathia Sexualis (1886), fue la que terminó de vincular la palabra con comportamientos sexuales fuera de “lo normal”. Hentai seiyoku era (y es) el deseo sexual perverso según Kraftt-Ebing o Freud, que del ámbito académico especializado pasó al de la calle con gran éxito. Se escribía y deliberaba en periódicos y revistas más sobre el hentai que de la sexualidad “normal”. El ero guro nansensu o erotismo grotesco absurdo, durante los años 20-30, fue tremendamente popular, casi se podría decir que el país vivió en el periodo de entreguerras una especie de desinhibición similar a la alemana de Weimar. Y el heredero directo de ese movimiento sensual y degenerado es mi queridísimo Suehiro Maruo.

Sin embargo, en los años 30 la situación mundial se alteró por completo. En las islas no ocurrió de forma distinta, y la ola de ultranacionalismo y totalitarismo de la naciente Era Shôwa endureció la censura muchísimo. Entre otras cosas. No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que la sexualidad en Japón no retomó un espíritu más atrevido, sobre todo con la difusión de las publicaciones kasutori, de tipo pulp. Las kasutori recogieron el legado del hentai y lo elevaron a cumbres de imaginación y popularidad hasta entonces inéditas. En los años 60 se fue centrando cada vez más en un público masculino heterosexual, y así hasta hoy, cuyo target continúa siendo casi en exclusiva los cromosomas XY.

De todas formas, si os interesa el tema de la sexualidad japonesa durante el s. XX, os recomiendo los trabajos del profesor Mark McLelland de la Universidad Wollongong en Australia. Tiene artículos la mar de interesantes al respecto, muy recomendables.

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A Takato Yamamoto también le gusta el “ero guro nansensu” de la Era Taishô

¿Y cuál fue el primer anime pornográfico de la historia? Pues hasta donde sabemos, ese honor lo ostenta Suzumi-bune (1932) de Hakuzan Kimura. Tampoco podemos decir mucho sobre él, porque a pesar de que estaba planeado que consistiera en dos partes, la primera fue confiscada y no llegó a estrenarse nunca. La segunda ni se llegó a realizar. Ya en el s. XXI, la policía tokiota donó la obra al Museo Nacional de Arte Moderno, revelando que su duración es de 10 minutos. Quizás más adelante su contenido pueda hacerse público, quién sabe. A mí me gustaría verlo.

El primer anime estrictamente hentai es la película Yasuji no Pornorama: Yacchimae!! (1971), aunque hay quienes opinan que en realidad son las seis OVAs de Lolita Anime (1984). Como no he visto la primera, me veo incapaz de aseverarlo; aunque no me importaría nada echarle un vistazo. Soy una glotona en lo que se refiere a bizarradas… no obstante tampoco niego que suelo indigestarme a menudo. Que la cantidad de hentai que se ha realizado y se produce es monumental lo sabemos todos. Y su calidad dudosa (eso siendo liberal). Es muy complicado, incluso para el connoisseur, hacer un top ten objetivo y coherente, así que imaginad cómo lo puede llevar servidora: terrible. JUAJUAJUA. Además, como ya he indicado al principio, no soy fan. Me aburro, y suele irritarme esa forma tan lamentable de presentar a la mujer como si fuera un animalillo acéfalo. Si ya me pone de mala hostia en otros géneros, en el hentai es como la apoteosis sideral de Galactus en pleno arrebato de bulimia cósmico. Así que las cinco recomendaciones que voy a hacer, para redondear una miqueta más la entrada, no son estrictamente hentai, sino que he preferido recurrir a su concepción occidental, que aunque no es la correcta, sí resulta bastante más amplia. Algunas obras son más explícitas que otras, pero todas ellas me parecen dignas de un visionado. Son pedazos de historia de la animación japonesa, nos guste o no. Here we go.


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Senya Ichiya Monogatari (1969) se puede considerar el primer largometraje animado dedicado al erotismo de la historia de Japón. La carga sexual es importante, y es algo que me entusiasma porque respeta el espíritu de la obra literaria en la que está basado, Las mil y una Noches, que es bastante verde. Quizá no es la faceta más conocida de esta compilación de relatos, donde siempre se ha hecho hincapié en ese maravilloso exotismo de los parajes que describe o las aventuras, la fantasía y la magia que hay presentes. Para los que no lo sepáis, Alf layla wa-layla tiene pasajes que son simple pornografía, en la universidad me tocó traducir fragmentos subiditos de tono muy tremebundos. Por eso me parece genial que Tezuka quisiera esta vez aprovechar su dimensión sexual, y hacer una adaptación más fiel en esencia a los cuentos originales que las que se habían realizado hasta entonces. Incluido su Sinbad (1962). Y es que estos clásicos de Oriente Próximo se han trabajado en el medio audiovisual desde muy temprano, tanto en cine como animación, pero casi siempre obviando su vertiente carnal. En Senya Ichiya Monogatari sin embargo tenemos fantasía, tenemos aventuras, tenemos exotismo y tenemos también concupiscencia.

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Este film de dos horas y diez minutos de duración fue el primer proyecto que salió a la luz del grandioso Animerama de Osamu Tezuka, dedicado al público adulto. Una aspiración esa, la del formato cinematográfico y la de las audiencias maduras, pionera en el mundo. No es broma. Fueron tres películas en total antes de que la productora, Mushi Pro, se fuera al garete, y he incluido las tres en este listado. No podía ser de otra forma. El trío de ases fue dirigido por Eiichi Yamamoto, y ha pasado a la historia como tres de las animaciones eróticas más hermosas y extrañas que existen. No me voy a adelantar, pero la que se lleva la palma no obstante en belleza y extravagancia es La belladona de la tristeza, en la que Tezuka, por cierto, no intervino en ningún aspecto. En ese momento ya había ahuecado el ala y Mushi Pro agonizaba.

Pero regresemos a Senya Ichiya Monogatari. Esta película nos cuenta la llegada a Bagdad de Aladino, que se parece sospechosamente a Jean-Paul Belmondo. Él no es más que un pobre aguador, pero posee un carácter optimista y osado que le hace sobrellevar su dura vida con satisfacción. Y allí, en la gran urbe, se enamora de la esclava Miriam, a la que rapta. Su amo, un jovencito malcriado que es el hijo del Jefe de Policía de Bagdad, no se da por vencido tras perder a su bella presa, y decide utilizar su influencia para recuperarla. Pero mientras, Aladino y Miriam se han refugiado durante su huida en un misterioso palacio, del cual por la mañana no pueden salir. Su dueño, Suleimán, el cortesano favorito del sultán y famoso por sus rarezas, los ha encerrado entre sus paredes para que le diviertan. Y la historia no queda solo ahí, sino que se complica cada vez más y más. Muerte, traición, venganza, amor… hay absolutamente de todo. Un bonito culebrón.

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La trama no puede ser más tradicional, pero no faltan ni la emoción ni las sorpresas. Tiene ese remate caricaturesco propio de Tezuka, que aunque en los mangas se tolera sin problemas, en película no aguanta el paso del tiempo muy bien. Los malos son muy malos, y los buenos son bastante grises, gracias a Luzbel. Eso sí, el peso sexual recae completamente sobre los papeles femeninos, como es de esperar… aunque no estoy aquí para hacer una revisión posmoderna feminista de estas obras. No procede, otro día quizá. Senya Ichiya Monogatari utiliza recursos propios del cine, es una obra de tintes experimentales donde se puede encontrar animación tradicional, imágenes estáticas, maquetas (esas panorámicas de Bagdad son mágicas), pantallas partidas, 3D, etc. y todo eso unido a un estilo psicodélico de vivos colores que fluye y se retuerce como una serpiente de agua. La música se encuentra en manos inmejorables: Isao Tomita, que compone piezas de frenético funky-yeyé, muy de la época, e incorpora fragmentos del Scheherezade (1888) de Rimsky-Korsakov también.

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Cleopatra es la película que menos me gusta del Animerama. La considero la más endeble e infantil de las tres, aunque posee su interés aparte del meramente histórico. La triunfada que supuso Senya Ichiya Monogatari, impulsó a Tezuka a arriesgarse muy a fondo en lo que le gustaba hacer: experimentos. Todavía no tengo muy claro qué demonios pretendía Manga no kamisama con este film, creo que ni él mismo lo sabía. Solo que el éxito del año anterior lo acicateó para jugar como un niño impetuoso con arcilla y plastilina… y le salió un engendro. Pero, ¡ay, amiguitos!, un aborto de Tezuka es un bebé sano y hermoso para cualquier otro creador, y Cleopatra tiene sus méritos. Aunque supusiese el descalabro económico definitivo de Mushi Pro y el abandono de la nave por parte del capitán.

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Aquí Tezuka se pregunta qué está haciendo con su vida. Y suspira. Ay.

¿Por qué fue un fiasco comercial? Me considero incapaz de llegar a alguna conclusión porque me faltan datos, pero quizá tuviera que ver con que se trataba de un film mucho más explícito que Senya Ichiya Monogatari (fue calificado directamente como X) y que era (es) raro de cojones. Yo no le tengo miedo a las excentricidades, las amo de hecho; pero comprendo que no todos somos iguales. A pesar de que Tezuka prefería el campo de la experimentación y la creatividad sin cortapisas, su público no. Su público esperaba otra cosa, no un trabajo de patchwork visual de casi dos horas. Porque aparece de todo en Cleopatra: imagen real, collage, ciencia-ficción (el inicio parece Star Trek), fantasía, mezcla de estilos en el dibujo, anacronismos a mansalva (¡sale Astroboy, viva!), paréntesis argumentales que fracturan el ritmo, homenajes a Botticelli, Degas, Delacroix, Modigliani, Picasso… qué sé yo. Un esfuerzo valioso por presentar un producto vanguardista y rompedor en sus formas, pero con un contenido más pobre de lo acostumbrado en Tezuka. No aporta nada nuevo al personaje de Cleopatra, por ejemplo, que es presentada como la clásica seductora que mediante sus artes sexuales domina a los hombres; Julio César directamente es un gañanuzo déspota con el cerebro en el glande, y Marco Antonio es evidente que sufre algún tipo de retraso. Tragicomedia caricaturesca marca Tezuka a todo gas. Por cierto, el apartado musical, otra vez bajo la tutela de Isao Tomita, EXCELENTE.

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Exacto, Julio César es VERDE. Todo bien.

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No tengo mucho más que añadir sobre Kanashimi no Belladonna a lo que escribí hace unos meses aquí, salvo que ha sido restaurada y publicada en Blu-ray este verano. Cuando hice la reseña todavía no se sabía nada de una reedición, por lo que la noticia después me alegró muchísimo. La película lo merece. Es mi favorita del Animerama y sin duda mi preferida también de las que hoy expongo. Si no la conocéis o no la habéis visto, no comprendo a qué estáis esperando. Es una verdadera obra de arte, aunque no para todos los paladares, desde luego.

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Casi 20 años después, Eiichi Yamamoto decidió vincularse a otro largometraje de tipo erótico: Kôshoku Ichidai OtokoEsta película es una joya. Todo en ella es fascinante, el arte, tan ukiyo-e y delicado, la historia, los personajes… Sin duda tras Kanashimi no Belladonna es la que más me gusta de las cinco. No me explico cómo no es más popular ni tampoco entiendo la razón de que haya pasado tan desapercibida. Es probable que mi entusiasmo se deba a que conozco la obra literaria, de la que es una adaptación bastante libre: Hombre lascivo y sin linaje (1682) de Ihara Saikaku. Fue una novela que me gustó mucho cuando la leí. Creo que merece su propia entrada, así que no me alargaré demasiado.

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Hombre lascivo y sin linaje fue escrita en ese momento del Periodo Tokugawa donde la clase burguesa estaba medrando y haciéndose dueña de la vida urbana en Edo y Osaka. A su nueva sensibilidad hedonista del mundo flotante iba dirigida, y a ella representaba; el autor lo hizo además parodiando una de las grandes obras de la nobleza cortesana: Genji Monogatari (s. XI) de Murasaki Shikibu. Podríamos decir que es como una especie de novela shunga (si lee esto alguien especializado en literatura japonesa querrá ahorcarme), y cuenta la vida y desventuras de un hombre, hijo bastardo de un rico chônin, que a pesar de tener en su mano la posibilidad de ser un hombre rico, lo tira todo por la borda porque le gustan demasiado las mujeres. Yonosuke es un seductor, un Príapo sin remedio al servicio del placer.

La película no se centra tanto en Yonosuke sino que divide el argumento en dos historias paralelas, describiendo las experiencias de un par de hombres muy distintos con una hermosa e inaccesible geisha llamada Komurasaki. Uno es un donjuán, otro un pardillo poco atractivo; uno es experimentado y hábil, otro torpe e ignorante. No es el argumento más original del universo, pero la enorme belleza estética del film suple con creces esa carencia, haciendo de su desarrollo una travesía hipnótica. Y como escribía hace unas líneas, no voy a extenderme más porque Hombre lascivo y sin linaje tendrá su entrada individual en breves.

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Podría haber seleccionado Mezzo Forte (2001) también de Yasuomi Umetsu, pero A Kite (1998) me gustó mucho más. Son dos OVAs de hentai sin sutilezas. Hentai en su noción pura japonesa de “sexo pervertido”. Y de calidad, tanto en la animación como en el argumento. No es un anime precisamente largo, por lo que se echan de menos ciertas cosas: unas relaciones entre los personajes más definidas, unos perfiles psicológicos más hondos y una historia un poco más compleja. A pesar de sus defectos, como unas escenas de acción muy requetebién ejecutadas…. pero inverosímiles a ratos también (pero muchomucho), se ha sabido sacar partido a una base simple de manera eficaz y brillante, dosificando la información y con unas vueltas de tuerca formidables. Y ese final con los gatitos… muy bueno. A kite no gira en torno al sexo, su argumento no está al servicio de las escenas pornográficas; el sexo que aparece, que tampoco es tan abundante, es una acción más de las tantas que se suceden en las OVAs. No sobran y tienen su sentido, pero no acaparan protagonismo.

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Sawa es una adolescente cuya familia fue asesinada delante de sus propios ojos. Sola en el mundo, únicamente tiene de amparo a un policía corrupto llamado Akai, que la utiliza en su propio beneficio. Él y su socio Kanie la han entrenado para convertirla en una asesina segura y eficiente. Un día, aparece otro chico llamado Oburi, que también se encuentra bajo el dominio de la pareja, y a Sawa no acaba de hacerle demasiada gracia… Un guion sencillo que va progresando entre secuencias de violencia extrema y sangre, mucha sangre. Aun así, posee una sobriedad elegante que me recuerda a Blood, the last Vampire (2000), pero con bastante más enjundia que esta última (aunque sin tanto dinero detrás). Sawa es la estrella indiscutible, además del personaje mejor delineado y con una evolución fascinante. El resto son bosquejados a la manera impresionista, sin mucha precisión pero con los trazos necesarios para entender lo suficiente sobre ellos.

No son unas OVAs perfectas, pero sí sólidas. Están repletas de simbolismo y pequeños acertijos cuya solución suele ser inesperada, pero completamente lógica. La lástima es que solo sean dos OVAs, porque Kite Liberator, su secuela, no les llega ni a la suela de los zapatos. Es prescindible. A kite es un producto violento y descarnado, que no solo gustará a los seguidores del hentai, sino que tiene todas las papeletas para cautivar a los fans del thriller policíaco. Consejo: huid como de la peste de la adaptación cinematográfica estadounidense que se hizo de esta obra. Es caca. Una caca graaaande.

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Creo que sobra advertir que estos son mis gustos y esta es mi mini-lista. Y como podéis observar, no están ni Bible Black, ni Oni Chichi ni Ai Shimai ni ninguno de los cientos de hentai más que se os puedan ocurrir y opinéis son mejores. No sé si lo recordáis, panda de rufianes, pero este es un blog personal y no un artículo periodístico. No offence. También me doy cuenta de que esta entrada va a producir desagrado en algunos y el adiós en otros, pero qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo. El sexo y la pornografía son temáticas bastante susceptibles de herir sensibilidades a pesar de los pesares. No ha sido mi intención hacer ningún juicio de valor, y he procurado ser lo más aséptica posible, ya que para mí la sexualidad es solo una faceta más de la naturaleza humana. Ni mejor ni peor que otras, aunque siempre se esté utilizando como herramienta. Y sí, es muy cansino… pero ya nos hemos acostumbrado a esa hipersexualización de la sociedad, aunque ciertos tabúes sigan existiendo, claro.

Y esto ha sido todo por hoy. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Peticiones estivales

Peticiones estivales: Gunsmith Cats

¡Y siguen y siguen vuestras sugerencias! Esta vez es Maffia Machiaveli, desde facebook, el que pide que echemos la vista atrás a esos maravillosos años 90 en los que el anime vivió una época dorada, tanto de calidad como popularidad. Eso no quiere decir que más tarde todo lo que se produjera fuese una bosta, pero el tema se desinfló una miaja y, actualmente, ya sabemos cómo está el tema. Hay algún agorero por ahí que proclama el fin de esta industria, profeta de un apocalipsis animesco que encima resulta ser un individuo del gremio bastante bien informado. ¿Sucederá así? Quién sabe, aunque ese ya es otro asunto. La nostalgia nos hace idealizar el pasado, es una sensación muy común que, en la mayoría de las ocasiones, no se basa en una percepción objetiva. ¿Ocurre eso con el anime? Un poco sí. Un poco. Pero lo cierto es que, desde una perspectiva global, los 90 fueron un segundo boom (el primero fue a finales de los 70) a la espera todavía de que surja un tercero (ojalá). De esa era mítica (jojojo) rescatamos Gunsmith Cats (1995-1996). No es de los mejores productos de la época, sino más bien su serie media, y con una clase que ya les gustaría tener a muchos anime contemporáneos situados en esa franja. Eran otros tiempos, desde luego, la filosofía del entretenimiento era más fiel a su concepto. Y más ingenua.

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Las tres nociones básicas de este anime son: coches, armas y mucha acción. Nada nuevo bajo el sol, salvo que en vez de ser tipos duros las estrellas, son mujeres. Dos señoritas que conducen ese legendario Mustang Shelby GT 500 del 67 y regentan una armería, donde además trabajan de cazarrecompensas. Vamos, una típica trama para demografía seinen en la que el protagonismo de la acción y la trama resulta que es femenino. Eso ya no es tan habitual. Y encima no son un par de inútiles. ¡BIEN!

Las tres OVAs que conforman este anime son la adaptación de un manga del mismo nombre creado por Kenichi Sonoda. Un manga que tuvo un gran éxito además a principios de los 90, relacionado con otro anterior megahit comiquero de la misma temática: Riding Bean. Podríamos considerar Gunsmith Cats un spin-off de este (tuvo también su propia OVA, muy recomendable, por cierto); aunque fue en el que hoy nos atañe donde el autor se explayó muchísimo más en su obsesión con las armas de fuego y coches, con unos diseños fotorrealistas flipantes y, por supuesto, desarrolló una historia y personajes con mayor profundidad. Honestamente, la obra interesante aquí en realidad es el tebeo, podría haber escrito un manga vs. anime donde la serie no habría quedado muy bien parada… pero tampoco habría sido del todo justo. ¿Por qué? Porque estas OVAs son muy dignas, solo pecan de un defecto grave, y de ese único defecto proceden los demás. Si decidís verlas y os gustan, no dudéis ni por un momento de que el cómic os entusiasmará.

Haceos un favor y pinchad play en el vídeo. Existen contados con los dedos de mis manos OPs que me gusten. Este es uno de ellos. Hasta la música, compuesta por el batería norteamericano Peter Erskine, me encanta, con ese aire trepidante medio frívolo de serie televisiva norteamericana que recuerda tanto al jazz horterilla de los 80. La influencia que tuvo luego en Cowboy Bebop es meridiana, que es uno de mis openings favoritos de todos los tiempos, el cual también optó musicalmente por el jazz, pero con una vertiente más africana y latina: el mambo. Dios bendiga a Yoko Kanno, btw.

Efectivamente, estas OVAs tienen mucho de estadounidense. No hay nada nipón en ellas, salvo ese minúsculo detalle de que están realizadas en Japón por japoneses, claro. Apesta a yankee, y esa era la intención tanto de Kenichi Sonoda como de los creativos del anime. Se trasladaron incluso a Chicago en varias ocasiones para recrear luego localizaciones y ambientes con fidelidad. Y vaya si lo hicieron, con cuidado y verdadero cariño. Tiene mucho de The Blues Brothers (1980) de Landis en su ritmo y locura argumental; se trata de una historia policíaca con toques de comedia, intriga y acción.

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Los títulos de las OVAs son: Neutral Zone (1995), Swing High! (1996) y High Speed Edge (1996). Son más o menos autoconclusivas, pero la trama de fondo las enlaza en un crescendo la mar de emocionante.

Irene Rally Vincent y May Minnie Hopkins son dos jóvenes que administran una armería, donde venden y reparan todo tipo de pistolas, revólveres, etc. En realidad la especialista es Rally, ya que a Minnie, que trabaja como su ayudante, le van más los explosivos, con los que es muy diestra. Ambas forman una pareja peculiar y contrapuesta: Vincent es sarcástica, inteligente, audaz y toda una profesional; Hopkins es infantil, atolondrada… representa el estereotipo de rubia tonta, aunque de lo suyo sabe un rato. Un poquillo como el tándem de Jane Russell y Marilyn Monroe en Gentlemen prefer blondes (1953), pero con la diferencia de que estas dos zagalas no buscan ni marido ni son bailarinas, sino cazarrecompensas. Y esa labor es aprovechada por el socarrón de Bill Collins, agente de la ATF, que las chantajea para que le ayuden gratuita y extraoficialmente en un caso de contrabando de armas. Este caso va complicándose cada vez más, alcanzando altas esferas políticas de la ciudad, e involucrando a una ex-mercenaria de la KGB, que se convertirá en la antagonista principal de las OVAs.

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Un argumento clasicote del género con persecuciones, tiroteos, huidas espectaculares, explosiones y topos incluidos. Tampoco falta el personaje geek, la pelirroja Becky. ¿Previsible? Sí, pero muy ameno con ese candor tan maravilloso que obliga a admirar la alegría con que se tomaban las cosas antes. No hacía falta hacer un anime especialmente sesudo o profundo para realizar un buen trabajo, Gunsmith Cats es simple esparcimiento, sin más pretensiones. Pero no todo iba a ser estupendo, esta obra posee una tara importante: es corta. Solo 3 OVAs no son suficientes para hacer prosperar un mundo como ese. Se quedan muy, muy pequeñas, para ser un producto perfecto debería haber sido una serie en toda regla con sus buenos 26 episodios. O 12, por lo menos. Esta cortedad revela otras carencias, como unos personajes más abocetados que dibujados o un argumento algo superficial y acelerado. Si se compara con el tebeo ya es el acabose.

Gunsmith Cats es una perfecta introducción al manga. Por sí mismo no deja de ser una obra divertida y de calidad, pero permanece como una especie de amago. Deja con ganas de más, y eso jode. De hecho, a mí personalmente me da mucha pena que no progresara más, porque el potencial era excelente para hacer una serie muy original y entretenida. Los senderos de la industria del anime son inescrutables. Tremenda lástima.

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Aun con todo, el apartado técnico es magnífico. Takeshi Mori hizo un trabajo intachable, y por el equipo también rondaba Mahiro Maeda (¡genio y figura!) de animador primario. Aunque no llega al nivel de prolijidad maníaca de Kenichi Sonoda en los pormenores de armas y coches, es un auténtico regalo para la vista. Las escenas de acción son de una fluidez impecable; el dibujo, aunque tiene un leve aire moe en los diseños femeninos, es rotundo y minucioso. Los fondos, sobre todo los que se ambientan en exteriores, son un reflejo de Chicago muy fiel y los que amamos la ciudad lo sabemos apreciar. Gunsmith Cats tiene todas las virtudes de la entrañable animación noventera y ninguno de sus defectos. Como diría Ed Wood: PERFECT.

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Rally, Minnie y Becky

Gunsmith Cats son unas OVAs muy masculinas ellas, con todos los símbolos fálicos que así lo acreditan… pero controlados por unas mujeres bastante competentes. Hasta el inevitable fanservice es elegante y llevadero, para nada forzado. Y es un verdadero alivio que no haga acto de presencia el romance, que no se les vincule sentimentalmente a nadie. Por cierto, Rally, la protagonista, me encanta. Una profesional en su trabajo y como persona, muy normal. Una Ripley de la vida, con sus cosas buenas y cosas malas, pero que no se deja amilanar. Minnie puede ser el personaje que menos me convence de todos, no llevo muy bien el temita de las pavisosas, pero sabe redimirse. Imagino que el papel de idiota lo tenía que hacer alguien.

¿Recomiendo Gunsmith Cats? Por supuesto que sí. A pesar de que podría haber sido grande y no lo fue, merece que se la recuerde de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

2017: un siglo de anime, cortometrajes

Lacónicos: Chispas de Tezuka

Tener una sección dedicada a cortometrajes y no escribir sobre Osamu Tezuka es un auténtico crimen. En la inauguración de este apartado hablé sobre su clásico Jumping (1984), pero su genio y figura merecen más, mucho más. Así que, para abrir el apetito a futuras entradas consagradas a Manga no Kamisama, he seleccionado 5 cortometrajes suyos que nos muestran otra faceta más, quizás no tan conocida. Forman parte de un DVD que fue publicado en España por Divisa hace 10 años, titulado Animación Experimental de Tezuka; y que en 2013 se reeditó en la recopilación Tezuka Pack con otras obras como Don Drácula y Unico, el pequeño unicornio.

El DVD original incluye 13 cortos diferentes, que es una forma estupenda de introducirse en la dimensión más audaz e imaginativa de Tezuka: sus jikken anime. Hay que tener en cuenta que precisamente esta vertiente es la que más apreciaba Manga no Kamisama; y la que más disfrutaba, porque se trata de pura creación, incluso sin las limitaciones de una narrativa. Un formato donde ponerse a prueba. Consideraba que la animación comercial, en la que fue pionero y destacó, era solo una manera de ganar dinero, y su espíritu artístico lo dirigía más bien hacia la experimentación. No creía que en Japón, salvo Yôji Kuri y su grupo, nadie estuviera trabajando de verdad por incluir al país dentro de la vanguardia internacional. Y Tezuka estaba seguro de que la animación de autor era donde realmente podía expresarse la originalidad; y para ello había que empezar a pensar en grande, dirigiendo las obras más allá de las fronteras del país. Esa independencia de la que hizo gala en la mayor parte de su carrera, también era un requisito para lograrlo. Tezuka se tomaba muy en serio sus cortos, ponía en ellos verdadera pasión y ahínco, muchísimo más que en sus trabajos convencionales (los que le daban de comer). Desdeñaba un poco sus proyectos nutricionales, pero gracias a ellos también el mundo del manganime es como lo conocemos actualmente. Y ni tan mal.

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Volviendo a los cortometrajes de esta compilación, son todos bastante distintos y la franja temporal que cubren va desde principios de los años 60 hasta finales de los 80, por lo que se puede observar la evolución creativa y filosófica de Tezuka con cierta nitidez. No obstante, muchos de ellos reflejan una de sus constantes vitales: el anti-belicismo. La II Guerra Mundial y el horror de Hiroshima y Nagasaki impactaron con fuerza en la vida de Tezuka, haciéndolo un fervoroso pacifista.

Mis cinco favoritos son los que analizo a continuación. No significa que sean los mejores, solo los que más me han gustado y, por supuesto, si el tema os interesa mucho, os animo a que investiguéis por vuestra cuenta más. Escarbar entre las obras de Manga no Kamisama siempre es una tarea gratificante.

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Aru Machi Kado no Monogatari o Tale of a street corner, es una de las cosas más bonitas y tiernas que veréis en mucho tiempo. De verdad de la buena. Es uno de mis cortometrajes animados favoritos de todos los tiempos, solo os digo eso. Son casi 40 minutos de metraje donde Tezuka nos habla, sencillamente, de la vida. No tiene un argumento concreto, es un caleidoscopio donde las piezas se van moviendo por la mano del destino y el hombre, creando sus propias figuras de alegría, desdicha, celos, amor, miedo, ira… Una numerosa familia de ratoncillos, una niña en un ático a la que se le cae su peluche, una polilla entrometida y maliciosa, un árbol melancólico que no consigue dispersar sus semillas, los personajes de los carteles pegados en un muro, una vieja farola y unos cuantos más, son los seres que pueblan un rincón de una calle en una ciudad anónima europea. Y lo que les sucede es lo que narra Tezuka. Con guerra incluida, por supuesto.

Tanto la excelente música de Tatsuo Takai como la ambientación que le da al arte Ryô Arai, evocan esas elegantes comedias musicales de los años 50 como Lili (1953), Un Americano en París (1951) o Funny Face (1959). El estilo en general me recuerda mucho al de Walter Peregoy en La Bella Durmiente (1959), pero que en un ambiente urbanita resulta mucho más chic; y con las numerosas referencias artísticas con las que juegan (Rodin, Sharaku, Toulouse-Lautrec, Miró, etc) hacen de Tale of a street corner un clásico que no ha envejecido apenas.Sí, tenéis razón, estoy enamorada de esta obra, no puedo ser muy objetiva. Esta repleta de matices y detalles encantadores; también sarcásticos y tristes. Este fue el primer jikken anime de Tezuka, aunque personalmente no lo encuentro muy experimental. Es, simplemente, distinto.

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Mermaid o Ningyô es una auténtica delicia. Tiene una duración de 8 min 19 s, con una banda sonora de excepción: Prélude à l’après-midi d’un faune de Debussy, pero dirigida por el gran Isao Tomita (1932-2016). Tezuka tenía mucho ojo, y solo colaboraba con los que él consideraba eran los mejores. Tomita fue uno de ellos sin duda, y trabajaron juntos en más obras. Fue el principal introductor de la música con sintetizador en Japón, así como un compositor de primera línea hasta que falleció este pasado mes de mayo. Yo le tengo especial cariño y respeto, así que aprovecho para rendirle este diminuto tributo en el blog.

Isao Tomita
Tomita-sensei

Con el diseño de arte minimalista de Shigeru Yamamoto, Ningyô en su simplicidad y limpieza, narra la historia de un muchacho que es incomprendido y segregado cruelmente por su afición a soñar despierto. Solo él puede ver a una sirena con la que comparte fantasías y viajes, y su negativa a reconocer que solo es un producto de su imaginación tiene consecuencias feroces para él. En una sociedad con un gobierno totalitario, cualquier tipo de disidencia se considera un peligro y una traición, así que intentan convertir al joven en un ciudadano normal, en alguien que no vea sirenas donde solo hay peces. La influencia del Método Ludovico de A clockwork Orange (1962) es muy evidente. ¿Lo consiguen? ¿Tiene lugar en un mundo así este chico? Para averiguarlo, tendréis que verlo aquí  Es un cuento delicado lleno de melancolía, vaporoso y de gran elegancia tanto estructural como visualmente. Precioso.

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Onboro film o Broken down film es divertido y original. No para de fracturar convenciones de la animación para reírse de sí mismo, apoyándose en la metaficción, rompiendo la cuarta pantalla, etc. Broken down film es una película muda y en mal estado, donde los propios protagonistas que la habitan tienen que sufrir las consecuencias de su deterioro. No pueden realizar bien sus interpretaciones, por lo que se ven obligados a improvisar a menudo. ¿Y qué historia están intentando representar? Pues un típico silent-western con dama en apuros atada a las vías de un tren, un villano enorme y barbudo, y un héroe flacucho y algo torpe. Tezuka no tiene ningún reparo en autoparodiarse, y el trabajo que realizó para el envejecido del corto está realmente logrado. Recordemos que estamos en el año 1985, y de recursos informáticos nanay. Todo a manita como auténticos artesanos. En resumen, Onboro film es una curiosidad muy entretenida de ritmo especialmente ágil además.

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Con 8 min 25 s minutos de duración, Muramasa es el corto más tenebroso de los que tenemos en la entrada de lejos. Ese rojo que monopoliza la luz en el inicio es presagio de violencia. Tezuka se arropa con la sobriedad del pasado, escogiendo una presentación también acorde. La animación es puro bosquejo, sencilla y austera, haciendo hincapié en el dibujo, como un cómic animado; la música tradicional marca el compás, llevando todo el peso dramático, pues no hay diálogo.

Muramasa es el nombre de un antiguo clan japonés que se dedicaba a la forja de katanas. Eran tan peligrosas y eficaces, que se creía estaban poseídas por un espíritu maligno. Y de eso va un poco este corto. Un samurái encuentra casualmente una katana atravesando un montoncillo de paja en el bosque. Parece abandonada, así que decide quedársela. Pero lo que no sabe el guerrero es que esa espada está maldita, y enloquece a su dueño lentamente, impidiéndole considerar seres humanos a los que le rodean. Así que obliga a su amo a asesinar. Pero, inmediatamente después de matarlos, por unos instantes, este samurái logra observar la carnicería que ha ejecutado, y se empieza a atormentar. Aun así, totalmente subyugado por el embrujo de la espada, es incapaz de deshacerse de ella. Se trata de una evidente alegoría de la pérdida de control cuando se entra en una espiral de violencia, y la deshumanización lógica que conlleva. Un círculo vicioso. Tezuka, como ya comenté, era un anti-belicista convencido, y no dejó de plasmarlo en muchas de sus obras. Muramasa una más de ellas.

selfportrait

Selfportrait o Jigazô es de las últimas obras animadas que nos legó Tezuka, y forma parte de un recopilatorio de 19 autorretratos, Animated Self-Portraits (1989), dirigido por David Ehrlich. En él participaron artistas como Kihachiro Kawamoto, Renzo KinoshitaJan Švankmajer. Es muy escueto, de apenas 10 segundos, pero Manga no Kamisama nos transmite su mensaje de forma muy clara: el proceso creativo tiene bastante de azar, y cuando las piezas encajan de cierta manera, puede llegar a ser muy lucrativo. Tezuka utiliza una máquina tragaperras como vehículo, y es la suerte la que hace coincidir las ruedas para que el rostro que todos conocen (y esperan) del autor, haga aparición; y ese es el rostro que escupe dinero. Desde luego, no le faltaba sentido del humor a Tezuka, pues su carrera profesional no estuvo exenta de numerosos altibajos económicos. Aunque cuando ganaba guita, lo hacía a espuertas, todo hay que decirlo.

¿Y cuáles son los otros ocho cortos que hay en Animación Experimental de Tezuka? Debo aclarar que también me gustan bastante, de hecho no encontré ninguno que me defraudara, aunque prefiera los cinco anteriores. Son interesantes y no dan puntada sin hilo, creo que merecen vuestra atención:

Osu (1962) o también Macho. Duración: 3 min 10 s. Crítica social y psicológica al hombre desde la óptica de un gato. Una buena reflexión. Podéis verlo aquí.

Memory (1964). Duración: 5 min 40 s. Jugando con distintas técnicas y estilos, Tezuka medita sobre la inconsistencia y plasticidad de la memoria humana. La ironía que no falte. Podéis verlo aquí.

Shizuku (1965) o también La Gota. Duración: 4 min 19 s. Los sufrimientos y delirios de un náufrago a causa de la sed, con un final muy divertido. Podéis verlo aquí.

Tenrankai no E (1966) o también Cuadros de una exposición. Duración: 32 min 10 s. Con Isao Tomita dirigiendo esta vez la composición de Músorgski que lleva el mismo nombre del corto. En realidad es un homenaje a esta pieza musical, pero transportada a los años 60. Un buen rapapolvo sociológico y bastante heterogéneo. Podéis verlo aquí.

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Tenrankai no E

Sôseiki (1968) o Génesis. Duración: 3 min 54 s. Una sátira sobre los primeros versículos del libro de Génesis, donde parodia desde la película de John Huston The Bible: In the beginning… (1966), hasta su propia obra, Astroboy.

Jumping (1984), de la que escribí aquí.

Push (1987). Duración: 4 min 17 s. Las máquinas pueden darte todo lo que quieras; ropa nueva, un flamante coche , un peinado moderno… nutren la vanidad con facilidad, pero ni siquiera Dios puede paliar la soledad o crear un planeta nuevo. Podéis verlo aquí.

Mori no Densetsu (1987) o La leyenda del Bosque. Duración: 29 min 28 s. Quedó inconclusa por parte de Tezuka, pues era solo la primera parte. Más adelante, en 2014, tuvo su correspondiente secuela. Utilizando de brújula la sinfonía nº4 de Chaikovski, La leyenda del bosque rinde tributo a pioneros como Winsor McCay, Paul Terry o Walt Disney. Mezcla distintos estilos y técnicas para contar una historia de espíritu ecologista. Podéis verlo aquí.

Higeo Oyaji

Y esto ha sido todo por hoy. Nunca son demasiadas entradas dedicadas a Tezuka, en realidad SOnC debería tener muchísimas más. Hay que ponerle solución, ¡hay que hacer algo! ¡Viva Tezuka, cabrones!

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, paja mental

Saudade, memoria y Record of Lodoss War

Este verano he visto muy a gusto Stranger Things de Netflix. Y con la inevitable nostalgia que arrastra, aunque la serie sea mucho más que eso, no he podido evitar recordar mis partidas de rol infantiles. Porque sí, yo jugaba al rol, mea culpa. Y así mi cabeza ha relacionado el tema con Record of Lodoss War, una franquicia creada por Ryô Mizuno, basada en los registros de sus partidas como master de Dungeons & Dragons. Qué cosas. Un estudiante japonés, fascinado por Tolkien y D&D, usa unos replays para crear un nuevo mundo que, con gran éxito, acabó convirtiéndose en uno de los productos más importantes de fantasía épica en el mundo de los videojuegos, anime y manga en Japón: Record of Lodoss War.

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El equipo al completo: Parn, Deedlit, Slayn, Ghim, Etoh y Woodchuck

Fue a partir de 1988 que Mizuno fue publicando en Comptiq estas actas de juegos, las cuales se habían ido desligando del universo D&D o RuneQuest para crear el suyo propio: Forcelia. Se pueden considerar las precursoras de las light novels junto a Arslan Senki, así como también de las primeras obras del país dedicadas al género de Alta Fantasía. La fama que alcanzaron fue enorme incluso entre personas que no eran aficionadas al role-playing; y a su rebufo aparecieron los primeros productos que construirían al gigante: juegos para PC, Gameboy, Dreamcast, etc; mangas, diversas películas y series de animación, todo tipo de merchandising… Pero es de las primigenias 13 OVASLodoss-tô Senki (1990), de las que voy a escribir hoy. El mundo de esta franquicia es amplio y, aunque más lentamente, continúa creciendo en la actualidad. No supo aprovechar del todo sus oportunidades en el momento, todo hay que decirlo, pero conforman uno de esos pilares fundamentales de la fantasía heroica en Japón. No deseo hacer una entrada dedicada a toda la franquicia, me parecería tedioso y larguísimo; sino a esa serie de cuando era una mini-anormal (ahora soy maxi) y de la que guardo tan gratos recuerdos. Creo que todavía andan en mi casa del pueblo los VHS originales. Hechos una mierda, claro, y sin aparato para poder reproducirlos. Ains.

Para los seguidores del género, Lodoss-tô Senki es indispensable, un clásico. Aunque no fue el primer anime en trabajar la sword & sorcery (me viene a bote pronto The Little Norse Prince de Takahata, Ys, que es contemporánea, Tenkû Senki ShuratoLeda), sí es cierto que a partir de Record of Lodoss War esta categoría se asentó a la manera tradicional occidental, creció y se convirtió en una de las más queridas del fandom. Fuera de Japón ya se había tratado la espada y brujería, por supuesto, tenemos desde la estúpida The Sword in the Stone (1963) de Disney, El Hobbit (1977) y El Señor de los Anillos (1978) o las maravillosas El último Unicornio (1982) y Fire and Ice (1982). Entre otras. Pensándolo bien, en la década de los 80 hubo una especie de boom en el género que se plasmó muy bien en el cine (Excalibur, la saga de Conan, Cristal Oscuro, Willow…); y, a pesar de la gran riqueza folclórica de Cipango y la proverbial resistencia hacia lo extranjero, no tardó en calar en las islas.

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Deedlit, la Alta Elfa

Creo que si de un anime se han hecho reseñas, es de este. Los otacos ancianos sabemos muy bien cuál es; los que vinieron después la conocen seguro de oídas e, incluso, hasta algunos se habrán atrevido a verla. Y eso que hay extendida una tremenda alergia a la animación anterior al 2000 entre el público actual. Por eso no tengo intenciones de disertar como una mema pedante (sé que lo soy), ya se han dicho millones de paridas y comentarios sesudos sobre Lodoss-tô Senki. Solo serán apreciaciones personales sin más y un mínimo de información para los que no conozcan la obra.

Vayamos con la información: los estudios fueron los celebérrimos y fantabulosos Madhouse, el director Akinori Nagaoka (el del genial Dr. Slump), como animador primario Hirotsugu Kawasaki (Akira, Ghost in the Shell, Metropolis… lo que se dice un indocumentado) y el storyboard estuvo en manos de Rintarô (si no sabéis quién es Rintarô, tenéis problemas, chatos). Vamos, un equipazo. Apostaron fuerte y la jugada salió bien.

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Esta es la isla o continente de Lodoss. Surgió de los restos que dejó tras de sí la guerra entre la Luz y la Oscuridad. En la última batalla cataclísmica, solo quedaron dos combatientes de entre todos los dioses: Marfa, diosa de toda la creación y Kardis, diosa de la destrucción. Ambas intentaron vencerse con un ataque fulminante, pero ninguna lo consiguió, cayendo ambas en la inconsciencia. El cuerpo de Marfa se derrumbó en Lodoss; el de Kardis en la isla de Marmo. Desde entonces, Lodoss ha sido considerada también la Isla Maldita, y a pesar del esfuerzo de los diferentes reinos por convivir de manera pacífica, la ambición humana y el eterno peligro latente del regreso de Kardis, hacen del continente un lugar inestable y vinculado con el mismísimo destino de Forcelia.

Este es el escenario en el que tienen lugar las aventuras de una compañía muy dispar: Parn, el hijo de un caballero caído en desgracia, Deedlit, una alta elfa del Bosque sin Retorno, Slayn el intelectual y hechicero del grupo; Woodchuck, ladrón y con el don de aparecer en los lugares oportunos; Etoh, sanador y clérigo de Falis, el dios supremo del Bien; y Ghim, un terco y leal enano. Todos representan arquetipos fáciles de reconocer, y sus personalidades tampoco se alejan de lo convencional. Cómo llegan a reunirse y los motivos de su búsqueda del sabio Wort, son punto esencial de lo que podríamos considerar la primera parte, hasta la OVA siete. En ella descubrimos muchas cosas sobre sus vidas, así como la situación de guerra en la que se encuentra sumido de nuevo Lodoss. El emperador oscuro de Marmo, Beld, ha desembarcado en el continente para conquistar y subyugarlo por completo. Ya han caído bajo su poder Kanon y Alania, pero los reyes de Valis y Flame no van a quedarse quietos… Junto a Beld están su general el caballero negro Ashram, el nigromante y adorador de Kardis Wagnard y una misteriosa dama, que se hace llamar Karla. También conocida como la Bruja Gris, esta mujer es un enigma y la única superviviente de la destrucción de Kastuul, el antiguo reino de la hechicería. Maneja los hilos del destino de Lodoss desde hace mucho tiempo, casi podríamos decir que está más allá del bien y del mal, por eso mismo es peligroso confiar en ella, ya que sigue su propia hoja de ruta.

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Karla, la Bruja Gris

Aparecen más personajes, que deduzco que en las novelas ligeras estarán más definidos, como la elfa oscura Pirotess, el silencioso mercenario berserk Orson; el rey Kashue, la princesa Fianna, etc. Salvo Karla, son todos lisos como una tabla, pero cumplen su papel eficientemente. Es cierto que, en general, Record of Lodoss War vista en el 2016 es una amalgama de tópicos que la hacen previsible y candorosa. Pero no hay que olvidar cuándo se hizo, señores, y que no resultó un petardazo sin motivos. Los que jugamos RGP, reconocimos inmediatamente la estructura, la base de los protagonistas y sus dinámicas. Los que no, observaréis que sus recursos han sido utilizados miles de veces en series posteriores. Honestamente, Record of Lodoss War se ha quedado antigua. Es como esos cuadros del Quattrocento, que notas cierta rigidez acartonada, los movimientos y posturas congelados y unas expresiones poco naturales. Sin embargo, no te cansas de mirarlos y disfrutar de su belleza, por mucho que obras de periodos siguientes sean técnicamente superiores. Allí están esos esfuerzos por el dominio de la perspectiva, la tridimensionalidad, el uso de la luz. Con Lodoss-tô Senki es igual, abrió nuevas puertas e inspiró a cientos de creadores. Un anime pioneroRespect.

La historia en sí es más o menos lineal, sin demasiados sobresaltos. La vereda que sigue es clara, pero no por ello aburrida. Tras una temática de índole política, que no es otra que la del dominio de Lodoss, existe otra esencial que es la eterna lucha entre Bien y Mal, Luz y Oscuridad. El maniqueísmo en la fantasía épica es bastante común y una de sus marcas de agua. Afortunadamente, se va superando para mayor enriquecimiento del género. Aprendemos del Lodoss del pasado (La Guerra de los Héroes) y sus protagonistas, qué ha sido de ellos y por qué son tan importantes. Descubrimos que el futuro del continente está en las manos de nuestros 6 protagonistas, tan diferentes entre sí, pero que no dudarán en sacrificarse por el bien común. Todos ellos poseen sus circunstancias y pesares; algunos están mejor desarrollados que otros; pero forman el habitual grupo de aventureros que entretienen bien.

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También hay dragones

Respecto al apartado musical, si no escribo esto, explotaré (y no quiero fenecer todavía): tanto el opening como el ending son espeluznantes. Están interpretados por la misma voz de oveja (una señora que se hacía llamar Sherry), desafinando como una bellaca.

Io sono prigionieeeeraaaaa 
kon’ya anataaaa waaaaa… 

HORROR. IGNOMINIA. MUERTE. Los pelos como escarpias, oigan, no ha sido un recuerdo distorsionado del pasado. Era un espanto, sigue siendo un espanto. El resto es la clásica composición orquestal, de aires imponentes y pomposos, con algún arreglo electrónico suelto (el toque horterilla de la época) que asisten perfectamente a la historia sin sobrecargar. La compositora es la inefable Yôko Kanno, así que DE RODILLAS, TODOS, YA.

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A pesar de que los diseños de los personajes de Yutaka Izubuchi en general no han envejecido bien, el arte de Record of Lodoss War es excelente. Muy particular de esa etapa, con rostros picudos y hombros que hacen de Hulk un conejillo campestre; pero que resulta sorprendentemente hermoso en sus fondos, en su arquitectura, en los detalles infinitos de naturaleza inanimada. Casi lloré al percatarme de cuánto puede echarse de menos el dibujo en la animación. El dibujo, sí, DI-BU-JO. Sus líneas y trazos, su textura, su volumen. Lodoss-tô Senki es como un manga en movimiento, irregular, con sensación de ser real. Eso rara vez se consigue ver en los anime más modernos, que en comparación son de una pulcritud y perfección tan uniformes que parecen hospitales. Quizá sea por la digitalización, que suele homogeneizar y dar un acabado aseado. Con esto no quiero decir que la animación antigua sea mejor que la actual, porque sería una afirmación bastante ridícula. Pero todo tiene sus pros y sus contras, y algunas cosas se echan de menos… Lo curioso es que no te das cuenta de que lo has echado en falta porque te has acostumbrado ya, y cuando te enfrentas a un anime de estas características, con un arte tan orgánico y bien recreado, la alegría y sorpresa son hasta placenteras. Y se goza más.

Por cierto, que cuando me refiero a que Record of Lodoss War parece a veces un manga en movimiento, no estoy exagerando. Algunos planos son directamente dibujos estáticos, el movimiento lo otorga el zoom, un desplazamiento focal lateral o ambos combinados. Aunque otorga características arcaizantes, me parece un recurso que estimula la emoción y dramatismo de algunas escenas, y compensa la falta de agilidad que se observa en las secuencias de acción, que es uno de los puntos débiles de esta serie.

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¡De ordeeeen del señor curaaaa, se hace sabeeeeer que Dios es uno y trinooooo!

Record of Lodoss War es una serie de OVAS imprescindible para el fan de la fantasía épica y los amantes de la historia del anime. No es una mera reliquia curiosa, pero sí exige cierta benevolencia por parte del espectador moderno, sobre todo si no se acostumbra a ver material antiguo. Su revisión no me ha supuesto para nada un desencanto, y eso que hacía unos cuantos años que no le hincaba el colmillo. Ha sido una experiencia bonita, llena de recuerdos. Hay hadas, dragones, elfos, kobolds, orcos, magia y aventuras. Hasta un leve aroma a romance. ¿Qué más se puede pedir?

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga vs anime

Manga vs. Anime: Hacia la Tierra

Ya no sé ni cómo mitigar la impaciencia por tener en mis manos 11-nin Iru!. El 19 de septiembre queda todavía tan lejos… Gracias, Tomodomo, por haber puesto al fin una fecha a mi espera. De momento encuentro consuelo en otros mangas del género y misma época, como el protagonista de la presente entrada. Este Manga vs. Anime está dedicado a una de las obras más importantes de su autora; y también es el ejemplo de cómo creadoras pudieron, a pesar del prejuicio y la entonces corriente mayoritaria en el sector, escribir y dibujar historias que lograron redefinir por completo la esencia y forma del shôjo.

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“Terra e…” de Keiko Takemiya

Estas creadoras fueron, entre otras, Môto Hagio, Ryôko Yamagishi, Yumiko Ôshima, Riyoko Ikeda o la que hoy nos atañe, Keiko Takemiya. Todas conformaron el que se denominó Hana no 24 nen gumi o Grupo Floreciente del 24, y enriquecieron el mundo del manga con perspectivas innovadoras, engendrando nuevos géneros como el shônen-ai. Hasta entonces habían sido principalmente autores masculinos los que desarrollaron la demografía shôjo, recurriendo casi siempre a la clásica historia romanticona de chica de vida azarosa que sufre mal de amores.

Pero no me olvido del trabajo de mangakas previas, como las esenciales Toshiko Ueda o Hideko Mizuno. El Grupo del 24 recogió el legado de estas pioneras que modelaron el género, para revolucionar el panorama a fondo. Junto al que se llamó Grupo post-24 y la labor de autoras como Shio Saitô, Kyôko Okazaki e incluso Rumiko Takahashi, es que podemos disfrutar del manga comercial tal como lo conocemos ahora. Su contribución fue fundamental, porque estas creadoras no se limitaron a transformar el shôjo y shônen introduciendo temáticas hasta entonces impensables, sino que se adentraron en los paisajes estelares de la ciencia ficción, hurgaron en conceptos filosóficos complejos, escribieron historias intrincadas de gran calado o innovaron en la disposición y estructura de las viñetas para intensificar la emotividad. Fue un tsunami tanto formal como intelectual.

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Esta SEÑORA es Keiko Takemiya

Keiko Takemiya vivió durante un par de años en la misma casa que Môto Hagio, en Ôizumi, Nerima (Tokio). Por ahí también empezaron a pasarse otros artistas, creando lo que más tarde se denominaría Ôizumigakuen: un lugar de encuentro, intercambio y aprendizaje. Allí ambas descubrieron publicaciones como Barazoku y leyeron obras como Le ville dont le prince est un enfant (1951) o Les amitiés particulières (1943), que les abrieron las puertas a un universo oculto, el de la homosexualidad masculina. No dudaron en inspirarse en el material que les ofrecía ese nuevo mundo para crear algo completamente transgresor: el shônen-aiyaoi. No es difícil encontrar los ecos de Les amitiés particulières en Thomas no Shinzô (1974) de Hagio y, sobre todo, en Kaze to Ki no Uta (1976-1984) de Takemiya. No soy especialmente fan de esos géneros, de hecho la sobredosis de idealización romántica que suele acompañar sus historias me aburre, pero en sus inicios el asunto era bastante diferente. Fue un reducto donde acudieron autores con poco miedo a la experimentación, y esa tendencia todavía persiste en cierta forma. Ahí tenemos a Asumiko Nakamura, por ejemplo. Pero regresando a la casa de Ôizumi, también ambas leyeron a Robert E. Heinlein o Alfred Elton van Vogt, por lo que era completamente lógico que apareciera una obra como la que vamos a tratar hoy: Terra e… o Hacia la Tierra.

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¿Dónde está el emblema de la Flota Estelar que falta en el uniforme? ¡A ver qué pasa aquí!

En 1976, año en el que empezó a publicarse Terra e… hasta su finalización en 1980, las space opera estaban plenamente aceptadas y a puntito de lograr su clímax a nivel popular. Lejos quedaban los años en los que se consideraban un subproducto marginal de la ciencia ficción, pasto de publicaciones pulp de escasa calidad. Es indiscutible la importancia de Isaac Asimov o Ray Bradbury en su desarrollo, pero fue a finales de los 60 y a lo largo de los 70, que este género despegó como un cohete, reconstruyéndose a sí mismo. Y a esa reconstrucción, que abrazó diferentes disciplinas, contribuyeron obras como las míticas series de televisión Star Trek (1966-1969), Battlestar Galactica (1978-1980) o la archiconocida saga cinematográfica de Star Wars (1977-). Keiko Takemiya también aportó su granito de pólvora a esa enorme explosión sideral, y lo hizo en el mundo del tebeo con Hacia la Tierra.

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Terra e… está constituido por 28 capítulos distribuidos originalmente en 5 tankôbon, que en la edición americana redujeron a 3. En 1978 triunfó en la recién creada categoría de mejor cómic en los galardones más importantes dedicados a la ciencia ficción de Japón: los premios Seiun. Môto Hagio ganaría 3 veces en ellos también a los pocos años. En 1980, Hacia la Tierra recibió el Shogakukan al mejor shônen… y otra obra de Takemiya, Kaze to Ki no Uta, al mejor shôjo. Un doblete que Môto Hagio había logrado también en 1976 con Poe no Ichizoku y 11-nin Iru!. Por supuesto, no fue un fenómeno aislado el de Hacia la Tierra. Como decíamos, el space opera estaba en plena ebullición, y en el mundo del manganime su impacto fue notable. Además de Hagio y Takemiya, es obligatorio mencionar al rey del género Leiji Matsumoto, cuyos clásicos han gozado de mucha fama en Occidente (Space Battleship Yamato, Capitán Harlock, etc).

El éxito de Terra e… era incuestionable, así que Toei produjo la película animada que se estrenó en 1980. Su director, Hideo Onchi, no me suena absolutamente de nada, pero otros miembros del equipo que sacaron adelante el proyecto me resultan más familiares, como Masami Suda y, muchísimo más, Yoshinori Kanada (1952-2009). Kanada poseyó una larga y experimentada carrera como animador primario; trabajó en otras películas similares, creaciones de Leiji Matsumoto, como Ginga Tetsudô 999 (1979) o Queen Millennia (1982); aunque sus colaboraciones más destacadas fueron en Nausicaä del Valle del Viento (1984), Mononoke hime (1997) y Metropolis (2001). Hacia la Tierra no pudo presumir de un staff espectacular, pero sí muy eficiente. Tuvo la responsabilidad de adaptar una obra compleja y profunda. ¿Lo logró? Sí y no. Como sucede muchas veces en la vida.

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Este es Jomy Marquis Shin y, entre tú y yo, al principio es un poquitín idiota.

Takemiya-sensei nos introduce en un futuro lejano donde el ser humano ya no vive en la Tierra, sino en Ataraxia. Nuestro mundo fue devastado por la acción del hombre y, este, para procurar su regeneración, decidió abandonarlo y dirigirse hacia las estrellas. Pero la nostalgia del hogar pervive, y la humanidad desea regresar a él, esta vez para no tener que irse. Aunque, ¿son todos dignos de volver? La sociedad que aparece en Terra e… está completamente tecnificada, tanto que las personas se engendran de manera artificial. La humanidad ha olvidado su propia humanidad. Controlada por la superinteligencia artificial SD, que examina, verifica y domina cada estadio de la vida humana, esta sociedad venera el orden, la obediencia y la preservación del statu quo; pero prohíbe totalmente las nociones de libre pensamiento, espontaneidad o evolución. Esta última palabra es clave, pues SD excluye y aísla una variación humana que ha ido surgiendo, una mutación dotada de capacidades parapsicológicas como la telepatía, telekinesis, videncia, etc. que también van acompañadas de algún tipo de discapacidad física. Son los llamados Mu, y en cuanto se detectan, apartados de la sociedad y sujetos a experimentación médica. Pero muchos han conseguido escapar, y conviven ocultos para rescatar a más de los suyos y, finalmente, dirigirse a un planeta que habitar sin ser perseguidos o molestados. Su objetivo, en realidad, es retornar a la añorada morada ancestral: la Tierra.

Los Mu están liderados por Blue Soldier, un gran telépata que lleva mucho tiempo esperando la llegada de un nuevo mutante más fuerte, más poderoso, que pueda liderarlos hasta su nuevo hogar, lejos de Ataraxia. Y, por fin, se presenta en la figura del adolescente Jomy  Marquis Shin. A pesar de reiterados exámenes y pruebas exhaustivos, Jomy todavía no ha manifestado su mutación y, aunque posee un carácter desenvuelto y rebelde, SD no lo considera un Mu. Pero Blue Soldier sí se ha percatado de su presencia y decide llevarlo hasta él. Para ello, decide aprovechar el “Examen de Madurez” (en realidad un lavado de cerebro) al que es sometida toda la población para acceder a la edad adulta. Tras él, si no son desechados, recibirán una intensa reeducación para ser merecedores de regresar a la Tierra.

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Este sería el resumen, sin entrar en grandes detalles, del primer libro del manga. En él Takemiya, con elegante sencillez, expone las circunstancias en las que vive la gran parte de la humanidad. Es un régimen autoritario, de semi-esclavitud e ignorancia, que SD podría considerar de equilibrio y tranquilidad. El argumento se extiende más, pero muchísimo más. Takemiya no narra un momento extraordinario en la vida de alguien, sino que cuenta la historia de la humanidad en el espacio. Se trata de una perspectiva amplia, que trasciende las existencias de los rostros protagonistas. Una obra ambiciosa, de corte épico y con miles de recovecos.

Los personajes más interesantes son, sin duda, Jomy y Keith, su antagonista. De hecho Keith Anyan es brillante, casi cegador. Su presentación en el segundo libro, como estudiante modelo y futuro miembro de la élite social pero, a la vez, consciente del enorme abismo que lo separa de otros compañeros a nivel intelectual y emocional, es premonitoria. Su frustración por saberse distinto, lo conduce  a sentir un profundo vacío existencial. Seki Ray Shiroe, un novato díscolo, será su catalizador, ya que se trata de su completo opuesto. Y, con esa base, el personaje crece, crece y crece. Pero hay más. Takemiya no se centra en un solo bando, ofrece una descripción pormenorizada tanto de los humanos como de los Mu, destacando sus virtudes y defectos. Más equidistante de lo esperado. Y la galería de personajes que va desfilando ante los ojos es abundante; pueden estar más o menos delineados, pueden ser más o menos cliché; pero todos aportan algo al acervo. Es una obra coral donde hasta las voces más insignificantes engrandecen esta polifonía cósmica.

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No hace falta exprimirse mucho la sesera para encontrar, como primera y evidente metáfora, una crítica a la sociedad tradicional japonesa, que premia la sumisión y la entrega total al deber como defensa de la sociedad (wa); y considera una amenaza a la paz y el orden el individualismo, lo diferente. Me viene a la mente el refrán japonés deru kui wa utareru o “el clavo que sobresale recibe un martillazo”. Que no se refiere solo a las envidias o críticas que puede suscitar la diferencia; sino a que la propia sociedad, el colectivo, hará lo necesario (un martillazo) por homogeneizarse y mantener la armonía. Afortunadamente, los tiempos en Japón están cambiando en este aspecto y no son ya los años 70.

Hacia la Tierra es una guerra entre dos formas de vida aparentemente incompatibles entre sí, ambas luchan por sobrevivir, ambas se creen legítimas. En realidad es uno de los combates más viejos del mundo, y que se siguen repitiendo casi siempre para mal. Ese ideal de felicidad filosófico epícureo de la ἀταραξία o ataraxia, esa búsqueda de la imperturbabilidad y calma que ha logrado SD, ¿a qué precio se ha conseguido?, ¿es lo que realmente desea la humanidad?, ¿no es sino una corrupción de ese concepto, donde la voluntad individual se elimina, lo que ha construido a gran escala SD? Estas preguntas y muchísimas más, son las que van brotando a lo largo del manga. Podría profundizar y alargarme en otras ideas también esenciales que Takemiya toca, pero sería destriparlo demasiado. Lo adecuado es leer (o ver en el caso de la película) y que cada uno reflexione sacando sus propias conclusiones.

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Para ser un poco equitativos, he ignorado la serie de televisión que fue emitida en 2007 (muy buena, por cierto, y que está injustamente relegada al olvido). ¿Por qué? Porque para esta sección prefiero que suban al cuadrilátero dos obras coetáneas, impregnadas del espíritu de la misma época. Lo considero más justo. Además la serie ya tiene una reseña excelente, realizada por Wanda en su blog Entre sábanas y almohadasy que os invito a que leáis sin falta.

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Se trata de un combate desigual. Por completo. Es debido a que la película adapta, no un arco argumental o dos, sino todo el manga. Tooooodo lo que supone este tebeo en hora y tres cuartos. Eso es compresión, señores, y no el WinRAR. Esta decisión no fue caprichosa, pues en esa época generalmente era el procedimiento habitual. Aun así imagino que tuvo que ser una tarea embarazosa… y difícil. Por ejemplo, la peculiar estructura del manga, que no sigue una linea temporal continua, en la película queda completamente dislocada, resultando un poco bastante adefesio.

Algo que deberíamos preguntarnos es si el manga o la película han envejecido bien. La respuesta es clara, pero con matices. El manga supera con creces la mayoría de los inconvenientes que un lector actual promedio pueda hallar. El arte es armonioso, muy influido por Tezuka, pero con la orientación clara de un shôjo clásico. Diáfano, a veces psicodélico, y con una alta carga emotiva que Takemiya no se corta en expresar mediante trazos más violentos o fuera de viñeta. En su momento debió de considerarse muy original, actualmente lo valoraríamos como recursos de mucho dinamismo sin más. El argumento en ocasiones peca de ingenuo, con algún que otro agujerillo, pero es inteligente y atractivo; sigue enganchando. Salvo los típicos detalles de asignación de roles de género, que ahora chirrían bastante, y alguna poca cosa más, Terra e… es indudablemente un clásico que debería ser reivindicado con más frecuencia. ¿Le sucede lo mismo al film? Veamos.

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Hacia la Tierra, si no se ha leído el manga, resulta una película decente; más del montón que memorable, pero que jamás se me ocurriría despreciar. Es entretenida, posee una animación buena y el arte, aunque discreto, sirve con eficiencia a la historia. El argumento, aunque se percibe amputado, deslumbra por sí solo. Es complicado hacer de una historia así estiércol. Muy complicado. Los problemas brotan, como setas en octubre en un pinar, cuando se ha leído antes el manga. No lo hagáis en ese orden, el film parece en comparación un episodio de dos horas de Wacky Races.

La película en realidad es una curiosidad. Una anécdota. Bien realizada para la época, resume lo más básico del manga y lo presenta con coherencia, hasta de manera más clara que el tebeo, que en ocasiones se torna denso y algo confuso. Incluye también pequeños detalles que humanizan a ciertos personajes, otorgándole al conjunto más calidez. Sin duda, se trata de un buen aperitivo para disfrutar antes del tebeo, aunque por sí mismo transmite una idea sesgada. Terra e… no es un shônen. Tampoco un shôjo. En realidad Terra e… es un algo indefinido que sigue sorprendiendo a pesar de los años que han pasado. Tiene características de ambas demografías, ramalazos que todo el mundo inmediatamente identifica: los personajes arquetípicos, la evolución de la historia. Pero hay detrás tal complejidad, que la película se queda en maqueta al confrontarla.

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La conclusión es meridiana: manga wins. La película es recomendable para aquellos que deseen acercarse a esta obra por fisgonear; y si gusta, el tebeo no defraudará en absoluto, es más, entusiasmará. No es la mejor adaptación del universo, no obstante cumple el cometido a pesar de sus carencias. Tampoco es una pérdida de tiempo. Pero una cosa clara: si la obra en general y su historia atraen mucho y no apetece leer demasiado ¡sacrilegio, malditos vagos!, acudir a la serie de TV del 2007 es la opción más sensata. Pero antes de caer es las garras de la pereza gandulesholgazaneshuevones, por favor, leed el tebeo de Hacia la Tierra. No existe comparación con nada. De verdad de la buena, amiguitos.

Acabo de advertir que esta sección se inauguró con la obra de una de las componentes más famosas del Grupo 24, Riyoko Ikeda. Sí, con La Rosa de Versalles. Creo que para todos aquellos que somos amantes del tebeo japonés, es importante (¡y muy interesante!) husmear de vez en cuando entre los clásicos, pasearse entre los cimientos que sustentan esta afición que tenemos. Es una manera de presentar nuestros respetos e, indudablemente, aprender y disfrutar. Supongo que más adelante caerán más oldies imprescindibles por aquí, aunque no deseo hacer de Manga vs. Anime una sección demasiado mmm… vintage. Jojojo, qué mal ha quedado eso.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, largometraje, literatura, paja mental

Érase una vez… el anime

Al dibujo animado se le tiende a considerar algo así como el hermano escuchimizado del cine. O como una especie de apéndice de él, que se tolera porque su existencia no puede ser evitada. Y, aunque han existido preludios desde hace mucho antes de que ni siquiera se llegara a concebir una imagen (no dibujo) real en movimiento, como las linternas mágicas o los taumatropos, la llegada del kinetoscopio y luego los hermanos Lumière, eclipsaron (aunque también ayudaron a su avance, ojo) desde el principio lo que llamaríamos luego cartoon, monito animado o caricatura. Y fue relegado, en su mayor parte, al campo de la experimentación, propaganda o el mundo infantil. No pasa nada, lo hemos asumido. Pero ahí ha estado, casi desde los inicios del propio cine. No pienso hacer una disertación sobre la historia de la animación porque ya hay bastante bibliografía al respecto, pero no viene mal recordar por encima, de vez en cuando, los orígenes de esta disciplina, todavía un poco ninguneada (aunque cada vez menos), y de la que tanto disfrutamos millones de personas.

Así que para la posteridad tenemos esos primigenios esfuerzos de los padres de la animación, J. Stuart Blackton o Émile Cohl en la primera década del s. XX; y ya, posteriormente, los trabajos, por ejemplo, de mi admirado Winsor McCay. Inciso: si tenéis la oportunidad de leer su Little Nemo in Slumberland (1905), no os arrepentiréis, una auténtica obra maestra del cómic, una maravilla.

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“Little Nemo” también tuvo su propio corto animado, medio documental además, en 1911

Con el tiempo, los creadores se fueron haciendo más ambiciosos, perfeccionando sus técnicas, y aparecieron las primeras obras que ganaron gran popularidad como Betty Boop o Popeye, de los indispensables hermanos Fleischer (inventores del rotoscopio), o Felix el Gato. Pero no solo se trató de pequeños cortos, sino de verdaderos largometrajes. Y no fueron de Disney, amigos, aunque luego fuese la empresa que se convirtiera en la institución de referencia del dibujo animado. Lamentablemente, la primera película de larga duración (70 minutos) de la que se tiene conocimiento, El Apóstol (1917), y la primera que se realizó con sonido, Peludópolis (1931), ambas argentinas y dirigidas por el genio de Quirino Cristiani, se dan como perdidas. Una tremenda lástima. El largometraje más antiguo animado que tenemos conservado, y añado además que en buen estado por la excelente labor de restauración que se llevó a cabo, es Las Aventuras del príncipe Achmed (1926). Una joya inspirada en un relato del clásico literario Las Mil y una Noches Hace gala de una técnica inventada por la propia directora, la alemana Lotte Reiniger, inspirada en el teatro de siluetas y marionetas javanesas y balinesas (wayang). Le costó tres años finalizarlo, tan laboriosa fue su confección. SOY FAN A MUERTE DE LOTTE REINIGER. Así, en mayúsculas y en negrita. Amo a esa mujer. Todo lo que he visto de ella me gusta. TODO. Y para muestra, un botón. Aquí os dejo el trailer de Achmed. (Un fotograma suyo es mi fondo de móvil, con eso lo digo).

Pero Sin Orden ni Concierto es un blog dedicado a lo japonés, ¿no? O eso os preguntaréis. Pues sí, más o menos así es. Puede parecer que el mundo de la animación fuese un invento netamente occidental y, aunque las primeras obras sí en gran medida lo fueron (estadounidenses, francesas, rusas, alemanas, argentinas, etc), en Oriente no fueron a la zaga. Personalmente considero (puedo estar equivocada) que la animación es algo tan intrínsecamente relacionado con el cine que, de forma espontánea, era natural que fuera surgiendo en diversas zonas del planeta. Además, en Japón hay que tener una variable muy en cuenta, y es que la relación entre manga y animación siempre ha sido muy estrecha, incluso en el pasado, por lo que no es de extrañar la aparición temprana de cartoons. El primer dibujo animado que tenemos atestiguado fue hallado en un proyector privado de Kioto no hace tanto, en el 2005, y está datado del año, aproximadamente, 1907. Casi nada, señores, de los primeros del mundo. Su nombre: Katsudô shashin. Se trata de una película en 35 mm de autoría desconocida; y compuesta por 50 imágenes, directamente dibujadas en el celuloide, de un niño saludando con un sombrero.

Pero la animación japonesa no era conocida como anime en aquellos tiempos. Sean Eiga o Dôga eran los términos más utilizados. Anime fue la denominación que llegó más tarde con Osamu Tezuka, que fue, junto a otros creadores, los que consolidaron sus características. Porque, aunque esté extendida la noción de que los dibujos animados surgieron en las islas con Manga no Kamisama y su mítico Astroboy, no fue así. También cabe señalar que no todos los dibujos animados procedentes de Japón deberían considerarse anime simplemente por ser japoneses. Esa es una generalización hecha desde fuera y que se refiere a la animación comercial que se suele exportar. Pero regresando al tema principal, que no sé ya cuál es de tantas vueltas que estoy dando (perdón, perdón), los dibujos animados han existido, en forma de cortometraje, desde bastante tiempo antes que Tezuka. Y gozando de buena salud. Ya no solo era una evolución lógica de toda su rica tradición pictórica popular, sino el esfuerzo de una nación, recién abierta al exterior tras siglos de confinamiento, por modernizarse, estar a la altura y superar a otros países.

No pienso saturaros con un listado de las diferentes obras y estudios que fueron apareciendo a lo largo de los años, porque me parece tedioso y es información bastante fácil de hallar por internet. Pero que esto sirva para disipar dudas, si es que existían, al respecto: se hacía animación en Cipango desde el temprano s. XX. Con épocas más flojas que otras, claro.

Este cortometraje en B/N y mudo, llamado Kobutori (1929), es solo un ejemplo de la inquietud existente que llevaba ya desde mediados de la década de 1910 floreciendo. Y no solo se adaptaban relatos del folclore (costumbre que perdura actualmente de la que estoy encantada), sino que, conforme los años transcurrían, se iban acomodando a las circunstancias históricas, apareciendo incluso propaganda política y bélica anti-americana. Es el caso del primer largometraje que se realizó en Japón: Momotarô: Umi no Shinpei (1945). Nada extraño teniendo en cuenta que en otros lugares del planeta se procedía de igual manera.

Ciertamente, la derrota en la Segunda Guerra Mundial supuso un batacazo no solo para la animación, sino a todos los niveles. Y fue entonces, con la ocupación americana, cuando algunos autores descubrieron la formidable maquinaria Disney. Y de aquellos polvos, estos lodos. La animación realista y detallada, repleta de imaginación del estadounidense, fue la inspiración inevitable de lo que luego sería el anime. Una inspiración que ayudó a que Tezuka y otros más, revitalizaran un panorama melancólico a causa de la guerra.

Y creo que no me voy a enrollar más. Como ya os he comentado, hay abundante bibliografía al respecto. Os remito en específico al libro de Jonathan Clements Anime: a History (2013), bastante prolijo y muy interesante, que trata el tema de la historia de la animación japonesa de forma excelente. Por mi parte, lo que voy a hacer a continuación es recomendaros cinco largometrajes pioneros (no series, no cortos) de los dibujos animados asiáticos, concretamente chinos y japoneses. No he visto todos los que existen (ojalá), porque encima no suele ser sencillo encontrarlos. De ahí que esta sea mi parcial y subjetiva selección. Todos tienen en común que van dirigidos a niños y sus fechas de creación van de 1941 a 1968. Hay que tenerlo muy en cuenta. También aviso que es muy fácil advertir elementos e ideas en estas películas que luego se han utilizado, y no pocas veces, en obras posteriores. Incluso contemporáneas. No dejan de ser creaciones de las que han mamado distintas generaciones de artistas, ya por eso solo se merecen un mínimo de atención y respeto. El orden de presentación es cronológico y no obedece a ningún tipo de preferencia.

Me habría gustado incluir algo de animación coreana antigua y algo de la vietnamita también, pero me ha resultado imposible echarles un vistazo. Si alguien sabe dónde lograr este tipo de material, que lo escriba en comentarios, gracias. Bueno, allá vamos.

5

El estreno de Blancanieves y los siete enanitos (1937) supuso toda una revolución en el mundo de la animación. Un antes y un después. Fue también un tremendo estímulo para que otros creadores se afanasen en lograr un resultado similar o superior, y eso les ocurrió en China a los hermanos Laiming y Guchan Wan. Junto a sus otros dos hermanos, Chaochen y Dihuan, fueron los padres fundadores de la animación china. Estos cuatro hermanos querían hacer de la animación una herramienta de pedagogía y difusión de información asequible y entretenida para todo el mundo, haciendo especial hincapié en la idiosincrasia de su país. Por eso, aparte de realizar los primeros trabajos animados de China en la década de los años 20, ya enzarzados en la Segunda Guerra Mundial (Segunda guerra sino-japonesa, 1937-1945), crearon multitud de cortos que llamaban a la resistencia frente a los invasores japoneses, el imperialismo occidental y el opio. No fueron tiempos fáciles. Ellos, que vivían en una Shanghái ocupada militarmente, conocieron de primera mano el rigor bélico. Pero eso no les impidió decidirse a crear el que luego sería, no solo el primer largometraje animado de China, sino de toda Asia: Tie Shan Gongzhu o La princesa del abanico de hierro. Su éxito incluso se dejó notar en Japón, siendo una de las inspiraciones más obvias del futuro anime.

El acicate que significó Blancanieves para la realización de Tie Shan Gongzhu es incuestionable. El influjo estético se halla en cada fotograma, hasta el uso del rotoscopio fue emulado; pero esto último quizá forzado también por las circunstancias, ya que abarataba el coste general. Eso es algo que hay que tener presente cuando se ve esta película, los durísimos aprietos económicos que sufrieron los hermanos Wan al estar en plena guerra. Para mí fueron unos auténticos héroes, ya que la producción de Tie Shan Gongzhu fue larga y con unos recursos muy exiguos. También debo añadir que la cinta no ha llegado hasta nosotros en las mejores condiciones, lo que puede hacer de su visionado una experiencia algo incómoda. Este largometraje tiene valor ya solo por sí mismo, porque es parte de la historia de la animación, pero no será lo mejor que veáis en vuestras vidas.

Tie Shan Gongzhu es la adaptación libre (pero muy libre) de una de las historias que conforman el clásico literario chino Viaje al Oeste (s. XVI), donde se narran las andanzas del Rey Mono Sun Wukong (sí, Son Gokû, chavalada), atravesando multitud de tierras del Asia Central hasta la India, para conseguir unos sutras sagrados del Buda. Es un viaje iniciático, un peregrinaje, que lo acercará a él y a sus acompañantes a la iluminación. Es una obra capital que, por supuesto, ha influido enormemente también en la cultura japonesa. Pero regresando a Tie Shan Gongzhu, su argumento gira en torno a la búsqueda de un abanico de hierro que puede acabar con el fuego en una aldea de campesinos. Pero la dueña de este abanico no se va a dejar convencer tan fácilmente. Nanay.

Si hay cosas positivas que comentar de este largometraje, que las hay sin ninguna duda, aparte de su elocuente trascendencia es que, a pesar de sus carencias, sorprende en multitud de instantes por su exquisito realismo y elaborados fondos. Algunas veces (no siempre) los movimientos son tan fluidos que no tienen nada que envidiar a ese prodigio que es Blancanieves. En momentos puntuales sí que se puede decir que los hermanos Wan consiguieron alcanzar esa excelencia que tenía Disney. Pero en conjunto, dadas las circunstancias además, era imposible. Aun así, ¡un extraordinario trabajo!

4

Este fue el debut de la recién fundada Tôei, por entonces Tôei Dôga, que deseaba convertirse en la Disney oriental. Sus ambiciones eran grandes y, actualmente, ya sabemos perfectamente la importancia de este gigante de la animación. Hakujaden es el primer largometraje en color japonés y resultó una fuerte apuesta, porque incluso lo estrenaron en Estados Unidos. Con un par. El éxito en Japón fue rotundo y estimuló todavía más a los estudios para continuar en su idea de ser una competencia digna para Disney. No hace falta que diga que sin Tôei el anime no habría sido igual. Allí trabajó gente tan enorme como Tezuka, Takahata o Miyazaki. ‘Nuff said.

Aparte de la relevancia histórica de Hakujaden, resulta una película que, aunque tiene una influencia aplastante sobre todo del primer Disney (Blancanieves, Fantasia y Bambi everywhere), es realmente hermosa, y me refiero a nivel visual. La animación todavía es imperfecta, pero el arte y sus fondos son espectaculares. Se nota que pusieron verdadero esmero en plasmar el ideal de belleza taoísta en los paisajes y colores. ¿Taoísta? Pues sí, porque Hakujaden tiene lugar en China. No sé si se trata de algún tipo de guiño conciliador hacia ese país, pero a pesar de que se trata de un largometraje japonés, la impronta china se deja notar por todos sitios. Es deliberada, porque hasta el argumento es una variación de una de las leyendas chinas más antiguas e importantes de su folclore: La leyenda de la serpiente blanca.

La historia arranca con unos bonitos cut-outs que, mediante una canción (sí, hay números musicales), nos cuentan cómo nuestro protagonista, un niño llamado Hsu Hsien, se ve obligado por la presión social a abandonar a una shirohebi con la que había entablado una tierna amistad. Los años pasan, pero ninguno de los dos se ha olvidado del otro. Una noche de tormenta mágica, la shirohebi (serpiente blanca) recibe forma humana. Se convierte en una doncella, de nombre Pai Niang, aunque no deja de ser un ente sobrenatural. Un yôkai en japonés, para entendernos. Y de eso va en el fondo todo, del amor prohibido entre un humano y una criatura fabulosa, y los obstáculos con los que se topan por defenderlo. El más importante de ellos, la figura del bonzo y exorcista Hokai, que en su fervor por librar al mundo de espíritus, se entromete en la vida de la pareja provocándoles serias dificultades. Todo con las mejores intenciones, pero su fanatismo resulta muy perjudicial.

Aparte de este trío, existen varios sidekicks que amenizan y brindan la chispa cómica a la película. Son un pequeño panda y un zorrito en el caso de Hsu Hsien; y para Pai Niang una doncella-pez con la que mantiene una relación senpai-kôhai. El cuento en sí es bastante interesante; no posee el típico barniz con la dualidad bien-mal que siempre se les encasqueta a los críos (hace cavilar); las desventuras de la pareja y los esfuerzos de sus compañeros por ayudarlos son atractivas; pero el desarrollo y el ritmo están descompensados. Gran parte del peso de la trama recae precisamente en estos sidekicks, porque el trío protagonista es bastante insulso, y las piezas no acaban de encajar del todo. Aun así, se visiona sin problemas y no aburre; a pesar del tono candoroso (a veces cursi) y la fragilidad argumental en algunos tramos.

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Con una animación muy particular y estilizada, alejándose paulatinamente de las características de Disney, esta película es un punto y aparte con muchísima más trascendencia de la que se le concede habitualmente. Su influencia es muy patente en Samurai Jack, por ejemplo, una de mis series animadas favoritas occidentales. Los diseños, los fondos, el movimiento… el arte y la técnica de El pequeño príncipe y el Dragón de ocho cabezas son admirables. Con muchos elementos de la pintura tradicional japonesa. Los personajes llegan a ser casi una abstracción de formas geométricas y colores, de una simplicidad elegante y eficaz. Ya no interesa tanto una sensación de realismo a la hora de plasmar el dibujo, sino su expresión. Pero Disney sigue ahí, no os penséis, aunque cada vez menos.

Desde la estupenda banda sonora, del grandísimo Akira Ifukube (uno de los padres de Godzilla), la dirección de Yûgo Serikawa (Saibogu 009Mazinger Z) hasta el trabajo entre bambalinas de Isao Takahata como asistente de dirección o de Seiichi Hayashi en la animación, todo nos está hablando de que es una obra que, junto al trabajo de Tezuka, supuso el comienzo de la madurez del anime. El asentamiento de su propia personalidad.

El argumento consta de distintas adaptaciones y variaciones sustanciales de leyendas shintô, recogidas en el Kojiki (711) y el Nihongi (720), donde el dios Susanowo se ve involucrado. Están muy, muy, pero que muy suavizadas (este dios en realidad es bastante salvaje), seguramente debido a que su público objetivo es el infantil. La historia es la búsqueda, por parte de esta deidad, de su madre la diosa primordial Izanami, que ha fallecido. Susanowo, en forma de niño, no se conforma con las palabras de consuelo de su padre el dios primordial Izanagi, y decide ir a su encuentro. Como no sabe dónde se halla en realidad, visita a su hermano, el dios de la luna Tsukiyomi; y a su hermana, la diosa del sol Amaterasu, para averiguar algo más preciso sobre su paradero. Y durante esa búsqueda, se enfrentará a monstruos, dioses y vivirá peripecias de lo más pintorescas. Porque son pintorescas. Y muy previsibles. Pero es lo que tienen los mitos y las leyendas, que todo el mundo, intuitivamente, conoce su evolución y posible desenlace. Máxime si forman parte del entorno cultural. No obstante, es un bonito viaje que entretiene y sorprende por lo bien que ha envejecido.

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Y regresamos de nuevo a los hermanos Wan, veinte años más tarde, para toparnos con un asombroso y abrumador ejercicio de arte visual. Flipante, todo un espectáculo de color y delicadeza. Solo los asiáticos son capaces de hacer cosas semejantes. Fue un zas! en todos los morros del planeta. Su grito era: ¡estamos aquí y somos mejores que vosotros cuando nos lo proponemos! Porque Da Nao Tiangong o Caos en el cielo, fue lo mejor que se hizo en animación en su tiempo, meándose en la cara de Disney o el anime japonés. Siento ser tan soez, pero me ha salido del alma. Fue una cumbre que los chinos, al menos hasta donde yo sé y lamentándolo profundamente por mi amado Naya, no han conseguido alcanzar otra vez de forma tan demoledora. Y espectacular.

Fue una suerte que se estrenara un par de años antes de la Revolución Cultural de Mao Zedong (1966-1976), porque si hubiera sido más tarde, habría resultado altamente improbable su producción. De hecho, al año siguiente ya fue censurada. La situación a la que llevó esta pretendida “revolución” a la productora de esta película, Shanghai Animation Film Studio (en su mejor momento creativo entonces), fue de una parálisis casi de facto ya que sus obras, obligatoriamente, estaban supeditadas a su ideología. No pudo ser más desastroso. Gran parte de sus animadores y creativos fueron enviados a campos de trabajo en el interior del país. Los estudios no volvieron a recuperarse del todo nunca. Por eso también es un largometraje al que homenajear, independientemente de que su calidad es indiscutible.

Da Nao Tiangong, continuando con la filosofía educativa centrada en la cultura china de los hermanos Wan, es una adaptación de los primeros relatos incluidos en el Viaje al oeste. Con Sun Wukong, por supuesto, de protagonista. Casi la podríamos considerar una especie de resarcimiento por Tie Shan Gonzhu, donde los Wan no pudieron explayarse todo lo que les habría apetecido. Con Da Nao Tiangong se quedaron bien a gusto, utilizando todos los recursos técnicos de su época sin contenerse. El ritmo de la película es el idóneo teniendo en cuenta que la música posee una presencia muy fuerte. Es un estilo muy tradicional, basado en la cadencia de la ópera china, que quizá para el espectador occidental no familiarizado se haga algo lento. Por lo demás, esta obra es, simplemente, épica. Su espíritu es clásico y, por ello, el argumento peca de candidez y cierta simpleza si lo observamos con los ojos del presente. Pero es que se trata de una obra infantil; y su objetivo, como siempre dejaron claro los hermanos Wan, era instruir. Entretener, pero instruir.

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Isao Takahata estrenándose como director y con Hayao Miyazaki ayudándole en el proyecto. Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken no es Ghibli. Pero se perciben infinidad de ideas que luego veríamos prosperar, y no solo en obras de su productora como Castle in the sky (1986); sino en productos previos como Heidi: Girl of the Alps (1974) o ajenos como The big bear of Tallac (1977). Su influencia posterior no ha sido poca. Una solo puede sonreír, en total complicidad, conforme va viendo esta película. Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken ya es otra cosa. Otra cosa si la comparamos con largometrajes anteriores. Continúa siendo un producto infantil, pero no tanto. La clave, sobre todo, es Hilda. Y que a Hols se le ve el pene durante dos segundos. Es broma. Bueno, es verdad, pero es broma.

Tenéis razón, empecemos por el principio. Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken nació bajo el ala de la ya omnipotente Tôei. En realidad todas las películas japonesas que he incluido en esta lista son producciones suyas. No ha sido premeditado, os lo aseguro. Es solo la muestra de que, al menos en cuestiones de anime comercial, eran todo un referente (sin intenciones de obviar a Tezuka, que conste en acta). Y esta película tiene el honor de ser el primer pinchazo de los estudios. Y la última película que dirigió Takahata para ellos. ¿Por qué la incluyo entonces en esta lista? Por las intenciones que tenía el equipo creativo y lo que supuso. Takahata & co. deseaban sacar adelante un proyecto casi inaudito en esa época: una película de animación accesible para todos los públicos, no solo niños. Y querían experimentar también incluyendo una historia de tipo heroico con un mensaje profundo detrás. No lo lograron del todo. No porque ellos no quisieran, sino porque las circunstancias sociales del país, en Tôei y su propia inexperiencia, fueron una fuente continua de constricciones y frustración. Por eso Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken se quedó a medio gas. Con mucho cliché y personaje trivial, aunque con un gran potencial como bien luego se pudo comprobar. El dibujo y la animación tienen esa tosquedad naïf que luego se vería tanto en la década de los 70, pero que ganó mucho en dinamismo respecto al pasado.

El argumento, inicialmente basado en una leyenda de los Ainu, cuenta la lucha de Hols, un niño del norte de Europa, por reunirse con su pueblo atacado implacablemente por el pérfido brujo Grunwald. Este nigromante quiere acabar con la humanidad (ahí es nada) y es el típico villano unidimensional más malo que la quina. En la historia tenemos también el objeto mágico que puede otorgar la victoria a nuestro pequeño héroe (la espada del sol), los habituales animalitos sidekicks y ese enigmático personaje femenino que es Hilda. Ella es, como bien dicen en el anime, “una niña triste y solitaria que ya no sabe llorar”. Pero se considera a sí misma un monstruo. Dividida entre la lealtad hacia su hermano (Grunwald) y lo que le dice su corazón, es el personaje más profundo de la película. Realmente está desarrollado como si fuera protagonista, aunque en teoría ese papel lo desempeñe Hols. Es lo mejor de Taiyô no Ôji: Horus no Daibôken, con sinceridad, ya solo por ella se disfruta la historia. Pero, a pesar de todos sus defectos, es un clásico que los amantes de la animación sabrán apreciar.

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Hilda con Mauni, la protoHeidi

Después de todo este rollo patatero, aclaro por si no es evidente, que parte de este artículo es una mera labor divulgativa. No soy investigadora ni nada parecido, solo una fan que lleva un blog. Para realizarlo, a parte de acudir a Jonathan Clements, he recurrido para documentarme correctamente y no escribir alguna atrocidad, a gente como Antonio Horno López o David Almazán Tomás, que sí se dedican seriamente a estos menesteres. No os llevéis una impresión equivocada, no soy un enciclopedia con patas. Todavía.

Y eso ha sido todo por hoy. Es la entrada más larga, con diferencia, que he escrito. No sé si habrás llegado hasta aquí habiéndola leído por completo (y sin echar un par de cabezadas). Los que lo hayáis logrado incólumes, tenéis mi gratitud y admiración. En serio.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga

TAG: Mangas que me han marcado

En los comentarios de esta entrada, la siempre dinámica Magrat me pedía que hiciera una lista con mis mangas preferidos. La verdad es que, como le sucederá a todo el mundo, me gustan muchos (demasiados) y, como soy persona algo indecisa, no sabría ni por dónde empezar ni qué criterio seguir. Así que, en primer lugar, he decidido elegir mangas que, de una manera u otra, me han marcado personalmente. Esto quiere decir que sí, hay mangas que me gustan más que los escogidos; también los hay mejores. Pero estos son de los que me han impactado más, para bien o para mal. También quiero aclarar que no he seleccionado mangas que me parezcan mierder (esos también pueden marcar de lo lindo). Eso daría para otra lista, el top de mangas mierder que, hace ya un largo tiempo, tengo en mente. Todo llegará, todo llegará.

En segundo lugar, me ha parecido apropiado aprovechar esta sugerencia para hacer un pequeño tag y así permitir la difusión de información entre blogs. Nos conocemos unos a otros mejor y, además, tenemos la posibilidad de descubrir nuevas obras. El tag es simple: escoge 9 mangas finalizados que te hayan marcado. Cuéntanos algo sobre ellos y la razón por la que te impresionaron. Nomina a 3 personas luego para que lo realicen. Fin.

Mis nominados son: Die Gigafantasma Sterne Flugzeuge Erfahrung, El Libro de Ange y Horizonte Púrpura.

No es obligatorio hacerlo, por supuesto, ni tampoco hay un tiempo límite para confeccionarlo. Pero sería muy interesante leer las selecciones de cada uno de los blogueros y así, quizás, a los colegas que todavía no se han lanzado a la lectura porque prefieren el anime, les pique el gusanillo. Quizá, quién sabe. Por supuesto, os remito a las dos entradas de Magrat, esta y esta, donde recomienda su lista de mangas. Es una selección muy buena donde se encuentran algunos de mis tebeos preferidos también.

Bueno, empecemos.

9

niñogusano

No será la mejor historieta de Hideshi Hino ni me gustará tanto como Panorama of Hell, pero le tengo mucho cariño a este pequeño manga. Dokumushi Kozô o El niño gusano, me retrotrae a una época de mi vida muy especial y su historia, a pesar de que estamos hablando básicamente de un cuento de horror, conquistó mi tierno kokoro desde la primera página. Seguramente fuese porque, como fan de Kafka que soy, la historia me remitía inevitablemente a su célebre Metamorfosis y con eso me tenía medio engatusada. Y también que las historias sobre misfits o marginados suelen gustarme mucho. Y de eso va el tebeo, de un niño inadaptado y despreciado incluso por su propia familia, que halla su solaz únicamente entre animales, bichos y montañas de basura. Pero todo cambia cuando, a causa de una picadura, sufre una transformación… Y hasta ahí puedo contar. No es un relato para todos los públicos, ya que Hino no es de esos que se reprimen a la hora de dibujar asquerosidades varias de forma explícita, aunque lo haga a través de un dibujo de estilo infantil. Es uno de los reyes del gore japonés. Pero es que, además, con Hino hay que andar con cuidado, porque sus tebeos no son un mero revoltijo de vísceras y bizarradas, tienen un potente mensaje detrás. La crítica social e histórica, a través de un humor negrísimo, también posee espacio en su obra. El niño gusano no es diferente en ese aspecto.

8

takahama

La rápida corriente

que se precipitó desde la cima del Tsukuba

es ahora el tranquilo y ancho Mina,

y así creció mi amor, hasta llegar a ser

un estanque de profunda melancolía

Waka nº 13, Ogura Hyakunin Isshu (c.1235), Emperador retirado Yôzei (869-949)

Los fragmentos de las vidas que conforman este manga son como un puzzle que no necesita, ni desea, ser completado, porque sus piezas tienen vida propia. No es precisa una conclusión. Pero es el amor, en sus diferentes encarnaciones, el factor común que las une en cierta forma. Monokuro kinderbook no será la obra mejor acabada de Kan Takahama ni la más popular, aunque sí la que me hizo reflexionar sobre lo que me gustaría poder encontrar en todos los slice of life. Un algo indefinible que mezcla crudeza con ternura, que plasma la gigantesca complejidad de las emociones humanas con sencillez. Y eso es este manga para mí.

7

pure_trance

La perversión de lo kawaii. Lindas señoritas, lindos gatitos y lindos corazoncitos. También motosierras, robots asesinos, ratas antropófagas, rollo sadomaso y mucha violencia. La primera vez que me enfrenté a Pure Trance me quedé en plan: “A ver, ¿qué cojones acabo de leer?”. Y volví a hacerlo, claro. Junko Mizuno no se anda con tonterías: ubicado en un Tokio subterráneo, después de una Tercera Guerra Mundial que asoló la superficie de la tierra, se nos presenta una historia que poblaría, sin lugar a dudas, las pesadillas más brutales de Hello Kitty. El entorno es un hospital dirigido por una psicópata drogadicta, aficionada además a turbios experimentos genéticos, que controla literalmente con látigos y otras armas letales a su personal de enfermeras. A los pacientes ni los considera. A veces me daba la sensación de estar viendo una especie de Powerpuff Girls estilizadas pero, obviamente, con un tono radicalmente distinto y gótico. Muy enfermo. No sé si lo he aclarado, pero Pure Trance es ciencia ficción distópica de lo más feroz, mezclada con terror y gore. Eso sí, muy kawaii. Y salen tetas y culos también. Evidentemente, es un vituperio hacia la sociedad japonesa, utilizando sus propias armas y corrompiéndolas hasta la médula. Ese contraste exagerado entre lo considerado bello, tierno y lo más deleznable e inmoral que uno pueda imaginar, es la burla perfecta; una denuncia social también de lo más insólita. Pero, aún hay más, ¡la historia que cuenta encima Pure Trance es buena!

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adolf

Fue el primer tebeo serio de Osamu Tezuka que leí y, lógicamente, me dejó K.O. Luego vinieron, poco a poco, otros; y fui aprendiendo los diferentes registros de Manga no Kamisama. La verdad es que no sé ni por dónde empezar con Adolf ni Tsugu, es tan grande en todos los aspectos y toca tantos y tan diferentes temas… uf. Tezuka en Adolf fue, indudablemente, el rey del gekiga; este hombre era un fuera de serie. Y admiro sinceramente su valentía al tratar, con total severidad, la Segunda Guerra Mundial; el alineamiento de Japón con la Alemania nazi, la ingrata posguerra. Resulta muy interesante observar todo desde la óptica, precisamente, japonesa, ya estando ahítos de la aliada. Y así Tezuka nos lanza a un periodo histórico fascinante y convulso a través de los ojos de tres hombres llamados Adolf: Hitler, Kaufmann y Kamil. Kaufmann es de padre alemán y madre japonesa, Kamil de padres alemanes judíos. Ambos se hacen amigos durante la niñez en Kobe, pero sus circunstancias vitales y elecciones personales harán que se separen y lleguen a convertirse en enemigos. Pero hay muchos más personajes y subtramas, la principal girando en torno a la idea del origen judío de Adolf Hitler, con el periodista Sôhei Tôge al acecho. Intrigas, conspiración, asesinatos, crítica social, el horror de la guerra, la influencia creciente del comunismo en Europa… eso y mucho más hay en Adolf no Tsugu. Una historia que se dilata a lo largo de los años, inexorable, y que muestra de forma descarnada la naturaleza humana.

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giants

I kill giants o Soy una matagigantes de Joe Kelly y Ken Niimura es uno de esos mangas que siempre tengo a mano. Esté donde esté, vaya donde vaya, casi siempre me acompaña si encuentro hueco suficiente en la maleta. No exagero. Me encanta releerlo, y me ayuda a tener presentes algunas reflexiones. Recordarlas suele evitarme bajones gordos. Esto se debe a la temática de fondo que toca el tebeo, que no voy a contar, pero con la que me sentí muy identificada. Imagino que conforme pase el tiempo, iré necesitando menos su lectura… aunque el dolor nunca desaparecerá. I kill giants, independientemente de mis traumas personales, es un manga estupendo del que hice ya una reseña aquí. La protagonista, Barbara Thorson, es uno de mis personajes favoritos del mundo del cómic. Y la historia de esta chica, una guerrera que combate los gigantes que destruyen la felicidad y vida del mundo, es, sencillamente, soberbia. La mezcla de realidad y fantasía, el arte fascinante de Niimura y ese desenlace filosófico, hacen de I kill giants uno de esos tebeos que no se olvidan. Sin sentimentalismos, duro pero tierno. Un amor de manga.

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mai

Lo que me ha entretenido, y lo que me he reído, con Mai, es algo que siempre agradeceré a la pareja de Rudo Kazuya y Ryoichi Ikegami. Es un shônen típico cuyos 53 capítulos se pasan volando: acción, aventuras, fenómenos paranormales, drama, conspiraciones, artes marciales, algo de comedia, intriga y fanservice candoroso. Eran los 80, señores, mucho más alegres e infinitamente menos conservadores que los tiempos actuales. Y es un manga muy anclado en esa época, aunque totalmente comestible. Cuando vi aparecer a Yoda (sí, el de Star Wars), me brotaron lágrimas de los ojos. DIOS MÍO. Mai tiene el espíritu de los tebeos de superhéroes americanos, con un ritmo trepidante y unos arcos argumentales vigorosos. No se corta en asimilar, para regurgitar posteriormente, todo tipo de influencias de la cultura popular. Y le sale bien la jugada, pero que muy bien. Ese dibujo tan maravilloso de Ikegami además es impagable. Leer una obra así de divertida, bien construida y con esa candidez de los clichés de toda la vida, sin tener que preocuparse de nada salvo de dejarse absorber por las peripecias de la protagonista, no tiene precio. Algunas cosas son muy pasadas de vueltas, lo admito, pero la épica generalmente peca de ese defecto. Se lo perdono sin rencores por la espectacularidad.

¡Ah, que se me olvida comentar de qué va! Pues el personaje principal es una adolescente de 14 años, Mai, dotada de una serie de poderes psíquicos heredados de su difunta madre. Ha llevado una vida normal, intentando ocultar sus capacidades, hasta que una organización secreta internacional, que controla a la población con habilidades especiales, decide ir más allá de la mera vigilancia y secuestrarla. ¿Por qué? ¿Quién está detrás de esa organización? Pues eso, junto a otros emocionantes elementos más que van surgiendo, es lo que hay que descubrir leyendo.

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A Isis le entusiasma dormir encima de mis libros ❤

Los cuentos de niños diferentes, como ya he señalado en el nº 9 de este listado, me suelen atraer bastante. GoGo Monster de mi amado Taiyô Matsumoto si no es mi favorito de su obra, poco le falta. No fue tampoco lo primero que leí de él, pero sí el que más recuerdos vívidos ha dejado en mi cabeza. Que de eso va este tag.

Los que no hayáis leído todavía nada de él (ver un anime no cuenta), desde mi punto de vista GoGo Monster es material perfecto para introducirse en su estilo, porque no es para nada el acostumbrado. Posee una fuerte impronta occidental, resulta muy particular y, aun así, es un autor muy, pero que muy, japonés. Uno de los creadores más originales que hay pululando en la actualidad sin duda, siempre sorprende; y con una personalidad pronunciadísima, tanto en el arte como en sus historias.

-Conozco a varios niños que perciben ese mundo que no vemos con los ojos.

-¿Son alucinaciones? En resumen, me está diciendo que la intensa imaginación de Tachibana ha enturbiado su conciencia, ¿no?

-No creo que sea eso.

Yuki Tachibana es el protagonista de este manga, un niño raro y poco sociable que está sugestionado con la existencia de unas criaturas invisibles que viven en el cuarto piso, de acceso restringido, de su colegio. Y estas criaturas están siendo amenazadas por la llegada de otras diferentes de talante muy poco amistoso. Pero Tachibana no es el único que percibe este otro mundo, el anciano conserje y jardinero de la escuela junto a dos niños más, son capaces de advertirlo también. Y con esta historia, Matsumoto juega con la noción de realidad, haciéndola elástica y permeable, casi indistinguible de la imaginación y los sueños. Realismo mágico, surrealismo y la veloz etapa de la infancia galopando hasta perderse de vista: marca de la casa.

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Sí, más Isis, esta vez arropada con Midori.  Lo sé, hago muchas idioteces.

Dicen que las impresiones iniciales son las más duraderas y en mi caso con Suehiro Maruo fue así.  Lo primero que cayó en mis manos de este maestro del ero-guro resultó ser este Shôjo Tsubaki, también conocido como simplemente Midori. Lo compré hace milenios casi a ciegas y, a partir de entonces, ya no pude librarme del veneno Maruo. Se convirtió en uno de mis mangakas favoritos. Shôjo Tsubaki me impactó tanto por su belleza como por su depravación. Una perversión absoluta de todo lo que es inocente y noble en el mundo; y no hablo solo de sangre y casquería. Este autor va más allá. Midori es uno de sus tebeos más conocidos y también representativos, con ese delicado arte resplandeciendo entre exquisitas crueldades. Hice una mini-reseña de este manga, junto a otros diferentes, en esta entrada (una de las primeras que escribí) para celebrar el Halloween del 2014, por lo que no me alargaré más.

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Akira es uno de esos tebeos que todo el mundo conoce, aunque sea solo por referencias, y que ha servido de trampolín para los lectores de cómic occidental hacia el universo del manga también. Os aseguro que su fama es bien merecida, Akira es el alfa y el omega del manga moderno. A partir de él las cosas ya no fueron igual en el mundo del cómic japonés. Fue completamente revolucionario y, aún actualmente, continúa siendo una obra asombrosa e imprescindible. Un clásico de la historieta. Y no, no basta solo con ver el anime, Akira hay que leerlo. No tengo mucho más que añadir, se ha escrito y hablado de él por activa y por pasiva. Todo lo que pueda decir será ya redundante. A mí me cambió por completo, es el manga que más me ha impactado hasta ahora, y he leído unos cuantos.

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Siendo como soy una enferma del terror, pensaba que me saldría un listado más lúgubre, pero creo que es hasta equilibrado. Bueno, más o menos. La mayoría son clasicazos, pero esta no deja de ser una selección muy personal. No son estrictamente recomendaciones. Lo que sí son recomendaciones son los mangas de esta otra lista, que realicé estas navidades pasadas con el mundo del crimen de telón de fondo. Si os interesa el tema, creo que podríais encontrar algún tebeo más que curioso.

Y eso ha sido todo por hoy. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, MUAHAHAHA

El misterio del undécimo pasajero

Imagino que ya lo sabréis, pero el trasvase de blogspot a wordpress de El Destino de la Flor de Cerezo y El Blog de una Pauutopía es ya un hecho. Tras la injusta desaparición y posterior renacimiento de la bitácora de Magrat y un par de sustos en El Destino, decidieron curarse en salud y proteger su trabajo en una plataforma más fiable que la de Google. Yo estuve planteándome (e intentando) realizar el camino inverso porque de wordpress hay cosas que no me gustan nada, pero gracias a Luzbel y a dificultades técnicas de lo más absurdas, no lo conseguí. Desde luego, es mejor soportar los cambios arbitrarios de interfaz de wordpress (entre otras cosas) que que te borren de un plumazo, a causa de una discutible política de contenidos, todo el esfuerzo invertido. Que no es poco. Siempre es preferible el mal menor. Por lo que, ¡bienvenidas al maravilloso mundo de wordpress, chicas!

lunaEstoy muy emocionada con la publicación por parte de Tomodomo del manga 11-nin Iru! (1975), en español ¿Quién es el 11º pasajero?, de la grandísima Moto Hagio. Una space opera llena de enigmas y una pizquita de romance. Un shôjo atípico, un clásico imprescindible de la Sci-Fi que todo enfermo por los tebeos debería leer. Prefiero no detenerme demasiado en todo lo que ha supuesto esta señora en el mundo del manga, porque en cuanto tenga en mi poder el volumen y lo lea, haré una reseña completa.

Fue una enorme alegría conocer esta licencia, casi no me lo podía creer porque, si no recuerdo mal, es un manga que no salió de Japón hasta mediados de los años 90, publicado en una recopilación de Viz Media con otros 3 shôjos más. Y fin.

2016, España, Tomodomo: AÑO CERO.

Qué exagerada soy (JOJOJO), el pasado 2014 la editorial Japonica Polinica Fantastica también publicó este manga. Y aquí estamos… esperando… yo comiéndome las uñas de la impaciencia, porque indicaron que saldría en invierno y estamos ya en marzo. ¡Lo quiero de auto-regalo para mi cumpleaños! ¡¡LLOROOOOO!!

Bueno, va, ya se me ha pasado. El consuelo que me he buscado mientras cuento las horas sumida en una insondable y tenebrosa melancolía, es la película animada que, once años más tarde de la publicación del tebeo, vio la luz. Y esta es su reseña.

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¡ahí estamos, coñiiiio ya!

Jûichinin Iru! o They were eleven se realizó en el año 1986 y posee todas las virtudes y defectos de un anime de esa época, encima dedicado a la ciencia-ficción. No estoy justificando las posibles carencias de esta película, sino advertir lo de siempre: no es justo (ni recomendable) juzgar las obras del pasado con la visión del presente. ¿Quiere decir esto que Jûichinin Iru! se ha quedado desfasada? Pues un poco sí, es ingenua en el tratamiento de algunos temas y la pretendida tecnología futurista puede hacernos sonreír. Pero todo eso en realidad no es importante, resulta además totalmente comprensible y, al menos para mí, otorga un aire vintage encantador que lo revaloriza en cierta forma. Esos son los dos únicos grandes “peros” con los que un espectador moderno puede encontrarse; por lo demás, este They were eleven es una auténtica sorpresa. Pero de las buenas.

Uno de los puntos fuertes de este anime es, sin duda, su elaborado argumento, con un desarrollo in crescendo, vueltas de tuerca interesantes y un juego de espejos inteligente que sabe mantener el suspense hasta el final. Deduzco que se lo debe a la historia de Hagio Moto, por lo que si esta película resulta que solo es un reflejo de su manga, se me hace la boca agua pensando en lo que puedo esperar del original. El ritmo en general es muy bueno, aunque en algún momento concreto parezca que haya baches, son solo eso, baches; no interfieren de manera negativa en el conjunto, que es bastante armonioso.

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Pero vayamos al grano: ¿de qué va Jûichinin Iru!? ¿Un shôjo de ciencia ficción? ¿Qué diantres es esto? Pues esto es Moto Hagio, señores, que rompió esquemas e hizo lo que le salió del higo. Y menos mal.

Jûichinin Iru! está ubicado en un futuro lejano, donde distintos sistemas planetarios, tras lógicas luchas y enfrentamientos, acaban aliándose creando una nueva de era de cooperación intergaláctica. La máxima representación de esta coalición es la Academia Galáctica, que reúne todo el conocimiento existente. Ahí acuden aspirantes de todos los rincones de la Federación cada tres años para lograr su ingreso. Solo el 0.1 % de los candidatos lo consigue; tanto las pruebas teóricas como prácticas son muy exigentes, de ahí que sus estudiantes sean una verdadera élite tras graduarse. Uno de los aspirantes es el huérfano Tadatos Lane, que ha superado mediante su esfuerzo e inteligencia los exámenes teóricos. En la última fase es enviado, junto a otros nueve candidatos, a una nave estelar llamada Esperanza para así superar, mediante trabajo en equipo, el examen práctico. Deben permanecer durante 53 días dentro de la astronave sin recibir comunicación ni ayuda alguna del exterior. Solo pueden recurrir a su propio ingenio y espíritu de colaboración. Por supuesto, si cualquier desgracia sucediese o alguien quisiera abandonar, tienen a su disposición un enorme botón rojo que pulsar e inmediatamente serían evacuados. Pero esta elección tiene que ser conjunta; si uno solo se rinde, los nueve restantes también quedarán descalificados.

Hasta ese momento parece un ejercicio duro aunque más o menos asumible, pero existe una variable que lo perturba todo: no están 10 en Esperanza, sino 11. Hay un candidato que no debería estar ahí, un impostor. Pero, ¿quién? Todos lo niegan. Y no solo eso. La astronave guarda secretos, secretos peligrosos que ponen en grave peligro la vida de los nuevos tripulantes. Estos, de manera intuitiva, seleccionan como líder a Mayan Baceska, rey de su planeta, y de carácter autoritario y agresivo. Este siente una antipatía irresistible hacia nuestro protagonista, Tadatos Lane. Junto a Mayan se alinea un noble hipócrita de su mismo planeta, Doricas Soldam IV, por lo que el poder de la nave recae, como quien no quiere la cosa, en la aristocracia. Y nadie se solivianta, curioso. El resto del equipo lo conforman Frolbericheri Frol, de gran belleza y carácter impetuoso; Amazon Carnias, músico con dotes de ingeniero; Vidminer Knume, una especie de Detective Marciano; el bondadoso y honesto Ganigus GagtosDolph Tasta, un tipo miedoso de nariz roja; el siempre sensato y prudente Glenn Groff; el diminuto Toto NiChaco Kacka, un pelirrojo de talante práctico. Con todos estos ingredientes, os podéis hacer una idea de que Jûichinin Iru! es bastante suculento y depara no pocos sobresaltos.

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Los personajes están bastante bien diferenciados y cada uno de ellos representa un arquetipo reconocible. No son de una gran complejidad psicológica y algunos apenas son desarrollados, pero encajan perfectamente en una historia que les va a exigir lo mejor de sí mismos y pondrá a prueba su valía. Reconozco que un par de ellos me resultan un poco más estridentes de lo necesario y con actitudes que pueden ser desde chocantes a ridículas. Su interacción a veces también me parecía algo mecánica y a trompicones; no obstante, imagino que el manga profundizará más en sus personalidades y, aunque al menos en el anime pequen de cierto pintoresquismo kitsch, muy propio de la época por otro lado, resultan muy entrañables sobre todo para los habituales de la ciencia ficción.

Se nota perfectamente que Hagio Moto es fan de Arthur C. Clarke o Star Trek, porque encontramos mucho de ellos en esta película. Pero sorprende, ante todo, la atmósfera opresiva y de leve paranoia que se percibe, muy bien trabajada. La desconfianza en los miembros de la tripulación, sus sobre-reacciones dirigidas por el miedo y la sospecha, etc. No es Alien (1979) ni The Thing (1982), que conste, y tiene mucho de esa inocencia campy de la ciencia ficción de los 60; pero consigue transmitir con eficacia una sensación de urgencia y alerta que no nos permite tomarnos a la ligera lo que ocurre entre las paredes de la nave Esperanza. Aunque Jûichinin Iru! también tiene sus momentos cómicos, ¿eh? Algunos realmente idiotas. Por ejemplo, la batalla campal que tiene lugar en el comedor es apoteósica, con música ochentera a todo trapo para darle más alegría y brío al asunto. Memorable.

hagio2La animación y los diseños en general de Jûichinin Iru! son geniales. Con un detalle y elegancia impresionantes. La muestra perfecta de que en el pasado se hacían películas de una calidad extraordinaria y, esta en concreto, no tiene nada que envidiar a producciones más celebradas o posteriores. Los planos, el movimiento de cámara y la cadencia son sensacionales, muy cinematográficos (apestan a Kubrick). Personalmente, echo de menos este tipo de animación, es mucho más cálida, orgánica; quizá no tan perfeccionada como la contemporánea, que puede acceder a recursos más sofisticados y pulir su resultado final hasta alcanzar extremos brillantemente plasticosos. Pero, ni muchísimo menos, Jûichinin Iru! es peor. Seguramente esta impresión tan particular mía se deba a que soy, en el fondo de mi corazón, una analog girl; y el mundo digital, aunque lo aprecie, disfrute y abuse de él a tope, se me hace poco acogedor.

¿Recomiendo Jûichinin Iru! ? Desde luego, y no solo para los amantes del género. No comprendo cómo ha pasado tan desapercibido, cuando es un anime muy digno. Está arropado por una excelente historia y unos apartados técnicos y artísticos más que notables. No se puede pedir más y creo que es el aperitivo perfecto para un manga que promete muchísimo.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

cine, largometraje, literatura, Tránsitos

Tránsito V: Cuentos de lluvia y de luna

Creo que todavía no he hecho una entrada dedicada al séptimo arte japonés. Tampoco es que este blog esté enfocado en él, más bien al mundo del manganime; pero como en general escribo sobre todo lo relacionado con Japón que me gusta, aprovecho estos Tránsitos para presentaros una película que encaja perfectamente en ellos. Tranquilos, solo quedan unos días y ya dejaré de lado lo macabro por un rato. Por un rato.

Podría haber elegido cualquier film actual entre ese boom que ha supuesto en Occidente el J-Horror. Hay películas que me gustan del género, que conste, y muchas. Pero hoy no. Hoy toca un clásico del cine nipón. Hoy me centraré en Ugetsu Monogatari (1953) del grandísimo Kenji Mizoguchi (1898-1956).

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Póster de la película por Sentarô Iwata (1953)

Para empezar, Ugetsu es una palabra que designa una luna brumosa de fulgor pálido, rodeada de nubes cargadas de lluvia. Ese momento en el cielo está relacionado con la aparición de seres enigmáticos y fabulosos en la tradición asiática. Monogatari lo podríamos traducir como historia, leyenda, cuento.

Ugetsu Monogatari tiene raíces literarias, como muchas películas. Se trata de un libro de relatos, nueve en total, del escritor Ueda Akinari (1734-1809) y publicado en 1776. Creo que no voy a insistir mucho en la relevancia de este autor en la literatura japonesa, pero se trata de una de sus figuras clásicas más importantes. Este caballero, por sus circunstancias vitales, tuvo un profundo apego a todo lo místico y sobrenatural plasmándolo, lógicamente, en su obra. Se podría decir que Ueda Akinari fue un pionero de la weird fiction en Japón y su libro más célebre, este Ugetsu Monogatari o Cuentos de lluvia y de luna (Trotta, 2002) como se ha traducido al español, no deja de ser una recopilación de cuentos góticos o kaidan. Y de los más importantes en las islas. La influencia china no podía faltar, en realidad son adaptaciones de relatos de la Dinastía Ming (1368–1644) pero acomodadas enteramente a Japón y, sin duda, empapadas de su espíritu poético y emocional, alejado del racionalismo del Continente. Ya imaginaréis que, a pesar de que fue un escritor dirigido a un sector creciente y educado de la población (la Edad Media ya quedaba atrás), conformado por comerciantes y pequeños burgueses (chônin), su influencia y trascendencia no ha sido, por eso mismo, pequeña.

Para el que esté interesado, existe un tebeo de la mangaka Tokiko Hiwa del mismo nombre, pero no adapta todos los relatos. La verdad, desconozco si la intención era solo hacer tres cuentos (vaya ful) o cancelaron la publicación, pero no es del todo mala lectura y el dibujo es más que decente. Aunque lo idóneo habría sido completarlo.

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Pero la película de Mizoguchi tampoco podemos decir que sea una adaptación fiel del yomihon de Akinari. Es similar a lo que le sucede a Kwaidan (1964) respecto a Lafcadio Hearn, pero bastante más severo. El film se inspira en los temas presentados en la obra literaria y, además, no cuenta nueve historias sino que surge una completamente nueva basada en dos de ellas. Por no hablar de la influencia extranjera, sobre todo en la subtrama, de mi querido Maupassant a través de su novela Décoré ! (1883).

Ugetsu es un jidaigeki o drama de época; y nos traslada a los últimos años del violento período Sengoku (1467-1568), en las costas norteñas del lago Biwa. En un entorno rural, deprimido y castigado por la guerra, viven dos matrimonios vecinos y parientes: Genjurô/Miyagi y Tôbei/Ohama. El protagonista, Genjurô, es un campesino que quiere probar suerte vendiendo cerámica en la ciudad más cercana, Nagahama. Su cuñado, Tôbei, sueña con convertirse en un samurái y decide, en contra de la sensatez de su esposa Ohama, ir también. A Genjurô le va bien, la guerra impulsa la venta de su mercancía; y regresa a casa con dinero y regalos para su mujer e hijo. Tôbei, sin embargo, sufre un desengaño por no ser aceptado siquiera como mero soldado, teniendo que volver con el rabo entre las piernas. Pero la ambición no ha desaparecido, al igual que la avaricia de Genjurô empieza a crecer sin medida. Arriesgando incluso la vida, consigue hacer una nueva remesa de cerámica en pleno ataque y saqueo de su aldea. Miyagi, su mujer, le sugiere que no es necesario tanto afán, porque estando los tres juntos y teniendo lo básico para vivir, es ya feliz. Pero Genjurô está cegado y, después de intentar ir los cinco a la ciudad navegando a través del lago, deja a Miyagi y a su hijo en la orilla. Promete volver en 10 días. Pero al llegar a la ciudad, todo cambia. El negocio marcha bien, pero Tôbei huye con su parte del dinero abandonando a Ohama; y Genjurô se cruza con la misteriosa Dama Wakasa, que le pide lleve algunas piezas a su mansión de Kutsuki. Los destinos de los cuatro discurren por muy diferentes caminos. Las mujeres padecen las consecuencias de la guerra, mientras que los hombres se pierden en dos mundos ajenos a la crueldad de la realidad. La temática de fondo es clara: la naturaleza humana ante la calamidad.

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Ugetsu no deja en buen lugar al género masculino y lo hace responsable de las desgracias femeninas. No os llevéis a engaño, Mizoguchi no era feminista ni nada parecido, pero tenía una visión de la mujer bastante peculiar para su tiempo. Aun así, se deja entrever su compasión y sensibilidad por el ser humano en general. Todo tiene un leve aire fatalista en el que la aceptación del destino, con entereza, es parte de esa calma tan característica de la película. El desarrollo y desenlace no son los que un espectador occidental pudiera esperar; aunque alguien acostumbrado a meterse litros y litros de mangas y anime en vena, quizá no los halle tan inusuales. Añadir que este director no estaba muy de acuerdo con el final, pero en mi humilde opinión está muy bien como está.

¿Y dónde está lo fantasmagórico aquí? Más bien parece una historia dramática con pinceladas bélicas y cierta crítica social. Pues bien, Ugetsu es eso y más. Tiene el pesimismo propio del naturalismo, el melodrama del shinpa, características del y, entretejido, el elemento sobrenatural con la sutileza que solo un japonés puede otorgar. Lo maravilloso se acepta, en cierta forma, como parte de la vida; no existe una dicotomía tan pronunciada como en Occidente. Eso puede llevar a la superstición fácilmente, pero también a saber expresar esta faceta con orden y eficacia.

SOURCE CREDIT -
SOURCE CREDIT – “British Film Institute”

El film trascurre con parsimonia; es de una elegancia zen incluso en momentos de angustia. Realmente hermoso. Muestra sin tapujos un drama social sin grandes aspavientos pero sin abandonar la emotividad cuando se requiere. Me gustaría destacar el uso de los silencios musicales. Escalofriantes. La música, de pautas tradicionales, juega un papel importantísimo, pero tiene su lugar y está dosificada con un cuidado milimétrico. No es como ese runrún de fondo continuo que suena habitualmente en la mayoría de las películas. Tiene su significado, al igual que su ausencia.

A veces da la sensación de estar viendo una sucesión de pinturas o cuadros, con esos planos largos, serenos y en movimiento horizontal. Pero no cercenados, sino unidos en secuencia. Y merecen ese tratamiento, porque las composiciones son de una delicadeza casi hipnótica, y necesitan admirarse. Aunque son de gran sobriedad también, casi tendiendo a la abstracción.

En conjunto, es una obra armoniosa y asequible. No es un producto comercial, eso seguro, pero cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y curiosidad por Japón la podrá disfrutar sin dificultades. A pesar de que sea en B/N o de hace 60 años, que eso tampoco deberían ser inconvenientes. La estructura no es compleja, aunque las historias que narra son ricas y plenas de matices. Eso es lo bueno, mediante una aparente simplicidad formal, Mizoguchi cuenta muchas cosas. Y cosas para nada complicadas de entender además.

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Si no conocéis todavía a Kenji Mizoguchi, esta es una buena manera de introduciros en su filmografía. Ugetsu me parece la mejor película de las que he visto de él, pero es solo mi opinión, y no me dedico a la crítica de cine. Con ella recibió el León de Plata en el Festival de Venecia, por si os interesan los galardones, y es su obra más famosa. ¿La recomiendo? SÍ, SÍ, SÍ, SÍ y SÍ.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.