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Maniac: odisea en las circunvoluciones de la mente

Antes de reubicar las Peticiones Estivales, que debido a mi flagrante descuido no llegaron a publicarse mientras me encontraba de vacaciones, he querido aprovechar la oportunidad para escribir una entrada dedicada a una de las series de imagen real que más me han divertido este 2018. Casi nunca tengo la ocasión de hacerlo, porque SOnC es un blog dedicado a la cultura general japonesa, y tampoco es que sea yo muy fan de los live-action; pero con Maniac (2018) he atisbado el resquicio que me ha permitido apurar la coyuntura.

Esta producción de Netflix tiene a los mandos a Cary Fukunaga, un señor que en Japón sería considerado hafu (para más información sobre los hafu entrada aquí), presume de referencias continuas a la cultura popular y tecnología niponas de los años 80, y varios personajes de nacionalidad japonesa entre el elenco también. Así que, sin dudarlo un solo segundo, me he avalanzado como una loba demente al editor de texto para volcar mis impresiones sobre esta serie. No me alargaré en exceso, porque se trata también de un producto que pierde su lustre si se le brindan demasiadas explicaciones. Es una obra muy particular.

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Que Cary Fukunaga me encanta es un hecho irrefutable. Lo descubrí con su etérea adaptación de Jane Eyre (2011), y de inmediato percibí su delicado gusto por los detalles y su especial mirada hacia la belleza decandente. Suave en sus maneras, casi espectral, pero incisivo y preciso como un bisturí. Muy elegante el tipo. Luego vino la primera temporada de True Detective (2014) y me enamoré. No he vuelto a perderle la pista; y aunque se ha dedicado más a labores de producción y guion (It, The Alienist), en cuanto supe que iba a hacerse cargo de una especie de remake del  Maniac (2014) noruego, me emocioné bastante.

Y aquí estamos. Maniac es, resumiendo, la historia de Annie y Owen, dos adultos de vida complicada que arrastran problemas psiquiátricos graves. Narra cómo se presentan voluntarios a un procedimiento experimental farmacológico, que aspira a erradicar el psicoanálisis (y otras terapias de diván) mediante una nueva medicación y la realidad virtual que generará en las mentes de los pacientes un superordenador. Los doctores que supervisan y dirigen este proyecto de financiación japonesa, también son perseguidos por sus propios demonios, faltaría más. Y hasta la supercomputadora GRTA, que ha desarrollado una conciencia plena (sentimientos incluidos), sufre su particular infierno. Esto último provocará serios problemas.

Maniac consta de 10 capítulos de duración variable, que oscilan entre la media hora y los 40 minutos. Es una serie que Fukunaga ya ha anunciado que no tendrá continuación, por lo que se queda así, como una gema rara y preciosa, solitaria y, de momento, huérfana. Solo puede reclamar cierto parentesco con ella Legion (2017) o el film Inception (2010), pero por ahora no existe ninguna obra occidental con la que se pueda vincular. Es única en su especie. Quizá por ese motivo, porque es diferente de los productos televisivos que estamos acostumbrados a consumir, muchos espectadores no han reaccionado de manera favorable hacia ella, ha provocado confusiones y obtenido una injusta fama de difícil de entender. Y esto último al menos es completamente falaz. Es una serie a la que es muy sencillo pillar la comba, engancha con rapidez y sabe retener la atención. Complejidad no es siempre sinónimo de ininteligibilidad, camaradas otacos.

He remarcado con negrita la palabra “occidental” porque, como una parte de la otaquería ya se habrá percatado, Maniac tiene un referente obvio muy fácil de identificar: Paprika. Tengo claro que para alguien que no sea consumidor de anime habitual Maniac puede llegar a avasallar un pelín, hacerse incluso sobrecogedora. Pero los otacos estamos más curtidos en este tipo de menesteres, así que existen más probabilidades de que su exuberancia visual y excentricidades varias las digiramos sin problemas. Y nos entusiasmen incluso. Me resultaría muy complicado de creer que Fukunaga no hubiera leído la novela de Yasutaka Tsutsui (1993); y todavía más inverosímil que no hubiera visto el alucinante largometraje del siempre añorado Satoshi Kon. Porque las semejanzas son meridianas; su influencia, cristalina. Blanco y en botella… Y que se le rinda en cierta forma homenaje a estos dos monstruos de la literatura y animación japonesas siempre hace saltar una lagrimita de satisfacción.

Cary Fukunaga y Patrick Sommerville (que también trabajó en mi admiradísima y querida The Leftovers) han creado un intrincado tapiz que esconde diferentes patrones a distintos niveles. Como la realidad misma. Han creado una serie de espíritu coral, donde casi todos los personajes que aparecen tienen algo interesante que aportar. Me ha parecido un acercamiento inteligente y asequible a lo que es la vida de cualquier persona, con una dimensión interior tan rica y trascendental como la exterior, esa que ofrecemos y vemos de los demás. Y en su historia han unido ambas esferas haciéndola una, porque en verdad es como funciona la existencia humana. Y para alcanzar el interior de la mente, ese lugar íntimo al que nadie tiene acceso, nada mejor que una combinación de drogas alucinógenas y la mediación de una Inteligencia Artificial.

Por un lado, tenemos la potente dimensión dramática de la vida consciente, que ya por sí sola daría para una serie íntegra, y que es la que propone las cuestiones principales de la obra. Y, por otro lado, el espacio infinito y multiforme de la psique y el inconsciente, que dispone la resolución de los dilemas de esta vida consciente.  Es en este lugar, feudo de la imaginación y los más profundos terrores, donde borbotea como un magma toda la experiencia vital de los dos protagonistas. Las emociones y sentimientos reprimidos del plano consciente bucean con plena libertad en él, y son clave, como podréis imaginar, para la conclusión.

Hay muchas cosas que pueden salir rematadamente mal en la ecuación de esa terapia experimental, y todas a causa de la propia naturaleza humana; sin embargo, también esa misma naturaleza es la que puede, con su cualidad impredecible, acabar salvando el día. No pasa desapercibida la sucinta crítica a la industria farmacéutica, la búsqueda disparatada de panaceas, y la impotencia de la ciencia ante la irracionalidad del ser humano. La terapia representada en la serie es muy simple, y consiste en enfrentar al paciente a sus propios miedos, y darle la oportunidad de que él mismo los supere en el campo de batalla de su cabeza. Tanto si se trata de una esquizofrenia paranoide como si es un proceso de duelo, el procedimiento es el mismo; y conlleva sus riesgos. De esta forma se nos presenta una realidad líquida de fronteras imprecisas y subjetivas, donde la trascendencia del objeto es capital tanto en vigilia como durante el sueño.

Y es lo que Maniac nos ofrece casi desde el principio, un aparente caos dirigido por un orden con guante de terciopelo. Nada ha sido dejado al azar por Fukunaga, y esa es la grandeza de Maniac; una grandeza que pasa desapercibida y puede ser confundida con presunción. El director se toma las cosas con calma, y procura que la serie evolucione dejando incluso pequeñas pistas desperdigadas para el espectador. Sin embargo, su desarrollo no da tregua, los giros argumentales son de vértigo y hacen de Maniac toda una experiencia. Divertida, irreverente, atemporal y ecléctica. Esta obra tiene todo lo positivo y negativo que la heterodoxia puede ofrecer.

Lo bueno de sumergirse de forma literal en el universo de la mente humana es que los recursos son prácticamente inagotables. Fantasía, ciencia-ficción, dramas cotidianos, surrealismo… La variedad de registros además de la serie es impresionante, en un capítulo se puede estar presenciando un drama cómico al estilo de los hermanos Coen, en otro una sitcom absurda televisiva para aterrizar luego en una peli de acción y espionaje. ¿Qué es Maniac, entonces? Pues todo eso y más; pero básicamente es una comedia negra que juguetea con gran cantidad de géneros porque además se lo puede permitir con largura. Distintos escenarios en diferentes  espacios temporales irán desfilando al servicio de la recuperación de los sujetos para nuestro gozo y deleite.

Con una potente estética retrofuturista ochentera, que evoca el inmenso poder tecnológico y económico del que gozaba Japón en esa década, Maniac no es solo nostalgia. La escenografía y la dirección artística son prodigiosas, de una riqueza en los detalles apabullante, y sirven de manera espléndida a los juegos de símbolos (El Quijote, un cubo de Rubik) y pequeñas ironías que Fukunaga nos invita a saborear. ¡Imaginación al poder! No le importa tampoco caricaturizar incluso a ese Japón ultramoderno que desde Occidente se observaba con una mezcla de pánico, admiración y extrañeza; como si fuera una civilización alienígena infinitamente superior.

Un despliegue de esta envergadura exige unas interpretaciones a la altura, y el elenco de actores es, sencillamente, magnífico. La lógica dificultad que entraña representar los numerosos matices y cambios en la personalidad de los papeles principales es solventada con gran talento. Emma Stone está que se come la cámara, enorme; la sutileza de Jonah Hill tampoco se queda atrás. Sus emociones se van deshojando con una naturalidad pulcra, llegando hasta el mismísimo agujero negro de sus traumas. Por no hablar de la hilarante actuación de Justin Theroux (sí, otra vez The Leftovers), y la mágica frialdad que emana la doctora Fujita, gracias a la estupenda actuación de Sonoya Mizuno. Gabriel Byrne y Sally Field están majestuosos también en sus roles de progenitores hijos de la gran puta, adorables. Todos estos personajes, a su manera, resultan un auténtico desafío que los artistas consiguen dominar a la perfección.

Poco más tengo que añadir, ya que tampoco quiero alargarme demasiado con esta reseña, considero contraproducente hacer un análisis exhaustivo de Maniac. A pesar de que es un producto que se desvía un poco de lo habitual, resulta accesible y muy, muy entretenido. Hacía ya un tiempo que no me reía tan a gusto con una serie de imagen real, desde Quacks (2017) concretamente; y creo que tocaba un poquito de humor a estas alturas. No soy muy amante de las comedias, pero Maniac se ha convertido, sin duda, en una de mis favoritas. Por su lucidez, heterogeneidad y rareza. Desde mi perspectiva, es una de las producciones televisivas más fascinantes de lo que va de año, y una experiencia que los otacos avezados no deberían dejar pasar. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, Radio

¡Sin Orden ni Concierto en la radio!

Lo anuncié un poco de pasada en twitter, pero es cierto. SOnC tiene su pequeño espacio radiofónico en el programa Somos Series, que acaba de comenzar su andadura en la emisora Eres Radio, en el 91.2 de la FM de Madrid. Se trata de un proyecto coordinado y presentado por los periodistas David Cuevas y Jesús Ortega, en el que colaboramos un porrón de gente tratando distintas temáticas: videojuegos, crimen, historia, juegos de rol y… anime. Como el nombre indica, Somos Series está dedicado a series de televisión. Porsiaca. Y se emite en riguroso directo todos los jueves de 6 a 8 de la tarde.

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Así que ahí estaré una vez al mes, difundiendo la Sagrada Palabra Otaca a través de las ondas hertzianas hacia todo el universo. La sección mantiene el mismo nombre que el blog, pero al disponer de solo 10-15 minutos, se centrará sobre todo en series televisivas. Los contenidos tampoco serán tan especializados como en la bitácora escrita; y ya que se trata de un programa dirigido a una audiencia neófita, tendrá unas características diferentes.

  • Ausencia de la nomenclatura japonesa. Los títulos de las obras estarán en inglés o español para evitar confusiones.
  • Descarte de las demografías tradicionales shônen, shôjo, josei y seinen, que tienen cierto poso sexista y que además son poco conocidas por los occidentales profanos. Apuesta por los géneros habituales para la clasificación de anime: drama, terror, comedia, fantasía, ciencia-ficción, etc.
  • Salvo excepciones, se hablará exclusivamente sobre anime televisivo con una orientación más comercial que en la bitácora. Pero sin perder la personalidad de SOnC… prometo sorpresas, camaradas otacos.

Para todo lo demás, estará, como siempre, el blog, que es la raíz, corazón y cerebro de su vástago radiofónico. Y en el reproductor de un poco más abajo tenéis el programa enterito. No he dispuesto aún del tiempo necesario para poder escucharlo al completo, ni siquiera mi propia colaboración, por lo que no sé qué tal habrá salido. Si he de ser sincera, por mi parte fue un completo caos. Ahora me río, pero en el momento en el que me llamaron por teléfono estaba cagándome en todo lo cagable de la galaxia. ¿Por qué? Durante las tardes de los martes y jueves me encuentro en la Escuela Oficial de Idiomas aprendiendo mandarín. Tuve que escabullirme de clase y meterme en los baños para buscar algo de tranquilidad, pero nanay. Gente entrando, saliendo, tirando de la cadena, hablando… y con el estupendo plus de que se fue la luz en el ala oriental por un buen rato. Aun así, espero que disfrutéis del programa y de mi intervención, donde hablé un poquito de los estrenos destacados animescos en Netflix, Amazon Prime y la televisión japonesa. Dentro de unas semanas haré un resumen del 2017, con 5 anime estupendos y 5 anime decepcionantes, más o menos como lo que he ido realizando todos estos pasados años. Seguirá teniendo su versión bloguera, por supuesto, bastante más detallada.

Y, por supuesto, añado más aventuras radiofónicas, esta vez sin relación alguna con el mundo japonés, pero que estoy realizando con muchísima ilusión. En esta ocasión en una emisora local de la ciudad donde resido, Zaragoza: Radio Mai, 102.8 FM. Se llama Versus y en él yo me lo guiso y yo me lo como todo: guion, locución, ejecución técnica, etc. Se trata de un proyecto mucho más personal. Es un programa eminentemente musical, donde enfrento dos discos míticos de la música popular de los ss. XX-XXI y animo a la gente a participar para que elijan un vencedor. Para tal efecto, dejo disponible durante una semanita una encuesta en twitter.

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Empecé con esto de la radio con apenas dieciséis añitos, y ha sido siempre una constante en mi vida. He pasado por numerosas emisoras trabajando de técnico, dirigiendo programas, locutando, de invitada, de colaboradora… de todo. Porque en la radio siempre te toca de todo. Y aquí seguimos, es difícil deshacerse del virus una vez se inocula, ¡y que no me apetece para nada librarme de él, carallo! Hacer radio es una de las actividades más placenteras de mi vida junto a la lectura, la escritura y la composición musical. No podría subsistir sin ella. De momento, por la corta existencia de Versus han desfilado Joy Division, Siouxsie and the Banshees, The B52’s, R.E.M, Nara Leâo, Maysa, AC/DC… y este próximo miércoles enfrentaré a los legendarios Saicos de Perú contra los estadounidenses Sonics. Será una batalla interesante.

Admito que la otaquería suele tener unos gustos musicales radicalmente opuestos a los míos, que poquita cosa del J-Pop y derivados suelo aguantar, pero nunca se sabe. Os dejo en el reproductor de arriba el último Versus dedicado al Debut (1993) de Björk y el Born to Die (2012) de Lana del Rey. Si sentís más curiosidad, aquí tenéis el canal de ivoox donde podréis encontrar todos los programas emitidos hasta ahora. Gracias por vuestro apoyo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.