Galería de los Corazones Rotos, literatura

Clásicos literarios japoneses para toda la familia: Seishun Anime Zenshû

Bienvenidos a la Galería de los Corazones Rotos. Cursi, ¿verdad? Pero es el nombre adecuado. Una especie de nueva sección. Ya sé, ya sé, SOnC no tardará en explotar a causa de los millones de apartados inservibles y completamente idiotas que dirigiré al escaparre ovino absoluto cuando me harte. Pero mientras aquí estamos, oigan.

Esta nueva sección ha sido de gestación laaaaaarga, y comenzó con la entrada de Amores frustrados. Retomó su espíritu un poco en el Tránsito VIII y se asienta definitivamente con el post de hoy. No me gusta demasiado hacer reseñas de obras incompletas. Con incompletas me refiero tanto a inacabadas en origen como por falta de publicación/traducción o mera descatalogación; por lo que, a fin de cuentas, continúan siendo inconclusas para el público occidental. Así nos quedamos con lágrimas chorreando en el alma y un corazón hecho trizas. También con muchas ganas de aniquilar vidas como ácido fluorhídrico desbocado. Es posible que con el tiempo algunas de estas obras podamos finalmente disfrutarlas, sanar nuestras heridas del miocardio y presumir de sus cicatrices estilo kintsukuroi. O no. Mientras tanto, Galería de los Corazones Rotos (qué poca vergüenza tengo con el nombre, jojo) será algo así como una especie de homenaje al non finito blogueril. Hay que tomarse con elegancia un poco esto de que te dejen con un palmo de narices.

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“¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me hacéis esto?!” El maestro Ogata Gekkô predijo ya en 1900 las angustias del otaco

Y así llegamos hasta la obra reseñada de hoy. Hace unos cuantos días, un simpático anónimo me preguntó vía CuriousCat qué recomendaría a un novato para estrenarse en el universo de la literatura japonesa. Casi nada, ¡pregunta peliaguda! Pero luego caí en la cuenta de que los enfermos de otaquismo podemos acudir a ciertas obras que nos facilitan la misión introductoria y de selección. Ahí tenemos la magnífica serie Aoi Bungaku (2009) de la que escribí esta reseña; y, por supuesto, el anime de esta entrada: Seishun Anime Zenshû (1986) o Clásicos animados de la literatura japonesa. Fueron 32 episodios, más dos especiales, producidos por la incombustible Nippon Animation. A Occidente llegaron en sucesivas ediciones en formato VHS y DVD que no incluían además todos los capítulos. Actualmente es muy difícil de conseguir completa, por no decir imposible. Por eso se encuentra en la galería de trituramientos cardíacos.

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“Kwaidan: Hôichi el desorejado” de Yakumo Koizumi

Nippon Animation ya tenía cierta experiencia en esto de adaptar obras literarias, pues bajo el ala del contenedor televisivo World Masterpiece Theater, realizó series que son ya historia del animeMarco, from the Appenines to the Andes (1976), Anne of Green Gables (1979), The Adventures of Tom Sawyer (1980) o A Little Princess (1985). Con el paso de los años también se haría cargo de Mujercitas, Peter Pan, Los Miserables o los cuentos de los hermanos Grimm entre otros muchos proyectos. Así que, ¿por qué no hacer algo parecido con la literatura japonesa? En vez de producir series individuales de larga duración, que probablemente no tendrían mucha respuesta entre el público occidental, decidieron crear una única en la que cada episodio se dedicara a una obra distinta. Al timón estuvo Fumio Kurokawa, que por España la Generación X lo conoció sobre todo gracias a Ruy, el Pequeño Cid (1984).

Como se acercan las fechas navideñas y tal, que a mucha gente le entusiasman pero a mí me deprimen infinito porque me recuerdan la ausencia de mi padre (falleció el 16 de diciembre), he pensado que este Seishun Anime Zenshû resulta muy adecuado, ya que tiene una dirección claramente familiar. Y, amiguitos, habla la voz de la experiencia: aprovechad y compartid todo lo que podáis el tiempo con vuestros seres queridos, porque cuando menos lo esperéis, ya no estarán a vuestro lado. Jamás. Y una buena manera podría ser disfrutar de este anime clasicote. Demostrar a las buenas gentes de vuestra estirpe que el otaquismo, además de tener su vertiente putrefacta, también puede ser bello.

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“Botchan” de Natsume Sôseki

Seishun Anime Zenshû es para todos los públicos, y eso implica pros y contras. Como todo en la vida. Si se considera simplemente una manera de tantear la superficie del océano literario japonés, es indudablemente magnífica. Porque impulsa una aproximación clara a ciertos autores y sus obras más conocidas; y puede ayudar a una elección posterior cuando se decida profundizar con la lectura. Pero poco másSeishun Anime Zenshû carece de las pretensiones artísticas de Aoi Bungaku, por ejemplo, es llana y directa, sin complicaciones. Cierto que en 34 capítulos hay niveles de calidad muy diversos; incluso alguna temática un poco más grave de la que un niño pueda llegar a entender. A cada episodio se le ha otorgado su propia personalidad, con estilos diferentes en la animación y una banda sonora distintiva. Y si ya entramos en cómo han sido adaptadas las obras en sí, el resultado también es variopinto porque algunas historias son más agradecidas que otras. Seishun Anime Zenshû no puede ser una serie homogénea, existen muchas variables en juego. No obstante, el conjunto es armonioso. O al menos en los 21 episodios de los 34 totales que he tenido la suerte de ver. Del resto ni rastro. Porca mignotta!!

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“Takekurabe” o “Crecer” de Ichiyô Higuchi

Los autores que Seishun Anime Zenshû desgrana son realmente ilustres, básicos dentro de la literatura moderna japonesa: Yukio Mishima y El rumor del oleaje (1956); Itô Sachio y La tumba del crisantemo (1906); Shintarô Ishihara y La estación del sol (1955); Kyôka Izumi y El santo del monte Kôya (1900); Ryûnosuke Akutagawa y La muerte del mártir (1918); Ôgai Mori y La bailarina (1890) y un largo etcétera. Algunos trabajos han requerido más de un episodio, como es el caso de mi querido Botchan (1906) de Natsume Sôseki o Sanshirô Sugata (1942) de Tomita Tsuneo. Este último libro además sirvió al cineasta Akira Kurosawa para estrenarse en el mundo de la dirección cinematográfica con su saga La leyenda del Gran Judo (1943). Salvo un par de capítulos, todos poseen esa impronta amarga y cruel tan japonesa. Algunos sucumben en el lodazal del sentimentalismo más pringoso, pero nada de importancia. Todas son reconocidas buenas historias gusten o no (ese sería otro asunto), y su poso lo han dejado en el anime. Ojalá pudiera tener a mi disposición todas las obras literarias que aparecen en Seishun Anime Zenshû, pero no es así. He leído una parte importante, lo que es una proeza teniendo en cuenta que a Occidente han llegado con cuentagotas y se descatalogan en un parpadeo. Pero mis amigas las bibliotecas me socorren siempre. ¡Benditas sean!

Quizá os preguntéis cuáles han sido mis episodios favoritos. Tengo cuatro en concreto que me han parecido fantásticos. El que más me ha gustado ha sido Crecer de la maravillosa Ichiyô Higuchi. Una pequeña joya en todos los aspectos, con una historia y presentación preciosas. Para mí el mejor de la colección. Kwaidan de Yakumo Koizumi, conocido en Occidente como Lafcadio Hearn, también es de mis preferidos. Creepy total, muy logrado. Os recomiendo además que le echéis un vistazo a la película del mismo nombre de 1964. Uno de los clásicos imprescindibles del terror japonés. El retrato de Shunkin de Jun’ichiro Tanizaki es de los capítulos más extraños y perturbadores. Una relación sadomasoquista arropada con el amor a la música y un final que a muchos desconcertará. No en vano la obra original de Tanizaki es de un retorcimiento majomajomajo. Por otro lado, La bailarina de Izu de Yasunari Kawata es un cuento delicado sobre el primer amor. Una ternura de historia, pero sin empalagar. Y eso no suele ser sencillo cuando se trabaja la nostalgia de la juventud.

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“La bailarina de Izu” (1926) fue el debut literario de Yasunari Kawata

El arte en general es modesto pero competente. Unos capítulos son más bonitos que otros debido a la diversidad de estilos, aunque de calidad digna. Los que se salen un poquito de la animación tradicional de la época son los que despiertan más interés. Por lo demás, se encuentra en un término medio que en general no sobresale demasiado. El problema más importante con el que me he topado, aparte del que la serie se encuentre truncada, ha sido la resolución de los episodios. No es la misma para todos. Se nota que algunos han sido ripeados de VHS, y los más afortunados de DVD. Qué le vamos a hacer. Sin embargo, hay algo que ha llamado mi atención y me ha gustado mucho. Los que me seguís, ya sabéis que ignoro los openings y endings, aunque como mínimo los veo una vez. En el caso de Seishun Anime Zenshû ha sido el ending lo que me ha entusiasmado. La música me parece horrorosa, pero las imágenes… ¡las imágenes son estupendas! ¡Lástima no poder disfrutarlas en mejor calidad! Son planos fijos de jovencitas melancólicas en una misma pose, realizados en lo que parece ser acuarela. Me ha recordado a los trabajos de Jun’ichi Nakahara pero, sobre todo, al maravilloso Yumeji Takehisa. Esa languidez y delicadeza remiten claramente al jojo-ga de las primeras décadas del s. XX. Un bonito broche para la serie sin duda.

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Seishun Anime Zenshû es de esas series que se revalorizan con el tiempo. Siendo estrictos, podría hacerlo si las posibilidades de conseguirla íntegra y en buena calidad no fuesen igual a cero. Por ahora. De ahí que para los escrupulosos del 1080p foreverandever no sea una opción. Pero es lo que tiene la arqueología del anime, que las piezas no siempre se encuentran completas ni en las mejores condiciones. Aunque algunos somos más zaborreros y encontramos belleza hasta en obras deterioradas. Con el riesgo de que nos rompan el corazón además. No obstante, la esperanza es lo último que se pierde, y quizá en algún momento, cuando arrastre mi culo con la ayuda de un andador y babee desdentada en una residencia, ocurra el milagro. Quién sabe. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, literatura

Literatura Azul

Hace un tiempo que no escribo sobre literatura, y no es por falta de ganas. Más bien porque van brotando cosas por el cerebro y no me paro a pensar si faltan otros contenidos. No en vano este blog se llama como se llama.

Ya empecé a barruntar algo cuando leí las estupendas recomendaciones de Wanda en su entrada Tag: si te gusta… al toparme con Aoi Bungaku (2009) y coincidir con ella plenamente en que es una maravilla de anime. Pasó bastante desapercibido en su momento y también ha sido, en general, poco comprendido. No porque sea especialmente complejo, sino a causa de que se aleja de las temáticas y estructuras habituales de las series comerciales; y porque es un homenaje a clásicos literarios japoneses del s. XX. Son adaptaciones de historias cortas cuyos autores son imprescindibles, y quizá como en Occidente no son tan conocidos, han podido dejar traspuesto a más de uno.

Seis pequeñas historias, doce capítulos. Y tanto la dirección como el diseño de los personajes estuvieron en manos de gente tan interesante como Takeshi Obata (Death Note, Bakuman), Tite Kubo (Bleach), Tetsurô Araki (Death Note, Attack on Titan) o Atsuko Ishizuka (Nana). Imagino que ya os habréis dado cuenta de que son staff de Madhouse, como la misma serie.

Pero no me voy a centrar en el anime, sino en las narraciones en las que está basado. Quizá así resulte más fácil para el que no lo haya visto o para aquel que simplemente no le gustó, dejarse empapar de su espíritu y entenderlo mejor. Pero, ante todo, espero que sirva de estímulo para que os atreváis a leer los propios relatos en sí (en el caso de que no lo hayáis hecho todavía), ya que fueron, y son, fundamentales en la literatura japonesa moderna. Si después del rollo patatero que viene a continuación (es de los gordos, advierto), sigues sin convencerte… pues nada, ancha es Castilla.

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CAPÍTULOS 1, 2, 3 y 4

Ningen Sikkaku

人間失格

(1948)

“La irracionalidad… Me producía un cierto placer. Mejor dicho, me hacía sentir cómodo. El seguir las normas establecidas me parecía mucho más temible —me parecía que había en eso algo tremendamente poderoso—, era un mecanismo incomprensible; no podía continuar sentado en esa habitación fría y sin ventanas. Fuera se extendía el océano de la irracionalidad, y lanzarme a nadar en sus aguas hasta morir se me hacía más placentero.”

Indigno de ser humano, Osamu Dazai

El autor, Osamu Dazai
El autor, Osamu Dazai

Este es uno de los libros más terribles que he tenido el placer de leer. Una auténtica downward spiral a las cloacas de la humanidad. Me encanta. Me sorprende que, en una sociedad tan encorsetada como la japonesa y encima en plena posguerra, surgiera un alarido literario como este. Pero estamos hablando de Osamu Dazai (1909-1948) y en vida tampoco se caracterizó por cohibirse precisamente. Porque Indigno de ser humano (1948) tiene mucho de autobiográfico: las andanzas de un joven de provincias, con problemas desde la infancia de adaptación social y síntomas de alienación, por los bajos fondos de Tokio tras abandonar la universidad.

Dazai es estoicamente explícito en sus minuciosas descripciones de los sentimientos que lo dominan: asco, incomprensión, desprecio por sí mismo, odio profundo a la humanidad. Recuerda un poquillo a Memorias del subsuelo (1864) de Dostoyevski, ¿verdad? Es muy probable que Dazai encontrara inspiración en esa obra, pero Indigno de ser humano es mil veces más salvaje y descarnado. Alcohol, prostitución, sanatorios mentales, drogas, abusos sexuales, suicidio. En esa sordidez el autor traza un retrato nihilista y desesperado de su propio yo; sin tapujos, sin hipérboles. Nitidez y simplicidad. Yozo, el protagonista, en un principio intenta fingir ser normal, a pesar de saberse distinto, mediante la máscara del bufón; pero, al convertirse en adulto, reconoce plenamente su fracaso como ser humano al ser incapaz de cumplir las expectativas de la sociedad. Una sociedad a la que observa lleno de repugnancia y de la que siempre se ha sentido ajeno. Yozo es un marginado, un perdedor (so why don’t you kill me?) y solo encuentra alivio temporal de esa angustia existencial en el sexo y los estupefacientes. Era un punk rocker.

Pero Indigno de ser humano no son solo las correrías autodestructivas de un inadaptado; no debe abordarse además solo por la mera curiosidad morbosa que despierta la caída libre de un paria. Eso sería tristemente superficial y, seguramente, a Dazai le haría esbozar una sonrisa despectiva que confirmaría su nula fe en la especie humana. Sus planteamientos y dilemas son totalmente vigentes, a pesar de que son hijos de una época clara de confusión y desarraigo; por eso hace mucho ya que esta obra se convirtió en un clásico atemporal.

Osamu Dazai, como el protagonista de este relato, intentó suicidarse en varias ocasiones. A la quinta fue la vencida, se arrojó al río Tama junto a su amante. No había cumplido los 40.

CAPÍTULOS 5 y 6

Sakura no Mori no Mankai no Shita

桜の森の満開の下

(1947)

“El hombre se fue en secreto. Los cerezos estaban en flor. Tan pronto como entró en el bosque, le vino a la mente la sonrisa perversa de la mujer. Le dolió más que cualquier cosa que hubiera experimentado antes. El dolor lo atormentaba. Entonces, un viento frío procedente de las cuatro direcciones infinitas rodeó su cuerpo y lo atravesó, penetrando en su carne transparente y llenando por completo el vacío entre las flores. El viento bramaba; él gritó desesperado y corrió. El vacío más absoluto.”

En el bosque, bajo los cerezos en flor, Ango Sakaguchi

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Ango Sakaguchi y la podredumbre

Ango Sakaguchi (1906-1955) fue un escritor atrapado por la brutal realidad de un Japón sumido en la guerra. Tras la derrota y el país inmerso en la más total consternación, una nueva generación de intelectuales (Buraiha) plasmó esta etapa mediante la trasmutación de los valores tradicionales nipones en símbolos de una civilización caduca y vencida. Esta “Escuela Decadente”, cuyos miembros llevaban una vida de lo más disoluta, simplemente expresaba el derrumbe de la identidad japonesa. Con los escombros crearon obras donde se enaltecía la autodestrucción y degeneración, pero a través de hermosas y terribles historias. La fantasía, lo sobrenatural y el misterio fueron sus géneros predilectos.

Sakaguchi hizo lo propio pero tiñéndolo de un profundo sentimiento filosófico que ahondaba sus raíces en el budismo. En este Sakura no Mori no Mankai no Shita hallamos dos personajes dominados por sus miedos y depravaciones: una femme fatale y un ladrón asesino. Dos caras de una misma moneda para demostrar que el ser humano es un monstruo viviendo tanto en una civilización sofisticada como en la agreste montaña. Y todo esto contado de manera sencilla y linda, porque este relato de apenas 20 páginas es realmente bello. Embauca muy bien a los lectores que no estén acostumbrados al terror, porque fluye como un río, nítido, fresco; y sin que uno se percate, ya se encuentra absorbido por el horror.

El argumento hace hincapié precisamente en eso: en el horror que se esconde detrás de la belleza, y su alegoría absoluta es la flor del cerezo. Ejemplo meridiano de la marca de agua de este movimiento literario: pervertir los iconos e ideales de Japón. De ahí la ambientación rural tan tradicional o la ubicación cronológica en la Edad Media. El cuento narra el encuentro de un bandido de las montañas con la mujer de un viajero, al que roba y mata. La hace su esposa, fascinado por su hermosura, la misma fascinación morbosa que siente por un bosque de cerezos cercano. A partir de ahí, comienza una relación enfermiza y aberrante entre ellos, dominada por la malevolencia femenina, que los acaba consumiendo. Sakaguchi escribe sobre la soledad, la inevitabilidad y el dolor existencial; es imposible no sentir cierta empatía hacia sus protagonistas por muy despreciables que sean.

CAPÍTULOS 7 y 8

Kokoro

こころ

(1914)

“Al final, insististe en que te contara mi pasado como si desplegara un rollo de pintura. Fue entonces cuando por primera vez sentí en mi corazón respeto hacia ti. Mostraste la decisión de sacar algo de mis entrañas, de absorber la sangre caliente que brotaba de mi corazón. Entonces, yo aún estaba vivo y no quería morirme. Así que prometí acceder a tu deseo otro día y me quité de encima por ese instante tu petición. Ahora sí; ahora, voy a intentar abrirme yo mismo el corazón y verter su sangre en tu cara. Si con ella puedes concebir una vida nueva en tu pecho, una vez que haya cesado el latido del mío, estaré contento.”

Kokoro, Natsume Sôseki

Natsume Sôseki (izquierda) con su nieta, Hisayo, y su amigo el médico Gyôtoku Toshinori (de pie) en 1911
Natsume Sôseki (izquierda) con su nieta, Hisayo, y su amigo el médico Gyôtoku Toshinori (de pie) en 1911

Creo que no es un secreto que Testarudo-sensei es uno de mis escritores japoneses favoritos. Como lo es también el de millones de personas, claro. No sabría decir cuál es la obra que más me gusta de él, pero Kokoro (1914) sin duda está en mi top junto a Soy un gato (1906). La verdad es que no podrían ser obras más distintas, cada una representante de una etapa diferente de Sôseki. Mientras la dedicada al felino anónimo, que observa con sorna y displicencia a los humanos que le rodean, es una sátira social divertidísima, llena de fino humor y jovialidad; Kokoro es un drama escrito en un estilo sobrio, donde se profundiza en la psicología humana desde una perspectiva filosófica típica del zen. Pero ambas, de forma incuestionable, son digna representación de lo que dio de sí este gran escritor y muestra de la completa madurez literaria que alcanzó Japón en la era Meiji (1867-1916) tras siglos de aislamiento.

Fueron años en los que la apertura al mundo trajo lógicas incertidumbres. El miedo a perder la identidad cultural o el terror a convertirse en juguete de Occidente como le sucedió a China tras las Guerras del Opio (1839-1842/1856-1860); así que Japón se sumió en un proceso de modernización sin precedentes que exigía abandonar parte de las antiguas formas para poder medrar en el contexto global. Como bien indica Carlos Rubio en el prólogo de la edición de Gredos (2003) de Kokoro: “Utilizar al bárbaro para dominar al bárbaro”. Pero eso sí, sin olvidar lo patrio: el tôyô no dôtoku, seiyô gei de Sakuma Shôzan. En el campo de la literatura ocurrió algo similar pero más lentamente, ya que surgieron los correspondientes obstáculos derivados de la lengua y, más importante todavía, de la mentalidad y pensamiento. Se vio en la obligación de metabolizar siglos de legado occidental en muy poco tiempo y, sobre todo, asimilar el individualismo, la importancia del YO frente al colectivo. Los escritores Meiji tuvieron la difícil misión de modernizar una tradición literaria anclada en patrones endogámicos y obsoletos tras 250 años de confinamiento; y crear obras que pusieran en el mapa a Japón. Sin ellos y su esfuerzo, ahora no podríamos disfrutar de Yukio Mishima o Yasutaka Tsutsui; y mucho menos del que fue la cima de ese periodo histórico: Natsume Sôseki (1867-1916).

Sôsekineko billete de 1000 yenes
Sôsekineko de 1000 yenes

Sôseki siempre fue un lobo solitario en lo que se refiere a la literatura; como Carlos Rubio bien explica, mantuvo una fuerte independencia creativa con una personalidad muy marcada en sus obras; aunque no impermeable. No creó escuela ni tuvo seguidores, pero sí se supo rodear de otros escritores (caso de Akutagawa) o personajes que lo estimularan intelectualmente. A causa de sus experiencias vitales y educación (china, occidental y japonesa), desarrolló una suerte de aversión hacia todo lo occidental pero que, aun así, no pudo evitar plasmar en sus obras. Incorporó con gran maestría el análisis psicológico de Henry James para plagarlo de lirismo típicamente japonés.

Y eso es lo que hallamos en Kokoro. Un libro titulado con una palabra taaaaaan japonesa, que es complicadísimo traducirla a otras lenguas sin cercenar los múltiples matices de su concepto; pero un libro que, inevitablemente, también despide aroma a Occidente. La obra está escrita en primera persona y consta de tres partes diferenciadas. El argumento empieza con un ingenuo estudiante que, fascinado por la impasible personalidad de un intelectual, decide tomarlo como sensei. La misteriosa misantropía que emana de este hombre, espolea la curiosidad del joven, que se verá satisfecha en la tercera parte del libro mediante una carta. En esta carta, sensei le relata a su discípulo parte de su juventud y el triángulo amoroso en el que se vio envuelto. Sencillo, ¿no? LOS COJONES.

Kokoro es una obra de gran intimidad, de fuerte carga dramática pero extraordinariamente cerebral. Profunda y diáfana, trata multitud de temáticas, entre ellas la dicotomía entre tradición y modernidad, la culpabilidad, la traición y, por supuesto, el amor. Apenas hay diálogos, porque es una historia plena de silencios y omisiones. Omisiones de poderosas consecuencias.

CAPÍTULOS 9 y 10

Hashire, Melos!

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(1940)

“Melos estaba enfurecido. Tenía la determinación de hacer cualquier cosa que debiera para librar a la tierra de aquel despiadado y malvado soberano. Melos no sabía nada de política. Era un simple pastor de una aldea remota que pasaba sus días tocando la flauta y cuidando de sus ovejas. Pero Melos era un hombre que sentía el aguijón de la injusticia más profundamente que la mayoría.”

¡Corre, Melos!, Osamu Dazai

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Cartel de “Damon and Pythias” (1914), primer largometraje de la historia dedicado a este antiguo mito griego y en el que está inspirado “Hashire, Melos!”

Osamu Dazai era tremendo, un alcohólico drogadicto cuyas excelentes obras suelen ser billete al interior de una mente atormentada por el aislamiento y la culpabilidad. Pero también poseía una faceta luminosa que dejó brillar, por ejemplo, en sus Cuentos de Cabecera (1945), una reinterpretación fresca y cáustica de cuatro cuentos populares japoneses; y en este  ¡Corre, Melos! (1940). Dazai creó esta pequeña historia tomando numerosos elementos de la balada de Schiller Die Bürgschaft (El Rehén) de 1799 que, a su vez, estaba inspirada en la leyenda clásica que el poeta latino Higinio incluyó en sus Fabulae (tenía que decirlo, por una vez que sale algo de lo mío por aquí…)

Hashire, Melos! es un cuento que narra la aventura de un pastor enfrentado al tirano de Siracusa para demostrarle que el ser humano sí es digno de confianza, y que no todos son presa de la avaricia y el egoísmo. Como es condenado a morir crucificado por intentar asesinar al gobernante, pide que se le permita regresar a su aldea a la boda de su hermana. En su lugar, deja como rehén a su mejor amigo, Selinuntio; si en tres días no ha vuelto, será ejecutado en su nombre. El tirano, con amargura y sarcasmo, accede a la petición seguro de que Melos no va a cumplir su promesa; y Melos se echa a correr para poder hacer todo a tiempo.

Sí, querido lector, Dazai escribiendo sobre algo completamente contrario a su filosofía vital. No sé las razones que llevaron al escritor a seleccionar esta historia en concreto, pero es más que llamativo. ¡Corre, Melos! es una apología de la amistad, la esperanza y la fuerza de voluntad. ¡No hay que rendirse, amiguitos, el poder de la justicia y el amor siempre triunfan! Me ha salido un poco tipo Amelia de Slayers, pero el rollo es ese.

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CAPÍTULO 11

Kumo no Ito

蜘蛛の糸

(1918)

“En medio de la noche solo el hilo de la araña del paraíso resplandecía en su delgadez, suspendido a mitad del cielo, donde no brillan la luna ni las estrellas.”

El hilo de la araña, Ryûnosuke Akutagawa

Primer número de la revista infantil
Primer número de la revista infantil “Akai Tori” donde fue publicado “Kumo no Ito”

Tres días antes de suicidarse, Ryûnosuke Akutagawa (1892-1927) empezó a maquillarse el rostro de blanco. Su intención era que la gente se fuera acostumbrando a verlo muerto. Desde luego fue un hombre peculiar al que no me hubiera importado conocer en otra vida. Es uno de los grandes literatos de Japón, con un estilo puro y elegante. Muy hermoso, detallista; pero tampoco carente de cierta violencia contenida. Como otros escritores de su generación, renegaba de la anterior y su gusto por el naturalismo. La era Taishô (1912-1926) traía consigo otro tipo de preocupaciones y aspiraciones artísticas pero, como su amigo Natsume Sôseki, siempre buscó su propio camino. Su vida estuvo marcada por el miedo a la locura, que destruyó a su madre, y su visión del mundo fue bastante melancólica.

Akutagawa se caracterizó, entre otras cosas, por aunar la tradición literaria occidental con la oriental, pero siempre con una acentuada voluntad de recrear lo japonés sin hacerle perder su esencia. Era un esteta que despreciaba todo aquello que oliera a política; y que se centró únicamente en la literatura y el lenguaje como vehículo de trasmisión de lo que consideraba la energía de la vida (seimei). Aunque siempre de la manera más cristalina y metódica posible. Y como ejemplo de esa intención integradora con Occidente y reinterpretar lo antiguo venido de su patria, tenemos este pequeño relato El hilo de la araña (1918). Probablemente se inspiró en “La fábula de la cebolla”, incluida en Los hermanos Karamazov (1880) y en una recopilación de parábolas budistas del año 1894.

El argumento nos acerca a los padecimientos en el Infierno de un criminal llamado Kandata, que es observado por Buda desde el Paraíso. Este, en su infinita compasión, al recordar la única buena acción que tuvo el malhechor en vida (no mató conscientemente a una araña mientras caminaba), decide otorgarle otra oportunidad de salvación. Para ello, decide lanzarle un hilo de araña que le permita trepar y salir. ¿Y qué sucede entonces? Pues tendréis que leerlo, claro.

CAPÍTULO 12

Jigokuhen

地獄変

(1918)

“Pero el horror más destacado, sin embargo, era un carruaje tirado por bueyes que se despeñaba rozando las copas de los árboles de espadas que tenían ramas puntiagudas como colmillos, y en ellos, como si fueran espetones, estaban traspasadas por pilas y pilas de cuerpos de almas muertas. En ese carruaje, cuyas cortinas habían sido levantadas por las furiosas ráfagas del infierno, una dama de la corte tan lujosamente ataviada como una emperatriz o una princesa se retorcía en agonía, su negro cabello flotando en medio de las llamas y el blanco cuello extendido hacia arriba.”

El biombo del infierno, Ryûnosuke Akutagawa

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Akutagawa ahumándose un rato

“La extravagancia y el horror están en sus páginas, pero no en el estilo, que siempre es límpido.” No voy a ser yo la que le discuta la opinión a Borges, porque además la comparto al 100%. El biombo del infierno (1918) es de una crueldad refinada y, a la vez, grotesca. Muy representativa de Akutagawa. Está inspirado en un cuento, “Ryoushû, pintor de imágenes budistas, se alegra al ver su casa en llamas”, perteneciente a la colección de cuentos Uji Shûi Monogatari del s. XIII. Es un relato de terror, por si no había quedado claro, y nos cuenta la historia del pintor Yoshihide. Este maestro sin igual de los pinceles es un hombre cruel y bestial. Maltrata a sus discípulos y es grosero; pero se toma implacablemente en serio su trabajo y la máxima el arte por el arte. No puede pintar algo que no haya visto antes, por lo que es capaz de auténticas aberraciones para lograr sus propósitos. Pero Yoshihide tiene un lado humano personificado en su hija, que encarna toda la gracia y belleza que no tiene su progenitor. Esta trabaja en el palacio del Señor Horikawa, el cual encarga a su padre que pinte en un biombo una representación del Infierno.

Si no habéis leído el cuento, os podéis hacer una idea de por dónde van los derroteros de la historia. Akutagawa no solo se limita a contar un relato de terror. Es un prolijo estudio psicológico (se incluye a sí mismo también, ojo) y de las relaciones de poder entre los protagonistas; un manifiesto de su propio ideario vital y artístico. Está lleno de recovecos y argucias interesantísimos que enriquecen la lectura, trascendiendo el género de terror. El biombo del infierno va más allá. Además está narrado en primera persona a través de lo que sería un testigo presencial, aunque desconocedor de todos los hechos al completo. Este testigo, un servidor devoto del Señor Horikawa, tiene una visión muy subjetiva de todo el asunto. Su filtro particular añade más oscuridad a ciertos eventos, lo que obliga al lector a sacar sus propias conclusiones. Akutagawa no lo da todo mascado, y eso es genial.

Pormenor de
Pormenor de “Jigoku-zoshi” de Tosa Mitsunaga, finales del s. XII

Bueno, tras parir este rinoceronte de entrada, con vuestro permiso, me voy a morir un rato. Ya volveré, si eso, otro día.

rashomon
PLOF