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Maruo no sonríe

Hacía mucho tiempo que tenía ganas de escribir una breve reseña (“breve”, esperad que cojo aire para reírme a gusto JAAAAAAAAAAAAJA) sobre un manga que creo que es bastante conocido. Conocido para bien o para mal, es un clásico. Quería hacerlo además porque resulta ser uno de mis tebeos predilectos. En realidad soy muy fan del autor, Suehiro Maruo, y el manga al que me refiero es La sonrisa del vampiro. Hace unos años hablé de él en un programa de radio donde solía colaborar, pero no pude explayarme todo lo que me hubiera gustado ya que tenía un tiempo límite. Así que me voy a quitar esa espinita.

Avisar contundentemente que este tebeo no es para todos los públicos, como en general no lo es tampoco la obra de Maruo. Si eres de temperamento sensible, no toleras bien los contenidos explícitos o simplemente no te gusta el ero-guro, puedes parar de leer y alejarte todo lo que puedas de este autor. Suehiro Maruo es capaz de joderte la cabeza de por vida con solo una viñeta. Y no estoy exagerando ni un ápice. Los que conozcan un mínimo a este mangaka lo saben bien. Si no te suena de nada (sería raro), date por advertido, querido lector.

Sé perfectamente que no va a ser una entrada popular (tampoco lo es esta bitácora, sois pocos los que entráis y os agradezco más de lo que imagináis vuestra atención); pero como otras veces he escrito, este blog es mío, expresa en cierta manera lo que soy… y no encuentro motivos lógicos para inhibirme. Me gusta el terror y me gusta Maruo, con lo que esta reseña era inevitable. Aunque ya se haya escrito de este tebeo hasta el vómito, me da igual.

La sonrisa del vampiro

笑う吸血鬼

1998-2004maruo1Adentrarse en la obra de Suehiro Maruo es penetrar en un universo de riqueza visual abrumadora y, a la vez, de horrores indescriptibles. Una de las primeras cosas que llaman la atención es su bello estilo clásico (incluso ingenuo), de entintado límpido, pero que se embelesa en un preciosismo asfixiado por un culto al detalle casi paranoico. Todo bajo una potente luz expresionista, mostrando de manera implacable crueldades y aberraciones. Cautiva y repugna a la vez, de ahí que sea tan fascinante. No es complicado rastrear sus influencias, que beben directamente del Muzan-e de la transición Tokugawa-Meiji.

"Eimei nijûhasshûku" de Tsukioka Yoshitoshi (1867)
“Eimei nijûhasshûku” de Tsukioka Yoshitoshi (1867)

Pero Maruo no se queda solo ahí, a lo largo de los dos volúmenes que conforman este manga, nos muestra, a través de pequeños homenajes, su admiración por obras de arte occidentales que abarcan desde Los desastres de la Guerra (1808-1814) de Goya, pinturas de artistas simbolistas como Arnold Böcklin (La Plaga, 1898), George Frederick Watts (Esperanza, 1886) o puntadas directas al surrealismo (Le Plaisir de René Magritte, 1927). De hecho, el influjo surrealista del Buñuel más enajenado incluso Fellini, se huele por doquier en multitud de pormenores. Por no hablar del gusto de Maruo por el teatro de Bertolt Bretch o la etapa finisecular del Grand-Guignol parisino, del cual extrae la esencia más deshumanizada y decadente.

Vamos, que no es un diletante precisamente, y ha introducido en La sonrisa del vampiro todo aquello que ha considerado adecuado para adornar este cuento macabro. Porque es un cuento gótico a la antigua usanza, donde intenta profundizar sobre la naturaleza del vampiro. Para ello Maruo cubrirá varios frentes: el del vampiro convertido, el del que surge de manera espontánea y el del que nace. El autor no ofrece nada nuevo pero siempre, y digo SIEMPRE, es un placer (re)encontrarse con los monstruos de verdad y no mariposillas lastimeras espolvoreadas con purpurina.

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El primer volumen, comparado con el segundo que es un auténtico festival desenfrenado, es mucho más sobrio. Tiene una estructura dual, donde se contrastan dos aspectos diferentes de la brutalidad. Es el comienzo del cuento, de cómo el protagonista principal masculino, Kônosuke Mori, es elegido por una anciana vampiro para ser su compañero y transmitirle su legado. Esta le cuenta su historia, en un Japón derrotado y deshecho tras la II Guerra Mundial, sobre su supervivencia robando a los muertos (casi como una ghouleh) y, al ser descubierta, su asesinato por una turba. Pero la muerte no la acepta, convirtiéndose en un vampiro. La realidad en la que se desenvuelve Kônosuke, incluido su entorno escolar, no es mejor; y Maruo pone especial énfasis en una sociedad corrompida hasta médula donde el egoísmo y las bajas pasiones son ley. La violencia y el sexo juegan un papel muy importante, sobre todo este último aspecto, que se ve reflejado en el personaje de Runa Miyawaki, que observa asqueada la prostitución encubierta de sus compañeras de clase, lo que la lleva a una represión de su propia sexualidad ante tanta concupiscencia. Runa considera a los que la rodean vampiros, y no tarda en ser contagiada de la peor de las formas: violada por un payaso inspirado en la figura del asesino múltiple John Wayne Gacy.

Y por otro lado tenemos a Sotoo Henmi, alumno del mismo centro que Kônosuke y Runa, estudiante modélico pero un psicópata de tomo y lomo; incapaz de empatizar con nadie y obsesionado con la muerte. Lleva un diario donde meticulosamente describe sus fechorías (incendios, matanzas de animales, etc), revolcándose en su cieno narcisista. Cuando los crímenes cometidos por un Kônosuke desbocado saltan a la luz pública, Henmi se siente espoleado a actuar de manera más directa y perfeccionar su ideal enfermizo de muerte. Su víctima es Runa que, ¿afortunadamente?, es recuperada por Kônosuke para hacerla su consorte.

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El segundo volumen retoma directamente la historia, explicando los dilemas morales de la naturaleza vampírica, sobre todo a través de Runa; y añade más personajes que enturbian lo que en principio era un argumento más lineal. La sonrisa del vampiro 2: Paraíso es una explosión, con los beneficios e inconvenientes que eso conlleva. Al diversificarse el hilo, tiende al caos y no profundiza tanto, llegando a ser caricaturesco (se nota que esa es la intención de Maruo, no obstante); lo grotesco alcanza cimas increíbles, y toparse con una Renfield infantil es desgarrador. El tono es mucho más exacerbado y aparecen ligeras incoherencias, pero nada serio. Se sigue haciendo hincapié en la idea de que tanto humanos como vampiros son semejantes en depravación. Desde mi perspectiva, no llega al nivel del primer tomo y está algo desaprovechado; tampoco se obtienen resoluciones en temas importantes, pero aún así continúa siendo un buen manga. El arte es maravilloso, las referencias tan típicas de Maruo al período temprano Shôwa, la poesía de Kinoshita Mokutarô o al cine clásico de terror siguen haciendo de esta obra algo realmente especial. Los recursos estilísticos son similares a los del primer tankôbon, con una fluidez cinematográfica extraordinaria, que ahondan en esa sensación de estar viviendo una pesadilla de la que no se puede despertar.

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¿Max Ernst? No, Suehiro Maruo

El que encasille este tebeo de sencillamente gore no tiene ni idea. Eso es quedarse en la mera superficie, pero también es cierto que ese envoltorio gore hace muy difícil que a un no-adepto al género le pueda llegar a gustar. Porque hay mucha sangre. Mucha casquería. Mucha atrocidad. Pero hay una historia detrás, la ferocidad no es tan gratuita. El ambiente que se respira continuamente es insalubre, una demencia exquisita y horrible que angustia tanto como se disfruta. Pero es que las obras de Maruo, en realidad, son un descenso insondable al Maelström, para qué engañarnos.

Buenos días.