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Peticiones estivales: El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge

¡Ya están aquí las Peticiones Estivales de este 2018! La verdad es que estoy bastante contenta porque ha habido más participación que en las ediciones pasadas, así que, ¡muchísimas gracias a todos los que habéis realizado alguna sugerencia para SOnC! Me habéis ofrecido mucha variedad de trabajo, y eso es realmente estimulante.

Vamos a inaugurarlas con una petición de @morganmorag que, con mucho tino además, solicitó algo de gekiga. Y es que hace bastante que no escribo sobre algún autor del género. Imperdonable. Por lo que hoy vamos a tener la reseña de todo un clásico: Munô no Hito (1985) o El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge (1937, Tokio). Fue publicado en España no hace mucho por Gallo Nero, y es una adquisición que os recomiendo sin pestañear. La misma editorial también ha tenido el exquisito gusto (y fortuna) de sacar adelante La mujer de al lado, un volumen de varias historias cortas muy digno también. Os prometo que no es nada fácil encontrar material fuera de Japón de Tsuge, es un hombre bastante peculiar, y hasta no hace mucho las obras publicadas en Occidente de este maestro del manga eran contadas con los dedos de una mano en inglés y francés (cómo no). Ahora podemos añadir dos más. En español. Y ya.

Este señor al que vemos posando rodeado de cámaras fotográficas con pintas de un ser humano normal es el autor protagonista de hoy. Aparecen también su hijo y esposa, la actriz e ilustradora Maki Fujiwara. Podría haberme inclinado por Yoshihiro Tatsumi (del que ya escribí un poco aquí), Osamu Tezuka, Sanpei Shirato o Shigeru Mizuki, nombres habituales relacionados con el género, y que suelen acudir a la mente del lector de tebeos avezado. Sin embargo, he preferido alejarme un poco de lo obvio, y acudir a los márgenes del manga. No por eso menos trascendentales e interesantes. Yoshiharu Tsuge fue, y es porque continúa vivo a pesar de vivir alejado del mundo del cómic, uno de los mangaka más importantes e influyentes de la historieta de Japón. Aunque su nombre no suene tanto como el de otros (gracias a Gallo Nero eso está cambiando por estos lares), su importancia es capital en el desarrollo y evolución del gekiga, que Tsuge además llegó a rebasar.

Pero antes de entrar en harina con El hombre sin talento, resulta imperativo detenerse un mínimo en la biografía de este hombre. Su obra, una de las más originales del manga nipón, está vinculada de manera insondable a sus circunstancias vitales. No se entiende la una sin la otra.

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Tsuge, en 2015, comentando en una cafetería algunos originales de su clásico “Chiko” (1966) Fuente: http://d.hatena.ne.jp/shimizumasashi/comment/20111019/1319027589

Unos tebeos tan singulares como los suyos no podían proceder de una vida común tampoco. Muy a su pesar, Tsuge tuvo una infancia difícil marcada por un entorno de familia disfuncional, la pobreza extrema y la II Guerra Mundial. Psicológicamente, Tsuge sufrió durante toda su vida adulta las consecuencias de una niñez y adolescencia muy, muy penosas.

Su padre falleció, dejando a su madre con varias bocas que alimentar, por lo que nada más acabar la educación primaria, Yoshiharu Tsuge se vio obligado a trabajar en fábricas. Tenía dos hermanos y dos hermanas más, siendo él el mayor (su hermano Tadao Tsuge, del que seguro que escribiré en el futuro, también se dedicó al mundo del cómic). Se crió en un Tokio devorado por la guerra y su posterior recesión. Con 14 años intentó fugarse como polizón en un carguero de bandera estadounidense; con 16 ya estaba dibujando, a los 20 intentó suicidarse.  Siempre fue una persona extremedamente tímida, por lo que el negocio del manga le permitía no tener que relacionarse casi con gente y, a la vez, ganar dinero con modestia. Se estrenó en el mercado del kashi-hon, muy popular entre las clases humildes en los años 50, y donde solía dibujar chanbara para el público joven. A pesar de que eran tebeos sencillos, con la influencia inevitable de Osamu Tezuka, no dudó en inocularles tinieblas, cosa que llamó la atención de los profesionales del gremio. Sin embargo, la miseria no lo abandonaba, y se vio forzado a vender su propia sangre para subsistir. A los 18 años creó su primer gekiga; y en 1967, Shirato Sanpei lo invitó a publicar su material en la fundamental revista Garo, que se convirtió en uno de sus medios de expresión. En sus páginas se explayó con tranquilidad y osadía, rompiendo las reglas establecidas del manga, innovando y creando nuevos géneros incluso. Sus tentáculos creativos llegaron hasta el mundo del cine, la música y la literatura, que leyeron asombrados (y ávidos) todas sus invenciones y novedades.

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El que se apoya en la puerta es Mizuki, con su inconfundible sonrisa; el de en medio sin gafas y chaqueta blanca, Tsuge.

Pero la mente de Tsuge, influida quizás por la neurosis padecida por su padre y multitud de traumas más, no le permitió llevar una carrera artística constante y uniforme. En 1966 sufrió una profunda depresión que lo condujo a abandonar sus propias creaciones, y para ganarse la vida trabajó como ayudante de Shigeru Mizuki. Aprendió muchísimo de él, su estilo se pulió y absorbió muchas de sus características. Pero Tsuge se recuperó, y continuó adquiriendo una reputación bastante especial. Su obra, completamente insólita para la época, junto a su talante inusual, le hicieron ganarse los adjetivos de ishoku (único, original) y kisai (genio), que aunque triunfaba entre la crítica especializada, el público general encontraba inaccesible. Podríamos considerar a Yoshiharu Tsuge el primer mangaka excéntrico de la historia de Japón.

Tsuge dibujó básicamente gekiga, tebeos avant-garde como crónicas oníricas, y narraciones autobiográficas. También historias sobre sus viajes por el Japón menos conocido, a ese Japón recóndito al que no se presta(ba) atención. En total, publicó unas 150 obras, hasta que a finales de los 80 decidió retirarse definitivamente del mundo del manga, por el que sentía ya una profunda repugnancia. A pesar de que la depresión interrumpió  su carrera profesional en varias ocasiones, su adiós en 1987 fue definitivo. No ha regresado ni tiene intenciones. Es posible que ese odio que desarrolló hacia la industria editorial comenzara ya en los 70, cuando el modelo de negocio cambió. La libertad creativa se supeditó a la productividad, algo totalmente incompatible con la manera de ser y hacer de Tsuge.

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Munô no Hito o El hombre sin talento

Y así llegamos hasta el tebeo protagonista de hoy, El hombre sin talento (1985). Tsuge nunca fue un autor optimista, de hecho todo ese entusiasmo renovador que muchos artistas de la posguerra cultivaron, y que vio renovadas sus energías en el boom de los 80, no impregnó en absoluto su espíritu atormentado. Esa década fue además una etapa dura para él, estuvo ingresado varias veces en instituciones psiquiátricas, y perdió la visión de su ojo izquierdo. Se encontraba extenuado, y este manga  recoge muy bien ese sentir vital, que no obstante lo acompañó desde niño, y que fue ahondando sus raíces a lo largo de los años. Se trata de un cómic enclavado en el watakushi-manga, género que él mismo inició con Chiko, el gorrión de Java (1966). El watakushi-manga es una especie de traslación al medio del tebeo del género literario watakushi-shôsetsu o “novela del yo”, que surgió a finales de la era Meiji. Un tipo de novela centrado en las vivencias y pensamientos del mismo escritor, imbuído también de una potente crítica social, riqueza simbólica y complejidad psicológica. El mangaka, como buen introvertido, era (seguirá siendo, digo yo) un lector voraz, y no titubeó a la hora de dejarse empapar por los libros que leía. Visto en perspectiva, era inevitable que Tsuge acabase creando el watakushi-manga. Porque abrirse en canal y mostrar las entrañas al público no puede ser más tsugiano.

talento17Pero a diferencia de sus obras pasadas, que emanaban un fulgor claramente surrealista, Munô no Hito es esencialmente realista, más cercano si cabe al watakushi-shôsetsu. Una historia formada por otras más pequeñas, presentadas mediante pequeños detalles cotidianos, que son los que construyen y dan verosimilitud a la narración. Siempre desde una estricta perspectiva individual, en primera persona. Sin embargo, aunque tiene tintes autobiógraficos muy evidentes, reducir El hombre sin talento a la categoría de memorias, confesiones o un mero diario, sería constreñir su naturaleza. Este manga es mucho, mucho más.

Podríamos comenzar diciendo que El hombre sin talento es un enorme slice of life. Porque el costumbrismo nipón, con esa eterna dicotomía entre tradición y modernidad que brota por doquier, alcanzó su orgasmo en los 80; y Tsuge lo expresó de una manera contudente. La lucha por adaptarse a un mundo nuevo, ajeno, extranjero, superficial y cruel. Pero este combate empezó para Tsuge ya de niño, con la derrota de la II Guerra Mundial. Muchos japoneses no supieron aclimatarse a ese nuevo cosmos que los dejaba atrás. Un capitalismo feroz que asfixiaba lo que no fuera rentable, y que ridiculizaba además el pasado. Y el protagonista de Munô no Hito no es otro que una de esas personas desarraigadas, cuyo espíritu todavía se aferra al viejo Japón, y es incapaz de salir del agujero. Regodeándose en su miseria, rumiando junto a otros como él la amargura  que brinda ser consciente de la propia mediocridad. Y solo desear desaparecer. Ese es Sukezo Sukegawa, álter ego de Yoshiharu Tsuge.

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Sukezo Sukegawa es un mangaka que decide abandonar la profesión para dedicarse a negocios que no funcionan. Su esposa lo desprecia por su insensatez, y su hijo, un muchachito enfermizo que padece asma, parece estar desarrollando algún tipo de desorden mental. El único sustento que tienen para sobrevivir es el trabajo de ella, repartiendo publicidad en los barrios obreros. Viven con muchas estrecheces.

Sukegawa empezó con un proyecto de venta de cámaras de segunda mano que al principio funcionaba bien, pero acabó quebrando; luego decidió dedicarse a la venta de suiseki, o piedras de forma y/o color especiales que evocan de manera hermosa paisajes, animales, etc. Una disciplina antigua procedente de China y que en su momento álgido movió mucho dinero, pero totalmente abandonada cuando Sukegawa resuelve dedicarse a ella. Como carece de dinero, no puede viajar a lugares remotos y especiales donde hallar suiseki de calidad, así que los busca al lado de su casa, en el río Tama. Un lugar muy transitado y que todo el mundo conoce, por lo que resulta absurdo vender piedras que cualquiera puede recoger con facilidad. Algo tan lógico no penetra en la cabeza de Sukegawa, que con terquedad insiste incluso en ampliar el negocio. Sukegawa duerme, sueña, divaga, tiene ideas grandilocuentes y su mente vuela. Pero la realidad es más tozuda que él, su empresa está condenada al fracaso.

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Sukegawa se relaciona con otras personas tan perdidas como él, unos sumidos en las mezquindades de su especialidad, de espaldas al presente y regurgitando la gloria del ayer; otros devorados por la miseria y su propia amargura; también alguno que refleja su propia pasividad y abandono, su afán autodestructivo inconsciente. Para él es un consuelo no encontrarse solo en su condición de inadaptado, incluso siente cierta alegría perversa al observarlos tan desdichados como él. Porque todos, en cierta manera, han elegido vivir así, el mismo Sukegawa reniega de su propio talento (¡que lo tiene!) una y otra vez.

Pero toda esta indolencia por parte de Sukegawa, ese vacío existencial que roza el nihilismo, tiene unos fundamentos filosóficos sólidos. Se trata, nada más y nada menos, que del objetivo final del budismo, que es alcanzar el nirvana. La propia etimología de la palabra nirvana es “extinguirse de un soplo, apagarse como una vela”. Evaporarse, dejar de existir. El mismo Sukegawa lo expresa así en varios momentos, y es que Tsuge fue un gran lector de los textos de las diferentes escuelas budistas japonesas.

El hombre sin talento carece de estructura lineal, pero se recorre con bastante facilidad. Son seis cuentos autoconclusivos que pueden leerse de manera independiente y sin seguir un orden concreto, pero que juntos forman un volumen cohesionado y natural. Unido esto a un dibujo sencillo, pero de una expresividad apabullante, tenemos entre manos un tebeo engañosamente simple. Formalmente es clásico, pero su mensaje es profundo y complejo. El arte, que bebe de grandes maestros como él (Tezuka, Mizuki), con una ambientación y escenarios extraordinariamente minuciosos, es uno de sus puntos fuertes; aunque a los otacos más familiarizados con el estilo comercial es posible que les cueste acostumbrarse. Esto es gekiga, esto es manga alternativo. Ha sido toda una experiencia disfrutar de sus maravillosos paisajes rurales y urbanos, de una prolijidad exquisita.

Se trata no ya solo de un autorretrato por parte de Tsuge, sino de una estampa social dolorosa, donde se plasman las crueldades de una sociedad que se fagocita a sí misma. Hipócrita, codiciosa y de una competitividad desalmada. No hay lugar para aquellos que se resisten a esa maquinaria de capitalismo feroz, sea porque no pueden ya adaptarse a los nuevos tiempos, sea por pura rebelión, sea por apatía inconformista. O todo a la vez. Y Tsuge no vacila a la hora de emponzoñar la historia con una ironía acre que se mofa de todo y de todos, incluido él mismo. Hay cierto aroma sadomasoquista en todo ello.

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Sin embargo, aunque la imagen que vierte sobre sí mismo es bastante sangrante, lo hace desde una posición de autocontemplación, con una serenidad luminosa. Y se muestra sin temor suspendido sobre un abismo donde comparte desgracias y reflexiones con otros parias como él. Todos participan de un mismo destino, y reverberan en la misma frecuencia. Algunos de ellos son auténticas caricaturas hasta en su diseño, pero todos están trazados con un perfil psicológico nítido, con su propio simbolismo. Un abanico de sentimientos y emociones que asombran por su precisión.

Además de la dureza, la ligera denuncia social y esa vulgaridad soez que Tsuge plasma, desafiante, con brillante sentido del humor (el profiláctico en el río, el niño que defeca en medio del restaurante, etc), en El hombre sin talento hay espacio para el lirismo. Porque Tsuge sabía crear poemas con sus dibujos, con sus textos. Una poesía de belleza delicada y simple, deudora del Mono no aware. Los guiños al surrealismo, a pesar de que se trata de una obra realista, no son pocos; y aportan una fascinación morbosa a todo lo que va acaeciendo.

El hombre sin talento es un manga que todo amante de la cultura japonesa debería leer tarde o temprano, porque ha trascendido ya las barreras del mundo del tebeo.  Munô no Hito es literatura, es filosofía, es arte. Con una tranquilidad pasmosa y sin caer en el melodrama (en una obra así sería de muy mal gusto), Tsuge desgrana unas historias que reflejan la sociedad y sentir de una época, que expresan una angustia vital tan introspectiva como misteriosa. Su mensaje continúa siendo totalmente vigente, y cala. Ya os digo yo que cala. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 

cine, literatura, MUAHAHAHA, paja mental

Las damas de vida alegre

Las damas de vida alegre es un eufemismo que disfraza a las personas que se dedican a la prostitución. Lo llaman también “el oficio más viejo del mundo”, y existen muy pocas civilizaciones que no hayan acogido en su seno este tipo de labor. Japón no es una de las exentas, aunque sí tiene una concepción peculiar que entraña un universo de fronteras más amplias y difusas que en Occidente. La prostitución en Japón está prohibida desde 1956, pero nadie duda de la existencia de una poderosa industria del sexo, que resulta ser una funambulista espectacular. Han mercantilizado de forma objetiva y eficiente el instinto sexual, haciéndolo más visible que nunca. Es un negocio muy, pero que muy, lucrativo. Esto se debe a que ha existido desde siglos una especie de permisividad que por estos lares cristianoides es desconocida. Se tiene asumido que forma parte de las “necesidades naturales” de la población masculina, y el comercio se ha ido adaptando al transcurrir de los tiempos sin más.

No pienso hacer un monográfico dedicado a esta temática porque no soy especialista ni muchísimo menos, pero a la luz de la última encuesta en twitter, se me ocurrió escribir una entrada con tres obras (un libro, un manga, una película) donde la protagonista fuera una dama de vida alegre. Me parece también otra manera interesante de acercarse a la cultura japonesa y conocer más sobre su sociedad, tan adelantada tecnológicamente pero todavía con vestigios bastante reaccionarios. Empezar con una pequeña introducción, para entender algunas cosas, sería lo más correcto. Allá vamos.

Cuando los dioses crearon a los humanos
decidieron que su destino fuese morir
y reservaron la Vida para sí mismos.
Pero hasta que el fin llegue, goza de tu vida,
gástala en felicidad, no en desesperación.
Saborea tu comida,
transforma cada uno de tus días en placer,
báñate y úngete tú mismo,
vístete con ropas brillantes,
que la música y la danza vivan en tu hogar,
atiende al niño que te toma de la mano y alégrate,
dale placer a la mujer que amas.
Este es el mejor camino de la vida para un hombre.

Poema de Gilgamesh, tablilla X, columna 3

Aquí tenemos el rastro literario más antiguo donde podemos hallar un tipo de filosofía y actitud hacia la vida que, unos cuantos siglos más tarde, el poeta Horacio popularizaría en su carpe diem, quam minimum credula postero: aprovecha el momento, no confíes en el mañana. Esta reflexión pertenece a la sabiduría de la tabernera Siduri, que regenta su negocio a la orilla del océano; y trata de aconsejar al legendario rey de Uruk, Gilgamesh, que ha llegado hasta ella como un mendigo, arrastrándose en su profunda tristeza por haber perdido a su mejor amigo, Enkidu. Se trata de un canto compuesto en el II milenio a. C., escrito originalmente en sumerio y recuperado más adelante en acadio para la gran biblioteca de Nínive del rey Asurbanipal en el s. VII a. C.

Ahí nace el concepto universal de vivir el presente sin pensar en el mañana, una especie de resignación hedonista que acepta la propia mortalidad e insta al goce; y que muchos siglos más tarde florecería también en el ukiyo japonés. Tras un periodo turbulento de guerras civiles, la unificación del país y la estabilidad del Sogunado Tokugawa (1603-1867) estimularon el desarrollo de las sociedades urbanas y la prosperidad de las clases medias (chônin). Estas no tardaron en plasmar sus preferencias en una nueva sensibilidad que, apartada de las tradiciones de la aristocracia y la política, se volcó en un cultivo del ocio hasta entonces inédito. Aunque iba en contra de la ética de moderación confuciana y los diferentes gobiernos trataron de ejercer cierto control, los teatros kabukibarrios del placer (yûkaku) fueron los centros neurálgicos de ese ideal de vida y creación que cambiarían para siempre las artes. El ukiyo era un mundo de evasión donde los placeres sensoriales y el sibaritismo tenían un papel preponderante, ambos con un componente erótico acentuado.

Viviendo sólo para el momento, saboreando la luna, la nieve, los cerezos en flor y las hojas de arce, cantando canciones, bebiendo sake y divirtiéndose simplemente flotando, indiferente por la perspectiva de pobreza inminente, optimista y despreocupado, como una calabaza arrastrada por la corriente del río.

Ukiyo Monogatari (1660) de Asai Ryôi

En ese “mundo flotante” comenzó a emerger otro de pulsión soterrada que actualmente sobrevive y goza de robusta salud: el mizu shôbai o “comercio del agua”. De nuevo otro eufemismo, esta vez el que engloba todo el negocio nocturno y de entretenimiento en Japón. En él, como fácilmente se puede deducir, el fûzoku (industria del sexo) tiene su correspondiente lugar. Ni el mizu shôbai ni el fûzoku son sinónimos de prostitución, pero sí son mundos permeables que juegan con ambigüedad para albergarla y darle un entorno respetable. Aunque el campo está virando bastante, el mizu shôbai está dirigido al hombre: es una comercialización de la compañía femenina. Institucionalizada, plenamente aceptada, incluso percibida como necesaria. Eso sí, en un espacio social confinado del resto, por el que los hombres pueden circular, entrar y salir; no así sus trabajadoras, que mantendrán un rol fijo. ¿Por qué esto es así? Para empezar, la sociedad japonesa es patriarcal. Eso ya responde a la mitad de la pregunta. La fracción restante es simplemente una explicación más detallada de ese hecho.

El mizu shôbai es una industria que ha progresado durante siglos a costa de la idea de que el hombre precisa de un lugar de recreo donde relajarse de sus obligaciones laborales y domésticas. La mujer en este esquema sigue dos patrones muy marcados: es la que sirve de ese recreo al hombre; o es completamente ajena a ese espacio, quedando relegada al hogar. El mizu shôbai es considerado imprescindible en el mundo laboral japonés, y las grandes compañías son sus principales beneficiarias (y la yakuza, claro), ya que resulta un sistema para controlar a sus empleados muy eficaz y refuerza su lealtad hacia la empresa. El mizu shôbai brinda un solaz al sararîman, un mundo de fantasía y escapismo donde disfrutar lejos de las enormes presiones diarias. Y desfogarse. En él las hostesses, maids, coffee girls, etc. procuran al cliente una experiencia agradable mediante atención exclusiva y adulación, que persigue también dependencia psicológica para que regrese. Y así es como sucede. El mizu shôbai ofrece un entorno seguro para el amor propio de los hombres que quieren relacionarse con una mujer sin los riesgos que conlleva la vida real. La mujer del mizu shôbai es sumisa y siempre dispuesta a complacer, no existe amenaza de rechazo o desilusiones. Aunque tampoco hay que perder de vista que este engranaje social puede dar como resultado egos masculinos frágiles.

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“Geisha, asistente y fámula llevando estuche de shamisen” (1777) de Kitao Shigemasa

Si hay que buscar un origen a todo esto, hay que señalar necesariamente la figura de la geisha. Una geisha no es una prostituta, aunque tras la ocupación americana de Japón se difundiera el término geisha girl entre las tropas para designar a las meretrices. La geisha fue la primera figura femenina que se dedicó exclusivamente al esparcimiento masculino a través del halago en un ambiente grato y obsequioso. La geisha no ofrecía favores sexuales, solo una exquisita compañía adornada de numerosas habilidades para el canto, la conversación inteligente, la danza, el shamisen, etc. El adiestramiento de una geisha era (y continúa siendo) muy exigente; es en realidad un estilo de vida que aunque fue parte del germen del mizu shôbai, retiene también una serie de características que lo mantienen en paralelo. Su mundo, el karyûkai o el “de la flor y el sauce”, posee un alto grado de codificación y estratificación que lo hacen enormemente complejo. Como curiosidad, las primeras geishas fueron hombres (s. XVII), aunque un siglo después ya habían desaparecido. Las geishas, vuelvo a insistir, no venden sexo, pero tampoco se puede negar que su labor, aunque fuera (y sea) realizada en los hanamachi que no distritos rojos (yûkaku), haya podido derivar en transacciones de esa índole.

¿No existían otras profesionales que ofrecieran servicios similares a las geishas? Pues sus antecesoras y contemporáneas las oiran, que dejaron de existir en el s. XVIII. Eran las cortesanas de máximo rango, solo las más hermosas podían acceder a esa posición y su educación era muy esmerada. Aparte de expertas en técnicas sexuales, las oiran, como las geishas, eran artistas. El resto de yûjo en los barrios rojos eran trabajadoras sexuales de diferentes jerarquías. Y así llegamos hasta el presente, cuyas hostesses y maids son las herederas democratizadas de las geishas, ofreciendo una ilusión similar a su cliente, pero a precios más asequibles.

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Un cliente contándole chistes verdes a la famosa geisha Yae Murata, que se tapa los oídos. Kioto, 1946.

El libro Vida de una mujer amorosa se centra en las peripecias de una cortesana del s. XVII; el manga Historia de una geisha en la vida de, evidentemente, una geisha; y la película El Imperio de los sentidos en una prostituta descastada. Curiosamente, ninguna de ellas es una mujer mansa. Tres perspectivas diferentes de un mismo mundo que gira en torno a los deseos masculinos. Un mundo, el del mizu shôbai, al que le quedan muchos años de existencia por delante.

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Tenía pensado escribir una entrada dedicada a otra obra de Ihara Saikaku, Hombre lascivo y sin linaje (1682) del que hablé un poquito aquí, pero las circunstancias han hecho que Vida de una mujer amorosa (1686) se le adelante. Y no pasa nada. Ambas obras son geniales, de hecho esta última me parece bastante más divertida y cargada de una mala hostia que quizás Hombre lascivo y sin linaje no segrega tanto. Aun así, es una opinión personal, y os recomiendo las dos novelas porque no tienen desperdicio. En realidad lo mejor que podéis hacer es leeros todas las obras de este señor que caigan en vuestras manos. Sin más. Ihara Saikaku es uno de los escritores más importantes de la literatura japonesa antigua, y que no os asuste que naciera hace casi cuatro siglos, porque las traducciones que hay disponibles en español son bastante accesibles. Así que sin miedo. Este caballero sabía cómo contar historias sin duda.

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Ilustraciones originales de la novela, posiblemente realizadas por el propio Ihara Saikaku

Vida de una mujer amorosa es la obra perfecta para adentrarse en el ukiyo del período Edo. Cuenta los avatares, y nunca mejor entendidos como “descensos”, de una dama de vida alegre. No se trata de una novela erótica, sino que perteneciendo al género ukiyo-zôshi, refleja con minuciosidad no solo ese “mundo flotante”, sino la sociedad en la que nuestra protagonista se movió. Conforme iba leyéndola, no podía evitar recordar la novela picaresca del Siglo de Oro español. No estoy afirmando, Luzbel me libre, que Vida de una mujer amorosa sea una novela picaresca, pero sí que comparte, curiosamente, muchas de sus características: esa disposición de pseudoautobiografía, la clara intención satírica y la crítica de la hipocresía social a través de un estilo realista; y, sobre todo, un personaje principal que depende por completo de su ingenio y recursos para sobrevivir, un antihéroe que no se queja de su mala suerte, sino que aprovecha cada oportunidad para salir adelante aunque sea a costa de los demás. Carpe diem a tope.

Sólo he sido una mujer amorosa, sin familia, que les ha proporcionado a ustedes, jóvenes, una diversión adecuada a una noche de primavera. Puesto que no tendría sentido tratar de esconder nada, les he revelado todo desde que el loto de mi corazón se abrió hasta que se marchitó. Aun cuando esta historia sea solo una exposición de las frívolas acciones de mi pasado, cuando la turbia corriente que me ha arrastrado se detenga, mi corazón mostrará su pureza.

Y a través de los ojos de nuestra protagonista, que no siente ningún rubor en expresar su abundante apetito sexual como algo natural (que lo es) y cómo en ocasiones la ha llevado a tomar decisiones equivocadas (el típico “pensar con la polla” que se adjudica a los hombres), podremos conocer muy diferentes ámbitos de la sociedad japonesa. Su caída desde las cumbres más altas de las tayû (cortesanas de máxima jerarquía), pasando por las innumerables gradaciones hasta llegar a ser prostituta callejera, será descrita de forma amena y escrupulosa, sin un ápice de autocompasión, pero sí con una inquina refinada muy divertida hacia ese mundo de apariencias y máscaras del ukiyo. Ihara Saikaku esboza con increíble detalle el sistematizado universo de la prostitución nipona de la época; y no solo eso, sino que describe una sociedad insensible y egoísta, cruel. La libertad de la mujer no existía, y el desahogo masculino del ukiyo solo resultaba un terreno de servidumbre más. Su papel era (es) el hogar, la procreación y cría de la descendencia; o divertir y satisfacer al hombre. A pesar de todo esto, de que aún se atisban persistentes residuos en la actualidad, la heroína de Vida de una mujer amorosa decidió a pesar de las limitaciones sociales, llevar una existencia lo más autónoma posible. Por eso el mensaje de esta novela continúa siendo vigente.ihara3

Último apunte: la peli Vida de O-Haru (1952) de Kenji Mizoguchi es el colofón indispensable a este libro. Una obra maestra complementando otra obra maestra. Mizoguchi fue un director especialmente sensible a la realidad femenina, debido a que padeció a un padre violento que maltrataba a su madre y acabó vendiendo a su hermana a una casa de geishas.

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Historia de una geisha o Itezuru (1974-1980) es un manga que todo el mundo debería leer en algún momento. No porque sea especialmente impactante o una maravilla con la capacidad de dejar al planeta patidifuso. No, nada de eso. Es un tebeo muy poco pretencioso y directo, con un dibujo mágico y unas cuantas historias cotidianas entre sus páginas. Pero no se trata de un slice of life cualquiera, pues la vida de una geisha tiene muy poco de común.

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Isis siempre afectuosa con mis libros

Kazuo Kamimura fue uno de los maestros indiscutibles del gekiga, no en vano adiestró a otro de los grandes: Jirô Taniguchi. Y es una lástima que en España no tenga más predicamento, de hecho si no fuera por su trabajo en Lady Snowblood junto a Kazuo Koike, sería casi un desconocido. He escogido además a este autor porque recibió el sobrenombre de shôwa no eshi, que se podría traducir como “el pintor de ukiyo-e de la era Shôwa”. No es casual, su arte delicado y elegante sigue evocando esa representación del “mundo flotante”, pero en un entorno más contemporáneo. Y se encuentra perfectamente plasmado en este Itezuru, donde la vida, desde la niñez hasta la edad adulta, de una geisha durante los años 30 y 40, queda registrada bajo sus pinceles.

Esas décadas supusieron el éxtasis y el infierno para Japón: la efervescencia nacionalista y patriótica de esos años, la invasión de Manchuria, su creciente influencia política y militar sobre Asia Oriental, Indochina y el Pacífico, la euforia bélica de la Segunda Guerra Mundial… y el descalabro tras una derrota que trajo hambre, humillación y miseria. Itezuru no es un manga histórico, pero como buen melodrama refleja con realismo las crónicas del momento y, sobre todo, sus consecuencias en los hanamachi y barrios rojos.

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Es muy evidente también que Kamimura conocía Vida de una mujer amorosa de Ihara Saikaku, pero tampoco tiene nada de extraordinario, siendo la obra clásica de la literatura japonesa que es. Encontramos en este tebeo muchos ecos de la novela, sobre todo en la propia protagonista, Tsuru, que afronta con naturalidad su destino y ambiciona medrar lo máximo posible en su profesión. También en la crítica social, aunque en Itezuru es bastante menos sardónica. No hay victimismo, tampoco sentimentalismo o lecciones morales detrás. Tsuru, que significa grulla, un ave con mucho peso simbólico en toda Asia en general, es un personaje fuerte, una superviviente; y aunque el tebeo nos ahorra su decadencia, cosa que Saikaku sin embargo pormenorizó muy bien, no ahorra en las pequeñas y grandes crueldades que conforman su modus vivendi.

Menos detallado que Vida de una mujer amorosa, aun así Historia de una geisha es una excelente introducción para conocer los rudimentos imprescindibles del karyûkai  y su rígida jerarquía. Kamimura narra con cariño la descarnada vida de una muchachita de origen humilde que es vendida a una okiya (casa de geishas). Nos cuenta sobre su preocupación por la familia, su adiestramiento y labores como shikomikko (sirvienta personal de una geisha), su relación con su “hermana mayor”, el hambre, el desprecio y la sordidez del mundo que la rodea… que continúa más allá de su “graduación”. Lo hace mediante relatos breves autoconclusivos, que dotan de un dinamismo casi cinematográfico a la obra. Todos poseen su poso de amargura y poesía. La evolución de Tsuru a la gran geisha Otsuru es interesantísima, así como la cantidad de secundarios que desfilan para recrear unos momentos y lugares en la historia de Japón que ya no existen. Itezuru bulle de vida y, como ella misma, es diversa y caótica; pero Kamimura nos sabe llevar de la mano, siguiendo los pasos de Tsuru, para tratar de comprender un poco mejor ese enmarañado submundo.

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Me encanta el director Nagisa Ôshima, del cual ya escribí en esta entrada sobre otra película suya: Feliz Navidad, señor Lawrence (1983). Lo considero uno de los cineastas más originales e incómodos de la historia fílmica de Japón. Al menos de los que yo conozco. El imperio de los sentidos (1976) fue una cinta que estuvo rodeada de conmoción y escándalo, tuvo que estrenarse mediante una productora francesa, ya que por su contenido era imposible hacerlo en las islas. Se trata de un film prácticamente pornográfico, explícito y severo en su argumento. No es una obra que me guste en especial de Ôshima, de hecho creo que tiene bastante mejores, pero la estimo oportuna en lo que respecta a nuestra temática de hoy por dos motivos: refleja muy bien la realidad social y sexual de una época; y está basada en un hecho real.

Sada Abe, protagonista de El imperio de los sentidos, fue y todavía es, un fenómeno mediático que sobrecogió a los japoneses en 1936. Su caso ha fascinado de una manera morbosa y extraña durante décadas. Tampoco hay que perder de vista que el contexto era muy proclive a favorecer el éxito de un suceso así: la fiebre del ero guro nansensu del momento y que un escándalo sexual de esa índole ayudaba a distraer la atención de un horizonte poco halagüeño, con la Segunda guerra sino-japonesa en ciernes. Sada Abe estranguló y amputó los genitales de su amante, Kichizo Ishida, y anduvo con ellos, envueltos en papel de periódico, varios días por la ciudad hasta que fue arrestada por la policía.

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Sada Abe durante su detención en la comisaría de Takanawa en Tokio

La película de Ôshima se centra sobre todo en la especial relación que mantuvieron criminal y víctima; el estilo de vida que llevaban, la evolución de su idilio, sus prácticas sexuales y el previsible desenlace. Pero, ¿quién era Sada Abe? El imperio de los sentidos presupone que el espectador tiene unas mínimas nociones sobre ella porque no se para mucho en informar sobre su pasado. Las pinceladas que da son certeras, suficientes para un retrato psicológico subordinado al presente de la historia, pero poco más. Sada Abe es, como nuestras anteriores protagonistas, otra mujer sumida en las corrientes del mizu shôbai. Pero esta vez ya no se trata de un personaje ficticio, sino uno muy real y que desapareció, sin dejar rastro, a principios de la década de los 70.

Sada Abe nació en 1905 dentro de una familia acomodada de Kanda (Tokio), siempre soñó con ser geisha, pero aunque muy hermosa, sus habilidades no eran lo suficientes para alcanzar una categoría alta. Fue una niña consentida por su madre y muy rebelde, lo que llevó a su padre a venderla a un burdel como castigo por su comportamiento. Aunque actualmente nos pueda parecer una barbaridad, era un tipo de maniobra habitual. Así fue como Sada entró en contacto con el mundo de la prostitución institucionalizada, y trabajó en él por diferentes ciudades como Nagoya, Osaka y Tokio. Tenía fama de camorrera y de vivir su sexualidad sin cortapisas (no sufría de ninfomanía, ojo); y aunque salió y volvió a introducirse en el sistema, fue mientras trabajaba fuera de él, como camarera en un restaurante, cuando conoció a Kichizo, dueño del negocio y mujeriego empedernido.

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Es a partir de ahí donde El imperio de los sentidos comienza su narración. Sada (Eiko Matsuda) y Kichizo (Tatsuya Fuji) se embarcan en una relación apasionada y demente en la que el sexo tiene un papel esencial. Kichizo llega a abandonar a su mujer, simular una ceremonia de matrimonio con Sada… pero los celos de ella crecen de día en día. No confía en Kichizo que, como hombre perteneciente a una sociedad donde hasta no hacía tanto la poligamia era aceptada; y la infidelidad masculina resultaba habitual, no siente remordimiento alguno en engañarla. Pero lentamente la obsesión de Sada y el incremento malsano de su sentimiento de posesión, devoran por completo a Kichizo. Llega a amenazarlo con amputarle el pene. Kichizo se somete voluntariamente a Sada, hasta el grado de entregarse a ella en cuerpo y mente, dispuesto a aceptar incluso la muerte. Por amor, por lujuria, no miedo.

Ôshima trabaja muy bien esa vertiente de la sexualidad japonesa mórbida, el binomio freudiano Eros/Tánatos. Es un juego de poder, de vida y muerte, que el director plasma con meticulosidad psicoanalítica en cada encuentro sexual de la pareja. El falo como mero objeto de satisfacción femenino, la asfixia erótica sadomasoquista como elemento de dominación. Los amantes destierran cualquier convención social o moral, el mundo de Sada y Kichizo ha dejado de ser hace tiempo el mismo que el del resto de los mortales. Y es tanto así que, lejos de presenciar un homicidio, el espectador asiste a un sacrificio por amor. Un amor enfermizo y condenado por su propia naturaleza autodestructiva, pero amor al fin y al cabo.

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En El imperio de los sentidos la mujer mizu shôbai comparte ciertas características con sus predecesoras. Son personas de talante fuerte, que han combatido mucho durante sus vidas y sufrido también en abundancia. Representan un modelo femenino que sorprende porque no es sumiso. La diferencia de Sada con las demás es que no acepta su rol de género y se convierte por ello en una especie de dokufu. Las sospechas y la ansiedad envenenan la relación; y el descenso paulatino a la locura es consentido y acelerado por el propio Kichizo.

Sada Abe en su momento fue considerada ejemplo meridiano de la amenaza que suponía la sexualidad femenina desatada para la sociedad. A pesar de ello, se granjeó las simpatías de una parte importante de los japoneses. Fue condenada por homicidio en segundo grado y, a pesar de que ella misma solicitó la pena de muerte, su sentencia fue de 6 años de cárcel de los que cumplió 5. ¿Víctima o verdugo? Está claro que Sada Abe fue ambas, sin embargo no hay que olvidar que se convirtió en una asesina. Eso es impepinable.

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Imagino que este tipo de entradas a los fans tradicionales del manganime les importarán un carajote. Hace ya unos cuantos meses que SOnC se ha alejado de los derroteros de la bitácora clásica dedicada al mundo otaco. Los que esperáis contenidos más tradicionales, si todavía quedáis alguno por ahí, no os preocupéis porque sigo escribiendo sobre material moderno y popular. No tengo nada en contra de él si me gusta pero, como podéis comprobar, mis intereses son variados y lo que no voy a hacer es cohibirme en mi propio blog. Antes dudaba más en publicar según que entradas, ahora me da ya un poco igual. Seguís siendo escasa gente la que me leéis y, si habéis aguantado hasta aquí, creo que soportaréis lo que venga en el futuro. Solo aspiro a no aburriros, eso sería lo grave.

Todo este rollo macabeo se debe a que he recibido un mensaje privado por facebook, bastante irrespetuoso añado, de un lector que me transmitía sus dudas respecto a la dirección de SOnC. Aderezándolo con un estupendo mansplaining. Resumiendo, que no “entiende” mi bitácora. En realidad todo se ha desencadenado con la entrada dedicada al hentai. He perdido seguidores a causa de ella, algo que, no obstante, esperaba; y aunque a unos cuantos os ha gustado, a otros tantos ha indignado bastante. Qué le vamos a hacer, no se puede gustar a todo el mundo y tampoco creo que deba dar más explicaciones sobre lo que publico y dejo publicar… pero voy a dejar una cosa clara: SOnC no es una democracia. Oh, sorpresa. Es mi blog y en él corto el bacalao yo. Eso sí, cada lector es libre de abandonarlo en cuanto le plazca, no obligo a nadie a leerlo. También solicito y acepto críticas y sugerencias, por supuesto, siempre desde la cortesía y la buena intención. Si no es así, a escaparrar.

Solo quería puntualizar algunas cosillas, gracias por vuestra atención. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Entomología social con el maestro Tezuka

Le estoy cogiendo gusto. Y mucho. A pesar de que son entradas muy poco populares. Pero no puedo evitarlo.

Me refiero a escribir sobre mangas clásicos. No creo que me dure el arrebato tanto como para hacer una sección (soy así de voluble, qué le voy a hacer). No obstante, tras haber logrado acabar la maravilla de Utsubora después de que Milky Way haya tardado lo que me han parecido siglos en enviármela, El libro de los insectos humanos (1970) de Osamu Tezuka se ha aparecido en mi mente como un fantasma. ¿Por qué? Pues porque es evidente que Asumiko Nakamura ha encontrado inspiración en él (y en Ayako, btw). Las influencias son inevitables, necesarias también; y en el caso de Utsubora, aunque perceptibles, han servido para concebir una obra muy distinta.

Pero no voy a dar la tabarra con el manga de Nakamura, sino con el de Tezuka. Hace un par de años Astiberri tuvo el buen tino de publicarlo en España, por lo que pude hacerme con él. Y todavía no me he arrepentido de soltar los veintipico pavos que costó. El libro de los insectos humanos o Ningen Konchûki es un manga espléndido; muy representativo de esa faceta oscura de Tezuka, rendida al gekiga, y que es complicado defraude.

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A estas alturas creo que no es necesario que presente a Osamu Tezuka, ¿verdad? Si resulta ser así y eres seguidor del manganime, tienes un serio problema… muy fácil de solventar, de todas formas.

Este Libro de los insectos humanos no tiene nada que ver con sus obras iniciales, dirigidas a un público infantil o adolescente. Ante todo, se trata de una historia adulta y MUY explícita tanto en lo sexual como en la violencia física/psicológica que expresa. Quedáis avisados. El manga está estructurado en cuatro capítulos: La cigarra de primavera, El pulgón, El coleóptero y El grillo. Las transmutaciones de su protagonista. Todos muy elocuentes, sobre todo si se conocen los hábitos más característicos de estos bichitos, a los que debía ser afecto Tezuka.

Esta obra se podría describir como las andaduras de una cabronaza. Porque trata, sobre todo, de la trayectoria gloriosa y vil de Toshiko Tomura, una mujer joven que ha logrado lo increíble en un tiempo récord: ser una actriz de renombre, recibir reconocimiento internacional al hacerse con el premio anual de la Academia de Diseño de Nueva York y, finalmente, ganar el premio Akutagawa con su primera novela, El Libro de los Insectos humanos. Una verdadera proeza esta la de destacar de forma tan apabullante en tan diferentes disciplinas. La burguesía y élite intelectual nipona se encuentran arrobadas ante tal portento. Aunque no es oro todo lo que reluce, y el suicidio de una joven escritora novel, Kageri Usuba, antigua compañera de piso de Toshiko, despierta las sospechas de un periodista sensacionalista. Pero esto solo es el principio…

insects2El personaje de Toshiko, que no es muy difícil deducir que está basado en la figura de la escritora Toshiko Tamura (1884-1945), trasciende la noción tradicional de la femme fatale. Va mucho más allá, la supera con creces. Esta creación de Tezuka es realmente perversa y, lo que es peor, completamente creíble. Toshiko es un parásito que absorbe, metaboliza y destruye a sus presas. Su gran virtud es hacerlo de una manera tan perfecta que muy pocos conocen su secreto; y los que lo descubren, suelen acabar tan mal como sus víctimas. Es una artista del mimetismo, de la mentira; y muy inteligente además. Da miedo. Pero aunque ella es la protagonista, Ningen Konchûki se asienta en una galería de personajes muy interesante y heterogénea, la mayoría de ellos hombres. Tezuka traza un retrato concienzudo y despiadado de la sociedad japonesa de la época; una época donde todavía no se ha superado el fuerte golpe a su identidad nacional tras la II Guerra Mundial, que va a la deriva y se refugia en la asimilación de la cultura vencedora, la estadounidense, hasta incluso superarla. Se podría decir que El libro de los insectos humanos es una alegoría cruel pero realista, de lo que sucedió en Japón durante varias décadas. Así que tampoco es sorprendente hallar una tremenda misoginia en esta obra; no porque Tezuka fuera misógino, es que el país lo era. Pero existen muchas mas metáforas en este manga, la misma animalización de los personajes, equiparándolos a insectos, deja muy clara la disposición de Tezuka hacia su propia patria. Es una crítica mordaz y con cierto desprecio también.

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Y todo esto lo hace a través de un thriller psicológico en toda regla. Una historia que nos obliga a presenciar actos de crueldad y maldad absolutas; también observar las debilidades y la complejidad de la psique humana. La hipocresía social y la ferocidad dirigida hacia el débil. Aunque no lo parezca, esta obra es muy accesible y atrapa inmediatamente, porque Tezuka sabe desarrollar el argumento con mucha naturalidad. Logra incluso que no odies a Toshiko, aunque se trate de una mala persona. Uno puede llegar incluso a admirar esa capacidad de metamorfosis continua que posee esta mujer; surge una curiosidad morbosa por saber hasta dónde es capaz de llegar, dónde se encuentran sus límites. Y en su periplo, esta sociópata se topa con otros personajes que no son, ni mucho menos, mejores que ella.

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Aunque no os lo creáis, Toshiko también tiene su corazoncito… pero eso es algo que debéis descubrir por vosotros mismos leyendo el manga. Paso de profundizar más en el tema porque, tal como está concebido al más puro estilo cine noir, sería una enorme putada contaros más del argumento. Y eso que internet está a rebosar de reseñas con spoilers, pero yo no me uniré a ellos, no voy a cometer ese error garrafal. Ya que hablamos de cine, es evidente su influjo, lo primero que me viene a la cabeza a bote pronto es Psycho (1960), pero hay más. Y mejor no hablamos de Disney y los cómics occidentales, algunas viñetas en este El Libro de los insectos humanos son auténticos homenajes a Eisner o a Fantasia (1940). El simbolismo además que utiliza Tezuka es muy reconocible, a veces brutal, pero otras sutil y delicado. El arte aquí es el propio del autor, muy característico, y brinda concesiones a la cultura popular norteamericana como el jazz o la psicodelia. Limpieza, claridad, pero también tinieblas y manchurrones de tinta en un alarde de emotividad magistral. Es versátil y sorprendente, no se podía esperar menos de Manga no Kamisama.

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El libro de los insectos humanos no es un manga para todos los públicos. Contiene mucho dolor y, a pesar de ser formalmente asequible, es de un salvajismo alucinante. Eso sí, muy entretenido y se lee del tirón. ¿Lo recomiendo? ¡Demonios, claro que sí! Es un clásico, una de las mejores obras de Tezuka, pionera en muchos aspectos. Pero como casi siempre advierto en obras con ciertos añitos, no hay que perder de vista jamás en qué época fue escrito y nunca juzgarlo desde una perspectiva contemporánea.