manga, Tránsitos

Tránsito XII: Los insectos en mí

Este 2017 los Tránsitos se han visto reducidos a solo uno. Tenía un par de sorpresas preparadas, sin embargo las circunstancias no han acompañado para que pudiera terminar de escribirlas. Para otra vez será. Samhain es mi festividad favorita del año, así como octubre es mi mes preferido también; por eso esta sección del blog es mi predilecta. Me ha dolido un poquito no poder explayarme como me gustaría, pero al menos el Tránsito presente se puede aseverar que es especial de verdad.

Se trata de un manga singular, un tebeo de una artista plástica, mangaka y también animadora, llamada Akino Kondô. La he nombrado en SOnC ya un par de veces, porque se trata de una mujer realmente fascinante. Lleva ya más de una década sorprendiendo y deleitando a los que le seguimos la pista. Y no resulta fácil hacerlo, al menos desde España, pues no hay nada publicado suyo por estos lares. El cómic protagonista de hoy fue uno de sus primeros trabajos, Hakoniwa Mushi (2004), y es una de las cosas más bonitas, oscuras e inquietantes que he leído en tiempo.

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Skirt of the night (2004) de Akino Kondô

Hakoniwa Mushi fue publicado parcialmente por la editorial francesa Le Lézard Noir con el nombre de Les insectes en moi. Por cierto, me compraría su catálogo de manga enterito. Pero no soy millonaria. Su selección es extraordinaria, late al unísono con mi pobre kokoro de pedantorra pseudohipster. Ay. Ojalá alguna editorial en castellano se atreviera a sacar algo de Akino Kondô también, pero veo bastante difícil el tema. Mientras, seguiré acudiendo fielmente al lagarto negro, porque me está brindando muy, muy buenos momentos comiqueros.

Pero regresando a Les insectes en moi, se trata de una recopilación de 9 one-shots que Kondô fue publicando en las antologías AX y Comic H. También hay un par que son inéditos. De uno de los yomikiri incluidos en este tomo ya escribí hace un tiempo aquí. En las últimas páginas la editorial adjunta reproducciones de las obras pictóricas relacionadas con el universo que plasma en Hakoniwa Mushi, y es un auténtico privilegio poder observarlas en papel.

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Ladybirds’ requiem 2-10-02 (2006) de Akino Kondô

El leitmotiv de Les insectes en moi, como el mismo nombre indica, son los insectos. Akino Kondô, que se crió en un ambiente de artistas (su madre es diseñadora y su padre arquitecto), sintió muy pronto una atracción hacia los bichitos de la madre naturaleza. Al contrario que a muchos humanos a los que les repugnan e incluso los temen, Kondô no. Para ella son una fuente inagotable de inspiración, una fascinación que la ha llevado incluso a participar en seminarios para paladear y comer insectos. Estos animalitos han formado parte de su infancia (tuvo de mascota un escarabajo rinoceronte) y muchos de sus recuerdos están vinculados a sus amiguitos los artrópodos. Y esa especie de nostalgia, los juegos de la memoria, tienen una importancia vital en gran parte de este volumen.

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La protagonista de esta serie de trabajos es Eiko, una niña-muchacha que, como alter-ego de Kondô, expresa sus pensamientos y obsesiones sin rodeos, acudiendo al lenguaje onírico y simbólico de la mente cuando divaga libre. En un mundo imaginario, pleno de tinieblas y luz, absurdo y magia, las ocho historias, aunque independientes, se entretejen unas con otras mediante los delicados filamentos de las pesadillas. Las actividades cotidianas, los objetos más comunes se descubren como resortes que disparan los recuerdos hacia un torbellino donde infancia, sueños y realidad se mezclan. Leer Les insectes en moi es una experiencia única, pues nos adentra en el universo personal de Kondô. La subjetividad pura se adueña de todo, los sentimientos de la autora son los que marcan el rumbo construyendo una galaxia donde las diferentes realidades están conformadas por los deseos, pulsiones y reflexiones de la autora.

Pero no estamos hablando de una obra incomprensible para el lector. A pesar de su naturaleza simbólica, Kondô se sirve de un lenguaje visual cinestésico que, intuitivamente, es muy sencillo de seguir. Solo hay que dejarse llevar y viajar por sus vastos paisajes. Es el suyo un planeta de sutil horror y belleza que, a pesar de las apariencias, no carece de cierta lógica interna. También hay espacio para la ingenuidad y lo ordinario, pero se ven rápidamente transformados en pequeños monstruos de la mente. Las influencias son muy obvias, y están perfectamente asimiladas en su estilo: el surrealismo de Jean Cocteau, la filosofía budista, la cultura pop, el ingente legado de la revista Garo y creadores como Seiichi Hayashi o Toshio Saeki.

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Isis, diosa protectora de libros y tebeos. Obsérvese cómo lanza su patita para defender el volumen hasta de su legítima dueña. AHORA ES MÍO.

En general, Les insectes en moi es una obra que se regocija en su libertad, porque se trata de un tebeo donde Kondô no se inhibió a la hora de derramar sus intestinos. Son retratos viscerales e infantiles; una cirugía exploratoria del yo donde la artista plasma con gran tino cómo palpita su ser. Y el arte, que es su medio básico de expresión, donde apenas hay texto o diálogos, resulta de una simplicidad perversa. Con un estilo minimalista y nítido, de trazo redondeado pero minucioso en los detalles, Kondô logra revelar la complejidad de sus ideas de una manera realmente única. Y hermosa. Se nota, además, que es una autora bastante perfeccionistaLes insectes en moi solo es el comienzo. El principio por el que introducirse a la obra de Akino Kondô. Lo malo es que en Occidente todavía no hay demasiado acceso a sus trabajos, ni tampoco es muy conocida; aunque los pocos que sabemos de ella la admiramos y respetamos. Le Lézard Noir ha publicado también sus vivencias en Nueva York, New York de Kangaechû (2015), de las que haré reseña más adelante; y estoy muriéndome por que se animen a sacar adelante A-ko-san no koibito (2016), porque lo que he olisqueado promete muchísimo. Este último es un josei de enfoque mainstream pero que siendo de Kondô, se pueden esperar unas cuantas sorpresas. ¡Y el josei necesita nuevas ideas! ¡Ya vale de estereotipos idiotas! He dicho.

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Ladybirds’ requiem 1-11 (2007) de Akino Kondô

¿Recomiendo Les insectes en moi? Muchísimo, pero no es un manga comercial, sino situado en la órbita del cómic alternativo japonés. Y tiene una faceta arty que a algunos puede irritar, pero desde ahora aviso de que no es un tebeo pretencioso. Es honesto y directo en su esencia, sin embargo no tiene nada de convencional. Akino Kondô es una artista a quien no perder el rastro porque está haciendo historia, así de claro. Actualmente vive en Nueva York, pues se encuentra muy interesada por la escena de arte moderno de la ciudad, lo que en teoría debería facilitar que sus nuevos trabajos llegaran hasta nosotros. En teoría. Espero que no nos decepcione en el futuro, y que pronto podamos disfrutar de más obras suyas en Occidente. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga

Rojo Hayashi

Este pasado 23 de abril, zombi perdida, me sumergí  en ese insondable piélago de multitudes, sudorosas debo añadir, en el que se convierte uno de los paseos principales de la ciudad que me acoge. Vamos, gente apiñada al sol y comenzando a oler mal.  Se nota que estamos de cara al verano (¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!) y servidora, junto a unos cuantos amigos libreros, estábamos sufriendo estoicamente las inclemencias del astro rey. Todo por la lectura. Odio el sol, ¿lo he dicho ya alguna vez? Lo detesto. Pero ese no es el tema, estoy aquí soltando una auténtica homilía pedantorra para contar algo la mar de sencillo: encontré de pura casualidad un manga que, hace ya un tiempo, tenía incrustado entre ceja y ceja: Elegía Roja de Seiichi Hayashi. No lo estaba buscando, os juro que brotó ante mis ojos en un puesto de material de segunda mano y, claro, aullando como una loba me abalancé sobre él. Se trata de la edición de 2008 de Ponent Mon, que se encuentra descatalogada. No es la de Drawn & Quarterly, pero resulta bastante digna. Ha sido mi adquisición estrella del Día Internacional del Libro, no porque la considere mejor que mis otras compras, sino por inesperada y feliz.

Y aquí estoy, emocionada, comenzando su pequeña reseña. En vez de escribir el artículo que tengo pendiente sobre el Cao Dai, me apetece mucho más disertar sobre el manga en la década de los 70. Hurra. Sé de un par que me van a aplastar el cráneo si no envío cierto texto el miércoles… pero bueno, ¡que viva la procrastinación! Si no doy señales de vida el jueves, podréis encontrarme flotando en el delta del Ebro… sin cabeza. hayashi1

Ni que fuera Okiku

jugándose

la vida en un lance

de una o dos páginas

Hoy al este

mañana al oeste

Poco importa

ya la honra

Canto fugaz, sombra que vuela

ave migratoria, una sola pluma

Traducción de Víctor Illera Kanaya

Con estos versos empieza Elegía Roja o Sekishoku Elegy. Ojalá supiera el suficiente japonés para poder leer la composición original, porque no sé qué me da (sin menospreciar la labor del traductor) que hay más cera de la que arde. Es natural que este manga comience con una poesía porque, en realidad, Elegía Roja es un poema gráfico. Lo dice el propio título. Elegía. No es un manga al uso, así que hay que tener muy presente todo esto.

Esta obra fue publicada en la imprescindible y mítica Garo entre 1970 y 1971, una guarida donde artistas y mangakas podían dar rienda suelta a su creatividad sin cortapisas. En ella publicaron Sanpei Shirato, Tatsumi, Suehiro Maruo, Shigeru Tamura, Nekojiru… y otros tantos que seguían la estela del gekiga. Tezuka no dudó en fundar su propia revista, COM, imitando esa filosofía más experimental y adulta. La importancia de Garo, aunque no fuese ni la más popular ni comercial de las publicaciones, es indudable en la historia del manga. Y lo mismo ocurre con esta elegía carmesí, la influencia que podemos encontrar de ella en autores actuales es patente… para empezar en mi adorado Inio Asano.

«El viaje sentimental» de Nobuyoshi Araki (1971)

En Elegía Roja Hayashi plasma muy bien la sensibilidad de una época muy concreta del s. XX: el afán de ruptura y búsqueda de nuevos horizontes de la década de los 60 y la fagocitación final de este espíritu por parte del sistema provocando, paulatinamente, desengaño y tristeza en el alma. Esa aleación de esperanza que se va diluyendo y la amargura de la frustración, es lo que encontramos aquí. A través de un lenguaje visual vanguardista, expresa conceptos de tremenda pesadumbre interior; un paseo desarticulado y silente por la intimidad de dos personas atrapadas en la eterna ambivalencia idealismo/materialismo y la confusión que genera.

Esta obra no cuenta una historia en realidad, es lírica pura; expresa emociones y sentimientos. Las emociones y sentimientos de dos jóvenes enamorados, Ichiro y Sachiko, inmersos en una cotidianidad gris que los absorbe y va corroyendo. Ambos trabajan en la industria del anime y manga; tienen sus sueños y pequeñas ambiciones que chocan continuamente con la realidad, lo que les obliga a plantearse cuáles son sus auténticas prioridades vitales. Amor y frustración. Huida y soledad. Egoísmo. Y la vulgaridad del drama que deja profundas heridas.

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El uso de la metáfora es recurrente, así como el de una elipsis intencionada que disloca la presunta continuidad. Y recalco presunta porque la disposición de Elegía Roja no es lineal, es un manga deconstruido. Este tipo de recursos los encontramos en uno de los grandes ascendientes que posee este cómic, tanto a nivel estructural como ideológico: la nouvelle vague cinematográfica francesa. A mí me recuerda especialmente al espíritu de Hiroshima mon amour (1959) de Resnais o À boute de souffle  (1960) de Godard; de hecho para mí Elegía Roja es Godard hecho manga. Pero no solo la sombra de Occidente planea sobre esta obra, también son cristalinas las alusiones literarias a Yasushi Inoue o Kenzaburô Ôe.

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El arte de Elegía Roja es moderno, y refleja de manera fascinante la psicología de los personajes. Es muy simple, diáfano y elegante. A veces distingo chispas de esos fondos desnudos de Giorgio de Chirico, incidiendo en el vacío existencial que se expresa; otras percibo el cubismo íntimo de Chagall o la sencillez enigmática de Kiyoshi Saitô. Seiichi Hayashi, no obstante, sabe jugar con las texturas en los momentos de gran intensidad; y también recurre al pop-art para crear metáforas sarcásticas. Sekishoku Elegy es una verdadera montaña rusa en todas sus facetas, así que hay que agarrarse bien las tripas.

Vamos, que la lectura de esta obra es exigente. Requiere una actitud abierta, libre de las convenciones habituales del manga comercial; no es para perezosos ni mentes acomodadas. Obliga a la introspección, pero hay que ser conscientes también de la época en la que fue creado. Uno de los peores errores que se pueden cometer al encarar esta obra es aprehenderla desde nuestra mentalidad del s. XXI. Los años 70 fueron mucho más ingenuos en ciertos temas, pero también más fecundos y audaces que los actuales. Elegía Roja es un clásico de la historia del manga. Puede gustar o no, pero su trascendencia es indiscutible.