Abril de ciencia ficción, literatura

Abril de ciencia ficción: creadoras a desvelar, autoras por descubrir

Mientras echaba un vistazo a todas esas obras de ciencia ficción japonesas que me encantan para escribir la siguiente reseña, me di cuenta de que casi todas ellas estaban escritas y/o dirigidas por hombres. Que no pasa absolutamente nada, conste en acta. Sin embargo, me hizo preguntarme: ¿dónde carajo están las mujeres en la SF nipona? Y me puse a investigar.

Y el resultado de mi pesquisas es este. La entrada de hoy es más un pequeño ensayo con mis descubrimientos personales, que han sido interesantes, pero que, por desgracia, no puedo disfrutarlos como debería. ¿El motivo? No hay demasiadas obras disponibles de escritoras sci-fi provenientes de Japón, por no hablar de que buscar información sobre ellas en un idioma inteligible ha sido tarea ardua. Así que he decidido compartir con vosotros mis indagaciones, y si encima hay suerte y el presente post logra atrapar la mirada de alguna editorial indulgente que se atreva a publicar algo de ellas, pues mejor que mejor (¡hola, Satori!). Hala. Ya lo he dicho.

He leído alguna cosilla suelta de las escritoras protagonistas de hoy, pero no os voy a engañar: de otras no he podido degustar nadanaditanada. Y de ahí mis grandes deseos de leerlas, mi súplica por que lleguen hasta nosotros, la necesidad de reivindicarlas. Todavía las mujeres se encuentran en cierta desventaja dentro de ciertos géneros literarios, y creo que merecen un empujoncito por nuestra parte, sobre todo siendo en su Japón natal ya novelistas reconocidas.

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¡Un aplauso para las Spacewomen, defensoras de la Tierra!

Hasta donde he podido rastrear en mi periplo internetero, la SF nipona escrita por mujeres florece en los años 70. Coincide con el auge que se vivió a nivel general en este tipo de literatura, con la asimilación de la Corriente Contracultural de finales de los 60, el movimiento de Liberación de la mujer, y el advenimiento de la Segunda Ola del Feminismo. ¿Quiere decir esto que fue una mera importación de lo que estaba sucediendo en el resto planeta? Como bien sabréis a estas alturas, camaradas otacos, Japón es otro mundo. A pesar de que confluyeron en el tiempo la SF feminista occidental y la SF creada por japonesas, en las islas la ciencia ficción femenina no siguió ninguna agenda política y se proclamó, por cierto, antifeminista.

¿Cómo puede ser esto así? Por varias razones. Japón es uno de los países desarrollados más androcéntricos y con una estructura patriarcal más rígida. En los años 60 y 70 todavía más. Los otacos sabemos esto de sobra, percibimos continuamente su disposición social a través de sus tebeos, juegos, anime. En las islas siempre se ha difundido una imagen desfigurada del feminismo, como una ideología extranjera e inmoral, cuyos defensores se distinguen más por su falta de control sobre las emociones que por su inteligencia. Esto no quiere decir que no existiera preocupación por la situación de la mujer en la sociedad japonesa; sin embargo, era la palabra feminismo la que generaba multitud de prejuicios.

Y se dio el hecho curioso de que muchas escritoras expresaban su repulsa hacia el feminismo y, no obstante, articularon en sus obras un vehemente discurso feminista. Con un panorama semejante, ya podréis imaginar que la ciencia-ficción escrita por mujeres en Cipango desarrolló características muy diferentes del resto. Y peculiares.

El espacio literario para escritoras de sci-fi en Japón no era demasiado amplio en los 70, pero algunas autoras lo fueron ampliando poco a poco, utilizando incluso la esfera existente del shôjo (manga, shôsetsu), ya afianzada desde hacía décadas, para seguir creciendo. Tomaron sus recursos y clichés sobre la femineidad, propios del patriarcado nipón y donde la presencia masculina era casi nula, y jugaron con ellos para crear una visión nueva. La suya.

En noviembre de 1975 la revista S-F Magazine dedicó sus páginas exclusivamente a obras escritas por féminas. Zenna Henderson, Marion Zimmer Bradley o Ursula K. Le Guin se codearon con dos autoras japonesas que estaban dando mucho que hablar: Yûko Yamao e Izumi Suzuki. Ambas estaban siendo importantes en el desarrollo de la ciencia-ficción nipona, ambas acabaron haciendo historia. Aunque por Occidente no se conozcan todavía demasiado. Sobre todo Suzuki, por la que siento verdadera fascinación. Así que, con vuestro permiso, voy a detenerme un poquito con ella. Creo que merece la pena. Y es una de esas escritoras que resulta imprescindible que tenga voz en lengua castellana (¿por favor?).

Izumi Suzuki (1949-1986) fue un ser humano excepcional, y como dijo el fotógrafo Nobuyoshi Araki, responsable de las fotos que veis arriba, “una mujer de su tiempo”. Con ella empezó la ciencia-ficción japonesa creada por mujeres, donde la feminidad se deconstruyó y recreó de nuevo bajo sus propias reglas. Tuvo una existencia bastante agitada, de adolescente abandonó el instituto y huyó de casa para dirigirse a Tokio, donde trabajó de actriz en películas eróticas, modelo de desnudos y hostess en clubes. Pero fue una mención especial en la revista Shôsetsu Gendai de una historia suya la que le animó a buscarse la vida, y volcarse más adelante en la escritura. Sin embargo, para ella fue completamente inesperado que SF Magazine seleccionara su Majo Minarai (1975) para el especial de mujeres, y a partir de entonces fue publicando regularmente relatos. No se consideraba a ella misma una autora de ciencia-ficción, la catalogaron así.

Se casó con el saxo-alto Kaoru Abe, un músico de importancia capital dentro del jazz y el avant-garde en Japón; y fue a través de la película El Vals Eterno (1995), que vi hace tres  millones de años por lo menos, que oí por primera vez su nombre. En el film se centran sobre todo en la figura de Abe, muerto en 1977 de una sobredosis de Brovarin, y pasan un poco por alto la significativa actividad literaria de Suzuki. Es una película más bien sobre la relación tormentosa, tóxica que mantuvieron, inmersos en una espiral de autodestrucción. Pero sirve para enmarcar en cierta forma la intensidad con la que sentía el mundo la escritora. Su estilo de vida fue bastante inusual y errático, lo que no le impidió ser consciente del gran maelstrom que representaba la sociedad de consumo japonesa de los 80, que lo engullía todo en su vacío. Y así lo plasmó en sus obras, con gran realismo. Izumi Suzuki quizá sea, junto a Yukio Mishima, una de las creadoras que más controversia generaron en su época; y como el propio Mishima, también decidió suicidarse.

Los trabajos de Suzuki son hijos de su época, toman mucho del espíritu antiautoritario de la Contracultura y posee ingredientes claramente feministas y de la ficción transgresiva. Una de sus obras más representativas, Onna to onna no Yononaka (1977), plasma muchas de estas ideas, explorando la viabilidad del feminismo separatista y los límites del amor heterosexual. La conclusión a la que llega es ambigua, aunque la desconexión entre el mundo masculino y el femenino no la considera positiva. El quid sería cómo lograr una coexistencia que no supusiese opresión para las mujeres. Y en ese tema Suzuki no fue muy optimista.

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Yûko Yamao

Si Izumi Suzuki fue clave en el desarrollo de la SF escrita por mujeres en Japón, su contemporánea Yûko Yamao (Okoyama, 1955) no le fue tampoco a la zaga. Una de las características más evidentes de la SF nipona es que es experta en recrear atmósferas y estados de ánimo más que enfocarse en la acción. Y en los trabajos de Yamao es, precisamente, lo que encontramos. Estuvo varios años, desde 1985 hasta 1999, sin escribir porque decidió dedicarse a la crianza de sus hijos; pero, afortunadamente, regresó a la actividad literaria. Por lo que he podido indagar, se trata de una autora a la que le gusta introducir elementos surrealistas y del mundo de la fantasía, con una tendencia marcada a la meditación y el buceo en los mares de gamas de grises. Sus trabajos más destacables son Kamen Butôkai (1973), que quedó finalista en los galardones Hayakawa de SF, Yume no sumu Machi (1976), Lapis Lazuli (2000) y Perspective (2010). Ha tratado de manera bastante singular el tópico recurrente en el género de “lo femenino como monstruoso”, y de su combate como una manera de dominar la sexualidad femenina y delimitar la feminidad. No deja de ser una metáfora. La mujer que se convierte en monstruo es la que desafía el orden social y expresa su inconformismo. Pero Yamao, como otras escritoras también, no pelea contra el monstruo: lo acepta como es e, incluso, justifica su supervivencia.

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Mariko Ôhara

Y desde el punto de vista femenino, el monstruo puede adquirir muchos rostros, incluido el de la madre. Y Mariko Ôhara (1959) resulta una autora que es obligatorio mentar por muchísimos motivos. Tanto por sus contribuciones al concepto de “lo femenino como monstruoso” en su Moshimo to iu Jikkenba de: Josei Sakka ni totte no haha: 2777-nen no Jo-ô (1995), donde elabora la idea del “fascismo maternal”, como en su monumental Hybrid Child (1990), que se llevó dos veces el premio Seiun (1990, 1991) y es uno de sus trabajos más destacados, ¡y traducido al inglés, otaquería! Ojalá llegue pronto al español. Aunque, gracias a Satori (siempre GRACIAS) en su recopilatorio Japón Especulativo podéis disfrutar de uno de sus relatos más conocidos en Occidente: Chica (1984). Ôhara es una de las grandes de la SF nipona, y es versátil como ella sola porque escribe guiones para manga, ensayos, novelas, videojuegos, radiodramas, reseñas… Y ha destacado por tratar temáticas transgénero y feministas con franqueza. En sus obras la mujer posmoderna japonesa, incrustada en un medio capitalista hipertecnificado, se enfrenta constantemente a la imagen tradicional femenina.

Otra escritoria esencial es Motoko Arai (Tokio, 1960), que eligió adherirse a esas escritoras SF que aprovecharon la esfera del shôjo (manga, shôsetsu) para desarrollar sus carreras. Y con bastante acierto. Es toda una celebridad. El shôjo es una noción que pertenece al universo femenino tal como lo plantea la sociedad patriarcal japonesa, y representa un momento en la existencia de la mujer que no se corresponde ni a la infancia ni a la adultez. Un intervalo reducido de tiempo donde la mujer todavía puede disfrutar de ciertas libertades y privilegios, pues no existen las restricciones que los roles de esposa y madre le exigen. Este intervalo de tiempo, además, está restringido a ciertos espacios donde lo masculino apenas tiene presencia.

Arai hizo suyos los procederes del shôjo para subvertirlos y usarlos de medio para transmitir un feminismo muy personal. Pero su objetivo no fue proselitista sino simplemente narrar historias de ciencia-ficción donde, además, destacaba un uso del lenguaje natural, reflejo del que las propias adolescentes utilizaban. De hecho, Arai fue la responsable de la popularización del término otaku. En su momento se trató de toda una revolución que no fue bien recibida por todos, sin embargo su influencia se ha dejado notar hasta en autoras contemporáneas como Yoshimoto Banana (1964).

Motoko Arai fue una escritora precoz, con 16 años ya empezó a hacer sus primeros pinitos en competiciones literarias, y con 18 su novela Atashi no naka no… (1978) fue muy elogiada y obtuvo una mención especial por parte del autor de microrrelatos Shinichi Hoshi (que era muy amigo de Osamu Tezuka, por cierto). Mientras estudiaba en la Universidad de Rikkyô literatura alemana, ganó dos premios Seiun con sus novelas Grîn Rekuiemu (1981) y Nepchûn (1981). Cuando se graduó ya había escrito 8 libros en total, y vinieron muchos más, de entre ellos a destacar Chigurisu to Yûfuratesu (1999), que se llevó el Gran Premio de ciencia-ficción de Japón.

Estas tres señoras que veis son Yumi Matsuo (Kanazawa, 1960), Hiromi Kawakami (1958) y Motoko Arai. Sobre Matsuo-sensei, su primer trabajo, Ijigen kafe terasu (1989), fue publicado cuando todavía trabajaba de OL (office lady), que es el empleo administrativo que las grandes empresas asignan al personal femenino, sin perspectivas de ascenso profesional ya que se da por hecho que cuando se casen dejarán su puesto para dedicarse al hogar. Se graduó en literatura inglesa en la Universidad de Ochanomizu, donde era miembro del grupo de investigación de ciencia ficción. Matsuo suele incorporar ingredientes de otros géneros a sus obras, como la fantasía o el romance. También suele parodiar los recursos de autores conocidos, como Arthur Conan Doyle, Ray Bradbury, Agatha Christie o Frederick Brown, ya que los conoce muy bien. Desde muy niña tuvo acceso a la literatura SF porque su padre era un auténtico fanático; pero precisamente por tenerla a su alcance, no le prestó la atención debida hasta que llegó a la universidad.

Y en 1994 publicó el que es su relato más conocido: Barûn taun no satsujin. En él, desde una postura próxima al postfeminismo, Matsuo ayudó a evidenciar la invisibilización existente hacia la mujer embarazada en la sociedad japonesa, deconstruyendo a su vez estereotipos. El relato se desarrolla en un sector de Tokio aislado del resto del mundo, y habitado únicamente por embarazadas. Son mujeres que eligen tener sus hijos de manera tradicional, a pesar de la existencia de úteros artificiales. Y en esa especie de región autónoma, con sus propias instituciones y recursos, una serie de crímenes tienen lugar. Asesinatos cometidos por una mujer embarazada. Y es otra señora preñada la que debe resolver los misterios, claro.

Como en la sociedad japonesa, donde los espacios femeninos ocupan los márgenes y se encuentran estrictamente acotados, Barûn taun no satsujin plasma una realidad donde el cuerpo femenino en transformación también es segregado y circunscrito en su ghetto. Pero al contrario que en la vida real, donde un organismo gestante no es admisible por los cánones de belleza establecidos, en la narración cobra protagonismo y es aceptado como propio de la naturaleza humana. Y como seres humanos, las embarazadas pueden cometer crímenes, resolverlos o simplemente salir a la calle y hacer lo que les venga en gana. Desconozco si los hermanos Coen leyeron esta narración, pero su película Fargo (1996) comparte algunos rasgos en común. Y donde su influencia resulta todavía más patente es en el maravilloso manga Wombs (2016) de Yumiko Shirai, cuya reseña podéis leer aquí.

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Haruna Kawaguchi e Issey Takahashi, protagonistas de la adaptación fílmica de la novela de Yumi Matsuo “Kugatsu no Koi to Deau Made” (2007), que se estrenó en marzo de 2019.

Sobre Hiromi Kawakami, por ejemplo, creo que no hay mucho que decir, porque es una autora bastante conocida en Occidente. Ha sido galardonada con sendos premios Tanizaki y Akutagawa, y unos cuántos más no menos importantes. Y, por supuesto, también ha contribuido con su granito de arena a la SF japonesa. De manera similar a Yûko Yamao, a mediados de los 80 decidió retirarse de su trabajo como profesora de instituto para casarse; sin embargo, regresó en los 90 para beneficio de todo el universo. Incluida ella misma. El recopilatorio Japón Especulativo de Satori (gracias, gracias, gracias hasta el infinito) contiene un relato corto suyo, Mogera Wogura (2002), muy recomendable.

¿Y podría realizar un artículo dedicado a autoras japonesas sin mentar a Kaoru Kurimoto (1953-2009)? Es algo impensable pero, de todas formas, ya escribí sobre ella cuando realicé la reseña del anime inspirado en su saga literaria de Guin. Es una bestia parda de la literatura japonesa, insuperable en muchos aspectos. Y como me está quedando una entrada de un tamaño bastante respetable, voy a ir terminando. Creo que es importante citar a gente como Reiko Hiwaka (1958), la laureada Setsuko Shinoda (1955), Aki Satô (1960), la reina del steampunk Fumio Takano (Ibaraki, 1966) o Yoriko Shôno (1956).

Hace unos días que he terminado de leer, por cierto, dos cuentos estupendos: Real Boys de la escritora Clara Kumagai, y Notes from Liminal Spaces de Hiromi Goto. Me han encantado. Ambos se hallan incluidos en la compilación Sunspot Jungle Vol. 1 (2018), que también os recomiendo por su enorme variedad. Por lo que, como podéis comprobar, el panorama en la ciencia ficción japonesa escrita por mujeres es fértil y de calidad, pero necesita más difusión. Servidora solo ha arañado la superficie.

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Con todos ustedes, la bestia parda Kaoru Kurimoto. On your knees. YA.

Si os habéis quedado con ganas de más, os recomiendo la lectura del magnífico ensayo El espacio, los cuerpos y los aliens en la ciencia-ficción femenina japonesa (2002) de la crítica literaria Mari Kotani (1958), y que podéis leer íntegramente aquí (francés). Muchas ideas de la entrada las he encontrado en sus páginas, he aprendido mucho. También el ya mencionado volumen Japón Especulativo de Satori Ediciones me ha brindado información valiosa. El resto ha sido ir recogiendo miguitas por un lado y por otro en internet. Espero que muy pronto tengamos entre manos más información disponible sobre estas autoras (¡y otras muchas más!). Lo merecen. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

2017: un siglo de anime, anime, cortometrajes, marionetas

Per aspera ad astra: mujeres en la animación japonesa

Se acerca ya el fin del 2017, durante el cual SOnC ha tratado de celebrar, a su cutre manera de blog amateur, el centenario de la animación japonesa. ¡Un siglo de anime, camaradas otacos! Por lo que la sección, si no toca ya a su fin con esta entrada (depende del tiempo que me reste para escribir otro post que tengo planeado), le queda realmente muy poquito. No ha sido el apartado de la bitácora que más lecturas ha tenido y eso, hasta cierto punto, resulta algo preocupante, pues denota falta de inquietud hacia las raíces, historia y esencia de nuestros amados dibujitos chinos. Pero eso ya sería otro tema, que enlazaría con la percepción de la cultura como mero producto de consumo y entretenimiento, una fábrica de dinero sin más. El capitalismo y sus cosillas de la mercantilización, ya sabéis.

Pero antes de que empiece a desvariar paseando por esos aromáticos cerros de Úbeda que Marx visitó un soleado 10 de diciembre de 1856, vamos a centrarnos en lo que toca hoy. Y es que, a pesar de que he intentado divulgar un poco el imprescindible legado de Tadahito Mochinaga, Tadanari Okamoto o Noburô Ôfuji, algo me resonaba por dentro continuamente: ¿y las mujeres en el anime? ¿dónde estaban? ¿dónde están? Porque haberlas, las hubo y las hay. Y no pocas. Pero creo que es de dominio público el recio machismo de la sociedad japonesa, por lo que su posición en el mundo de la animación estaba supeditada a la masculina. Aunque la presencia femenina puede rastrearse desde los años 50 y en abundancia, sus puestos eran menores. Por realizar el mismo trabajo recibían un sueldo considerablemente más bajo, no se les solían ofrecer tareas creativas o de cierta importancia; y en cuanto se casaban debían abandonar, según contrato además, su empleo, por lo que las posibilidades de medrar y desarrollarse profesionalmente eran casi nulas.

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“Mujer joven saltando desde el balcón del templo Kiyomizu” (1765) de Suzuki Harunobu

Al contrario que en el manga, donde la mujer fue ocupando su espacio a partir sobre todo de los años 70, el anime mantuvo una robusta presencia masculina. De hecho, actualmente todavía existe una enorme brecha entre hombres y mujeres, un techo de cristal que, poco a poco y lentamente, va tornándose más permeable. Aunque las mujeres ya están realizando labores fundamentales, como el diseño de personajes o la key animation, la dirección aún permanece sobre todo en manos varoniles. Así pues, la entrada de hoy está dedicada a esas personas que trabajaron y trabajan en un medio todavía adverso, luchando día a día contra los prejuicios, la minusvaloración y el desdén. Mujeres que decidieron saltar al vacío a pesar de las circunstancias y que han hecho, y están haciendo, historia en la animación japonesa. Cada vez van apareciendo más, con un talento equiparable y en ocasiones superior al de sus colegas masculinos, ocupando un lugar que les pertenece por derecho propio como los seres humanos con capacidad de pensar y crear que son.

Así que, un poco más abajo, tenéis a vuestra disposición una lista con 10 animadoras que merecen atención. Es probable que conozcáis a casi todas porque, como es patente, no son muchas las que consiguen asomar su cabeza a la superficie. La gran mayoría de mujeres que trabajan en el anime continúa desarrollando tareas en las que es difícil hacerse un nombre o destacar. Aunque, de forma paulatina, el panorama va virando. Las mujeres hemos estado en el mundo de la animación desde sus inicios, artistas como mi amada Lotte Reiniger (1899-1981), Lillian Friedman (1912-1989) o  Laverne Harding (1905-1984) son la muestra de ello, pero esta disciplina siempre ha sido un club de chicos. Muchas animadoras simplemente no aparecían en los créditos por el hecho de ser mujeres; otras optaban por cambiarse el nombre a su versión masculina para evitar ser ninguneadas.

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Las novelas de “Seirei no Moribito” (Kaiseisha, 1996) de Naoko Uehashi fueron ilustradas por Makiko Futaki.

En Occidente no lo tuvieron nada fácil, sin embargo en Japón las perspectivas eran todavía menos halagüeñas. Toei Doga o Mushi Pro contaban con personal femenino, pero no dejaban de reflejar la sociedad reaccionaria de la que habían surgido. Aunque hubo creadoras que combatieron con tenacidad la desigualdad, como Reiko Okuyama o Kazuko Nakamura, de las que hablo un poquito en el listado.

También en Ghibli, por nombrar otros estudios emblemáticos, trabajaron y continúan trabajando artistas como Masako Shinohara, que comenzó en Toei como el propio Miyazaki; Megumi Kagawa, que ha intervenido en todos y cada uno de los films de los estudios; Atsuko Kanaka, una de las mejores especialistas en escenas de acción de la actualidad; y la fallecida en 2016 Makiko Futaki, uno de los tesoros mejor guardados de Ghibli y cuya indeleble huella la podemos encontrar tanto en sus producciones como en otras obras legendarias como Tenshi no Tamago (1985),  Ginga Tetsudô no Yoru (1985) o Akira (1988). Mientras, todavía hay que soportar comentarios sexistas como el de esta noticia, que Hiromasa Yonebayashi utiliza para justificar que aún no haya entre las filas de Ghibli ni una sola directora. Por lo que en honor a todas esas mujeres que han trabajado, y trabajan, en el mundo de la animación japonesa va esta entradilla. En un siglo de anime también el esfuerzo y sudor de las mujeres poseen su lugar. Ojalá no hubiera que prestar atención al hecho de si el que ha dirigido tal obra o escrito tal guion es hombre o mujer. Ojalá. Sin embargo, mientras el mundo resulte así de desigual y subestime de forma tan injusta el empeño y labor de la mitad de la población del planeta, habrá que continuar alzando la voz.

 


 

Saori Shiroki (1984, Tokio) es una animadora independiente centrada en la realización de cortometrajes. Se ha especializado en la técnica paint-on-glass o pintura al óleo sobre cristal, y su estilo está muy influido por la animación europea de Aleksandr Petrov o Caroline Leaf. Este tipo de arte es una herramienta extraordinaria, si se sabe utilizar con la suficiente pericia, para expresar la intensidad y el fluir de las emociones. Y Shiroki es una verdadera maestra, pues con gran sofisticación consigue hacerlo. Sus obras, hasta ahora, poseen una robusta carga simbólica que las hace suavemente melancólicas, capaces de invocar sentimientos que se sentían ya lejanos. Y no trata temas sencillos (la muerte, el maltrato, la soledad), además siempre acude a recursos más propios del cine mudo que del mundo de la animación para brindar más efectismo a sus cuentos. Una creadora a quien no perder de vista.

Obras de interés: Monotonous Purgatory (2012), Yubi wo Nusunda Onna (2010)

 


 

Rie Matsumoto (1985, Japón) es una de las mentes más creativas que hay en estos momentos pululando en el mundillo del anime. No estoy exagerando, a esta mujer no le ha importado en ningún instante correr riesgos; y posee un background estilístico para mear y no echar gota. Le gusta jugar y experimentar con diversas influencias, lo que resulta maravilloso. Esa es su filosofía, aunque en ocasiones choque frontalmente con los acostumbrados corsés de la industria de la animación. Porque lo suyo es ganar dinero, las aspiraciones artísticas no son prioritarias para el negocio. Y estas constricciones son las que pueden acabar sofocando la llama de esta creadora. En Kekkai Sensen se la vio un poquillo apurada, sin embargo el resultado fue estupendo, sobre todo si lo comparamos con lo que está siendo la actual segunda temporada. No obstante, es en Kyôsôgiga donde podemos apreciar a una Matsumoto en su salsa; y con el generoso horizonte que otorga pensar que estamos solamente ante sus primeras obras, podemos sentirnos relativamente tranquilos. Rie Matsumoto tiene bastante que ofrecer aún, mucho que madurar y evolucionar. Y con semejante talento, esperamos grandes cosas de ella. Veremos si acaba superando nuestras expectativas. O no.

Obras de interés: Kekkai Sensen (2015), Kyôsôgiga (2013)

 


 

Kiyoko Sayama (1975, Saitama) ha dirigido unos cuantos animierder, no es por nada. Vampire Knight es una bosta gigantesca, y con un fandom tan enorme como el hedor que desprende. Pero no estoy aquí para ganarme enemigos, ni tampoco para que huyáis de esta señora. La he incluido por buenos motivos. Muchas veces en la vida no se puede elegir, y toca apechugar con lo que toca de la mejor forma posible. Y Sayama-sensei sabe dirigir. Es extremadamente competente. Además, como no podía ser de otra forma, ha estado involucrada en proyectos como Romeo x Juliet (2007), Nana (2006-2007) o Seirei no Moribito (2007) que compensan los bodrios en los que ha tenido que trabajar. Sin embargo, no se debe olvidar que se trata de una animadora orientada ante todo a la vertiente más comercial del anime, en la que se mueve con soltura y eficacia. ¿Es eso malo? No tiene por qué, pero también es cierto que en el mainstream hay muchas más posibilidades de tropezarse con un zarrio. Al menos con Kiyoko Sayama está garantizada la profesionalidad.

Obras de interés: Seirei no Moribito (2007), Skip Beat! (2008), Vampire Knight (2008)

 


 

Sayo Yamamoto (1977, Tokio) es una de las animadoras más populares de la actualidad. Obras como Michiko to Hatchin, que se han hecho hace tiempo ya un merecido hueco en el kokoro de los otacos, o la celebérrima Yuri!! on Ice la han catapultado a la fama. Estos anime pueden gustar más o menos, lo que es indudable es el talento de esta mujer, que hasta el mismo Satoshi Kon supo apreciar, invitándola a colaborar con él en Millennium Actress (2002). Aunque por cuestiones de políticas de estudio el asunto no llegó a cuajar. Lástima. Yamamoto ha trabajado en numerosos proyectos como Samurai Champloo (2004), que fue un antes y un después a nivel creativo para ella, X (2001), Space Dandy (2014) y un largo etcétera; además en diversos puestos, que oscilaron entre el storyboard, la dirección de episodios o la dirección asistencial. Siempre ha procurado aprender lo máximo posible del puesto que ha ocupado, y siempre ha insistido en crear personajes femeninos fuertes, que dejaran su marca como dueñas de su destino.

Obras de interés: Michiko to Hatchin (2008), Ergo Proxy (2006), Lupin III: the woman called Fujiko Mine (2012)

 


 

Con Reiko Okuyama  (1935-2007, Miyagi) voy a detenerme un poquito más, ya que se trata de una de las animadoras más importantes de la historia de Japón. Junto a Kazuko Nakamura, cambió muchas cosas. Ambas fueron pioneras en muchos aspectos.

Okuyama-sensei tuvo una infancia enfermiza que pasó sobre todo en cama, por lo que pronto desarrolló un gusto especial por el dibujo. Por no decir que era una chica rebelde que leía a Shakespeare y a Simone de Beauvoir. Sin embargo, su llegada a la animación fue casi accidental, pues cuando se presentó en Toei Doga para conseguir empleo, pensó que se trataba de una editorial que buscaba ilustradores para cuentos infantiles. Esto no la amilanó, ni mucho menos, y comenzó a trabajar para ellos como in-betweener o interpoladora. Esto sucedió en 1957, y en 1959, a pesar de la discriminación sexual que existía en la empresa, ascendió al puesto de segunda animadora. Pero las cosas se torcieron cuando se casó con su compañero de trabajo Yôichi Kotabe y quedó embarazada. Toei Doga esperaba que dejara su empleo y se convirtiera en ama de casa; sin embargo, Okuyama no lo hizo. Aunque los estudios amenazaron con despedir a su marido, ella no cedió y con el apoyo de los sindicatos del medio, entre cuyos miembros más activos estaba Isao Takahata, consiguió uno de los grandes logros laborales para la mujer, no solo en el gremio de la animación, sino en toda la nación: las japonesas, a partir de entonces, ya podrían casarse y tener hijos sin la obligación de renunciar a sus carreras profesionales.

Continuó trabajando para Toei Doga hasta 1976, donde fue la segunda al mando, por ejemplo, justo detrás de Miyazaki en la película Horus, Prince of the sun. A partir de entonces, trabajó como freelance junto a su marido en numeroso proyectos como Marco (1976) Taro, the Dragon boy (1979) o Jarinko Chie (1981), aunque también empezó a ilustrar libros para niños. Hasta que falleció en 2007, continuó dibujando y ocupándose de la animación.

Obras de interés: Mazinger Z (1972-1974), Hotaru no Naka (1988), Sally the Witch (1966-1968), Horus, Prince of the sun (1968)

 


 

Kazuko Nakamura (1934, Japón) es la primera mujer japonesa que se dedicó a los dibujos animados, por eso muchos la llaman “la madre del anime“. También fue la primera en dirigir la animación de una serie de TV completa: Ribbon no Kishi.

En 1956, Nakamura-sensei empezó a trabajar en Nichidô Eiga, un año después los estudios fueron absorbidos por Toei y se convirtieron en Toei Doga. Pero no duró mucho por allí, pues Osamu Tezuka, mientras visitaba el estudio para trabajar en Saiyûki (1960), se percató de sus impresionantes habilidades y la reclutó para su propia productora: Mushi Pro. Kazuko Nakamura estaba encantada, pues el ambiente de libertad creativa que se respiraba en Mushi Pro era muy diferente del de Toei Doga, en el que además tenía que lidiar con un recalcitrante sexismo. Nakamura pudo desarrollar su potencial casi en plenitud, pues aunque no consiguió dirigir como tal una obra, si logró convertirse en su animadora más importante. Fue en las dos primera películas de Animerama1001 Nights (1969) y Cleopatra (1970), donde Nakamura dejó su huella de manera más elocuente. Los diseños de los personajes femeninos se alejaban por completo de la acostumbrada hipersexualización, redefiniendo la feminidad de una forma más natural y emotiva. Osamu Tezuka apreciaba mucho a Kazuko Nakamura, ella fue una de esas escasas personas a las que acudió luego tras el desmantelamiento de Mushi Pro.

Obras de interés: Ribbon no Kishi (1967-1968), Aru Machi Kado no Monogatari (1962), Cleopatra (1970)

 


 

Sôbi Yamamoto (1990, Hiroshima) es la más joven de las animadoras elegidas para la lista. Y aunque todavía está un poquillo verde, con la sombra de Makoto Shinkai bastante visible en su obra, promete mucho, sobre todo dentro del sekaikei y yaoi. Es una creadora eminentemente indie, pero esto puede cambiar muy pronto. Solo para empezar, Studios Deen confió en ella para dirigir Meganebu!, un anime un pelín tontorrón pero que hará las delicias de aquellos que disfruten con historias donde la sencillez y la diversión primen. Un producto ligero y alegre para matar el tiempo, muy bien estructurado. Y ese parece ser, de momento, el camino elegido por Yamamoto, el de los relatos cotidianos donde las personas, sus sentimientos y percepción del mundo son esenciales. Un enfoque reflexivo y comercial a la vez, veremos con qué nos sorprende en el futuro.

Obras de interés: Meganebu! (2013), Robotica*Robotics (2010)

 


 

Atsuko Ishizuka (1981, Okazaki) llegó a esto de la animación un poco por casualidad. A ella lo que realmente le interesaba, desde el instituto, eran las artes gráficas y la música, por lo que solía realizar vídeo musicales animados. Uno de estos cortos, Gravitation (2003), llamó la atención simultáneamente de Madhouse y de NHK, ofreciéndole ambos una oportunidad para trabajar con ellos. Ishizuka eligió los estudios, ocupando el puesto de asistente de producción. Pero NHK no se rindió, y negoció con Madhouse una colaboración con su nueva empleada para realizar un video-clip: Tsuki-waltz (2004). Esa sería su primera obra profesional. A partir de entonces, Ishizuka iría ascendiendo en Madhouse, logrando trabajar en posiciones de mayor responsabilidad e importancia. Es una mujer diligente a la que le gusta ponerse a prueba, y uno de los cerebros creativos actuales de los estudios.

Obras de interés: Nana (2006-2007), Aoi Bungaku (2009), No Game No Life (2014)

 


 

Fusako Yusaki (1937, Fukuoka) es una especialista en claymation o animación con arcilla. De hecho es conocida en Italia como la regina della plastilina. Y es un título bien merecido que no seré yo quien lo discuta. ¿Y por qué es tan famosa en el país con forma de bota? Pues porque muy pronto, recién graduada en Bellas Artes, consiguió una beca para estudiar en  L’Accademia di Belle Arti di Brera, en Milán, allá en un lejano 1964. Y ya no volvió a Japón. Fue una buena decisión por su parte quedarse en Europa, pues con toda probabilidad en su tierra no habría tenido las mismas oportunidades. Y eso que en esa época tampoco por aquí las cosas eran estupendas para las mujeres. Fundó sus propios estudios independientes, Studio Yusaki, y empezó a trabajar realizando spots televisivos y colaborando con la RAI y la NHK.

Yusaki-sensei fue una auténtica pionera, pues en la década de los 60 eran contadas con los dedos de una mano las mujeres que conseguían hacerse un nombre y triunfar. A lo largo de su carrera ha logrado multitud de galardones, ha sido jurado en los festivales de Annecy, Zagreb, Hiroshima, etc., y es profesora en l’Istituto Europeo di Design de Milán. Además sus películas forman parte de la exposición permanente del Museo Hara de Arte Contemporáneo, en Tokio. Fusako Yusaki es una leyenda que, más allá de Italia o Japón, apenas es conocida. Y es algo a lo que debería ponerse remedio.

Obras de interés: Naccio + Pomm (2001-2016), Peo in Svizzera (1997-2002), L’albero azzurro (1990- )

 


 

Fumiko Magari (1936, Okayama) es profesora en la Escuela de Animación Artística Laputa y dirige su propio estudio de animación, Magari Jimusho. Está especializada en stop-motion y ha realizado cientos de anuncios para la televisión, aunque ha trabajado en distintos campos, no solo el de la publicidad. El vídeo sobre consejos nutricionales que tenéis debajo forma parte de una serie de encargos que le hizo Nestlé en 2015. Es una de las mejores animadoras actuales en su especialidad, y no podía ser menos, pues se formó y comenzó a trabajar con los mejores: en MOM Production junto a Tadahito Mochinaga y en diversos proyectos con Tadanari Okamoto. No es muy fácil hallar material suyo en la red (¡y eso que es abundante!), pero si se es persistente, pueden encontrarse algunas cosillas. Y merecen muchísimo la pena echarles un vistazo. Fumiko Magari no solo trabaja el stop-motion o las marionetas, siempre ha estado abierta a otras técnicas y en sus más de cincuenta años de carrera así lo ha ido demostrando. No obstante, aunque recurre en ocasiones al CGI, es absoluta partidaria del trabajo manual. Es una artesana de corazón. Sus obras forman parte de los recuerdos de millones de japoneses, solo falta que la podamos descubrir en Occidente adecuadamente.

Obras de interés: Woof, the little bear (1983), Kentoshi monogatari (1999), Nutcracker Fantasy (1979), The New adventures of Pinocchio (1960)

 


Podría haber añadido también a Michiyo Yasuda, veterana de Ghibli que nos dejó el pasado octubre de 2016; Yoshihiko Takakura, responsable de la animación en decenas de episodios y películas de Crayon Shin-chan; a Yamada Naoko, que forma parte de KyoAni y ha llevado la batuta en series como K-On! o Tamako Market; a Kon Chiaki, que ha dirigido un montonazo de series para ser mujer (Nodame Cantabile, Junjô Romantica, Golden Time, etc); a Kase Mitsuko, responsable de dirigir Ristorante Paradiso o realizar el storyboard de InuYasha; o a Jinbo Matsue, una de las primeras directoras de anime de la historia. Y otras cuantas más pero, como siempre indico, esta es mi selección personal y no tiene por qué coincidir con el criterio más extendido.

Espero que esta entrada os estimule a querer conocer y apoyar más a las animadoras japonesas. Personas de indudable capacidad y talento que merecen el mismo reconocimiento y oportunidades que sus colegas masculinos. Si además escribes en un blog, te animo a que dediques entradas a creadoras y profesionales del anime, entre todos podemos darles más presencia y contribuir con nuestro granito de arena a una mayor difusión de sus trabajos. Lo merecen. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga

Tôkyô Tarareba Musume o el ascazo de ser mujer en Japón

Akiko Higashimura es la autora de un manga adorable que este pasado 25 de agosto finalizó: Kuragehime (2008-2017). Tras 93 capítulos, 17 tankôbon, un spin-off con sus especiales animados, un live action y una serie de anime de 11 episodios realizados por Brain’s Base, se puede concluir que es, de momento, la obra más exitosa de Higashimura y con más repercusión. Ha sido muy bien aceptada entre la otaquería occidental también, pues ha sabido combinar sabiamente la comedia, el slice of life y el romance para construir un josei típico pero chispeante. Aunque a mí personalmente las historias que tiran del cliché tipo betty la fea no me gustan demasiado, Kuragehime me sedujo más por sus secundarios que por la protagonista en sí. Leí el manga durante un tiempo y luego lo abandoné. Sin malos rollos, simplemente me acabó aburriendo; aunque la sensación con la que lo dejé fue bastante buena.

Así que, cuando me topé con Tôkyô Tarareba Musume (2014-2017) de la misma mangaka, me aventuré a leerlo. ¿Por qué no? Si continuaba el tono inofensivo de Kuragehime, podría resultar una lectura entretenida, Además de que su dibujo me gusta, resulta limpio, claro, redondeado. Muy dulce, en conclusión, y agradable en los detalles. Por lo que decidí darle una oportunidad, ya que las buenas críticas también acompañaban al tebeo.

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Pues bien. Fue leer tres capítulos y mandarlo a cavar zanjas. Sé perfectamente que el josei es una demografía bastante maltratada en Japón, sobre todo su vertiente comercial. Suelen abundar las historias à la Bridget Jones donde se cuentan las desventuras de treintañeras que buscan desesperadamente marido mientras tratan de mantener la juventud y belleza de la adolescencia a toda costa. ¿Es posible que las mujeres adultas de Cipango disfruten con este tipo de historias, donde se las reduce a meros ornamentos y en las que la búsqueda y hallazgo del amor sea su prioridad vital? Venga ya, joer. Pero sí. Resulta que la sociedad nipona no es que albergue esta noción de las personas pertenecientes al género femenino, es que nutre y sustenta este tipo de ideas. Y son las propias japonesas las que también custodian con celo estos disparates. No es que en Europa las chicas vivamos en el paraíso de la igualdad, pero los primeros episodios de este manga se me atragantaron por completo. No tenía ni pizca de ganas de zampar las enésimas aventuras de un grupo de señoritas de clase media, con buenos trabajos y sin problemas de salud, que con 33 años se sienten unas ancianas fracasadas porque un príncipe azul no ha llegado aún a sus vidas. Not my cup of tea, thanks.

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¿Qué había esperado?¿Un relato ácido y descarnado como los de Kyôko Okazaki o Moyoco Anno? Sabía perfectamente que Higashimura no trabajaba como ellas, que se encuentran en una liga muy, muy distinta. Pero tropezarme de repente con los viejos tópicos del shôjo más rancio, pero aplicados a las circunstancias de personas adultas para denominarlo, como por arte de magia potagia, josei, fue demasiado para mi paciencia. El josei debería ser mucho más que un reciclado shôjo. Perpetuar este recurso es una manera de insultar la inteligencia de las lectoras, de alimentar una eterna infantilización psicológica. ¿Son las japonesas en realidad niñas grandes? Por supuesto que no, lo grave del tema es que parece que no se hayan dado cuenta de este pequeño detalle. Y la otra mitad de la población tampoco.

¿Qué me hizo cambiar de parecer y reanudarlo? El aburrimiento, la ligera sensación de que, quizá, había precipitado mi juicio; y que ya había finalizado, por lo que podría leerlo completo sin esperas. También que podría servirme para aprender más sobre la situación de la mujer en la sociedad japonesa actual, porque teniendo en cuenta lo que ya había leído, tenía pintas de ser un buen reflejo. Y en esto último no me equivoqué, de manera indirecta saqué muchas cosas en claro. La principal se encuentra en el mismo título de la entrada.

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Tú di que sí.

Tôkyô Tarareba Musume es un manga que consta de 31 capítulos y 9 tankôbon. Fue publicado por Kiss desde marzo del 2014 hasta abril de este año, y nominado a los Premios Kôdansha y al Manga Taishô. También ha tenido una exitosa adaptación de televisión en imagen real y un spin-off. Se trata de un tebeo que se ha leído bastante, y goza de buena fama. ¿Merecida? Veamos.

El cómic narra las vivencias de tres amigas sin pareja, que suelen quedar en el izakaya  del padre de una de ellas para comer, beber y comentar las que consideran sus patéticas vidas. Y sus dolorosas oportunidades perdidas. Ellas son Rinko, Kaori y Kayuki, aunque la historia se centra más en Rinko, guionista de series de televisión. Con 33 años se hace la promesa a sí misma de que habrá conseguido marido para el año de las Olimpiadas en Tokio. Pensar que con 40 años podría continuar soltera le parece terrorífico. En sus alcohólicas reuniones con Kaori y Kayuki, un chico rubio las critica severamente por sus lamentables discursos sobre lo que podría haber sucedido si sus elecciones y circunstancias hubieran sido otras. Las llama “mujeres y si…” y les recuerda que ya no son unas crías, que deben tomar las riendas de sus vidas. Este “y si…” es el que da título al manga, tarareba; y, por supuesto, el encuentro con este jovenzuelo marcará el curso del tebeo.

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Lo que al principio me pareció de un irritante insoportable, no mejoró; pero a través de su comedia ligera, empecé a vislumbrar lo que era en realidad un soberano tirón de orejas por parte de Higashimura a la actitud de sus personajes y, sobre todo, a la propia sociedad japonesa. Una sociedad que considera ya viejas a las mujeres de treinta y tantos; que las acucia para conseguir marido a riesgo de permanecer solas para siempre (ningún hombre querría, no obstante, de esposa a alguien mayor de 25), y cuya soltería se considera un profundo fracaso. Esta enorme presión que las chicas respiran, beben y comen a diario desde la infancia, mina su autoestima de tal forma que se convierten en seres dependientes de la imagen que proyectan. Una imagen que deben cuidar con esmero al milímetro, no para sentirse bien con ellas mismas, sino para conseguir cazar el mejor partido posible. La juventud y la belleza son las virtudes que más se valoran; su talento, trabajo duro y profesionalidad no importan si hay a su lado una mujer más joven y guapa. Y esto la autora se encarga de plasmarlo muy, muy clarito.

Higashimura nos muestra la evolución de las tres mujeres, que podrían ser tres tokiotas cualquiera, sumidas al principio en el engranaje social sin cuestionar su abusiva situación y como, poco a poco, van despertando y madurando, cada una a su forma, para aprender a responsabilizarse de sus vidas, mirar hacia adelante, no estar siempre girando el rostro al pasado; y considerarse seres humanos plenos a pesar de superar la treintena… y no tener un hombre a su lado. Y os aseguro que les cuesta superar esa pasividad, esa inercia que las va consumiendo, porque forma parte del mismo tejido social.

tokyo4El desarrollo del argumento es bastante (pero bastante) predecible, sigue las pautas de un shôjo/josei clásico, pero con algunas lógicas concesiones al público adulto. El romance se enseñorea por completo de la historia, algo de esperar en un josei comercial (como si a las mujeres que leemos tebeos eso fuera lo único que nos interesara, claro); y aprovecha, muy acertadamente, para ir filtrando una crítica de baja intensidad pero constante, a la noción de amor romántico. Sí, ese amor romántico que se identifica con la idea de amor verdadero; que invita a dejarse dominar por la ilusión del enamoramiento hasta colmar el alma, como si fuese la única fuente de felicidad y la única manera en que una mujer puede completarse. Solo un apuesto (y rico) caballero puede rescatar a una chica atrapada en una existencia vana. Pero la realidad es mucho más rica y compleja que la simple pornografía emocional producida por la euforia del enamoramiento. Y exige que nos hagamos cargo de nuestros propios actos. No es que la mangaka sea demasiado explícita en estas alusiones, pues se debe a un público femenino que demanda precisamente esa emoción del amor romántico de los shôjo/josei, en la que la mujer se debe dejar adiestrar por el hombre. Y aunque a mí personalmente no me convence esa tibieza edulcorada, también admito que agradará a la mayoría de lectores.

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Tôkyô Tarareba Musume es un manga de pocas sorpresas para los otacos curtidos, pero muy bien contado y con un desarrollo correcto a pesar de que a mí se me haya hecho pesado en algunos tramos (soy muy impaciente para ciertas cosas, mea culpa). Resulta moderadamente divertido, engancha como buen culebrón que es y los personajes están perfilados genial. Kayuki me encanta, es mi favorita del trío. Los diálogos internos que mantienen, mitad alucinación mitad chiste, son especialmente lúcidos en algunos momentos, por cierto. ¿Lo recomiendo? Sí, a los fans de la demografía les gustará, porque es un tebeo de cimientos firmes, que hace reflexionar y entretiene bastante. Comprendo su éxito a la perfección, aunque no sea exactamente para mí.

De una temática similar tengo muchísimas ganas de leer Ako-san no Koibito de Akino Kondô, que barrunto es bastante más de mi estilo; pero veo complicado que, al menos en un largo tiempo, asome la nariz por Occidente. Habrá que esperar. Mientras, podemos aseverar sin miedo que Tôkyô Tarareba Musume es uno de los mejores josei comerciales que han salido últimamente; y que lo tiene todo para entusiasmar si no se es una pejiguera como yo. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

literatura

El pájaro enamorado que vomita sangre

¿Alguna vez habéis acometido la abnegada empresa de leer un libro que a priori sabéis mediocre? Voluntariamente. Imagino que sí. Yo, personalmente, muchas veces. Y no es una pérdida de tiempo si el tema interesa y se sabe lo que buscar entre sus páginas, claro. No tiene por qué ser obligatorio siempre ver, leer o escuchar obras maravillosas, estupendas y portentosas. La medianía también tiene su importancia, aunque no lo parezca. Sin ella, por ejemplo, no podríamos distinguir lo excelente. No nos engañemos, la mayoría de los humanos nos movemos entre los amplísimos márgenes de lo gris, genialidades hay muy poquitas. Y este es el caso del libro que voy a tratar hoy. No es que afirme yo únicamente que sea una obra regular (que no mala), sino su propio autor el que la consideraba así.

Esta entrada está dedicada a una obra literaria normalita de un escritor cuya pericia también era del montón. Pero con abundantes cosas que aprender sobre la sociedad japonesa de la era Meiji. Bueno, y que con el transcurrir del tiempo la novela también ha ganado mucho en refinamiento kitsch. Ah, que qué libro es. Pues Namiko (1899) de Tokutomi Roka (también conocido como Kenjirô Tokutomi).

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“Cuco chico y arcoíris” circa 1820 de Hokusai

Hace un par de años Satori publicó la obra, traducida esta vez directamente del japonés, en una cuidada edición prologada por el gran Carlos Rubio. Es una novela que se lee enseguida, y está escrita con sencillez poética. Se trata de la historia de una joven llamada Namiko en la era Meiji. Ella pertenece a una familia importante de samuráis, que tras el edicto Hatôrei, el gobierno compensó su pérdida de privilegios brindándoles otros, como títulos nobiliarios. Ella es una aristócrata, y en este rango social Tokutomi Roka se va a centrar.

Namiko ha tenido una infancia triste, pues su madre murió y su padre le asignó una madrastra insensible, educada además a la manera occidental. Por eso su enlace con Takeo es una bendición acompañada de amor verdadero y cierta liberación. Ambos se aman sinceramente, pero eso no es suficiente para que las cosas vayan bien. La madre de Takeo y viuda, Kei Kawashima, no se lo va a poner nada fácil a pesar de los esfuerzos de Namiko por complacerla. El odio, celos y maltrato a los que somete a nuestra protagonista llegan a su cúspide cuando Namiko enferma de tuberculosis. Esta pérfida mujer, con la ayuda del enamorado despechado Chijiwa y aprovechando la ausencia por la Primera guerra sino-japonesa (1894-1895) de Takeo, repudiará a Namiko, divorciándola de su hijo. La tisis en esa época era una auténtica epidemia casi siempre mortal, por lo que Kei deduce que Namiko no será capaz de engendrar un heredero para los Kawashima. Pero hay mucho más, desde luego. Para esta mujer la enfermedad tiene un poso kármico. Algo defectuoso tiene que haber en la joven para que haya enfermado… y eso la descendencia lo puede recibir también. La enfermedad, esa plaga del s. XIX que fue la tuberculosis, no la observa con compasión, sino como un mal pavoroso que la propia convaleciente, de alguna forma, se ha buscado. Y hay que apartarla, por supuesto.

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El príncipe Ôyama Iwao y su familia, en 1904. La historia de Namiko está inspirada en su hija, Nobuko, y Yatarô, hijo del vizconde Mishima Michitsune.

Namiko tuvo una cantidad de ventas inaudita cuando se publicó, que en primer lugar apareció por entregas en el periódico Kokumin Shinbun. Se tradujo a numerosos idiomas, incluido el español, por lo que se convirtió en una de las primeras obras literarias de éxito fuera de las fronteras de Japón. El título original es en realidad Hototogisu, que significa cuco. Un tipo de cuco autóctono de Asia y África en concreto, al que se llama cuco chico. Esta avecilla tiene mucha tradición simbólica en Japón en el campo del arte. Es uno de los pájaros predilectos de Murasaki Shikibu, hace aparición en el Hyakunin Ishuu, es protagonista de senryû donde se exhiben personajes tan ilustres como Nobunaga, Hideyoshi o Tokugawa; y se le ha pintado muchísimo, casi siempre en caída o vuelo bajo. El simbolismo del hototogisu no es único, pero está relacionado con la llegada del verano y la melancolía, el amor trágico, la proximidad de una muerte repentina, el luto. También se dice que solo gorjean cuando el sol ya se ha puesto, y que si se ven privados de su pareja, cantarán hasta vomitar sangre y morir. 

Namiko es nuestro hototogisu, separada de su marido, enferma de tuberculosis, mártir de un amor desdichado y protagonista de un melodrama clásico. El melodrama no es de por sí un género malo, aunque algunas personas lo identifiquen directamente con baja calidad (no sé por qué, pero sucede). El Conde de Montecristo es un melodrama épico, o Madame Bovary, y nadie en su sano juicio duda de que sean obras maestras de la literatura. En el campo del anime, me viene a la cabeza mi serie favorita de lo que llevamos de año 2016: Shôwa Genroku Rakugo Shinjû, un melodrama de la cabeza a los pies. Eso sí, un melodrama cutre es de las cosas más insoportables y penosas con las que uno se puede topar. ¿Es el caso de Namiko? Bien, Namiko no es la mejor novela del mundo. Tampoco la peor. Pero los que seáis muy puntillosos, la encontraréis aparatosa y muy polarizada.

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Tokutomi Roka en 1922, cuando contaba 55 años

Aunque es una característica particular del melodrama la que hace muy interesante Namiko. No es la historia en sí o la caracterización de los personajes, sino la ambientación. En el melodrama es muy importante el marco histórico, es esencial reproducirlo con realismo; las estructuras y dinámicas sociales deben ser representadas fielmente. Y eso Tokutomi Roka lo hizo de una manera impecable. El argumento además está basado en hechos reales y, por lo que se va deduciendo conforme avanza la lectura, no eran lances extraños en la época. Lo que sí hace Roka es acomodarlo al lenguaje literario y envolverlo de las propiedades del melodrama… pero no con excesiva habilidad. Namiko es una mártir en toda regla, y los villanos que la rodean como Chijiwa, o sobre todo las clásicas dokufu en los papeles de su madrastra y suegra, son realmente malvados. Sin fisuras ni matices, personajes ruines con la profundidad psicológica de un charco.

¡Aaah, no puedo! ¡No puedo más! Esto es demasiado duro… Nunca… jamás volveré a nacer mujer…

Pero realmente quien ha hecho un estudio excelente sobre toda esta temática, ha sido el profesor Ken K. Ito con su An Age of Melodrama: Family, Gender and Social Hierarchy in the Turn-of-the-Century Japanese Novel (2008), que publicó en la Universidad de Stanford. El primer capítulo, “Family and nation in Hototogisu“, está dedicado en exclusiva a Namiko y su representación de la familia y nación japonesas de la época. Muy recomendable.

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Edición chilena de 1905, ilustrada por J. Diéguez, de Namiko

Hay que tener en cuenta que la literatura moderna en Japón en esos momentos estaba comenzando a dar sus primeros pasos. Y no todos los escritores eran portentos como Natsume Sôseki. Tras 250 años de aislamiento, durante los cuales esta disciplina en Japón padeció los males lógicos que provoca la endogamia, los escritores y lectores nipones sufrieron un auténtico tsunami cultural e ideológico que tuvieron que asimilar de manera muy rápida para estar a la altura del resto de las naciones del mundo. La mentalidad, pensamiento y forma de hacer literatura se habían enquistado en el país, y para más inri eran (y siguen siendo a cierto nivel) muy, pero que muy diferentes a Occidente. Por eso los tanteos iniciales para escribir de una manera internacional, donde incluimos este Namiko, eran una mezcolanza entusiasta todavía algo inmadura de un montón de cosas. Ah, pero no por ello menos interesantes, de hecho su valor histórico es indudable. En el caso de Tokutomi Roka, su interés estaba dirigido hacia un autor muy concreto, Lev Tolstói, con el que se carteaba y al que llegó a conocer personalmente en un viaje que realizó a Rusia. De hecho, se le considera el Tolstói japonés, pero soy muy poco amiga de hacer comparaciones de ese tipo, además que el sobrenombre le quedaba un poco grande a Roka. Sin ánimo de ofender su trabajo y memoria, conste.

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Tolstói y su esposa, Sofía Behrs, que era muy aficionada a la fotografía.

Uno de los conceptos extranjeros más complicados de metabolizar por Japón fue el del individualismo, el del yo. Y es el tema de fondo que palpita en Namiko, es un combate entre la sociedad y el individuo; el bien común frente al bien personal. En realidad toda la novela presenta un profundo maniqueísmo en casi todos los asuntos que toca. No hay un término medio, no existen apenas los grises. Todo parece un choque entre dos fuerzas: nuera contra suegra, modernidad frente a tradición, extranjero y autóctono, etc. No en vano, el trasfondo histórico no es otro que una guerra, donde Takeo pasa la mayor parte de la obra.

—¿La gente? ¿La tradición? Pero no tenemos derecho a hacer el mal solo porque otros lo hacen. Una separación debida a una enfermedad es una brutal costumbre del pasado. O peor, si eso es una norma social de hoy en día, no merece la pena vivir en esta sociedad. Hay que cambiar. No estamos obligados a seguir unas normas anticuadas e inhumanas. Además, usted solo piensa en nuestra familia, pero póngase también en el lugar de la familia Kataoka. ¿Cómo se sentirá cuando su hija les sea devuelta al poco tiempo de haberse casado por el simple motivo de que se ha puesto enferma, después de todo lo que había hecho para conseguir su felicidad? Y la mismísima Nami, ¿con qué cara cree usted que puede regresar a su casa paterna? Imagínese que esto hubiera pasado al revés. ¿Qué sentiría usted si se llevan a Nami porque soy tísico? Es lo mismo.

—No, hijo, es muy diferente. La mujer es inferior al hombre.

Pero volviendo al tema de ese profundo sentido del colectivo japonés, Tokutomi Roka escribe ante todo sobre el sentido del deber hacia la sociedad (colectivo) y el amor romántico monógamo (individualismo). La oposición entre dos tipos de familia, el ie, legitimado por la tradición y éticas confucianas y budistas; y el katei, de raíces occidentales y cristianas (Tokutomi, como muchos rebeldes de su momento, se convirtió al cristianismo). El ie está jerarquizado en extremo, todo el mundo tiene su lugar; es un sistema patriarcal vasto (similar al mayorazgo medieval castellano) y en el cual las licencias para que perdure la estirpe son también amplias. La mujer solo funciona como elemento procreador, es reemplazable, y la recién casada se encuentra en los escalafones más bajos. Como célula básica de la antigua sociedad japonesa, esta clase de estructura continuaba muy arraigada y ejercía una enorme presión sobre todo el mundo. Casi nadie se atrevía a desafiarlo, de ahí que, tanto Takeo como Namiko, finalmente consintieran sus exigencias. En la actualidad todavía existe cierta tensión entre lo tradicional y lo moderno, lo japonés y lo extranjero; cualquiera que consuma manganime con un poquito de cabeza, seguro que es consciente de ello.

Tokutomi Roka hace una crítica severa a este sistema, denuncia el desamparo e injusticia que sufren las mujeres en él, y hace una apología de la dignidad del individuo y la libertad social. Casi nada para ser el año 1899. Porque la conmoción que supuso en Japón Namiko fue inmensa, sobre todo entre los más jóvenes, que ya se iban empapando de esa nueva conciencia del yo. Aunque no posee un espíritu adulador hacia Occidente, porque sus pullitas también las echó.

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Familia samurái en 1865

Namiko es una novela interesante por lo que refleja más que por lo que cuenta y cómo lo cuenta. El argumento es previsible, los personajes chatos y sin matices, algunos bastante desaprovechados; y la tragedia continua que vive la protagonista, sacrificada y bondadosa, hiede a drama ramplón. Tiene también un tufillo a moralina que puede hacerse molesto, y Tokutomi Roka a veces tiene el cursi subido que da gusto. ¿La recomiendo? Sin duda, no os va a provocar una embolia ni tampoco destruirá vuestras neuronas. Sus méritos no son literarios, sino informativos. Ya solo por eso merece la pena leerla.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.