2017: un siglo de anime, anime, cortometrajes, largometraje

Neko-chan en el País de las Ghibli-Maravillas

¿Alguien duda de que el sobrenombre perfecto para Japón podría ser Gatolandia? Es por todos conocido el proverbial amor nipón hacia los mininos. A pesar de que se introdujeron en las islas un poco más tarde que en otros lugares del planeta, allá por el s. VI a. C., han formado parte de su cultura, religión y tradiciones de manera fundamental. Muy pronto se erigieron como los vigilantes de las pagodas budistas, cuyos valiosos manuscritos protegían de los roedores. Se hicieron tan indispensables, que se convirtieron en un animal que solo las clases pudientes podían poseer. Más adelante, en el s. XVII, con el impulso de la industria de la seda que requería de sus especiales habilidades para preservar de las ratas la materia prima, se los liberó para que circularan libremente por todo el país. Así se fue construyendo su identidad como criatura protectora y, a la vez, fiera. El gato otorga buena suerte y riqueza a su dueño; pero al mismo tiempo su carácter imprevisible y depredador le confiere un aspecto sobrenatural y salvaje. Así tenemos, por un lado, la linda figura del maneki-neko que con su patita móvil llama a la fortuna, el amor o la salud allí donde se coloque; y, por otro, al bakeneko o al nekomata, cuya naturaleza dentro del folclore japonés es ciertamente peligrosa y ambigua. Por supuesto, goza de sus propios templos shintô donde es merecidamente reverenciado.

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“La historia de Otomi y Yosaburo” (1860) de Utagawa Yoshiiku

Los gatos son muy queridos y respetados en Japón. Existen, nada más y nada menos, que 11 islas donde sus habitantes son mayoritariamente estos pequeños felinos, de entre las cuales las más conocidas son Aoshima y Tashirojima; Cipango es el país donde más Cat Cafés hay en el mundo (más de 150), y que vio nacer a la gatita más célebre del planeta, Hello Kitty. Estos animalitos son el epítome de lo kawaii, han aparecido por doquier en libros, cientos de ilustraciones, todo tipo de merchandising, series de televisión, anime, manga y un larguísimo etcétera. Uno de mis escritores favoritos, Natsume Sôseki, tiene una maravillosa novela dedicada a la vida de un gato. ¿Qué más se puede decir? Japón ama a los mininos, y Studio Ghibli no iba a ser una excepción.

Como ya anuncié en la anterior entrada de la sección 2017: un siglo de anime, Ghibli tenía que aparecer sí o sí. Se ha vertido ya tanta tinta sobre ellos que resultó difícil encarar un artículo dedicado a su ingente labor sin caer en el tópico o redundar la información. Y no quería aburriros, los datos biográficos, de fundación de los estudios y demás detalles son muy fáciles de encontrar. Así que decidí enfocarlo de una manera distinta, aunque también extremadamente sencilla, a través de una de mis pasiones vitales: el micifuz. Creo que todos mis lectores saben de sobra que soy amante de los mininos y orgullosa amiga de una gordita peluda llamada Isis. Por ende, he aquí una entrada dedicada a los gatos de Ghibli. Así también doy un aire más liviano a la entrada, porque las dedicadas a esta sección en particular me han salido siempre un poquito densas. Hoy tendréis un post ligero (bueno, al menos lo voy a intentar) y sin la habitual farragosa labor de documentación. Solo gatos, gatos, gatos. Este es mi particular y humilde homenaje a uno de los estudios de animación más importantes del mundo. Sin menospreciar el inmenso legado de Disney, la visión de Ghibli lo cambió todo.

Ghibli - Miyazaki, Suzuki and Takahata
Hola, somos Miyazaki, Suzuki y Takahata y venimos a conquistar el universo. ¡Miau!

Los gatetes protagonistas de Ghibli han sido casi siempre un catalizador de eventos importantes en sus películas. Su naturaleza suele ser benigna y cómplice de los protagonistas, ofreciendo una desinteresada, y muchas veces inesperada, ayuda sin la cual el desenlace no resultaría el mismo. ¿Aparecen en todas las obras del estudio? Por supuesto que no, pero aun así se percibe con mucha claridad el amor que sienten hacia estos animales. Ghibli además se caracteriza por su enorme respeto por la naturaleza y sus habitantes, por lo que no podían ser crueles con una criaturita tan querida además en Japón. Es posible que me haya olvidado de algún ghiblineko, pero si la memoria no me falla, aquí tenéis los gatos más interesantes que ha creado el estudio.

6 🌟 KONYARA


Vamos a comenzar no con una película, sino con una serie de cortometrajes dirigidos al mundo de la publicidad. Os presento a Konyara y a su familia (Ko-Konyara, Kuroneko y Buchi), que han servido con mucha eficiencia desde 2010 hasta 2015 a la empresa alimenticia Nisshin Seifun Group CM en su 110º aniversario. El éxito de esta elegante y delicada animación, inspirada en el tradicional sumi-e, fue rotundo en sus tres encarnaciones. El diseño de Konyara corrió a cargo del mismísimo Toshio Suzuki, el storyboard fue de Gorô Miyazaki y la dirección recayó en Katsuya Kondô, que trabajó en los diseños de Kiki: entregas a domicilio (1998).

La música es de la celebérrima Akiko Yano, que trabajó para Ghibli en Mis vecinos los Yamada (1999) y Ponyo en el acantilado (2008) también; por lo que se puede afirmar que los escasos segundos de duración de estos comerciales han estado siempre en manos inmejorables. Una producción cuidadosa y realizada con verdadero cariño. Konyara y su prole son todo ternura.

5 🌟 NIYA


El mundo secreto de ArriettyKarigurashi no Arrietty (2010) de Hiromasa Yonebayashi, no es de mis películas favoritas de Ghibli. De su director me gustó mucho más Omoide no Marnie (2014), que trabaja tangencialmente una temática similar. No creo que el mundo que Mary Norton plasmó en su saga de The Borrowers esté mal adaptada ni muchísimo menos, de hecho creo que la minuciosidad y belleza expresadas en la película son maravillosas; y Miyazaki, que se encargó del guion, le brindó un aire menos infantil, más sobrio también. Los Clock están muy bien representados, con una Arrietty asimismo que gana enteros en la película. Esta familia, conformada por tres miembros diminutos, Pod, Homily y Arrietty (padre, madre e hija), viven escondidos en las casas de los humanos. Sobreviven de sus excedentes, los cuales recolectan por la noche. Porque es esencial que nadie de la gente grande sepa de su existencia. Si por algún descuido o casualidad esto ocurre, se ven obligados a buscar un nuevo hogar para blindar su seguridad.

niya2Es un modo de vida precario y frágil que les obliga a cierto aislamiento, por lo que no saben si hay más de los suyos por el mundo. La familia Clock cree que solo quedan ellos, porque han pasado muchísimos años sin contacto con nadie. Sin embargo, Arrietty no se quiere resignar a una vida tan solitaria, y es mucho más audaz en su manera de pensar. Todo da un vuelco cuando llega a la casa Shô, un chico con una grave enfermedad cardíaca que casi de inmediato nota la presencia de Arrietty. No obstante, él ya conoce algo de las leyendas sobre la gente pequeña que habita la casa. También sabe de ellas la mezquina ama de llaves Haru, que comenzará a atar cabos. La historia no avanza mucho más de lo que podría esperarse de este planteamiento, es muy simple y sin apenas recovecos; lo que la hace, comparada con otras del estudio, bastante plana. Es como si en realidad se quedara a mitad del argumento, con temas esbozados interesantes pero que no se llegan a desarrollar. El Mundo secreto de Arrietty es un bonito cuento, pero que se hace bastante corto. ¿Y el gato? ¿Qué pasa con el gato? ¡Que esta entrada va sobre ellos! Pues el ghiblineko de esta historia es el orondo Niya.

Niya es un gato señor y dueño de sus territorios. La casa, el jardín y las arboledas son su feudo, nada se escapa a su escrutinio. Sabe quién entra, quién sale, quién se esconde y quién es una amenaza. Con la gente pequeña no lo tiene muy claro, pues son como humanos, a los que respeta; sin embargo tienen el tamaño de la comida y se mueven furtivamente. Eso le hace sospechar. Niya enseguida hace buenas migas con Shô, al que intenta proteger a su gatuna manera, intuye que algo no marcha bien con él. Es fiel al chico y le ofrece a menudo compañía porque advierte su soledad. Es un buen gato, peligroso como todo felino, pero inteligente y sabio. Su presencia en la película es sutil, resultando al final ser la levadura para que suba el bizcocho. Porque Niya solo se debe a los que ama.

4 🌟 RENALDO MOON (alias Muta)


Susurros del corazón o Mimi wo Sumaseba (1995), junto a Kaguya-hime no Monogatari (2013) y Sen to Chihiro no kamikakushi (2001) son mi trío favorito de Ghibli. Sin ellas mi vida sería mucho más fea y miserable, no albergo duda alguna al respecto. Whisper of the heart además toca un tema muy importante, que es el de escuchar la voz interior y tener fe en uno mismo. Aunque seas mujer. Y esta apostilla no es ninguna gilipollez, pues en Japón una parte bastante importante de mujeres renuncia a sus anhelos y ambiciones profesionales para formar un hogar tradicional, no así sus parejas. En Occidente también es muy conocida la frase de Groucho Marx “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”, que refleja de forma diáfana esa base social de completa desigualdad que todos conocemos. La mujer debe subordinarse y ceder el protagonismo, quien está destinado al triunfo es el hombre; el papel de la mujer es apoyarlo, suprimiendo sus propias aspiraciones. Es muy habitual además encontrar en todo tipo de obras a mujeres que son meros satélites de una figura masculina. Desgraciadamente, aún se tiene asumido como lo normal.

Sin embargo, Susurros del corazón trata precisamente de lo contrario. Mil gracias, Miyazaki-sensei, mil gracias por representar a las mujeres, una vez más, simplemente como lo que somos: personas. Aunque no todo el mérito del argumento se le debe atribuir a él, la historia fue una adaptación del shôjo Mimi wo Sumaseba (1989) de Aoi Hiiragi. Por una vez, el amor no vuelve imbécil a la protagonista femenina; por una vez, el amor es en realidad estímulo para encontrar la auténtica vocación y perseguir un sueño. No ser un lastre, no seguir la sombra de nadie; sino caminar uno al lado del otro.

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Yoshifumi Kondô

Susurros del corazón es una película especial por muchos motivos, incluso para el mismo Miyazaki, pues fue la primera y última película que dirigió Yoshifumi Kondô,  una de las grandes promesas creativas de Ghibli. Kondô fue un colaborador muy querido que trabajó en obras tan importantes como Akage no Anne (1979) mi muy amado Sherlock Hound (1984) o Mononoke-hime (1997). Pero en 1998 falleció a causa de un aneurisma disecante de aorta. El exceso de trabajo se lo llevó al otro mundo con tan solo 47 años. El karôshi es un problema laboral muy grave en países asiáticos como Japón, Corea del sur, Taiwán y China. El impacto que sufrió Hayao Miyazaki fue brutal, se planteó seriamente abandonar la animación y, a partir de entonces, el ritmo de trabajo en el estudio ralentizó su velocidad.

Pero regresemos a los gatos. En Whisper of the heart tenemos a dos mininos que años más tarde reaparecerían en la película Neko no Ongaeshi (2002): el barón Humbert von Gikkigen y Renaldo Moon, también conocido como Muta. Del barón escribiré un poco más adelante, porque de Susurros del corazón quiero destacar a este regordete de mirada burlona y actitud traviesa.

De momento, ninguno de los ghiblinekos mentados ha padecido del consabido antropomorfismo de los cuentos. Bueno, quizá Konyara un poquito. Por ahora han sido llanamente gatos, comportándose como gatos y viviendo sus vidas como gatos. Moon o Muta, que pasa gran parte del film sin nombre como simple felino callejero, ya comienza a manifestar ciertos rasgos humanos. Ligeros, casi imperceptibles, pero ahí están, brillando en su mirada irónica. Moon es un  gatazo rollizo al que le gusta vagabundear, hacer rabiar a los perros y guiar a esos simios bípedos apestosos a lugares que les pueden resultar… interesantes. Moon además demuestra tener una gran intuición e inteligencia, y sabe cuándo lo necesitan. El se deja querer, y quiere a su vez al que le aprecia; pero su espíritu también es independiente e implacable. Sin su intervención Shizuku, la protagonista, no descubriría su propia senda.

3 🌟 BARÓN HUMBERT VON GIKKINGEN


Da igual cuántas veces Miyazaki-dono lo niegue, pero la Alicia de Lewis Carroll ha sido una influencia vigorosa en muchas de las obras del estudio. Y no tiene nada de malo. Lo fue en El Viaje de Chihiro y lo es en Neko no Ongaeshi (2002) o Haru en el país de los gatos de Hiroyuki Morita. Innegable, su espíritu aletea por todas partes. Lo que empezó planteado como un cortometraje para un parque temático, acabó derivando en una película completa autosuficiente. Un spin-off de Susurros del corazón en el que los dos mininos que aparecen se convierten en personajes ya antropomorfos, y con una fornida presencia en el argumento: Muta y el Barón. Quizá sea una de las películas menos arriesgadas de Ghibli, con recursos bastante tradicionales en su narración y argumento; aun así, continúa siendo una obra muy entretenida perfecta para los amantes de los gatos.

Pero es en el Barón en el que nos vamos a centrar. Neko no Ongaeshi es una obra repleta de mixones por doquier, de hecho el argumento principal trata sobre las aventuras de una chica humana, Haru, en el Reino de los Gatos. Tras haberle salvado la vida al hijo del rey de los mininos, se ve arrastrada hacia una serie de circunstancias absurdas y peligrosas de las que tendrá que librarse con la ayuda de un Muta bastante más sarcástico (y glotón) que en Whisper of the heart, y de un elegante gentleman llamado Humbert von Gikkigen. Barón para más señas.

El barón es una estatuilla con una historia triste detrás; una historia de amor, por supuesto. Su origen melancólico y de trasfondo romántico estimulan la imaginación de Shizuku, protagonista de Susurros del corazón, inspirándola para dar un importante paso en su vocación como escritora. En esa película es una figura pasiva, una musa que con su belleza alientan a la chica. Pero, ¿cuándo se pone el sol revive? Quizá sí, quizá no. Sin embargo, en Neko no Ongaeshi nuestro barón sí despierta de su letargo, y dirige con mucha profesionalidad la Oficina de Asuntos Gatunos, donde acude Haru guiada por un reticente Renaldo Moon. En esta obra podemos disfrutar de Humbert en todo su esplendor caballeresco y delicada astucia. Es el ideal Príncipe Azul, valiente, respetuoso, perspicaz y cortés; aunque también completamente inalcanzable. Y encima sabe preparar un té exquisito. Ains.

2 🌟 JIJI


Majo no Takkyûbin (1989) o Kiki: entregas a domicilio de Hayao Miyazaki y Sunao Katabuchi es un film entrañable y de corte juvenil, basado en la novela del mismo nombre de Eiko Kadono. Los cuentos dedicados a aprendices de brujas siempre me han parecido muy apetecibles, y aunque me he aburrido como una ostra más de una vez siguiendo la estela de obras con esta temática, con Kiki no me sucedió. El mundo que plasma es luminoso y sin maldad; existe el egoísmo y el miedo, claro, pero hasta las brujas, a pesar de sus escobas, vestidos negros y sombreros puntiagudos, son personas normales que dedican sus habilidades al servicio de los demás. Cuando cumplen 13 años, abandonan una temporada el hogar para buscarse la vida. Es el paso de la infancia a un momento clave de su vida donde deben demostrar su valía y madurez. Y los padres de las aspirantes a brujas tienen confianza plena en que sus vástagos aprenderán mucho de la experiencia. ¿Lo consigue Kiki? Desde luego, pero no sin los contratiempos esperados que la ayudan a crecer.

¿Y qué se le da bien a nuestra pequeña bruja? Pues sobre todo volar, por lo que un servicio de mensajería y paquetería parece lo más sencillo y plausible. La ciudad que elige para vivir al principio no se lo pone muy fácil, pero la voluntad y buen ánimo de Kiki acabarán superando las dificultades, frustraciones e inseguridades personales que deberá afrontar. Aunque se encuentra lejos de su familia, pronto su soledad se irá difuminando. Y, por supuesto, cuenta con el sostén y aliento de su gato: Jiji.

Jiji es una panterita negra, un lindo minino que acompaña a Kiki en todos sus avatares en su nuevo hogar. Es realista y prudente, algo pesimista pero fiel compañero hasta que conoce a la gatita más coqueta de la vecindad: Lily. No es que la traicione ni mucho menos, pero Jiji no deja de ser un gato, un gato que valora su independencia y que encima está enamorado. Este encuentro con el amor coincide con la crisis de Kiki, con esos momentos en los que la aprendiza deja atrás la niñez. Porque Jiji representa la infancia de la protagonista, de ahí que después de haberse adentrado definitivamente en la travesía hacia la madurez, sea incapaz de entenderlo cuando le habla. Aunque siempre seguirán siendo amigos, los caminos de la vida que ambos eligen son ya distintos.

1 🌟GATOBÚS


Tonari no Totoro (1988) o Mi vecino Totoro de Hayao Miyazaki  es la película más emblemática de Ghibli. Quizá no sea la más célebre ni la más perfecta de su repertorio, pero sí puso al estudio en el mapa mundial de forma irreversible. Fue el nacimiento de la conciencia Ghibli. Totoro es ya un icono cultural en toda regla, y su visionado es obligatorio para cualquier interesado en la historia de la animación contemporánea. Si no has visto esta peli, you know nothing. Sin más. ¿Qué se puede añadir que no se haya escrito ya sobre Mi vecino Totoro? Muy poquita cosa, así que lo mejor es ir directamente al grano, escribir sobre uno de los gatos más bizarros y surrealistas de las artes con permiso del gato de Cheshire, del cual, por cierto, es orgulloso descendiente: el Gatobús o Nekobasu.

Nekobasu no es un minino al uso, es una criatura sobrenatural del bosque, un espíritu; podríamos considerarlo un yôkai o incluso kami, por lo que adopta muchas características del folclore japonés. Es evidente que esa sonrisa inquietante, que fascina y asusta un pelín a la vez, está inspirada en (¡de nuevo!) en la Alicia de Carroll, pero sin duda posee su propia personalidad. Como un ciempiés, Gatobus se mueve a gran velocidad con su docena de patas; acomoda su espacio interior al tamaño del usuario y no hay destino al que no pueda dirigirse. Es el medio de transporte del bosque, que está imbuido de esa sensibilidad panteísta tan nipona.

¿Podríamos considerarlo algún tipo de tsukumogami?, ¿un nekomata o un bakeneko? Pues tiene de todos ellos una miqueta y, sin embargo, es una creación completamente original. Es uno de los símbolos más característicos de la película y muy querido entre los fans, a pesar de su aspecto perturbador. Pero así son también los habitantes fantásticos de Japón. La popularidad de Gatobús es indudable, y ha llevado a realizar en el Museo Ghibli, aparte de un peluche gigante dirigido a los niños, otro similar pero para adultos, que se pudo visitar hasta este pasado mes de mayo. También en el Museo es posible ver un cortometraje, spin-off de Mi vecino Totoro, donde Mei, Nekobasu y otros más de su especie son protagonistas: Mei to Koneko Bus (2002) de Hayao Miyazaki.

Y para despedir esta entrada dedicada a mis peludos favoritos, nada mejor que la gatita anónima que aparece en Kaguya-hime no Monogatari. Pequeña, alegre y espontánea, como la propia Kaguya antes de someterse al mundo de los hombres. Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

 ¡Miau!

 

anime, largometraje

And the winner is… NOT JAPANESE

No suelo prestar mucha atención a los Oscars porque, como creo que he comentado en alguna que otra ocasión, me parece una chifladura que unos galardones estadounidenses, que premian esencialmente productos estadounidenses, se hayan convertido en la representación de lo que se supone que es lo mejor del cine mundial. Un pelín presuntuoso diría yo, sin embargo es la noción instalada en la mente de medio planeta. No voy a entrar en cómo ha sucedido esto, que no tiene nada de extraordinario por otro lado; ni en el tráfico de influencias, corruptelas y demás fellatios que han rodeado desde siempre el asunto. Desde mi perspectiva su prestigio es muy relativo, aunque todo lo cuestionable que rodea estos premios no es tampoco óbice para admitir que gracias a ellos se pueden descubrir grandes obras. A veces se las premia y todo. Pocas cosas son totalmente negras o blancas en el universo humano, aunque nos empeñemos en verlo así (supongo que simplifica las cosas).

Este año 2017, en la categoría de mejor largometraje de animación, hay dos películas que tienen una clara vinculación con Cipango: Kubo and the two strings (2016) y La tortue rouge (2016). Muy diferentes entre sí, y que merecen su mini-reseña en SOnC. Me asombraría muchísimo que cualquiera de ellas lograra vencer, sobre todo teniendo en cuenta que se enfrentan al titán Disney por partida doble: Moana (2016) y Zootopia (2016). Ya sabéis, Disney, ese tradicional ganador desde la era de los trilobites (Palezoico para los puntillosos). Salvo Ma vie de Courgette (2016), he visto todas las aspirantes; y a pesar de que Zootopia me gustó y Moana me aburrió soberanamente, son las candidatas con más probabilidades de hacerse con la estatuilla (nota: me encantaría ver Courgette, porque tiene una pinta fantástica). Pero nunca se sabe, nunca se sabe… quizá nos llevemos una sorpresa. De momento Kubo está nominado en dos categorías (también en mejores efectos visuales), lo que podría considerarse esperanzador. La tortue rouge lo tiene bastante más negro, pero al menos ha llegado hasta aquí.

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Soy gran admiradora del stop-motion desde cría. Tuve la suerte de disfrutar muy pronto de las obras de ese coloso que fue Jiří Trnka (1912-1969)y más adelante de uno de sus más importantes discípulos, mi amado Kihachirô Kawamoto. ¿Cómo podía dejar pasar Kubo and the two strings? Los estudios de animación Laika, que conocía sobre todo por Coraline (me gustó mucho más que la novela de Neil Gaiman, lamento la blasfemia), no tienen muchos largos en su haber; pero esa falta de bagaje no la consideraría en absoluto un impedimento para realizar un buen trabajo. Así que ahí estaba Laika, que me daba excelentes vibras, y una temática que me entusiasma: el folclore japonés. ¿Qué podía fallar? Muchas cosas, la principal que eran occidentales (estadounidenses para más inri) los que metían sus hocicos en el intrincado universo mitológico de las islas. La ignominia que podía surgir de ello, volcada en el estereotipo y topicazo más rancios como suele ser habitual, podía ser de dimensiones ciclópeas. Pero salvo por el inevitable whitewashing de los actores de voz, Kubo and the two strings no es solo digna, sino respetuosa con la cultura japonesa. Un bonito homenaje, de hecho. Al menos desde mi perspectiva de palurda occidental, claro.

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Es cierto que esperaba encontrar algún rastro perceptible del Bunraku o cierto guiño a Kawamoto-sensei, pero creo que eso habría sido pedir demasiado. Se trata de un film además en el que los abyectos otacos reconoceremos muchos recursos e ideas, porque nos encontramos ahítos de verlos en mangas y anime. Un espectáculo gozoso que disfrutaremos sin problemas, aunque no nos sorprenderá demasiado. Sin embargo, reconozco que fue una jugada algo arriesgada por parte de los estudios, pues la mayor parte del público no está familiarizado con Japón, y Kubo and the two strings es un cuento típico japonés sobre japoneses en Japón con la idiosincrasia japonesa. Dirigido encima a toda la familia. El Western-centrism es algo tan arraigado, sobre todo en audiencias acostumbradas a productos anglosajones, que hace difícil se sientan cómodas con una obra que les resulte… remota. Pero con esta película no hay cuidado, si se logra superar el prejuicio inicial, es patente que tras su impecable fachada oriental, los que mueven los hilos son cerebros occidentales. Porque se nota y mucho. ¿Es eso negativo? Para nada. En realidad me parece uno de los puntos fuertes de esta película. La mezcla Japón-Occidente es enriquecedora, y sirve para tender puentes.

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Los aterradores villanos del film, entre los que se encuentra ¡PETER CUSHING! Amén.

Otra de las cosas que resulta fácil de advertir es el enorme cariño y cuidado que se ha puesto en todos y cada uno de los aspectos de Kubo and the two strings. Hay un trabajo descomunal detrás, de años diría yo. La labor de documentación ha sido exhaustiva, la han trenzado en el argumento y volcado en el terreno artístico de forma sensacional. El terrorífico gashadokuro que remite a Takiyasha la bruja y el espectro del esqueleto (c.1844) de Utagawa Kuniyoshi es sobrecogedor; la representación de la festividad del O-Bon, con su indispensable Bon Odori y la emotiva Tôrô nagashi son el punto de inflexión (y final) de la película. Pero hay mucho más: el reconocimiento sutil a las figuras de las Goze y los Biwa hôshi; la importante carga simbólica de la grulla y el mono (macaco japonés); la continua presencia de disciplinas como el kyûdo, el origami, etc; las referencias a personajes históricos como el samurái Hattori Hanzô; entrañables detalles que aluden a Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa en ciertos diseños o a su actor fetiche, Toshirô Mifune, y no veo prudente alargar más la lista. Aunque podría.

El director, Travis Knight, que se estrena además con este film, se centra más en la faceta budista de Japón que en la autóctona, el shintô. La naturaleza de los antagonistas no acaba de corresponderse con el dios lunar Tsukiyomi y su parentela, sino a las deidades búdicas celestiales que residen en nuestro satélite, como las del Cuento del cortador de bambú. La protagonista de esa leyenda, la princesa Kaguya, comparte características similares con los villanos del film: son tenny’o.  Aunque en Kubo and the two strings los representen como si se hubieran escapado de The Nightmare before Christmas (1993), para dejar claro que son los malosmalosos.

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Con toda la intención, no he comentado nada todavía sobre el argumento. La verdad es que para mí fue lo más decepcionante del film, aunque no puedo decir que me pareciera una birria. Porque no lo es. Simplemente no está a la altura de todo lo demás. Es un bildungsroman sin fisuras, siendo su protagonista Kubo, un niño tuerto que se gana la vida contando cuentos con su shamisen. Con él, en una cueva al lado del mar, vive su madre, que se encuentra enferma desde que se golpeó la cabeza con unas rocas. Pero ni su madre es una mujer normal ni Kubo es un niño cualquiera; ambos tienen habilidades mágicas muy especiales. La mujer está muy preocupada por Kubo, pues un peligro gravísimo lo acecha si permanece fuera de la cueva durante la noche; así que le hace prometer que no se dejará ver hasta que salga el sol. Pero un día, como imaginaréis, se le olvida regresar antes del anochecer a su hogar. Ha permanecido rezando ante un farolillo que ha hecho para el O-Bon, intentando que su padre le responda de alguna manera. Y ahí comienzan sus aventuras. Entretenidas y llenas de acción, pero previsibles. Los personajes que van apareciendo son clichés, muy bien construidos, pero clichés al fin y al cabo. La historia, como va dirigida a un público familiar, tiene comedia blandengue por doquier y momentos sentimentales que me resultan molestos. Afortunadamente, no abundan tampoco demasiado. Imagino que la melosidad tipo Disney es muy difícil de sortear cuando se intenta desarrollar un producto con ciertas pretensiones comerciales. A pesar de todo esto, Kubo and the two strings sabe sacar partido a su sencilla historia con una dosificación de los golpes de efecto inteligente, por lo que no aburre en ningún instante.

Kubo and the two strings es la mezcla perfecta de tradición y modernidad, como el mismo Japón. La construcción artesana de todas las marionetas y escenarios se une a la última tecnología en materiales y CGI, que con delicadeza hacen la animación más fluida y suave, de gran realismo. Es un despliegue visual que me dejó atónita en el cine por su increíble nivel de detalle y dinamismo. Como amante del stop-motion, considero Kubo un salto cualitativo histórico, y eso que no soy precisamente amiga de las herramientas informáticas en la animación. Una excelente película para todos los públicos, que destaca más por su prodigiosa realización que por un guion original. Muy recomendable.

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Si Kubo and the Two strings intenta ganarse al público juvenil y familiar, La tortue rouge encarna los esfuerzos por alcanzar a los espectadores adultos. Todavía se continúa arrastrando el falso concepto de que la animación es, sobre todo, para niños o adolescentes. Y no es así, claro está. Eso Hayao Miyazaki lo sabe muy bien, por eso en cuanto vio Father and daughter (2000), ganador del Óscar al mejor cortometraje en 2001, quiso conocer a su director y ofrecerle colaborar con Ghibli. Y así fue como un inicialmente escéptico Michaël Dudok de Wit (creía que le estaban tomando el pelo) se involucró con una de las productoras más importantes y prestigiosas del sector. Le otorgaron una libertad creativa envidiable, trabajando exclusivamente con personal europeo. Solamente debía ceñirse al presupuesto y calendario. Ghibli y la francesa Wild Bunch aunaron fuerzas para crear La tortue rouge, y el resultado fue (y es) una aleación extraordinaria entre Oriente y Occidente. Señalar que este proyecto ha sido, por ahora, la única asociación de Ghibli con unos estudios no japoneses.

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Es muy obvio el sedimento japonés, concretamente el de Ghibli. Su espíritu ecologista, el trasfondo filosófico de índole metafísica, el lenguaje onírico que estalla ocasionalmente, el lugar del ser humano en el mundo, la fusión de realidad y fantasía, etc. Es una película muy curiosa, porque a pesar de tener un argumento elemental, se abre a múltiples interpretaciones. Por eso tampoco quiero alargarme demasiado con su reseña, pues cada persona la puede entender de una manera diferente. Su rica simbología además contribuye a ello. Las referencias que evoca resultan muy variadas, desde la Odisea, Los Viajes de Gulliver, pasando por Robinson Crusoe, Moby-Dick o El viejo y el mar. Pero ninguna de ellas se adapta del todo a La tortue rouge. Es un film bastante singular, carne de clásico.

Lo que sí resulta evidente es su naturaleza alegórica, que plasma los ciclos de la existencia humana. Pero no por sí mismos, sino contextualizados. Es interesante observar que Dudok de Wit, de forma intencionada, huye de la visión antropocéntrica. Sí, es la historia de un náufrago que llega casi de milagro a las costas de una pequeña isla tropical, pero la mayoría de planos dejan bastante claro que este hombre solo es un elemento más de su entorno. La naturaleza, vasta y generosa, alberga por igual vida y muerte. No juzga, no distingue; es terrible en su impasibilidad y belleza. La naturaleza simplemente es. El ser humano debe buscar, ocupar y aceptar su propio espacio, aunque el ego no siempre hace fácil admitir que solo se es una pieza más. Con más consciencia y habilidades, pero formando parte de algo mucho más grande que él mismo.

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El trabajo que ha realizado Isao Takahata en la producción artística ha sido memorable. Inspirado en la línea clara del tebeo franco-belga para el diseño de los personajes y la paleta de colores, oscila entre el minimalismo y la exuberancia de sus escenarios. Elegante, clásico, ultramoderno. La combinación de dibujo tradicional y animación digital es perfecta, ensamblada con tal equilibrio que resulta imperceptible. En general, su cuidadosa simplicidad es un soplo de aire fresco entre tanto fuego de artificio en el mundo de la animación actual.

El argumento, que lo he esbozado un poco hace unos instantes, es la vida de un superviviente en una pequeña isla desconocida. No sabemos su nombre, ni lo sabremos nunca. Los nombres en realidad no importan en este film; por no importar ni siquiera las palabras significan algo, porque La tortue rouge carece de diálogos. Son sus poderosas imágenes, los silencios y la magnífica música de Laurent Pérez del Mar los que consiguen que la película alcance esas cotas de genialidad que la convierten en un cuento atemporal. Veremos el empeño de nuestro hombrecito por navegar lejos de la isla, afanes frustrados por la presencia de una enigmática tortuga roja. Más personajes se unirán al elenco, perfilados con habilidad y sencillez; y mediante un compás tranquilo, iremos observando desde las delicias de lo cotidiano y lo banal hasta los sucesos más trascendentales. Todos tratados en igualdad de condiciones, y con una serenidad impertérrita. Eso es algo que me encanta de La tortue rouge, la ausencia de dramatismo, su fluir constante y sosegado casi etéreo, pero que llega al corazón. Esta obra emociona, pero sin recurrir a alharacas. Si Kubo and the two strings es muy recomendable, La tortue rouge resulta imprescindible.

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¿Y quién se llevará el preciado galardón? Personalmente me encantaría que La tortue rouge ganara, aunque lo veo harto complicado. Me ha gustado mucho más que Kubo, que a pesar de que ya es un hito dentro del stop-motion, presenta un trabajo menos audaz, más atado a ciertos convencionalismos. Sin embargo, me doy cuenta de que se trata también un poco de preferencias personales, y no es justo comparar estas dos películas ya que expresan dos formas de concebir la animación muy diferentes. Y van destinados a públicos distintos. Ambas merecen la atención popular, ambas poseen virtudes de sobra para ser reconocidas como grandes obras. Una oportunidad es todo lo que piden, ¿se la has dado ya? Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

anime, largometraje, literatura

and the winner is…

No suelo prestar demasiada atención a los premios Óscar, porque reconozco que me parece un poco absurdo que unos galardones anglosajones se hayan convertido en el referente del buen gusto y calidad cinematográficos a nivel planetario. Vamos, que me parece todo una enorme casaputas, y le doy la importancia justa en mi vida… sin ánimo de menospreciar las obras que ahí se nominan y premian. Pero este año ha sido distinto porque, para mi sorpresa, aparecían en su lista no una, sino 4 películas que me han gustado bastante: Whiplash, El Gran Hotel Budapest, Birdman y Kaguya-hime no Monogatari. Eso ha sido toda una novedad. Mi santa madre siempre me ha machacado con la historia de que tu as toujours été une drôle de fille (gracias, mamá) y algo de razón no le falta; soy una persona especialita (para bien o para  mal) y bastante contradictoria. Por eso, a pesar de que los Óscar casi siempre me han importado dos mojones y medio, este año me ha entristecido que Kaguya-hime no Monogatari se quedara sin él. No voy a entrar en si realmente lo merecía o no, creo que la calidad es una variable dentro de esos galardones que tiene una importancia muy relativa. Admito que el resto de las películas, salvo Song of the sea, no las he visto ni tengo la intención… es solo un tema personal y sentimental mío. Y como todavía no he escrito reseña sobre ella, aprovechando la tenue desilusión, voy a hacerlo ahora como diminuto vasallaje. Diminuto, porque no pienso extenderme demasiado. Esta película sencillamente hay que verla y sentirla… con el peligro de que te rompa el corazón.

Kaguya-hime no Monogatari

かぐや姫の物語

kaguyaEl cuento del cortador de bambú es el germen no ya solo de esta película, sino de miríadas de obras en diferentes disciplinas (incluidos videojuegos). Y no es para menos. Se trata de la primera obra narrativa de ficción de la literatura japonesa, ya privada de los ropajes de lo legendario; y la primera que se escribió además en hiragana, sin acudir a los sinogramas (kanji) que, hasta entonces, habían sido el vehículo de la cultura. Se desconoce tanto su autoría como la fecha exacta de su creación, pero ronda entre el s. IX y s. X, durante el fértil período Heian (794-1185). Taketori Monogatari o El cuento del cortador de bambú es un relato bien conocido entre los japoneses; y de una importancia capital en su cultura, ya que inauguró e influyó sobre el nuevo género literario del monogatari y sus diversificaciones (Setsuwa MonogatariUta MonogatariTsukuri Monogatari). De entre las novelas cortesanas (Tsukuri), es en el Genji Monogatari de Murasaki Shikibu donde encontramos referencias a esta obra, la cual es calificada por su autora como “el arquetipo y padre de todos los monogatari“. El origen de esta historia es popular y de tradición oral (perdurará así también a lo largo de los siglos), por eso mantiene rasgos del folclore autóctono; pero una de sus innovaciones fue el beneficiarse del margen que brinda la ficción para mostrar un personaje femenino (aunque no fuera humano), que se resistía a las fuertes convenciones sociales y estimaba su propia voluntad.

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El rol que cumplía la mujer en el período Heian era, como podréis suponer, muy encorsetado y difícil, así que entre las damas de la corte debió suponer un alivio íntimo disfrutar de las vivencias de la princesa Kaguya. Este hecho y que fuera escrito en kana (hiragana), hacen sospechar que el Taketori Monogatari fuese redactado por una mano femenina. Pero no deja de ser una hipótesis. Tampoco me quiero enredar mucho en esto (parece mentira, lo sé, menuda tralla os estoy metiendo y ni siquiera he empezado a escribir sobre la peli) porque, si os interesa conocer un poquito más de esta etapa histórica concreta, podéis acudir a la entrada que escribí sobre el Hyakunin Isshu; y si queréis saber más sobre El cuento del cortador de bambú, tenéis esta joya de conferencia impartida por la extraordinaria Kayoko Takagi, donde habla exhaustivamente de él.

"Ukiyo Junikagetsu (Rokugatsu)" de Ogata Gekkô (1890)
“Ukiyo Junikagetsu (Rokugatsu)” de Ogata Gekkô (1890)

Isao Takahata ha creado su propia adaptación de este cuento, y lo ha hecho a conciencia. Debemos admitir que Takahata ha estado siempre eclipsado por la formidable figura de su colega Miyazaki, y quizás eso ha provocado que esta película no haya generado el interés que realmente merece. Takahata no es Miyazaki ni falta que le hace, tiene sus propias virtudes; y para comprobarlo ahí está su filmografía, que de insignificante no tiene nada.

Kaguya-hime no Monogatari es belleza pura a todos los niveles. Está conducida con sosiego, mimando detalles plenos de lirismo. La idealización del entorno rural, la candidez de la infancia, el énfasis en lo bucólico y una vida sencilla, son la fuente de la que manará todo un torrente de nostalgia y melancolía que impregnará luego toda la película. Será una canción infantil, tipo warabe uta, la que acompañará de principio a fin esta historia, conteniendo su esencia y presagiando el destino de Takenoko.

El argumento sigue las pautas de la obra literaria, respetando incluso su trasfondo budista. Un anciano leñador encuentra un día, dentro de un luminoso brote de bambú, una niña minúscula a la que lleva a casa. Allí, junto a su mujer, son testigos de multitud de hechos extraordinarios relacionados con la pequeña, lo que les hace pensar que está destinada a grandes cosas. Después de hallar también de manera asombrosa oro y sedas, se trasladan a Kioto donde Takenoko/Kaguya será educada de acuerdo a su misterioso, aunque indudable alto rango, para conseguir un buen matrimonio. Poco a poco, se va desvelando que Kaguya-hime proviene de la luna (es una tenn’yo) que fue castigada a descender a la tierra. Takenoko siente un profundo amor por sus padres adoptivos, por una vida natural en la tierra y el deseo lógico de ser la única dueña de su rumbo. Pero todo esto chocará frontalmente con la realidad. Tanto llegará a sufrir, que rogará poder regresar a la luna.

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Kaguya-hime no Monogatari es una obra que trata problemas muy humanos a pesar de que su protagonista no lo sea. Toca temas muy emotivos con perspicacia, de gran calado espiritual también, como los ciclos de la vida; y el ascenso de Takenoko a la luna casi se podría interpretar como la consecución del nirvana, el dejar atrás todo deseo y dolor del mundo material.

El arte es deslumbrante, se adapta a los ritmos emocionales de la película con una fluidez asombrosa, pasando de la furia expresionista a la placidez y minuciosidad de los pasteles. Dios, esos fondos… El abanico visual que se despliega es rico y capciosamente simple. Soy fan a mil de su elegancia y trazos abocetados.

Os preguntaréis, ¿qué pasa?, ¿es un largometraje perfecto o qué? Pues no, porque nada es perfecto. Kaguya-hime no Monogatari requiere de tranquilidad para verla, porque desde luego la cadencia que marca no es para ánimos inquietos. Esto no es Miyazaki, es Takahata, y su visión es diferente a pesar de que es un producto Ghibli de la cabeza a los pies.

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Y lo que pretendía fuera algo escueto, se ha convertido en una longaniza kilométrica. Para variar. Esto me pasa siempre que escribo a tramos y no me agrada demasiado. En fin, ya está hecho. Buenos días.