anime, largometraje

And the winner is… NOT JAPANESE

No suelo prestar mucha atención a los Oscars porque, como creo que he comentado en alguna que otra ocasión, me parece una chifladura que unos galardones estadounidenses, que premian esencialmente productos estadounidenses, se hayan convertido en la representación de lo que se supone que es lo mejor del cine mundial. Un pelín presuntuoso diría yo, sin embargo es la noción instalada en la mente de medio planeta. No voy a entrar en cómo ha sucedido esto, que no tiene nada de extraordinario por otro lado; ni en el tráfico de influencias, corruptelas y demás fellatios que han rodeado desde siempre el asunto. Desde mi perspectiva su prestigio es muy relativo, aunque todo lo cuestionable que rodea estos premios no es tampoco óbice para admitir que gracias a ellos se pueden descubrir grandes obras. A veces se las premia y todo. Pocas cosas son totalmente negras o blancas en el universo humano, aunque nos empeñemos en verlo así (supongo que simplifica las cosas).

Este año 2017, en la categoría de mejor largometraje de animación, hay dos películas que tienen una clara vinculación con Cipango: Kubo and the two strings (2016) y La tortue rouge (2016). Muy diferentes entre sí, y que merecen su mini-reseña en SOnC. Me asombraría muchísimo que cualquiera de ellas lograra vencer, sobre todo teniendo en cuenta que se enfrentan al titán Disney por partida doble: Moana (2016) y Zootopia (2016). Ya sabéis, Disney, ese tradicional ganador desde la era de los trilobites (Palezoico para los puntillosos). Salvo Ma vie de Courgette (2016), he visto todas las aspirantes; y a pesar de que Zootopia me gustó y Moana me aburrió soberanamente, son las candidatas con más probabilidades de hacerse con la estatuilla (nota: me encantaría ver Courgette, porque tiene una pinta fantástica). Pero nunca se sabe, nunca se sabe… quizá nos llevemos una sorpresa. De momento Kubo está nominado en dos categorías (también en mejores efectos visuales), lo que podría considerarse esperanzador. La tortue rouge lo tiene bastante más negro, pero al menos ha llegado hasta aquí.

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Soy gran admiradora del stop-motion desde cría. Tuve la suerte de disfrutar muy pronto de las obras de ese coloso que fue Jiří Trnka (1912-1969)y más adelante de uno de sus más importantes discípulos, mi amado Kihachirô Kawamoto. ¿Cómo podía dejar pasar Kubo and the two strings? Los estudios de animación Laika, que conocía sobre todo por Coraline (me gustó mucho más que la novela de Neil Gaiman, lamento la blasfemia), no tienen muchos largos en su haber; pero esa falta de bagaje no la consideraría en absoluto un impedimento para realizar un buen trabajo. Así que ahí estaba Laika, que me daba excelentes vibras, y una temática que me entusiasma: el folclore japonés. ¿Qué podía fallar? Muchas cosas, la principal que eran occidentales (estadounidenses para más inri) los que metían sus hocicos en el intrincado universo mitológico de las islas. La ignominia que podía surgir de ello, volcada en el estereotipo y topicazo más rancios como suele ser habitual, podía ser de dimensiones ciclópeas. Pero salvo por el inevitable whitewashing de los actores de voz, Kubo and the two strings no es solo digna, sino respetuosa con la cultura japonesa. Un bonito homenaje, de hecho. Al menos desde mi perspectiva de palurda occidental, claro.

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Es cierto que esperaba encontrar algún rastro perceptible del Bunraku o cierto guiño a Kawamoto-sensei, pero creo que eso habría sido pedir demasiado. Se trata de un film además en el que los abyectos otacos reconoceremos muchos recursos e ideas, porque nos encontramos ahítos de verlos en mangas y anime. Un espectáculo gozoso que disfrutaremos sin problemas, aunque no nos sorprenderá demasiado. Sin embargo, reconozco que fue una jugada algo arriesgada por parte de los estudios, pues la mayor parte del público no está familiarizado con Japón, y Kubo and the two strings es un cuento típico japonés sobre japoneses en Japón con la idiosincrasia japonesa. Dirigido encima a toda la familia. El Western-centrism es algo tan arraigado, sobre todo en audiencias acostumbradas a productos anglosajones, que hace difícil se sientan cómodas con una obra que les resulte… remota. Pero con esta película no hay cuidado, si se logra superar el prejuicio inicial, es patente que tras su impecable fachada oriental, los que mueven los hilos son cerebros occidentales. Porque se nota y mucho. ¿Es eso negativo? Para nada. En realidad me parece uno de los puntos fuertes de esta película. La mezcla Japón-Occidente es enriquecedora, y sirve para tender puentes.

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Los aterradores villanos del film, entre los que se encuentra ¡PETER CUSHING! Amén.

Otra de las cosas que resulta fácil de advertir es el enorme cariño y cuidado que se ha puesto en todos y cada uno de los aspectos de Kubo and the two strings. Hay un trabajo descomunal detrás, de años diría yo. La labor de documentación ha sido exhaustiva, la han trenzado en el argumento y volcado en el terreno artístico de forma sensacional. El terrorífico gashadokuro que remite a Takiyasha la bruja y el espectro del esqueleto (c.1844) de Utagawa Kuniyoshi es sobrecogedor; la representación de la festividad del O-Bon, con su indispensable Bon Odori y la emotiva Tôrô nagashi son el punto de inflexión (y final) de la película. Pero hay mucho más: el reconocimiento sutil a las figuras de las Goze y los Biwa hôshi; la importante carga simbólica de la grulla y el mono (macaco japonés); la continua presencia de disciplinas como el kyûdo, el origami, etc; las referencias a personajes históricos como el samurái Hattori Hanzô; entrañables detalles que aluden a Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa en ciertos diseños o a su actor fetiche, Toshirô Mifune, y no veo prudente alargar más la lista. Aunque podría.

El director, Travis Knight, que se estrena además con este film, se centra más en la faceta budista de Japón que en la autóctona, el shintô. La naturaleza de los antagonistas no acaba de corresponderse con el dios lunar Tsukiyomi y su parentela, sino a las deidades búdicas celestiales que residen en nuestro satélite, como las del Cuento del cortador de bambú. La protagonista de esa leyenda, la princesa Kaguya, comparte características similares con los villanos del film: son tenny’o.  Aunque en Kubo and the two strings los representen como si se hubieran escapado de The Nightmare before Christmas (1993), para dejar claro que son los malosmalosos.

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Con toda la intención, no he comentado nada todavía sobre el argumento. La verdad es que para mí fue lo más decepcionante del film, aunque no puedo decir que me pareciera una birria. Porque no lo es. Simplemente no está a la altura de todo lo demás. Es un bildungsroman sin fisuras, siendo su protagonista Kubo, un niño tuerto que se gana la vida contando cuentos con su shamisen. Con él, en una cueva al lado del mar, vive su madre, que se encuentra enferma desde que se golpeó la cabeza con unas rocas. Pero ni su madre es una mujer normal ni Kubo es un niño cualquiera; ambos tienen habilidades mágicas muy especiales. La mujer está muy preocupada por Kubo, pues un peligro gravísimo lo acecha si permanece fuera de la cueva durante la noche; así que le hace prometer que no se dejará ver hasta que salga el sol. Pero un día, como imaginaréis, se le olvida regresar antes del anochecer a su hogar. Ha permanecido rezando ante un farolillo que ha hecho para el O-Bon, intentando que su padre le responda de alguna manera. Y ahí comienzan sus aventuras. Entretenidas y llenas de acción, pero previsibles. Los personajes que van apareciendo son clichés, muy bien construidos, pero clichés al fin y al cabo. La historia, como va dirigida a un público familiar, tiene comedia blandengue por doquier y momentos sentimentales que me resultan molestos. Afortunadamente, no abundan tampoco demasiado. Imagino que la melosidad tipo Disney es muy difícil de sortear cuando se intenta desarrollar un producto con ciertas pretensiones comerciales. A pesar de todo esto, Kubo and the two strings sabe sacar partido a su sencilla historia con una dosificación de los golpes de efecto inteligente, por lo que no aburre en ningún instante.

Kubo and the two strings es la mezcla perfecta de tradición y modernidad, como el mismo Japón. La construcción artesana de todas las marionetas y escenarios se une a la última tecnología en materiales y CGI, que con delicadeza hacen la animación más fluida y suave, de gran realismo. Es un despliegue visual que me dejó atónita en el cine por su increíble nivel de detalle y dinamismo. Como amante del stop-motion, considero Kubo un salto cualitativo histórico, y eso que no soy precisamente amiga de las herramientas informáticas en la animación. Una excelente película para todos los públicos, que destaca más por su prodigiosa realización que por un guion original. Muy recomendable.

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Si Kubo and the Two strings intenta ganarse al público juvenil y familiar, La tortue rouge encarna los esfuerzos por alcanzar a los espectadores adultos. Todavía se continúa arrastrando el falso concepto de que la animación es, sobre todo, para niños o adolescentes. Y no es así, claro está. Eso Hayao Miyazaki lo sabe muy bien, por eso en cuanto vio Father and daughter (2000), ganador del Óscar al mejor cortometraje en 2001, quiso conocer a su director y ofrecerle colaborar con Ghibli. Y así fue como un inicialmente escéptico Michaël Dudok de Wit (creía que le estaban tomando el pelo) se involucró con una de las productoras más importantes y prestigiosas del sector. Le otorgaron una libertad creativa envidiable, trabajando exclusivamente con personal europeo. Solamente debía ceñirse al presupuesto y calendario. Ghibli y la francesa Wild Bunch aunaron fuerzas para crear La tortue rouge, y el resultado fue (y es) una aleación extraordinaria entre Oriente y Occidente. Señalar que este proyecto ha sido, por ahora, la única asociación de Ghibli con unos estudios no japoneses.

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Es muy obvio el sedimento japonés, concretamente el de Ghibli. Su espíritu ecologista, el trasfondo filosófico de índole metafísica, el lenguaje onírico que estalla ocasionalmente, el lugar del ser humano en el mundo, la fusión de realidad y fantasía, etc. Es una película muy curiosa, porque a pesar de tener un argumento elemental, se abre a múltiples interpretaciones. Por eso tampoco quiero alargarme demasiado con su reseña, pues cada persona la puede entender de una manera diferente. Su rica simbología además contribuye a ello. Las referencias que evoca resultan muy variadas, desde la Odisea, Los Viajes de Gulliver, pasando por Robinson Crusoe, Moby-Dick o El viejo y el mar. Pero ninguna de ellas se adapta del todo a La tortue rouge. Es un film bastante singular, carne de clásico.

Lo que sí resulta evidente es su naturaleza alegórica, que plasma los ciclos de la existencia humana. Pero no por sí mismos, sino contextualizados. Es interesante observar que Dudok de Wit, de forma intencionada, huye de la visión antropocéntrica. Sí, es la historia de un náufrago que llega casi de milagro a las costas de una pequeña isla tropical, pero la mayoría de planos dejan bastante claro que este hombre solo es un elemento más de su entorno. La naturaleza, vasta y generosa, alberga por igual vida y muerte. No juzga, no distingue; es terrible en su impasibilidad y belleza. La naturaleza simplemente es. El ser humano debe buscar, ocupar y aceptar su propio espacio, aunque el ego no siempre hace fácil admitir que solo se es una pieza más. Con más consciencia y habilidades, pero formando parte de algo mucho más grande que él mismo.

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El trabajo que ha realizado Isao Takahata en la producción artística ha sido memorable. Inspirado en la línea clara del tebeo franco-belga para el diseño de los personajes y la paleta de colores, oscila entre el minimalismo y la exuberancia de sus escenarios. Elegante, clásico, ultramoderno. La combinación de dibujo tradicional y animación digital es perfecta, ensamblada con tal equilibrio que resulta imperceptible. En general, su cuidadosa simplicidad es un soplo de aire fresco entre tanto fuego de artificio en el mundo de la animación actual.

El argumento, que lo he esbozado un poco hace unos instantes, es la vida de un superviviente en una pequeña isla desconocida. No sabemos su nombre, ni lo sabremos nunca. Los nombres en realidad no importan en este film; por no importar ni siquiera las palabras significan algo, porque La tortue rouge carece de diálogos. Son sus poderosas imágenes, los silencios y la magnífica música de Laurent Pérez del Mar los que consiguen que la película alcance esas cotas de genialidad que la convierten en un cuento atemporal. Veremos el empeño de nuestro hombrecito por navegar lejos de la isla, afanes frustrados por la presencia de una enigmática tortuga roja. Más personajes se unirán al elenco, perfilados con habilidad y sencillez; y mediante un compás tranquilo, iremos observando desde las delicias de lo cotidiano y lo banal hasta los sucesos más trascendentales. Todos tratados en igualdad de condiciones, y con una serenidad impertérrita. Eso es algo que me encanta de La tortue rouge, la ausencia de dramatismo, su fluir constante y sosegado casi etéreo, pero que llega al corazón. Esta obra emociona, pero sin recurrir a alharacas. Si Kubo and the two strings es muy recomendable, La tortue rouge resulta imprescindible.

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¿Y quién se llevará el preciado galardón? Personalmente me encantaría que La tortue rouge ganara, aunque lo veo harto complicado. Me ha gustado mucho más que Kubo, que a pesar de que ya es un hito dentro del stop-motion, presenta un trabajo menos audaz, más atado a ciertos convencionalismos. Sin embargo, me doy cuenta de que se trata también un poco de preferencias personales, y no es justo comparar estas dos películas ya que expresan dos formas de concebir la animación muy diferentes. Y van destinados a públicos distintos. Ambas merecen la atención popular, ambas poseen virtudes de sobra para ser reconocidas como grandes obras. Una oportunidad es todo lo que piden, ¿se la has dado ya? Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

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Aquel verano

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Lo habéis adivinado: toca entrada de esas que os importan un pito (en general). Hoy además que anda el planeta enloquecido con Digimon, voy a cortaros el rollo a base bien, Sin Orden ni Concierto ya sabéis que es así (ignoradme, por favor).

Tengo pendientes las primeras impresiones (que ya serán impresiones finales, jojo) de los anime de esta temporada, pero estoy realmente vaga. He dejado la mayoría de las series que seguía en barbecho porque no me han terminado de enganchar. Aunque me estén gustando, las he descuidado. Solo estoy siguiendo fielmente Kagewani (es corta), Muco (me relaja un montón y también es corta) y Dance with devils (compromiso animierder). Pero dadme tiempo, que me recuperaré y haré reseña al final. Bueno, al lío.

Este pasado fin de semana tuvo lugar el Kaigai Manga Festa y, husmeando cómo fue el evento por internet, encontré en el twitter de Ken Niimura una foto que había hecho a su ejemplar de This One Summer (2014). Firmado. Porque Jillian Tamaki, la ilustradora, estaba ahí como parte del Toronto Comic Arts Festival. Agh. Empecé a comerme las uñas hasta convertir mis manos en muñones de la maldita envidia. ¡Yo también quiero mi Summer firmado! Pero lo admito: solo soy una mísera plebeya con un blog cutre por estandarte y tampoco puedo aspirar a que las autoras visiten esta zona del planeta en muuuucho tiempo. Por lo que ya puedo esperar sentada, que esa rúbrica nunca tendrá lugar, salvo milagro. Aun así, decidí que desahogarme un poquillo en el blog, haciendo una reseña de este tebeo, tampoco me vendría nada mal.

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Los que seguís esta bitácora ya sabéis que consumo todo tipo de cómic. Me da igual su origen: Japón, Corea, Estados Unidos, Canadá, Francia, España, Argentina o Vanuatu. También hace unos meses comenté con Khalil por aquí que considero el tebeo, cómic, novela gráfica, manga o historieta, en esencia, lo mismo. Y que el nombre que se le dé me importa tres mierdas. Es mi punto de vista como lectora gañana. Claro que hay diferencias y características propias tanto de la BD, el manga o el cómic americano, pero siempre he abogado por una mayor permeabilidad entre ellos… y no termino de comprender que sean los mismos lectores los que se dediquen a segregar, en ocasiones de manera feroz, cuando estamos hablando del mismo medio. Aunque esa no es la cuestión. Con toda esta pejiguera, lo que quiero decir es que voy a escribir sobre un tebeo que no es manga. Sí tiene influencia del manga y sus creadoras son de ascendencia japonesa, pero es un cómic norteamericano. No es la primera vez que me permito estas licencias (El vástago de Thor, El reverso tenebroso) ni será la última; de todas formas, este This One Summer es un poco como I Kill Giants (2008) en el aspecto de que se está ganando, por méritos propios, un lugar relevante dentro del cómic internacional. Más allá de etiquetas o países. Son obras a las que se debe prestar atención, e imagino que Summer no os será completamente desconocida… ¿o sí? No problemo, tiene solución. A leer.

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En España ha sido editado por La Cúpula, como también lo fue la obra anterior de estas dos damiselas, Skim (2008). Hago las presentaciones oportunas: ellas son Jillian Tamaki (ilustradora) y Mariko Tamaki (escritora). Canadienses. Primas hermanas. Esto ha quedado un poco raro, lo admito. Pero no tengo ganas de reescribir, se queda así.
Como creo que ya os he dicho antes, soy una mísera plebeya (pobre, coñio) y me busqué la vida para encontrar un ejemplar bastante más baratito: Amazon. No obstante, prefiero un millón de veces ir a una librería o acudir a la segunda mano, tengo que decirlo. Pero a veces las ventajas de la selva son imbatibles, en este caso por precio y lengua original. Os cuento mis peripecias por si ocurre el prodigio de que esta reseña os abra el apetito y decidáis adquirirlo. Cúpula, 25 ECUS; Amazon, 11 pavos shipping incluido. La vida es dura, señores.

Pero regresando a lo que realmente importa, This one summer ha sido bastante celebrado; de hecho ha recibido varios galardones importantes dentro del mundo de la novela gráfica, entre ellos un Eisner este 2015. Casi , chavalada. Así que no se trata de uno de esos tebeos rarunos o del año de la polka a los que os tengo acostumbrados (los que os dejáis, claro). This one summer es famoso y premiado. Para que luego me llamen hipster, hala.

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Awago es un pueblecito costero de Canadá donde Rose y sus padres han ido a veranear desde siempre. Allí también acude de vacaciones su amiga Windy, un año menor que ella. Pero este año es diferente, Rose y Windy están cambiando. Actividades que antes realizaban juntas y disfrutaban, resultan ahora un poco insulsas… así que deciden hacerse más intrépidas y buscar retos nuevos. Comienzan a ver películas de terror, restringidas para su edad, como Tiburón (1975), La Matanza de Texas (1974) o Pesadilla en Elm Street (1984), que alquilan en una tiendecita donde trabajan unos adolescentes mayores que ellas. Rose y Windy observan a esa cuadrilla de hormonas desbocadas, los escuchan y comentan entre ellas lo que van descubriendo. Pero, sobre todo, se fijan en un dependiente (feo como un demonio) y sus andanzas con una moza. Rose, aunque lo niega, siente atracción por este chico; y Windy a veces bromea a su costa. Su curiosidad natural por el sexo y lo que va acaeciendo, es la trama principal del tebeo, pero no la única. Los padres de Rose están pasando por un mal momento, aunque sería más preciso decir que es la madre de Rose la que está atravesando por una fuerte depresión, que repercute en el resto de los miembros de la familia. La aparente indolencia del padre y la parcial incomprensión de lo que sucede por parte de Rose, hacen la convivencia muy extraña. Rose está empezando a despertar, y siente frustración e ira hacia su madre.

Windy, por el contrario, todavía no ha madurado tanto en ciertos aspectos como Rose; y a pesar de saber que es adoptada, se siente querida y aceptada en su entorno familiar, que es bastante peculiar. Tiene una personalidad mucho más equilibrada que la de Rose, todo hay que decirlo. Su madre es una hippy vegana lesbiana; y su abuela una fan de la coctelería y las largas siestas. Ronca como un rinoceronte. Windy me ha encantado, es un personaje radiante y sincero. Mi preferido.

El resto del elenco está más difuminado, unos más que otros, pero es que no se trata de una obra coral. Los otros personajes aportan la información pertinente y cumplen su función de enmarcar con eficacia; porque el corazón de This one summer es Rose.

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El arte de Jillian Tamaki es espontáneo, dinámico. No es difícil hallar influencias del manga en él; para empezar, por elegir no usar color. El uso del índigo (en vez de negro) en el entintado me parece muy acertado, pues dota a todo el tebeo de un aire melancólico, del pasado, que se ajusta perfectamente a la historia. Me gusta cómo adapta el dibujo la emoción que se quiere transmitir; puede pasar del estatismo prolijo a una agilidad casi esquemática con una naturalidad pasmosa. El trazo, algo grueso y ligeramente desaliñado, brinda una ingenuidad dulce que realza los personajes principales, Rose y Windy, destacando su todavía poso infantil. La impresión general es la de estar delante de un cómic fresco, muy vivo; a pesar de que estructuralmente pueda ser un poco conservador. Pero, a pesar de esta última aseveración, me rindo incondicionalmente ante esas ilustraciones a doble página tan maravillosas, donde hasta los vacíos poseen fuerte energía. Y algunas viñetas son verdaderamente brillantes.

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This one summer es un slice of life de tomo y lomo. Se centra en un momento muy concreto de la vida humana: el paso de la niñez a la adolescencia. No cuenta nada de particular, las experiencias de esa etapa vital se han descrito por activa y por pasiva muchísimas veces; pero es la manera de tratarlas lo que convierte este tebeo en algo especial. Argumento y arte se compenetran maravillosamente para ofrecer una historia cálida, audaz; muy tierna y a ratos dramática. Pero el dramatismo está llevado con sobriedad. Su peso recae en el dibujo, que lo plasma de forma inteligente y clara. This one summer está repleto de detalles evocadores que llenan los silencios de afecto y añoranza. Es un tebeo realizado con cariño y se nota.

El sexo, por supuesto, tiene un papel fundamental, pero desde una perspectiva realista y femenina. Es algo lógico, ya que las autoras son ambas mujeres y las protagonistas de la historia lo son también; pero que esto no os confunda. Voy a tratar de explicarme. Hemos estado acostumbrados durante siglos a que la visión masculina sea considerada la neutral, dirigida a todos. Cuando ha aparecido una artista femenina expresándose desde su punto de vista, de manera automática, se ha valorado que su obra iba dirigida únicamente a mujeres. A veces la intención de la autora ha podido ser esa, otras no. This one summer es un cómic hecho por mujeres para todo el mundo. Me duele tener que hacer este tipo de aclaraciones, pero todavía, aunque cada vez menos, existen ciertos prejuicios de los que no somos ni conscientes. Sobre todo en según qué géneros. Este tebeo es abierto, humano; y plasma muy bien convencionalismos y aprensiones sociales arraigados sobre la sexualidad. Uno importantísimo: el sentimiento de culpa. Las Tamaki no han querido hacer ningún tipo de denuncia sobre el machismo o la sociedad patriarcal, su intención no es esa. Han expresado, con naturalidad y delicadeza, lo que hay. Un tapiz rico y complejo, la vida misma, donde se encuentran entretejidas fibras que nos muestran cómo la responsabilidad de la actividad reproductora humana recae casi exclusivamente en la hembra. Embarazo o no embarazo. Las consecuencias negativas son absorbidas, poco más o menos, de inmediato por la parte femenina, un arreglo injusto aceptado por todos, incluidas las mujeres.

Pero la mayoría de las hebras del tapiz nos hablan de ese momento en el que dejamos atrás la infancia. Una especie de nostalgia, y a la vez conmoción, que golpea al ser conscientes del paso del tiempo. De que el mundo cambia, de que la visión del mundo cambia, de que ocupamos un lugar en ese mundo y nuestra mera presencia tiene consecuencias. Sin vuelta atrás. Y nada mejor para reflejar ese interludio de la pubertad, que el hiato que supone el verano. Un momento donde ese cambio irreversible es más palpable. Los meses en los que la vida cotidiana queda en suspenso bajo unas nuevas leyes más laxas: las vacaciones. Entonces afloran todos esos problemas y cuestiones vitales que se han mantenido enterrados bajo la rutina el resto del año. Y no se pueden eludir, porque miran directamente a los ojos. Hay una mezcla de pasado, presente y futuro, en la que diferentes emociones construyen una realidad incierta que a veces es estupenda… y otras, amarga. La paleta de sentimientos que manejan las autoras es rica y profunda, pero saben conducirlo todo de forma muy liviana.

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Tengo la sensación de que no estoy escribiendo nada, y es que me da miedo ahondar ya que supondría reventar el argumento a spoilerazo limpio. Y no quiero, creo que no es necesario explicar más. Es un tebeo sencillo pero de gran hondura; que tiene todas las papeletas para llegar al kokoro de cualquiera porque lo que narra es cercano, probablemente muchos lo hayamos experimentado también. A los que el slice of life no les guste, que ni se acerquen. Y a los que les guste, deben saber que This one summer tiene una orientación adulta. Con esto quiero decir que a veces es algo cruda. Muy sutil, pero no está adulterada ni con el idealismo del romance ni la comedia. Es realista.

¿Me ha gustado? Sí, bastante, y pienso que un amante del seinen o jôsei lo disfrutará también. No me ha entusiasmado, eso lo tengo que reconocer, de hecho Skim me gustó más; pero también admito que es mucho mejor cómic que Skim. Y no, no me estoy contradiciendo.

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.