anime, largometraje

And the winner is… NOT JAPANESE

No suelo prestar mucha atención a los Oscars porque, como creo que he comentado en alguna que otra ocasión, me parece una chifladura que unos galardones estadounidenses, que premian esencialmente productos estadounidenses, se hayan convertido en la representación de lo que se supone que es lo mejor del cine mundial. Un pelín presuntuoso diría yo, sin embargo es la noción instalada en la mente de medio planeta. No voy a entrar en cómo ha sucedido esto, que no tiene nada de extraordinario por otro lado; ni en el tráfico de influencias, corruptelas y demás fellatios que han rodeado desde siempre el asunto. Desde mi perspectiva su prestigio es muy relativo, aunque todo lo cuestionable que rodea estos premios no es tampoco óbice para admitir que gracias a ellos se pueden descubrir grandes obras. A veces se las premia y todo. Pocas cosas son totalmente negras o blancas en el universo humano, aunque nos empeñemos en verlo así (supongo que simplifica las cosas).

Este año 2017, en la categoría de mejor largometraje de animación, hay dos películas que tienen una clara vinculación con Cipango: Kubo and the two strings (2016) y La tortue rouge (2016). Muy diferentes entre sí, y que merecen su mini-reseña en SOnC. Me asombraría muchísimo que cualquiera de ellas lograra vencer, sobre todo teniendo en cuenta que se enfrentan al titán Disney por partida doble: Moana (2016) y Zootopia (2016). Ya sabéis, Disney, ese tradicional ganador desde la era de los trilobites (Palezoico para los puntillosos). Salvo Ma vie de Courgette (2016), he visto todas las aspirantes; y a pesar de que Zootopia me gustó y Moana me aburrió soberanamente, son las candidatas con más probabilidades de hacerse con la estatuilla (nota: me encantaría ver Courgette, porque tiene una pinta fantástica). Pero nunca se sabe, nunca se sabe… quizá nos llevemos una sorpresa. De momento Kubo está nominado en dos categorías (también en mejores efectos visuales), lo que podría considerarse esperanzador. La tortue rouge lo tiene bastante más negro, pero al menos ha llegado hasta aquí.

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Soy gran admiradora del stop-motion desde cría. Tuve la suerte de disfrutar muy pronto de las obras de ese coloso que fue Jiří Trnka (1912-1969)y más adelante de uno de sus más importantes discípulos, mi amado Kihachirô Kawamoto. ¿Cómo podía dejar pasar Kubo and the two strings? Los estudios de animación Laika, que conocía sobre todo por Coraline (me gustó mucho más que la novela de Neil Gaiman, lamento la blasfemia), no tienen muchos largos en su haber; pero esa falta de bagaje no la consideraría en absoluto un impedimento para realizar un buen trabajo. Así que ahí estaba Laika, que me daba excelentes vibras, y una temática que me entusiasma: el folclore japonés. ¿Qué podía fallar? Muchas cosas, la principal que eran occidentales (estadounidenses para más inri) los que metían sus hocicos en el intrincado universo mitológico de las islas. La ignominia que podía surgir de ello, volcada en el estereotipo y topicazo más rancios como suele ser habitual, podía ser de dimensiones ciclópeas. Pero salvo por el inevitable whitewashing de los actores de voz, Kubo and the two strings no es solo digna, sino respetuosa con la cultura japonesa. Un bonito homenaje, de hecho. Al menos desde mi perspectiva de palurda occidental, claro.

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Es cierto que esperaba encontrar algún rastro perceptible del Bunraku o cierto guiño a Kawamoto-sensei, pero creo que eso habría sido pedir demasiado. Se trata de un film además en el que los abyectos otacos reconoceremos muchos recursos e ideas, porque nos encontramos ahítos de verlos en mangas y anime. Un espectáculo gozoso que disfrutaremos sin problemas, aunque no nos sorprenderá demasiado. Sin embargo, reconozco que fue una jugada algo arriesgada por parte de los estudios, pues la mayor parte del público no está familiarizado con Japón, y Kubo and the two strings es un cuento típico japonés sobre japoneses en Japón con la idiosincrasia japonesa. Dirigido encima a toda la familia. El Western-centrism es algo tan arraigado, sobre todo en audiencias acostumbradas a productos anglosajones, que hace difícil se sientan cómodas con una obra que les resulte… remota. Pero con esta película no hay cuidado, si se logra superar el prejuicio inicial, es patente que tras su impecable fachada oriental, los que mueven los hilos son cerebros occidentales. Porque se nota y mucho. ¿Es eso negativo? Para nada. En realidad me parece uno de los puntos fuertes de esta película. La mezcla Japón-Occidente es enriquecedora, y sirve para tender puentes.

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Los aterradores villanos del film, entre los que se encuentra ¡PETER CUSHING! Amén.

Otra de las cosas que resulta fácil de advertir es el enorme cariño y cuidado que se ha puesto en todos y cada uno de los aspectos de Kubo and the two strings. Hay un trabajo descomunal detrás, de años diría yo. La labor de documentación ha sido exhaustiva, la han trenzado en el argumento y volcado en el terreno artístico de forma sensacional. El terrorífico gashadokuro que remite a Takiyasha la bruja y el espectro del esqueleto (c.1844) de Utagawa Kuniyoshi es sobrecogedor; la representación de la festividad del O-Bon, con su indispensable Bon Odori y la emotiva Tôrô nagashi son el punto de inflexión (y final) de la película. Pero hay mucho más: el reconocimiento sutil a las figuras de las Goze y los Biwa hôshi; la importante carga simbólica de la grulla y el mono (macaco japonés); la continua presencia de disciplinas como el kyûdo, el origami, etc; las referencias a personajes históricos como el samurái Hattori Hanzô; entrañables detalles que aluden a Trono de Sangre (1957) de Akira Kurosawa en ciertos diseños o a su actor fetiche, Toshirô Mifune, y no veo prudente alargar más la lista. Aunque podría.

El director, Travis Knight, que se estrena además con este film, se centra más en la faceta budista de Japón que en la autóctona, el shintô. La naturaleza de los antagonistas no acaba de corresponderse con el dios lunar Tsukiyomi y su parentela, sino a las deidades búdicas celestiales que residen en nuestro satélite, como las del Cuento del cortador de bambú. La protagonista de esa leyenda, la princesa Kaguya, comparte características similares con los villanos del film: son tenny’o.  Aunque en Kubo and the two strings los representen como si se hubieran escapado de The Nightmare before Christmas (1993), para dejar claro que son los malosmalosos.

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Con toda la intención, no he comentado nada todavía sobre el argumento. La verdad es que para mí fue lo más decepcionante del film, aunque no puedo decir que me pareciera una birria. Porque no lo es. Simplemente no está a la altura de todo lo demás. Es un bildungsroman sin fisuras, siendo su protagonista Kubo, un niño tuerto que se gana la vida contando cuentos con su shamisen. Con él, en una cueva al lado del mar, vive su madre, que se encuentra enferma desde que se golpeó la cabeza con unas rocas. Pero ni su madre es una mujer normal ni Kubo es un niño cualquiera; ambos tienen habilidades mágicas muy especiales. La mujer está muy preocupada por Kubo, pues un peligro gravísimo lo acecha si permanece fuera de la cueva durante la noche; así que le hace prometer que no se dejará ver hasta que salga el sol. Pero un día, como imaginaréis, se le olvida regresar antes del anochecer a su hogar. Ha permanecido rezando ante un farolillo que ha hecho para el O-Bon, intentando que su padre le responda de alguna manera. Y ahí comienzan sus aventuras. Entretenidas y llenas de acción, pero previsibles. Los personajes que van apareciendo son clichés, muy bien construidos, pero clichés al fin y al cabo. La historia, como va dirigida a un público familiar, tiene comedia blandengue por doquier y momentos sentimentales que me resultan molestos. Afortunadamente, no abundan tampoco demasiado. Imagino que la melosidad tipo Disney es muy difícil de sortear cuando se intenta desarrollar un producto con ciertas pretensiones comerciales. A pesar de todo esto, Kubo and the two strings sabe sacar partido a su sencilla historia con una dosificación de los golpes de efecto inteligente, por lo que no aburre en ningún instante.

Kubo and the two strings es la mezcla perfecta de tradición y modernidad, como el mismo Japón. La construcción artesana de todas las marionetas y escenarios se une a la última tecnología en materiales y CGI, que con delicadeza hacen la animación más fluida y suave, de gran realismo. Es un despliegue visual que me dejó atónita en el cine por su increíble nivel de detalle y dinamismo. Como amante del stop-motion, considero Kubo un salto cualitativo histórico, y eso que no soy precisamente amiga de las herramientas informáticas en la animación. Una excelente película para todos los públicos, que destaca más por su prodigiosa realización que por un guion original. Muy recomendable.

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Si Kubo and the Two strings intenta ganarse al público juvenil y familiar, La tortue rouge encarna los esfuerzos por alcanzar a los espectadores adultos. Todavía se continúa arrastrando el falso concepto de que la animación es, sobre todo, para niños o adolescentes. Y no es así, claro está. Eso Hayao Miyazaki lo sabe muy bien, por eso en cuanto vio Father and daughter (2000), ganador del Óscar al mejor cortometraje en 2001, quiso conocer a su director y ofrecerle colaborar con Ghibli. Y así fue como un inicialmente escéptico Michaël Dudok de Wit (creía que le estaban tomando el pelo) se involucró con una de las productoras más importantes y prestigiosas del sector. Le otorgaron una libertad creativa envidiable, trabajando exclusivamente con personal europeo. Solamente debía ceñirse al presupuesto y calendario. Ghibli y la francesa Wild Bunch aunaron fuerzas para crear La tortue rouge, y el resultado fue (y es) una aleación extraordinaria entre Oriente y Occidente. Señalar que este proyecto ha sido, por ahora, la única asociación de Ghibli con unos estudios no japoneses.

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Es muy obvio el sedimento japonés, concretamente el de Ghibli. Su espíritu ecologista, el trasfondo filosófico de índole metafísica, el lenguaje onírico que estalla ocasionalmente, el lugar del ser humano en el mundo, la fusión de realidad y fantasía, etc. Es una película muy curiosa, porque a pesar de tener un argumento elemental, se abre a múltiples interpretaciones. Por eso tampoco quiero alargarme demasiado con su reseña, pues cada persona la puede entender de una manera diferente. Su rica simbología además contribuye a ello. Las referencias que evoca resultan muy variadas, desde la Odisea, Los Viajes de Gulliver, pasando por Robinson Crusoe, Moby-Dick o El viejo y el mar. Pero ninguna de ellas se adapta del todo a La tortue rouge. Es un film bastante singular, carne de clásico.

Lo que sí resulta evidente es su naturaleza alegórica, que plasma los ciclos de la existencia humana. Pero no por sí mismos, sino contextualizados. Es interesante observar que Dudok de Wit, de forma intencionada, huye de la visión antropocéntrica. Sí, es la historia de un náufrago que llega casi de milagro a las costas de una pequeña isla tropical, pero la mayoría de planos dejan bastante claro que este hombre solo es un elemento más de su entorno. La naturaleza, vasta y generosa, alberga por igual vida y muerte. No juzga, no distingue; es terrible en su impasibilidad y belleza. La naturaleza simplemente es. El ser humano debe buscar, ocupar y aceptar su propio espacio, aunque el ego no siempre hace fácil admitir que solo se es una pieza más. Con más consciencia y habilidades, pero formando parte de algo mucho más grande que él mismo.

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El trabajo que ha realizado Isao Takahata en la producción artística ha sido memorable. Inspirado en la línea clara del tebeo franco-belga para el diseño de los personajes y la paleta de colores, oscila entre el minimalismo y la exuberancia de sus escenarios. Elegante, clásico, ultramoderno. La combinación de dibujo tradicional y animación digital es perfecta, ensamblada con tal equilibrio que resulta imperceptible. En general, su cuidadosa simplicidad es un soplo de aire fresco entre tanto fuego de artificio en el mundo de la animación actual.

El argumento, que lo he esbozado un poco hace unos instantes, es la vida de un superviviente en una pequeña isla desconocida. No sabemos su nombre, ni lo sabremos nunca. Los nombres en realidad no importan en este film; por no importar ni siquiera las palabras significan algo, porque La tortue rouge carece de diálogos. Son sus poderosas imágenes, los silencios y la magnífica música de Laurent Pérez del Mar los que consiguen que la película alcance esas cotas de genialidad que la convierten en un cuento atemporal. Veremos el empeño de nuestro hombrecito por navegar lejos de la isla, afanes frustrados por la presencia de una enigmática tortuga roja. Más personajes se unirán al elenco, perfilados con habilidad y sencillez; y mediante un compás tranquilo, iremos observando desde las delicias de lo cotidiano y lo banal hasta los sucesos más trascendentales. Todos tratados en igualdad de condiciones, y con una serenidad impertérrita. Eso es algo que me encanta de La tortue rouge, la ausencia de dramatismo, su fluir constante y sosegado casi etéreo, pero que llega al corazón. Esta obra emociona, pero sin recurrir a alharacas. Si Kubo and the two strings es muy recomendable, La tortue rouge resulta imprescindible.

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¿Y quién se llevará el preciado galardón? Personalmente me encantaría que La tortue rouge ganara, aunque lo veo harto complicado. Me ha gustado mucho más que Kubo, que a pesar de que ya es un hito dentro del stop-motion, presenta un trabajo menos audaz, más atado a ciertos convencionalismos. Sin embargo, me doy cuenta de que se trata también un poco de preferencias personales, y no es justo comparar estas dos películas ya que expresan dos formas de concebir la animación muy diferentes. Y van destinados a públicos distintos. Ambas merecen la atención popular, ambas poseen virtudes de sobra para ser reconocidas como grandes obras. Una oportunidad es todo lo que piden, ¿se la has dado ya? Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

manga, paja mental

Aku no hana: brotes perversos

惡の華

Odilon Redon - Les origines II y eut peut-être une vision première essayée dans la fleur (1883)
“Les origines II y eut peut-être une vision première essayée dans la fleur” (1883) de Odilon Redon

Como amante del decadentismo, parnasianismo y simbolismo del s. XIX, no podía dejar de lado un manga que directamente tomaba el nombre de una de las obras cumbre de la literatura francesa de esa época: Las flores del mal (1857) de Charles Baudelaire. Para mí era una cuestión de tiempo el acercarme a esta obra de Shuuzou Osimi. Además, por lo que pude columbrar previamente, las constantes alusiones al pintor Odilon Redon (¡¡¡lo venero, lo idolatro, lo reverencio!!!) en el dibujo, hacían inevitable mi colisión con el manga. Como un meteorito, fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuu. Shuuzou Osimi seguro que sabía de la colección de litografías que Redon realizó en 1889 para Las flores del mal (no me extraña teniendo en cuenta que lo que conocía de Osimi era una auténtica bizarrada dedicada al arte y… los penes). Me daba buen karma el tema (soy fácil de persuadir si se me coloca un cebo conveniente), por lo que decidí calcular ese encuentro galáctico una vez hubiera finalizado el manga (en mayo de este año acabó: 57 capítulos en once volúmenes). Y ya lo he terminado de leer. Hace un par de horas.

Pasando como de la mierda de las infinitas opiniones ya vertidas, donde sobre todo se la considera una obra maestra; y pasando también muchísimo de las controversias y escándalos que ha provocado, Aku no hana no me ha gustado en general. No me ha gustado, pero recomiendo su lectura fervientemente. Y no, no me estoy contradiciendo aunque lo parezca.

Pero antes de comenzar con mis habituales pajas mentales, antes de que empiece a desvariar, vayamos a lo básico, ¿de qué va Aku no Hana? Simplificando al máximo, el argumento sería el siguiente: el zagal Takao Kasuga, un bibliófilo de tomo y lomo (especialmente obsesionado con Las flores del mal de Baudelaire), se ha metido en un pequeño problema al robar impulsivamente la ropa de gimnasia de su compañera de clase y amor platónico Nanako Saeki. El pequeño problema no es el hurto en sí, sino que es descubierto por la colega que se sienta detrás de él, una extraña y agresiva muchacha llamada Sawa Nakamura. Nakamura comienza entonces a chantajear al pusilánime de Kasuga ferozmente y se monta un cristo de mil pares de cojones.

Hasta aquí nada raro, ¿verdad? Y una mierda. Este manga es retorcido y extravagante hasta decir basta. Por lo menos lo es hasta el capítulo 34, donde se alcanza el clímax de enajenación total. Y es que Aku no hana tiene dos partes bien diferenciadas hasta estilísticamente hablando. Si en la primera el dibujo de los personajes es aniñado, en escalada de total vesania acorde a la historia; la segunda es mucho más madura y serena, donde el argumento también da un giro melodramático (lógico por otro lado) que hace que el manga en general, para mí, vaya cuesta abajo.

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El lector occidental que se enfrente a Aku no hana debe tener claras una serie de nociones sobre la sociedad japonesa ya de principio, porque si no, puede considerarla una historia algo mmmm… digamos que mojigata (su detonante sobre todo). No es que yo sea especialista en Japón ni muchísimo menos, pero con lo poco que sé y poniéndome en el pellejo de un japonés medio, este manga es bastante salvaje. Decir esto de la nación donde surgió el muzan-e puede sonar un tanto imbécil, pero cualquiera que haya querido informarse un mínimo a través de libros, mangas, películas o animes (o que haya estado allí) sabe que en la sociedad japonesa hay una represión formal respecto a la sexualidad bastante importante. No a la manera victoriana, sino a su propia y japonesa forma, enfermiza y fetichista. Me viene a la cabeza el tema de los buruseras, esos negocios donde se venden, entre otras prendas, bragas usadas. Y cuanto más usadas estén, más valor tienen. Hasta existen máquinas expendedoras del tema. Una institucionalización de las parafilias tal cual. Todo esto en una sociedad tradicional, impasible y disciplinada, donde se da más valor al colectivo que al individuo; con un culto a la forma y la cortesía exquisito y una estructura vertical social (tate shakai) incomprensible para un americano o europeo. Y claro, por algún sitio tienen que reventar los pobres japoneses.

Y de reventar (y sus consecuencias) va precisamente este manga.

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El que Shuuzou Osimi haya escogido Las flores del mal como estandarte de esta obra no es casual. Tampoco son fortuitas sus referencias a otros artistas como Rimbaud, Goya, Redon, el dadaísmo, Breton, Dalí o Topor. No son mero envoltorio para quedar de listo, tienen su sentido (y es un placer encontrarse con esos bonitos detalles).

Las flores del mal fueron un purgante demasiado potente para la sociedad francesa de la época, una obra en la que Baudelaire hablaba sin tapujos de lo morboso, la pesadilla, la decadencia, la muerte, el sexo… y, sobre todo, de su hastío existencial o spleen. Baudelaire describió su propia vida bohemia y diferente, rompiendo los esquemas artísticos previos y quebrando las convenciones sociales. Las flores del mal fueron una revolución que le costó al poeta ser acusado por el gobierno francés de atentar contra la moral pública y las buenas costumbres; y de ofender a la moral política y religiosa. Baudelaire fue multado y su obra mutilada. Esta censura no se levantó hasta el año 1949.

¿Por qué cuento esto? Porque Aku no hana va de eso: del spleen o vacío existencial que sienten Kasuga y Nakamura en una sociedad como la japonesa que los asfixia (y encima en una ciudad pequeña). Kasuga se evade de esa prisión, y también de su propia mediocridad, a través de la lectura de libros que no entiende (pero le hacen sentir especial), para luego pasar a experimentar en carne viva Las flores del mal, para luego verse abocado a comprender lo que significan y lo que son cuando se topa con Nakamura, víctima también del spleen, de la soledad, la incomprensión y la locura. El paralelismo entre Baudelaire-Jeanne Duval (la Venus Negra, amante del poeta) y Kasuga-Nakamura es incuestionable: una relación tortuosa de amor-odio, sadomasoquismo y profunda tristeza.

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Shuuzou Osimi escoge como protagonistas, por supuesto, a adolescentes. La difícil transición de niño a adulto, la búsqueda de uno mismo en un mundo que resulta ser una mierda, la rebelión frente al adocenamiento social y todas esas cositas tan típicas que se atribuyen a la pubertad (Aku no hana no deja de ser un bildungsroman). Ya sabemos que los quinceañeros son bombas de relojería humanas. Y es lo que tratan de hacer Kasuga y Nakamura, escapar al otro lado a través del escándalo, la violencia y la muerte. Hay mucho más, claro, pero eso me obligaría a hacer unos spoilers del tamaño de Betelgeuse como poco, y no estoy por la labor.

Aku no hana es un manga que deslumbra y está bien planteado. Es realista y tiene un sentido del humor sinuoso. A pesar de su embalaje de aires literarios y artísticos, la historia que cuenta es directa y simple. La historia, claro. La historia en sí, repito. Cierto que a Kasuga, sobre todo en los primeros capítulos, me daban ganas de patearle el culo y cuando Nakamura se cebaba con él, sentía mucha satisfacción. Pero la evolución del personaje es buena, incluso a partir de la segunda parte, lo que no puedo decir de Nakamura al final. Nanako Saeki también se desinfla un poco, aunque brinda momentos épicos de violencia sexual totalmente inesperados para un rol como el suyo. Y creo que ya he contado demasiado, hasta me he pasado.

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No es un manga con contenido sexual explícito, que conste, aunque el sexo juega un papel importante. Tenía muchos ingredientes para que me hubiese gustado MUCHO, pero en conjunto no ha sido así. El final me ha parecido demasiado convencional, aunque bien pensado, no podría ser de otra forma si se buscaba coherencia. Pero desde luego, no he considerado su lectura una pérdida de tiempo. De hecho, si voy bien de pasta, es probable que aprovechando que Norma lo está publicando, me vaya haciendo con él. Es un manga de esos que merece la pena releer.

Del anime, del que también se ha hablado largo y tendido, haré una reseña más adelante. PORQUE TELA.