Están siendo unos días un poco moviditos y rarunos, el martes fue el cumple de mi madre, el jueves fue el mío y ayer, viernes 30 de marzo, mi padre habría cumplido 83 años. Los recuerdos y el nuevo planteamiento vital que estoy encarando me producen una sensación curiosa entre nostalgia y tristeza que me paralizan un poco, ¡y eso que no voy sobrada de tiempo! Así que para sacar la cabeza de las nubes, escribir resulta una terapia infalible. Aunque sea una reseña sencillita. Y la presente se la quiero dedicar a mi bebida favorita: el té.

Soy perfectamente consciente de que en España se considera poco más que un brebaje con sabor a acelgas, amargo y sin sustancia alguna. Y, en general, además se prepara fatal (un secreto: si sabe amargo, camarada otaco, es que se ha dejado reposar demasiado tiempo, y así jamás se bebe.) Vamos, que por estos lares no hay cultura del té ni se la espera. Sin embargo, la camellia sinensis forma parte de la esencia y cultura de Asia desde hace muchísimo tiempo, es uno de sus iconos más reconocibles, y en cada país ha desarrollado, a lo largo de los siglos, sus propias tradiciones y ceremonias. Por supuesto, es el caso de Japón también. Y el filósofo, escritor e historiador del arte Kakuzô Okakura (1862-1913) lo dejó bien patente en una de sus obras más conocidas: El libro del té (1906).

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“Primavera: ceremonia del té” (1932) de Kasamatsu Shiro

Se ha disertado por activa y por pasiva ya sobre este magnífico ensayo, es con toda probabilidad su obra más celebrada en Occidente, y con esta entradilla no voy a aportar ninguna novedad; pero merece presencia en SOnC tanto por su importancia dentro de la historia del arte japonés como por mi propio amor a esta bebida. Okakura Kakuzô y su El libro del té, como el también famoso El elogio de la sombra (1933) de Jun’ichirô Tanizaki (reseña aquí), son ensayos que reflexionan y ahondan, a través de la estética y la tradición, en lo asiático. En la enorme importancia de su propio lenguaje y la trascendencia de sus valores, incomprensibles y hasta ridiculizados por Occidente; pero que poseen la misma magnitud, dignidad y significación que los suyos.

Okakura Kakuzô, también conocido como Okakura Tenshin (天心), nació en Yokohama en el seno de una familia de estirpe samurai procedente de Fukui. Unos pocos años después de llegar al mundo, el shôgunato Tokugawa daría paso a la Restauración Meiji, que cambiaría el país para siempre. Kakuzô creció en plena apertura de la nación hacia el resto del planeta, y esas ansias de crecimiento y asimilación de todo lo occidental lo afectaron por completo. Estudió inglés en la escuela fundada por  James Curtis Hepburn (sí, el de la romanización Hepburn);  y con 15 años ingresó en la Universidad Imperial de Tokio, donde estudiaría Filosofía y Literatura inglesa. Allí, fue alumno y buen amigo del gran orientalista de origen español Ernest Fenollosa (1853-1908), y gracias a él tuvo un reencuentro con las raíces de la cultura de su país, que en esa época se relacionaban más con un pasado de aislamiento, atraso y zafiedad.

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“Los Orientalistas de Boston”: Kakuzô y Fenollosa en el centro, junto a Edward Morse (izquierda) y William Sturgis Bigelow (derecha), en 1882.

Tenshin vivió esa época de metamorfosis del país nipón que relacionaba Occidente con nociones positivas como progreso, innovación y riqueza; y al Japón tradicional con sus opuestos. Pero Okakura Kakuzô decidió, precisamente, combatir esa metabolización occidental que se estaba dando con tanta voracidad (¡había que recuperar el tiempo perdido! ¡casi 3 siglos de aislamiento! ¡rápido, rápido!). Japón no debía sacrificar su identidad en aras de una pretendida modernización, no podía desaparecer engullida y dominada por el colonialismo europeo y estadounidense. Y su discurso no solo se refería a su patria, sino a toda Asia. Disfrutó de la profunda amistad de Rabindranath Tagore (1861-1941), con el que compartía muchas inquietudes respecto a la protección y difusión de las culturas de sus países.

Okakura Tenshin fue uno de los fundadores de la Escuela de Tokio de Bellas Artes, también del Instituto de Arte de Japón y la prestigiosa revista Kokka, que continúa, por supuesto, editándose. Durante toda su vida fue un vehemente promotor, junto a Fenollosa, del nihônga o arte japonés tradicional frente al yôga, de inspiración occidental; y lo hizo hasta en América, donde finalmente residiría, llegando a ser conservador del Museo de Bellas Artes de Boston. Por cierto, si actualmente puede presumir de una de las colecciones de arte japonés más atractivas de Occidente, es gracias a Okakura Kakuzô.

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Okakura Kakuzô y el profesor Hugo Munsterberg de Harvard en los escalones del Stephen Ridgely Hall de la Universidad de San Luis, durante la Exposición Universal de 1904.

Tenshin conocía muy bien la cultura y pensamiento occidentales, y a ellos, hacia nosotros, iban dirigidos sus escritos. El libro del té fue redactado directamente en inglés, y es una de las obras más importantes de la literatura mundial dedicada al teísmo. Influyó incluso en pensadores de la talla de Martin Heidegger (1889-1976), no se trata de un ensayo cualquiera, camaradas otacos. Fue la forma a la que recurrió Okakura Kakuzô para intentar transmitir al típico occidental obtuso de la época una chispa de la sutileza y profundidad de Oriente. Y el elemento que escogió, muy simbólico por diferentes motivos, fue el té. Lógicamente, el ensayo también podía ser leído por sus compatriotas, de hecho las nuevas generaciones podían encontrar en él un aliento excelente para conocer y apreciar los cimientos de su propia cultura.

Antes de que fuese una bebida, el té fue una medicina. Sólo en el octavo siglo hizo su entrada en China, en el reino de la poesía, como una de las más elegantes distracciones de aquel tiempo. En el siglo quince, el Japón le dio patente de nobleza e hizo de él una religión estética: el teísmo.
El teísmo es un culto basado en la adoración de la belleza, tan difícil de hallar entre las vulgaridades de la trivial existencia cotidiana. Lleva a sus fieles a la inspiración de la pureza y la armonía, el sentido romántico del orden social y el misterio de la mutua misericordia. Es esencialmente el culto de lo Imperfecto, puesto que todo su esfuerzo tiende a realizar algo posible en esta cosa imposible que todos sabemos que es la vida.

Kakuzô da un repaso eficiente a la historia del té, de cómo desde China, cuna original donde comenzó a desarrollarse todo un universo de ceremonias, técnicas y prácticas, pasó a Japón donde los siglos de aislamiento perfeccionarían y dotarían al teísmo de un espíritu muy particular. En el chanoyu nipón cristalizarían conceptos de tres de los principales sistemas filosóficos y religiosos de Asia Oriental: el taoísmo, el confucianismo y el budismo zen. Sabios como Zhuang Zhou (s. IV a. C) o eruditos como Lu Yu (733-804) son una presencia constante; siendo una obra que defiende, esencialmente, el arte y la cultura del té como emblema de Oriente frente a las embestidas de Occidente.

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Nada se ha dejado al azar en la ceremonia del té o chanoyu, las ideas filosóficas y estéticas niponas son plasmadas en ella fielmente, desde los materiales como el bambú o la madera, hasta las dimensiones de la sukiya (habitación) responden a nociones taoístas o budistas. Pero, aparte de disertar con minuciosidad sobre las diferentes escuelas de té históricas y sus tradiciones, la domesticación del taoísmo que ha supuesto la ceremonia en sí, la importancia suprema del vacío y el brillante reflejo del zen que se encuentra hasta en la arquitectura tanto del método como del mismo recinto, El libro del té es una reflexión melancólica, casi amarga, sobre la eterna dicotomía Oriente-Occidente. Sobre la incomprensión mutua y, principalmente, la ausencia de voluntad occidental por tratar de comprender y respetar Asia. Y el arte debería ser la senda universal donde ambos mundos podrían lograr un entendimiento, si los sentimientos de respeto fueran semejantes y mutuos.

Entretanto, saboreemos una taza de té; la luz de la tarde ilumina los bambúes, las fuentes cantan deliciosamente, el suspiro de los pinos murmura en nuestra tetera. Soñemos en lo efímero y entreguémonos errantes a la bella locura de las cosas.

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Retrato de Okakura Tenshin realizado por el pintor nihônga Kanzan Shimomura en 1922.

El libro del té es un texto que fluye, fluye, fluye… derramando  sabiduría elegantemente y con mucho de ese mono no aware tan propio de Cipango. Porque el tono acaba siendo algo nostálgico, como si la lucha por mantener vivas las tradiciones del país y el combate contra Occidente fueran a perderse. Y no puedo evitar preguntarme qué pensaría Okakura Tenshin  si levantara la cabeza en estos momentos y mirara a su alrededor.

A pesar de que es un libro escrito a principios del s. XX, muchas de las preocupaciones del autor continúan siendo vigentes, ya que Japón sigue manteniendo esa dualidad tradición-modernidad que se ha convertido, además, en una de sus señas de identidad; y, lamentándolo mucho, todavía se percibe desde Occidente al país como un reducto de exotismo y extravagancia al que se valora con una mezcla de conmiseración y ligera burla. ¿Recomiendo la lectura de este El libro del té? ¡Pues claro! No hace falta, además, que te guste esta plantita para leerlo, solo tener ganas de profundizar una miqueta en la idiosincrasia de Japón y aprender sobre uno de sus símbolos principales.  Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

6 comentarios en “Okakura Kakuzô, Asia y el té

  1. Soy amante del té y por tradición familiar siempre aprendemos a preparar té desde bien pequeños, es probablemente una de las pocas o casi la única cosa que mantenemos a través del tiempo. Me considero bastante bueno con la preparación de tés árabes, bastante bueno comparado con lo que se hace en españa, claro, muy probablemente comparado con los verdaderos maestros y profesionales fuera de nuestras fronteras sería un vago amateur con ansias de grandeza, pero mientras, disfrutaré de mi falsa supremacía en mi pequeña pompa de ilusión, ajajaja. Ahora en serio, cuando vaya a japón, que espero que sea muy pronto, sí o sí tomaré alguna clase de ceremonia del té, me gustaría considerarme un buen profesional del té en un futuro medio-lejano, quizás eso hasta me de más de comer que mi propia profesión. Respecto a la entrada, desconocía totalmente el libro, de hecho, desconozco muchísimo sobre literatura de origen nipón, es ahora cuando empiezo a interesarme un poco más por ella. Muy probablemente le de una oportunidad.

    Un saludazo Shibiku y ojalá pudiese prepararte un té para que me dieras tu, doy por supuesta, sabia y con experiencia opinión.

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    1. ¡Aloha, Animepsy! 😀

      ¡Otro amante del té como yo! ¡VIVAAA! 😀 No somos mucho, ¿eh? al menos en tierras ibéricas.
      Me encantaría que me prepararas un té, aunque yo no soy ninguna sibarita o especialista, solo una aficionada y FANperomuchoFAN de la infusión :3
      Me encantan los tés de Asia Oriental, mis favoritos son el té de loto vietnamita, el blanco de Fujian (silver needles), el Oolong de Formosa y el genmaicha japonés. También el kukicha para beberlo durante todo el día, que es muy suavecito. Y sin azúcar. En Irán todos los tés que pedía me los servían con azúcar, era un poco pesadillas el asunto xDD Aun así no pude probar los del lugar, porque los de Sri Lanka tienen el mercado persa copado. Y no estaban mal, conste. Salvo por la historia del azúcar, los preparan bastante mejor que por aquí. Así que te animo a que te conviertas en un buen maestro de las infusiones, ¡que hacen falta! Hasta el café, y eso que España es tierra de cafeteros, se prepara de pena 😦

      ¡Un besote, Animepsy! Me ha encantado leerte 🙂

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  2. Hola Sho, muchas gracias por la recomendación 🙂 me gusta tomar té (si bien no queda otra que recurrir al té en cajita) y siempre me ha llamado la atención la ceremonia que se realiza en Asia al tomar esta infusión. Sin duda será una lectura placentera, la verdad estaba esperando una entrada así porque has mencionado muchas veces que te gusta el té. Fue cuestión de tiempo. Besos Sho 🙂

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